Claudio
Ferrufino-Coqueugniot
Al fin se
terminó, luego de aburridísimos 120 minutos entre Alemania y Argentina. El
fútbol ha dejado de ser juego para convertirse en negocio. Siempre lo fue,
cierto, pero hoy a niveles insospechados, parecido a sentarse en frente de dos
ordenadores y mirar los números pendulares de la Bolsa de valores. Eso no es
vida ni es fútbol.
Lo dijo Carlos
Alberto, el gran capitán de Brasil 70, hablando de su selección luego de la
derrota ante los germanos: dejen de llorar. Se refería a Neymar haciéndolo al
escuchar el himno, al arquero llorando a tiempo de los penales contra Costa
Rica, otra vez Neymar en conferencia de prensa. Carajo, si hasta sicólogos les
pusieron para aliviar sus penas, como si tristeza tuvieran con tamaños
bolsillos. Magdalenos, no se puede jugar en un campo anegado de lágrimas.
Las consecuencias
políticas de este insospechado final se irán viendo. De entrada, la Kirchner no
fue; mejor, porque con rostro de actriz de filme barato, y voz de novelón de
costura, solo lo hubiese hecho peor. La Dilma tendrá que dar razones a su
patrón Lula, a quien alguna prensa jocosa ha mostrado vestido como el
superpolicía Robocop, pero con la leyenda de “Roboucopa”, empujando su ladrona
condición. Brasil 2014 se recordará como Neymar y el fin de la república de
“trabajadores”, ahora que los hampones de palacio se decoran con historial
obrero y verba popular.
No vi a Morales
en los palcos, aunque no dudo que haya viajado con enorme comitiva provista de
quenas y dólares. Si no lo hizo es porque estaría cansado de comprar
opositores, departamentos, expresidentes, muchachas; cansado de contar billete.
Esto no solo de fútbol se trataba. Sin embargo hubo momentos gloriosos, buenos
y malos: la valiente patriada tica, la resistencia mexicana, el coraje chileno,
el buen fútbol holandés, con Robben, quien debió haber ganado el balón de oro y
no Messi, la máquina goleadora alemana, el canibalismo del 9 de Uruguay,
Suárez, que nos recordó que esta actitud es la más extrema de la supervivencia
individual así signifique el fin de la especie.
No es que aquello
del poeta de que todo tiempo pasado fue mejor se confirme. Usualmente
recordamos las mejores partes, las más intensas; la memoria discrimina y da esa
impresión del ayer como insuperable. Hay tanto en juego, en la lujuria
tecnológica que vivimos, donde todo se convierte en plata y los precios de los
seres humanos fluctúan como el del maíz, que se ha perdido la dicha de
divertirse. Nunca estuvo más muerto Garrincha que ahora. Qué pena.
Espera Rusia en
los cuatro largos años de futuro, en los que Putin desea consolidarse como el
nuevo zar, mixtura de blancos y rojos. Poco para creer queda. Las reuniones de
trabajo se elevarán por encima de cualquier pateapelotas. El mundo y sus
eventos se arman de acuerdo a las vicisitudes y necesidades económicas. De
seguir este lento declive hacia el absurdo, tendremos que conformarnos con los
pastiches que nos entreguen y que ensalcen o vilipendien los medios de comunicación,
como otra artera rama del negocio. Entretenimiento, dicen, pero viendo la
mediocridad de la copa mundial debieran llamarlo burla.
¿O será que si
ponemos intereses nacionales en juego todo se torna aburrido? Porque no hay que
negar, al menos en Europa, que todavía se ven épicas batallas de buen fútbol en
las ligas locales. Pero, al momento de plantar bandera, el arte se convierte en
disciplina militar y el artista en soldado, para desgracia nuestra, o, como
sucede en ese país que es el agujero negro del mundo, un asno viste la diez
nacional, ya senil, solo porque gobierna, y las manos lo tocan y las lenguas lo
acarician con vehemencia como en un recrudecimiento político-macabro de Repulsión, de Polansky.
14/07/14
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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 15/07/2014
Me llama la atención, como fenómeno histórico, la difuminación del poderío futbolístico del otrora mundo socialista. Hoy todo parece cálculo y castillos de naipes, daguerrotipos de glorias sin sustento para promocionar gaseosas y zapatillas, y que se esfuman al minuto siguiente sin dejar siquiera un sabor amargo.
ReplyDeleteMuy buen texto, querido amigo. Un fuerte abrazo.
No otra cosa hay, querido Jorge. Bien lo dices. La ostentación de las zapatillas merece texto aparte. Fenómeno que también, o quizá con anterioridad al fútbol, se ha cebado en el atletismo. Disfruté mucho, hace un momento, tu texto Nabokovianas. Excelente. Abrazos.
ReplyDeleteLo mejor de la final fue el abucheo que el público le dedicó a Dilma y Blatter apareciendo juntos en pantalla. La Fifa, aparte de llevarse la plata del gran negocio que fue el certamen, nos ofreció el mal chiste del balón de oro Messi. Menos mal que el Messi de Orinoca no asistió a la final, pero si ya se dio el gusto de ir a la inauguración con plata ajena, bien sonriente que estuvo en las graderías. Saludos.
ReplyDeleteEl Messi de Orinoca... eso está muy bien, José. Tiene todo el oro, pero un balón tal no dañaría su infinita vanidad. El presidente eterno, el Mobutu aymarizante. Ni siquiera Mobutu alcanzó eternidad. Es como el fútbol, como Brasil goleado. No hay verdades ni situaciones absolutas. Un abrazo.
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