Thursday, November 16, 2017

Comentario a una carta abierta de Elena Ferrufino-Coqueugniot

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Bien dicho, Elena. Quizá no sabe este tipo -no tiene por qué adivinarlo pero lo percibe- que a nosotros no nos manda nadie. No somos adjuntos, ni compinches y menos sirvientes de nadie. Por eso nuestro abuelo y nuestro padre se aislaron, porque no pertenecían al mundo de la prebenda y el halago. Mucho tengo yo que contar de lo suyo, lo del afamado rector, y los entreveros de la que alguna vez fue izquierda (dudosa) y hoy es una bola de mañudos con lengua curtida como de gato, adiestrada para labores lambisconas. Que aprendan de la vida, de los que se la ganan sin caricias, con trabajo y no tan tonta honestidad. Que si algo queda al fin es la certeza de saberse uno, intacto, sólido, brazo fuerte, fierro duro y fino, que podemos contemplar nuestra lengua exactamente igual al primer día. No tenemos allí marcas de nalgas ni de rayas, ni de agujeros negros que se tragan todo con la anuencia y la conveniencia del maremoto de inútiles cabrones. Salud.

16/11/17

Enlace al texto original: https://lecoqenfer.blogspot.com/2017/11/de-etica-y-moral.html

De ética y moral...

ELENA FERRUFINO COQUEUGNIOT

No resulta fácil tomar la palabra en una universidad secuestrada por el poder omnipresente de la primera autoridad. Sin embargo, en mi condición de mujer libre y autónoma, no puedo sino reaccionar ante la entrevista que ofreció el rector a los medios de comunicación en “Tiempo Universitario.”

“Tengo el derecho moral, asegura Juan Ríos, de elegir a quién me va a acompañar”. Fundamenta su aseveración en el hecho que él y la Lic. Albornoz fueron elegidos en octubre del 2016, como una sola fórmula y que, por consiguiente, nadie que no fuera de su propio “frente” tendría la ética o la moral de presentarse a la elección para Vicerrectora.

Esta afirmación tiene sentido únicamente en el imaginario de un personaje que “posee” a las personas y que considera la universidad como su propiedad privada. Las cosas son suyas, las personas también. No puede concebir, entonces, que una “extraña” pretenda quitarle lo que es SUYO, por derecho (divino, supongo).

Sucede que yo no soy una intrusa, ni una extraña y menos una inmoral. Si el rector reclama el derecho de que su frente lo posea todo, sin ninguna interferencia, no debió nunca haber sacado una convocatoria pública, que habilita a toda la comunidad universitaria de docentes titulares.


No lo hizo de manera inocente, sin embargo. Incluyó en esa convocatoria un requerimiento anti estatutario e ilegal orientado, precisamente, a evitar que yo me presente como candidata.


No debemos olvidar que Juan Ríos llevó al Consejo Universitario la convocatoria cuidadosamente armada, con comité electoral incluido y que, en ese escenario, su aceptación fue unánime, a pesar de contener elementos atentatorios a la norma. Como en las anteriores oportunidades, los miembros de ese Consejo que, en los propios términos del rector, le pertenecen (“tengo a todos los consejeros universitarios, me comentó”), aprobaron el paquete sin ninguna observación.

No solo eso. Juan Ríos afirmó a los medios, con total contundencia, que yo soy “representante de Rolando López.” No comprendo a través de qué proceso mental o de otro tipo, puede verter semejante afirmación. A menos que yo le hubiera llevado una nota escrita, firmada por López, designándome como su representante, Ríos no puede hacer aseveración tal. ¿Será que piensa que las mujeres necesitamos de un hombre para tomar la palabra y la iniciativa?

Sin embargo, más allá de esta descomunal impertinencia, no me preocupan las aseveraciones del rector… Comprendo lo que le sucede. No solo que es el poseedor de todo y de todos en nuestra Universidad, sino que tiene algún conflicto particular con algunas personas… Nada de eso me toca, ni me incumbe.

No está de más reiterarle a Juan que yo soy una mujer libre y autónoma. Que yo no le pertenezco a nadie y, menos, a él. Que estoy muy por encima de sus procedimientos mezquinos y ridículos y que, contrariamente a lo que él piensa, yo no considero que una elección sea una guerra. Se lo dije el lunes, en su oficina, yo soy una romántica perdida que todavía cree que esta universidad se puede salvar. Y que, donde él lance balas, yo no tengo más que recordarle que mi candidatura nunca tuvo la intención de ser “oposición.” Se lo expliqué también; yo tengo una trayectoria limpia y eficiente en la UMSS, que él podría aprovechar en aras de una gestión exitosa, al término de los 3 años que quedan de SU gestión.

Le aseguré, y lo repito, que mi candidatura tiene la intención de traer equilibrio, paz, respeto y diálogo a la Institución. Que pretende priorizar y poner en orden la gestión académica que se encuentra en pleno proceso de descomposición. Que ofrezco propuestas, trabajo eficiente e inteligente, que brindo generosamente mi tiempo y mi estabilidad emocional para una institución que es de todos, no mía, por supuesto. Que no concibo el pernicioso hábito de “frentes” políticos para gestionar una universidad. Que creo en el amor, la responsabilidad y el reconocimiento hacia la institución que me formó, que me permitió vivir bien, hacerme una casa y comprarme un auto…

Es urgente cambiar la lógica del amo y del esclavo que sigue funcionando en la Universidad. Es hora de pensar en la libertad; de alentar el pensamiento crítico, de permitir los disensos… Es tiempo de transformarnos como personas… Volver al SER. Pero, claro, esta no es empresa de una persona. Es tarea de todos. Quizá no es el tiempo… Tal vez llegue algún día… No olvidemos lo que dijo Lacan: no hay amo sin esclavos.


Elena Ferrufino Coqueugniot
Candidata a Vicerrectora

Tuesday, November 14, 2017

Rateros, traidores, violadores, pedófilos/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Recuerdo a Gary Hart, político demócrata que contaba con serias posibilidades de llegar a la presidencia de Estados Unidos. Cayó por la minucia de una amante, algo que en Francia hubiese sido pan de cada día. Francia no lo justifica, claro, pero a lo que se va es que la supuesta moral calvinista del país del norte parecía sólida, se había afianzado luego de los turbios tejemanejes amatorios de los Kennedy. El general David Petraeus, también director de la CIA, renunció por un asunto extramarital con su biógrafa. El poderoso Newt Gingrich tuvo entre las cosas que minaron su ascendiente una relación fuera de matrimonio mientras perseguía la de Bill Clinton con la señorita Lewinsky. Pues, en apariencia, las bases de la decencia norteamericana eran inconmovibles. Se oía, siempre en un país inmenso, de algún político menor que decapitaba su carrera por affaires de nalgas.

Entonces llega Donald Trump, largamente asociado como hombre de negocios a escabrosas historias de sexo y romance. Participante, además, de un par de softcore porno filmes de la revista Playboy. Su dinero le garantizaba impunidad mientras fuese ciudadano común; entrando en el terreno político ello impediría de seguro su éxito como candidato.

No fue así.

Apelando al populismo, Trump desarrolló una plataforma que en apariencia rescataba al norteamericano medio: rural, proletario, para sumarlo en una retoma de la fortaleza elitista en que se había convertido Washington. Narraciones de sus excentricidades, tanto en dinero como en cuerpos, no pesaron entre gente que solo quería mejorar, que se sentía avasallada, invadida, por una muchedumbre de extranjeros que les quitaba el sustento. ¿Qué importancia tendría para esta gente que el magnate se alabara de la facilidad con que podía agarrar genitales femeninos? Es algo común entre el pueblo, y no implica el drama que se hace en  las urbes al respecto. Desnudaba esta retórica que todo aquello relacionado con abuso sexual y sus variantes era problema de ricos, jueces y políticos urbanos definiendo leyes que obviaban, soslayaban, a los que vivían fuera de su área de poder. Trump proponía otra visión, más real, descarnada y permisiva, la del hombre de la calle que no tiene tiempo para indagar acerca de los problemas legales que podría traer algo así. Fuera del macrocosmos de otras propuestas en economía y más.

Hoy el juez de  Alabama, Roy Moore, inicialmente no respaldado por Trump en las primarias republicanas del estado, sufre el embate de sus vicios de juventud (pedofilia) –que niega-. Resguarda su defensa en cuanto al tiempo que tomó para que estas denuncias, de varias décadas atrás, se presenten justo antes de la elección para senador por Alabama, que está seguro de ganar.

Otra es la vara con que se mide la pedofilia o la violación en la Era Trump. La sordidez del jefe supremo, la ilimitada corrupción de sus allegados y familiares, historias de putas –incluida la de su esposa, Primera Dama del burdel ahora-, no importan; las reglas se han relajado y la masa popular que lo sigue, compuesta por fanáticos religiosos, alcohólicos, nazis, campesinos, trabajadores y lumpen, vagos y marihuanos ha decidido que nada es más importante que los símbolos: la Patria, ante todo, aunque esta sea ofertada, vendida y regalada a participantes foráneos que en primera instancia quieren destronar el aura de equidad y justicia que el país se desvivió por crear ante la mirada ajena, para luego apoderarse de sus despojos.

El sueño mayor de Donald J. Trump es inaugurar en EUA un liderazgo al modo de Kim Jong-un, a quien desdeña, ataca y admira. No se ha llegado aún al extremo de pedir cambios constitucionales para permanecer en el gobierno a la manera de su sosías andino: Evo Morales, pero llegará a tiempo de la segunda, o tercera elección en unos años. Por ahora sirve rodearse de la soberbia chusma billonaria de su entorno, y de la otra chusma, la desposeída, como pilares del estupro general.

13/11/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 14/11/2017

Imagen: Jacques Callot/Detalle de Las tentaciones de san Antonio, 1635

Friday, November 10, 2017

Literatura desde la ventana/Letteratura dalla finestra

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

(traducción Marcela Filippi)

Si pensamos en Rembrandt van Rijn, concedemos que el arte no necesita de ubicuidad desmesurada, experiencia, movilidad. Dice Russell Shorto que el pintor holandés pasó su vida, y pintó sus exteriores, en un espacio muy reducido de Amsterdam, a unas cuadras a la redonda de un puente y algún canal ya míticos.

Pensemos en Proust, encerrado, quizá al arbitrio de una brillante sirvienta…

El niño Borges, ávido de épica y glorias que van desde dioses germánicos a modestos cuchilleros del Retiro, con mamá sirviendo el té y leyendo sus esbozos literarios… Tal vez a Borges salir, “ir afuera”, le hubiese resultado más que incómodo, perjudicial. Afuera campeaba entonces la chusma peronista, la cantaleta de “argentino y bien varón, es el general Perón”, con la digresión necesaria de que el tipo pudo haberlo sido, pero terminó como un viejo cornudo que avivó la debacle. No era espacio para el magnífico escritor, aunque la época reanimaba una trágica tradición argentina, la del caudillo, la de la masa enfebrecida, aquello de lo que se nutrió y asimiló dentro suyo en un inteligente revoltijo que ponía a los héroes de la conquista del desierto con sombríos literatos en lengua inglesa.

No hay fórmula para escribir. Otra cosa es la predisposición de cada uno de encontrar un espacio preferido para desenvolver sus ideas o arte. Personalmente, elegí la escuela norteamericana, por llamarla de algún modo, la de redactores comprometidos en extremo con el derredor, con la búsqueda y hallazgo a través de existencias que vistas de arriba podrían parecer intrascendentes, míseras, abyectas, inútiles.

En suma, a pesar de no ser cierto, pero con un énfasis especial hoy, la discrepancia entre lo académico y no. Con la profusión actual de escritores que se consideran tales por titularse en ramas afines en universidades de prestigio. Ignorar, despreciar, hasta cierta condescendencia con el que escribe porque siente necesidad de hacerlo, cualquiera fuese su entorno y profesión. Sería tremendo exigirle a Kafka, gris funcionario, eméritas condecoraciones que lo garantizaran como autor. Pero está de moda, así como el vértigo, casi competencia, lucirse en ferias del libro a las que ni siquiera los invitan. El marketing entró a la literatura. No se quieren ya escabrosas historias de pobreza y rebelión; ahora cuentan pajas juveniles, inocuas, que tal vez queriendo decir algo no dicen nada. Y no significa que la literatura deba ser social, por supuesto que no, pero tampoco manipularse como objeto de mercaderes.

La crónica ha renacido para reemplazar esa vertiente de la literatura que no goza ya del favor público. Con éxito. Un amigo comentaba, no sé con qué fines, al referirse a Alice Munro, reciente ganadora del Nobel, que ello demostraba la posibilidad de ganar premios sin necesidad de hablar de psicópatas, etc. Creo que es inadecuado decir por dónde y de qué se debe escribir. Munro no es Dostoievski porque no querrá serlo. A cada uno lo suyo, de acuerdo a infinidad de características psíquicas, físicas, aficiones o vicios. Todo vale. Y a cada quien lo que corresponda, de acuerdo a cómo vive, qué hace. Los académicos hablarán del dorado mundo de las élites y los literatos alteños de mugre y cogoteros. Su valor radicará en el arte, en la manera en que fueron escritos y no en el tema o argumento. Leo con tanto gusto a Gautier en su alucinación egipcia como a Raymond Chandler u Homero Carvalho. Disfruto, como jurado literario, de cada libro, a pesar de las normales deficiencias de práctica entre muchos participantes, de la variedad de estilos y personajes. Cada uno importa, tiene algún plus, lo que no implica que a todos se premie o acepte, porque, como cualquier otra cosa, la literatura es un trabajo donde se busca excelencia, no necesariamente en lo pulido del lenguaje, en preciosismos a veces innecesarios, sino en la solidez con que se lo esté contando; perfecto, como en Borges; a ratos tosco como en Arlt.

Me he puesto a pensar en cuánto de mi literatura pasa por mi ventana. El trabajo nocturno me ha dado el don del vampirismo; veo tan bien de noche como de día, y trashumo, deambulo por inverosímiles pasadizos y circunstancias en las incursiones diarias, cinco días por semana, por un extenso territorio que jamás es el mismo cuando clarea. Luego me escondo del sol; lo hago por los últimos veinticinco años; cierro, aunque no totalmente, las persianas. Abro la ventana y dejo que el mundo de afuera penetre en esos débiles rayos de luz. Desde allí acecho, me apodero del movimiento de los otros, de sus voces, conversaciones y discusión. A ratos el viento mueve las persianas y la gente mira hacia allí, hacia mí, pero con el reflejo no ve nada. En la mayoría de los casos se retiran, continúan con su rutina algo alejados, observando de reojo la ventana sospechosa, la certeza de ser vigilados, fotografiados, plagiados, calcados. El escritor es eso, un ladrón que se esconde en el hueco menos probable, para apoderarse de la vida ajena, del halo o la sombra, en albur fascinante y tenebroso.

En esos momentos, los de la literatura en observación y creación, poco importa que el domingo sea la feria tal o la feria cual, que se otorguen o no premios, la fama o la infamia. Esta es labor de solitarios y desconfío de quien ostenta demasiada sociabilidad para hablar de sí mismo y de su arte. He ahí un comerciante, alguien que se oferta, que se vende o se regala. Casi en tono bíblico aconsejaría huir de personaje semejante, macho o hembra, porque discrepo con la manía de querer ser eterno y distinguido, cuando la sal de vivir está justamente en perecer y ser anónimo, en cuánto podremos aprehender mientras duremos sin la inconveniencia de perder el tiempo en explicaciones hueras sobre ti.

¿Que empecé hablando de una cosa y estoy en otra? No. Vamos por el mismo camino, con meandros lógicos que trae la dinámica de las letras, tan ávida y rápida como la de las aguas. No intento dar cátedra ni fórmula para adentrarse en ese mundo. Como dijimos, no la hay, e incluso la proyección y diseño de una senda a seguir no pasa de papeleo las más de las veces intrascendente. Aunque dicen, en el caso de Alice Munro, que la perfección aburrida -así, con esas palabras- de su prosa no se desvía un ápice del plan dispuesto.

No debiera ser dilema. Uno es escritor o no lo es. ¿Escribir? La mayoría podemos; somos un poquito más que iletrados y eso nos da ínfulas. Vaya, acépteselo o no, pero escribir no te hace escritor, como gorjear no te convierte en cantante. Claro que todos quisiéramos serlo, porque dar significado a las palabras y alma a su conjunción tiene algo de Dios, dioses imperfectos o abyectos, capaces sin embargo de fundar belleza hasta en el exabrupto o la maldad, amén de las rosadas líricas de lo que consideramos bello ya de principio.

¿Qué hacer con los profesionales de la escritura que nos han invadido, que han opacado el aura innoble pero interesante del que escribe? Obviarlos, dejarlos que se mezclen en la ensalada de los suyos, donde unos son mostaza común y otros dijon; unos vinagre de vino, otros de arroz, y algunos balsámicos. Son un plato duro de tragar, molestos como el ajonjolí, porque la vanidad es la especia más amarga. Pero, vamos, no es tan grave: gastronomía y digestión. Los demás, y no me incluyo, seguirán leales ante este inconsecuente amor. Morirán olvidados, con un perro sarnoso meando en la lápida. Pero ellos, los oscuros, son los que le dan brillo a esta penumbra de ser artista. Por los siglos de los siglos.

Silencio, que una pareja de inmigrantes ilegales se detiene al borde de mi ventana, y hablan de chingadas, chingados y chingaderas. Recuerdo a Octavio Paz, el muy chingón, y presto oídos. Uno es de Malinalco, lar de los guerreros águilas mexicas. Su acompañante de Tlaquepaque, justo al borde de Guadalajara. Hablan del día y del salario, de viejas y vino (como le dicen al tequila). No rompen los cánones de lo que un mexicano representa para mí, pero hasta la vida burda de un pasante es extraordinaria. La literatura anida allí, en lo nimio y lo grotesco, aunque no solo. El desprecio de los señoritos, que hoy decidieron ser autores, me lo paso por el forro, porque para sentir hay que vivir, y amar y dolerse. Doctores sobran, de estos, no de los que curan.

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Se pensiamo a Rembrandt van Rijn, ammettiamo che l’arte non ha bisogno di ubiquità smisurata, esperienza, mobilità. Dice Russell Shorto che il pittore olandese trascorse la sua vita, e dipinse i suoi esterni, in uno spazio molto ridotto di Amsterdam, a pochi isolati attorno a un ponte e a qualche canale già mitici.

Pensiamo a Proust, rinchiuso, forse a discrezione di una brillante cameriera... 

Il bambino Borges, avido di epica e glorie che vanno dagli dei germanici a modesti attaccabrighe del Retiro (1), con la mamma che serve il té e legge le sue bozze letterarie... Forse, uscire per Borges, “andare fuori”, sarebbe stato più che scomodo, dannoso. Fuori campeggiava, allora, la ciurma peronista, la tiritera di “argentino y bien varón, es el general Perón” (argentino e molto maschio, è il generale Peròn), con la digressione necessaria che il tipo avrebbe potuto esserlo, ma finì come un vecchio cornuto che ravvivò la débâcle. Non era spazio per il magnifico scrittore, anche se il periodo rianimava una tragica tradizione argentina, quella del caudillo, quella della massa infiammata, ciò di cui si nutrì e assimilò dentro di sé in un intelligente viluppo in cui metteva gli eroi della conquista del deserto, insieme a ombrosi letterati in lingua inglese. 

Non c’è formula per scrivere. Altra cosa è la predisposizione di ognuno nel trovare uno spazio preferito per sviluppare le proprie idee o arti. Personalmente, ho scelto la scuola nordamericana -per definirla in qualche modo- quella di redattori estremamente impegnati nei loro dintorni, nell’indagine e scoperta attraverso esistenze, che viste dall’alto, potrebbero sembrare insignificanti, misere, vili, inutili. 

Insomma, pur non essendo proprio così, e oggi con un’enfasi speciale, vi è il divario tra l’accademico e non, con l’attuale profusione di scrittori che si considerano tali per essersi graduati in discipline affini in università di prestigio. Ignorare, disprezzare, persino una certa condiscendenza con chi scrive perché sente il bisogno di farlo, qualsiasi sia il suo ambiente e professione. Sarebbe tremendo esigere da Kafka, grigio funzionario, riconoscimenti di onorificenze che lo accreditassero come autore. Ma è di moda, come una smania, quasi concorrenza, esibirsi in fiere del libro a cui nemmeno si è stati invitati. Il marketing è entrato nella letteratura. Non c’è più voglia di storie scabrose, di povertà e ribellione; ora contano seghe giovanili, innocue, che forse volendo dire qualcosa non dicono nulla. 
E non significa che la letteratura debba essere sociale, certamente no, ma nemmeno manipolarla come oggetto di commercio. 

La cronaca è rinata per rimpiazzare quella fonte della letteratura che non gode più del favore pubblico, con successo. Un amico commentava, non so a quale scopo, riferendosi ad Alice Munro, recente vincitrice del Nobel, che ciò dimostrava la possibilità di vincere premi senza il bisogno di parlare di psicopatici, ecc. Penso che sia inopportuno dire dove e cosa scrivere. Munro non è Dostoevskij perché non vorrà esserlo. A ciascuno il suo, secondo affinità psichiche, fisiche, interessi o vizi. Tutto vale. E a ciascuno ciò che corrisponde, in base a come vive, a ciò che fa. Gli accademici parleranno del dorato mondo delle élites, e i letterati alteños (2) di sporcizia e scippi. Il suo valore radicherà nell’arte, nel modo in cui sono stati scritti e non nel tema o argomento. Leggo con piacere Gautier nella sua allucinazione egiziana così come Raymond Chandler o Homero Carvalho. Gioisco, come giurato letterario, di ogni libro, nonostante la scarsa pratica tra tanti partecipanti, varietà di stili e personaggi. Ognuno ha il suo valore, il che non significa che tutti debbano essere premiati o accettati, perché come in qualsiasi altra cosa, la letteratura è un lavoro dove è richiesta l’eccellenza, non necessariamente nella chiarezza del linguaggio, nei preziosismi -a volte innecessari- bensì nella solidità con cui esso viene espresso; perfetto come in Borges; a tratti rozzo come in Arlt.

Mi sono messo a pensare a quanta della mia letteratura passi attraverso la mia finestra. Il lavoro notturno, mi ha dato il dono del vampirismo; vedo così bene di notte come di giorno, e trasmigro, deambulo attraverso corridoi inverosimili e circostanze nelle incursioni quotidiane, cinque giorni a settimana, per un esteso territorio che non è mai lo stesso quando si fa giorno. Poi mi nascondo dal sole; lo faccio negli ultimi venticinque anni; chiudo, ma non del tutto le persiane. Apro la finestra e lascio che il mondo di fuori penetri in quei deboli raggi di luce. Da lì scruto, mi impossesso del movimento degli altri, le loro voci, conversazioni e discussioni. A tratti il vento muove le persiane e la gente guarda, verso di me, ma col riflesso non vede nulla. Nella maggior parte dei casi, si ritirano, e continuano con la loro routine un po’ distaccati, osservando con la coda dell’occhio la finestra sospettosa, certi di essere vigilati, fotografati, plagiati, ricalcati. Lo scrittore è quello, un ladro che si nasconde nel buco meno probabile per impadronirsi della vita altrui, dell’alone o dell’ombra, in gioco affascinante e tenebroso. In quei momenti, quelli della letteratura in osservazione e creazione, poco importa che di domenica ci sia quella o quell’altra fiera del libro, che si conferiscano premi, la fama o l’infamia. Questo è mestiere da solitari, e diffido di coloro che ostentano troppa socievolezza per parlare di sé stessi e della loro arte. Quasi in tono biblico consiglierei di fuggire da tali personaggi, maschio o femmina che sia, perché sono in pieno disaccordo con la mania di essere eterni e illustri, quando invece il sale della vita sta giustamente nel perire ed essere anonimi, in quanto possiamo imparare mentre duriamo, senza l’inconveniente di perdere tempo in spiegazioni vuote su di sé.

Ho iniziato parlando di una cosa e sto in un’altra? No. Siamo sulla stessa strada, in meandri logici che la dinamica delle lettere porta, così avida e rapida come quella delle acque. Non intendo dettare cattedra né formule per addentrarsi in quel mondo. Come abbiamo detto, non esiste, e anche la progettazione e disegno di una strada da seguire va oltre le carte, il più delle volte irrilevante. Anche se si dice, nel caso di Alice Munro, che la perfezione noiosa -proprio con quelle parole- della sua prosa, non si scosti di una virgola dal piano disposto. Non dovrebbe essere un dilemma. 

Uno è scrittore o non lo è. Scrivere? La maggioranza può; siamo poco più che analfabeti e perciò ci diamo delle arie. Che lo si accetti o meno, scrivere non ti rende uno scrittore, così come gorgheggiare non fa di te un cantante. Certamente tutti vorremmo esserlo,perché dare significato alle parole e allo spirito, per la sua congiunzione, ha qualcosa di Dio, dei imperfetti o abietti, ancorché capaci di fondare bellezza anche nella villania o malvagità, così come le liriche leziose di ciò che consideriamo bello fin dall’inizio. 

Cosa fare con i professionisti della scrittura che ci hanno invaso, che hanno offuscato l’aura ignobile, ma interessante di chi scrive? Eluderli, lasciare che si mescolino nella loro insalata, dove alcuni sono mostarda comune e altri digione; alcuni aceto di vino, altri di riso, e altri balsamici. Sono un piatto duro da ingoiare, fastidioso come il sesamo, perché la vanità è la spezia più amara. Suvvia, non è così grave: gastronomia e digestione. Gli altri, e io non mi includo, continueranno ad essere fedeli a questo amore incoerente. Moriranno dimenticati, con un cane rognoso che piscia sulla lapide. Ma essi, gli oscuri, sono quelli che danno luminosità a questa penombra dell’essere artista. Nei secoli dei secoli. 

Silenzio, che una coppia di immigrati illegali si ferma sull’orlo della mia finestra, e parlano di chingadas, chingados e chingaderas (3). Ricordo Ottavio Paz, el muy chingón, e presto ascolto. Uno è Malinalco (4), lare dei guerrieri aquila messicani. Il suo accompagnatore di Tlaquepaque (5), proprio ai margini di Guadalajara. Parlano del giorno e del salario, di vecchie e vino (come chiamano la tequila). Non rompono i canoni di ciò che un messicano rappresenti per me, ma anche la vita qualunque di un passante è straordinaria. La letteratura annida lì, nello scontato e nel grottesco, ma non solo. Il disprezzo dei signorotti, che oggi hanno deciso di essere autori, me lo faccio scivolare addosso, perché per sentire bisogna vivere, e amare e dolersi. Dottori abbondano, di questi, non di quelli che curano.


Note

  1. Quartiere di Buenos Aires e anche importante nodo ferroviario, di pullman e trasporti urbani
  2. Abitanti della città El Alto, seconda città della Bolivia
  3. I termini sopra citati fanno riferimento a un frammento che Octavio Paz (Città del Messico 31.03.1914 - 20.04.1998), scrittore e poeta, premio Nobel per la letteratura 1990, ha dedicato nel suo saggio “El labirinto de la soledad” sull’identità messicana.
  4. Città del Messico
  5. Città del Messico

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Imagen: Rembrandt van Rijn

Wednesday, November 8, 2017

Novia por encargo

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Era como un catálogo: vestidas, casi desvestidas, en bikini, altura, peso, profesión, estado civil, con o sin hijos, deseos íntimos, búsquedas, el hombre de los sueños.

Ucrania debe ser uno de los países con más mujeres bonitas en el mundo. Altas, de metro setenta la media, distintas -tanto- a las damas andinas de escaso tamaño, si es que eso cuenta como un plus. Tema difícil porque cualquier apreciación puede entenderse como acercamiento racista a las características de los pueblos, cuando suele ser cuestión de gustos. No que las prefieran rubias, pensemos en la Bardot o la Deneuve, ya dinosaurios de un arte antiguo, sino diferentes. Ni tanto todas blondas porque Ucrania, al sur al menos, y Crimea, tiene numerosa tradición tártara y entre las páginas virtuales había Irinas y Allas con notorio ancestro asiático, que no las desvirtuaba, por cierto; muy al contrario. Hibridez y mezcla resultan en ejemplares notables. Tártaras de piel blanca y piernas de garrocha, con ombligos insertos en vientres que harían soñar al descreído.

Pues conocí a Tetyana, de Kiev decía tal vez para hacerlo más simple. Si rusa, de Moscú; holandesa de Amsterdam ¿Para qué meternos en vericuetos de camino vecinal? Tetyana viajó como lo hizo el novio norteamericano que se agenció en línea. Este, con sus casi dos metros y una antipatía que excedía metraje, ofreció, ya que no simpatía, mejor vida. Un apartamento, un automóvil último modelo, comida, restaurantes y conciertos. La magia capitalista ayuda a creer que todo lo puedes, aunque a la muerte todo lo debas. Luego de ternos, traje blanco para asegurar pureza, fiesta, vodka y whisky, whisky y vodka, solícitos ucranios, sonrientes y serviciales, matrimonio y visa. En casos así no sirve considerar veinte años de diferencia, ni la fogosidad de la hembra eslava enfrentada al hielo.

Cambió el sonoro apellido que significaba sauce lloroso, no llorón, por uno anglosajón sin sal. Se preció por ello, soy una mujer feliz, realizada que al año parió y supo, cuando la pusieron a repartir periódicos en la noche porque el presupuesto no alcanzaba, que la ilusión tenía color de tinta.

Esa Tetyana sudó y caminó rápido en los años en que yo permanecía solo y cachondo. El grandote tonto llegaba con cara de culo y ella sonriente. Te vi en Facebook, le dije, hazte amigo, respondió. De ahí un almuerzo en Tokio Joe’s. Llevaba zapatillas doradas, pantalón blanco, blusa blanca y brassier crema. Al abrirle la puerta para que bajase se abalanzó. Su oreja olía a perfume y la mordí. Eres perro, me dijo; perro en celo, respondí. El sostén cayó como lo hicieron sus piernas. Rubia, Tetyana, pero de sexo negrísimo. Tiramos las sábanas a patadas. Tenía las uñas de los pies pintadas de rosa y sus algo grandes dientes, sonrientes, dañaron un poco mi boca en beso apresurado. Kiev, decía, quiero llevarte a Kiev.

Dicho y hecho, estaba debajo de una iglesia con bulbos celestes y el calor muriente del asomado otoño. La hija quedó con su madre que nunca viajó a los Estados Unidos y yo en un hotel donde mañana, tarde y noche, servían pastel de carne de comida. Uñas de manos y pies cambiaban de color a diario: frambuesa, açai, mango. También un rosa pálido como el de las iglesias ortodoxas. Bello, hundidos en las altas hierbas del campo de Zaporozhe.

La vacación termina y retorno a dormir con mi perro y encender el televisor. De cena caliento tamales porque están preparados y resulta más sencillo. La veía, la veo, pero después de Kiev la hija creció, el marido se hizo suspicaz y no la dejaba de lado. Me distraje con CNN. La abrazaba a veces. Lecho cada vez menos. Cuarto de motel y mal porno en la pantalla. Sexo con enanos, anal, senil. Se deshincharon los pezones, hasta oscurecieron, y sentí que asomaba el tiempo de lluvias y me guarecí donde mejor estaba: solo.

Pero el vicio ucraniano no cejó. Julia tenía 26 y Kiev me vio de nuevo. Pero Zoia, de 32, dejó caer el vestido negro y quedó a mi merced con sus hermosos ojos azules. Esto me estaba costando el salario ¿Pero qué hace un hombre abandonado a los cincuenta y aturdido? Trabajar por el cariño. ¿O era por el aroma de Zoia cuando desvestía el traje rojo y se recostaba sobre pinos que dañaban su piel blanca, de crema o helado? En Sumy, a la salida de la ciudad, en un lugar que se llamaba Bezdryk donde vapuleé la piel.

Entonces retorno, un mes, dos meses, tres meses de duro trabajo, dolor en la espalda, rodillas tembleques, hasta que el banco anuncia otros cinco mil dólares ahorrados y me pongo a inspeccionar las listas. Prometo, tengo que hacerlo, que ando en busca de una relación estable, familia, esposa, de misa dominical y torta de cumpleaños. Pero eso me es tan ajeno; se lo digo a mi perro mientras lo paseo, mientras caga y mira con gigantescos ojos negros a su amo y amigo. En esta vida estamos solos, tú y yo. A mí me arrastran en cadena, como a ti.

Maria, en Kherson, algo pasada de peso, me recordaba las mujeres a las que Benia Krik hacía gozar en las páginas de Isaak Babel. Tal vez prurito literario, pero tetas como aquellas mantuvieron a la humanidad por encima de diluvios. Se lo dije y no me entendió. Conservo fotos de ellas, sin rostro, volúmenes intensos e inmensos coronados por un pezón. Me gustaba de enterizo violeta y cuando se agachaba mostrándolas. Corte garçon, cabello negro. Y miraba como la Ajmátova. Me quedé una semana por encima de lo previsto. El nuestro era sexo maternal. Me amamantaba. Alcanzaba el gozo chupándole los pechos con énfasis de bebé.

Luego la penuria del ghetto norteamericano, la retahíla de las cuentas y días, estaciones pasadas conservando las monedas.

Un día me dije que me encontraría una mujer cerca, vecina, a dos o cinco millas de casa, que pudiese poseerla diez minutos después de llamarla. Probé “americanas”, mexicanas, salvadoreñas. Gigoló fracasado, héroe de la clase obrera sin tiempo histórico. La última, nieta de la guerra civil en Izalco, me decepcionó cuando en El Tamarindo, comedero centroamericano, pidió hígado encebollado de almuerzo. Salí corriendo.

Iba a llegar Navidad y quedaba poco de los ahorros. Extrañaba la nívea Ucrania, la risa de mujeres que hablaban un idioma incomprensible y que al no tener conversación ofrecían cópula. Pues, a sentarme, preparar café cargado sin azúcar, un par de pastas danesas y seleccionar pareja.

Maria tenía 33; Irina 45, de sesenta y dos kilos y rostro un poco ajado. ¿Qué me atrajo? Tal vez eso, que las arrugas guardaban pasado, dolores, certezas, contentos. Rubia de piernas firmes, le quedaba bien el blanco. Me recibió con un crisantemo en la mano, en la estación de Smila, a trescientos kilómetros al sur de Kiev, cerca de Cherkasy. La amé, Tuvimos sexo a orillas del Tyasmyn y me perdí en mis recuerdos de lo leído en Sienkiewicz, justo ahí, con starostas y vospodares y atamanes tártaros. Cosacos cabalgaban por mi cerebro y sus sables cortaron el flujo de sangre de mi entrepierna a la suya. Asumí, al fin, que lo que me gustaba de Ucrania no eran sus hembras sino Gogol.
03/10/17

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Publicado en LA PISTOLA DE CHÉJOV 1, Noviembre-Diciembre 2017

Fotografía: Nazar Butkovski

Tuesday, November 7, 2017

Muertos que cansan/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Duro decirlo así, pero ni que la escalada de matanzas en Los Estados Unidos crezca como vendaval ni que los muertos sean niños, importa. Las armas son sacrosantas, mas no solo por la mal interpretada Segunda Enmienda (que permite la tenencia de ellas por civiles) sino por la estupidez colectiva de la ciudadanía que es pasto y abuso de los grandes negociantes de armamentos (de ahí las guerras de EUA, el freedom viene de yapa).

Baste decir que el mayor negocio del siglo pasado fue la Segunda Guerra Mundial. Luego de la victoria aliada, vino la época de oro. La Tormenta del Desierto trajo bonanza, además de “borrar” la vergüenza de Vietnam.

La retórica de Donald Trump, omiso del servicio militar, emboscado, ayuda al frenesí armado que arrasa con lógica y  razón. El populismo de este guerrista que no empuñó fusil ha exacerbado los miedos ya grandes del norteamericano medio, asustado hasta de su sombra, disparando la venta de armas a niveles ilimitados. Ante la tragedia de ayer con balacera y casi treinta difuntos en un villorrio de Texas, se esgrime como contrapartida en favor de la Segunda Enmienda que fue un civil el que detuvo la carnicería al disparar al asesino. Basta el detalle para justificar el hecho de cargar revólver en la cintura y ametralladora en la cabina del auto. Un héroe excede a un montón de cuerpos inertes en rocambolescas posiciones (ya que esta es la única ocasión en que uno no piensa en cómo se va a ver).

En un mes ha habido tres masacres: Las Vegas, Nevada; Thornton, Colorado; Sutherlans Springs, Texas. Cada una en aparente distinta motivación, y de claro espíritu racista la segunda, donde un individuo cegado por su odio hacia la población hispana, eliminó a tres miembros de esta comunidad y salió caminando. Por supuesto, Trump ni la mencionó; cierto que menor en número de víctimas pero cuyas características son espeluznantes: hablan de la guerra sorda por ahora, y descarada bien pronto, hacia la inmigración latina, indocumentada o no.

Sucede que el nivel autodestructivo de esta sociedad carece de límites. Tanto en Las Vegas como en Texas, los muertos pertenecen al grupo humano que sigue a y votó por Trump. Se pensaría que al tocar su base, al menos se iniciaría alguna discusión sobre el tratamiento de las armas de fuego y la facilidad de su compra. No ha sido así. Pesa más el dinero del poderoso lobby de la NRA (Asociación Nacional del Rifle), que la pérdida de votantes de manera violenta. Víctimas, como gobierno en pleno, intentan llevar la controversia hacia el lado de la salud mental, desdeñando la obviedad que lo irracional del vicio armado en Norteamérica los arrastra camino de un foso sin retorno. Pero, de todos modos, y en brutal contradicción, la NRA quiere levantar las prohibiciones de que gente con enfermedades mentales ¡e incluso personas anotadas en listas de posible terrorismo! puedan adquirirlas. El dinero de un asesino en serie va tan bien en el bolsillo de los ricos como cualquier otro. Al fin habrá una solución natural, y los más aptos sobrevivirán para llegar al paraíso. Cálculo dramático, atroz, de una sociedad encerrada en falsas convicciones y temor poco usual.

La pérdida es social, porque al ver que no se le presta atención al drama de las masacres, ellas pasan de ser eventos extraordinarios a lugares comunes. Poco me cuesta decir ahora, que en vista de lo ocurrido en Las Vegas y ayer en una perdida iglesia bautista en medio del territorio trumpista, apenas me importa. Más aún si sabiendo que los fallecidos formaban parte de un grupo que ha apostado por acabar con la diversidad, que de una u otra forma se ubica enfrente, en el lado enemigo, y que dado su momento disparará contra mí. Se acabó la empatía. A cuidarse porque la muerte anda suelta y no tiene preferencias. Yo sí. Mejor ellos que nosotros.

06/11/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 07/11/2017

Imagen: Detalle de la placa 15 de Los desastres de la guerra, de Goya, 1810

Saturday, November 4, 2017

Otro día de muertos

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Me gusta caminar en medio de la noche por las ciudades alrededor. O manejar. La de Halloween, que veinte años atrás siempre estaba nevada y ya no, venteaba casi con furor. Siendo otoño, las caídas hojas, amarillas, rojas, marrones, jaspeadas, crecían espirales que en la antigüedad hubiesen creído muertos levantándose. O corriendo (las hojas) igual a largas serpientes de vetados ojos. El auto temblaba con el embate ora izquierdo ora frontal. Con ruido colándose por las gomas protectoras de las ventanas que se gastan y resquebrajan.

Sin duda, clima para muertos, para tumbas ateridas, olvidadas.

Casas decoradas con lápidas, con sábanas que vuelan aterradoras porque sin aviso se levantan. Calaveras, ahorcados, piececitos sangrientos marcados en rojo fosforescente que entran a un garaje y no salen; cabezas, fémures, una pierna aplastada que quedó fuera del maletero cuando lo cerraron. Humo en algunos hogares. El frío se acerca. Y bosque, mucho bosque, árboles por todo lado, grandes búhos grises que vuelan chillando.

Esto es más que un juego donde los niños amenazan si no se les da caramelo. Mucho más. Antiguo. Pútrido, de hojas por el suelo y dolor.

Hay que observarlo desde la sombra, en soledad, a la una o dos, cuando hasta los insomnes se han tirado a dormir. Ubicarse en la hondonada, en medio de arbustos que camuflen la presencia que espantaría policías y vecinos. Alerta adrede, aguardando la expresión de los tiempos que aclare por fin por qué hoy, justamente, se ha marcado la fecha para el retorno de los idos.

No es un juego, me repito, mientras devoro un chocolate.

No.

A ratos atraviesa el panorama alguna figura tambaleante. Ni fantasma ni difunto: una víctima de los opioides que llenan los cementerios con sesenta mil cuerpos al año. ¿Dónde están los últimos que no los veo? Debieran penar en largas filas como las Santas Compañas que cruzan el desierto de Potosí, a quienes no importa el adobe de las paredes de Cotagaita. Nadie. No cuento la vida salvaje que explota en cacería. Ojos de ciervo joven, negras brillosas canicas. Garbo. Lentitud al caminar. Las zorras de bota blanca corren agachadas y lloran. Coyotes andan de a dos, de a tres, y nadie existe, porque los osos están en las colinas, que se les oponga. Parecen perros descuidados, magros.

Luego me fui a acostar. Entre cuatro almohadas revolqué mis obsesiones, el dolor agudo y quemante de los tobillos cansados: cinco horas en el pedal de freno y embrague. La televisión relataba muertos en la adyacente ciudad de Thornton. Alguien caminó hacia el Walmart, mató, y salió campante para subirse a un Mitsubishi rojo. No lo han encontrado. Lo tienen fotografiado, magro como coyote, anglosajón, con rictus de máscara de Halloween. Hizo su fiesta; sería lo que deseaba, ponerle cuerpos a la ya muchedumbre de ellos en plástico.

Recordé Virginia, mi primer noviembre, y el terror que producía caminar sus calles, siempre después de medianoche y pensar que los mapaches eran psicópatas que me perseguían para hacer cuero de mi enfriada piel. Lo bueno es que nunca nadie me vio correr, con la nieve encima de los zapatos, hasta encontrar un claro, un faro de luz opaca, buscando la casa del capataz para irme a los mercados.

Juego, juego.

Como a las seis de la mañana, distraída la cabeza en sueño leve, me visitó mi padre, no según lo había visto en los últimos años, viejito, encorvado, pero con fieros ojos verdes. Apareció joven, de unos cuarenta, y me tocó la cabeza cincuentera diciéndome que todo estaba bien. Había luz en ese cuarto ¿dónde? Y fue tan extremo que vi las figuras  de tres cuadritos colgados por encima de su hombro. Si hay detalle, hay presencia, no mareo repentino, un no saber qué pasa. Estuvimos los dos en una sala de fuerte luz artificial. Me apoyé en su pecho.

Se esfumó.

El comentarista de televisión seguía hablando de sus muertos. Lo anulé, apagué su voz porque hoy había tenido el mío, visto el mío con varias décadas encima. Ahora son las once y el día está gris. Hojas muertas que se barren y aparecen de nuevo. Me sirvo un pastel de cereza, de bandas cruzadas. Café sin azúcar. E imagino que mi clepsidra volcada, la arena, se decanta con suavidad hacia el vacío.
02/11/17

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Publicado en INMEDIACIONES, 02/11/2017

Fotografía: Papá y yo