Friday, June 23, 2017

Marine Le Pen y el fútbol

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cuando el joven futbolista togolés Kokou Guy Acolatse firmó para el FC Sankt Pauli alemán en 1963 hubo conmoción. “La gente tenía miedo”, cuenta un cronista. ¡Y cómo no! A pesar de la derrota alemana en la guerra, o las dos guerras, el sentido de orgullo racial permanecía incólume. Debacle no implica razonamiento, y la aparición de un jugador de color tocaba algo que no estaba en la costumbre. Por tanto, produjo rechazo. Quedémonos allí, en esa primera impresión.

Hace unos días, en un partido amistoso y notable, jugaron Inglaterra contra Francia. Ganaron los últimos por 3 a 2, cosa que no tendría mayor importancia que la estadística si no pensáramos en que fue año electoral en la Galia y que, por un momento, se temió la victoria de la derecha bajo el mando de Marine Le Pen. Esta señora representa los intereses de la Francia que se creyó decapitada el 93 (el de Hugo) y que pervive, y muy sana, más de 200 años después. Muchas pueden, y suelen, ser las razones esgrimidas para conservar una “pureza de raza” que no existe, peor en un continente asolado por conflictos e invasiones constantes. ¿Pueden los alemanes declararse puros sin examinar si en el trasfondo hay algún soldado ruso que tomó las instrucciones de Zhukov antes del embate final al pie de la letra? Ideología, absurdidad o pura estulticia. ¿Por qué, me pregunto, los Le Pen y sus afiliados no conforman, o luchan por conformarla, una selección francesa sin extranjeros? Por la simple razón de que la hibridez, la nueva sangre, son motores de desarrollo y que el aporte de los inmigrantes en cualquier país del mundo es siempre mayor que los desmanes que causen.

Bret Stephens escribía en una columna de opinión del New York Times (17/06/2017) que a los Estados Unidos solo podía salvarlos la deportación en masa, parafraseando, pero en sentido contrario, a Donald Trump, y aconsejando que se deportase a los “americanos” de siempre para dar paso a los inmigrantes que según las estadísticas son los que proveen al país cada vez más con pequeños negocios, que intentan progresar y aprovechar las ventajas de que carecían en sus países de origen. Pujanza versus indolencia. Dinámica contra negligencia: esa es la presencia inmigrante en un país en que la gran masa votante de Trump poco hace para que EUA sea “great again”, y que espera, como maná del cielo, que el gobierno blanco alinee las estrellas en su favor y borre el sacrificio y traiga la alegría. Así no son las cosas. Trabajar como sus antepasados, inmigrantes también, es la única posible solución.

Volvemos a ese 3-2 contra los ingleses, que también tienen su parte en esta historia de hibridajes y ciudadanos negros, mestizos, indios y otros que patean la pelota bajo el emblema de los 3 leones (uno de los Plantagenet y dos desde Ricardo Corazón de León). Los goleadores de Francia no apellidaron lo que Marine Le Pen hubiera querido para una victoria “nacional”. Fueron Umtiti, Sidibé, Dembelé, sonoros nombres africanos originados entre Malí, Senegal, Mauritania y Camerún (aunque esta última región fuese originalmente colonia alemana y no francesa). No es que no haya jugadores de calidad en Francia cuyo nacimiento y ancestros no los remontan a la historia que se quiere reivindicar, pero el universo es dinámico y no podemos aislarnos de tal manera que terminemos siendo obsoletos. África en las últimas décadas ha dado un soberbio influjo al fútbol europeo, así como los extendidos árabes. El espectador, y el deporte, han ganado con ello. Dejó de ser –África- esa especie de souvenir que fue Camerún en el mundial de Argentina, 1978, para convertirse en un pilar que a no mucha distancia de hoy producirá un campeón mundial.

La Alemania que derrota hoy a Australia, en Rusia, a pesar de ser calificada como el equipo B, tiene nombres que no suenan en extremo sajones. Hay turcos: Emre Can; albanos: Shkodran Mustafi; Antonio Rüdiger, de Sierra Leona. No podría ser diferente. O lo aceptamos o que la señora Le Pen se ponga los cachos y marque goles para Francia. Poco faltaría para echar el fútbol que dio a Platini y al gran argelino Zidane al basurero de la historia.

19/06/17

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Publicado en INMEDIACIONES, REVISTA DIGITAL, 22/06/2017

Fotografía: Selección francesa de fútbol con Zinedine Zidane de capitán

Tuesday, June 20, 2017

Hablando de Bolivia con mis hijas/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La juventud… Dos chicas, historiadora una y socióloga la segunda, hablan acerca de Bolivia con un amor que creo no tengo, ni tuve estando allí, jamás. Me pregunto por qué. Que Bolivia crece sin parar en la memoria, la vida, en mi literatura, no tengo dudas, y me alegro por ello. Que no necesito confesar amores ni alegatos de patria, también. Basta con su presencia y la mía, indisolubles. Saber que nací allí y allí moriré, que no tendré enterramiento alguno porque ya dejé instrucciones que en el spiedo de la cremadora me convierta en polvo que arroje alguien, ellas de ser posible, desde las alturas de Puka Puka, donde había qhewiñas, sobre el valle que fue de eucaliptos y que hoy es pasto de la anti-plurinación.

Ayer fue día del padre. Concuerdo con el mío ya ido que ese es invento de comerciantes, como todos los otros, como el de Cristo niño bien vendido en el mercado de la espiritualidad contante. Concuerdo con el poeta negro Nicomedes Santa Cruz que cualquier domingo de mayo escogido para idolatrar a la madre “vergüenza debiera darme”. Dicho eso, cuento que “festejamos”, que ellas quisieron traerme regalos: Emily una biografía del pistolero Wild Bill Hickok, que llenó la infancia de épicas en el semidesierto del oeste norteamericano, y Aly un Jameson de 12 años, whisky irlandés. A leer y a beber; quizá el sol no salga mañana y no conversemos ya con los amigos muertos.

Bolivia vino con el sabor; construí una llajwa cochabambina con los recursos del norte; no estuvo mal. Porque tosté las papas como se las tuesta para el sillpancho y ahí supimos la gloria de haber nacido yo tan lejos, tan cerca del corazón de mis hijas, donde el recuerdo tiene olor a molle. Nada mejor que la papa para acordarse del color de las montañas de Lípez, el verde adormilado y terroso de Anzaldo. Siempre me tiro hacia el valle y el cerro. El trópico no me tuvo de adicto, ni por aguas de ríos caudalosos y menos por calor. Prefiero los terrones duros y la lluvia que siendo escasa es adorada cuando cae. El embeleso “del Chapare” no ha nunca formado parte de mi necesidad vital y ese fue el país que les mostré, el único que conocen. Del que ahora hablamos.

Toro Toro. Tuvieron que pasar 50 años para que el interés de muchachas curiosas y patriotas en el buen sentido, de un país que ni siquiera es suyo directamente sino de soslayo, me obligaran a emprender esa larga marcha. A qué decirlo, gocé. Me reencuentro conmigo mismo y mi historia familiar cada vez que dejamos la zona urbana e indagamos el campo. Si no hubiera sido que el chofer nos torturaba una y otra vez con las atrocidades de los Kjarkas, el viaje hubiera sido perfecto. Inolvidable la vista del río Caine desde la altura y bordeando sus orillas con líneas de preciosos papayos enanos. Como en Humahuaca, el Jujuy quechua y argentino, en el Caine, la tierra se pinta multicolor: gris, verde, amarilla, roja. Me vino la historia, Goyeneche cruzando el río, Esteban Arze y sus lanceros. Todas las sangres mi sangre y decidí, entonces y ya de atrás y largo, regresar. Dije que tendría que recorrer los caminos del sur, que no veía el Chorolque desde un lejano 1984; el Sajama desde el 80; Siete Suyos, Quechisla, Betanzos y Villa Abecia. Hay letras que escribir allí. Me esperan. Callejas y pajas bravas, diablos y morenos. O el silencio, pavor en las heladas paredes de la iglesia de Curahuara de Carangas.

Emily y Aly afirman que apenas venga el consulado ambulante boliviano por Denver otra vez, sacarán sus papeles, el que la constitución les concede como hijas mías. Envidio su cariño por el sol que quema en la calle José Quintín Mendoza, la de los abuelos. Sé que he de regresar pero me gustaría hacerlo así, con espíritu alegre y sorpresa. Tal vez.

19/06/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 20/06/2017

Fotografía: Pico Tunari/Douglas von Hollen

Sunday, June 18, 2017

Cien años de soledad

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pues cómo ha cambiado el mundo. Ahora, en mis cincuentas, ando perdido porque el suelo que pisaba en mis veintes no existe más. Parafraseando a Nicanor Parra ¿o era Neruda? diría que “no soy el mismo del año 20”. Por supuesto que no, porque esa fecha, que traía con dramas propios una vida que en su dureza conllevaba ideales, no existe más. Y no son, o no solo, los años.

Aclaremos. El libro icono de Gabriel García Márquez no era en propiedad uno sobre ideales, ni sobre política a pesar de la historia de cien años dentro de otra historia de mil días, y otra y otra acumuladas hasta desvanecer las líneas que dividían la realidad de la ilusión, o el drama del sueño. Pero era algo sólido, el recuerdo, siendo etéreo como es por lo general. Pero ya no.

Habitamos, dentro de nuestras tristes, atávicas y pobres prácticas, lo cibernético. La humedad de la sangre pesa menos que ayer, sin que el retrato del mundo que habitamos haya mejorado un ápice. Nos hacen creer que sí; nuestros intereses están en el espacio exterior simbólico, en una nube, no tanto aquí, como si lo dramático del universo convulso no contara lo suficiente, como si fuera un mal sueño en medio de la futura felicidad universal.

Digresiones confusas para alegar que Cien años de soledad es un libro que debe leerse como documento a la belleza de la vida plena, plagada de odios, muertes y desaires, donde al menos parece que las riendas están bajo nuestras manos y que pase lo que pase intentamos no perder la capacidad del asombro y el goce que nos depara. Páginas-rastros de un mundo que fue, afirmándolo no con la usual nostalgia que el presente debe al ayer, sino como manilla salvadora ante una muerte desesperada, acelerada en un mundo que se ha recreado casi  como una paranoia vil, sin memoria.

03/17

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Publicado en REVISTA CASA DE LAS AMÉRICAS, 06/2017
Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 18/06/2017

Fotografía: Guerra de los Mil Días, Colombia

Tuesday, June 13, 2017

Domingo sin Donald y sin Evo/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Profilaxis. Busqué un sauna finlandés para sudar el objeto de mis odios, el destilado inmundo de la realidad con que los autócratas nos castigan. No lo hallé y decidí enroscarme entre libros, con un tango que otro para matizar la paz.

Me privé de televisión, de prensa. El Denver Post quedó envuelto en su plástico naranja y el New York Times en azul. Colores de bolsa diferencian los diarios que reciben los suscriptores. Transparente para el Wall Street Journal, amarillo para el USA Today. Rosado para el Financial Times que ya no se reparte. Poco a poco se van agotando, escondiéndose en la nube virtual, las publicaciones en papel. Puede que para bien. Pero extraño.

El silencio fue una aspirina, aquella que alivió el mareo de ver a los dioses revoloteando impúdicos, creyéndose querubines aunque ni peso ni imagen los acompañan en ese trastrocamiento de lo real. A pesar de que ello no cambia nada, que la transformación es sustantivo ajeno al acto en sí, decidí hacerlo, agarrarme de la modorra de un domingo, casi como si fuera el de ramos, en Jerusalén y ocuparme de las ollas en busca de la esencia africana del feijão caseiro, sin hocicos ni patas como la pobreza obliga, pero con el ferviente deseo de impulsarme hacia mundos suaves que me alejaran más que del caos del esperpento. Caí en la cebolla picada fina, en el humo gustoso de la cecina tostada, en el color medieval del frijol, tan oscuro como las cuevas de Piranesi. En el ajo. El alho.

Me pregunto, então, si el frijol negro no importa más que Donald Trump, si el cardamomo que “el” Evo. Me respondo que sí y muevo el palo ya renegrido y gastado con el que cocino desde hace veinte años. Puse cebolla verde de cama y cuando la frijolada estaba casi lista añadí trozos grandes de cebolla y pimentón rojo para que quedaran crocantes al sacar el plato y servirlo. Sacamos una foto porque el recipiente hondo, mitad relleno de feijoada negra y mitad de arroz blanquísimo, con tintes de verde oscuro y rojo profundo era un Miró en movimiento, burbujeante, humeante, vivo.

Profilaxis.

Debiera hacerlo seguido. Me decía a veces si aguantaría vivir el martirio de tener de amo al presidente Morales. Seguro que no. Me fui antes que él y viví la angustia de los gobiernos Bush en los Estados Unidos, que hoy parecen pequeños rufianes de los Picapiedra comparados con Trump y Pence, el porno y el inquisidor, en una dualidad impensable y que hoy forman el corazón de este país ya entregado a la perversidad y la perversión que antes solo latían y se sospechaban y que se han soltado como perros del apocalipsis.

Nada mejor que refugiarse en el entrevero de sartenes y copas, en agotar los restos de un garnacha ya de varios días o recibir una cerveza hefeweizen de mi Emily por un día del padre que será el próximo domingo. Cerveza alemana y queso azul irlandés. Me conoce; sabe que adoro juntar la fortaleza del queso podrido con el dulzor del trigo retostado. Mientras la tarde recula y se va reclinando junto a la luz del sol.

Profilaxis. Televisión de peces espantosos y de búsqueda de un demonio con cuerpo de cerdo y cabeza de perro en las montañas de Laos. Por la persiana abierta entra una brisa y hace sonidos casi místicos. Sorbo el limón que flota en un tenue marrón de alcohol de las Antillas. Espero a las cinco por las seis y a las seis por las siete. ¿Por dónde andarán los amos, arrastrando cadenas y creyéndose libres? Peluquines, pelucones, entre juez británico, prestamista flamenco y cortesano francés. Dónde andará mi “andina y dulce Rita de junco y capulí” (César Vallejo). Luego me duermo.
12/06/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 13/06/2017


Monday, June 12, 2017

A JORGE MUZAM, DE CUMPLEAÑOS

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pues, el Ñuble, río, y nombres de mujeres y una mujer tan suave como las piedras del río. De cumpleaños el escritor escondido, el escritor líquen, viento, sangre de mezclas exóticas a quien leo y lee mi pareja, ambos sentados cada uno en una silla que mira a su lado y a quien escuchamos teclear y “textear” mientras de a ratos conversamos. Nabokov, Joyce, la nieve, cerro, polvo, y la recua ignorante, animal y humana, que pasa y rebuzna, que corta el aire y se asfixia en amaneceres de San Fabián de Alico, sí, allí mismo, de los Parra y la parra, la música y el vino.

Podría escribir mucho, no los versos más tristes esta noche porque son precisamente las 10:14 en el estado de Colorado, de mañana y sin tristeza, y me adecúo a que, en machismo atávico, no debe un hombre escribir del otro con demasiado énfasis. Me limito entonces a un abrazo, a cierta envidia también porque no cultivo como Muzam especias en mi jardín, para decir que estoy cansado del concreto, que necesito un retiro ruso a lo Tolstoi, o la locura de Gogol pero sin dioses.

Pero me gustaría, y mucho, sentarnos “al borde de una mañana eterna”, a decir de César Vallejo, con un grupo de amigos y licor de uva, de maíz, de cebada, de quinua y de ciruela, y de papa rancia ¿por qué no? Invitar a Miguel, a los tres Pablos, al otro Claudio, a Lorena y muchachas que por ser bellas no dejan de ser poetas. Y a Lander para que pinte el futuro con trazos tan antiguos que remiten a Callot.

Bueno, maestro Jorge Muzam, un soliloquio para agradecer lo tanto que disfruto mis lecturas de usted, y que goce hoy y se emborrache, y se caiga hasta que la mita en la acequia lo despierte, que cuando usted nació no nacieron todas las flores como dice -creo- una canción, sino los petardos. A encenderlos…

12/06/17

Sunday, June 11, 2017

Ladran los perros de Rulfo

JORGE MUZAM

Avanza esta fría mañana de junio en la cordillera andina. Los ventanales siguen empañados. Los tallos de las rosas han crecido portentosamente. Me quedo reflexionando en ese asunto. ¿Qué pasaría si no las podo? Preparo cebada caliente con miel. Mi celular silencioso. Tom Rosenthal en los parlantes. Ayer comencé otro intento de novela. A Romina no le pareció apropiado que ventile ciertos asuntos personales. Le respondí que lo usual es que los escritores narren sus propias experiencias, que las literatulicen exudando demonios y nostalgias que lo atormentan. Mi argumento fue desestimado. Continuaré escribiendo. Qué más podría hacer. Es el único talento que me distingue de la manada. Me he propuesto leer Francamente, Frank de Richard Ford. Ya devoré algunas páginas. Retomar algo de Bashevis Singer. Beber mate tardío con Nabokov, Ferrufino, Sánchez-Ostiz. Amigos permanentes en el bar de mi mente. Leer Polikushka de un envión fue accidental. Tolstoi es un dios laico, un dios por defecto de los expulsados del paraíso. Ladran tantos perros a la redonda. Perros de Rulfo, gallinas provincianas de Teillier, ánades salvajes de Robert Frost. Se vive en tantas dimensiones. La cultura universal, la historia de la infamia, el silencio de los hombres buenos, la humanidad como un garrote predispuesto y un morral de panes frescos para ofrecer, la ética única y personal, los personajes que nacieron y crecieron y siguieron caminando por sí mismos desde esas mentes geniales que me antecedieron, y que hoy son parte de mí, de esto que a veces olvida su peculiaridad corpórea, que se desvanece, que se sumerge, que observa desde una nube el tecleo de estas palabras con sentido discutible.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 10/06/2017


Thursday, June 8, 2017

Platillero de la banda (por Claudio Ferrufino-Coqueugniot)

por msostiz

Cierta vez me preguntaron qué me hubiese gustado ser. Pensaron que mi opción de quién, más que de qué, estaría entre Günter Grass y García Márquez, pero no. Contesté que platillero en una banda. ¿No lo oyeron? Platillero, haciendo piruetas con los platos dorados, girándolos entre mis manos como si fuesen mariposas, en la celebración del Señor del Gran Poder, o del Gran Joder, vamos.

Lo recordé este amanecer lluvioso -llueve menos que en Macondo- mientras la casetera tocaba La Motilona, cumbia de Los Alegres Diablos. Chas, chas, que aquí viene el ritmo, platillo en la cabeza, media vuelta, giro y contragiro, arriba, con los dedos, igual a los negros basquetbolistas norteamericanos que de la pelota hacen un mundo que da vueltas sin parar. (Sigue, en el blog de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Lo coq en fer, aquí enlazado)

Ese golpe (golpazo) de platillos que pone en marcha el cortejo, la entrada... en mi caso una diablada de papel, trasladada de Oruro a La Paz, pero con sus Chinas Supay de reglamento, sus diablos, sus pecados capitales y virtudes, su san Miguel, su banda de bombos, tubas, trompetería y platillos, todos mediados, baldados... ¡Platillazo! ¡Tuba!... si como escritor no arriesgas a cada intento o no intentas caminos nuevos, estás perdido.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog de Miguel Sánchez-Ostiz), 08/06/2017