Sunday, January 20, 2019

Muchacha ojos de papel


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La Triple A buscaba a “Ferrufino” aquella noche. Mi hermano Armando se había trasladado hacía poco. Los encapuchados aterrorizaron a las jóvenes que ocupaban el departamento. El tío Carlos Coqueugniot vivía al frente y se lo contaron en la mañana. Mi madre estaba de visita en Córdoba entonces y se desesperó. Fueron a la Policía Federal en la plaza San Martín y el jefe de policía, en deferencia al tío que era importante industrial, le dijo a mi madre que si él fuera ella sacaría al “muchacho” de inmediato.

Salieron por la tarde en avión. La vida de Armando cambió. Estuvo taciturno, se encerraba.

Los automóviles por la noche tenían que ir con las luces interiores encendidas porque si no disparaban. Poco valía el humano en esos días, poco el civil. Autos corrían a tontas y a locas, papeles con consignas se disparaban al cielo desde bombas incendiarias. ERP, JP, Montoneros, siglas en las paredes. Terror.

Una pareja camina por la plaza principal de Córdoba. Empujan un carrito de bebé. De pronto levantan la sábana y sacan dos ametralladoras y rocían de muerte a los federales. Por la noche dejan niños llorando a sus padres. Hay vuelos de muerte. Violación. Escuadrones de la muerte, comandos, un perro que respondía al nombre de Savonarola. La noche dejó de ser de aparecidos. Desaparecidos.

Muchacha ojos de papel. Almendra. Spinetta. El dúo Vivencia canta en una secundaria Natalia y Juan Simón. Esto venía acunándose desde 1930, cuando Gardel embelesaba al tirano Uriburu. No, es más antiguo, desde el tiempo fusilado al sur.

Ha muerto Osvaldo Bayer. Ha muerto la historia. Nadie lee. La Triple A patrulla las calles. Desde los Ford Falcon observan a los transeúntes. Un hombre baja a comprar cigarrillos. Lo detienen por no tener identificación. Lo liberan; el hombre quema esa ropa en el balcón y calla. Se queda mudo.

Camino a los 15 años por cerca del Abasto. Las dos tías, Lucha y Chocha, buscan al sobrino desesperadas. 15 es ya edad subversiva. Camino por el Once y las tías desesperadas. Olvidé el pasaporte. Me habría olvidado de vivir, mejor, si me agarraban. En Boogie el Aceitoso, de Fontanarrosa, dos soldados norteamericanos en Vietnam caminan por encima de una masacre. Uno dice al otro: pero, son niños. No hay niños en Vietnam, boy, responde el otro. Son francotiradores enanos. 15 es buena edad para morir sufriendo, supongo. Pero día mío no era aquel. Felizmente.

Armando se fue. Extrañó alguna chica cordobesa. Se fue sin despedir. Un beso costaría una muerte, seguro, y besos sobran, afirman quienes no sienten. Joven taciturno, encerrado, escuchando Ticket to Ride, de los Beatles, mientras yo, tirado sobre la cama, leo a Verne: Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral.

Grabadora vieja, de cinta. Muchacha ojos de papel.

Ellas, las muchachas ojos de papeles eran también buenas para morir. Para el sexo abusivo, la tortura y la muerte. No importaban sus ojos. Los cerraban, y gritaban, mientras los tangos atronaban los centros de dolor para que no se escucharan los lamentos. Porque el tango, esa música bastarda y ecléctica, tendría que insuflar el espíritu nacional a los terroristas camino del cadalso.

Muchacha ojos de papel. Mañana campestre.

Villa Allende, Amboy. En el lago Carlos Paz existía un embudo gigantesco para aliviar inundaciones. En el fondo del lago, hundidos, estaban cuerpos desventrados. El estómago se infla y los muertos flotan, por eso hay que eviscerar.

La ruleta gira en casa de los tíos en la sierra cordobesa. Por allí vivió el Che Guevara. La tía Lucha que trabajó en el Comando en Jefe los conocía a todos: a Lanusse, a Galtieri… Ella sacó a los primos de la más negra prisión en Buenos Aires. De allí emigraron a Israel, a Francia donde se hicieron millonarios. Médicos. De una foto de prensa, de la huelga médica, no quedó nadie más que el primo Horacio. La suerte no se la compra. Aparece. Caso contrario, lo opuesto.

Muchacha ojos de papel. De papel.
14/01/19

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Publicado en EL DEBER (Santa Cruz de la Sierra), 20/01/2019

Imagen: Afiche del documental de Dionisio Cardozo y Ernesto Gut sobre la formación de la Triple A (2015)

Friday, January 18, 2019

Bierce, el gringo viejo/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Releyendo, en las largas horas de viaje, "Gringo viejo", de Carlos Fuentes, me puse a pensar en la casualidad que me llevó a descubrir a Ambrose Bierce, la fuente inspiradora del autor mexicano, y uno de los más adecuados -diría- no favoritos, escritores de mi juventud.

"El club de los parricidas" me introdujo a su obra con la lúcida demencia del dolor y del talento. Carlos Fuentes roza la personalidad de Bierce y alude repetidas veces a ese trasfondo doliente, controvertido, culposo e insolente con que el gringo viejo enfrenta la vida y busca la muerte en un México que como él mismo afirma significa, para un norteamericano, eutanasia. Sin embargo fracasa en darnos una imagen total del artista. Se pierde en una azarosa historia de amor entre un general revolucionario y una institutriz yanqui y se enfoca en esa permanente contradicción entre los dos países vecinos y la relación padre e hijo de cada uno de sus caracteres, haciendo referencia a los parricidas de Bierce. Este, que debiera según el título ocupar un lugar central en el texto, llega casi como un forzado aditivo para conjugar dos placeres íntimos de Fuentes: la historia mexicana y su amplitud literaria. Mas cuando hablamos de imágenes, la novela excede expectativas y muestra como reza la contratapa un admirable aliento fabulador.

La película -producción de Hollywood- desmerece al libro. Comenté que habían hecho una mezcolanza de acontecimientos reales de la revolución con intención de juntarlos en uno. El escritor mexicano, sobre cuyo escrito se inspira el filme, hace lo mismo pero al menos lo cubre con un argumento de mayor complejidad que no lo desenmascara de inmediato. Es al final de la obra que se descubre una trama que intenta impactar a un público extranjero, introducirlo a la sui generis idiosincrasia nacional. Fuentes, en mi opinión, juega al mercado y el texto se convierte en objeto de venta.

El tema es en sí magnífico, un renombrado escritor norteamericano que decide en su senilidad viajar al México insurgente en busca -ambos- del mítico guerrillero Villa y de la muerte. Cuando habla de que ser un gringo en México implica eutanasia, Bierce concede que su objetivo final tiene que ver con su fin. La ausencia de detalles sobre sus pasos ya al otro lado da suficiente espacio ficcional para Carlos Fuentes o cualquiera que necesite especular al respecto. Un autor que juega con la fugacidad de la vida, más aún con la ridícula comedia de vivir y morir, hace una correcta decisión de su refugio final, porque México es surreal como su obra, igual de inesperado que sus personajes, dramático y absurdo a la vez. La atracción que México ejercita en artistas de occidente tiene en todos tintes similares. Ambrose Bierce espera hallar en esa tierra lo que Eisenstein "descubre" en las piedras milenarias; o la seducción fantástica, narcótica en esencia, que Artaud tiene con los tarahumaras; e incluso la intelectualidad de Breton que sugeriría en Bierce un análisis preciso de por qué México sería buen espacio para morir.

Me obsesionaba, en 1984, con aquello. Lo muestra así una publicación de prensa, mínima, que se desarrollaba a partir del asunto de la extranjeridad y la eutanasia. Luego, lector abisal de las referencias al conflicto mexicano, y villista por adicción, además de aprendiz de escritor, no hallaba instante mayor en la historia de la literatura que el momento en que Ambrose Bierce cruza la frontera con su caballo y se encuentra con la feroz solitud del norte. Su meta: dos figuras que quizá, asociadas, son una sola. Para entonces ya Francisco, Pancho Villa, es legendario entre el público norteamericano. Y la muerte, medieval en la textura bierceana, espera mientras viaja con aquel que va a sacrificarse, no en la inercia de un suicidio, leve e insensato, sino en la audaz y recelosa cabalgata del futuro muerto y su ama: como lo es en Durero y se duplica en Bergman.

No sabemos si Bierce encuentra a Villa; no interesa. Ambos tienen ya marcado un destino trágico. Suponemos que lo logran en la muerte. A pesar de que los devora el polvo de México, país que no cambia aunque la sangre lave las piedras de manera constante, hay cierta alegría en su final. 

Desaparecido uno, asesinado el otro, Villa y Bierce pueden al fin establecer su diálogo de muertos. De fondo se pondría una toma de Eisenstein, multitudes de maguey, una serpiente azteca, la tonada de la Sandunga que dice que "tú no sirves para amores", que de nada sirve continuar.
20/07/05

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), 24 de julio, 2005

Imagen: Ambrose Bierce

Prisionera de Stalin y Hitler

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Que Bánzer entregase guerrilleros argentinos al gobierno de Videla, con encargo especial para el matadero de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), tenía su lógica. Ambos dictadores, sumados a Stroessner, Pinochet, conformaban un frente amplio que se cubría las espaldas y trabajaba en conjunto. Pero que Stalin entregase a comunistas alemanes a las hordas nazis carecía de ella.

Margarete Buber-Neumann fue una militante comunista, casada en principio con el hijo de Martín Buber, el gran pensador judío. Separada de su marido convivió con Heinz Neumann, importante miembro del partido alemán y del Komintern. Neumann tenía labor e historia de excepción como combatiente revolucionario, tanto en Alemania como en el extranjero. Goebbels pidió a Suiza su extradición para -posiblemente- ejecutarlo. Junto a V. Lominadze participó de la llamada Comuna de Cantón, China, 1927, efímero estallido social de desastrosas consecuencias. Colaboró con Ernst Thälmann mas lo venció su espíritu crítico de lo que se venía haciendo en Rusia. Osip Pyatniski, responsable del aparato clandestino bolchevique desde 1903, sugirió enviar a Heinz Neumann al Brasil, a asesosar el movimiento que preparaba Luiz Carlos Prestes, el cual contaba, según Jorge Amado, con muchísimos colaboradores de origen alemán. El viaje jamás se realizó. Pyatniski, cosa común entonces en Rusia, fue fusilado por sus camaradas de ideario en 1937, acusado de conspiración; lo mismo sucedió con Piatakov, Bujarin, Zinoviev, Rakovski y tantos otros silenciados luego de las más espantosas parodias de justicia que un estado puede montar. Todo para que Stalin se sintiera tranquilo, seguro de ser el único, el irremplazable.

Tanto habría sido el deseo de que algo nuevo se estuviere formando, que toda la muerte precedente no fuera en vano, que los comunistas del mundo veían a la Unión Soviética como el Edén al que todos deseaban asistir, a pesar de que entonces ya se sabía que el ser "llamado a Moscú" implicaba una condena a muerte. Cualquier error mínimo, o la sospecha de un error más las innúmeras delaciones entre "revolucionarios", barrieron con el recuerdo de la Revolución de Octubre, con el internacionalismo proletario. La capacidad militar de la URSS fue destruida por los celos de Stalin en las purgas de la mejor oficialidad que podría haber confrontado la invasión germana con mayor éxito. Stalin asesinó a todos los que pudo, incluyendo a Béla Kun y a Heinz Neumann; además, y parafraseando a medias a Solzhenitsin, barrió con la literatura rusa, dejando un yermo irrecuperable (Bábel, Meyerhold, Mandelstam, Pilniak, hasta el mismo Maxim Gorki que se sospecha fue eliminado por orden del líder).

Luego de su detención en el Hotel Lux, en Moscú, donde se alojaban los miembros del Komintern, Margarete no supo más de Heinz Neumann. A ella le tocó un calvario de celdas y privaciones sin nombre, por la sospecha de "traición" o "terrorismo". Desde la Lubianka y la Butirka, prisiones de infeliz memoria, hasta el campo de concentración de Karaganda en la estepa kazaja. Allí la política se olvida; es el imperio del hambre, la lucha por las migajas, por un espacio de sueño, por algo de agua, unos granitos de azúcar. A cambio de nada, el gobierno soviético hacía trabajar a sus prisioneros, políticos y comunes, de sol a sol, como lo hiciera con los rendidos alemanes durante la guerra, los de Stalingrado y los demás. Levantar una economía a la fuerza, sobre las espaldas de centenares de miles de esclavos, sin alimentación ni esperanza en el paraíso de los trabajadores.

Junto a Margarete, infinitas mujeres de diverso origen, con especial mención de las alemanas, entre ellas la actriz Carola Neher, actriz de fama que trabajara con Bertolt Brecht. Artistas, músicas, novias, hijas o esposas de comunistas alemanes sobre los que había caído la sospecha del régimen.

En Burma, Siberia, en condiciones infrahumanas, bajo el frío, el trabajo y la inanición, Margarete, sin saber nada de Heinz, sin voz ni voto, con la desconfianza de las presas políticas rusas que la miran como a traidora, sin darse cuenta que corren con su misma suerte. Premio por haber creído en Moscú, por haberse opuesto a Hitler.

La cima de esta historia ilógica llega en el momento de la gran traición: el pacto germano-soviético de no agresión, la repartija de Polonia y el acápite dedicado a los comunistas alemanes presos en Rusia, de quienes se espera la entrega por parte del estalinismo. Entrega que se hace con los mejores auspicios de amistad entre los dictadores. Stalin regala a la muerte, a la tortura, el gas, a aquellos que creyeron en la república de los soviets, que trabajaron, muchos entre grandes desdichas, por su instauración.

Margarete Buber-Neumann termina en Ravensbrück, campo de muerte femenino. En una primera instancia, el campo se diferencia de sus pares orientales. Hay orden, mejor comida, camas y espacios propios. La brutalidad es la misma, pero Ravensbrück hasta ya avanzada la guerra, da, en las palabras de Buber-Neumann, aunque parezca paradójico, una mejor impresión. Es que en aquel campo de mujeres, como en otros de exterminio, se quería malévolamente dar una apariencia de paz. Sin embargo los patrones de conducta ya habían sido marcados y se procede a la política exterminadora del nazismo, más que todo hacia las minorías étnicas.

En Ravensbrück conoce a Milena Jesenská, la periodista checa de la que se enamorara Kafka y a la que escribiera las famosas Cartas. Cuatro años de una intimidad rica que sueña con escribir juntas la historia del cautiverio. Milena morirá allí y será Margarete la que escriba el testimonio que es "Prisionera de Stalin y de Hitler". No hay mención en el texto mismo, pero hay autores que sugieren que esta relación estrecha fue la que permitió, a través de Buber-Neumann, salvar los textos inéditos de Franz Kafka.

Ravensbrück se convierte más y más como Burma o Karaganda; el nazismo vacilante recurre también al trabajo esclavo para su industria de guerra. Cuando los cañones rusos suenan a pocos kilómetros, Margarete y otras prisioneras alemanas son liberadas. Desde ese instante, y siendo inviable ver a su madre en Postdam, tiene la idea fija de huir de los rusos. Sabe que caer en sus manos significa Siberia de nuevo, y la muerte. Yosif Stalin llegará al extremo de mandar a campos de trabajo forzado a los prisioneros rusos de guerra. Para entonces se ha olvidado el discurso marxista, ya no se habla de revolución social ni de dictadura proletaria; la guerra ha sido guerra "patria" y se descubren los nombres de los grandes héroes nacionales: Kutuzov, Bagration...

Margarete Buber-Neumann llega a las líneas norteamericanas sobre el Elba. A Stalin se le escapa una víctima más, una convicta con voz...
25/07/07

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Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Sucre), julio, 2007

Imagen 1: Margarete Buber-Neumann
Imagen 2: El campo de concentración de Ravensbrück

Wednesday, January 16, 2019

Los escritores de mi familia/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Se cumplen hoy 101 años del nacimiento de Hugo Ferrufino Murillo, tío, hermano mayor de mi padre. Hombre de mundo, viajado, Moscú, Pekín, estudios de arquitectura en Chile, actor, cantor bajo profundo, poeta, escritor que hace mucho escribiera una novela premiada en el Guttentag, nunca publicada por su extensión y visionaria, hurgando en el pasado, de lo que ocurriría hoy bajo el reinado de Evo I, amo de mariscales y mariscalas.

El Deregente es esa gran novela escondida, que desde el título desnuda las contradicciones bolivianas, y la peculiar manera de percibir el mundo de esa clase que es la “deregencia” en el país, con el supremo “deregente” dándoselas de Luis, príncipe de Baviera, el rey loco.

Hugo fue de aquella generación que vio caer el sistema semifeudal imperante desde tiempos de Melgarejo –cuando se agudizó-. Lo vio desde una perspectiva diferente a la de su hermano, mi padre, desde un estrado elitista que lo codeaba con las aristocracias criollas en oposición al populismo del menor. Que lo sufrió, seguro; al igual que Borges no condescendía con las chusmas. Vio el látigo de los capataces sobre las espaldas indias, o casi ni lo vio porque vivía en universo exterior. Mientras que Joaquín se enfurecía con la impericia con que se manejó la historia en el país y con la injusticia reinante. Mas mi padre ni así agachó la cabeza ante la nueva elite demagoga. Literalmente los mandó al carajo: al Mono, al Conejo, a Lechín y la dinastía de turno.

Mi padre fue un columnista agudo y perspicaz, duro y ácido, con columnas que jamás se publicaron y desnudaban la sociología nacional con visión precisa. Escribía para sí ya que no soportaba los cenáculos “inteligentes” ni a afeminados poetas que contrastaban con su brutalidad aparente. Era, por decirlo en esta época, un hombre del pueblo, que vivía y entendía el proceso ilegal de enriquecimiento de su clase por encima de la mayoría indígena. Explosionaba contra ello en sus textos y en su vida privada se apasionaba por las expresiones de fortaleza física de boxeadores y pesistas. Fue peso mediano en su paso por el ejército en la Muyurina y desafió a un matador de soldados a combate singular que eludió el milico asesino con sonrisa picaresca. De él vengo, de esa intransigencia poética y cruel que lo aisló en la vejez y lo permaneció sentado en la mesa del comedor leyendo la Enciclopedia Británica y mirando el vacío con sus ojos claros.

Mi madre era graduada en Leyes y genial maestra que formó generaciones de bolivianos que de una forma u otra rigieron los destinos del país. Amaba Bolivia, su Bolivia, la que extrañaba luego de unas semanas de permanecer de visita en su Argentina natal. Comía llajwa más que cualquier cochabambino y solía encontrar el punto exacto en que mis libros demostraban ser, cualquiera fuese el tema que trataran, muy bolivianos. A pesar de que afirmaba, un poco con modestia, no haber nunca entendido la idiosincrasia que la rodeaba y comparaba a mi padre con personajes de Dostoievski.

Alicia era dulce poeta; idolatraba a Juan Ramón Jiménez y leía siempre que tenía un momento libre. La recuerdo y sé que la noche antes de su muerte, con la almohada en la espalda para mantenerla erecta, leía a Roger Martin Du Gard. No tengo esa fortaleza vasca que llevaba en la sangre y es lástima. Otra sería la vida si mi madre la agitara dentro mío.

Escribió un libro de crónicas de la familia, incluyendo vívidos relatos de la servidumbre como ahora es moda después del filme de Cuarón. Ahí estamos en retratos antiguos. Ya no somos lo que vio pero nos sabía, notaba hacia dónde íbamos, y en no pocas ocasiones recriminó mi debilidad. Era dulce escritora, pero firme, y recitaba las razones del lobo de Ruben Darío y extensas partes del romancero español para nosotros. Trajo a García Márquez apenas lo publicaron y nos lo hizo leer. Yo tenía siete años.
13/01/19

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 16/01/2019

Imagen: Alicia Coqueugniot Espeche y Joaquín Ferrufino Murillo

Thursday, January 10, 2019

Aquí hay una flor


MAURIZIO BAGATIN

“Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres” - Louis-Ferdinand Céline -

Mientras el amigo escritor viaja hacia un invierno napoleónico, para meterse en camisa de once varas - sostiene él mismo - en su Llajta todo lo imaginario, todo lo fantástico y todo lo real que plasmó en letras en su Muerta ciudad viva, se ha ido metamorfoseando brutalmente. Masacrado por la tempestad del progreso. Hoy su novela reaparece. Se fue de parranda no más… un voy y vuelvo a la Nicanor Parra. Y está aquí más viva que nunca.

La novela de Claudio se parece a La Piedad de Miguel Ángel, más por su ejecución que por su esencia, el escritor ha eliminado solamente lo que no servía, lo que no era útil, lo demás todo ya estaba, todo ya existía en este infierno de los vivos, en este paraíso de muertos… y él lo extrae… de una ciudad invisible e invivible, adonde amor y odio se cortejan a plena luz del día, para que luego baje la noche, la noche de Céline en el lenguaje, la noche de Miller en su filosofía, la noche de Bukowski en su moral 

Claudio está persuadido que el amor y el odio se cortejan y van deslizándose sobre el hilo de una navaja, a veces se juntan, se revuelcan y se sacuden, y aunque no se reconozcan, van armando la trama… pluma ácida como la del Chueco Céspedes… en este valle fértil, de campiñas que bordeaban la desordenada ciudad, lo conservador se mezcla con lo pícaro, lo tradicional se enfrenta a todo cambio, manteniendo sólidas muchas estructuras coloniales, muchos vicios burgueses y muchas leyendas urbanas, Claudio se adueña de un lenguaje puro y sincero, quechuismos y contaminaciones importadas o de paso - de la época que vive - sin conformismo y con pocas gracias da a luz a una visceral joya literaria, que el tiempo - sabio conservador y madurador - nos devolverá mañana con aún más luz y más poesía. Dejémosla madurar, a cada cosa su tiempo, a cada uno su trabajo… y al lobo el rebaño.

La flor nació gracias al estiércol, a una tierra fértil y al cuidado del jardinero, ahora muchas mariposas vuelan a su alrededor, embriagadas por el perfume, alucinadas por el color, hipnotizadas por su belleza.

Esta es la magia del texto, esta es la grandeza de una penetración - ya lo dije varias veces - que a su tiempo logró el Juan de La Rosa de Nataniel Aguirre.                                                                                  
Hasta la vanidad de la escritura literaria, de aquella mirada larga y profunda que va recogiendo, inventando y mintiendo, parecía ya una calidad desaparecida, que ya no frecuentaba este valle ya no tan fértil, ya no tan cuidado…pero esta novela devuelve la imagen a una tierra, devuelve la palabra a su gente, en este esquizofrénico andar diario, cuando la aún joven democracia ya demuestra sus debilidades, sus mentiras y sus vulgaridades, ahí toda ilusión se va evaporando entre sexo y alcoholes, en un rider on the storm criollo, que no es nada más que un conflicto de identidad juvenil como forma de pensar lo nacional. Es una manera de mirar los conflictos relacionados con lo generacional, lo económico, el género, lo étnico, la sexualidad, las relaciones interétnicas…

Ahí estuvo Claudio, mientras hoy va viajando, imaginándose ser un Mateo Alemán el cual bien sabía que todos vivimos en asechanza los unos de los otros, como el gato para el ratón y la araña para la culebra
Octubre 2018 

Tuesday, January 8, 2019

Café a las tres de la mañana/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El invierno de Denver es una asombrosa primavera. Hasta que caiga la espada del hielo y nos congelemos con 25 bajo cero. Siempre es así, aunque no se ve más la nieve que se veía hace 20 años, diga lo que diga Trump acerca del cambio climático.

Hay silencio. Hora de dormir o reflexionar. Una amiga escribe que se acuesta; otra, más lejos, que se levanta; una más, al otro lado, que disfruta el almuerzo. Estará amaneciendo en Cochabamba. Recuerdo la escarcha, el rocío sobre los rosales que tozudamente mi padre plantó en línea, en el pasillo al lado de los dormitorios. La casa paterna está quedando aislada, bajo la sombra de edificios de varios pisos. Pronto los corredores de bienes raíces estarán tocando a la puerta, porque lunares así, en esta época, no pueden existir. Con la tierra se irá la tumba de mi perro Choki, el pasado, la memoria, la casa grande llena de espectros que hacían correr a los inquilinos, puertas que intentan abrirse, sombras, golpes en la ventana. Saldremos del pasado cerrando el portón verde que no veremos de nuevo. Quién pudiera quedarse en los tiempos niños, cuando los padres proveían, amaban, y la vida era fácil y despreocupada. Poco duró y no nos dimos cuenta.

El progreso, dicen.

El lavado de dólares del narco, una falsa economía, engañoso auge. Se habla de guerra civil pero soy descreído. La gente se acostumbró a la mentira, a las migajas que provee el dinero ilícito para hacer funcionar un país charro, surreal, fatídico, con el mejor representante que la historia podía dar según la idiosincrasia: el bienamado Evo, cacique con ínfulas estalinianas y tremendo espíritu de lucro. No puede terminar bien. Tiene que terminar mal. Ojalá termine mal en beneficio de la historia.

Los acólitos berrean, berrinchan si se opina algo irreverente sobre el jefazo. Intelectuales carroñeros medran al lado del tonto de Álvaro García Linera, bruto como él solo pero comerciante. Claro que si el comercio tiene ilimitado oro es fácil parecer ducho en tales artes. Porque sin eso, dudo que Alvarito lograra algo. Para el personaje los libros son como ladrillos y él sin ser albañil. País rosquero. País lameculo. País mendigo.

Así vivimos, todo el tiempo, que si no era el Mono Paz era Burrientos, o el febril enano coronel, Bánzer, que murió en santidad. Y la Gueiler, y el pelón ayopayeño, y miliquitos violentos y analfabetos. Crecimos con la manía guevarista de las montañas que fue un fracaso porque no hay reglas generales. No lo entendió Che a pesar del desastre africano que fue preámbulo a su desidia acá para comprender el territorio incomprensible.

Crecimos viendo pistolas y abusos, contemplando militares borrachos que juraron en la eternidad de sus prerrogativas. Continúan teniéndolas, no al nivel de entonces, y hoy en calidad de sirvientes del orangután lampiño. Pero, igual, uno por encima de otro; el poder sobre nosotros.

Guerra civil mientras tomo un café a las 3:32 de la mañana. No es que el curaca Morales impida el sueño sino que a veces la nostalgia de un país que no fue pero que parecía nos invade en la emigración. Nina Berberova, de la emigración “blanca” rusa refleja en su obra esa melancolía. Por eso me gusta leerla.

En un sitio francés de cultura postean un texto con el título de “La mélancolie est une maladie qui permet de voir les choses comme elles sont”. Viene, aclaran, de una cita de Nerval. La melancolía, esa enfermedad, nos hace ver las cosas como son. “De afuera se ve mejor”, cuántas veces lo he escuchado. No sé si mejor, pero liberado de las ataduras económicas que podrían transformar la visión. Apuro el café, hay que dormir. Que la guerra civil puede esperar, y esperará. La pregunta es si estamos preparados para ella. Si vale el sacrificio, y a quiénes y a cuántos habrá que sacrificar. Terrible.
07/01/19

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 08/01/2019

Imagen: Juan Gris

Monday, January 7, 2019

Tres de la mañana


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Berberova, Nina Berberova. Acabo de escribir mi columna semanal y hablo de nostalgia. Leo, en un sitio de la Universidad de Nantes, un texto sobre la melancolía, “esa enfermedad”, citando a Gérard de Nerval.

Leíamos a Nerval. Era otra vida. Yo iba de casa de P a casa de G. Una mujer olía a otra; de G a P. La vida parecía la mano en un miembro masculino. Largas caminatas para cinco minutos de sexo. Pero había más. Estaba Cendrars. Henry Miller. Dodes'ka-den, de Kurosawa. Dersu Uzala. La vida arrasó con las mujeres. El viento se las llevó o las dejó lisiadas ante la historia. A mí no. El dolor me manchó, y cómo no, pero seguimos firmes y llenos de futuro. Recordamos a Cendrars con Miguel, a Miller con Pablo. Ayer “festejaron” algún centenario de Khalil Gibrán, que fuera de la popularidad que lo destiñó tiene cosas hermosas. Era poeta, pues, y su tumba está vacía, como diciendo, y es sintomático, que la poesía no muere. ¿O se ahogaron los versos de Celan que me recordaba Maurizio ayer con él? No. Y tampoco el dolor. Tomo un verso de Georg Trakl para mi próximo libro. Quizá así lo condeno antes de publicarse. Lo suicido.

Las cuatro y siete. El reloj no perdona, camina por encima de altruismos y penas, fuera de la desgracia amorosa y del brillo de tus ojos grises. Stevenson y Borges. En el silencio se pasean los fantasmas. Homero y Sologub; José Eustasio Rivera, la goma, la muerte, las niñas descaderadas. Espero algo, o a alguien, sabiendo que por esas gradas, a esta hora, no sube ni baja nadie. Estoy solo, con ellos, esa multitud que atesoré en casi sesenta años. Están David Copperfield y los Karamazov. Martín Fierro. Recuerdo mi apartamento lejos del mundo, la cerveza, las llamadas de telefóno. Una de las mujeres que amé, y me dejó, se echó en brazos de un anciano. La soledad trabaja de maneras implacables con quienes no la respetan, y es dulce y suave con quienes la guardan, la contemplan, la miman y le sirven café a las tres de la mañana. Resulta entonces, me pregunto, que mi angustia en realidad pertenece al otro, que lo que queda en mí son pulsaciones, y que la soledad es mi amiga, la espada de Damocles fuera de casa, y que tengo que estar listo para acomodarla lo mejor posible, alimentarla, quererla, que otra amiga más fiel no tengo. Ni otra tan vengativa.
07/01/19


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Fotografía: Luis Amaral