Friday, November 19, 2010

Tarde cochabambina/MIRANDO DE ARRIBA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pensaba escribir sobre Honduras, sobre la pivotal importancia que tiene esto en la política latinoamericana. El desmedro de Chávez, quien no podrá invadir Honduras aunque quisiera (eso equivaldría a echarse a los Estados Unidos en guerra, y su consiguiente derrota) es inevitable.

Quién, vaya uno a saber, ha golpeado el eslabón más débil del chavismo, condenando a los demás, Evo Morales entre ellos, a la derrota o la muerte. El juego de cartas ha cambiado; a partir de ahora los en apariencia intocables líderes de un socialismo apócrifo ven sus bases resquebrajarse en migajas. Evo tendrá que subir los salarios de sus lacayos uniformados –no podrá competir con los salarios de la CIA o el Departamento de Estado- o tendrá que enfrentarse al descrédito de sus asalariados, generales para abajo, para sostenerse en el poder. Su tiempo de gloria feneció, pereció en Honduras…

Pero esta trivial mierda de pegas y puestos –no otra cosa es (que lo diga Almaraz que estrena automóvil de cuando en cuando)- no guarda parangón con la dicha de compartir un charque criollo, y treinta cervezas, con mis viejos compañeros de talleres del diario Opinión. Allí hablamos de nuestras mujeres, de nuestros hijos, de cómo nos fuimos formando en los desdenes de la existencia, y de cómo, sin ánimo conformista, fuimos creando las bases de una vida pacífica hasta donde se pudo.

Lo que no entienden los jerarcas, comunistas o contrarios, es que nosotros los trabajadores somos quienes fecundamos el desarrollo de un país; en las largas horas de los obreros gráficos hay más verdad que en todos los discursos de la payasada gobernante. Jamás entenderán los jefes, ni aquí ni allí, que quienes hacemos la historia somos los trabajadores. A ellos, a los detentadores de la voz y del poder, no les importa lo que nosotros opinamos, pero, a la larga, seremos quienes decidamos el destino, retomando a Buenaventura Durruti. Qué nos importan los Evo, García Linera, Sánchez Berzaín, Sánchez de Lozada, escoria del progreso, si quienes trabajamos tenemos el asta del toro en las manos.

Por eso, esta tarde de sol cochabambino y adobe recalentado, las presencias de David, Rana, Marco, para mí tienen más valor que todos los adjetivos de los gorilas hondureños, o de los defenestrados chavistas de Honduras.

Es una tarde de amistad, de recuerdo, de noches sacrificadas compartidas. Y no hay político que pueda, ni deba, inmiscuirse en ella..
29/06/09

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Publicado en Opinión (Cochabamba), julio 2009

Imagen: Yndios bailando en la chichería/Códice Trujillo, s. XVIII

Libro de Horas/MIRANDO DE ARRIBA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Mi hija Emily termina la secundaria. En un mes estará estudiando en la Universidad de Colorado en Boulder, siguiendo los leves pasos fantasmales de su tía Elena, que se nutrió de García Márquez, de Hugo y de Sinclair Lewis en Literatura Comparada.

Boulder es una pequeña ciudad universitaria, ágil en su lucha medioambientalista, y grácil en sus calles y cafés. Emily caminará con un libro bajo el brazo, siempre, y casi seguro que será el suyo, su primera o segunda novelas que revisa sin claudicar, día y noche, en un ejemplo de tenacidad y disciplina, algo que su padre, ofuscado escribidor andino, casi cincuentón, no tiene.

La vida nos juega sutiles estratagemas, no para sentirnos viejos sino para evaluar el pasado desde una perspectiva dinámica. Para eso están los hijos, relojes que marcan el paso invariable del tiempo, que confirman las notas del poeta libanés que afirmaba que tus hijos no son tuyos ¡cómo podrían serlo!, si están cerca, pero tan lejos como suelen estar unos de otros en un mundo solitario, como dos ideas que flotan en el espacio, o se remojan en el mar verde por donde surcan submarinos amarillos en busca de un nuevo grial.

Es imposible no pensar que esta brillante joven mujer que te enseña tanto hoy, cuya modernidad no es aparente, durmiera hace "poco" a tu lado, con sus cuarenta y cinco centímetros de humanidad. Sucede que el tiempo no se mide por el tamaño -con los hijos-. Tan normal es verlos crecer que el raciocino se nubla y no comprende la sutileza de las transformaciones. Mas cuando dicen que se van, y uno se da cuenta que no existe ya regresión, que aparece un "nunca más" igual a las canciones de Leonardo Favio, y se desespera y trata de aprehender aquello que se escapó. En realidad no fue así. Nunca se puede hacer todo lo que se quiere y sin embargo se hace más de lo esperado. Justa contradicción cuyo fin recae en la autocrítica y el análisis, creyendo inútilmente que en las manos nuestras se tejía el futuro de los hijos, cuando eran ellos mismos los que ideaban sus propias ruecas y que, a decir verdad, el papel de educadores lo traen ellos, para domar y enternecer a las bestias ancianas en que nos convertimos y que siempre fuimos al perder la niñez. Un ciclo no trágico, más bien normal, donde el tic tac del reloj anuncia que los papeles se vuelcan y que el silencio que dominó las horas de los hijos se convierte en un cerebro parlanchín.

Emily se va, y de pronto la que era hija se convirtió para mí en hermana mayor, y escucho su voz con la cabeza humilde de mi ignorancia, apreciando la riqueza del universo que se mueve tan rápido.
31/05/09

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Publicado en Opinión (Cochabamba), junio 2009

Imagen: Emily pensativa

Notas del Bicentenario/MIRANDO DE ARRIBA


Es inaudito utilizar este bicentenario del grito independentista del 25 de mayo de 1809 con fines políticos. Cuando en Ravelo Evo Morales desconoce el aporte de los doctores de Charcas en la gesta libertaria tergiversa la historia. En primer lugar, se festejan los doscientos años de un hecho concreto, de la proclama chuquisaqueña de Jaime Zudáñez, Bernardo Monteagudo y otros. No recordamos la rebelión de Túpac Katari, ni la de Túpac Amaru, porque existe algo que se llama calendario y esas rebeliones no concuerdan con este día de mayo. No implica aquello desdeñar la importancia de los alzamientos indígenas
mencionados. No hay historiador tan ciego para negarlos. Ni tampoco que en aquel año de 1809 se desconociera la existencia del indio en los planes independentistas. No en vano escribe Monteagudo su célebre diálogo entre Atahualpa y Fernando VII.
Hay que ser honestos. No nos embarquemos en la manera estalinista de hacer historia, desapareciendo personajes, acontecimientos, ideas. No puede Evo Morales fundar la esperanza de que los aymaras -primero- y los demás pueblos aborígenes por extensión, son los creadores de todo lo que transita la tierra. No es cierto. La independencia fue una conjunción de fuerzas étnicamente diversas que se opusieron a España, y en ella se incluían no sólo criollos -el motor ideológico- sino también nativos e incluso españoles (ahí está Juan Antonio Alvarez de Arenales, supuestamente nacido en la península ibérica y cuya importancia es fundamental en la liberación de América).
No se trata de un concurso de ganar a como dé lugar. Claro que la demagogia sirve para malilustrar a una turba no notable por su conocimiento o análisis. Reconociendo la gesta de los Amaru y Katari, Simón Bolívar va más lejos en la cronología al aceptar como antecedente directo de la independencia americana a Lope de Aguirre, controvertido soldado de Gonzalo Pizarro que en marzo de 1561 se proclama príncipe del Perú, Tierra Firme y Chile, subversión en contra de la corona española que le costara la vida.
Se pueden manipular los papeles de los personajes en una historia generalmente escrita con intereses de las clases dominantes. Que se obvió al indio en su redacción es una realidad, pero querer apropiarse de los méritos de una revolución extensa en todo sentido es mentir. Evo Morales no sería quien es si no hubiesen existido Jaime Zudáñez, Juana Azurduy, Arenales o Güemes; o Warnes y el cura Muñecas, sin contar sus ancestros originales. No sería nadie sin Murillo, Camargo, Padilla y Lanza. Y nadie sería sin España en América. Así de claro.
25/5/09

Publicado en Opinión (Cochabamba), mayo 2009

Imagen: Juana Azurduy, en un sello argentino

La Habana

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Caminar por el Vedado semeja un tránsito por la memoria. Mansiones, casonas, algunas abandonadas, otras desvencijadas, habitadas, parcialmente humanas, etc, hablan de historias crueles, de situaciones donde unos tenían todo y los otros nada. Me recuerda a New Orleans; bajo los umbríos olmos, los sillones vacíos contaban del poder y la riqueza. Lo mismo aquí, en el silencio que el tiempo arroja sobre las desgracias, que sin embargo continúan presentes, latiendo por debajo del polvo, del manto que la inercia teje, incansable, sobre la vida y las cosas.

Hay que cortar en capítulos, párrafos, el mar de emociones que implica llegar a La Habana, por encima de cualquier personalidad, la sensación de estar en la historia, un tiempo que se detuvo y que en paradoja corrió veloz por la cronología. Hay belleza incluso en el desperdicio de los edificios heridos, con un metro de humedad oscura marcada en las paredes y que le da tinte especial, no sólo de nostalgia sino también de misterio.

Cuba como el sinfín de las expectativas, que alguna vez -y quizá todavía- sean las de la esperanza. A pesar de las contradicciones, de las desigualdades de un país de alas rotas, al que no se permitió volar en la expansión de su dinámica, del cual es posible no se sepa jamás cuánto se pudo y cuánto se impidió.
1/2010

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Imagen: Barrio de El Vedado, vista desde nuestra pieza en el Hotel Victoria

Reflejos y tal vez reflexiones/MIRANDO DE ARRIBA


Si abstrayéramos los edificios, la multitud de restaurantes, muchedumbre, automóviles, una que otra “empresa” diría que en treinta años aquí no cambió nada. En algunos casos decayó. En muchos.
Miro desde la plazuela de Cala-Cala, al borde de unas salteñas que son, sí, inmemoriales, la plazuela donde jugué con mis amigos de primaria, las ruinas de una acequia que sirvió de río de competencias de barcos (palitos y ramas), y me doy cuenta que entonces era verde, tenía una especie de remanso de agua protegido por unos bordes; hoy los plásticos desechados por la comida rápida corren con el viento a entramarse en las patas de las sillas, en los troncos de palmeras de la avenida, en más basura acumulada. Y pienso en el dinero que el presidente gasta en lujurias de advenedizo matón, de caprichoso, caprichosito en cochabambino, y reconozco que algo falla.
No leí los diarios hoy para no alimentarme de mentiras, de Sudáfricas a donde nunca se lo invitó, de papados que jamás lo convocaron, de la mitomanía predilecta e irreconciliable de este pueblo que en el fondo amo pero que duele. Algunos conocidos intentarán recriminar mi pesimismo, porque ellos, como tal vez es común y corriente, ven la revolución con ojos de dinero. Su empeño masista de circunstancia ni siquiera se compara al romanticismo que alegó Drieu La Rochelle en su complacencia con el fascismo, o el aun mayor compromiso con la derecha de Brasillac. Bolivia es región donde lo ideológico escapa a la importancia, donde la avidez de lucro y los entarimados de chicharrones junto a canchas de fútbol y consabida “cervecita” pueden regir el destino nacional.
Gobierno, diputación, senado, ejército, instituciones varias con distintas siglas hacen de manto para un rostro general y natural que ni trasciende ni avanza. Que en ocasiones se quedó en mi infancia y en otras en centuria atrás (siendo benévolo en la cronología). El drama de Uncía ataca con saña las primeras planas. Eso también se desvanecerá, finalmente la muerte por violencia y abuso es parte consensual de nuestro ser, como lo son la corrupción y el atraco, sean campesinos, policías, burgueses, generales u obispos los infractores para quienes no existe sanción.
El Palacio Quemado utiliza el nombre de Marcelo Quiroga Santa Cruz a su antojo mientras es cómplice de ocultamiento y de falsía junto a sus aliados de uniforme. Pienso en los ayllus de alrededor de Llallagua y Uncía, en la zona quechua común donde se tejen los textiles nativos más bellos del país, y cuesta creer que los comunarios de Qaqachaca, supuestos asesinos hasta que no se pruebe lo contrario, son los mismos que tejen míticos animales y aves grotescas en finos y coloridos awayos.
Todo sucede, pasa y permanece. Nada se transforma. Ni el próximo viaje del presidente, pagado por los que trabajan y disfrutado por los que no.
14/6/2010

Publicado en Opinión (Cochabamba), 15/junio/2010

Imagen: Chuspa andina (Aymara) de Qaqachaca

Thursday, November 18, 2010

El cine en Bolivia


Azares de bendición y maldición se ciernen sobre este país, otrora república, hoy estado plurinacional. Sociedad que ha vivido de espaldas a sí misma, desde siempre, y que "se encuentra" (el entrecomillado no es falso), de pronto, gracias a un proceso coyuntural muy complejo. Esa aceptación tomará un par de generaciones para madurar. Largo y sufrido camino por el que esta tierra debe trashumar hasta decirse a sí misma -y mostrarlo a los demás- que sabe quién es, qué quiere, hacia dónde va y de dónde viene.
Situación singular si se compara con procesos similares en otras regiones. Cada rincón del orbe es único, pero creemos que el nuestro es aquel elegido, no en el sentido mesiánico de los judíos en Palestina, sino a un nivel metafísico, etéreo.
No en vano en lo que hoy llamamos Bolivia se jugó, de principio a fin, desde 1809 hasta 1825, la independencia americana. Los quince años de lucha brutal contra Iberia en el Alto Perú aliviaron a los libertadores del norte como a los del sur, a Bolívar y a San Martín. La conformación, configuración si desean, de Argentina y del Perú, Colombia y Venezuela también, se solidificó con la torrente sangre de los patriotas altoperuanos, indios, cholos, criollos y quién sabe más, que enfrentaron al imperio con la pasión de los trópicos, con la inalterabilidad de sus montañas. Esa sangre anónima, tanta, y tan cercana, es la nuestra, y es especial; flota por el aire de América.
Semejante bagaje tiene que pesar en el arte. Debiera dar la posibilidad de crear obras imperecederas en las letras, en el ecran, en el lienzo y en los aires musicales. Quizá sólo en la música, que es el arte más cercano a la vitalidad del pueblo, se alcanzó lo universal. La música popular boliviana ha trascendido los límites que impone la geografía. Ella, y la vestimenta diversa que la acompaña, quedan como muestra permanente del legado humano. Fuera de los aires populares, nuestra música aún transita la orfandad de quien no se conoce. Bach no existiría sin la aceptación de la música del pueblo alemán; Bartok de la húngara. No bastan imaginación y talento; hay que mirar atrás para ver nuestros pasos. Así lo hicieron los maestros. Así se debe.
Magnificencia, sobre todo del Ande, porque es el Ande el centro motor por el que transita nuestra historia, asoma en la obra monumental, casi épica, de Jorge Sanjinés, un director-artista cuyas concepciones va validando el tiempo. Hablo de memoria; son muchísimos años desde que no veo sus filmes. Mas su obra está asociada a varias oleadas de bolivianos, y a un idealismo acerca de un mundo mejor que se ha perdido con las radicales transformaciones de casi dos décadas; cambio claramente expresado en la psique de las nuevas generaciones y que el joven director Martín Boulocq describe así: "Nacidos entre finales de los 70's y principios de los 80's, somos nietos de la revolución del 52, hijos de las dictaduras y depositarios actuales de la democracia y el sistema neoliberal. Sin grandes sueños ni grandes aspiraciones, agobiados por el idealismo frustrado de nuestros padres, con el peso de una cultura ancestral en las espaldas y las exigencias de una sociedad consumista, mi generación es la generación del desinterés". Palabras que describen una realidad, la de la clase media, ferviente alimentadora de los idearios revolucionarios de los 60 y 70, que con la demolición del comunismo semeja perder toda senda, y que parirá un arte que en opinión de los prejuiciados idealistas de entonces es amorfo, aburrido, liviano, carente de interés (igual sucede con la literatura). Hay que comprender la dinámica que va de un polo a otro, de Sanjinés a Boulocq, con no sólo altruismo sino con la posibilidad de comprender y aceptar. Cada época acuña lo suyo, y nada es mejor que lo otro. Son distintos a veces, diferentes las más, ya que de una u otra manera ambas corrientes retratan el devenir de las naciones que ocupan el territorio. Anoto lo de "clase media", para hacer una diferenciación con la otra juventud, la mayoría pobre o desposeída, de la edad de Boulocq o menor, que con el advenimiento de las masas indígenas a estamentos de poder, crea y cree (en) noveles ideales, no inferiores a los de las generaciones pasadas e, incluso, tal vez, con mayor certeza de concretizarse. Ya ellas alumbrarán su arte, siguiendo los primeros atisbos del género en documentales como "El espíritu de Tupaj Katari" (2006), de Humberto Mancilla, o "La sangre de la Pachamama" (Pablo Solón, 2003).
Sanjinés desde "Yawar Mallku" (1969), pasando por "El coraje del pueblo" (1971), "La nación clandestina" (1989) y "terminando" con "Para recibir el canto de los pájaros" (1995) rebusca un trasfondo analítico-histórico que se hace hoy premonitorio. Su obra, emblemática per se, forma parte de los clásicos. Es posiblemente el director más politizado del cine nacional y, como tal, tiene un espacio de privilegio en nuestro cine. Habrá nuevas manifestaciones que sin duda diferirán en mucho de su poética revolucionaria-indigenista. Puede ser que la confronten. Surge el tiempo de los realistas. La belleza de Sanjinés deja espacio a exposiciones más concretas. "Cocalero" (2007), de Alejandro Landes, lidia con la posible ascención al poder de un indígena por primera vez. Aunque nacido en Brasil, Landes expone una realidad boliviana que tendría que incluirlo como parte del cine nacional. Tal vez esta separación física permite a su retrato la validez de carta de presentación desapasionada del panorama político previo a la presidencia de Evo Morales. No hablo de "Evo pueblo" porque no la he visto.
Una cronología del cinema local tendría a lugar. Prefiero, sin embargo, hablar con digresiones y con referencias de este fenómeno. Existen trabajos -de Gumucio Dagron y de Carlos Mesa- cuya excelencia aclara los entretelones de esta forma artística en nuestra sociedad.
Antonio Eguino podría ser heredero de Jorge Sanjinés, pero no lo es. Eguino, a pesar de compartir una actitud militante, opta por un cine que se adecúa al concepto general que de él se tiene. Cineasta profesional, lo que pierde en arte lo gana en destreza y su obra culmina con su más lograda cinta: "Los Andes no creen en Dios" (2005), que es una producción comparable, en técnica y desarrollo, a cualquiera de los países limítrofes o latinoamericanos. Con leves deficiencias de actuación, eterno drama del cine nacional, "Los andes..." tiene una vital narrativa que la hace atrayente. Basada en un tríptico de du Rels, autor
franco-boliviano, conlleva garantía de amenidad, interés, belleza, paisaje, misterio, al que el cine de masas aspira, sin ser por ello mero objeto comercial. Este director comprende que a través de las imágenes se da a conocer un país. Mientras Sanjinés penetra en los arcanos de las luchas sociales, Eguino aspira a universalizar Bolivia en la pantalla. Su último intento lo logra. No sé cuán vasta haya sido su expansión afuera, pero éste es un producto Made in Bolivia a mucha honra. Hay públicos, la mayoría a no dudar, para quienes el cine es entretenimiento, y mediante Antonio Eguino conseguimos trashumar por la misteriosa nación andina y soñar.
En "Amargo mar" (1984), y junto al punto de vista crítico de la historia, ya el cineasta busca lo que explico: reflexiva amenidad. Uno de los soportes de su arte es su extremada minuciosidad en cuanto al ambiente. Eso le da impronta y amplía las perspectivas de internacionalizarlo. Quién no desea ver recreado un ambiente exótico, distinto, de países diversos. Y Bolivia, según lo entiende Eguino y también lo entiendo yo, es un cúmulo de belleza y tesoros listos para mostrarse. Algo que hace Werner Herzog (incluso con la pesadumbre moral de sus guiones) y a donde Eguino aspira a acercarse, a pesar de no alcanzar el aura poderosa de los filmes del alemán todavía. "Fitzcarraldo", y por qué no "Aguirre", bien podrían hacerse en Bolivia con Eguino. Con un detallista de tal nivel, el cine histórico y/o literario boliviano puede de seguro enriquecerse y trascender.
Siguiendo con la larga lista de realizadores paceños (la bizarra magia de su ciudad la culpable) hallamos a Marcos Loayza, quien, a decir de Juan Pablo Piñeiro con acierto, añade (en "Cuestión de fe", 1995) el humor a un cine nacional de excesiva seriedad. Se menciona el hecho de ser una "road movie", en la tradición de "Mi socio" (Agazzi, 1982), y cuyas resonancias escritas pueden venir -de soslayo- de la obra de Jack Kerouac como de la lírica de Jim Morrison. Aunque tal vez sea más preciso anotar la presencia del pilluelo de la picaresca española, del Lazarillo de Tormes, por ejemplo, cuyo humor y desdén por la desgracia han quedado, luego de la conquista, muy arraigados en el seno del populacho novomundista. La jerga mexicana, al igual que la boliviana, retorna el tiempo a un pasado donde la literatura de burla representaba un medio de inusitado dinamismo, donde etnias perseguidas se escondían bajo la invención de lenguajes cifrados que derivaron en calós regionales. En el deambular por los caminos del país, con una virgen de encargo a cuestas, Loayza se fundamenta en aquel lenguaje popular, plagado de dobles intenciones y dobles sentidos. Se burla (como se hace en "Carcasse", película africana con parecido guión) de la religión, y las virtudes de la creencia.
En "El corazón de Jesús" (2003), el director continúa con un retrato pícaro y divertido de la sociedad boliviana. Con cierto drama que le presta basamento espiritual, esta cinta es un delicioso paso por un engaño típico de nuestra idiosincracia. En ella se logra cordura y seriedad en la actuación. Se aleja del melodrama a que nos acostumbró el cine nacional, en cuanto a actores, y hay sobriedad aun en lo jocoso. El ambiente que logra aquí, referido a la mise-en-scène, supera el de "Cuestión de fe" (de mejor guión). Esperamos una obra posterior que conjuncione los aspectos de la poesía de Marcos Loayza acompañados de los avances tecnológicos actuales.
Rodrigo Bellot es un innovador y hombre de empresa. Formado en la academia norteamericana, supo aprovechar su condición ajena en tierra extraña (valga la redundancia) y desarrollar su primer intento cinematográfico: "Destierro (Exile, 2000), hasta llegar a su gran éxito de taquilla, "Dependencia sexual" (2003), que con muestras en decenas de festivales internacionales dio a Bolivia espacio en el concierto mundial.
Bellot pertenece a una generación de artistas cuyas metas son ambiciosas sin ser especulativas. Estudiar el mercado, profesionalizar el arte, vender lo que el público quiere, no tiene que estar necesariamente desligado de la creación. Lo hace Edmundo Paz Soldán en literatura, y Bellot en cine. Son producto de la globalización, a la vez que estetas pioneros para una o varias generaciones bolivianas que tienen que mirar al exterior. Es tiempo de expansión, de dejar de lado pruritos absurdos que anatemizan el arte como pobre, fatídico, miserable, maldito. Hay un universo afuera ávido de descubrir los recovecos del planeta.
La temática de este cineasta cruceño desconoce de alguna manera la imponente obra de Sanjinés -no con denuesto- y sin embargo es tan representativa de Bolivia como ella. El panorama ha cambiado y aunque en política pareciera haber un retroceso hacia los peldaños del pasado, el proceso histórico continúa su viaje al futuro, y la sexualidad de los jóvenes es tan importante como la cosmogonía aymara o los detalles churriguerescos de la Guerra del Pacífico, mientras el racismo sigue siendo el tema ineludible de todos.
Escribí, parafraseando el título del filme de Bellot "¿Quién mató a la llamita blanca?" (2006), un artículo crítico (¿Qué mató a Rodrigo Bellot?). Quizá, a pesar de su éxito como espectáculo, Bellot fue aquí apabullado por un proyecto de gran ambición. Los rastros del maestro Gus van Sant exceden los bordes de un filme que podía haber sido, con menos expectativas, muy bueno. Sustenta las bases de la fílmica de su autor, pero no logra -sin ser mal titiritero- dominar los hilos de la narración. Leve falta, si consideramos que se está trabajando en algo nuevo, en otra concepción cinemática que no hará sino enriquecer el cine boliviano. Pero, como en el caso de muchos directores a quienes no nombro por falta de espacio, hay que criticar lo que como público consideramos "innecesario". En la crítica abierta hay frutos; no en la malsana y tendenciosa. Aguardamos una obra suya sólida y duradera. Su talento y su visión la auguran.
El ya mencionado Agazzi, Valdivia -con una tercera línea de concepto acerca de cómo hacer cine- son directores cuyo trabajo reconocemos importante. "El atraco" (2004) resulta el thriller más logrado de nuestra historia fílmica y ambos, Agazzi y Valdivia, coronan con éxito su adaptación de obras literarias locales: "Los hermanos Cartagena" (1984), de "Hijo de opa" de la versátil novelista y escritora Gaby Vallejo, y "Jonás y la ballena rosada" (1995), del laureado Wolfango Montes Vanucci y su obra homónima.
Anotaremos, antes de morir la hoja, el trabajo, arduo a veces, pero persistente, constante, de Tonchi Antezana, orureño de alma cochabambina cuyo filme "El cementerio de los elefantes" (2008), con la sombría presencia en letra de los grandes Saenz y Viscarra, se hizo presente con éxito en el Festival de Cine Independiente de Nueva York. Poco puedo decir mientras no la vea, pero parece que Antezana ha llegado a una envidiable madurez que asocia ahora a su calidad de gran batallador.
Esperé hasta último momento un envío del largometraje de Martín Boulocq "Lo más bonito y mis mejores años" (2005) que me prometió el autor. Será para otro comentario. Ansío ver la obra de un artista cuyas opiniones son coherentes en cuanto a lo ubícuo de su generación. Interesante, además, dada la fisonomía -que muchos no esperaban- de una Bolivia distinta hoy, en apariencia incompatible con los postulados de estos jóvenes creadores.
28/7/09

Publicado en Fondo Negro (La Prensa/La Paz), agosto 2009

Imagen 1: Afiche de Jonás y la ballena rosada
Imagen 2: Afiche de Los Andes no creen en Dios
Imagen 3: Afiche de Cuestión de fe
Imagen 4: Afiche de El cementerio de los elefantes

Tuesday, November 16, 2010

Chantaje/MIRANDO DE ARRIBA


El reo Luis Arce Gómez, asesino, narcotraficante, genocida, pide a la justicia "plurinacional" boliviana su libertad, a cambio de indicar dónde se encuentran los restos de algunos prominentes desaparecidos.
Espero que no consigan nada para el engendro, pero esto es Bolivia, y, de acuerdo a cómo el MAS coquetea con las armas, vaya uno a saber. No olvidemos que todavía no se da razón a familiares de víctimas sobre su paradero y destino, e incluso se encarcela a quienes protestan. Revolución suigeneris, la "moralista", que incluye la defensa cerrada de los arcones secretos del fascismo.
Recuerdo hace ya mucho el fusilamiento de Melquiades Suxo, violador y asesino de una menor. Creo que desde la ejecución de los implicados en la muerte de José Manuel Pando no se había dado en el país caso igual. Suxo era un pobre diablo de origen aymara. La "lección" de su paredón enseñó que sólo los pobres -y los indios- estaban expuestos a la pena capital. Sucede igual en muchos lugares, Estados Unidos entre ellos.
Hoy se da el caso de que un militar, implicado en terribles hechos de sangre, tiene la desfachatez de pedir libertad por aclarar los hechos delictivos de su carácter y su accionar. Este lombrosiano cuenta con nuestra larga tradición de impunidad, una de las poquísimas cosas que nos hacen excepcionales en el contexto mundial. Sin duda sabe tanto que imagina poder manejar sutiles mecanismos de presión para que ocultos implicados en sus crímenes intenten salvarlo del frío altiplánico. No olvidemos que hablamos de crimen y corrupción a escala institucional.
Debe haber, como en el caso de Suxo, algún artificio jurídico para instaurar de momento la pena de muerte y colgar al verdugo Arce Gómez de un palo alto en Chonchocoro, si quiere con todas sus galas y entorchados, para que se presente en el infierno (por si existe) a hacerse rostizar por sus iguales.
Ante la eventualidad de su fin, el coronel, ya pronto occiso, quizá recapacite y denuncie la geografía de sus males, para alivio de mucha pobre gente. Luego, ni indulto ni perdón, a subirlo por la escalera del destino y empujarlo al vacío de su inmunda presencia. Tal vez eso amedrente a quienes sueñan aún con omnipotente gloria.
Más tarde fuego y esparcir sus cenizas en tierra desconocida, libre de su memoria Bolivia, y para impedir a los neo nazis iconos maltrechos.
Arce Gómez dice "o esto o aquello". Hay que explicarle: "ni esto ni aquello", mientras un impertérrito aymara liga la cuerda que servirá de corbata...
14/7/09

Publicado en Opinión (Cochabamba), julio 2009

Imagen: Golpe de estado de 1980