Wednesday, December 13, 2017

MADRID-COCHABAMBA, en viajes de idas y vuelta

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Thomas Bernhard sostenía que su ciudad natal, Salzburgo, era una enfermedad mortal. Al menos lo fue para él, que vivió con ella y sus habitantes enfrentados, en la vida y en la literatura, y la utilizó como piedra de amolar para su ingenio vitriólico y su encono inextinguible. Las relaciones del escritor con la ciudad en la que vive o en la que ha nacido y lleva como una carga en la memoria, son raras, no siempre, no por fuerza felices, salvo que engañe y se engañe de paso para mejorar el trago. Aquellas en la que ha ido a parar de grado o por fuerza, lo mismo.
               
La ciudad como espejo de la propia vida y de una aventura en la que debatirse a brazo partido. Ciudades natales o al paso, vividas de la mejor y la peor manera posibles, refugios de expatriación o del nuevo arraigo en las que llevar vidas fáciles o vidas azacaneadas. Tarde o temprano todas son para el escritor escenarios de la remembranza esteticista, de la memoria helada o del alegato de la revancha legítima, más o menos bienhumorado. Los personajes que en una y otra aparecen son muy distintos, los colores y perfiles también. Las primeras suelen tener por objeto contentar a los paisanos y, si son exóticas, a los lectores; en ellas la estampa se impone al recuento de la propia vida que así se escamotea. Solemnes baboserías, de mucho rédito.

En Madrid-Cochabamba, de Pablo Cerezal y Claudio Ferrufino-Coqueugniot, veo poco de remembranza esteticista y a cambio encuentro memoria descarnada tanto festiva como dolorosa –«Allí donde toques la memoria, duele», escribía el griego Seferis–, celebración de la vida vivida y compartida, con sana melancolía que invita al trago y a compartir mesa y trago, con humor burlesco y poco sentido del salir a escena con empaque del romántico para quien todo lo relacionado con las ciudades es «mágico» o «misterioso», o no es.


A veces una carta es un mapa, una invitación a recorrer constelaciones, escribía yo hace treinta años. Y quien dice carta, dice novela, crónica, fotografía, película de madrugada... Espuelas del alma. Esto es lo que me ha sugerido Madrid-Cochabamba, escrito a cuatro manos desde lugares bien distintos, extraterritoriales ambos para sus autores. Cerezal, que estaba en Cochabamba lo hizo de su Madrid lejano, escenario de vilezas y de una vida cada día más difícil para quien no forma en las filas de los privilegiados, que tal vez le puso en el camino de Bolivia, entre otros, y el que está en los Estados Unidos, bien lejos, lo hace con tanta nostalgia como furia de su Cochabamba natal, desde su cotidianeidad de una vida dichosa por intensa, entre libros, platos cocinados con placer y mimo, música, tragos. Ambos escriben como forzados de vidas propias y ajenas, sin darse tregua, en el combate con la época que les ha tocado vivir o consigo mismos.

No hay lector que no tenga su Madrid y su Cochabamba, su Aurora y su Vallecas, aunque no se llamen así. Y habrá madrileños y cochabambinos que no reconozcan en estas páginas su ciudad, mientras que otros estoy seguro de que la van a conocer un poco mejor. Ese es para mí el valor de esta crónica de la memoria y de dos ciudades muy distintas que en ella une el poder de la escritura a caño abierto, sin contemplaciones. Escritura sin amo esta.

Lo cierto es que Madrid-Cochabamba invita al viaje de ida y vuelta, al viaje en la geografía y al de la memoria.

«La memoria semeja también un viaje al fin del mundo», escribe Claudio, porque el suyo lo es y tú te ves en escena exclamando: «¡No regresaré más!». Apagan las luces, sales del teatro, en la taquilla te informan de que la entrada ha sido algo menos que regular, y te dices que darías cualquier cosa por estar allí, en otra parte, en Madrid, en Cochabamba, en el camino. Es cierto que siempre tiene que haber gente en movimiento para pervertir a los que están en reposo, pero estos dos furtivos de la escritura, lo hacen a parado.
               
Pablo Cerezal es de Madrid, Claudio de Cochabamba y vive expatriado en Aurora Colorado, USA. Ni Madrid ni Cochabamba son mis ciudades, pero  las conozco por haberlas vivido y pateado durante temporadas más o menos largas. Ciudades algo más que de paso. A Madrid caí porque no sé qué limpiabotas senequista y prestamista de gorrones decía que era el rompeolas de todas las Españas. Bueeeno... Ahora mismo la doy como una ciudad perdida, por no decir enemiga, por mucho que me guste y haya gustado patear sus calles de noche y de día. Le dediqué un libro titulado Peatón de Madrid. Me quedé corto. Mi Madrid no es el mismo que el de Pablo Cerezal. Por fuerza. El mío puede que llevase la fecha de caducidad entre sus líneas. El de Cerezal no. Envidia cochina la mía. Madrid tiene muchos Madrid dentro, depende de dónde vivas y de la fortuna de la que goces. El de Pablo Cerezal es un Madrid poco castizo, poco de estampita, que es lo que se lleva. Es bronco y a la vez resulta familiar, no solo para habituales de la cama del diablo de la que hablaba Waits, sino para los burlados, los pícaros y los del coge la puerta y corre, corre.  Y es que Madrid es una buena prueba de que las ciudades solo son gratas si no tienes que entrar en ellas a punta de navaja.

Leyéndolos en su juego de pie forzado y réplica viva me doy cuenta de no es que haya muchos mundos que están en este, que también, claro, no le vamos a llevar la contraria al poeta de fama, que para eso la tiene, sino que una ciudad encierra otras ciudades, no todas invisibles como dicen los exquisitos morandos, basta con asomarse a ellas y en lugar de adornarse con Gymnopedias, de Satie, hacerlo con Mark Knopfler en su Última salida para Brooklyn.

En Cochabamba caí antes de conocer a Claudio Ferrufino. Me sedujo no solo porque tiene cielos que dan ganas de zambullirse en ellos, decía el Ramón Rocha, sino por sus mercados –«¡¿Pero en qué sitios te metes!?» y sus picanterías. A Claudio lo conocí de una manera pintoresca de veras. No en Cochabamba, sino en un hotel de Santa Cruz. Él sentado en una mesa y yo en otra, y sin hablarnos. Él escribía en una mesa, yo en otra. Nos mirábamos y bajábamos la cabeza. Perdimos una oportunidad gloriosa de conocernos. Luego le escuché una soberbia conferencia sobre esta literatura o escritura del desarraigo y la expatriación del nómada forzoso que se nos viene encima y va a ventilar los aires de tufo hediondo de una literatura que si no huele a muerto, sí cuando menos a cerrado. Esto lo sabe muy bien Cerezal que tiene ojos de pájaro y oídos de cazador furtivo, así lo he visto en las terrazas de Cochabamba con su libro de crónicas marroquís en la mano, las del viajero por sueños y memorias, por los laberintos de las ciudades y por los papeles: es un hábil perseguidor de huellas literarias ajenas porque marca las propias.

Vuelvo a Claudio y a Cocha. En otro viaje, después de haber leído su soberbio El exilio voluntario, nos conocimos en una noche de acullico furioso, tragos, guitarreo, más el charango del Danger, y unas cuecas finales, hermosas en la poca luz; noche de trueno aquella, en compañía del Julio y el inolvidable Chino, entre taxis y cervezas y un rotundo «¡Abrés la reja o te la echo abajo a patadas!» que dijo uno, no me acuerdo quién, lo juro, pero sí que fue un ábrete sésamo que nos permitió entrar en un antro, que me parece anda por estas páginas, en el que hubo mucha conversación entre gente que dormía tirada debajo de las mesas. Nos tomaron en varios sitios por maleantes de profesión u oficio, que le dicen, y sin duda lo somos. La mala reputación de Brassens: no hay mejor fe de vida para un escritor que no lambisconee.
               
Pablo sabe de Cochabamba por haber vivido en  ella y haberse dejado el pellejo en algunas de sus calles junto a esos que llaman «los más desfavorecidos», que son tantos que al final ni los vemos. Conoce su lado menos amable, el de las colas de inmigración. Un país no lo conoces hasta que haces una de esas filas. Al final, Cerezal sabe que una cosa es viajar por cuenta del gobierno o haciendo turismo organizado, o a la caza del documento humano, es decir de la tragedia hecha espectáculo, al que sacarle tajada europea –un pingüe negocio a estas alturas–,  y otra, bien distinta, padecer a los gobiernos, a todos. Pablo no es de estos, pese a haber conocido esa cara menos amable que por fuerza tiene Bolivia, como la tienen los Estados Unidos que Claudio exorcizó en El exilio voluntario, y como la tiene España ese país de todos los demonios cuya historia es triste porque termina mal.

Parecida perspectiva es la de Claudio desde lejos. Entre tanto literatura, escritura con la vida por delante o a la espalda como acicate bravo de este concierto de comidas, bebidas, puticas sin fortuna, burdeles, bicicletas, canciones, muertes, vidas, alcoholes venenosos o para aquietar el alma, como decía Montaigne... A lo dicho, hay páginas que son mapas, invitaciones al viaje, estas, carajo, estas, aunque solo vayamos a la vuelta de la esquina para regresar de seguido que ese parece ser el sentido de todo viaje, aunque no sepas a donde, aunque no encuentres otro lugar que tu memoria... «¡Y ya nos vamos yendo!», exclama el postillón que maneja, con mano firme y mucha noche en los ojos, las riendas de este tiro de caballos locos.



                                                                                Arraiotz, diciembre de 2014.


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Prólogo a las dos ediciones de MADRID-COCHABAMBA (La Paz, 2015-Madrid, 2016)

Tuesday, December 12, 2017

Bolivia monocorde/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

11:28 p.m. Grata sorpresa: Enrique Bunbury canta la vieja Chacarera del triste. Y Ánimas, de México. En su estilo, que no quita belleza al original.

Cruzo la línea entre Aurora y Centennial. El frío apenas arriba de la congelación. Pienso, escuchándolo, en la diversidad y aunque el entorno no tiene nada que ver con el sujeto, recuerdo Bolivia.

Se hace medianoche. Bajó un punto el termómetro y el auto rompe charcos de cristal en el piso. Único ruido. Y el motor.

Bolivia. País multifacético, colorido, controversial, misterioso, nunca sobrio. ¿A qué se redujo? A la imagen de un reyezuelo asiático, africano, preocupado por la permanente que lleva y porque lo bañen en agua de azahar. Al menos Roma tenía sueños de conquista, aprendía técnicas de guerra de los galos, crecía plantas, escribía historia. Evo Morales no pasa de triste esperpento lleno de oro; Midas aborigen sin otra razón de ser que el poder y la riqueza.

Así perdimos todo. Piezas de nuestro pasado. A nadie, o a muy pocos, en posición de gobierno, le interesa permanecer como ente histórico, recuperar detalles, destapar lo escondido, estudiarlo. Trashumar por las mentadas 36 etnias para darnos cuenta que no alcanzaría la vida, ni muchas, para penetrar en los arcanos de cada una, en lo visto y en lo innombrable. La práctica, su retórica de poder, sumadas al verbo insulso e insultante de doctos jumentos que se festejan como intelectuales los caracterizan. Lo indígena es utilitario, por ahora. Nadie ha hecho más que ellos, masistas, para destruir la cultura ancestral. Nadie ha vendido como ellos, transado en favor propio, con lo que queda de una saqueada herencia autóctona. Venden al mejor postor todo lo que nos liga de atrás hacia el futuro. Alrededor del oro, hay que repetirlo igual a martillo hasta el cansancio. El dinero como creador de actividad pero no de trascendencia. Atacan, muerden, cobras escupidoras sin temor de regalar a sus madres por migajas.

¿A qué la relación de esto con la música de Bunbury? El artista navega en un mundo que le es desconocido en su mayoría, unido a él por un vértice, fuerte pero no demasiado extenso: el de España. Gratis porque dudo que ganara mucho rescatando músicas viejas de un continente perdido. Quizá porque algo de él se perdió también allá, en la pampa argentina que no tiene fin, en los manglares del Caribe o en el aire férreo mexicano, de sol de muerte. Es Pedro Páramo en blanco y negro, en un espacio en que el silencio es más sonoro que el ruido. Buscar, así de infructuoso sea, buscar siempre con un hálito de alma del que carecen los comerciantes del Palacio Quemado.

Hay poética en una vendedora de tomates del mercado. Solo asco en el burdel plurinacional que resalta entre la desesperanza ignominia e ignorancia.

Recorro con los dedos un aksu de Salinas de Garci Mendoza. Flores entre figuras romboides y los que deben ser flujos de agua, a un lado de extensa pampa de marrón oscuro. En ese mínimo encuadre está guardado el universo andino: las inflorescencias de la quinua, un pato y un aguilucho solitario. Eso es viajar a la esencia de lo que somos. Pero, dice Evo Morales, mientras se le llena la boca de indios (sin despeinarse) para embaucar a la gringada, la que lo subió al trono en su real intento colonialista cubierto de “corrección política”, que vamos en triunfo hacia la identidad y territorio. Quien menos comprende lo que significa el indio, lo que fue y devino luego de Castilla, el futuro que aguarda e intentar salvar lo poco que quedó, es Evo Morales, sirviente mayor del capital, empresario desmedido, injusto, esclavizador. Fabulador. Sátrapa. Pongo millonario de Wall Street.
11/12/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 12/12/2017 

Fotografía: Getty Images

Monday, December 11, 2017

Fanáticos salvajes

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El 2001, los monumentales Budas de Bamiyán, Afganistán, fueron destruidos con dinamita y disparos de tanques por considerarlos los talibanes, entonces en el auge de su poder, ídolos que contravenían el Corán. Se perdió con ellos un invalorable patrimonio de la humanidad. Estulticia armada.

Hoy, hace unos días, Donald Trump, compulsivo metemano y amo de los Estados Unidos (algo injusto decirlo porque hay una fuerte y razonada oposición, aunque a eso apunta), quitó el 85 % del territorio al Monumento Nacional Bears Ears, Utah, cediendo a presiones petroleras y mineras, amén de a su base votante, blanca e iletrada, campesina, que desea usufructuar esa tierra en beneficio propio. Bears Ears cuenta con al menos 100.000 sitios arqueológicos de las naciones indias. Ejemplo son las fabulosas pictografías en los muros de la montaña del parque, lastimosamente dañadas por disparos de cowboys ansiosos de destruir la historia y reinventar otra de estupro, alcoholismo y drogadicción.

Tanques disparaban en Bamiyán. Armas de largo calibre en el oeste “americano”. El blanco: historia, cultura, diversidad, minorías étnicas. Por ahí, en las redes, alguien alegaba acerca de las diferencias entre el hitlerismo y el trumpismo. Aterrador pensar que están más cerca uno de otro de lo que asemeja. Cada movimiento en su entorno singular, claro, pero con acercamientos peligrosos en el amplio panorama, el de las decisiones colectivas que son las que traen genocidio y campos de exterminio.

Luego de una corta primavera, el mundo parece de nuevo inclinarse hacia los fanatismos. La globalización ha traído de consecuencia que lo que pasa en Sudán afecta en Europa, y que la tragedia siria va delineando otra Turquía, por citar un par. Ante esa perspectiva, Trump, hoy, y los talibanes ayer, trata de bloquear el desarrollo histórico, aislarse como en hospital y purgar los lunares internos que podrían significar obstáculo para su retórica… y caos. Equivocado uno como lo estuvieron los otros. Por supuesto que se puede forzar -temporalmente- cualquier cosa. Se ha visto a menudo y en demasía. A la larga todo se reestructura de manera dinámica y encuentra equilibrio, así sea engañoso y también parcial.

Hay cosas como la supervivencia de Israel, que tendrá éxito solo si se mezcla con y permite participar en el proceso nacional a la población palestina. De no hacerlo, lo que les cuesta entender, perecerá; igualmente, Estados Unidos no puede -menos debe- volcar la cara al sur. Allí está su permanencia y su poder. La fuerza de trabajo latina, en constante renovación, es la que permite que todavía se sigan pagando jubilaciones. La mano de obra, incluida la indocumentada, alimenta el sistema, lo reanima, impulsa y desarrolla. Sin ella, en el idílico universo blanco de sectarios armados de ultraderecha, inminente sería la catástrofe.

Austria, Hungría, Polonia, se inclinan al nacionalismo recalcitrante. Steve Bannon, el ideólogo del trumpismo, sueña con Auschwitz en el desierto de Arizona. Para eso, mantener viva la llama de la esperanza blanca, tiene que recurrir hasta al apoyo de renombrados pedófilos. Construir, entonces, la nueva “América” con cualquier elemento de parecido color y contextura. Nada más endeble que el vicio y el odio como entes asociadores. Terminarán devorándose entre sí y siendo numéricamente avasallados desde el sur.

Violentos fanáticos. Salvajes. Dementes e ignorantes. Tuertos, ciegos, discapacitados y desarreglados. Bienvenidos al mundo del guiñol en fase oscura.

Los talibanes van camino de retomar Afganistán. Se adueñaron de más de la mitad del territorio. Trump, a pesar de la investigación de sus tratos sucios con Rusia, puede por ahora saberse intocable para su reelección a un nuevo término. Evo Morales, en Bolivia, ha puesto en la Plaza Murillo un pesebre (su pesebre) que indica a la multitud que el Cristo redivivo es él. Igual de profeta se creyó Saleh, en Yemén, y tiraron su cuerpo a la carrocería de una camioneta con menos respeto que se tira un gangocho con papas.  
07/12/17

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Publicado en INMEDIACIONES, 08/12/2017

Fotografía: Monumento Nacional Bears Ears, Utah 

Friday, December 8, 2017

3 MICROCUENTOS

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

AMSTERDAM…

Bordas. Tulipanes, otros como floripondios. En tenue rosa, crema. Las amarylis guardan jaspes de apagado carmesí. Te graduaste en los cursos especiales del Rijksmuseum, en textiles antiguos. Gobelinos. Pero no veo unicornios. Mataron los árabes al último, apenas bajaron de las naves. Fue el día en que degollaron a Theo. Cruzaron el Ponto, en sentido opuesto a los aqueos, en venganza de los aqueos. Pero, dices, esos eran persas, y lidios y paflagones. Hoy sirios y afganos que ni árabes son. Los mismos, le digo, mientras cierro el chaleco cargado de bombas y ajusto una bandana negra sobre la frente que reza a morir en contra de infieles.

¿No te veré otra vez, no? En el cielo, en el harén de las niñas. Ella agacha la cabeza y borda. Un tulipán de ébano esta vez, al lado de una estatuilla de gordo y pálido querubín. Para recordar.




AMSTERDAM 2…

Flora me llamo, y recojo con cucharilla los restos de mi amado. Ha desaparecido, como el unicornio, y creo que la pañoleta que cubría su frente ocultaba el marfil del cuerno que brilla. La policía me expulsa; estoy contaminando las pruebas… Guardo un pingajo apresurado en el bolsillo del jean. Apenas entra. Cuando retorno a casa una mancha señala lo poco que quedó de él. Lo nada que quedó de ti.

Lavo las manos. Beso tu sangre que se va disuelta. En un botellón de alcohol, demasiado amplio para tu poca carne, te dejo, al lado de la lámpara, cerca de la ventana. Así por la mañana te da el sol.




NEGRO TULIPÁN

Exhibo los tejidos, los vendo todos menos uno, el de metro y medio por tres cuartos, que es pálido como el querubín a pesar de ser gordo. En el llano claro resalta una flor negra, un tulipán de Holanda, de los Países Bajos que para mí se hundieron ya desde que no está. Imagino que rema con los otros, hermanos y primos, y desembarcan en Grecia, en Bulgaria, en Dalmacia y Nápoles. Vienen, suben, nortean. Aguardaré su llegada; sobre mi pecho, cortado ya el tapiz queda solo la flor de sombra. Por ella me reconocerás, por ese color airado que para todos implica muerte y besos, solo besos, para mí.
  

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Publicados en ANTOLOGÍA IBEROAMERICANA DE MICROCUENTO (Compilador: Homero Carvalho, TORRE DE PAPEL, 2017)

Wednesday, December 6, 2017

Deleznables criaturas/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Difícil mantener la mesura. No estamos con un café a mano viendo pasar el desfile. Hay el asunto de la censura, la autocensura, la prohibición. Álvaro García, frenético, amenaza con encerrar a “cualquier cachafaz”, sin darse cuenta de la acepción de “simpático sinvergüenza” que tiene esa palabra, y menos de la historia del gran bailarín de tango, El Cachafaz, “feo como la noche” pero de ágiles piernas y rodillas. El señor utiliza el lenguaje como fregona el trapeador.

Casualmente, porque Andrés Oppenheimer no es individuo de mi predilección, veo la entrevista que le hace a la presidente de diputados de Bolivia. De no creer cómo el lenguaje en manos de gente inadecuada se convierte en desecho de muladar. Pobre Cervantes viendo a este rebaño martizirar el verbo. La señora en cuestión, que Dios me libre de proferir las inmundicias que me vienen en mente y callarme y mantener el control, o usa una monumental cantidad de maquillaje o simplemente no tiene sangre en las venas. Uno que se ha movido en el bajo mundo de distintas ciudades y visto, oído y hecho lo que no debiera, todavía guarda alguna vergüenza. Por eso prefiero a los malandras que a los políticos. Hay algo muy humano en robar o matar, y muy poco en mentir con tal descaro.

Leo a mi amigo Wim en sesudo análisis de las elecciones judiciales y del panorama en general y en perspectiva. Me alegro que los analistas desglosen los asuntos y comenten lo particular para referirse a lo extenso, pero eso no es lo mío. Yo estoy en la ira. Y a pesar de que opinan que es mala consejera, seguro estoy de que existen ocasiones donde la razón debe dejarle paso y permitir el vendaval que trae con las consecuencias que tenga. Al fin, uno solo tiene que reportarse a sí mismo y justificarse ídem.

Lo que ocurre en el país no es que sea innombrable: tiene nombre. Uno, arriba, seguro, un capullo después, y larga lista de orcos siguiendo (para dar crédito a Tolkien en retratar la fealdad y la bajeza). ¿Qué hacer al respecto? He leído incluso que algunos se han encomendado a los cielos. En santería estarán perforando figurines de líderes con todo objeto punzante y cortante, mas la pregunta sigue: ¿Qué hacer?

Habrá que retornar a lecturas del medioevo, porque en esas estamos, y por supuesto hacer énfasis en los aspectos económicos y sociales que marcaron con especificidad de lugar aquellas vidas. Pero, sobre todo, en cómo lidiar con la omnipotencia, la impunidad, el desprecio por la ley y el colectivo. Tal vez en los arcanos profundos y penumbrales del pasado encontremos respuestas.

Tal vez en los violentos.

Maestros del retruécano. Sin que implique destreza de bien en la lengua, riqueza en la retórica, avidez en la metáfora.

Duro de creerlo pero en la América que fue asolada por el terror por siglos vemos levantarse la monarquía absoluta con visos de divinidad. No solo se puede culpar a los ejecutores sino a quienes lo permiten, a esa mayoría indígena que aparte de berrinches y coloridos emblemas sabe y siente que nada nuevo esté ocurriendo. Revive el masismo la triste tradición de patrones y pongos. A los intelectuales (muchos también que ahora se declaran oposición) seducidos por laureles y vanidad sin límites. Debe ser extrema sensación asumirse como parte de la historia sin darse cuenta de que la historia no se escribe hoy en Bolivia con perspectiva de futuro y de estudio. Es tan simple como decir que aquí y hoy se activa y se pinta el descarado latrocinio exento de legado positivo.

La diputada, de cuyo execrable nombre no quiero acordarme, puede continuar su idilio. El poder, como el amor, de los que participa, suele caracterizarse por lo efímero. Lo lascivo no le quita lo mortal.
04/12/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 06/12/2017 

Imagen: Faustino Bocchi/La fertilidad del huevo

Friday, December 1, 2017

Queda la palabra

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Recurro a Blas de Otero: (…)si he segado las sombras en silencio, me queda la palabra(…). Seguiremos segando las sombras, más espesas y profundas hoy en Bolivia. Había un presidente de turno (digamos) y el turno se ha convertido en posición vitalicia. Evo Morales, junto a su segundón, lo ha decidido. No importa el voto del 2019, ni ningún otro. Lo hecho, dicho está: es, de hoy en futuro, presidente eterno, hasta que la economía lo derrote, la muerte (le ocurrió al “divino” Chávez, el llorón), o avatares que no faltan en un país en apariencia de rebaño pero en lo interno rebelde, sino imposible.

Lo ideológico no cuenta, para nada. Por aquí ni revolución ni Cristo pasaron. Es un negocio, imperios familiares, feudos. La meta, el sol rojo al supuesto fin del camino, no son la hoz ni el martillo, instrumentos que nos arrebataron a los trabajadores, sino Miami. La Meca está en la sociedad de consumo, en el dispendio de lo robado, la compra de estatus como los porqueros compraban títulos nobiliarios (hasta en mi familia paterna hay en Ayopaya un Marqués de Montemira que posiblemente ni escribir sabía).

Pues, ya está, Evo Primero coronado. El trono de hojas de coca esconde oro y sabemos más. El saquito con motivos tiwanacotas supone una burla de la cultura ancestral, no porque no se pueda usar los motivos indígenas en moda u arte moderno, pero en la idea de que sirve de parafernalia de atroz mentira. El “indio” no es tal. Ni Orinoca el principio del mundo. Aquí lo que cuenta y suena son dólares, bien “americanos”, bien gringos, en el idilio que tienen Morales tanto como García, y el montón de bueyes alrededor, incluyendo los milicos que hasta pueden disfrazarse de papayas si les pagan, con el “imperio”. Sueñan con el imperio, con pasearse en NY por la Quinta Avenida y airear sus andinos traseros, o no tan andinos, incluidos cambas, y decorarlos para que no parezcan tan burdos ni tan hediondos. Escatología plurinacional.

Seguiremos, entonces, segando maleza. La hoz sigue vigente cuando se usa en lo que debe, en cortar la testa de la hidra. Y el martillo, por supuesto, combo mejor por ser mayor. Aparte de eso, de las herramientas que son nuestras y no de los jerarcas, también tenemos un arma de destrucción masiva: pensamos, hablamos, escribimos. Mucho más que las minucias comerciales de estos gamonales ignorantes y presumidos, puro dinero y vanidad, a nosotros nos queda la palabra.

2017

Tuesday, November 28, 2017

Las fotos del presidente

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Toda una polémica. Una ministro(a) desgañitándose en tinta para defender a su… presidente. Las tomas en cuestión que muestran la realidad de un individuo regordete, sin duda cansado porque el poder, adulación, “postrecitos” a la manera de la guerrilla colombiana (y el paramilitarismo) y otros etcéteras deben cansar, y un periodista que hace lo suyo, Samy Schwartz, que desde la épica de la VIII marcha indígena por el TIPNIS y con inocultable confrontación con el gobierno de derechas de Evo Morales, colonialista, imperialista, con dengues nazis en medio de una retórica seudo-indigenista va persiguiéndolos con imágenes.

Veamos en detalle: el tipo retratado, con saco de decoración india pero evidentemente con ínfulas de riquillo mandamás; camisa de la misma laya, de mangas largas que sobresalen para darle el necesario tono de elegancia; un edecán-sirviente del servicio doméstico de traje militar, y un rostro abotargado por la excesiva alimentación, trago fastuoso y secretos que por ahora no sabemos pero se sabrán. Podría ser el rosado Trump, que a veces se pone púrpura; el amarillo coreano que cambia a naranja; y el aymara que de marrón oscuro tiende a morado. No es cuestión de razas sino de colores, del tono exacto para componer el retrato, que dadas las características de estos tres, y del local, en particular, no pueden resultar en Mona Lisas o Venuses desnudas. Por ahí sonríe Goya desde la inmensidad, el irreverente que calcó a los Borbones tal como eran, manga de rastreras aves, y que conmocionó como Schwartz ahora al séquito lambiscón.

Veamos: ¿por qué la ministro acusó al fotógrafo de ser racista? ¿Qué quería que mostrara? Evo Morales no es Brad Pitt (sabemos que lo desea). La racista es ella que ve en el reflejo preciso del cacique aquello que detesta: la indiada que tiene rasgos de vía crucis para los bolivianos, algo que se arrastra de por vida y de por vida se quiere eliminar y disimular. El drama de Bolivia, por sobre el resto de problemas y conflictos, es la herencia india, esa que se quiere descalificar, soslayar, esconder, mimetizar. Morales se declara indio y allí salta la jauría a tratar de desmantelar la realidad. En lugar de decir: ese es nuestro presidente y nos sentimos orgullosos de él, salen a los gritos, brincan como ranas y meten las cabezas bajo tierra, avestruces que son. Lo que debiera avergonzarlos es tenerlo tan acicalado, tan a lo Rafael Leónidas Trujillo, posiblemente con cremas blanqueadoras, inciensos de lavanda y sales de baño, amén de calzoncillos Gucci que cumplen igual labor que cualquier otro, la de ocultar el supuesto pecado.

Ahora, y creo que no se ha mencionado el tema, Evo Morales aparece en esta serie esperpéntica no con aires de héroe troyano o de cazador de leones. Cierto que nunca fue muy varonil pero ese es pecado venial en comparación con sus acciones de gobierno. Si necesitan un presidente que dé la imagen de un macho alfa, de preservador de la especie, ténganlo como lo que es, un rústico campesino de duros rasgos, que no hay vergüenza. Si de nacimiento, de por sí, el señor no da la impresión falsamente necesaria de ser un brutal y desenfadado macho, pues no lo decoren tanto que no es arbolito de Navidad. Déjenlo molle o, ya que viene del altiplano, paja brava. Mejor así.  Por supuesto que en esto tropezamos con las inseguridades y deseos insatisfechos del déspota. Allí no se puede ganar. O se es lo que se es o no, bien simple. O se gobierna o se menea como bailarina. Se es estadista o diva. Y las carreras en el estrellato acaban pronto. O, como Mugabe, de títere de una arribista que aparte de ponerle cuernos al anciano necesita el cetro. Patético.

Si quiere salir mejor, señor Evo Morales, vístase de civil y agarre una picota para cavar papas.
27/11/17

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Publicado en INMEDIACIONES, 28/11/2017

Fotografía: Samy Schwartz