Sunday, July 15, 2018

It Ain't Me Babe

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

No soy yo el que buscas; no puedo protegerte ni arroparte contra el frío. No puedo entrar en tu pasado, en los arcanos de tu vida familiar, ni en tus esposos e hijos. It Ain't Me Babe, simplemente. Que fuimos, y quizá seamos, es tan confuso como una cerveza negra que esconde el fondo del vaso. Ahí está, imaginémoslo en posibilidades, en variantes, pero no se mueve; al fin habita allí, inamovible hasta que se rompa o lo archiven. Lo real es palpable, mis vicios y tus tragedias, no, porque vuelan y se evaporan, o se vuelven a formar como heraldos negros hasta abatirse sobre nosotros cada vez más viejos, más frágiles.

No esperes de mí lo que no puedo darte, ni la sombra que en la tarde da una pared. Ve por otros soles y otros regocijos que me basta con el empaquetado de mi historia que va para largo. Por ahora.

Conservo fotos de ti, imágenes que se moverán incluso cuando tú ya estés estática. Me alegro haberte conservado incólume, antes que los malos hábitos y las malas lenguas se posesionaran del amor. Pero no me pidas ser soldado, o boxeador. No soy Leonard Cohen y bastante me aporrearon en las cantinas de DC, en Caracota, con fierros y palos, con puños y botas hinchadas en mi cabeza, para hacerlo de nuevo. Te ofrezco paz, no una gandhiana o luterkiniana, sino otra plagada de errores y llena de deseos lascivos que en amor son permitidos y festejados. Te ofrezco ser lo que soy sin pedir nada a cambio, o poco: un beso.

El poeta Andrés Ady escribía a su hermoso y malhadado amor que ella dependía de él, que si él lo quisiera la borraba con un golpe de tinta. Mentía el poeta, como suelen hacerlo, y se ahogaba en llanto. No deseo caer en el mismo error. Tú tienes las llaves de mi paraíso y mi infierno; a ti usarlas o no. Por ahí sobran hombres para coger del montón. Hasta isleños con prestados aires sajones que darán cupo, tal vez, a tus anhelos. No soy yo, querida, así quisiera serlo. No tengo otra cosa que estas ansias mestizas de hacerle el amor a tu piel blanca, de escucharte canturrear en portugués y bailar con el aire lujurias haitianas. No me pidas más. Bob Dylan me colabora y grita It Ain't Me Babe. Entiéndelo.

“Hoy es el principio de mi fin”, dirían los neofilósofos de la chatarra. No soy tan optimista. Domingo apenas pasado el mediodía. De seguro lamentas la pesadez del día sagrado, como lo has hecho desde hace 22 años que te conozco. No me di cuenta porque siempre estuve trabajando, poniendo el lomo sudado delante de todo para llenar el refrigerador de casa. Nosotros, obreros, no distinguimos entre domingo y lunes. Eso ni siquiera lo determina nuestro cansancio.

Le cuento a Ronald (en el chat) que espero los papeles de divorcio en un casquete de 105 milímetros. Guerra de trincheras, la nuestra, dura, feroz, pero recuerdo ¡y cómo no! la hoyada dulce de tu regazo, el sueño del floripondio que enloquece, que confunde. Eso, tú y tu aroma se elevan por encima del gas mostaza, y no me digas que no porque no miento.
15/07/18

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Imagen: Ernst Ludwig Kirchner

Wednesday, July 11, 2018

El traidor/MIRANDO DE ARRIBA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El 20 de abril de 1967, en Muyupampa, el ejército boliviano tendió una emboscada en la que cayeron detenidos el pintor argentino Ciro Bustos y el intelectual francés Régis Debray. El Che, en su diario, había escrito poco antes: "El francés declaró con demasiada vehemencia lo útil que podría ser afuera". Guevara desconfió, sin equivocarse, que aquel brillante joven, tan ajeno a la realidad latinoamericana a pesar de su retórica, no quería fajarse en el monte. Bustos, por el contrario, ya lo había hecho.

Sobreviviente de la desastrosa guerrilla salteña donde había perecido Masetti, cumplía un papel de enlace importantísimo en el proyecto guevarista de la revolución argentina. Por ello aceptó, en silencio, por treinta años, el oprobio de ser el supuesto traidor que entregó al Che.

Defendieron a Debray y pidieron por él importantes que iban desde Sartre hasta De Gaulle. Este último, opuesto con la línea marxista del escritor, consideraba un deber patriótico sacarlo de las garras de los matarifes bolivianos y los apátridas asesores de la Central de Inteligencia norteamericana. Cabe anotar, hoy, que Debray, ya curtido en las lides de fama y gobierno, ha tornado admirador del ya fallecido líder galo –aparte de ser defensor de la disuasión nuclear francesa, y demás asuntos nacionalistas y de derecha que lo alejan de la "vergüenza" de sus años cubanos. Nadie pidió por Bustos. En este mundo parcial hay también intelectuales y guerrilleros tercermundistas; un pintor argentino no vale la décima que un neofilósofo francés. Así de simple.

Si bien Ciro Bustos eligió el silencio para proteger sus contactos o una abstracta revolución, el tiempo se ha encargado de destapar la historia y de presentar a un Debray diferente que entra en acuerdos con el ejército de Barrientos. Los jóvenes directores Erik Gandini y Tarik Saleh realizaron el año 2000, en Suecia, un documental titulado "Sacrificio" que reivindica la vida de Bustos y sugiere que quien vendió al Che fue Debray y no él. Se presenta una carta del francés a su abogado recriminándole haber hecho público su trato con los militares, además de entrevistas al agente Félix Rodríguez y al igualmente cómplice en el asesinato de Guevara, Gary Prado que confirman lo dicho. Luego, los amigos de Debray que enlodaron a Bustos no supieron aclarar para el mismo filme el origen de sus versiones.

Resulta, a la larga, que aquel pensionado argentino que pasea su soledad por las calles de Malmö vale más que toda la cháchara mentirosa del nuevo Delfín.
7/12/03

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 08/12/2003

Tuesday, July 10, 2018

Carta a Teodoro, en la provincia Cordillera, Santa Cruz/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Teodoro, desde Camiri, me escribe el 30 de junio. Tiene 59 años (yo 58), 3 hijas, 2 nietos. Mucho por qué vivir.

Dice que me lee siempre en EL DÍA, y que últimamente ha sentido como que yo estaba bajando la guardia, casi despidiéndome de este mundo. Asegura que mi mochila no está aún llena para “subir arriba”, supongo que refiriéndose al cielo. Aunque discrepo con que haya un espacio para mí en ese éxtasis cristiano, agradezco las reflexiones de un lector desde un lugar tan alejado.

Despidiéndome… Pues, Teodoro, tiene razón en que eso es lo que querría, al menos en un momento de este mes devastador. Pero “he almorzado solo ahora” (César Vallejo) y notado que la fuente de las lágrimas se ha secado, que llega la hora de la hombría, que la niñez, el pecado, la culpa, tienen que ceder ante las atribuciones que tenemos como padres, hermanos, amigos, ciudadanos; esposos si es el caso. Peor (o mejor) si alguien en el fin del mundo reclama que mi voz ya no es solo mía, que cuando abrí la boca para protestar me hice colectivo y puse una mácula distintiva en la solapa de mi paletó.

Habla Teodoro de los jóvenes. Piensa sin duda en sus nietos y en lo que implicaría para ellos existir bajo infalibles monarcas, dueños de sol y sombra, del alumbramiento y de la muerte. Así, claro, no se puede vivir, no se debe. Se refiere a mis textos, a mi “combatividad”, y me avergüenzo de pensar que en esa trinchera me acurruqué a penar, como si el fin de un ciclo significase la debacle. Recuerdo la última cirugía de alguien muy querido, cuando me explicaban que si el estómago estaba gris tenía que ser extirpado, en parte o todo, según. Que el color rosado mostraba la vida activa y el gris lo opuesto. A extirpar lo gris, entonces, y a afinar la puntería desde ese foso solitario de francotirador. Uno no lo hace por el beneplácito público sino por convicción personal. Olvida, sin embargo, que la letra se lee, y que alguien por ahí se forma idea de lo que eres y te cree. Ya es un riesgo hablar y publicar lo acrecienta. En las sombras ni sabes quién cuenta contigo, alguien ajeno a tus debilidades y minucias, alguien al que interesa la esperanza del mensaje, que anhela un futuro para los niños suyos, que no sabe o no puede defenderse.

Provincia Cordillera, Camiri. Una persona al menos espera los martes mi columna semanal en El Día. De pronto, acostumbrado a guerrera verborrea, ve que su escritor se derrumba, que había sido de barro y no de fierro, y piensa -de seguro- en que confió en una fortaleza falaz, que aquel pasquinero era ilusorio.

Habla de un dejo, una premonición de fin, y de que no puedo segar el apoyo que daba a personas como él porque no era justo. Me pregunto ¿y el apoyo mío? ¿y la falta de besos? Beso soy, sombra con sombra, Beso, dolor con dolor, anotaba Miguel Hernández desde la hombría, y me acojona pensar -o saber- que soy menos de lo que pregono. Ahí entra la ética del combate (¡!) y a ajustarse las bragas. Hombre bragado, decían en la revolución mexicana, y mi hermano Armando me vapulea con la cantaleta de que venimos de héroes, y que hablando de mí ¿dónde están?

Abuso, cinismo, gobierno como reino. La gente se cansa pero no tiene voz. Busca en el espacio y encuentra que no todos callan, y no todos permanecen. Escribe, luego, a aquel muy al norte, en el límite donde el frío ahoga al calor y le recuerda su tono.

Teodoro de Camiri, provincia Cordillera, Santa Cruz, una nota para afirmar que estoy vivo. Que las penas vahos son. Oscurecen y al menos hoy no matan. Que vuelvo a tomar el fusil sin mirilla y atrapado por el orín, pero que todavía dispara.
09/07/18


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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 10/07/2018

Imagen: Ilustración de un arquero en el Luttrell Psalter siglo XIV.

Friday, July 6, 2018

TRES HOMBRES Y UNA MUJER


Claudio Ferrufino-Coqueugniot


El refrigerador suena como un pulmón. El 4 de julio y sus banderas han dejado la modorra de resabio. Sangrantes hamburguesas y metafísicos perros calientes. Frijol dulce y choclo en marlo.

No salimos a trabajar hoy. Atisbamos el paso de nadie por las persianas cerradas. El ambiente pide música pero me la he prohibido por ahora. Leo distraído o no leo. Me alegro que Bélgica le gana a Brasil. Converso acerca de irse a vivir a Europa. A Bolivia… ya no hay salida ni escape.

Zara escribe desde Francia que detesta los hombres débiles. Será que débil es lo opuesto de musculoso o que a pesar de los músculos el débil llora. Dice, sin embargo y en son de triunfo, que tenía razón. El tren se aleja hacia Lyon y en el andén varios hombres sollozan la partida del amor. Manejo en medio de un complejo de apartamentos. Se supone que al menos tres mil personas viven allí. Pero un chanchito de goma, rosado y gordinflón continúa echado en el mismo lugar por dos décadas. Esas sombras no se mueven.

Quiero recurrir a Cioran pero el revoltijo de la fuga dejó espacios vacíos. Tardaré un tiempo en sopesar las pérdidas. Rompo mientras tanto un afiche de actuación en SP. Lo hago con fruición, como comiendo un chocolate. Un gato rojo maúlla y músicas de cabaret, de mujeres de cafetín, traen aires de lupanar. La acompaño, le pido, robo y tengo un beso en la puerta de la casa de su marido. Otro día la ven las barrenderas en fornicación con otro en un garaje metido: polera arriba, sostén arriba, calzón abajo, falda en el estómago, y el verraco que puja y puja a la manera de una gata de automóvil. La mujer desfallece, luego se arregla y por las piernas, susurra, el esperma le quema la piel cayendo en gotas. Llega a casa, el esposo le pide un beso de cuatro de la mañana. Sudas, le dice, mientras sus dedos tocan la entrepierna mojada. Eres tú, le contesta ella, por ti me mojo, escurro y sudo. Y abre los muslos a la manera de los pollos, y sube los pies y el hombre remoja su sexo en el jugo del sexo del otro y goza. Estás diferente hoy, afirma, muy húmeda, pegajosa. Creo que desleché más de la cuenta, que andaba cargado. Se mete en la cocina, fabrica un café, y ella sube las gradas chorreando un esperma frío y otro tibio, y pensando en el beso que dio a aquel que no pedía vulvas sino solo caminar junto a ella y olerla como a cedrón.
2018


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Ilustración: Jerome Caja




Tuesday, July 3, 2018

AMLO Y LA FALTA DE NOTICIAS/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Andrés Manuel López Obrador, presidente de México. “Al fin”, dirá, luego de tanta infructuosa búsqueda y posesiones líricas. Está por verse hacia dónde va a encarar. Trump está al norte, pero sin embargo no necesariamente implica distancia entre ambos. Trump camina más cerca de Maduro y Evo Morales de lo que se piensa. Dado el caso, AMLO sería un complemento ideal hablando en términos globales; en lo singular, el nacionalismo, otro sería el cantar.

Pero López Obrador, el mundial de Rusia, la destrucción de la judicatura norteamericana en manos de The Donald, son asuntos de relleno en una vida que de pronto navega en el mar de la zozobra. Dudas que azuzan dolores y rabias; odios que atormentan hasta el extremo de haber deseado la derrota brasilera a manos de México en el fútbol. Lo privado reflejándose en el panorama amplio por un lado, y lamiéndose enrollado sobre sí mismo las más. Qué culpa tiene Neymar dando vueltas como pangolín, exagerando a la manera de su pueblo un toquecito desafortunado, de lo que sucede. Hasta un par de semanas atrás hubiera deseado que la ola atlántica y morena arrasase con todo. Hoy, hasta espero que Croacia, Rusia o Bélgica empujen a la soberbia al insalvable abismo.

Deja tus pasiones, aconsejan, que el exceso no lleva (errado estaba Rimbaud) a ningún palacio y menos trae sabiduría. Pero, volvemos a enroscarnos como cochinito de humedad de caparazón duro y flexible al mismo tiempo, y deseamos cierta venganza que alivie la pena de haberse ahogado entre deslealtad y mentira.

Desde Fairfax, Virginia, alguien cercano reflexiona acerca del olvido de los déspotas, que ni pena vale ocuparse ya de ellos, que el rodillo marcha sin obstáculo que lo detenga y que las palabras pesan menos que aquella vieja canción de los Bee Gees: son solo palabras.

Bailarla, entonces, agarrarse de la propia sombra y ejercitar pasos de baile lento, difícil en el tango, complicado en el danzón, obviar sentimientos e imágenes, burdas generalizaciones que catalogarían a todos los calabreses como delincuentes y a sus mujeres como desmedidas mitómanas. Hay que sopesar los alcances de la ira, así como los del amor, que entre ellos, y en el revoltijo de las mañas, parecen entremezclarse y perder características propias.

Intento (tengo mucha prensa a mano) indagar los detalles en la elección mexicana. Se venía venir, desde ya mucho. Hay que observar cómo reaccionan a ello los cárteles de la droga, que varias cosas se dicen y hasta ahora no podemos inclinar el cuerpo a creer nada.

Mientras tanto la tarde avanza, se consume en pagos de deudas y listas de compras. Sobres y papeles rotos a la basura; otros al archivo. Amontono los diarios del día; ni siquiera leí la columna de Charles Blow en el NYT. Sé lo que me pasa, que ando vagando por una sendas de silencio que sonaban a samba hasta hace muy poco. Tal vez que esta música esconde en su ritmo pegajoso un rictus amargo. Por eso le pusieron tamaño Cristo, allí en la playa, para que con sus brazos gigantes acoja el millón de mentiras que se tejen alrededor.

En el Mar de Cortés se disparan desde la profundidad los diablos rojos; se los atrapa, pedacea, fríe y vende como aperitivo en los lugares gourmet. A Denver le cae el calor como una bomba atómica. Por allí, por el sur de Sao Paulo, se me perdió la pasión de mis letras. Ahora escribo con un muñón, un lapicero afirmado con cinta a la muñeca y que igual se cae. Luego vendrá San Francisco, la vida en hoteles rellenos de chinches, los rostros picados, el sudor apestando en la ropa. Quiero hablar de política, opinar sobre esto trascendente, y no puedo. La muchedumbre se guía por instinto. Es el 2018 y parece que fuese una década atrás. Tu nariz se perfila en la distancia, tus carnes recuesto sobre el cubrecama verde. Duermes y aunque quiera no puedo llevarte en alas hasta el más allá de nosotros. Me llaman Ícaro y la cera se derrite ante el sol.
02/07/18


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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 03/07/2018

Monday, July 2, 2018

Muerta ciudad viva

JAVIER VAYÁ ALBERT

Decía Henry Miller “Es posible que nuestra prosa no se recobre jamás de lo que le ha hecho Jack Kerouac”. Lo primero que se me ocurre tras leer la impresionante Muerta ciudad viva de Claudio Ferrufino-Coqueugniot es plagiar a Miller cambiando el nombre del canadiense por el boliviano. Alucinante y alucinada odisea ebria y urbana, esta novela supura un talento tan demoledor como difícilmente equiparable. Tal vez precisamente haya que acudir a Miller o a Kerouac, autores próximos (deduzco) a Ferrufino-Coqueugniot, pero sería más bien como tabla de salvación de quien escribe esta reseña y busca aferrarse a algo conocido. Algo que otorgue cierta sensación de solidez para no naufragar a la hora de decir algo que pueda estar a la altura.

Como lo prometido es duda me lanzo a tratar de juntar unas cuantas palabras que pretendan no sonar ridículas ante la grandeza literaria de Muerta ciudad viva. Y para ello debo hacerlo desde la honestidad más brutal, desde la posición (privilegiada) desde la que leí el libro. Con esto quiero decir que soy un lector occidental leyendo una novela sobre Cochabamba, sobre Bolivia (una novela que es Cochabamba, que es Bolivia) que jamás ha pisado Latinoamérica. Lo cual me confiere distancia objetiva, pero sobre todo profunda ignorancia. Todo esto viene a cuento porque mi primera impresión al leer estas páginas fue la de asistir a una suerte de distopía apócrifa (si es posible la paradoja o redundancia). La Cochabamba descrita por el protagonista sin nombre de Muerta ciudad viva se me antoja a veces una ciudad postapocalíptica de calles fantasmales. Un Sarajevo ignoto, un reverso oscuro de Macondo. Una muerta ciudad viva. Por momentos (muchos) Ferrufino-Coqueugniot me recuerda al Cormac McCarthy de aquella otra obra maestra llamada Meridiano de sangre. Cambien aquí las pistolas por jarras de chicha y la lúgubre solemnidad por sanas pinceladas de socarronería y corrosivo humor.

Pinceladas sutiles eso sí, porque en este libro no hay aliento ni respiro. Asistimos a la desenfrenada y ¿suicida? epopeya del protagonista entre el trago (cuanto peor, mejor) el sexo, las  borracheras, el barro, la mierda (mucha) la violencia etílica, los compañeros etílicos, el sexo etílico y el trago etílico (?). No hay aliento (tal vez un resquicio extraño de tal al final) ni moralina, ni mensaje absurdamente redentorio o exculpatorio. Y se agradece, se agradece muchísimo este gesto despiadado y sincero del autor. Claudio Ferrufino-Coqueugniot escribe con prosa tremendamente gloriosa e implacable. Como un corresponsal (de los de antes) del infierno, pero un infierno mundano, íntimo y por ello universal. El infierno de andar por casa, de una casa como Cochabamba (dicen). En Muerta ciudad viva no hay juicio, hay hechos, hay vida y muerte y poesía y mierda (mucha). No estamos tan lejos entonces.

En Muerta ciudad viva hay también denuncia social, pero plasmada desde la elegancia y naturalidad ajena al panfleto. Como la parte de las custodias de los niños que es dura y tierna e hilarante a la vez. Hay amor (bien o mal, juzguen si quieren ustedes) entendido como sexo y viceversa, porque cada una de las mujeres que ama el protagonista son descritas con una corporeidad (no solo literal) casi imposibles de encontrar en los planos personajes a los que (otros) nos (mal) acostumbran. Hablando de personajes, el de la madre del protagonista merece una novela propia. Y hay, sobre todo, una excelsa apuesta por la forma y estructura que baila siempre a favor del fondo. Dicha forma, deslavazada a propósito, caótica en cuanto a tiempos, lugares y personas del narrador, se me antojan la única (excelsa) manera de contar esta historia.

Llego a la orilla tras intentar mantener la dignidad en las olas-palabras de esta reseña. Si naufragué le echo con satisfacción la culpa a ese escritor colosal que es Claudio Ferrufino-Coqueugniot. 

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Publicado en PUÑO Y LETRA (Correo del Sur/Sucre), 02/07/2018

Friday, June 29, 2018

Infierno 11


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pues héme aquí, debajo, mirando a través del hielo la gente arriba.

Resulta que caminaba ayer por el lago Ontario, congelado, y creí que podía saltar porque sentía que quería hacerlo. Mi compañera sugirió lo contrario. No seas loco, dijo, ya es febrero y el hielo no soportará.

Ahora, miro los pies de muchas personas, zapatos y botas a cual mejor y más caro. Me buscaron, pero a esa profundidad y con tal frío nunca me hubieran hallado. Desistieron.

Lo que no saben es que acá, debajo, a pesar de tanto cristal congelado por encima, hay vida. Perdí la voz, cierto, y el movimiento. No los ojos. La pérdida del tiempo, del factor horario, pensé que equivaldría a tragedia en mi vida y ya no. Si fue ayer o hace años que caí, que observé a Fernanda desesperada asomada al hoyo, no puedo afirmarlo. Miro, de cuando en cuando (por la luz supongo llegó la primavera) una viejita que deposita flores por donde caí. Me recuerda las brujas de Blanca Nieves. Tanto de eso, diría, si supiera el paso de los días. Desde que ya no duermo, que mis pupilas quedaron fijas contemplando el mundo de arriba, dejé de contar. Con qué dedos lo haría, me pregunto, si en realidad todo lo que parece es que soy es una mirada eterna hacia un mundo que se fue. Muy simple, pero extraño, no hay pesadumbre.

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Parte del libro de Cuentos y cuadros, de la pintora Ejti Stih, Santa Cruz de la Sierra, 2018

Imagen: Cuadro de Ejti Stih sobre el que se basa el texto