Tuesday, February 15, 2022

Compras de martes a mediodía


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

Pan de Berdichev, pan judío. A fines del siglo dieciocho esta ciudad del oblast de Zhitomir tenía un setenta cinco por ciento de su población proveniente de ese grupo étnico. Allí nació Vasily Grossman. Su madre fue masacrada en el ghetto, en 1941.

 

En el Zohar, el Libro del Esplendor, dice el rabino Isaac al rabino Judah que sabe que pronto va a morir porque últimamente cuando se agacha a rezar no aparece su sombra. Del esplendoroso Berdichev judío de larga data no queda ni la sombra. Vi su nombre en sinnúmero de autores. Creo haber visto un video de la resistencia judía contra los nazis en los bosques alrededor. Casi cuarenta mil personas fueron exterminadas por las SS y la policía ucraniana; los hicieron vestir de fiesta.

 

Compro pan de Berdichev y lo como con carnes frías del este de Europa, la mejor charcutería del mundo que comenzando en Alemania se extiende hasta los Urales. Si más allá, no sé. Lo sabré un día mientras me dure el asombro.

 

Cada viaje a los distintos mercados étnicos aviva el sueño de pertenecer al universo, de que las fronteras son meras líneas marcadas por los poderosos. Concuerdo en que no es tan simple, los humanos no lo son y mucha de su controversia interna proviene de su estupidez. Una madre llora a un bebé envuelto en trapos sucios, muerto. Stalingrado y el porqué del horror. Otra vez, muy simple decir que gracias a los caprichos de un loco. Pero también así, con tiranos y tiranuelos que imaginan que su sombra abarca todo. El rabí Judah escucha al rabí Isaac y le confirma que cumplirá sus pedidos, pero que a cambio le guarde un espacio en el más allá al lado suyo. Los déspotas no tienen a nadie.

 

Gabriel, que también es arcángel como el otro, a su modo, me pasa casi una libra de queso de Michoacán. Semiduro, salado, delicioso, para disfrutarlo como adobe de una casa construida con comidas. Lo dicho, mientras saboreo, el mundo atraviesa los campos físicos de la lengua y el estómago para transformarse en ilusiones. Michoacán no es lo que era ¿pero qué fue? La presencia de la muerte está tan acentuada allí, es tan íntima, que lo que sucede son ficciones, unas peores que otras, pero creaciones intelectuales sobre una realidad presente. Que lo diga Rulfo. Por la cuesta de Sayula, Jalisco, siempre vino bajando la Parca.

 

No compro mucho, unas cosas nomás para entretener la nevada que se viene el jueves. Naturaleza que ilumina mis últimos meses de trabajo con noches blancas.

 

Pasta frola rusa, pero no de membrillo como es la habitual sino de damasco. Albaricoque, fruto antiguo de las rendijas montañosas de Tajikistán, del rumbo del vellocino de oro. Es un postre que adoro y que no preparo. Lo hace mi hermana Delia, con la maestría de las hermanas Coqueugniot (mi madre siendo la menor). María Luisa, tía Lucha, la horneaba y en la Bolivia de los años 60 sabía a una gloria que más que vetada nos era desconocida. Esta de hoy, con café amargo, está rica, no igual a aquellas que tienen el mayor saborizante que es la infancia, pero se acerca. Paso media hora allí, entre rusos que se distinguen por la vestimenta más que por el rostro, miro unas preparaciones que no adquiero porque me da vergüenza preguntar qué son.

 

Luego reviso las llantas del auto, busco clavos y tornillos y a casa, a preparar la infusión, a poner en el tocadiscos una antología de folk norteamericano, a mirar si ya comenzó la guerra, a responder a Anna que me había escrito a las siete y media mientras dormía. Ella vive en Sumy, a un paso de los tanques al oriente. Apellida Volskaya y no es de origen ruso, cosaco ni judío. Polaca de las que quedaron vivas en 1648, el apocalipsis que anunciaba el cometa encima de los Campos Salvajes. Hasta en mi comida tengo literatura, ¿qué haré con este mal?

15/02/2022

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Imagen: Berdichev

 

Sunday, February 13, 2022

Parménides. Recuerdos de Juan Araos


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Martinho da Vila y coro cantan un samba triste, vaya paradoja. Bajo por la avenida 8, barrio industrial, más sucio que de costumbre por la nieve ya mezclada con barro. Pienso en casi cuarenta años atrás. Una chichería en el pueblo escondido de Tupuraya, antes de la fama e invasión bohemia. Había una casona de adobe, mucha gente allí; el patio daba al río Rocha, donde chivos festivos y un inmenso macho cabrío devoraban todo a su paso. Fogata. Singani de pobres.

 

Chichería en Tupuraya. Juan Araos, Raúl Choquetaxi, Julio Dueri, Chino Murillo, yo. Noche de mala bebida y foco agonizante. Una imagen sola, fotografiando el pasado. Siempre Juan llevaba un bolso con libros y anotaciones. En alguna caja en Cochabamba, si todavía existe, hay papelitos de entonces, poemas de Juan a su amigo Claudio para el amor de Elisabeth que parecía imposible. Parménides por sobre el universo. Heráclito y Platón. Burdas mesas brillan y hiede la madera remojada en alcohol. Pablo de Rokha y Neruda vomitan al fondo. No es que Juan pregonara nada, ni que ejerciera la docencia con un grupo de borrachos. Sino que el instante, cada uno de aquellos instantes, formaba parte de un todo que no descartaba a los griegos. Carajo, este hombre no duerme, decía Julio refiriéndose a él. Ni come ni duerme, estudia lee y salud adentro. De esos cinco, ahora, quedamos dos en el exilio. Los otros duermen al fin.

 

Toda la noche, damajuanas de vino argentino que traje del último contrabando. Algún queso fundido, pan. Pan es la metáfora del Cristo contra el hambre. Pan toco, pan de Toco, tortillas, pan de a peso, marraquetas; con suerte, quesillo, tomate y cebolla con vinagre, eso ya gourmet. Reuníamos monedas para beber. Kafka junto a nosotros, Nathaniel Hawthorne, Henry David Thoreau, Diógenes el cínico. Raúl Zurita y su mejilla cocida a la plancha. Leía el maestro amigo, recitaba más bien, pausado, poemas. Luego del arte poética, el arte borracha, bebida hasta caer inconscientes, aunque a él nunca lo vi ebrio, ni agresivo.

 

Toda la noche suena el único cassette; un lado, los Doors, Beatles al revés. Docena de gente bailando, Miriam, el amor moreno de Raúl, sueño que nunca murió y que por ahí flota, cerca de la tumba, que desconozco, de nuestro amigo. Malcolm Lowry. Ron que estremece, quema la garganta, hace que emita silbido de locomotora. Álvaro Antezana busca su diente postizo entre los bailarines. Se le cae cada vez que grita una estrofa de Jim Morrison. Yellow Submarine; jardín de los pulpos, el mar verde, Parménides constante; el griego ha subido a comer con nosotros; tomate en macedonia y cebolla en finos círculos. Llega una famosa cantante de valses peruanos y una cohorte de sabios. Se entremezclan con los presentes un poco y escapan. Esta, nosotros, es la otra faceta del notable profesor de filosofía. Aquí se vive la muerte. Aquí vive Sergei Esenin. Vino en cartón, posible veneno. Los hijos de Juan duermen, son varios. La casa del Mirador, el bosque arriba, la acequia. Caminar entre eucaliptos con vahos de metanol. Agua cristalina. Amores que sufren. Solitarios vamos a casa de Juan, hombres solos para las lecturas, notas en letra diminuta, tantos años idos y tantos juntos. Después de medianoche, Julio, Raúl y yo nos montamos en una bicicleta Hércules aro 28, los tres en una. La chicha hizo lo suyo, nos vetó del miedo. Julio conduce, Raúl en la parrilla, Claudio agarrado de Raúl con los pies en dos pequeños apéndices de la llanta. Partimos en tremenda bajada desde el Mirador. A velocidad increíble, tres cuerpos alcoholizados encima de una delgada tira de goma. Con el impulso llegamos, sin pedalear, hasta el cuartel de la Muyurina. Cada despedida allí arriba puede ser la última.

 

Juan viajó a Chile y me dejó la casa. Navidad del 83. E me llama y viene en jeep a buscarme. Agarro una botella abierta de vino. Felicidades, padres, y me voy. Ni probamos el vino. Cuerpos como de piedra alumbre. Dormimos. Sus brazos cruzan mi pecho. A las seis, los pájaros despertaban. Cómo recuerdo sus ojos cerrados y el saludar la mañana de las aves. La montaña estaba allí, a un paso, y E descansó del matrimonio, tomamos un café con pan duro olvidado en la mesa. Remojamos la masa, reímos. Mira si olvidaré ese hogar de los amigos, refugio de los años, allí donde la tristeza tenía un contexto entre las lecturas filosóficas del dueño de casa. E, después de aquello, me regaló El señor de los anillos, el tomo de la fraternidad del anillo. Le di Entre la ciudad Sí y la ciudad No, de Evtushenko, remarcando el poema Duerme, amor

 

Mira si olvidaré. Estamos con las Cartas a Milena. Corro a casa y traigo el Kafka de Max Brod para él. Enfrente de la plaza Colón, en un boliche desaparecido. Tengo hambre, aúlla Petrus Borel en el desierto. Cuentos inmorales… lo robé en Buenos Aires, con Raymond Radiguet y Charles Nodier. Libro que amaba y que regalé a Juan por el éxtasis de la hermandad.

 

Un cuartito atrás, para servidumbre sería hecho, y el amor de otra mujer, hoy muerta. El día trae pesares, cuentas de dedos, ¿para cuándo nosotros? Cuento los botones de su blusa.

 

Vi a Juan por última vez hace años, en el velorio de mi padre. Dijo cosas muy lindas de él, y de mamá. Fue a prestarle homenaje. Lo mismo que hago yo hoy en un ecléctico recuerdo de imágenes difusas, no confusas, de un hombre que conocí mucho y que tiempo y distancias separaron en cuerpo. Pienso. Juan no comía, ni dormía, y tenía algo a mano, escrito por él u otro para cualquier circunstancia, para conversarlo. Jorge Zabala hace una mueca de asombro, abre los ojos, pone la boca en trompa, y comenta: Juan Araos, uf, Juan Araos… como que mucha cosa.

 

Salud, Juan, querido amigo, y quien sino nosotros, y juntos, vimos colgarse de los alambres de la chichería para robar charque y masticarlo como chicle. Necesidades había y hambre. El dinero se gastaba en trago; para carne, Raúl se arrastraba en la avenida Aroma hasta dentro de una carnicería y tiraba pedazos afuera que luego las caseras de los kioskos cocían para nosotros en el mar de grasa donde nadaban pollos. Parménides, sí, en Cochabamba, casi cuarenta años atrás. Ve, sigue, que ya vamos…

 

Cuarto poema secreto. Pan de cada día, danos hoy el pan de cada día. Pan de Arani, chhamillo ¿Recuerdas, Juan? Ellas eran Madeleine.

 

Mi boca tendrá ardores de averno,
mi boca será para ti un infierno de dulzura,
los ángeles de mi boca reinarán en tu corazón,
mi boca será crucificada
y tu boca será el madero horizontal de la cruz,
pero qué boca será el madero vertical de esta cruz.
Oh boca vertical de mi amor,
los soldados de mi boca tomarán al asalto tus entrañas,
los sacerdotes de mi boca incensarán tu belleza en su templo,
tu cuerpo se agitará como una región durante un terremoto,
tus ojos entonces se cargarán
de todo el amor que se ha reunido
en las miradas de toda la humanidad desde que existe.

Amor mío
mi boca será un ejército contra ti,
un ejército lleno de desatinos,
que cambia lo mismo que un mago
sabe cambiar sus metamorfosis,
pues mi boca se dirige también a tu oído
y ante todo mi boca te dirá amor,
desde lejos te lo murmura
y mil jerarquías angélicas
que te preparan una paradisíaca dulzura en él se agitan,
y mi boca es también la Orden que te convierte en mi esclava,
y me da tu boca Madeleine,
tu boca que beso Madeleine.

Guillaume Apollinaire

 

Hasta otro día.

13/02/2022

 

Wednesday, February 9, 2022

Piel de Odessa


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Leo un extracto de George Steiner sobre los cafés y el espíritu de Europa. En Facebook. Ventajas de leer lo que uno no buscaba y que interesa. Muchas mentes piensan por la tuya y entre ellas hay que saber discernir, escoger, disfrutar o perder el tiempo. Con Steiner no hay pérdida; mente poderosa y erudita. El café, dice, y va de Lisboa y Pessoa a Odessa y Babel.

 

Mi padre coleccionaba servilletas de los cafés argentinos, Córdoba y Buenos Aires. Tenía, solo él, larga lista de visitas programadas, y el motivo, fueran Homero Manzi o Borges. En cada viaje la lista iba disminuyendo para aumentarse al día siguiente. Lector incansable, como eran mis dos padres, siempre aprendía acerca de nuevos antiguos lugares con historia y aroma. Decir, rememorando sus lecturas y consejos, que ambos leyeron hasta el último aliento. Con papá hablamos del exilio del hombre que amaba a los perros, de mi amigo Yefim y los manzanos de su jardín en Pavlodar, no lejos de Karagandá, del gulag. Mamá, sentada con almohadas en la espalda, hasta pocas horas antes de irse tenía abierta ante sus ojos la saga de Roger Martin du Gard. Libros que son iconos, que ilustrarán mi biblioteca cochabambina un día cuando, subido a la terraza, vea al fin, de nuevo, con ojos treinta años después, el Tunari, y huela la tierra o escuche quebrarse la qewiña color de sangre coagulada.

 

Luego de su periplo por el centro, del cortado en el café de la plaza principal, del lustre de zapatos y compra del diario, del almuerzo, la siesta y el té at five, se sentaba a traducir la Enciclopedia Británica, a mano, con letra diminuta, casi código secreto. Así hizo su diccionario trilingüe, nunca publicado, de quechua-español-inglés, con minuciosidad de cirujano, agachado, Andrea Vesalius, sobre los órganos de su interés. Anatomista de letras.

 

Cierta vez, caminando por Odessa, no muy lejos de la Ópera, entré a un “Club de caballeros”. La hostess era una diosa rubia de un metro ochenta y piernas tan largas, y descubiertas, que hubiesen abarcado Rodas entera. Solícitos ayudantes tomaron mi chamarra y me senté en un cuarto casi en penumbra, o luz roja era pero no brillante. En el estrado, en dos postes de piso a techo hacían malabares dos desnudas, hermosas como borrachera.

 

Sonrisas. Sunrise del anochecer.

 

Cerveza, pedí, local, lager, y un vasito de ron. De un listado de media docena de rones escogí el guatemalteco Zacapa, el más caro, el mejor. A usanza irlandesa, reemplazando el whisky por licor de piratas, tomaba largos tragos de cerveza y los mataba con cortos. Hombre solo, marinero en tierra, al lado del mar, de Eisenstein y los sueños. Había salido con Anastasia esa mañana. Pelirroja que me llevó de la mano de la literatura a los atamanes. Noche de Mishka Yaponchik, que Isaac Emmanuilovich llamó Benia Krik; faltaba tango europeo y canto femenino en dúo. Bellas sobraban, o estaba en el paraíso musulmán. Quizá había muerto y por gracia de Alá me concedieron miles de mujeres reservadas para mártires. Martirio, cueca que bailé hasta morir, tal vez por eso… Ibrahim Ferrer canta Dos gardenias. Que la noche tenía tinte romántico, por supuesto, en un bolero pletórico de pezones y muslos cubiertos con medias de seda.

 

En otras mesas, turcos, rusos y ucranios, varios cortados al rape y tatuados. Parecían feroces, pero los ignoré. Se acercó una muchacha y pidió que le invitara champaña. Vamos, claro, lujoso trago berreta, del barato en su totalidad. Fueron tres botellas para tres damas que apenas vestidas luego del show se sentaron conmigo. Recuerdo el nombre de una: Luna. Trepaba por el poste hasta el tope, unos dos metros arriba, y giraba como los voladores mayas pero sin parafernalia. Plumas de guacamayo en forma de glúteos suaves de piedra pómez.

 

Se tomaron fotos, siguió el ron puro ya, sin pretexto de cerveza. Otra vez, hombre solo al lado del mar con visiones de fuego. Afrodita y Atenea, Venus y Minerva, baldosas de calles con rocío umbrío. Besos y senos apoyados en el hombro, olor de juventud con azahar de mercado. Me llamó por teléfono un amigo desde California. Al saber dónde estaba pidió que activase el video. Lo hice, y cuando lo vi, aquel rostro ajado, desencajado y patético, cerré la transmisión en vivo para seguir en voz. Puta, me dije, ¿estaré yo también así? Ni sombra de la sombra. Las jóvenes cumplían lo suyo de piropo y caricia, extorsionando dulcemente al viejo para hacerle creer que Apolo se sentaba con ellas y que el rutilante Marte las tenía encandiladas. Sueño, sí, pero no soy bobo, y jugué el papel que quería jugar, la rememoración en carne de la Odessa erótica. Estaba Babel junto a Froim Grach, águila entre las águilas. La muerte seguía viva y vestía manto de fantasmas. Era Odessa, el negro mar, Aquiles y los mirmidones, Hécuba en llanto interminable. Ni era luna, ni los labios dulces de esa que parecía anatolia. El Zacapa hacía efecto, Claudio habíase esfumado y en su sofá descansaba el khan de Crimea y sus huríes. El sable al lado, cimitarra y yelmo. Por la piel se deslizan dedos. Mantequilla.

 

Pupilas llenas de nubes, ron pendenciero y eso que no busqué pendencia. No presté atención a los cuervos que observaban. Pagué, me abrazaron. Di besos directos y a mansalva, la mano sintió la redondez del mundo en una nalga, en dos, en tres y en dieciséis. Mi chamarra, demandé. Era tan pesada la Levi Strauss que pensarían que cargaba pistola. ¿Taxi?, ofrecieron. No, caminaré. A las dos de la mañana es peligroso en Odessa… No importa, a mí quién me va a asaltar. Me respalda una legión de diablos, de ángeles enojados caídos. Si crucé el ghetto negro a las mismas horas, por años, sin que nadie jodiera, por qué tendría que ser diferente. Llegué al hotel, me desvestí, olía a mujer y ese es a veces perfume fatídico, pero aquella noche escanciaba poética. Si soñé, quién sabe, pero pensé en papá, al viejo le hubiera gustado acompañarme.

 

Los kioskos de Odessa estaban cerrados. El parque central tenía luces y los árboles dormían cubiertos de oscuro.

 

Humo de Zacapa escapaba por la boca, subía al cielorraso y retornaba a mí con caderas de Luna. Brillan tus ojos, los míos, de los cuatro brillan los ojos, qué lujuria.

 

Odessa descansa. La miro antes de desmayarme. Estoy tan lejos del mundo, tan ajeno al dolor.

09/02/2022

Wednesday, February 2, 2022

Nocturno


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Leíamos a Mao Tse-tung, La contradicción. Aparte del título no recuerdo mucho. Estoy distraído con calypso en la voz de Count Lasher, 1958. Mejor que Mao, claro. Hablando de canciones, trabajé a la intemperie, con varios grados bajo cero, durante ocho horas anoche. Cierto que con el refugio del automóvil. Ahí adentro: samba. Esa era la contradicción, tormenta con nieve que venía en horizontal ataque, dardos de pigmeos albinos escondidos en las dunas que se forman cuando el invierno cubre las cosas. Me defendí como pude, con gorra gris que me regaló mi hija Aly y con guantes brillantes de uso y sucio; al izquierdo le faltaba el pulgar. Es algo que tengo que analizar, que siempre en mis guantes de trabajo he ido perdiendo el pulgar siniestro. Será la forma de agarrar las cosas, de arrojarlas, no sé, y eso que no soy zurdo. El termómetro en rojo y el samba en hervor. Rio de Janeiro, que nunca he visto, sonando a todo volumen en Inverness helado. He visto bailar a los mapaches, cómo no. Al ritmo de Mangueira.

 

Río con mis amigos mexicanos en el teléfono. Agudos en chistes sexuales, ricos en imágenes y verbo desconocido que voy calando de a poco y mucho. La noche está activa, muchedumbre de manchas movedizas. México está en las calles de Denver dormido e incendiado en frío. Camionetas moviendo lo blanco. De a pie, jaurías silenciosas de inmigrantes con grandes palas naranjas. Hasta mujeres tirando sal en las veredas, o bolitas azules que derriten hielo. Edificios del Centro Tecnológico iluminados. Veo en su interior familias enteras en tareas de limpieza. Camiones de luces intermitentes detenidos en media calle. Trabajadores metidos en cloacas de cables, solucionando todo para que los demás descansen. Guardias de seguridad, mano al cinto, fumando. Mañana, cuando los ejecutivos arriben, parecerá que nada ha pasado, es un común día invernal. La noche no deja sombras, no hay rastro de quien se dedicó a preparar el futuro cada vez que se entierra el sol.

 

Hay un mendigo que veo cada noche en el DTC bulevar. Empuja la bicicleta que carga un enorme bulto de plásticos protegiendo un tesoro. Una, dos de la mañana, siempre por el lado derecho de la calle mientras yo conduzco por el otro carril. ¿Busca dónde dormir? O tendrá ya un rincón específico. Dormir en basureros sirve, son cálidos, solo hay que evitar que las ratas te devoren los ojos. Más allá, en el paso de nivel, alguien deja cada noche dos bolsas de la tienda Target. He visto pan asomando. Pero allí no existen casas ni nada, únicamente siluetas de oficinas tirando hacia el cielo. Alguien asoma, siempre, nunca lo he visto, pero las bolsas no están. Parece una película de horror. No, no parece, la pobreza lo es.

 

Vagonetas policías entrecruzadas en amena charla. Una vez se me acercaron para ver qué hacía. Le dije, al que sugirió que sospecharon que yo era ladrón de autos, que si quería lo llevaba a los barrios de la calle Harvard, al viejo complejo de apartamentos Timberland y le mostraba quiénes eran los ladrones esos, que manejan de a dos, con pistolas, y cuando ven un carro abierto lo toman y se marchan. ¿Quieres conocer las casas de crack? Conozco esto desde hace treinta años. Tal vez te interese ver los apartamentos donde ejercen prostitución clandestina, o los grupos de jovenzuelos, soldados de carteles, que ocultan en el costado un cuerno de chivo, como se apoda a las Kalashnikov. Rehusaron con sonrisa. Ahora me ven y saludan. Viejo loco, comentarán, mejor ni nos acercamos. Pendejos.

 

Nocturnos de Chopin. Piano. Agnieszka. La tumba en Père Lachaise. El viento corre cargado de nieve por la carretera a Brest, a la frontera bielorrusa. Mugen los bisontes europeos en lo profundo de la floresta. Acá quedan de ellos esculturas en metal brilloso. Entre los mendigos, indios norteamericanos, guerreros que corrían a pelo y a degüello. Absortos mescaleros y comanches, kiowas y paiutes. El camarada Mao y la contradicción. El abismo de los pobres no ha cambiado. El infierno, incluidos Dante y El Bosco, es mejor que esto. Canciones de Ludwig Senfl reemplazan a los desnudos negros cantores, negros desnudos cantores, cantores desnudos y negros.

02/02/2022

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Fotografía: CFC

Sunday, January 30, 2022

Sol con hielo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Día de sol. Ni eso mata el hielo, costras profundas de veinte centímetros hasta la próxima nevada, con miércoles, jueves y viernes de quince a veinticinco bajo cero.

 

En la terraza, con un vecino que escribe para la radio pública. Conversamos de Rusia. Le regalo una botella de  tinto; me regala un libro de William Gibson. Pregunta si un día retornaré a “mi” tierra. Pronto, auguro, pronto noches de café y parrales con acuarela kulli. Misterioso juego del sapo, acorde con el misterio femenino. El tiempo ha barrido con mucho, con las tardes de sapo y rayuela pasado el segundo puente de la América, rural entonces, con la casa del compadre Hilarión escondida por un inmenso cañaveral. “Las cañas crían serpientes”, decían, y apenas cortábamos los brotes externos de la caña hueca para hacer silbatos.

 

Canal de la Angostura. Odisea de polvo entonces con la bicicleta, siguiendo la huella del agua turbia hasta más allá de Cuatro Esquinas. La memoria un boceto, borrones en sepia y carbón. Cuenta el hombre de sus ancestros: albaneses y arameos por madre; daneses paternos. Soy aceite y vinagre, comenta, con el padre muerto a cuatro semanas de concebirlo. Nacido el año de la peste, el 18, tenía treinta y tres al perecer, rechazado por el ejército en la guerra mundial a la que se alistó de voluntario y salió con un descargo que le anunciaba fiebre reumática.

 

Hablamos de dracmas y el mar Adriático, de Kosovo y el enemigo serbio, de cuando el rey Petar I se refugió de los austrohúngaros en las montañas de Albania donde los cazaban como a conejos. Maurizio llama por teléfono, nombra a Kadaré, a Homero. También a Troya partirían de aquí, como de la mayoría de las costas antiguas; hasta aseguran que Aquiles zarpó de los rápidos del Dnieper, glorioso y violento rey de los mirmidones.

 

Extraño conversar del pacay y del maguey mientras las referencias van de los chetniks a los ustachas. De las nieves que congelan a las vainas verde oscuro que guardan en el útero frutos de algodón blanco y pepa negrísima, resbalosa, para mantenerla entre el pulgar y el índice y hacerla volar a quien más lejos.

 

Ciudadanos del mundo, somos; “semos” dicen los chicanos de las orillas del Bravo. Semos hombres, carnal. Semos, semos…

 

Hojeo a William Gibson, no lo conocía. Maestro de la ciencia-ficción cuenta el vecino mientras se balancea con el pie en el sillón rosa quemado por los años. Aparece otro inquilino, hosco y fiero, parece jabalí. Dice que va a lavar la ropa y desaparece. Me despido, debo contestar cartas. Pongo un disco de virtuosos del musette, 1944-1954, y comienzo: querida Irina, hace sol pero permanece el hielo. Espero que estés bien, acá me amodorro e intento terminar la misiva sin caer dormido. Divago, mi mente es un acordeón que se expande, luego respira.  A ratos semejo un pez arrebatado del agua, boqueo, mis branquias se abren y cierran con desesperación, y pienso, durante la asfixia, que mis ojos no tienen párpados y me condenan a morir mirando. Perdón, querida, divago, será el acordeón, el peine antiguo de carey, caparazón de tortuga, que hace de mis cabellos líneas, surcos, cultivos de matas grises, largas, regulares, zigzagueantes como campos de lavanda cubiertos de escarcha.

30/01/2022

 

Thursday, January 27, 2022

Caminando por Ucrania


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Cien mil soldados rusos en la frontera. Jugadas del pequeño demonio, el semidesnudo, con botox en las nalgas y los cachetes, el nuevo zar. Politólogos y analistas diseñan nuevos mapas, que la idea es tomar el sur, hasta el Danubio y Rumania; apoderarse de las tierras al este del Dnieper; invasión total; ataque central que tomaría Kharkiv, Poltava, avanzando hasta Kremenchuk, lo que aseguraría los avances separatistas del 2014. Kiev, rodeando Chernobyl. Ekaterina está en Kharkiv. Ya fue refugiada de la misma guerra, teme hacerlo de nuevo ¿Adónde? Irina vive en Poltava ¿qué tiene mi pequeña ciudad que ofrecer a Rusia? Tengo miedo, repite. Ya les quitaron a Gogol, nacido allí, lo compraron como Chichikov compraba almas muertas. De lo que no hablan, o no mucho, los sabihondos, es de historia. O la mencionan solo en el contexto de la recreación de la Unión Soviética. No hablan del nacionalismo ucraniano, activo desde 1920 hasta bien entrados los años 50, en forma de guerrillas en los Cárpatos. Grupos nacionalistas, muchos de horrenda historia en relación a judíos y polacos, que llegaron a centenas de miles de adeptos. Cien mil rusos para cuarenta millones de ucranios… balance no demasiado convincente. Cuenta un periodista español, desde Kiev, que las armerías vendieron todo, que ya no hay municiones. Los civiles están comprándolas, actitud no sumisa. Resistirán. Y el afeminado macho Putin, consorte de míster Trump, quizá tenga que enfrentar, al fin, la hambrienta boca del fusil de su propia gente. Hay un gusto especial, casi como de buen vino, cuando eliminan tiranos.

 

Pero dejemos a los ejecutores encargarse de la parte carmesí. Yo preparo viaje, para mayo, a Ucrania. La guerra no debe impedirme desembarcar de nuevo en Odessa, comprar cerdo asado, envuelto en papel madera, en una esquina de la Preobrazhenskaya, sentarme en el parque de la ciudad, tan solo a contemplar la vida, sin siquiera abrir el breve libro de poemas de Nazim Hikmet.

 

Cometí el error, fallas de alquilar sin ver, de reservar un hotel que era para hombres de negocios, en Kharkiv. Pocas piezas en un quinto piso, en medio de un edificio que se vaciaba por la tarde, muy distinto al hotel de Odessa, o al apartamento de Kiev. Pero estaba hecho. Sin embargo, aproveché. Me despedía de Anna, la hermosa recepcionista, y subía la colina a explorar la ciudad. Tenía preferencia de andar en medio de complejos de apartamentos de la era comunista, de disfrutar los árboles añejos, la hojarasca, la sensación de total decaimiento. Algo hermoso habita en la ruina, al menos para mí.

 

Había un inmenso supermercado, calles llenas de estudiantes. Supongo que una de las varias universidades estaba cercana. Entré a un pequeño y concurrido café, siendo yo el único añejo como los mentados árboles, de corteza cicatrizada. Pedí un perfecto moka con un cheesecake de maracuyá como no he probado otro. Maracuyá a escasas horas del borde con Rusia por el camino de Belgorod. Ni Brasil ni ningún trópico. Maracuyá en la sacrificada y monumental urbe del oriente ucraniano. Tenía color de púrpura de Jaipur, ese postre del fruto de la pasión. Imaginé los vericuetos del tiempo para yo comerlo en un alejado enclave eslavo. Otoño, un poco de frío. Mudez de extranjero, disfrute de solitario. Arreglo la chamarra y continúo hacia arriba, contando las calles: diez rectas, dos derechas, una izquierda, seis rectas, hasta detenerme ante un vendedor callejero. Chucherías, con daño, no perfectas, automóviles de metal en miniatura, cajitas, soldados de plomo. Por monedas, diez centavos de dólar, un par de bailarines en madera, antiguos, del oeste, dice la vendedora esposa. Pienso en Walter Benjamín en Moscú, edición de las viejas de Anagrama, sobrias en gris y azul oscuro. Juguetes. José María Arguedas.

 

Handel suena en concierto real. Recuerdo el filme Vatel, o La fiesta de Babette. Cultura en la comida; la gastronomía como la mayor expresión cultural. Oratorios de Bach. Gula y santidad; Glinka con maracuyá.

 

Mis incursiones diarias, si no salía con Ekaterina. Largos paseos. Lo hice en París, el 86, cuando en un mapa de la guía Peuser analizaba cómo llegar a pie al Jardín del Luxemburgo desde la Puerta de Vanves. En Buenos Aires, de noche por el Abasto lavado con mangueras, el piso brillando, brilloso el piso mientras los Ford Falcon de la represión patrullan las calles para matar porque sí.

 

Silencio crepuscular en los pasadizos pretéritos de Jarkov. No hay corrillos de niños. Ancianos sentados, iguales a mí, mirando la nada. El borsch colectivo humea por las ventanas entrecerradas. Olor a comida casera. ¡Cómo olía la comida casera en Jouy-en-Josas, en la Isla de Francia! Me esperaba, en casa ajena, con cama prestada, sin dinero ni teléfono, la usual lata de cuscús marroquí, que comía con cuchara, frío y masticando un pan. Aquí no, tenía dinero de haberme roto la espalda tantas décadas. Lujo del maracuyá que hubiese sido imposible en París. Alterno la tarde con un par de cervezas de nombre ilegible, en vaso de plástico, hasta acercarme al hotel y subir por un ascensor vacío a un dormitorio de negra cubrecama y persianas que no supe abrir.

 

Peregrinación al río madre, el gran Dnieper en Kiev. Me aliñé como nunca hice en boda mía. Cita con la historia, con la literatura que es mujer ardiente y promiscua. A eso iba, al agua y los barqueros, a musicantes guerreros. Otra vez, un plano y, en casi geometría, diseñar cuadros y rectángulos para no perderme en los paseos. Pero ello y Odessa caminada serán tinta de otro pincel. Rusia acecha, el tirano de pequeños testículos suelta baba arrecha. Camino por allí, por lo que él desea avasallar. Entre potencias deciden lo que les venga en gana. No importa la belleza, ni ensoñarse con que por aquí pasó Gogol, que hacia allá están las cavernas del Dniester, ni que Heródoto anotara las extrañas costumbres de esta tierra donde descansan macedonios e iranios. Todavía hay comida tártara; los turcos enrollan platos de calle cuyo yogurt tropieza con los labios carnosos de las bellas. Lo veo, miro y observo, desde mi mesa afuera del restaurante Kazán, donde adoro un cordero asado. La tarde discurre, el sol apaga la luz, camino con lentitud de jubilado hacia la esquina de mi hotel. Una riada de trabajadoras de la calle discute en lenguas. Comienza su día, que es la noche, y no puedo menos que asociarme a ellas, yo que vampiro fui y apenas desarrollé hasta hombre lobo. Enciendo el televisor, subo a la azotea. Enfrente hay un café chino. Sé que hacia la izquierda se va hacia el aeropuerto, que a la vuelta están las estatuas del hetman y del poeta. Pues, mira, ya estoy recordando el mar Negro cuando lo que quería era quedarme cerca de las iglesias de Kharkiv, palpar el frío de sus ladrillos. Chirrían ruedas de tanques. Aquí no hay temor a la guerra y el dolor por mil años fue pan de cada día. El hambre soviética asesinó más que las balas. Los sables de Karetnik y Majnó apenas están enterrados. La bandura nunca dejó de sonar.

27/01/2022

Tuesday, January 25, 2022

Mirada en martes de lechuza


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Lechuzas de blanca redonda cara. Geishas. Vírgenes de medioevo. ¡Uh! ¡Uh! ¿Dónde? Uh, uh, entre árboles hasta que vuelan casi a ras del suelo. Lechuzas blancas, gotas pequeñas negras sobre un mantel de mesa familiar. Ven memoria.

 

Otra vez, a ras de la nieve, con ratón que chilla entre garras. Que de arriba mira un mundo que era y se despedaza. Hasta los gritos devora, lechuza de nieve, búho invernal.

 

Azar. Albur.

 

Aroma de azahares en la esquina de casa, sobre el muro de la vieja matagatos. Los caza en los techos para el perol. Supongo que comida había en el tiempo aquel, pero la dama Hortensia hervía mascotas en el guiso del cual sobresalían papas y maíz.

 

Del pellejo lustroso fabricaba cubrecamas. Suaves, de tonalidades más bien oscuras, con alguna claridad, piel de gato albo.

 

Ulula la lechuza y se lanza contra mí pero al fin me elude. Advierte: para mí los hombres son ratones, y todos los ratones lo mismo. ¿Hará ella con sus víctimas, como doña Hortensia, tejidos de pelo? Piel de rata, indefinido color de asco. Marrones las ratas, de ese marrón que llaman negro, esclavos los negros del señor. Sonríen las vírgenes medievales. Miento, hieráticas. No sea que las seduzca el infiel.

 

Luna mitad de llena. Vaciarían el resto entre gitanos, Lorca y Leonard Cohen, en el vals que nunca bailé con mi madre.

 

Casi medianoche, no llega el camión. A las cuatro nevará. Oscuridad, “escuridad” campesina. Hielo de lluvia que se pega en el parabrisas. Se pega a mí esa redonda cara pálida. Grita un mochuelo. La pesadilla dejó de ser la yegua de la noche; es la lechuza de la noche.

 

Un búho gris se ha dormido de pie. Inmóvil como el mendigo congelado a puertas de la biblioteca a veinte bajo cero. La mesa huele a vino. Al mísero cubría inútil azul frazada. Azul mortaja del amanecer. Pero no me detuve; me congelaría también. Mientras el café humea pensé si bañado el hombre aquel con agua hirviente despertaría. A veces mejor queda dormirse.

25/01/2022