Saturday, May 30, 2026

El arte de la inercia


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Como cada noche me siento en los sofás de la portería y leo, converso con uno de los dos conserjes, pregunto; me interesa saber su mundo, su historia. En la mansión de enfrente cantan canciones de Leo Dan que me llevan a la infancia. Como siempre tiraron una multitudinaria y estruendosa fiesta. El año pasado grabé desde la terraza del octavo piso a la banda Poopó, vestida de trajes rojos y con platilleros malabaristas. Hoy había otra banda, no estoy seguro quiénes eran. Los elusivos dueños son casi invisibles. Vaya a saber las oscuridades de esa fortuna. En el país hay en curso un golpe de estado financiado por el narco. Vándalos y violadores se han soltado por las calles acullicando coca, drogados y con tremenda borrachera. Viva la revolución social. Contraste entre “Santiago querido, Santiago adorado” en voz de Leo Dan y las huestes medievales que debieran recibir igual castigo medieval.

 

Más y más van desapareciendo acá las “banderas” ideológicas que diferenciaban. Somos hoy un estado atrapado por el crimen y creo imposible ya salir de eso. ¿Qué hacer? No leer a Lenin, por supuesto. Agarrar a Proust, a Balzac, imaginar que habito un universo donde es posible la razón, donde la gran masa humana no es todavía dominada por el gran capital y sus fatídicas extremidades: las redes sociales que han hecho recua de la multitud, y franco puterío de los afectos. Pero ahí van, mujeres y hombres encandilados por la música del flautista, en este Hamelin moderno, infame espacio de ratas.

 

Vamos saltando de un tema al otro, tratando de distanciarnos de una realidad despreciada por los filósofos. Me refugio en la historia; fue usual desde muy joven hacerlo. En ese sentido la modernidad ha sido dadivosa con sus magníficas y extensas posibilidades de adquirir conocimiento. No tanto en otras. En algún momento me soñé en los mares interiores de Georgia, creyendo en los Argonautas. Un retorno a la Grecia clásica con cierta conversación el martes acerca de Homero y la mención de Circe. Imágenes de temblorosas pieles jóvenes. Hace un año estaba en Bosnia & Herzegovina. Mucho por decir y más por recordar. Tiempo ido pero no muerto; nunca fallece el tiempo, está ahí, permanente. Un año y voy pensando en un más modesto viaje a Denver y la familia, asuntos de prevención y notas a hacer para lo que viene, que mucho viene, sin falta, y lo menos bien separado de lo más. Algo habré aprendido en este balbucear de nuevo que es jubilarse, sobre todo ante un  universo que nada tiene que ver con el anterior, donde no solo cambiaron las reglas sino hasta el lenguaje. Nada que ver con ortodoxia, simplemente darse cuenta que no se puede vagar de la misma manera por el planeta porque ya no es. A su modo se trata de otra argonáutica y el vellocino de oro lo representa una ficción virtual. Amores más frágiles que aquellos que el bolero situaba en cabarets.  

 

He retornado a los textos breves, suerte de ejercicio de mi carácter literario. Una novela va creciendo en mente. Sus helechos tornánse grandes y verde oscuro. No hay que forzarla. La otra, la terminada no hace mucho y que venía cargada de ilusiones, vaga por ahí, ni siquiera recuerdo por dónde. Veo una llamada perdida en el celular y sé que viene de los arcanos que moldearon aquellas páginas, del yermo y de la sangre, de la turbia agua de Tampico y el tierral que se asienta sobre las aguas del Bravo como congoja.

 

Desde la amarilla Torre Mónaco un dedo con uña pintada de rojo va delineando los puntos del amanecer mientras canta Marisa Monte. En algún espacio de ese panorama está mi casa. Puedo ver la Torre Mónaco desde arriba, al fondo, cruzando la torrentera cuyo nombre se ha olvidado. Cochabamba está en paz aparente. Las huestes caníbales se arman y acechan. Me guardo ideas acerca de la guerra porque no caerían bien. Pero hay que leer historia. Todo rastro se encuentra en el pasado. Y casi toda respuesta. Por ahora un alba anaranjada, un largo dedo pintado, pesado silencio que precede a tal vez la muerte. Los antropófagos deshuesan niños en la intemperie fría y los devoran crudos. Ni modo que vaya a leer a Elías Canetti. Menos, mucho menos, la tristeza de Pavese. Es momento de estar alertas. Un Napoleón de barro, montado en caballo robado a un circo, alista sus falsos oropeles y el ogro del monte demanda más niñas para satisfacer su añejamiento que de vino no es sino de repugnante esputo.

 

Así marchamos, en rodillo sin fin. Ya sin importar qué hay al fondo y si lo hay. La época no da para planes, las mujeres no sirven como parejas, los hombres tampoco. Una mano de barniz basta para la ilusión de un mundo nuevo inexistente. Estamos en caída libre, reinvención del fracaso de Lucifer. Si no hubiese desaparecido mi volumen de El paraíso perdido, de Milton, me gustaría leerlo otra vez, aunque fuera como responso en el sepelio del ser humano. ¿Eran Corneille y Milton los que caminaban por París en las bellas páginas de Alfred de Vigny? Hoy, por más que Linceo mire hasta el más allá, ¿dónde se podrían encontrar un Cromwell o un Richelieu? De eso hablaban aquellos jóvenes notables entonces. ¿De qué podríamos conversar nosotros? Del monstruo desnudo en la floresta…

 

Boswell traspapelado…

 

Ha sido una semana extraña, rozando las dos semanas. No es que deambule por Grozny arrasada, por elegir una imagen. Más bien por un campo de trigo rodeado de eucaliptos, con brisa de sonido de niñez y un estanque en semi abandono, rumoroso de agua. Los caminos de la calma suelen presentarse de improviso con máscaras inesperadas. Pues vamos con ellas, caminemos ya sin apuro, ensoñados siempre pero a la vez despiertos en este país de incertidumbres. No es que nunca viviéramos así; por el contrario, fue la regla, pero me había desacostumbrado. Claro que el tendal de lombrosianos ha crecido como era de esperar. No había antes tal profusión.

 

Voy camino de Trojes. Da gusto acercarse a la montaña. El mar no me causa ninguna confusión pero la piedra me apasiona. Piedras… repetía Eisenstein. Piedras… repito. Añado un chaleco a mi indumentaria en tiempo de frío. Aunque los quince grados centígrados de aquí nada tienen que ver con los veinticinco bajo cero de Denver, de los que se burlaba mi amigo Yefim relatando el invierno kazajo. Bueno…

30/05/2026

 

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Imagen: Honoré Daumier 

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