Tuesday, May 15, 2018

Los que se van/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cada mañana lo primero que veía mi padre en la prensa eran los obituarios. Y señalaba fotos mal tomadas con rostros de individuos que tenían una historia en su memoria: que fuimos al cuartel juntos, que jugábamos pelota vasca, que era vecino, menor, hijo de tal y nieto de cual.

Nos estamos acabando, decía.

Nunca pensé pero he llegado. Allí, a ese momento, a pesar de que mis obituarios no están a mano y me entero de segundas y tarde que aquel se fue, esa se murió. Inevitable. Comenzar a sentir el cosquilleo de las ausencias, la certeza de que la tuya también ya asoma.

Y los que se van, no al panteón sino toman aviones que los fugan de tragedias reales o supuestas. Y los secuestrados, la peor de las faltas, la más horrible de las no presencias. Muerte, escape, plagio, instancias de lo que tememos todos, que al lado de uno vaya quedando yermo. La soledad entierra la nostalgia, hace de la poética dolor.

Días van en que tomo apuntes para unas “Notas de la tristeza”. Cosas que pasan, lejos y tan cerca. Voces que pesaron en un tiempo, que eran rutinarias y muy conocidas, que en la distancia se ahuecaron y reaparecen bajo el susurro del fin. Cuando un ser humano pone una pistola en la boca y aprieta el gatillo lo que hace es rebelión, ira ante la inminencia cruel y consuetudinaria de arrearse por el camino junto a otros y perecer de a montón. Como que la vida no vale, o poco o nada, que lo dicho y hecho forman parte de una narración en zozobra y sin importancia. Un gatillo expía al matador de su condición de mascota ¿de un ser superior? ¿de la nada? ¿de la angustia? De lo ridículo falsamente sacralizado.

Notas tristes, obituarios sin muertos en cuenta pero con la muerte como la mácula que lo cubre todo. Y si no la muerte, la ausencia, el hecho de que no estés aunque ayer cantarina tarareabas extrañas canciones haitianas.

Tú, la ventana, el cielo encapotado, humedad y llovizna. Da para pensar en César Vallejo, para escribir con sangre en las paredes. Caminas por un dormitorio y lo que estaba ayer encima de la mesa desapareció. Un presagio… multiplicación del pretérito llevado hasta el paroxismo y la locura. La ausencia como castigo de una persona a otra. Si hasta morirse va señalando a alguien, arrebatando del corazón una paz que se hunde cuando se inunda de culpa.

Mayo. Era abril. El año 17 no hasta hace mucho. La peor sátira es la de ponerle fechas a un rodillo de esperados resultados. Mejor nos iría sin saber cuándo fue; el cómo lo conocemos de sobra. Decir, hoy lunes de llovizna húmeda, que recuerdo, que retumban en el cerebro voces e imágenes negándose a desaparecer. La memoria es tierno rival ante el monstruoso devenir. He ahí lo peor, ser parte de un juego cuyo mango, o un cabo de él, suponemos asir cuando nada agarramos, que entre los dedos se escurre el aire, que ni permanecerás en mi recuerdo ni nada similar. Saturno devora a sus hijos. Vástagos lelos, tontos, esquizoides y desquiciados. Inútiles.

Los que se van, reza el encabezado. Los que se quedan será el siguiente. A la larga ni uno ni otro cuentan. Fichas de un vasto y burdo ajedrez retratado con maestría por Bergmann.

Hórrido bosque nórdico. El caballero y la muerte con traje de monje y cara redonda. Juego de fichas marcadas donde el elegido carece de posibilidad. Se nos mueren todos; se nos van. Y basta de acumular tanto recuerdo.
14/05/18

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 15/05/2018

Imagen: León Zernitsky 

Sunday, May 13, 2018

Adelanto de entrevista de Emilio Losada



EMILIO LOSADA

Encantadísimo de volver a colaborar en prensa. En El Salto Andalucía de este mes aparece mi entrevista al gran Claudio Ferrufino-Coqueugniot con motivo de la publicación en España de "Muerta ciudad viva" (Limbo Errante). El periódico ya está disponible en quioscos y por web. Las respuestas del Patrón son pura literatura. Contentísimo con el resultado. Ah... y, chupaos esa, prensa del establishment... ¡en "El Salto" te pagan por tu trabajo! Ya colgaré cuando esté disponible la versión digital ampliada, sobre todo para los amigos de Latinoamérica. Arrumacos.


Tuesday, May 8, 2018

Trump, mujeres, iglesias, y lo difuso de los estándares morales/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cuando llegué a los Estados Unidos observé la implacable moral calvinista. Caían pastores evangélicos, senadores, candidatos presidenciales, solo por el hecho de algún affaire extramarital. Demasiado, me parecía, no por elogiar la deslealtad dentro de las relaciones humanas, sino porque era común, hasta lógico, comprensible.

Cosas del pasado. La llegada del “superhombre” (el infrahombre, en realidad) a la política norteamericana lo cambió todo. Corren aires antiguos de odio racial y no está lejos el pensarse que dada la oportunidad al nuevo cacicazgo bien se podría retroceder a la esclavitud, a las deportaciones masivas, tortura generalizada y al Arbeit macht frei. Las puertas de Auschwitz permanecen abiertas. Hoy más que nunca.

La dama tártara, Melania Trump, sonríe. De cuando en cuando agarra la mano de su marido, monstruoso presidente y repulsivo macho. Dirán que es eslovena, pero los pequeños asiáticos sobre sus pequeños caballitos regaron esperma por allí por centurias. Esos ojos son tártaros, no eslavos. Genética venida de Besarabia o la Dobrujda, desde Crimea quizá. Hasta que el rey polaco los detuvo, ellos al lado de los turcos, a las puertas de Viena. Y sin embargo persisten…

Sonríe, pero dicen que a puertas cerradas no. Eso cuesta vender el cuerpo a un postor pudiente y detestable. Parte de un oficio prostituido muy común. “El dinero lo compra todo”, afirman. Casi todo, pero mucho.

La Primera Dama y buena parte de las mujeres pálidas de los Estados Unidos apoyaron, y apoyan, al fraudulento guerrero que se apoda The Donald, como el pato de la serie Disney. Más que asunto sexual viene a ser un complejo enredo de nacionalismo, pérdida de identidad y territorio, excesiva mixtura en las calles, destrozo de cierta imagen que soportó la aceptación de los negros en su momento (gran peligro no son), pero que no quiere hacerlo más ante una real invasión oscura. “The” Trump como la opción de detenerlos, a pesar de él mismo depender en grande del trabajo inmigrante y de los bajos salarios pagados a los extranjeros.

El susurro de que algún político contara con amante bastaba en los tiempos de atrás, un par de décadas, para arruinar carreras. Ahora, míster Trump, gran metemano y putañero de afición, aparte de vicios menores como gustarle que le aporreen las nalgas, penetra incluso en los prohibidos arcanos del incesto. Han declarado compañeras eventuales de cama que el sujeto se refiere a su hija Ivanka en momentos de frenesí sexual. Lo dijo entrevistado en prensa, que si no fuera su hija la cortejaría. Además de sentarla en sus faldas y mostrar lo que la fílmica local ha sugerido desde siempre, un oculto y pecaminoso conflicto norteamericano con las relaciones incestuosas.

Se supone que dados los estándares del evangelismo gringo, aquello bastaría para desterrar al señor Trump del paraíso (USA), o calcinarlo para siempre. Ya no. Con él, el pedófilo que quiso ser senador en Alabama, y muchos elementos similares de su entorno, se ha iniciado una era donde para el blanco, rico, conservador y racista, los estándares morales se han relajado tanto que implican inmediato perdón y bendiciones para continuar.

Nunca más podrán los Estados Unidos jugar a ser el patrón moral del mundo. Sabíamos que no era así, pero el poder inmenso obliga condiciones en los demás. Carta blanca al vicio, que incluye violación de menores, actividades sexuales sospechosas, zoofilia, necrofilia, filias posibles y futuras. Tienen el aval del dios evangélico y del feminismo conservador. El superhombre debe incluir en su dieta vulvas y culos y devorarlos crudos o cocidos. Hay algo de cavernario en ello, incluso prebíblico, con reminiscencias del monstruo antiguo que habita en todos y cuya historia se remonta a los orígenes, según relataba Rudyard Kipling. La única tradición válida parece ser la de la violencia del más fuerte o el que más puede, la satisfacción de las necesidades elementales de cópula sin restricciones y más. Ecce homo de la sociedad moderna. Ejemplo de futuro. Regresión.
07/05/18

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 08/05/2018 

Sunday, May 6, 2018

El señor don Rómulo o del último patriarca


MAURIZIO BAGATIN

“Sin darse uno cuenta,                                                                                                                               sin poder creer,                                                                                                                                      insólita como la adolescencia:                                                                                                                                la entrada en la vejez”        - Eduardo Mitre -                                                        

Según Houellebecq, nos encontramos en la poesía cuando la extrema intensidad de la percepción sensorial puede provocar una subversión de la percepción filosófica del mundo. Poesía que es, el calor que el sol regala a los ladrillos de adobe, el color de los higos maduros, es el tamaño del durazno partido, el diseñado culo de una imilla de Arani, la carnosa silueta de una chota de Punata o la tristeza que puedes encontrar, sin buscarla, en los ojos sin fondo del assum preto...  

Así nos inebria la novela de Claudio, de poesía violenta, como violenta es la historia de Bolivia: todo lo que la muchísima sangre - y mucho esperma - ha moldeado en castas señoriales hipócritas y fariseas, en burgueses que venderían hasta su madre y en pueblos, indios, esclavos y campesinos sumidos y sinvergüenza al mismo tiempo: desde siempre Anansaya y Urinsaya. 

“No soy yo en escribir, he hecho un trabajo de memoria, me guía el olvido de los dioses y el recuerdo de los hombres: escribo lo que voy a recordar, de las letras de quienes ya hicieron la historia: un Steiner que nunca lee un libro, como buen judío, sin un lápiz y unas hojas a su lado, así para reescribirlo mejor del que está leyendo…”

Generacionalmente, el señor don Rómulo es el último patriarca, lo que no defiende su identidad, libre, como su gen dado por las cicatrices de la historia, por las funambulescas aventuras del hombre: un viaje de Capitán Fracaso, un Aureliano que funde pececitos de oro, el inmenso Don Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina o el incorruptible príncipe Nikolái Andréievich…                                                                                                                                                                      
En un hipotético diccionario romanzesco, el señor don Rómulo reconocería que la hipocresía es parte de la educación y que es mejor manejar el burro que burrear…entre melancolía y nostalgia admitiría que los hombres son inferiores a sus ideas: obnubilados, imperfectos y simples, por eso y por todo lo demás vale la pena la aventura. La del hombre.

Los libros que se escriben, y los que leemos, nos explican cosas, ya que escribir, y leer, nos enseñan cómo vivir. Somos los críticos de nosotros mismos y también nuestros propios legisladores: todo esto durará hasta la muerte y se dispersará con nuestro ego… se escribe, y se lee, por necesidad de afecto, y nuestro amor por los demás es la escritura. De este laberinto nos alejamos solamente desaficionados, por lo tanto vale la pena vivir en él. La belleza es una paz feroz. Que existe: “En el pico amarillo anaranjado de un mirlo/en cualquier flor/en el horizonte perdido y distante del mar/la Belleza existe/es un misterio revelado/un secreto evidente/la vida/La belleza existe/y no tiene miedo de nada/ni siquiera de nosotros/las personas” (Gianmaria Testa).
Mayo 2018



Wednesday, May 2, 2018

Nuevo México/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El aire parece rojo en las montañas Sangre de Cristo. Cerca se encuentra Taos, de los indios pueblo, oscuros y con apellidos españoles casi todos.

La herencia hispana es antigua. Por generaciones, la nueva Norteamérica está allí, pero los nombres, las casas y los lugares de antes se conservan. Veintiséis por ciento de la población del estado es de origen hispánico, con más de 400 años. No hablan español mas llevan negros bigotes y las mujeres se apasionan cuando aman.

No lejos de Tierra Amarilla, al norte, sobreviven los apaches, en el desierto de sol color de polvo. Corren, sin montura, en los caballos, ajenos al tiempo que les arrebató las lanzas.

España se recuerda en Santa Fe.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 05/02/1992

Imagen: Tierra Amarilla, NM

Tuesday, May 1, 2018

La piñata orteguista

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Da la casualidad que antes de salir veo que entrevistan a Edén Pastora en la televisión. Me siento un rato, sorbo el café negro y amargo. El Comandante Cero, que no poco perturbó nuestra juventud, defiende tercamente a su examigo, exenemigo, Daniel Ortega. Habla que no se puede reaccionar con violencia para protestar (¿?). Decimos, entonces, que la historia se escribió en vano. Que ese 19 de julio que festejamos hace tanto fue un bluff del tiempo, que debimos haber seguido el camino y la marcha natural de la vida, que los déspotas siguiesen con su voluntad por cuanto quisieran. Fue, entonces, erróneo destripar a Tachito en Asunción, ya que hoy los Ortega, marido y mujer y seguramente hija de ella abusada sexualmente por él, los reemplazan y reeditan de tal forma que hubiese gustado a sus predecesores. Si la izquierda ha enseñado en estos años algo a la derecha es a robar impunemente, a encubrir, mentir, atacar la realidad, nutrirla de falsedades, dorarla, ensombrecerla, según se necesite. La derecha quedó en paños menores ante estos ladrones vitalicios. Que lloran miseria además, que viven –afirman- de sus magros salarios.

Uno, notable por su angurria, en Bolivia, hasta da manzanas a los pobres quitándoles antes un cacho. No se puede dar todo, es verdad, porque la vida paga mal y lo que fue negro se hace blanco y, sobre todo, lo albo se hace oscuro  en América Latina.

Ya lo decía mi padre: no hay peor sujeto que el izquierdista; y ninguno peor que el izquierdista boliviano. Padre nuestro que no estás en los cielos pero que continúas en mí, cuánta razón tenías. Casi que como los hubieras parido, los desnudabas sin recelo y con furia. Siendo que de la derecha no fuiste y nunca lo serás porque no pertenecemos a nadie más que a nosotros mismos.

Ya hubo una repartija, se la conoció en su coyuntura como “la piñata sandinista”. Lo peor, creo, es que los perros hicieron quedar mal a los muertos, les quitaron la gloria de pensar que morían por algo. Si solo era por dinero. Las tumbas se tiñen de púrpura, que viene a ser el color de la lágrima engañada. La piñata no llegó hasta el fondo cavernoso de las tumbas escondidas, hasta el mar donde tiburones y peces devoraron la juventud argentina, para que una puta de mierda, así dicho sin tapujos, la cristinita kirchner (en minúscula) cantara tangos de queja y pesadumbre. Se llenó de oro hasta en el orto. A costa de aquellos muertos.

La piñata es para los ricos. Los adláteres también reciben migajas. Un filme no muy bueno, con un gran actor mexicano, El último comandante, da cuenta del patetismo que fue la revolución (nica en este caso preciso), de la épica convertida en escombro, de la idea en basurero. Al menos Ernesto Cardenal no cantó en vano porque lo escribió. Y ahí lo tienen, peor acosado que con Wojtila, el papa polaco.

Los pusieron de rodillas y les crearon idolillos. El Comandante Cero sugiere que los 29 muertos de las protestas de hace poco en Nicaragua no son tanto así, y duda de la veracidad de las identidades. Como dudan en Bolivia del video del vicepresidente y la manzana. Rebuznan que la derecha amorfa lo editó, que está cortado, no completo, cuando el hecho mínimo del caso ya desvirtúa al jumento de marras de entrada, y su ideología de igual modo. Otra vez, a la mejor manera de Trump: Fake News! Donald podría ser un buen comunista, el mejor.

La nueva clase, en otro video, va en andas sobre un trono arrojando dólares. ¿Esa es la reivindicación de los pueblos indios? ¿Convertirse en amos? De revolución no tiene nada. De tragedia mucho. Lo sabe el sietemesino de Daniel Ortega, nuevo Somoza. Habrá que cargar otra vez los bazookas y disparar. No queda otra. Al menos la sangre se escurre, apenas deja mancha.

Qua suban a los Lexus y a los Mercedes. Que destapen el whisky azul. Siempre habrá una mira por algún lado, que afina y que apunta.
30/04/18

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 01/05/2018

Fotografía: El Confidencial

Mathias Sindelar/EJERCICIOS DE MEMORIA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La década del treinta representó, para el fútbol europeo, la aparición de una pléyade de talentosos jugadores: Nejedly, en Checoslovaquia; Meazza, Orsi, Guaita, en Italia, etc. Pero, sin duda, el más grande fue Matthias Sindelar, de Austria. Jugador caballeroso y sutil, decoró los estadios convirtiendo al fútbol en una de las bellas artes.

Participante de campeonatos mundiales fue siempre ejemplo de decencia. Profundo amante de su país, consideraba un honor el vestir la camiseta de su selección nacional.

La Europa de los años 30 se agitaba en medio de cambios políticos de importancia: el auge del fascismo, las manifestaciones obreras, economías que intentaban recuperarse... Hitler ambicionaba anexionar Austria al Reich alemán...

Los mundiales de los años 34 y 38 fueron ganados por Italia. Intereses políticos entraron en ambos eventos. Mussolini quería la copa y la consiguió.

Austria intervino durante todos esos años con un nivel que superaba cualquier mediocridad. La figura de Sindelar en el campo daba señorío a cada encuentro. Respetado, era la imagen deportiva de su nación.

En 1938 se produjo la incorporación de Austria al dominio alemán (Anschluss). Se decidió que los mejores jugadores austriacos fuesen convocados para portar el uniforme de la selección germánica. Por supuesto Sindelar encabezaba la lista de las apetencias del Reich. Patriota, optó por el suicidio antes que por la infidelidad. Sindelar jamás vistió la svástica, como correspondía hacer a un caballero.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 1988

Fotografía: Matthias Sindelar