Monday, October 18, 2021

La Nación Culebra de Pablo Cingolani


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Cristóbal Colón, cuando vio Tierra Firme, creyó haber encontrado el Jardín del Edén. Lo paradójico es que de principio se dedicó a destruir sistemáticamente lo que suponía ser el fundamento de las religiones. El espíritu mercantil, la fiebre del oro, resultaron con mucho mayores que cualquier abstracción divina, aunque ellas mismas gozaban de visos de ficción.

 

Ino Moxo, el brujo amazónico que habla en la novela mitohistórica de César Calvo (Las tres mitades de Ino Moxo), recuerda y dice de un tiempo donde el blanco no estaba, donde las naciones que no eran “bárbaros” sino hombres poblaban los bosques e interactuaban con ellos como lo que son: seres vivos. Pero Europa los “pensó” diferentes, desvalidos, confusos, equivocados, pecaminosos, y quiso arreglarles la existencia como mejor sabían: matándolos, hurtándoles, imponiendo figuras de dioses muertos que no respiraban como los árboles o las piedras, que no hablaban desde su podredumbre de yeso o madera como conversan la montaña y el bufeo. Entonces todo debía haberse acabado, pero algunos sobrevivieron escondidos en la penumbra del monte profundo, hasta hoy, donde otra vez el mismo ímpetu angurriento y “piadoso” ataca y desea arrebatarles lo poco que queda, enseñarles a vivir en las delicias del progreso.

 

Pablo Cingolani, poeta argentino en Bolivia, ya que nos obligaron a enmarcarnos dentro límites, ha pasado la vida intentando comprender aquel mundo evanescente, forzado a desaparecer. Como tal, combate en lucha de titanes en contra del poder establecido, cuyas aficiones-ambiciones siempre se dirigen a explotar inmisericordes los recursos naturales sin preguntar ni importar a quién pertenecen. La ceguera humana, que reproduce la del Almirante que incendia el Paraíso en lugar de adecuarse a él, no cejará hasta que no queden vestigios de quienes fuimos, espíritu que aún pervive -y en el cual debiésemos reflejarnos para aprender a continuar sin destruirnos- en los pueblos en estado de aislamiento, o en los remanentes de los grupos selváticos extenuados por la falsa liberación que les concede ya no solo el blanco, también el oscuro, aymara, negro, amarillo, cualquiera que tenga como objetivo el enriquecimiento a toda costa, con o sin retórica engañosa que al fin resultan lo mismo.

 

El poeta presenta batalla, dice en sus palabras previas que “también hay que darla en el plano simbólico, sentimental, místico, mágico, poético”. Para ello reúne textos que ha ido escribiendo en diez años y en miles de kilómetros caminados, descubriendo, y descubriéndose, en la Amazonía, rebelde y contumaz, aunque su obstinación no venga de un error, como sugiere este último adjetivo, y más bien de una dolorosa verdad que de epifanía parece convertirse en epitafio.

 

En Nación culebra, una mística de la Amazonía, Cingolani se nutre del largo poema que es el libro del peruano Calvo, mas no lo imita. Tampoco sigue la historia ficcionalizada de Quarup, de Antonio Callado, en donde el personaje busca en la existencia de los Xingú, respuestas para la suya propia. Pero es también literatura. En medio de la denuncia, de la tristeza, la angustia y cosas más que nos afligen al momento de sentir que se abandona la última tabla de salvamento, de todos como quiere el chamán Ino Moxo, crea, hace poemas, nos cuenta de la literatura de la selva que él va recolectando de sus ramas y poniéndola en papel, quizá una “fórmula para resistir”, como anotaría su prologuista Alfonso Valcarce.

 

Cuando los quichés de Guatemala, en el siglo XIX, pusieron en escena, después de escribirla, la tragedia de Rabinal Achí, los misioneros observaron espantados que se representaba algo muy antiguo, salido de los arcanos de la historia y mitología mayas, algo que no tenía nada que ver con ellos a pesar de centenas de años transcurridos entre la conquista y esta representación. La ventaja de los quichés era su número, que les permitió soslayar el tiempo y pasar de generación a generación las narraciones de sus ancestros. Suele ocurrir con los quechua-aymaras. Respecto a la Amazonía, esos mitos están en peligro de extinción, como las propias etnias que los recuerdan. La ballena Haisaoji, de los Ese Ejja, amarrada en el poderoso río Bahuaja, el Tambopata de la fiebre de oro y de dominio, iba finalmente a ahogarse, hasta que el poeta llega y le tiende un hilo de socorro. El precioso texto de Pablo Cingolani, Moby Dick en el Tambopata, descubre un bestiario inverosímil, aclarando, junto a San Isidoro de Sevilla, que el “monstruo” no lo es en contra de la naturaleza, sino de la naturaleza conocida. Afirmación de la que se podrían desglosar mil alegatos en defensa de los pueblos humillados y sus expresiones culturales.

 

Ya el poeta Homero Carvalho, que se reclama en parte movima, hablando de lo que se arriesga, aparte de la vida humana, en la destrucción del TIPNIS, rescataba el universo mítico de la selva, los seres fantasmagóricos, fantásticos, que para sus habitantes pueden ser fundacionales, que perecerían allí. Un genocidio y ecocidio de alcances insospechados. Podría ser el Madidi, el Manú, el río Madera esclavizado en represas para alimentar con soya a los chinos. De ahí la necesidad de defenderlo.

 

Libro fundamental el de Pablo Cingolani, expresión obligatoria de lo que no queremos ver, obviamos en incomprensible lógica. Poema en prosa y verso, tejido en maraña vegetal, calor humano y lo misterioso desconocido. Antes, siguiendo al chamán Ino Moxo, los indios de la Amazonía podían desaparecer a voluntad, para esconderse del asesinato, para castigar, pero las dimensiones del enemigo han alcanzado tal grado que ni eso basta, ya ni el “desapareció su cuerpo echando humo” (Stefano Varese sobre Juan Santos Atahualpa en La sal de los cerros) sirve. Estamos en la disyuntiva de seguir o de morir, comprender o perecer. Simple. Terrible.

 

Lorin Eiseley, en The Inmense Journey, afirma que “si hay magia en el planeta, está contenida en el agua”, esa agua que a diario ensuciamos con carreteras, minas y petróleo. Atavismos que debiesen obligarnos a renunciar a nuestra condición nacional y adscribirnos a la República Toromona, o a la Nación Culebra, cuyo manifiesto es este hermoso libro.

(Abril, víspera de la IX Marcha)

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Publicado en Fondo Negro (La Prensa/La Paz), 06/05/2012
Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), 06/05/2012

Publicado en FEVER (Volumen 14 Obra Completa), Editorial 3600, La Paz, 2021

Thursday, October 14, 2021

Portugalete


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 


Alma de los muertos, haces oscura la noche.

La mina de Portugalete es un hueco de abandono en la montaña. Apenas se puede entrar en su interior derrumbado. Hay que hacerlo con cautela porque en su boca se refugian serpientes y quién sabe qué. Espectros.

En la falta de luz se oyen, como gotas de agua, los sollozos indios. Secreto fondo donde permanecen los muertos, ajenos al destino exterior, con cráneos blancos sin brillo, desparramados por el suelo.

He pasado una noche mirando la entrada. No vi movimiento, mas ese estático Portugalete me parecía danzar. Por eso, antes del amanecer, corrí por el sendero, obsesionado por esconderme en el frío.

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Publicado en PUEBLO Y CULTURA (Opinión/Cochabamba), 27/02/1992

Monday, October 11, 2021

Divagaciones que vienen del frío


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

Me escriben desde La Habana y Chañar ladeado. Leo, anoto. La música ha saltado desde el centeno irlandés a Celina González y ahora a Grecia. No hay agua caliente y el frío amenaza de color gris las ventanas. He mantenido las cortinas cerradas para darme aire cavernario. Por nada especial, a pesar de que no hay resolana sino penumbra. Reclusión de lo íntimo, tal vez. Humea un café instantáneo, nada sofisticado, de a seis dólares la lata. Ni Uganda ni Java. El tocadiscos pasa a Tanzania, de donde viene el último Nóbel a quien desconozco. Me alegro, incluso si su nombramiento se deba a un “cuoteo” que deciden los poderosos. Incluso así. Desde Wole Soyinka que no leo a un Nóbel negro. “Viajero, debes partir”, decía. A Senghor y a Neto les tenía afición. Tiempo y entorno han cambiado. Nada de lo que fue es ya, y el viaje alrededor de mi cuarto, que retoma Sánchez-Ostiz en el suyo, recordando a Xavier de Maistre (libro que idolatraba mi madre), tampoco tiene la soltura de ayer. Hay baúles dispersos y en los límites de la habitación sospecho fragilidad de magia, como que es sencillo atravesar paredes. Casi todas las fotos tienen los vidrios rotos. Los siete años malditos multiplicados por setenta. Pero, a no temer, que el vidrio corta pero no mata. Si al menos hubiera fantasmas y no imágenes muertas. El más allá puede que exista pero es tan ajeno que las fotografías amarillean y vuelan en la ventisca sin que suceda nada. Hojarascas.

 

En un barrio otrora chicano y que perece ante la gentrificación hoy, nos sentamos, ayer, con las hijas a comer salteñas, fabricadas en un pequeño departamento de Lakewood con hornos industriales asentados sobre sillas. Jugo casi de color naranja. Será de achiote o palillo, no creo de azafrán. Limonada con frutilla; vemos el sol azotar los zapallos. Me preguntan el porqué de aquella pasión por el oriente europeo y la justifico en el dos por ciento de ashkenazi que han detectado en mi sangre. Vapores del tiempo, ignotos rostros de parientes sin referencias. Todo preguntas. Tan poca respuesta. Bajo el sol puma y el sol jaguar, miradas de onzas que vagaban por los montes del Tunari cuando era niño. Serían pumas, pero los llamaban onzas, y rodear una roca gigante en la cumbre era apostar a que quizá detrás de ella acechaban colmillos de dos centímetros para desgarrar. No las vi, se desvanecieron. Solo enfurecidos toros zapatean como de baile y se lanzan cerro abajo para la lucha singular con otro bramido. Ya de retorno hacia el valle encontraba carteles de restaurantes que ofrecían vizcacha, otro sueño perecido, quemado en el eterno auto de fe de un ilimitado San Juan de llamas y muerte.

 

Gaitas escocesas. La gaita negra, la búsqueda de la gaita negra en un documental de los hermanos Burgos en la Colombia de los machetes y la cumbiamba... Ciro Guerra. El acordeón del demonio. En las Highlands marchan las tropas de Montrose. En las tierras altas de Corani a veces asoman osos que llevan lentes de sol y tornasol. Caledonios en los mares del norte y quechuas en las profundidades del sur. Todos iguales y tan ajenos. Demencial festín del poder. Viaja, aconsejaba Soyinka, y ya no rememoro lo que aconsejaba Chinua Achebe. Por eso abro el tocadiscos y dejo de lado el tango para sostenerme en el “anno d'amore” que canta Mina. Me acuerdo, claro que me acuerdo, siempre me acordaré.

11/10/2021

 

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Imagen: Francis Bacon/Isabel Rawsthorne Standing in a Street In Soho, 1967

Friday, October 8, 2021

Odessa nostalgia


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

De Michale Boganim, vi anoche el documental Odessa… Odessa! Un protagonista dice: “en Rusia hay una palabra: nostalgia”. He visto La Habana casi en ruinas, aunque sus edificios coloniales brillan en perfección, y no he sentido nostalgia. Será el calor, el trópico, la permanente risa de la gente parlanchina. No sé. A pesar del mercado abierto con memorabilia y libros que se puede hallar en las plazas de la ciudad vieja… Conseguí, valga nombrarlo entre otras cosas, el Eisenstein de Viktor Shklovsky en añosa edición cubana. A pesar de hacer el amor con mi mujer en camas donde lo harían Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, en el hermoso Vedado, bello y cayéndose, no había melancolía. Había ron santiaguino, fuerte y aromático. Del balcón mirábamos la puerta de un monstruoso edificio soviético enfrente con negros mayores jugando dominó.

 

En el opulento aeropuerto de Istanbul comí algo delicioso. No lo anoté, vaya pena. Era noche. Partimos hacia Odessa con la inolvidable imagen del puente iluminado de rojo sobre el Bósforo. Al fin, luego de casi sesenta años, se me abría el oriente europeo. La idea era avanzar al Caspio, al Baikal, al Amur luego de cruzar los Urales, pero me detuve en la frontera rusa camino de Belgorod y retrocedí a la Ucrania de los pesados sueños gogolianos, de la república de tachankas (ametralladoras montadas sobre cualquier carromato) y tanto más.

 

El avión sobrevoló una ciudad dormida, para nada iluminada como la urbe turca que acababa de dejar. El aeropuerto de Odessa se me hizo modesto, en demasía. Para colmo, mi maleta no llegó; la recuperaría al día siguiente. Me esperaba un torpe y mal vestido taxista que el hotel Alarus había mandado. Tuvo que esperar mientras yo dilucidaba, junto a una pareja extranjera, acerca de mi equipaje. Partimos.

 

La ciudad de Isaak E. Babel; no lo podía creer. Todo oscuro; vi aguas que no podrían ser todavía el mar Negro, árboles, agonizantes faroles. Llegamos al hotel. Esquina concurrida de dos avenidas. Ni lo sabía, pero estaba en el extremo del barrio de la Moldavanka, de Benia Krik y Froim Grach. En el documental de Boganim, los nostálgicos emigrantes judíos en Brighton Beach, New York, y en Ashdod, Israel, también al lado del mar, todavía hablaban de ello, de Mishka Yaponchik, sobre cuya leyenda tejió Babel su Benia Krik. Comentaban en el siglo XXI historias de los años de la guerra civil y anteriores. Babel le dio a esa ciudad, ya en sí fantástica, un halo de magia e intriga. Sentados, decrépitos, con ropas venidas del ayer y la pobreza que siempre aguarda a un inmigrante viejo. Reuniones de expatriados, canciones entrelazadas a brindis con vodka. Que el Ejército Rojo, que el Blanco, mientras la pantalla muestra grises tomas urbanas de una ciudad casi muerta. Hasta las gradas del Potemkin vacías, tan opuestas a las muchedumbres que observé, allí y a pies de la estatua de Ekaterina grande o del gobernador Richelieu. La idea supongo es mostrar el estado de ánimo del que tuvo que abandonar su tierra. Y abandonar Odessa no es tierra cualquiera sino la hierba verde y extendida por calles y muros rotos. Perla sobre el océano Euxino, el que trae barcas cargadas de peces y cuyas chimeneas exudan sabores fuertes de remolacha y rodaballo. Caminé como por mi ciudad, en el sur. Calle tras calle; penetré en los patios en cuyo derredor crecen mínimas aglomeraciones de desvencijados conventillos. Vegetación, vegetación. Era octubre, cierto, cómo será invernal.

 


Rodaba el documental en el ecran de mi televisor plano. Persianas cerradas sumadas a la penumbra que trae la lluvia de las dos tarde. Me pregunté que cómo era posible que sintiese yo nostalgia por ese enclave del mar que enfrenta Crimea y la costa rumana. Aludí al autor hebreo soviético. Culpa suya sería. En parte. Pero creo, por encima de circunstancias literarias, que Odessa oferta un brebaje de máquina del tiempo. Para decir que la prefiero a París, a la Roma de Marcela Filippi. No tiene con qué competir ella con esas madres innegables y eternas, pero si deseara poner una silla afuera de la puerta de casa para leer y que el sol dore lo ya indorable, me quedaría con Odessa. Kiev y Jarkov son majestuosos, históricos, monumentales y ni así. Soñaba anoche, después del filme, en tomar un ferry hasta Varna, Bulgaria, navegar el delta del gran Danubio, desembarcar en Moldavia o algún paso pescador de la Dobrujda o, hacia el otro lado, hasta el kanato de Crimea, los cosacos del Don, el mar de Azov, el Kubán y Circasia, pero siempre retornar a Odessa, llena de romanticismo, de melodías en yiddish que ni Hitler ni el tiempo acabaron. Casi decir también que mi héroe es Benia Krik, y que lo veo escondiéndose entre los entresijos de la villa laberíntica.

 

Hay un parque en medio de la ciudad, al que entraba yo por la Preobrazhenskaya, con restaurantes en la floresta urbana. Nada como tomar una cerveza helada allí, oyendo el rumor no exagerado de las calles. Salir, escuchar cánticos de monjes escondidos a la sombra de iglesias ortodoxas, entrar a mi restaurante favorito, Kazán, y elegir de un nutrido menú de delicias, extraños preparados de cordero. Camino, no hago más que caminar. Visito a mi amado Babel en bronce, al atamán Holovaty, al busto de Khmelnytsky. Me siento en la famosa escalinata, compro una medalla soviética al valor, estrella roja. El puerto está activo. Esta vez no me hice a la mar; la próxima seguro, a oriente y occidente, al sur, a Capadocia, Georgia y las vertientes del Cáucaso. Si alcanza esta vida, bien, sino lo haré en la próxima, en la que no existe más que en ilusión, pero no importa.

 

Los exiliados judíos odesitas se acurrucan frente al mar. Ni Atlántico ni Mediterráneo son el mar Negro. Ni Nueva York ni Ashdod, la bella Odessa. Qué importa que se descascare, que se vaya convirtiendo en polvo como una premonición. Ese polvo es de oro, brilla como aquel de las estrellas extinguidas que recitara Georg Trakl y rescatara Ferrufino-Coqueugniot para sus propias nostalgias de exilio autoimpuesto.

 

Pienso en incluir a alguna mujer entre estas líneas pero decido que no. Dejo a la bellísima Anastasia y sus largas piernas pensantes para otro rato. Aunque, no miento, extraño su hombro en mi hombro en un banquito de la Moldavanka donde la vida no pasa. Como no pasa Odessa para los que se fueron y comen hamburguesas tristes en un boliche estilo David Hockney, muy lejos de ella. No es que en el puerto de marras fueran ricos ni especiales, pero es que lo propio es invalorable y si contiene hechizo, mejor. Yo me he enamorado de unas calles silentes o que hablan en lenguas incomprensibles. No me interesa, igual pregunto si esos peces negros vienen de la profundidad o de la superficie, si los coloridos vegetales se preparan crudos o cocidos. Odessa para mí es síntesis de tantas cosas. Villa ecléctica para el hombre ilustrado. Tatuajes de piel y tatuajes del alma, según cantaba Romualdo Brito en vallenato.

 

Invitaría a mis padres, a mi hermana Picha, a caminar desde el Alarus hasta cerca del mercado, y en un boliche pequeñito y cercano tomar café con leche con dulce repostería ucraniana. Vamos, ustedes y yo, que volamos inmateriales por el Parque Griego, mientras saltan seres, que imagino son peces, sobre las aguas que navegaría Heródoto.

29/09/2021

 

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Publicado en REVISTA NÓMADAS, 06/10/2021

 

Imágenes: 1. Centro de Odessa 2. Con el atamán Anton Holovaty

 

 

Wednesday, October 6, 2021

Cuerdas de una exposición


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Boccherini. Castañuelas. Fandango. Ordeno tres libros: Claudio Magris, Olga Tokarczuk, Diablada de Miguel Sánchez-Ostiz. Trabajo de noche. No duermo de día. Voces y ritmos: Gal Costa, música cajun, Henry Purcell. Larga lista de deberes a mano que no voy a cumplir. Cuando amarillea el papel, lo arrojo al tiesto de basura. Doro carne para los ravioles, la baño de cerveza ligera y barata, arrojo sobre ella salsa de tomate que parece sangre medieval.

 

Las redes sociales se detuvieron por varias horas; el mundo dejó de ser mundo, lo imagino. Nuestras frágiles relaciones dependen de otros. Tal vez siempre fue así.

 

Se siente el otoño y digitalmente pinto una foto de hojas ocres y sepias. Les feuilles mortes de Prévert, cuando todo era mejor, lo suponemos. Irina me dice que le gustaría una banda si un día nos casamos. Me encantan las bandas. Cuando llegaba de los Estados Unidos a Cochabamba, Ligia me recibía con banda y carteles, como diputado nacional. De detrás de las puertas arremetían con Pan de arroz, del gran Arturo Sobenes; y cueca; y La Sandunga, ay, mamá por dios… Corrían caipirinha, minutos y horas. Gastados zapatos del zapateo. Hojas muertas. Caían de los árboles. Ni hojas ni árboles ya; una monumental torre de metal distribuye un entramado de cables, como para tener crucifijos y oraciones.

 

Cuento las botellas de vino. Me quedan ocho tintos y dos blancos dulzones. Y, no olvido, vino semi-dulce hecho con la fruta de la granada en los hermosos y laboriosos valles armenios. Lo usaré para cocinar pollo a la olla o al horno, con ciertas referencias de comidas iranias. Soñaré entonces que descanso a orillas del Caspio, vagabundo como Gorky, pensando en una Malva que en mí tiene otros nombres, tantos varios que no me decido por uno ya que no dispongo de medios ni de carácter para intentar un harén. Bromeo, claro, porque quisiera aprehender toda la belleza en uno. Tenemos algo de prometeico, en ambición y en rebelión, y no está mal.

 

Todas las mañanas del mundo, se llamaba aquel filme. Mucha tristeza, egoísmo, y la viola da gamba de Marin Marais como voz del paraíso. Llanto de mujer desgraciada. De fondo la apesadumbrada música de Monsieur de Sainte-Colombe.

 

Miércoles, Kate apenas duerme en una cama muy lejana. Dolor y virus. Conversamos un poco. Avanza el otoño, tiene pasos pesados. Desde mi cueva diurna aguardo la noche para salir a cazar.

06/10/2021

 

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Fotografía: Les feuilles mortes/CFC, 2021

 

 

Thursday, September 30, 2021

Contratapa para LAS HORAS DE MÁS, de Emilio Losada


Claudio Ferrufino-Coqueugniot


Las horas de más, de Emilio Losada. Segunda novela de este escritor español que leo. La primera fue Aviones de fuego, cuya prosa todavía me deslumbra. Emilio Losada ha acuñado un término para un tipo de escritura actual: “literatura histérica” y ha resultado maestro en el género. Sexo, ráfagas de palabras como ametralladoras, desprecio por convenciones, empatía, piedad, en medio de un caos general frenético e imparable.

Las horas de más tiene un delicioso y osado argumento, que incluye amor incestuoso, violencia, locura en serio y fingida, misterio y provocación. Estos elementos, en el protagonista, no son resultado de la idiotez o la inercia, sino del talento y una visión de la vida sesgada y egoísta, como supongo debe ser para quien se precia de su presencia en el mundo.  No podría haber mejor elección del lugar físico donde se desarrolla buena parte del texto: Tánger; la sombra del vicio junto al genio.

Como ecléctico y sin embargo escogedor lector, tengo que decir que, para mí, esta obra de Emilio Losada destaca sobre todo por la forma. Prosa irresistible que no necesitaría argumento para sostenerse. De esas prosas hipnóticas que tienen que leerse de principio a fin. Casi una adicción, diría, un punto que cualquier escritor desea alcanzar. Detrás, se agita el espectro de dos gigantes de los que se nutre: Cervantes y Céline. Lo dicho basta para lanzarse a sus páginas, para perder, a conciencia, la razón.

Denver, agosto de 2021

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Fotografía: Portada de Las horas de más (Editorial 3600, La Paz, septiembre 2021)

Wednesday, September 22, 2021

Dormir despierto


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Todo parece nada, un día otro día. Se vacía la botella de ron y no la toco, corre por entre los pezones de mis amores y evapora.

 

Un día otro día; el domingo, sábado, y el lunes, domingo. Escucho automóviles pero no observo choferes. Entre el mundo y yo una persiana color crema. Gritan las mujeres, gritan y no me alcanzan. Me he volcado en el ataúd, como Gogol; me he ido de la tumba, como Gibrán.

 

No sé qué me gusta más de ti, si tu nariz o tus pies. Son largos, ambos, delinean el cuerpo, lo esculpen. La desnudez de tu nariz estremece, las nervaduras de tus pies, rimmel sobre las uñas. Un día otro día. No dormí por la mañana y sin embargo soñé bastante. Se me apagaron los ojos y muerto ya hubo calma de línea recta. Paz de la geometría, filosofía griega.

 

No lloro desde mi nacimiento (mentira); No duermo desde 1989. Este país devoró mi noche, la convirtió en foco de neón. Desde aquel enero, que para mis padres significó el alejamiento del drama y acercó la inseguridad del futuro, no descansé. Me inflamé de la retórica norteamericana del tiempo oro, y aunque el oro se desvaneció entre amores como alcohol sobre pechos de mujer, quedaron las horas despierto que todos dicen la vida me va a cobrar pero que en números afirma que viví más que cualquiera. Si cuento tres horas de letargo cada día, digamos cuatro, y las multiplico por treinta y dos años hay una cifra monumental de ganancia en tiempo despierto. Allí amé, sufrí, leí, fui cruel y apacible, bucólico y eufórico, besé casadas y viudas azotando mi piel como cuero de curtiembre. Vi Istanbul y Panamá; Nueva Orleáns y Narbonne. Encima de camiones, colgado, sentado en el pretil, viento en rostro, subí y bajé la cuesta del Meadero, la de Yocalla, la de Sama, más al sur; miré el color de helado de las quebradas en Humahuaca y sentí el áspero vino casero en Montiel, tierra gaucha. De la apacheta de El Negro se veía Morochata, pero era aparición y no pueblo. Gendarmes argentinos, a las dos de la mañana, paraban los buses y bajaban pasajeros para encontrar terroristas. La puna helaba en Tres Cruces. De cruces se llenaban los cuarteles, y las curvas hacia el precipicio. Igual a los remolinos del Madre de Dios, cuando Antje me contaba que su amiga alemana se sumergió y nunca salió. Estas últimas cosas cuando todavía dormía, pero iba preparando la senda que anunciaba que había que verlo todo o morir. Nunca lo veré ya, ni después de ido, pero por estas pupilas ha corrido mucho, lo más triste, el desastre. Y lo más bello: mujeres. Que no venga el sueño, que las cabras con lomo de oro pastan en los valles georgianos, que leo hace poco que todavía preparan aloja en Cochabamba. La creí perdida, de color púrpura, apenas saliendo de Quillacollo hacia la entrada de Chulla, en casa de algún compadre de mis padres. O, ebrio, una chichería en Vinto Chico con las paredes de adobe con afiches británicos de la Segunda Guerra Mundial. Ya despierto no lo vuelvo a ver, menos dormido, muerto quién sabe, si los muertos en Madagascar todavía cenan con los vivos.

 

En Tres Cruces ahora incautan cocaína, en los años setenta eran gente. Los vagones congelados esperaban sobre rieles el visto bueno para pasar. Entre sombras caminaban otras aún más oscuras, agentes secretos de la muerte, sedientos y hambrientos.

 

No he dormido, y no quiero dormir. Si recuerdo el sur es porque vengo; no olvido secos ríos por los que un día me juré subir hasta encontrar las aguas. Si descanso se irán, la modernidad y el narco van consumiéndolo todo. También tengo que escuchar los tambores rituales en los acantilados de Malí, rincones en donde el pueblo dogon talla máscaras de dos metros. Danzantes del fin del mundo, acurrucados contra la piedra, igual que fieras asediadas.

 

Máscaras, ellas esconden si tenemos los ojos abiertos o cerrados. Entumecidos, enrojecidos. Un corrido perrón, El mono de alambre, a todo responde que “chinga tu madre”.

 

Las acequias de Bella Vista cantaban. En Chocaya bramaba el agua, y tú, G, te desvestiste para contarme cuarenta años entonces que te afeitaste el sexo por mí. Hoy es moda. Ayer, cuarenta años entonces, no. Debajo de la cremallera apareció una visión, tenía rugosidad de marraqueta y olor de durazno. Pervivimos en las emociones, lo sensual, la piel sobre piel de greda, cabellos frotados de jamillo.

 

Un día, otro día. Ayer y hoy, la muerte contra los ojos abiertos. Cuando los cierro, permanecen abiertos, sigo viendo, mirando, observando. Lo hacían Homero y Milton y Borges. Por una senda de cáscaras de castaña caminan mujeres a traer sal y hielo. Con paños mojados cubren las barras para que no las mate el sol. La sangre del hielo es transparente pero es sangre. Y tú te escondes sin saber que lo que haces lo sueño yo.

22/09/2021


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Fotografía: Máscaras Dogon, Malí