Claudio
Ferrufino-Coqueugniot
Asombra,
simplemente, el número y la diversidad de la fuerza de trabajo mexicana en
Colorado. Si en algún momento se planteó como opción demagógica un proceso de
“reconquista” de las tierras perdidas en el norte pues en camino está, en
avance, si no ya logrado, y que solo necesita unos años, una década, para
consolidarse.
Antes
estaba siempre la presencia del ghetto, la concentración de una clase
trabajadora extranjera en áreas precisas de las ciudades gringas. Eso continúa,
porque las oleadas inmigrantes son sucesivas y hay cada vez nuevas generaciones
que reemplazan geográficamente a las más antiguas. ¿Y dónde van estas? De los
rusos que llegaron el 92 con la perestroika y se reunieron en ghettos quedan
pocos. Repartían periódicos, hacían trabajos manuales. Más de veinte años
después han sido absorbidos por la sociedad norteamericana en mejores
posiciones, desde cajeros de banco, financistas, hasta doctores. Esa Rusia
pobre y maloliente que llegó entonces se ha mimetizado con el resto de la
población, a pesar de que mantiene, no al nivel mexicano, identidad propia y
cierto remanente de comunidad separada.
Los
latinoamericanos, incluyo a los puertorriqueños, pero sobre todo los mexicanos,
también han pasado por esa fase de asimilación que los extrajo del ghetto,
aunque el concepto de comunidad, gracias también a la cercanía geográfica, no
se ha perdido y la raíz cultural latina permanece fuerte, a ratos indisoluble.
Manejo por diez
horas en medio de las mansiones millonarias entre Parker y Aurora. Se ven allí,
entre gringos viejos y jóvenes que trabajan en tecnología, un nutrido grupo de
orientales: chinos, coreanos y vietnamitas, que han hecho dinero en
restaurantes, lavanderías, jardinería y más. De poco porte aristocrático, que
digamos no pesa acá, esta gente ha alcanzado niveles de riqueza grandes y
suelen codearse cómodamente, al menos de su lado, con la clase pudiente
anglosajona. En ese gigantesco universo de la riqueza en el estado comienzan a
verse apellidos hispanos como Gutiérrez y Flores. No vienen de las oligarquías
latinoamericanas sino del trabajo. En la construcción son amos y señores;
adquieren oficio y se transforman en subcontratistas que se enriquecen a través
de la mano de obra nueva que viene del sur y a la que proveen de medios de
supervivencia a pesar de la falta de documentos legales que les permitan
permanecer en el país. Estos nuevos hombres de negocios son en muchos casos
iletrados, gente que llegó desde olvidados ranchos en las sierras de Guerrero y
que saltaron, en el desarrollo desigual y combinado del que hablaba Trotsky,
del huarache al hummer casi sin etapas intermedias.
Compañías
de concreto, de asfalto, de todo el espectro del área de construcción (y de
limpieza) de origen mexicano prosperan con rapidez. Ofrecen precios mejores que
la competencia local, el trabajador mexicano es en la mayoría de los casos
excepcional y crecen a imparable velocidad. Con el boom del área de
construcción en Denver y el resto del estado se hacen fortunas de inmediato.
Esos rancheros que diez años atrás apenas balbuceaban su propio idioma se
convierten de la noche a la mañana en potentados. Sus hijos van ya a escuelas
sofisticadas, privativas para los “blancos” de antaño y de a poco van
transformando el estereotipo del inmigrante latino. No trabajarán ya de
albañiles o de sirvientas, la economía les abre nuevas y mejores perspectivas.
A diferencia de los rusos que se mimetizaron, estos ricos mexicanos permanecen,
al menos la generación exitosa, dentro de los marcos culturales en los que
crecieron. La absorción incluso numerosa suele ser mínima por el constante
reemplazo de unos por otros. Lo mexicano no se va perdiendo, va ganando
terreno. El taco reemplazó a la hamburguesa como favorito y el tequila sobrepasa
de lejos ya cognac, vodka y ron. Quizá hasta el whisky. Una historia de éxito.
17/03/19
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Publicado
en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 19/03/2019
Muy interesante (en el verdadero sentido) el caso mexicano que describes querido primo. Hay una suerte de colonización (o re-colonización) de las diversas formas culturales, según su origen expulsor (ya sea la sierra o montaña de Guerrero, los valles mexicas, o comunidades costeras del Pacífico, etc., un largo etcétera). Pero no toda la comunidad mexicana en los EE.UU está en las condiciones que describes entre Parker y Aurora: más de 5 millones están en situación irregular, lo que se traduce en un inmenso grupo vulnerable. Por eso y porque, lo más importante, ingresan a México más de 30,000 millones de dólares en la forma de remesas, el actual gobierno mexicano tiene un nuevo plan de apoyo para intentar superar esa vulnerabilidad, en la forma de respeto a sus derechos humanos y políticos. Creo que hay mucho por escribir sobre este caso, y los políticos, mucho por hacer.
ReplyDeletePara el caso, en Bolivia, estoy muy sorprendido en mi corta estancia en Cochabamba del grado de penetración de la cultura del espectáculo mexicana a la cochala: nunca había visto tantos mariachis, visto tantos programas televisivos de Azteca y Televisa y oído tantos mexicanismos, que parecen ser ya parte del hablar cotidiano del cochala. Ni en México, en más de 32 años.
¡Abrazos cariñosos!
Los mariachis cochabambinos son de larga data, treinta años al menos. La jerga viene de los bolivianos en Estados Unidos, muy relacionados con la cultura mexicana en la emigración, la popular. Yo mismo hablo "mexicano" como si fuera de Toluca. Está además la jerga chicana que difiere algo.
ReplyDeleteRespecto a la población mexicana e hispanoamericana vulnerable acá es cierto bien numerosa. Los "exitosos" que describo son aquellos que lograron ingresar en el gran mundo blanco a través de su economía. Son los más fáciles de asimilar por las subculturas gringas. Además de ser, en muchos casos, explotadores de su propia gente. Es todavía, o cada vez más, la movilidad social en este país, con sus pros y contras. Abrazos, primo.