Thursday, April 26, 2018

Ilha Do Sal/VIRGINIANOS

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Jenny me dice que existes, isla de sal, isla salina, salada, salera, salosa, en algún lugar, entre África y Brasil. Me habla del viento tórrido que mueve tu blanco polvo. De una perra madre que deambula por la playa con tetas colgantes, boca de sus cachorros. Por eso, cuando me acuesto, me sueño en ti, en una baranda que de seguro no está, mirando pasar tu perra, oyendo ese ventoso trópico que en contacto con tu sal suena como garganta aserrada de sed. Y, dime, ¿los peces de tus orillas miran blanco, son ciegos? ¿Brilla en la punta de tus árboles la sal, como humareda de boscosos diamantes?

No estás en los mapas. Es posible que aparezcas de día y te hundas de noche, o no sé qué movimiento tengan tus sales. Pero, te digo, mi sueño no era pesadilla, era extraña paz en tus playas faltas de arena, en tus pasadizos que son ríos de leche sólida.

Tu viento empuja mi barca, tu viento me vuelve a dormir. Cuando despierto, percibo un sabor de sal, muy leve, por mis labios.

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Publicado en VIRGINIANOS, Los amigos del Libro, Cochabamba, 1991


Wednesday, April 25, 2018

PATXI IRURZUN/Entrevista a Claudio Ferrufino-Coqueugniot


“Invito al lector a armar el rompecabezas latente en la novela”
Claudio Ferrufino-Coqueugniot, escritor

El escritor boliviano acaba de publicar en la editorial Limbo Errante de Zaragoza Muerta ciudad viva, un recorrido alcohólico y lúbrico a través de la noche de Cochabamba y sus chicherías; una novela, como es habitual en este autor, arriesgada, y con una voz irreverente y caóticamente libre, reconocible ya  en obras anteriores como El exilio voluntario (Premio Casa de las Américas), y que hay quien ha puesto a la altura de escritores como Roberto Bolaño.

PATXI IRURZUNGara 24/04/2018

Claudio Ferrufino-Coquegniot nació en Cochabamba en 1960, pero reside desde 1989 en Colorado, Estados Unidos. Es, sin duda, uno de los escritores bolivianos actuales más importantes. Su novela Diario secreto fue Premio Nacional en 2011 y con El exilio voluntario (publicada entre nosotros por Alberdania) logró en 2009 el Premio Casa de las Américas. Trabaja en Denver conduciendo y cocinando en una food-truck, una camioneta de comida rápida.

A muchos lectores les sorprenderá saber que un autor como usted tenga que ganarse la vida de ese modo
Bueno, la cocina siempre ha sido una pasión para mí. Al terminar 25 años de trabajo en el periódico local, The Denver Post, en una posición administrativa, decidí encarar algo personal. La ciudad de Denver atraviesa un boom económico relacionado con la llegada de empresas de tecnología, apertura de bodegas de Amazon, la legalización de la marihuana, etc. Podía haber tomado otro puesto  de manejador en algún lado (el bilingüismo es un plus notable acá), pero decidí probar esta aventura. Ya tuve en el pasado un restaurante y un delicatesen y no me fue mal.

Tanto en este libro como en otros, como El exilio voluntario, experiencias propias o laborales como esta  le sirven para transitar por escenarios y lugares  que la literatura  suele evitar: los trabajos precarios, o las chicherías y los mundos marginales de Cochabamba en Muerta ciudad viva…
Sigo, en este aspecto, un patrón existente en la literatura norteamericana de la experiencia como punto de partida. No que el hecho de hacer cierta labor no relacionada con literatura produzca obras per se, pero que sirve para situarse dentro de posibles argumentos que suelen atraer a los lectores.

Ha comentado en alguna ocasión que Muerta ciudad viva es un libro que escribió con cierto ánimo experimental.
Como creo que la mayoría de mis novelas: planos yuxtapuestos, saltos temporales y de espacio que recuerdan el manejo de la cámara cinematográfica. Entremezclado de imágenes que resultan claras en el cine y no tanto en la letra escrita. Un desafío, por tanto, no siempre con feliz término. Una de los jurados de Casa de las Américas que premió El exilio voluntario afirmaba que esa novela era pura experimentación. Eso gustó a los jueces.

¿El tono narrativo de la novela, en ese sentido, que resulta en ocasiones un tanto alucinado y torrencial, es, como se señala en uno de los textos que lo acompañan, un intento por transcribir la embriaguez?
También. A la vez que invitar al lector a que se arriesgue a armar el rompecabezas latente allí. Una novela que se puede leer saltando páginas si se quiere conseguir dentro de las varias historias una lógica que visibilice mejor a cada una de las mujeres retratadas. Sin ser obligatorio o necesario.

Las chicherías, pequeños establecimientos de comida y bebida,  están muy presentes en la novela, que es casi una guía de la noche de Cochabamba
La chicha, bebida muy antigua y cada vez más adulterada hasta hacerse letal en algunos casos, ha sido la bebida popular a través de los siglos. En cierta manera fue un espacio de supervivencia a España. Cada vez más, redundo, se ha ido asociando a las clases populares, a la pobreza que no puede comprar otro alcohol más barato. Embriagarse con mucho volumen de trago por un precio mínimo. Casi un sueño en la dura existencia del pobre.

Tampoco elude en las escenas sexuales un sexo que huele, que suda, en el que no se escamotea su componente animal, algo poco corriente en esta época de hipercorrección política…
Volvemos, tristemente, a lo mismo, sin ser la novela un texto de denuncia social. Dentro de lo marginal el sexo suele ser la única distracción. El placer asociado al dolor y viceversa, con poco espacio para el erotismo y mucho para el hambre. De alma y de cuerpo.

En algún sitio le han comparado con Bolaño, ¿qué le parece?
Muy optimista quien lo hizo. Me asocio a Bolaño, sin ninguna herencia estilística, en esta verborrea caótica e irreverente. Nocturno de Chile es una obra maestra, un fluir del verbo sin recato ni deuda.
Muchos lo imitan, o lo intentan, pero carecen del fuego de aquel hombre dolido y atormentado por sus fobias tan humanas.

Además de compartir con Bolaño algunas cosas, como los trabajos más o menos precarios, sus libros también se han publicado en el estado español. ¿Cómo ha sido ese recorrido y como está siendo la experiencia?

Muy buena en la satisfacción personal. Dudo que mis libros alcancen volumen de ventas ni que yo reciba poco o nada de ellos. Creo arriesgados a quienes apostaron por publicarlos y lo agradezco. No soy un escritor profesional y esto, como mucho otro, son eventos de vida, satisfactorios en este caso.


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De GARA, 24/04/2018 y del blog del PATXI IRURZUN 

Monday, April 23, 2018

LA ALTEÑA, CUECA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Primera.

Adentro.

No era, El Alto, lo de hoy; era entonces frío y barro. Escalones de concreto congelado, manchado, pobre. No estaba el color en el aire, el cholet ni siquiera había pasado por lo imaginado. Estas eran casas de dos pisos, algunas, con mi amigo Pepe y su familia en ellas. Y dos mantas, una en el piso y otra para cubrir, en los brazos de Francine y yo.

Latas rojas de Centenario. Tapados, a cada rato, para combatir la helada.

Conversaciones eternas entre compañeros de escuela, que la matemática y el dibujo. Pepe se enseñoreó del álgebra y las ecuaciones mostraban tal lógica que todo en la vida parecía girar en círculo predispuesto. No fue así. Con su talento matemático, mi amigo terminó de burócrata en ENTEL, abajo, en la urbe. De allí tomábamos el micro hacia el cielo, que bien tenía características de infierno, y a chupar. Podrías haber sido físico nuclear, cientista, explorador del espacio. Donde para todos existían preguntas en el embrollo de la ingeniería, para ti había respuestas. Pero. No, rebelde no, aunque digas sí, ya que privaste no solo a ti del futuro. A tu mujer, tus hijas, tus amigos. Tú que nos llevaste a Huanuni de expedición graduada, que mostraste el agua de un tubo saliendo de la mina y convertida en columna de hielo. En el sindicato, para viajar hacia Potosí y Tarija, nos llenaron de bolsas de pan.

Te desangraste en la carretera de Oruro. Pero en El Alto, en cuartos con focos casi apagados, comimos ni recuerdo qué. Bailamos unas lentas, tu mujer y tú, la mía y yo. En los ojos azules de Francine se reflejaba un farol de la calle. Resaltaba porque esa ciudad se componía de sombra. Qué Hotel Alexander ni aquelarres en su mezanine. Ni colores de edificios que envidiaría Feininger. Para nada. Este farol como si flotara en la nada negra. Salimos a fumar, a las gradas congeladas pintadas de verde lechuga (las había visto en la mañana). La helada trepaba por las piernas de los pantalones y se refugiaba en orificios tibios. De cuando en cuando pasaba un avión, a ras del suelo. Podía haber sido un tráiler o un bus de los de dos cabezas que aparecieron entonces.

Quimba.

Juntitos. No desnudamos la piel por el frío. Nos amamos casi vestidos, el cierre bajado, calzón ladeado. Tratabas de no gemir. Cualquier jadeo retumbaba cual órgano de iglesia. Una puerta mal hecha, de madera burda y un espacio de dos centímetros en la base del piso. Dijiste: qué triste. ¿Qué era lo triste? El barro, decías. Los niños embadurnados de barro. A medianoche ya el lodo venía sólido como obsidiana, y del mismo color. Valió la pena el viaje en flota, debajo de una frazada china amarilla, tocándonos sexos y entrelazando dedos. Si eso no era amor, tan expuestos a la intemperie, qué. Nunca me lo pude responder.

Sandro se desgañita, sufre, y te acurruco en mi pecho y prometo que será temporal, que el hielo y la basura tienen que tener un fin. Pepe y su mujer se besan a pesar de dos hijas durmiendo en un camastro de la sala. Se besan, aclaro, fuera de ya tanta vida y desgaste. Chis, chis, destapan las Centenario, y el tufo denuncia bastante alcohol con dolor de cabeza y palpitación de cráneo a semejante altura.

Tu pezón rosa es negro en El Alto. Tus celestes ojos, cuencas vacías. Beso y por los dientes podría estar haciéndolo con una calavera. Cerrados, apretujados, enlazados en la vida muerte.

Segunda.

Cuando despertamos, desde las verdes gradas se extiende la pampa. Altiplano de pajas ocres. Pómulos y manos paspados, dedos cuyo olor a sexo se ha congelado. Apuramos el té con té. Creo que domingo. El último de Pepe y de El Alto. No los vería más sino de paso. La ciudad porque a mi amigo ya nunca, detrás de una piedra será, jamás tan bien abrigado como para soportar esto. ¿Tienes frío? Solo, el frío, se hace peor. Sin nadie. Te casaste con él, lo pariste, lo culeaste.

Pepe muerto, Francine ida. La esposa pasea las calles de abajo. Cóndores sobrevuelan nuestra carroña. Un cura bendice iglesias eslavas. Hubo una calle que no supe, que consumí y emborraché. Dónde era no sabría decirlo. En una ciudad sin forma, de barro frío y paja que corta.

Zapateado final.

Agitando pañuelos te vi, escribía una vieja zamba. Cueca después de Led Zeppelin. La velada íntima de cuatro en la ciudad de arriba. Borrachera. Cómo, si no, soportarlo. Nada fuera de la ventana; nada de la puerta. Oscuridad. Un vientre que nos ha engullido y provee cerveza para distraernos. De otra forma reaccionaríamos locos, corriendo hacia la hoyada y lanzándonos de cabeza.

Cuento los eucaliptos en la subida: uno flaco, uno gordo. Pasamos una marca de concreto y algún arco. Todavía en la penumbra resaltan los rojos de awayos sintéticos. Las cholas van de bombín, escapan de un cuadro de Magritte y de sus para-aguas. Cuatro escalones verdes y esta es mi casa. Pasen que es suya. Cuatro Centenarios se abren en coro, al unísono, y salud porque hoy estamos y mañana no.

Ya no estamos.
01/18

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Imagen: Pablo Picasso

Thursday, April 19, 2018

La comida y todas las sangres/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pues, heme aquí, con mandil y gorra de cocinero para evitar que se me caigan los pelos. Trabajo de mierda, diría, si no me gustara. Pero trabajo de mierda es, esclavizante.

La casa huele a ajo. Esta predilección personal va pesando en el ambiente. Por ahora, y hasta peor fecha, me ayuda Ligia, “mi” mujer. Siempre lo ha hecho a pesar de chocar duramente entre nosotros: ella con sus características italianas del sur, de Calabria y la Camorra para ser precisos, y yo, en algún grado de mis sangres, con la placidez campesina de los piamonteses acurrucados contra el frío. Le digo, con ánimo de molestar, un exabrupto popular en la Italia racista: que Calabria, como Sicilia, ya es África. Ahí el ajo se revuelve, termina como una Bagna càuda de mis ancestros montañeses. Sabrosa, olorosa, fuerte.

La gastronomía, por el tiempo, tropieza con la literatura. Hay que ser negligente con alguna de ellas, y las letras, pobres en su salario, se condenan de por sí. Por ahora, digo, porque suelo acostumbrarme a nuevas exigencias con soltura y hallarle maneras para que acuda el tan ansiado descanso, ido en el momento en que fuerzo este texto como un ejercicio.

¿Cuál la relación entre la sangre y la culinaria? Mucha. La memoria íntima, la que sabe de dónde venimos sin decirlo, guarda la experiencia colectiva de generaciones. Tal vez no en verbo o palabra, quizá por circunstancias históricas. La guarda en el sabor, tan sutil que es ajeno a cualquier imposición, a cualquier colonia. Y surge, de improviso, al momento de tener pimientos verdes y tomates en las manos, o tubérculos del Ande. La memoria recuerda y ensaya para materializar lo antiguo en el presente. Surge así, mientras más mezclado se sea, con sorprendentes resultados, creados, moldeados, sugeridos como un poema. En el achiote echado encima del caldo para colorearlo puede haber geografías y personas olvidadas pero latentes. Muy bueno eso, demasiado, sentir que dentro de uno, del corazón y las manos, hay, o despiertan, homúnculos del tiempo ido, fantasmas que nada puede acabar.

La inventiva, la creatividad, no son designios naturales, genialidades del tiempo. En la comida, en mi caso, refieren creo que con exactitud a la cohorte de mis orígenes, que más mixturado soy que caldosa cubana. Tal vez me falte esa dosis de sangre negra que me haría alegre y bailarín. Falta me hace en esta seria tragedia occidental. Aunque esa gloriosa África la completo en música mientras escribo o cocino, en taarabs de Zanzíbar u orquestas cincuenteras de Maputo. Cubro esa falencia conversando con Matthew, nigeriano de los antiguos, que comparte sus ignotos cantores conmigo; me los anota, sugiere.

Me gusta pertenecer a una muchedumbre de continentes. No tengo lo aburrido de la sangre pura, la pura sangre. A veces, cuando echo un chorro de jerez sobre el hirviente puerco, me pregunto quién actúa dentro mío, qué cronología hay en ese hecho gratuito, impensado, de inventar. No necesariamente un ancestro dedicado al arte de preparar y cocer, sino solo la memoria de la sal y la pimienta, el olor que traslada a pasados remotos y desconocidos.

Mi ventaja. La de poder ofrecer casi sin esfuerzo extrañas combinaciones de especias y productos, venidas de arcanos multipopulares. La comida más rica es siempre la que cuenta con mayor diversidad, la que flotó sobre las aguas de todas las guerras y masacres, la que se enroscó a un  madero para sobrevivir en eternidad. Intensa, además, porque así parecen ser las cosas que se agitan y se entremezclan. Casi como la pólvora, que explota en su conjunción y cuyos elementos en soledad carecen de su lujuria.

Callo ahora, porque llega el tiempo de machacar la mejorana, mi hierba secreta que suple –no siempre- al perejil, y que queda perfecta adobada a la res o al puerco. Percibo el romero, el orégano, y me mancho la piel con airampo.
02/04/18


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Publicado en INMEDIACIONES, 19/04/2018 
Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 24/04/2018

Imágenes: La Croix/Geografía Universal/Francia, 1705

Tuesday, April 17, 2018

El olvido del TIPNIS/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Avanzan, avanzan, cada vez más cerca, con más chacos a orillas del camino asignados a cocaleros en su expedición de conquista, de genocidio, prostitución, destrucción ecológica. Si parece el Séptimo de Caballería, el infame de George Custer, enviado para domeñar, y eventualmente exterminar, a la indiada obstáculo.

La idea es la misma. Los revolucionarios del MAS tienen en mente la antigua práctica capitalista del avasallamiento. Pretextos no les faltan. Motivos, menos, cuando el dinero mueve la historia a su arbitrio y en Palacio, Evo y su segundo evalúan a peso de oro cuánto ha de tocarles en este drama humano que no tendría razón de existir si no fuera por avaricia y ego desmedidos de estos fracasados de las luchas sociales.

En canoa por el río Ichoa, leo, con comunidades indígenas aterradas por la incertidumbre, con alcohol que distribuye el gobierno para minar la resistencia. Otra vez, es Norteamérica y la práctica del invasor de conquistar a través del vicio para asegurarse que el otro ya jamás tenga futuro. Y las niñas indias, piezas de harén indecente bajo la falsa presunción de la hoz y el martillo como elementos de alegría e igualdad. Se refocilarán los muchachos de camisa azul (negras eran las de Mussolini, y pardas las de algún otro fascista) con la perspectiva de aprovecharse de la juventud de estas muchachas, de su pobreza y su hambre. La revolución es un monstruo que devora. Y justifica, que es lo peor.

El iletrado vicepresidente, con escaso entendimiento, analiza los básicos de un asunto que excede la multiplicación de dos cifras, límite de su intelecto. Con visión de comerciante, de voluminoso hatillo desde que representa gobierno, masculla doctoralmente los pros del estrago ambiental. Bolsillos forrados suelen representar seguridad y los tiene muy bien atestados, no sé si mayores a los del presidente “indio” del que cuelgan dólares por todo orificio, resultado de su activísima defensa en favor de los míseros a los que él no pertenece. Igual a míster Trump tiene un problema de identidad, un complejo, que lo obliga a desvivirse por alcanzar el estatus social que cuna no le entregó pero que intenta comprar. Por eso el beneplácito de los oligarcas cruceños que en él han hallado un socio mejor incluso que el enano Bánzer, al que halagan y permiten ínfulas donjuanescas en su cerrado entorno por ahora.

Evo Primero, Inca aymara (así a su raza los quechuas le arrancasen los ojos), se considera intachable e intocable. Hay peculiaridades bolivianas que quizá no permitan que le suceda lo que a Lula. Pero… puede ser peor, con las fobias y la “justicia comunitaria” desatadas en su larga gestión. A veces los mastines devoran a sus amos. Nunca se puede saber.

Me pregunto si olvidamos al TIPNIS. Pasaron años desde el terror de las élites encerradas en el Palacio Quemado mientras la marcha vociferaba en la puerta. Oportunidad que no se debió dejar pasar. Para el fracaso colaboraron intelectuales de nota (notorios lameculos) que con ánimo de prostituirse mientras pudieran rebuznaron en prensa nimiedades reducidas a simple servilismo y que atacaban la historia. Más sencillo tener un cacique coronado, uno que pueda distribuir premios, que el caos de las verdaderas revoluciones que cortan cabezas. Obvio.

Mientras miramos atardeceres cubiertos de polución, cumbres que otrora eran nevadas, incendios de bosques en manos de campesinos odiadores de árboles, las topadoras avanzan en Mojos. Ya nada las puede parar. Nos encontraremos en el porvenir despojados de mucho. ¿Si a García y a Morales les importa aquello? Por supuesto que no. Este huele a negocio privado, huele a mucho ilegal y poca razón. Los oligarcas no saben pensar en el bien colectivo. Saben ¡y cómo! de “vivir bien”; han hecho de eso hasta una bandera de conducta. Vivir como blancos, fornicar como ricos y defecar como lo que siempre han sido.
16/04/18

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 17/04/2018

Fotografía: Imagen aérea de parte del Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) capturada en julio de 2017. Foto: Archivo LA RAZÓN


Monday, April 16, 2018

Gringo viejo/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

No quiero librarme de Ambrose Bierce. Vamos unidos en los años, por todo lado.

En Washington DC veo "Old Gringo", la película. No conozco el libro de Fuentes. Pero el filme es malo, hecho para el público de Norteamérica, con ese particular humor, casi absurdo, de la gente de allí.

Hay buenas imágenes, mas el uso de la historia, mezclando los acontecimientos, destruye.

Me duele por Bierce, porque su genio no debiera prestarse a parodias. Supuestamente, Villa hace fusilar su cadáver. El hecho existió, pero fue el hacendado británico William Benton el fusilado, no Bierce.

Ambrose Bierce va a caballo, buscando a Villa por el desierto de México, donde no amanece y hay escorpiones.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 19/11/1991

Sunday, April 15, 2018

Alucinaciones inenarrables: Muerta ciudad viva

RODRIGO VILLEGAS

Un recuerdo puede ser nada más que una alucinación, una secuencia de imágenes transformadas por el transcurso de la madrugada, y/o tergiversado por aquel líquido dulce y amargo que es el alcohol en cualquiera de sus mezclas: cerveza, chicha, whiskey o un “soldadito”. Alcohol de quemar con agua, la bebida de los pobres, de los urgidos por pertenecer a otro mundo, uno en el que las alucinaciones perduren, y se hagan, al fin, recuerdos.

“Creo que estoy perdiendo la vista, mamá. Lo que ya perdiste es la cordura, hijo, y seguro que el alcohol no solo ha de afectarte la vista, te traerá la nostalgia, vivirás en ficción, como una mala novela criolla”. Así dice, piensa y vive, y viceversa, el personaje innombrado de la novela Muerta Ciudad Viva (El País, 2013; Limbo Errante, 2018), del cochabambino Claudio Ferrufino-Coqueugniot, ese escritor estandarte de la literatura vigente de nuestro país. Característico por su irreverencia, inconformismo y aproximación hacia lo marginal, hace de su personaje un ser que habita en la tragedia, en la que se debate todo aquel que permite a su sangre nutrirse de lo vital: trago, literatura y mujeres (léase sexo). Lo demás no importa. La revolución comienza en uno mismo.

Muerta Ciudad Viva, la cuarta novela de Ferrufino-Coqueugniot, acaba de ser reeditada por la editorial española Limbo Errante. En Bolivia es difícil encontrar ejemplares de la primera edición – al parecer El País cerró poco tiempo después de publicarse la obra –. Es por eso una alegría la nueva edición de esta obra, esta vez en Europa. Pocos autores nacionales han tenido el privilegio de publicar en el exterior, más aún en España, fecundadora de obras y autores relevantes en la historia de la literatura y su emancipación por las Américas. Es así que este logro es una celebración para Bolivia, a pesar del conocimiento escaso de este arte en nuestro medio, un territorio, como tantos otros, alejado de los libros (“Paladines de una lucha casi imposible en el país, la de crear, hacer literatura, contra y a pesar de todo”).

Cochabamba. Siglo XX. Los ‘80. Ferrufino-Coqueugniot narra lo “inenarrable” de una ciudad que se hacía pedazos desde las entrañas, pero que encuentra la gloria por los mismos motivos. Un infinito que intercala la vida y la muerte, la muerte y la vida. Que corrompe cada espacio, desde los bares más inmundos hasta los basurales donde descansa algún borracho sin zapatos y sin chamarra, asaltado mas no muerto, mordisqueado por las ratas y los perros pero no muerto. No muerto. Al final de todo eso es lo único que importa. “Pero y qué, la vida como la muerte viene y va. Ni intentar cambiarla. Ir con ella, acelerarla, retrasarla, volcarla y volverla a  volcar, pero con un destino que lo decide ella, no tú”.  

El personaje heterodoxo de la novela, que no parece novela – no tiene un argumento definido, está dividida en capítulos con un orden arbitrario, un diario, crónicas, memorias, epifanías, pesadillas... – sino algo mayor, vive/muere en aquella ciudad continente (“Era Cochabamba, la guerra del fin del mundo bajo un sol envidiable, un clima paradisíaco, árboles y acequias”), en lo marginal, en los agachaditos donde se come carne de ratón o de perro, comparte camas dispersas con damiselas y putas en cuartuchos miserables que hacen de hoteles, que, ya sea cerca a un eucalipto o a un Molle Molle, o en un tren donde lleva contrabando, no pierde la oportunidad siempre presente de copular, de hacerse eterno en la carne de las féminas que perturban sus ojos, que bullen su negra sangre de bestia humana.

Ferrufino-Coqueugniot acelera su obra, esta y sus anteriores novelas, en los distintos grados de violencia y del placer. Es un viaje al fin de la noche, la travesía de un Ulises en tierra cochala, un final que no encuentra pero que sostiene en un simulacro permanente a través de la chicha y de sus parejas ocasionales, aquellas a las que a merced se muestra sin remedio. “Crecer deja de lado la épica y nos mete de cabeza en las mujeres, de cabeza porque será lo primero en perderse en esta nueva guerra que nunca se gana, donde solo se pierde”.

Muerta Ciudad Viva es un embate de literatura sucia, de historia desprovista de sentimentalismos, de sexualidad desbordante, de adoración por el arte a pesar y por las circunstancias, cualesquiera que sean. Quizá se pueda “resumir” los libros de Ferrufino-Coqueugniot en una frase labrada en la novela: “Exceso de muerte, calor y hediondera”.

Exceso de talento. De Literatura. De muerte y de vida.

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De TENDENCIAS (LA RAZÓN/La Paz), 15/04/2018