Sunday, June 28, 2026

In Dreams


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Es obvio que suena Roy Orbison en la mañana. Magnífico filme aquel de David Lynch, Blue Velvet. Con esta canción; Dennis Hopper alucinado… Preferida de mi hija Aly, que ha cumplido como el Cristo treinta y tres. La bailamos con mi esposa, juntos, alguna fiesta del 2018, en la calle Clarkson que quedó como un icono de tristeza primero y luego de felicidad. Soledad de la nieve. La muchacha fantasma del tercer piso y yo raspando el hielo de encima del Subaru, a veinte grados bajo cero. Ella me miraba todas las noches, con solo medio rostro visible; nunca descendía por las silenciosas gradas de la mansión victoriana. Nos acompañábamos, supongo. Asuntos fuera del miedo, parte de los misterios de la sombra. Cuando salgo, miro las gradas hacia la izquierda, me detengo a escuchar el silencio. Sé que está ahí, cuando todos duermen. Ya a la intemperie la observo contemplándome. A veces, cerca del basurero, dejan maniquíes desvencijados. Añaden pensamientos a un ambiente al menos extraño. Vuelvo a mirar y no está. Sé que no ha de descender y de pronto aparecerse enfrente. No dejaría huellas en la nieve. Cuando ya estoy calentando el carro retorna e imperceptiblemente mueve la cortina y mira. Luego me preocupo de no chocar con las paredes del callejón. Hielo traidor que me ha roto cabeza, pierna, etc, que me ha desesperado en las colinas del sur cuando no sabía si podría volver a casa luego de lidiar diez y siete horas con la tragedia del invierno.

 

In Dreams. La bailamos, claro, y el ron guatemalteco giraba, volaba con traje de kusillo por la antigüedad de los muros interiores. Mi último cumpleaños vi a mis dos sobrinos, uno boliviano, otro argentino, enfrascados en la danza del perreo con vecinas gringas. Sorbo el ron, Zacapa quizá o con nombre de santa, ron negro de la Guayana, panameño en artísticas botellitas.

 

Leo sobre las expediciones de cacería humana que se auspiciaba como turismo durante la guerra de Bosnia, en el sitio de Sarajevo. La justicia italiana está en eso, ha recibido denuncias de ciudadanos suyos yendo a cazar seres humanos, con rifles de alta potencia, desde las colinas de la ciudad.

 

Mi hotel estaba en una de esas colinas. Desde allí se veía el río con sus casonas regadas de balas. Sitio ideal para sentarse con unas cervezas, un quitasol, gafas oscuras, a matar transeúntes que se animaran en las calles. Pérfidos instintos, más que comunes lastimosamente. ¿Quién sabe lo no dicho? Cuánto que jamás se dirá… Sarajevo fue ciudad que me impactó. Quisiera regresar. No niego que hay sensaciones de desasosiego y hasta terror. Está en el aire, algo está en el aire. He visto ruinas de edificios bombardeados por los aliados en Belgrado. Los dejaron así para recuerdo en el futuro. Pero Belgrado carece de esa mácula insalvable que pesa sobre Sarajevo. Negrura que se hace muy palpable cuando atravesando un cartel en una colina se penetra en parte de la ciudad que los mapas describían como East Sarajevo. Otro mundo. Sin mezquitas ni turbantes. Casi se podría decir pieles más claras pero una muy clara separación con el otro Sarajevo. Mecha que no se ha apagado. Igual a la de Kosovo, en Serbia; cuando los serbios ponen la mano al pecho y recitan “Kosovo en el corazón”. Pareciera que la historia ha avanzado en vano. Aquí en Bolivia se pinta de guerra racial un conflicto que en el fondo es comercial: el narcotráfico contra el estado. Pero vale para los jerarcas utilizar el eterno argumento de la raza, que ha de explotar cuando menos lo pensamos, nuestra Ruanda local.

 

Sarajevo y el teléfono a Betanzos, a Denver, Cochabamba… Fechas de historia y de zozobra. Un año ya. Este de ahora corre como desalmado mientras que el anterior andaba cansino y discapacitado. Se soltaron las riendas del tiempo, se desbocaron los caballos y no se quedarán congelados como en Kaputt sino que acelerarán en inevitable apocalipsis.

 

No miro humos desde mi ventanal. Se diría que no hay incendios pero sí los hay. La lacra intratable que echa lodo sobre el porvenir tiene que ser extinta cuanto antes. No significa que no haya otros males. Ya lidiaremos con ellos, hoy existe la premura de deshacerse del mal mayor. Demasiado hemos condescendido con ello. Tanto que hasta me cuestiono mi apreciación de la historia, recapacito para hallar si no me equivoqué, si no eran ficciones lo que la ignorante juventud proveyó. El presente invalida muchísimas lecturas de ayer. Las opciones deben ser drásticas. Dejemos la lírica para los poetas; tiempo de realidades.

 

En sueños… Y sí, hay que vivir con sueños y entre sueños al mismo tiempo. Sin olvidar, esta vez, lo que se cierne sobre nosotros en aura de falsas santidades. Quedan atrás, en el 2018, los bailes de la Clarkson Street. Maravillosos, por cierto, pero ya distantes. No solo hay que mirar adelante sino de frente.

 

Los piamonteses se reúnen alrededor de la bagna cauda. Alrededor de ella, hasta 1983, juntamos la amplia familia cordobesa por las mismas razones. Luego se extinguió. En un frustrado viaje hacia Marsella llamé a alguna de mis primas para saludar. Cierta estación de Alta Córdoba, aires de estancadas décadas flotando. Terminaba de leer algo acerca de Piglia. El tren siguió su curso, al norte esta vez. Otra historia comenzó. Y terminó como se acaba esta. Ni Marsella ni Córdoba, quién sabe el nuevo derrotero.

 

Los  rusos han bombardeado otra vez Poltava. Hermosa ciudad que se ha ido desvaneciendo en mi memoria, escondiéndose, mejor dicho. Tanto ha ocurrido desde entonces. Hablamos de Poltava cuando yo estaba en Denver el año pasado. Alguien te preguntaba sobre Ucrania. Yo estaba frente a la municipalidad, recuerdo, en pleno centro. Ahora, con la mente calma, vislumbro los detalles de esa conversación y mucho más. Durante la celebración de San Juan, ya sin fogatas en Cochabamba, los fuegos de Moscú sirvieron para recalentar la leche de tigre y dorar los hot dogs. Al menos eso. Que si no tengo piedad por aquella ciudad y utilizo su tragedia para distraerme y recordar, diré que no, piedad ninguna. Tanto he amado Rusia…

 

Texto que sale a cuentagotas. Asuntos muy terrestres me obligan a participar de esta debacle de tipo africano que se cierne sobre nosotros, impide dedicar minutos a la escritura. Pero, ya está, mosaico, amalgama de imágenes. Contextos que parecieran no ligarse entre sí y sin embargo se ligan. Presencias imperecederas; sensaciones lo mismo.

 

El agua carga sabor de metal. Mejor la tiro en el lavabo. Quién sabe lo que esconde. Una manzana verde puede bien ser púrpura en la realidad paralela. Chillidos inhumanos, sin distinción de sexos, pléyade de analfabetos presidenciables, incomprensibles balbuceos cubiertos de esputo esmeralda dice que sagrado. Mejor callar.

 

Sueños… Por cierto no es Shakespeare… Canta, Roy Orbison…

26/06/2026


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Imagen: Marianne von Werefkin

Saturday, June 6, 2026

Corpus Christi


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Ayer visité un par de iglesias por Corpus Christi. Lo usual desde la niñez: comprar delicias dulces que se preparan para la celebración. Nunca me gustaron los rosquetes, demasiado duros, pero he tenido debilidad por las pepitas de leche y los maicillos. Tengo aún media docena de estos para la tarde. Extraño aquel sol de las 5 que entraba por la ventana de la cocina y con mi madre tomábamos té en la mesa de fórmica roja que hoy conserva mi hermano en su propiedad de Tiquipaya. Momentos vividos jamás olvidados.

 

No había fruta, lo que es muy raro. Se debe a los bloqueos de caminos, y de la vida, que realizan las bestias de carga del fascismo falsamente indígena. Había maní, de las montañas de Cochabamba y de valles aún con acceso, pero no uvas ni mandarinas; ni pacay ni tunas verdirrojas. Me perdí este año el Domingo de Ramos que fue especial para mí. Distraído de tristezas dejé correr demasiadas cosas. Roy Orbison con Pretty Woman… canción que escucho con mayor frecuencia este último año. Bellísima y emblemática. Hago hora para salir por un cortado chico al lado de la catedral. Y lustre de zapatos que como la peluquería es de extremo y tenue placer. Cabeza y pies, vértices del mundo. Finisterre y algún rinconcito de la provincia Cercado. Hitos, piedras que demarcan más inicios que límites. Repito la canción. Hay luces violetas y sobrevalorado tequila barato. Tacones altos y rojos, fina lencería, labios pintados, perfume. Long and wonderful hair.

 

Esta incertidumbre nacional (no miento al decir que toda la vida vivimos con ella). Golpes de estado, combatientes del Ché en la maraña hambrienta, desasosiego, marchas militares, comunicados y más comunicados, la vilipendiada patria en labios de todos como infecta lombriz. Miro buen cine peruano, temática de guerra; Sendero Luminoso; pienso en la situación acá. Infinita crueldad que leyendo historia viene de muy antiguo. España fue brutal en la conquista, y brutales sus indios serviles para exterminar otros indios. Poblaciones deseosas de saciar ansias de sangre aprovechando el momento. Pobres mujeres, Dios. Indios desmantelando para sus amos ibéricos el Qoricancha, arrastrando momias ilustres con absoluto desparpajo. Concesiones de los amos a los caciques por haber entregado el imperio inca en bandeja, carta blanca a la plebe para ejercer violencia sobre sus hermanos de raza. Ellos, en la bruma del tiempo, y Sendero, más cerca, y las fieras que atacan ambulancias hoy con saña jamás vista. Amedallados y sin medalla, aplastados por piedras, en la crónica del Tambor Vargas…

 

“No se vayan con Sendero, muchachos”, nos decían una amable señora y sus hijos en Lima. No; nos íbamos, eso quisimos, ir a pelear a la Contra en Nicaragua. Ni lo uno ni lo otro, lento trayecto al sur hasta Buenos Aires, atravesando el país nuestro que acabábamos de dejar. Marsella en mente; Alemania para mí luego de una primera etapa. “Solo necesitan tener cinco dólares en el bolsillo”, sentenció la embajada cubana. Ya nunca más cayos de los miskitos.

 

Sonaban las bombas durante la noche limeña. Bum, bum, espaciadas, cercanas, alejadas. Igual a la Córdoba de 1975 que para mí resultó en cine de Tarkovsky, iniciación a los Doors y la Alianza Anticomunista Argentina. Fin de los viajes a la tierra de mi madre. Volví años después, como obrero metalúrgico, con Julio. Otra historia que no dudo ya habré contado.

 

Q'opuru y demás rastros de ayer.

 

Corpus se fue, tanto así la ciudad antigua ya desvanecida. El sur, que se extendía luego del Kilómetro Cero, es otra cosa. Sus calles y la polvareda han tomado los últimos campos fértiles, han hecho de las arboledas yermos. Paso por allí y desconozco. Sería como internarme en una urbe nueva y, puedo olerlo, peligrosa. Tendrá esa Cochabamba los vicios que acarrean las grandes ciudades jóvenes. No tengo ya veinte años para arriesgarme, lo hacía entonces, en la bruma de lo incierto. He puesto límites. Hay partes de la otrora muerta ciudad viva que ya son muerta ciudad muerta y mejor dejarlo así. Vamos con planes de retorno de visita a Denver, un posible Brasil antes de que termine el año y después veré lo que las guerras hayan dejado de pie en el mundo para otras decisiones. Me cuentan de las seis horas en bus desde Asunción del Paraguay hasta Ciudad del Este, Meca del oprobio sudamericano, junto a varias villas notorias por su crimen. El Paraná de Horacio Quiroga… Tigres y boas evaporados. Tal vez en la calma de los esteros flote aún algo de sosiego, en el sutil ruido de peces tomando aire. Lo leído ya no existe. La dinámica de la época desdibuja los esbozos de lo que fue o creímos ser. No está mal, las cosas tienen que cambiar pero es bueno hacer memoria. Nada malo en preservar espacios que cada vez se van haciendo más íntimos y únicos. Cerrando las memorias de Paustovski pensé en eso.

 

Me alisto para mi diario periplo urbano. La plaza principal era ayer un gran mercado, con venta de huevos, queso, leche, carritos de sonsos, de fresco somó que dicen preservan con formol para que no se dañe, arepas y variedad de gelatinas y postres. Vendedores ofreciendo en medio de la multitud. Muy humano, muy mucho según decía una querida amiga. Niños y palomas, globos y fanfarria. Un mal cantor está con La casa del sol naciente y hasta en su falta de destreza hay algo bello. Yo, sentado, con los mocasines brillando lustrados, observo, nada más, no analizo ni elucubro, observo.

 

A las ocho tomo un taxi. Como el chofer no tiene cambio me cobra solo diez bolivianos, un dólar exactamente. Tomo el elegante ascensor hasta mi piso y enciendo el televisor. Documental acerca de la paz mongola. Y al rato una trágica película rusa mostrando las espantosas noticias de aquella paz…

 

Dos gatos se persiguen entre las hierbas del lote de atrás, donde alguna vez vivieron nuestros vecinos Mejía. Uno marrón, el otro blanco. Exactamente allí comenzaba el campo. Mi calle, y esta también, frontera entre las casas y la pampa de los k'achitos Gutiérrez, rica familia cuyas propiedades vendieron y vaya a saber qué fue de ella. Tenían una casa colonial en el centro que está abandonada; donde guardaban la casa de hacienda han excavado un foso para plantar los cimientos de un alto edificio. Sintomático, simbólico. Solo queda un cúmulo de abigarradas construcciones, se nos arrebató la aventura. Se fueron las apasankas, volaron más rápidas que drones las mariposas cohete, de aerodinámico diseño natural. Hay que escudriñar, intentar descubrir novedades. Suerte de viaje al centro de la tierra o de cinco semanas en globo, recordando al gran maestro. Miguel Strogoff ante la estepa y ante la historia.

06/06/2026