Tuesday, August 15, 2017

Existencialismo, somnolencia y abismo

JORGE ÁNGEL HERNÁNDEZ

“Estamos ante una novela compleja, filosófica, intelectual, cotidiana, febril, irreverente”.

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT


Con esta enumeración de clasificaciones cierra Claudio Ferrufino-Coqueugniot el prólogo a Los hijos soñolientos del abismo1, novela de Geovannys Manso Sendán que la Editorial Letras Cubanas publicara en 2016 luego de que quedara entre las finalistas del Premio Casa de las Américas 2011. Ferrufino-Coqueugniot había integrado el Jurado y defendió la novela hasta el último momento, según revela en ese mismo texto de presentación. Nos deja, en su último párrafo, un listado que es justo y que intentaremos seguir al recorrerla en estas líneas.

Complejidad


Los aires de complejidad de Los hijos soñolientos del abismo pueden estar anunciados desde el mismo epígrafe, del Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, una obra espléndida que, sin embargo, abunda en referencias y complejidades. De ella toma el título y, quizás, algo de la atmósfera abismal que envuelve al personaje. Pero va a desmarcarse desde el mismo inicio, cuando la referencia nos lleva directo a El extranjero, de Camus, y el personaje enseguida se desmarca de ambos. En su continuidad narrativa, mientras el narrador-personaje reflexiona y describe situaciones, van quedando atrás esas posibles deudas y, si aparecen, serán guiños donde el autor maneja los recursos literarios en función de sus propios objetivos. La relación familiar que envuelve la atmósfera seudoexistencialista del personaje abdica de ciertos tópicos que marcaron la tendencia y coloca sobre las tres personas a que se reduce (padre, hermana, exesposa) motivos que intentan poner en jaque su conducta. Manso Sendán tiene el tino de no convertir estas confrontaciones en filosofía, sino que en anécdota, en pinceladas que pasan por humor a veces negro y corrosivo, y en otras por una ironía que logra deshacerse de la condescendencia que pende sobre situaciones de tipo literarias como esta.

Filosofía

El filosofar es constante en Los hijos soñolientos del abismo, sobre todo en el ámbito de la creación literaria, y del arte y la cultura en general. Si descontamos la intermitencia de los códigos existencialistas, no hallamos mucho que venga de la Filosofía como disciplina de las Ciencias Sociales, sino, y no completamente, de la Filosofía del Arte y de los aportes que las obras de arte dejan para la reflexión y el entendimiento posterior de la vida, que se mezcla de axiomas en su descripción de sucesos. Pero ni siquiera subyacen asertos desiderativos de grandilocuencia ni, muchos menos, intenciones de moralizar o canonizar el resultado posterior de la persona que emprende la lectura del libro. Por fortuna, este filosofar desconcertante no aparece colgado, o adjunto, al devenir de la trama, sino imbricado, a veces en un grado tan alto que desaparecería el suceso si “podáramos” la complejidad filosófica, algo que hacen bastante los editores de la industria del libro. Hay, en este punto, una ligera relación con el modo narrativo de José Donoso, acaso no muy advertida por el propio autor. ¿O nos da un fake también con ese aparente desconocimiento?

Intelectualidad

Doy por sentado que cuando Ferrufino-Coqueugniot califica de “intelectual” a Los hijos soñolientos del abismo se refiere a que no se desarrolla en reflexiones que bordean más o menos las normas de la gente común, sino que convocan –y evocan– un bagaje alto de referentes culturales, desde la literatura a las artes. No se conforma Manso Sendán con la enumeración, o con la propia evocación, aunque en ciertas ocasiones ocurra, sino que saca conclusiones que atañen tanto a los sucesos que vive el personaje, y a su relación familiar, como a lo que quedaría después en el conocimiento humano. No es pretencioso, sin embargo, este discurrir: va a lo concreto y se regodea en lo nimio, en lo intrascendente que, por paradoja implícita, rige las vidas de quienes le rodean, o le acosan con incansables llamados a la normalidad. Así, la capacidad de reflexión del personaje que narra, preocupado siempre por tener más verrugas en su cuerpo como único sino de su vida, desdice el sumun que la cotidianidad ha ido colocando en el centro de las vidas de hoy, dedicadas a ganar su valor por la cantidad de objetos y bienes que pueden contar en pertenencia. Hay en la trama diversas circunstancias que llaman la atención sobre aspecto.

Cotidianidad

Cada suceso de Los hijos soñolientos del abismo está aferrado a la vida cotidiana; cada motivo de conversación, o desmotivo de comunicación, pasa por ese fluir de las cosas y las pertenencias, los deberes que la normalidad ciudadana exige y, sobre todo, la ruptura un tanto absurda, con mucho de kafkiana, con el contexto de sus relaciones sociales. La escena de LUNES en que escucha los argumentos de su Jefe es un buen ejemplo de ello, aunque abundan y se superponen a lo largo de la descripción de acciones.

Febril

Ser febril se sale un poco de las bases epistemológicas de los calificativos anteriores, pero remite a una virtud esencial de Los hijos soñolientos del abismo: todo fluye, en efecto, como si un estado febril lo dominara. No solo el punto de vista seudocamusiano del personaje que narra, sino además las sucesivas apariciones de los personajes fundamentales de su relación, como decía, padre, exesposa y hermana, y las intervenciones de otros que van de incidentales. Manso Sendán le impone este ámbito de lo febril a todo cuanto narra. Se vale, sobre todo, de la economía de detalles descriptivos y de la precisión en los elementos de diálogo. Y transmite esa sensación febril al ámbito de la recepción, lo que es, como decía, un mérito, aunque también es un riesgo, pues depende de un lector que consiga conectar con sus códigos y dar rienda suelta sus significados. Por mi parte, he preferido no intentar curarme de esa fiebre y he disfrutado el estado en que me hallaba mientras iba leyendo No obstante confieso, ahora que ha pasado un tiempo después de la lectura, que no lo confesé a aquellos activistas de Salud que llegaron a mi puerta a preguntar si había síntomas febriles en mi cuerpo.

Irreverencia

La irreverencia es total, como puede desprenderse de las líneas anteriores, y del propio proceso febril de la lectura, que va sobre oraciones concretas, la mayoría breves y, de no serlo, apuradas por sentencias radicales. Pero esa irreverencia tiene trampas que es posible hallar, justo, en los tres puntos primeros: la complejidad, la filosofía y la intelectualidad. Detrás, y al borde mismo, de las reflexiones y las descripciones que Geovannys acumula a lo largo de su vertiginoso discurrir de oraciones de precisa sintaxis, hay homenaje y reconocimiento a la vasta cultura que lo asiste, a los maestros que su oficio ha ido asimilando. De ahí que me permita agregar a la lista del prólogo un elemento más: la cultura.

La cultura como el don que da sentido a la existencia, incluso a esa existencia sin sentido (seudoexistencialista) que marca al personaje que narra. La cultura como el elemento que define el escaso valor de los propósitos ciudadanos que lo cercan y lo aíslan, del mismo modo en que, para dejarlo gráficamente claro, muestra el autor cómo el personaje se va aislando con la división de su vivienda ante el divorcio.

Y, por último, el empleo de la primera persona como un recurso de juego con falsos referentes de tipo autobiográfico. Es obvio que no todo lo es y que la invención del autor puso lo suyo, pero la marca descriptiva fuerza a quedar en el engaño, a adentrarse en reflexiones que, para bien de la obra, colocan a sus lectores en posterior diálogo con ella. Así he quedado al leerla e, incluso, largo tiempo después que la dejara “enfriar” en la gaveta, para terminar pergeñando esta reseña crítica.

1 Manso, Geovannys: Los hijos soñolientos del abismo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2016, 140 pp., ISBN: 978-959-10-2136-6
 
Editado por: Nora Lelyen Fernández

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De CUBA LITERARIA, 14/08/2017

Imagen: Portada del libro


El TIPNIS es una guerra/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Lo que no se quiere entender en Bolivia es que hay un conflicto, una guerra, en la que un grupúsculo de rejuntados, con la excusa de lo indígena y la miseria, ha decidido montarse en el poder para siempre. Detrás de ellos hay intereses millonarios, mafias internacionales, finanzas, bancos, capitalismo salvaje. Los pobres, que marchan como caniches al tirarles un pedazo de pan, en apariencia los respaldan masivamente; el Ejército sirviente lo hace porque está en la boleta de pagos, sin recibos ni transparencia, del sangriento carnaval expoliador.

Desde el primer día de esta burla vengo escribiendo sobre lo que se veía claro: el gran engaño. Jamás hubo un ápice de pensamiento revolucionario en una cúpula delincuente y hasta asesina. Mi vehemencia me costó reprobación pública de la prensa nacional, de periodistos que a pesar de jugar a opositores, lo que querían era estar en la mira de las delicias del presidente, de su caricia y beneplácito. Abiertos fascistas de izquierda, algunos; arribistas que el tiempo ha bien posicionado y que miden su charla y su silencio para permanecer incólumes y notables, otros, mientras un resto, hoy deslenguado, permanecía con tenue crítica y mirada de soslayo hacia la silla presidencial en busca de favores, cosa común en el país. Miren si no a los expresidentes, que uno a uno bailaron de odaliscas enfrente del amo. Yo no, nunca, pero sonrío con tristeza al saber que como buenos altoperuanos varios que podrían haber sido críticos aprovecharán las coyunturas futuras para aparecer en primera plana vestidos de apóstoles de la libertad. Escritores entre ellos.

La democracia murió hace mucho, en la negativa de Evo Morales de oír “al pueblo” que llena su boca recientemente acostumbrada al roquefort y el filet mignon. Bien fácil se vuelcan los próceres, comenzando con la comida. Al no existir esta (la democracia), no pueden quedar dudas de que estamos ante un tablero de ajedrez sin límites. Él fue el que puso las reglas del todo vale, del meterle nomás. Entonces, opositores o cualquier ciudadano tienen derecho a meterle nomás en sentido amplio de la palabra. Se aplica para depredación, para robo, violación, corrupción, mentira, pedofilia, prepotencia, suplantación, contrabando, narcotráfico, ¿por qué no para cambio de autoridades, remoción de líderes o lo que fuere y de la manera que fuere? Hay que primero entenderlo, luego aceptarlo; estamos ante un momento en que la corrección política no vale nada, en que la insulsa conversación acerca de un estado democrático solo da carta blanca al arbitrio demencial de este movimiento -que no es partido político- y a su infatigable gula. El TIPNIS es una pieza del pastel. Ya Morales, alma negra de la Madre Tierra, ha puesto sus ojos dolarizados en el Madidi y lo que alcance. Vendería a su madre el individuo si eso pudiese acrecentar su quién sabe cuán voluminosa fortuna. Linerita y la jauría se benefician por igual. Nada cuestan unos ríos, unas aguas, árboles, tribus, total, con un discurso enrevesado como la idiosincrasia plurinacional se soluciona todo, con billeticos aquí y acullá, con donaciones a dirigentes y promesas a narcos, madereros, cazadores, mineros. Si después hallamos un yermo ¿y qué? ¿A quién le importa? Por supuesto que al gobierno no.

Las guerras se pelean a muerte. No hay retórica de doctorcitos altoperuanos posible. Si se va a luchar por este territorio y por el futuro hay que afiliarse a la filosofía del meterle nomás y hacerlo, contra quien se ponga delante. Eso implica tanto, y no agradable. Pero si alguien pone el pie en mi casa, pierde el pie, así de concreto. Si pone la cabeza, adiós cabeza. Recuerden el coro cubano en la música: “al que asome la cabeza, duro con él, Fidel, Fidel, duro con él”. El método ha sido aprobado por los señores de la revolución. El permiso está dado.
14/08/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 15/08/2017

Monday, August 14, 2017

El soldado Maradona

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Si Maduro me llama, me pondré el uniforme de soldado de la revolución, algo así dijo Diego Maradona, El Diego, Pelusa, La Mano de Dios, en cuanto a la tragedia de Venezuela. En su momento defendí a este hombre, ilustré mi artículo con un afiche del filme de Kusturica… Hoy no me desdigo, mantengo lo de su momento, sus actividades de “sindicalista” del fútbol, las justificadas quejas de explotación por parte de los empresarios. El circo… Luego se le dio por la política; tenía un Che tatuado en el cuerpo como quien se tatúa desnudos. Guevara es la diva de la revolución y su barba la llevan hasta en el culo.

Vi, el domingo pasado, otro Che en la pantorrilla de un muchacho hijo de amigos a quienes quiero mucho. Me callé, apuré un ron en Cuba Libre, trago de gusanos lo llamaron. Y a tiempo de bailar, tocamos a Carlos Puebla, porque esos sones guevaristas son piezas bailables además de lindos recuerdos.

En tiempos de Chávez, el coronelito invitaba con frecuencia al mediocampista argentino. Se echaban piropos uno al otro despertando sospechas, ya que ninguno de los dos era lo que llamaríamos varonil, pero qué importa. Sin embargo, como digresión, vale decir que entre los izquierdosos de nuevo cuño, los que se inventaron un siglo para ellos como Hitler un milenio, hubo, y hay, exceso de meneos feminoides: Morales, García Linera, Correa, Maduro, Chávez, Boudou, algunos parlamentarios masistas bolivianos, Choquehuanca. Busco en los papeles raros de Marx alguna relación entre sexualidad y digamos “progresismo” y no hallo nada. No soy políticamente correcto y no pesa decir que eran, y son, una banda de maricas. No Proust, no Whitman, ni Gide ni Ginsberg o Salvador Novo, sino maricas de medio pelo.

Maradona y Chávez… Cuando eligieron en Colombia a Santos aparecieron en televisión los personajes, despotricando contra Uribe y su antiguo ministro, a la sazón, presidente. Pelusa, el politólogo de las Américas, espetó un par de burreras que festejó el milico y viceversa. Maradona miraba a Chávez como miran los venezolanos a la de Coromoto, la virgen, a pesar de que tienen modelos casi en cueros mucho más atractivas y parlanchinas que una estatua de yeso o madera. ¿Para qué? Bien pronto estaban Chávez y Santos dándose de besitos en un aeropuerto por ahí. El Diego agarró su pelota y se puso a hacer piruetas; se calló, no podía decir que el milico Chávez era un cobarde que no se ajustaba a su palabra.

Lo que me disgusta de este que fue astro del fútbol es su extrema vanidad y una vocecilla condescendiente al hablar con periodistas. Además de actuar como intocable: que ni me acaricien la rodilla porque soy dios, semidiós, titán. Presuntuoso y prepotente, vocea hasta el fin del mundo su superioridad sobre Pelé. No sé, no vi al brasilero jugar porque la televisión llegó a Bolivia con atraso de décadas. Que Maradona fue bueno, excelente, brillante, seguro, pero si fuiste mejor, te callas, ajústate las bragas y actúa como hombre.

Pues ahora quiere alistarse al ejército de engendros narcos, asesinos, del patán venezolano Nicolás Maduro. Pónganle un uniforme, poca tela necesitarán para un chaparro; denle fusil y al frente. Veremos, porque la danza de las balas es otra que la de las pelotas y los calzones rosa que sirven para abrigar los cojones se pueden humedecer con facilidad. Pero tiene que rebuznar, no conformarse con que el tiempo hace su trabajo de zapa. Bocón.

Lo vi no hace mucho en un festejo en Nápoles donde sigue siendo ídolo. Sabrá Maradona que la Camorra y la 'Ndrangheta son organizaciones en esencia contrarrevolucionarias ¿o ya no?, tal vez en esta época confusa son la primera línea de la revolución. De todos modos tienen negocios conjuntos con las mafias socialistas de América. En el recuento que hace Roberto Saviano de la mafia italiana no recuerdo haber leído mucho de estas afiliaciones pero son obvias.

No debiéramos perder el tiempo con las necedades de un futbolista que se niega a crecer. Sin embargo asombra el poder mediático de estos individuos, supuestamente deportistas y no empresas de lucro y corrupción. Se los escucha, e imagino que en Argentina, para muchos, deben ser casi evangelio. Traigo a colación un texto mío que criticaba el abandono de Messi de la selección nacional. Un tipo escribía en mi blog una sarta de insultos porque había osado “ofender” al elegido. Iban desde mi profesión hasta mi origen boliviano. Supuse que para tal hincha, Messi, como seguro Maradona, era un fetiche con el cual se acariciaba el ano, el orgasmo pospuesto por una vida entera y nunca encontrado con su pareja. Había, sin querer, dañado el vibrador que el criticón guardaba en la mesa de noche, supongo que con fotitos de Hugo Chávez, del barbón Fidel y con la sonrisa de Leonel en la punta y el 10 del Pelusa en la base donde se asientan un par de inflados testículos de goma.
10/08/17

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Publicado en INMEDIACIONES, revista digital, 12/08/2017

Sunday, August 13, 2017

Elis Regina y la noche

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Parecía acabar a las 7:30, la noche. Juntamos los últimos pedazos del atún con ajonjolí. Nana Caymmi canta Solamente una vez, en español. Decidimos sin embargo incursionar en la subcultura norteamericana de las cosas de segunda mano. Teníamos 45 minutos para peinar el terreno todo. Comenzamos con vasos cerveceros, altos, delgados trepando a anchos. Hay hermosos vasos aquí, dice Armando y seguimos. Tropezamos con un poco algo de lo inimaginable. Sugerí que el mundo había cambiado, que las tiendas de segunda después del auge del internet se acabaron como centros de descubrimiento. No queda el asombro de levantar cuadros tirados y encontrarse con litografías de Isabey. Era, y alrededor también, otra época.

Enciendo el motor. Llovizna. El verde del capó se diluye en la noche. Si no fuese por la luz de los reflectores delanteros diría que volamos en una suerte de alfombra mágica. Y viene la pregunta de mi hermano, justo cuando tocan las nueve: ¿y te gusta vivir aquí?

Más de veinticinco años. Hay dos niñas que entraban ambas en mis brazos y que hoy discurren sobre historia y sociología mientras voy retrasándome, quedando atrás, en la despensa, en los anaqueles como un vaso cervecero cualquiera, etiquetado irlandés o bostoniano. Pero no he escrito todavía el libro que quiero. Discurro por el crimen de las últimas páginas y lavo la sangre igual a si se tratara de pintura. Leo a Leonardo Oyola, allí en Misiones, o Corrientes, y me hubiese gustado escribir así. Pero esa vitalidad para el eructo, el vómito hecho arte, no es que se haya perdido sino que pasó a segundo grado, de segunda -otra vez-, como tienda de basuritas.

Me gustaba; me gustó; ya no.

Sou caipira pirapora, vocaliza Elis Regina. Esta mujer más triste que la noche, más densa que la luna. Y la he elegido para acompañar el estrecho espacio entre las diez y medianoche, resquicio donde desaparece el infinito. Todo el día he estado rodeado de mujeres suicidas, de heroicas drogas que matan mujeres y de voces de mujer perteneciendo al futuro. Acaricio el revólver que Emilio Losada en la Sevilla asqueada dice que cargo en sus sueños de poeta. Lo acaricio, lo giro, lo juego de yo-yo y lo disparo contra un espejo. El ruido del cristal imita llanto; sollozo cuando se esparce ya cansado. Vuelvo a disparar y soplo el caño para creerme personaje de historieta. Elis Regina canta, o chora.

11:21. Todavía pesa el ron del domingo. Saber por qué fiesteamos. Porque no estábamos como los de arriba escapados de Siria incendiada ¿o sí? O los califas de extensa índole y corto pene ya no pueden alcanzarnos. Saludo a madre e hija armenias, vecinas sonrientes de piscina en Norteamérica, de hamburguesa justo al lado por 69 centavos. También sonreiría yo. Querría borrar para siempre las calles, los antepasados, el cerro Sinjar, los dioses. Luego de aquello nada, ni la tumba de mis padres ni la luna que goteaba sobre el cerro santo como tintura de cúrcuma.

11:23. Dos minutos. Una brújula cuelga debajo de llaves coloniales pueblerinas, recolectadas en intrascendentes excursiones. ¿Echaría atrás mi recuerdo como mis vecinos de arriba? Gritan los niños a veces y sobre la noche de la pradera gringa vuelve a correr el jinete sin cabeza. ¿O soy yo el que grito y el refugiado? El reloj apenas avanza y ya he disparado tres tiros. Arrojo los otros tres al basurero y observo las semillitas de ajonjolí que se pegan al bronce. Miro la oscuridad. Hasta el foco de la puerta de entrada se quemó. Sou caipira, insiste Elis, y le digo que lo mismo, que mi historia la inventaron para ponerme espaldas y hombros antes de lanzarme al ruedo.

Medianoche. Supuestamente el tiempo expiró. El primer minuto deduzco ser el de la muerte, pero a las doce y tres sigo enfrente del ordenador y el gmail apila fotos y nombres de novias en los extremos del mundo que se ofrecen para venir a compartir el lecho de un barbado canoso, que no viejo, que no. A alguna me gustaría decirle que más que conocerla preferiría ver Krasnodar, antes que Donald Trump incendie el mundo y los campos salvajes a orillas del Dniester pasen a flotar como humo.

Intervalo de horas. Desasociarme de lo que la luz descubre. No pongo, ni hay, rosas amarillas alrededor para excitar la imaginación. Escribo de noche, con cerrado entorno que termina en el fin de un foco de 75. Ya que no hay cueva, que si la hubiera, allí estaría, tomándome esta leche diluida en agua que sabe a vacío. Pasan nombres de ciudades. Zhitomir, recuerdo, 1648 y 1942, la tragedia no respeta siglos.

Cierro con cuidado los bordes carmesíes de la bolsa de basura y la saco al patio. Ligia, Marco, Omar duermen. Tres cucarachas discurren con amistad acerca de las bondades de la humedad. Limpio las balas que saqué del basurero y apunto. Con una mato tres… cucarachas y soplo: revolución mexicana.

Pan francés, miel orgánica. Sobre la mesa los objetos se confabulan para eliminar la noche. Por ahí hierve el café. Elis agoniza en el zaguán, ni el suave portugués la salva. Saudosa maloca: cabaña tristona, hogar tristeante, dormitorio tristoso. La caldera grita como el tren al sur, el tren de las once, el tren del trabajo. Casi las seis. Me quedan dos minutos para despertar y ninguna bala.
09/08/17

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Publicado en TENDENCIAS (LA RAZÓN/La Paz), 13/08/2017



Friday, August 11, 2017

Sacha Yegulev/EJERCICIOS DE MEMORIA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Esta novela de Leónidas Andreyev es un monumento a la buena prosa, a la excelente. Quizá debiera decir que es tan buena que linda e irrumpe en la poesía. Envolvente. Sutil. Desgarrante. Magnífica.

Sacha Yegulev es un muchacho de familia que se siente abrumado por la miseria de Rusia. De buen corazón, opta por dejar madre y hermana para reunirse con las bandas guerrilleras de los “Hermanos del bosque”. Hay que situarse en los años anteriores a 1917, entre los populistas y los bolcheviques. Sacha hace creer a su madre que parte a América, para evitarle sufrimiento.

Ya en el bosque, conoce una vida que no percibía antes. Pero en la revolución no todo son alegrías o grandezas. La envidia y la maldad corroen a los revolucionarios con tanta fuerza como a los burgueses. Además de ello, encara a la muerte. El dulce joven de pronto se hace hombre y como tal amargo. El espíritu del humano no es resistente a la experiencia. Día que pasa es amargura acumulada.

Sacha Yegulev se torna en leyenda. Es el protector de los pobres y la mano castigadora de Dios. Los hacendados ricos ven quemarse sus haciendas; los mujiks se llevan las gavillas de trigo; sobre Rusia se ha encendido un fuego que no ha de apagarse otra vez.

El “bandido” Yegulev es atrapado y muerto por la policía zarista. Su madre se acerca al cadáver -expuesto en una plaza-. Su madre sigue pensando que su Sacha está en América...

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Publicado en TEXTOS PARA NADA (OPINIÓN/Cochabamba) ¿1986-87-88?

Imagen: Portada de la edición de Guillermo Kraft, Buenos Aires, 1955


Thursday, August 10, 2017

Eroica/MADRID-COCHABAMBA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La mañana se moja como en orgasmo. Viscosa, neblinosa, nebulosa.

Dylan canta algo suyo que cantaba mejor Bryan Ferry. La noche se inclina al oeste de Aurora. Las gigantescas bolas de la base aérea, lujo y admiración de la guerra fría, semejan pelotas de fútbol tiradas desde la favela hasta la playa. Blancas. Brillan. Dylan canta algo que cantaba mejor Bryan Ferry. “Ya todo se terminó, baby blue”.

El primo Waldo, el único primo que tengo en esta parte de Norteamérica, se festeja hoy. Mi último cumpleaños, dice. Acá, aclaro, porque a fin de año se marcha, dejando mujer e hijas y la memoria de treinta años de exilio. Acontecimiento, sin duda, por eso unto con las manos desnudas un gran pernil de cerdo y le pongo encima todo lo que me sobra en el refrigerador: vino tinto agriado, wasabi en pasta, salsa agridulce china, soya, algo de miel de arce, comino, mejorana, cúrcuma, sal, eneldo y pimienta. Un coctel molotov de futuro incierto. Quien no arriesga en la comida no arriesga en la cama. Lo cubro de estaño y mientras escribo siento los vahos de alcohol que escapan por las rendijas. Llevo eso, un regalo, la familia y una botella de ron. Porque de sus treinta años, al menos veinte pasamos cerca, siempre comentando, hablando, recordando, riendo y llorando por esas calles que nunca existieron y cuya presencia se sostiene porque tuvimos padres y madres; por nada más.

El aire de montaña ha disecado la humedad primaria del día. Ahora presiento sequedad monacal. Ni una gota de agua al aire. Pienso… una guitarra desentona a la vez que leo un poema en el café Fragmentos. Otro primo, primo de cariño, guitarrista afamado y borracho, quiso ponerle cuerdas a mis tristes preámbulos. Veinte años ya, casi una voluminosa novela de Dumas. Observo los rostros inteligentes de los inteligentes, los tontos de los tontos, y leo. En mi oído derecho, rammm, rummmm, rac, rac, ton, tannn, el primo aporrea el instrumento y observo que tiene los ojos cerrados. Le habrá entrado polvo. La puerta está abierta y con el viento baja el añejo polvillo de excrementos de los ebrios de la Simón López. Algún mosquito, quizá, pero los cierra cada vez más, incluso creo que se atolondra y se escapan un par de lágrimas. Caen en cámara lenta y oigo a las mujeres suspirar. Mi poema quedó corto, necio, seco, como amor a cuchilladas. No me enojo, que aquí no me robaron nada.

Padres de rancio abolengo. El abuelo señorón de bigotes modelados con cera bruta. Le decían el Kaiser, por su educación prusiana. La madre alegre y juvenil, con la música escapando de los pies y algo por los oídos. Primó ella, y los dos chicos y la chica les salieron pizpiretos. La niña murió de cáncer, el menor de los hombres se voló la cabeza con fusil de ejército; alternaba, dicen, entre la composición de kaluyos y el tiro al blanco. Juguetón, la mayor gracia que sabía era la de jugarse con revolver de ocho tiros una ruleta. Dos a uno: yo disparo dos, tú uno, con la suerte de no existir nunca tragedia hasta el evento del fusil. Antes de que Michael Cimino filmara The Deer Hunter, los jóvenes de Cochabamba tentaban la muerte sin la pesadumbre de Vietnam.

El sobreviviente se hizo músico, según los recónditos deseos de la madre que era fascinante cocinera. Doblaba los bordes de la salteña y parecía que los iba tejiendo. Hervía piedras para esa notable sopa aymara prehistórica, o mostraba a un asombrado círculo la manera de extraer el huesecillo atoj de la oreja de un cuy carneado y cocido.

Así el hijo mayor comenzó a rasguear la guitarra. Así consiguió mujer bella y colorida, de los remanentes del hippismo nórdico tardío en nuestro valle. Diez años después de Altamont, en Bolivia se sembraban flores que en el resto del mundo estaban marchitas. Siempre vivimos a la zaga. Excepto en el trago, donde somos, fuimos y seremos la vanguardia.

Ha pasado una hora. No olvido que escribo con el dedo índice derecho y que el izquierdo solo lo utilizo para las mayúsculas. Trabajo lento el de escribir. En cambio, cocinar, tarea fácil. En una hora añadida comenzaré a dorar el chancho y veremos si el combinado afrochinomestizo sirvió.

Al primo músico le gustaba el trago. Vanguardista entre los vanguardistas, creyó aquella ilusión óptica de que los aditamentos inspiran, a más duros, mejores. La música y la poesía vienen escondidas, sospechaba, en las vertientes del trago. Los otros festejaban, cómo no, en rubicundo coro de lelos intrascendentes. A la mujer la robó otro poeta que era ducho en el mercadeo de palabras. Usaba alcohol y yerba también como vertientes pero tenía ambición. El cálculo dominaba el exceso y por eso acumuló hasta la mujer del otro. Lo vimos, y callamos. Porque esto del alcoholismo recalcitrante, poético, no pasa de otra minucia de fregonas.

Perdió esposa e hijos. Casa y amigos. Llevaba una guitarra bastante buena en caja decorada. Le sirvió de almohada, de asiento, hasta de féretro cuando lo velaron a la intemperie antes de coserlo en una bolsa de yute. Se diría historia de piratas cuando no pasa de nostalgia de borracho.

Que lo quise, lo quise, como a mi primo de ahora que se festeja por última vez en la maldita tierra gringa; la próxima será en la bendición de la patria. No sabe él que la patria es puta soez.

Hoy, en la parrillada, sonará el rasguido de la guitarra. Vienen los consabidos recuerdos de “allá”, de cuando fuimos “felices”, sin recordar que de jóvenes caminábamos la ciudad de arriba abajo, con aire de poetas y fetidez de chichas masticadas. Mientes al decir que todo pasado fue mejor, primo, y ni tú creíste en el amor entonces.

Leo con cinismo versos a mi amante coja. Y el primo muerto llora con los ojos cerrados. Solloza el primo vivo con los suyos abiertos. A qué tanto heroísmo, que ni vida ni muerte valen el ápice de un carajo. Peor morir borracho, digan lo que digan los pendencieros. Te “lo” tocaré otra piecita, susurra mi compadre. Y, dale, ya qué le vamos a hacer.
06/14

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Publicado en MADRID-COCHABAMBA, Cartografía del desastre (con Pablo Cerezal), La Paz, 2015; Madrid, 2016

Imagen: Anders Zorn, 1895




Tuesday, August 8, 2017

Trump, Maduro, Morales: pesado triángulo/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hablaba George Bush del “eje del mal”, en una historia no tan vieja para olvidarla. Interesante descripción de sus enemigos asociados en su mente y dispuestos a enfrentarlo, siendo él mismo encarnación maldita.

Los días pasan. Se cocina, se come, se duerme. Ya desde las tres de la mañana la prensa norteamericana está despierta descubriendo las últimas estupideces del gendarme con peluca, presidente, aunque no lo quieran, de los recién destapados Estados Unidos, esos que se mimetizaron tan bien en la sombra y de quienes se creyó digirieron y aprendieron las enseñanzas del doctor King. No había sido así, a pesar de que The Donald tiene en la oficina oval un busto bien negro del apóstol de los derechos civiles. De poco sirvió: las fobias crecieron al amparo del silencio y lo que fue, así fuese aparente, nunca más lo será. No hay vuelta atrás después de este espanto.

Saltamos a Nicolás Maduro y la horda de narcos asesinos. Volvemos, una y otra vez, a la pena de saber en esencia que sin las armas militares aquello no cae. Como para confiar en los gorilas. Y milagros se terminaron cuando los pies aprendieron a caminar y la boca a formar palabras. ¿Dónde está el francotirador? Un fusil, una mirilla, una ventana más la aurora de la bienventurada muerte. Parece fácil decirlo, como preparar un desayuno. Los días pasan. El reloj no se inmuta con los bailes del payaso dictador ni con el garrote del vil Diosdado Cabello. Pero así murió Chávez, el bufón mayor, de la noche a la mañana, sin la garra que tuvo el barbudo Fidel para aferrarse a los billetes hasta que no pudo. Ni una moneda se llevó, ni el par que ponen en los Balcanes sobre los ojos para pagar el pasaje.

Evo Morales ya se prueba el traje de eterno. La corte de los milagros que danza en derredor rebuzna y relincha en camotera febril con el curaca. Tiene un palacio; nada le costó destruir una ciudad antigua. Como sus congéneres arriba, el gringo y el chofer, jura que por sí solo puede cambiar la historia. Pero esta, la historia, es puta que paga mal y que nunca se enamora. Embelesa con labios pintados; el carmesí es color de deseo y pasión pero también de sangre. Peor para aquellos que solo leen el porvenir en piedras y en arrugas, porque las sutilezas de esta meretriz son tan leves que con facilidad se soslayan y ahí el error. De pronto, el cataclismo, derribo de sueños y realidades mitómanas. Le caerá a Trump; se acerca a Maduro; va girando en hipérboles alrededor del cacique. Suena a lotería; en pocas palabras así se podría definir el futuro de la angurria.

Llueve en Colorado. Luego de la pesada carga del calor se alivian las plantas. La lengua del perrito de casa ya no cuelga desconsolada. Nada persiste, ni sol o luna o calor y nieve. No creo en las premoniciones; este es un hecho concreto. Lo mismo va a ocurrir con los mármoles de los príncipes: hoy sirven para bailar y al rato juegan de lápida. Pienso en Vladimir Putin y la certificación de lo inmóvil. Mueve a risa, sobre todo en Rusia, que si bien da largas a sus tiranos, da igual cortas y terminan mal. Putin como el apogeo del poder, el gran ejemplo.

Hago girar este triángulo con las manos en la mesa del jardín. Apuesto conmigo acerca de cuál de sus lados se va a quebrar primero. De todos modos, será motivo de fiesta y de descorchar un vino para saludar el descalabro. Estados Unidos, Venezuela, Bolivia, tan distintos y con similares energúmenos.
07/08/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 08/08/2017