Sunday, April 7, 2019

El exilio voluntario: desplazamiento, derecho y memoria


IVÁN CASTRO ARUZAMEN

A mi hermano Elvis Castro Aruzamen
y nuestras largas charlas sobre el exilio voluntario

La situación de los inmigrantes en la actual aldea global no solo es precaria sino que son despojados de los derechos más elementales que todo ser humano tiene. Como dice el filósofo cubano Raúl Fornet-Betancour: “la inmigra­ción no es el «problema». Si hay un “problema” con la inmi­gra­ción, estaría más bien en la ma­nera cómo respondemos o nos comportamos ante ella”. “Y es que la globalización neoliberal no se orienta en los principios de la justi­cia y la igualdad, sino en una ló­gica de mercado capitalista que se concretiza en la expansión de los intereses del capital de las empresas y grupos hegemónicos de los países ricos. La globalización (neoliberal) no universaliza la humanidad; glo­baliza sus intereses; y es por eso que, en su figura neoliberal, la globalización es incompatible con un pro­ceso de universalización de la justicia y la igualdad”. En este contexto se ubica la novela de Claudio Ferrufino-Coqueuniot, El exilio voluntario. Adentrémonos en su lectura…

El exilio voluntario, novela de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, se adentra por los vericuetos, no de ciudades fantasma o alegóricas –Macondo o Santa María– sino esa que nos ha tocado vivir a finales del siglo XX e inicios del XXI; los recorridos nocturnos, la prístina aparición de una madrugada, la incursión en un prostíbulo o los ajetreos sexuales de un curioso en tierras movedizas de una cultura ajena y la búsqueda de trabajo para sobrevivir, son las señas de una ciudad, devastadora de sueños y tremendamente cruel con lo humano; El exilio voluntario no es sino una abominable experiencia de desesperanza frente al sueño americano; Carlos Flores, un universitario que deja el provincianismo de su ciudad por el norte opulento, es el vivo retrato del no ser en ese mundo –el norteamericano– tejido por la ambivalencia y el consumismo desenfrenado.

El exilio voluntario es una novela del invierno humano. Sí. He recorrido este invierno del errante Carlos Flores, entumecido por el frío de Virginia o Arlington; Claudio Ferrufino- Coqueugniot, con su Exilio voluntario, es ya, dentro de nuestra novelística, una nueva rúbrica literaria, como un viejo maestro de la libertad, la cultura, la crítica, la acracia y el sexo; por supuesto, no es un Henry Miller –en su tiempo fue considerado el pornógrafo más violento de Europa y América– a la boliviana, no, lo que Ferrufino-Coqueugniot, hace es abrir la novela en Bolivia a un estilo de prosa desmedulada, informal y lírica, rompiendo con el rigor de la novela estructural indigenista, minera, de la guerrilla; fue Wolfango Montes Vanucci, en Jonás y la Ballena rosada, que incursiona en el desmontaje de esa novela estructural, por medio de una prosa descarnada y llena de humor; este rompimiento, del Exilio voluntario, con esa novela puritana de las décadas anteriores a los 80, no sólo postula una renovación estilística, en su modo y manera de abordar la cotidianidad, sino, que además, desenmascara la concepción puritana de la vida, muy enraizada en la conciencia de la sociedad boliviana (en la calle, el barrio, la familia, la institución); el Exilio voluntario es un libro (novela) sobre el libro de la migración, el desplazamiento humano, la inculturación, los derechos humanos, lírico y vivo, sórdido y caótico, pero, sobre todo, es la recuperación del tiempo, a través de la memoria y la experiencia.


Los desplazamientos humanos, si bien han sido desde siempre, parte de la historia humana y que no hubo sociedad en la que los hombres, no desearan explorar nuevos horizontes, en todo tiempo y lugar, no será sino hasta el siglo XVIII, en la Rusia Zarista, que el desplazamiento libre, sufrirá las primeras restricciones; a partir de ahí, el ingreso y salida de un territorio estará sujeto a condiciones y exigencias. En pleno siglo XXI, cuando los nuevos odiseos (migrantes) en el planeta han llegado a porcentajes insospechados, y las más de la veces movidos por la pobreza y la construcción de un nuevo horizonte; para muchos Estados, el desplazamiento humano de principios del siglo XXI, no sólo es un problema de dimensiones político-económicas, sino una cuestión de seguridad nacional; Claudio Ferrufino Coqueugniot, dibuja con maestría y sencillez y una plasticidad sugerente, con sólo contarnos los sinsabores de un desayuno y un almuerzo insípido donde tres o cuatro fideos, son la esperanza del mañana; el universitario que deja su patria, Carlos Flores, mientras carga verduras y frutas, al lado de una negritud americana, mucho más solidaria que la bolivianidad del desplazamiento, nos sumerge en la experiencia de los apátridas del siglo XXI.

Ferrufino-Coqueugniot, pongueando y todo, escritor y desplazado voluntario, para un país como el nuestro, además marcado por ciertos radicalismos encontrados, un racismo incontenido y abigarrado, es un ventarrón de libertad, de crítica epicúrea y digestiva, hacia todos los solapados verticalismos de izquierdas o derechas, a una mística (apócrifa) alimentada por un martirologio exangüe de los caudillos del pasado, pero, sobre todo, frente a una mentalidad revanchista y retrógrada; la narrativa de este boliviano, de poderosos bigotes nietzscheanos y un poco a lo morsa, taciturno, apacible, que habla despacio, sin prisa, que lleva a cuestas un exilio voluntario, y del cual ha hecho literatura, conciencia crítica, reclamo por la construcción de una identidad nacional, con las simples armas de una exuberante imaginación y convicción de que es urgente construir una identidad que defina a los bolivianos, tanto fuera como dentro, más allá de cualquier identidad asesina (Amín Malouf), esencialista y pura; el exilio voluntario es un canto homérico, en las terribles tempestades de la vida contemporánea, en la orgía de las cosas y los recuerdos; después del Exilio voluntario, de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, los teóricos y defensores de la novela social y canónica en Bolivia, deberán revisar el irracionalismo mágico del panfletarismo literario, del cual Ferrufino-Coqueugniot, no abomina totalmente, pero, sobre el que tiene una mirada crítica.

La prosa del Exilio voluntario, está en contraposición de todo funcionalismo literario, anclado todavía en un manido esquematismo tradicional; pues, poco importa si el granado espermatozoide del talante literario de Carlos Flores, se derrame entre nosotros o los imberbes escritores del mañana, pero, sí, dejará para fecundar su semilla espermatozoidal de la imaginación y el estilo informal, el sentido de libertad o el sexo como último reducto de una cada vez más olvidada libertad humana; asimismo, se constituye en crítica feroz, frente a imaginarios nacionales empeñados en definir nuevas identidades inciertas y racistas, y es que los bolivianos, nos dice, Ferrufino-Coqueugniot, “no habían abandonado las taras nacionales. Mezquindad y envidia, llegaron con los aviones, los camiones, con la inmigración. El hecho de la distancia podría haber aliviados esos males y no era así. Unos contra otros, el imperio de la cofradía que debía haber sido se convertía en adulterio, hermanos engañando a hermanos, la ostentación como regla”; pasiones humanas, capaces de distanciar a los hombres, diría Francisco Ayala; Ferrufino- Coqueugniot, también, constata que estas pasiones pueden hundir a los seres humanos en la “angustia –y– en la soledad de la muerte”.

El exilio voluntario (migración) o involuntario, choca estrepitosamente con la terca realidad de un medio ajeno, alienante, más no por eso menos cruel que el suyo propio; y es que el desplazado, el mojado, el sudaca, se encuentra en medio de la selva urbana del norte entre la espada y la pared. “Virginia es un campo de guerra donde hay que pensar en comer”, dice Ferrufino-Coqueugniot, desde lo más recóndito de ese su exilio, además, dramático y desesperante; “el día se estrecha y no olvido que sin trabajo no como”, dirá Ferrufino-Coqueugniot, en la soledad más sola del mundo, expresando así el dolor de los nuevos parias del siglo de las migraciones a gran escala, de aquellos que se fueron persiguiendo un sueño (americano, europeo, japonés, israelí, soviético…) y conocen de esa estrechez de un día sin trabajo y sin esperanza. “No me pasó nada, qué más puede ocurrirle a un pobre, aparte de su hambre y de sus harapos”, el despojo completo de su dignidad de ser humano y el exilio interior además de geográfico. “Mi hambre de voces es más extensa que la de mi estómago”, es decir, para nuestro autor, la pobreza material es mucho más honda debido al desarraigo y la nostalgia por el pasado. No en vano, el acontecimiento más importante del siglo XX, “el reconocimiento de los derechos del ser humano”, más allá de lo jurídico y cómo ya criticara Heine –el más heterodoxo de los pensadores alemanes del siglo XVIII– al romanticismo goethiano, su divorcio de la realidad y cómo la teoría estaba por delante y otras veces por detrás de la realidad, Ferrufino-Coqueugniot, sabe y en carne propia, que la ley no sabe de hambre y miseria o finalmente, no toma en cuenta al hombre en cuerpo y alma; por esa razón, la voz literaria del Exilio voluntario, muestra las cicatrices que deja el despojo material, con más verosimilitud que teología o ciencia social alguna, pues, como dice el autor, “mi pobreza no tiene valor de poética, quiere comer, sobrevivir, devorar a mis congéneres, tener mi cama, mi televisor, mi mano que tome un libro y se prepare un té, algo propio”; el desplazado del siglo XXI, no sólo está fuera del alcance del derecho internacional humanitario, sino que además, el derecho no habla de la pobreza humana; y con una vehemencia implacable, Ferrufino-Coqueugniot, denuncia la más terrible de las enfermedades humanas de todos los tiempos –en la misma línea del filósofo cubano, Fournet-Betancour, para quien no existe sociedad humana en la que un hombre no le haya infringido sufrimiento a otro–: “nosotros nos movemos, insectos que somos, donde no se mueven los blancos”; el derecho contemporáneo, ontologizado en el momento de su positivación, olvida dimensiones tan importantes como la soledad o el hambre de quien no trabaja y que sin trabajo no pueden existir derechos ni de primera ni de tercera o cuarta generación. Con tono desgarrado Ferrufino-Coqueugniot, dice: “Aquí estoy solo y nadie me regala nada y si he de devorar devoro, y matar mato y el mutismo de mi rostro refleja un cansancio moral”, cansancio que ha alcanzado a casi dos tercios de la humanidad, porque los derechos inalienables de las personas es por el momento un mito y un sueño por alcanzar.


El exilio voluntario está impregnado por un recurso poderoso a la memoria, porque no olvida los entretelones de un desplazamiento accidentado; de ahí que empiece diciéndonos el autor, “si hubo una primera alegría en este país, al principio de mi exilio voluntario y mal pensado, fue el espacio de los primos”, la consanguineidad, la parentela, pero, los que no cuentan ni siquiera con eso, se convierten automáticamente en apátridas, por tanto, sin derechos ni memoria alguna; la memoria de Ferrufino-Coqueugniot, si bien es recuerdo, sobre todo, es posibilidad del lenguaje: “Y en cuarenta minutos quiero aprender todo lo que pasaba por mi vida antes y que no miraba. Tarde ahora para hacerlo pero no para hablarlo”; por tanto, si el recuerdo aviva la memoria y hace posible la construcción del lenguaje –no sólo el literario– también rescata el olvido: “por un instante olvido que me fui y vine, siento como que volví, mejor incluso, porque retorné en el tiempo y hablé de cosas que se habían olvidado”. Asimismo, esa memoria, por un lado, melancólica, pero, por otro, mantiene vivos los lazos con el pasado, aunque ausente y lejano, para hacerse presente cada vez que el lenguaje lo nombra. Ferrufino-Coqueugniot, sabe que su soledad y memoria son los antídotos frente a la deculturación o desarraigo absoluto, por eso nos dice, “aquí estoy solo y la soledad es como cargar dos bolsas de cemento a la vez, entre el camión y las mesas de la Marmolera Urkupiña donde trabajé”.
El desplazamiento humano, la ausencia de derechos y la memoria, muchas veces teñida por la melancolía, son elementos que se entretejen a lo largo del texto; Claudio Ferrufino- Coqueugniot, en El exilio voluntario, nos muestra el rostro de los apátridas, de los nuevos odiseos, la novela de la sobrevivencia en una sociedad del riesgo global y los muros electrónicos; es una voz, que se alza para reclamar desde la periferia en el opulento norte, la urgencia de construir sociedades del vínculo, la democracia, la libertad, los derechos, la interculturalidad, más allá de las fronteras políticas. Corremos el riesgo de que si “no somos bolivianos. No somos nada”.

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De INMEDIACIONES, 06/04/2019


Tuesday, April 2, 2019

¿Se enfrió Venezuela?/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Heinz Dieterich, asesor especial de Hugo Chávez, gran conocedor del embuste revolucionario, decía hará un mes o más que a Nicolás Maduro le quedaban una o dos semanas. Ahora China y Rusia hacen el mismo juego de Norteamérica y envían ayuda. Juan Guaidó parece haber perdido protagonismo. Poco costaría, pero en términos financieros mucho, cerrar la importación de crudo venezolano en los Estados Unidos. ¿Qué mecanismos sostienen al chofer de bus en el poder? Una suerte de alivio recorre los focos latinoamericanos del seudomarxismo; Evo Morales puede guardar la voluminosa lengua con la que acariciaba las nalgas de Jair Bolsonaro y desechar por ahora su próximo manifiesto neoliberal para cambiar de bando (nominal) y sostenerse mamando de la madre patria.

Por un momento se pensaba en cuál sería la mejor cuerda para colgar al bastante crecido Maduro. Ahora rebuzna hasta con cierto alivio y un pajarraco revolotea alrededor. Será el comandante, transformado en ave del paraíso, ajeno ya a los avatares materiales y pensando solamente en cómo salvar las plumas para que no lo devore un halcón, porque hasta los mejores, bien entrecomillado, tienen alguien por encima de ellos. Desiderata real y fatídica.

El último congreso de la lengua española tendría que haber dedicado un estudio al lenguaje primario de los dictadores de América que utilizan un par de decenas de palabras en contraposición a la lujuria cervantina. Si llegan a cien será demasiado. Pero hablan por siete horas; al menos el vanidoso barbado y rico de Cuba tenía sobre qué conversar, pero Morales y Maduro son de espantosa simpleza. Podría ser el sueño siempre deseado y efímero de los sans culottes de la revolución francesa. Pero aquellos querían tabla rasa con el patrón de la miseria propia. Estos semiletrados que gobiernan América no son sans culottes, llevan calzoncillos de Gucci y su sueño apunta al jet set. Tanto a Evo Morales Ayma y Álvaro García Linera no les importa la distribución equitativa de bienes, o a cada quien según su trabajo, o todos pobres o todos ricos. Para nada; el indigno par de comerciantes únicamente piensa en su indefinido género y en el enriquecimiento ilícito. Cuentan con la colaboración de recuas étnicas, para quienes el color de piel o el pelo en piel son detalles sin importancia. Tiempo de dinero, de billetes de oro y otras sofisticaciones poderosas. Y cuentan también con la oligarquía del oriente que vio sus sueños realizados en dos pillos de siete suelas, capaces de arrasar con un territorio mientras les eche monedas en el bolsillo.

Lo mismo en Caracas, la misma gente, el zoológico izquierdista de ávidas manos que recuerdan la Repulsión de Roman Polanski por tanta palma pedigüeña.

Nicolás Maduro parece haber sostenido el poder. No estaría tan seguro, como tampoco del otro lado. Hay demasiada dependencia en el exterior. Eso tal vez implica que tantos años de chavismo adiestraron al venezolano común para ser perro en jauría descastada y sin ladrido. Como en Cuba, con hermosa gente resignada a tomar sol en la plaza o al puterío, el sol de medianoche de tiempos de Batista.

No la elección del poder: la erección del poder, el verticalismo fálico del comunismo que dejó de ser fantasma y dejó de ser comunista más de cien años atrás. Hasta el adusto Che de la foto de Korda sufre de esta decoración rocambolera. Evo Morales desciende las escaleras de palacio con las manos en los bolsillos rascando a sus homónimos. Así y todo enloquece de gusto a las locales y a gringas que creen que con ósmosis interna se les transmitirá el secreto de las alpacas. Enloquece al vicepresidente. El dandy y el zafio, los dos rateros. Lo surreal es hostia de resurrección, pero comulgar no compra eterno.
31/03/19

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 02/04/2019

Monday, April 1, 2019

Notas desasociadas de desnudos y otros


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Tetas, nada más lindo que las tetas. Que la vida nos amamante por siempre y para siempre. Sostenes negros, imágenes del tiempo que miente, porque lo que fue entonces no es más. Retrovisión. Retrospectiva. Cuadros que se suceden según los acordes de Mussorgsky. Los amigos escriben, protestan. Ladran los escritores para que Sancho los oiga.

Calma. Me piden calma. Sin calmantes. No químicos ni caricias. Arréglatelas solo. A las dos de la mañana paso por la ventana de un amigo. Está siempre con luz, la amarilla esa de los barbitúricos. A ratos cuelga su esposa del balcón como trapo sucio. Voluminoso trapo, diría, a pesar de que la noche no deja ver bien los contornos. Entro al edificio. Cuatro puertas a la izquierda, cuatro a la derecha. En esta cárcel no se animan ni las cucarachas.

Dejo, salgo. Llovizna en la medianoche de un barrio obrero de la ciudad de Denver. Oscuridad plena. Hay ahorro de energía. Nadie camina, además. La esposa del amigo ya no cuelga de la ventana. Cayó entre zarzas de flores rojas, decorada con pétalos de manzanos en flor blanca que es época.

Añoro un desnudo. El cuadro de la noche de color monótono no lo entrega. Estamos lejos del centro, donde añejos faroles iluminan de cuando en cuando un par de putas negras.

Compro un café. Negro también. Color de puta. Escupo al pasar la policía. Si me preguntan por qué diré que me extrajeron la muela, la última del juicio cuando cerca ando de perderlo todo. Se van y vuelvo a escupir.

Tetas.

Tetas parecidas a anteojos. Las modelo en la sombra, sin razonamiento físico. Llegan las cinco. Hay automóviles en velocidad a la oficina. Paro, discurseo un poco con un modesto y divertido mexicano. Abro el New York Times y lo cierro de inmediato. Dicen que la tristeza es malestar. Intento combatirla con carne de membrillo.
2018



Sunday, March 31, 2019

MISCELÁNEAS


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Sucede que a veces se están pensando tantas cosas, haciendo otras, imaginando más, planificando después, que se hace difícil coordinar las ideas y salir con un texto coherente, precioso, mejor…

Pues es una de esas noches. Hoy hizo calor. En Colorado la temperatura puede subir o bajar treinta grados con facilidad el mismo día, Fahrenheit; clima de desierto. Te quemas en la arena; te congelas en ella.

Asombra la cantidad de tierra en este país, en este estado para ser precisos. El llano tiene eso, la inmensidad. Nosotros, montañeses, Observamos un panorama estrecho, macizo pero estrecho. No hay sentido de infinitud, todo en nosotros son finisterres, hitos que marcan fines y comienzos. Fronteras al fin.

Manejo por las ciudades aledañas a Denver, muchas. Pequeña población, pero se extienden hasta donde alcanza la vista. Y construyen. Y construyen, sin parar. En el ladrillo está el barómetro de la economía. Y es México, en la presencia de sus hijos, que acapara como casi cada gremio, este. Como jornalero o subcontratista. Dueño al fin. Se dice que todos los mexicanos son mecánicos, todos plomeros, albañiles. La pobreza es la mejor universidad técnica: el hambre produce diplomas.

Las horas continúan silenciosas  y ajenas. Juegan Argentina, Marruecos, México, Paraguay, Chile en el televisor. Desde Sumy, casi en la frontera rusa, me avisan desde un bar-karaoke, que los hombres ucranianos se caen de borrachos y gritan en días de fútbol. Espíritus pobres, almas gregarias que no condicen con el aprendizaje de silencios, con cordura de libros. Aúllan. Borges era drástico aunque en esto no lo comparto, y hablaba de veintidós tarados corriendo detrás de una pelota. Viéndolo así es un absurdo. ¿Pero acaso vivir no es otro? ¿Otro absurdo? Pero está Garrincha, la poesía hecha piernas, roscas, deformes, dispares.

Me sueno la nariz con un pañuelo. Con el mismo que bailaría cueca si cueca hubiere. Leo poemas en Facebook, de maestros y aprendices. Mucho de Benedetti, nada de Celan. Mucho de Bukovski, nada de Saint John Perse. El espíritu gregario se mueve incluso en los gustos, trata de uniformizar lo imposible, aunque, contemplando las hordas del fascismo, quizá se lo haya logrado a veces, arrear a los hombres como el flautista de Hamelin arreaba ratas. Y niños.

Me escribe alguien desde un ateísmo recalcitrante. Le hablo de Nietzsche. No lo conoce ni lo ha leído. Ni escuchado. El profeta del fin del mundo. Pero el mundo no falleció, le sobrevivió y superó (eufemísticamente) el desastre. Al infierno de Siria se le opone el edén de Noruega. Dejo los libros de lado y me ocupo de la música, alguna cueca de Violeta Parra que habría que bailarla ebrio, porque esas rondas son como ametralladoras que sí matan. Que lo diga ella, si no, donde esté que ya no está.

Escribo misceláneas cuando debiera escribir aforismos. Me gustaban los del maestro Lichtenberg, los del profeta William Blake. Mi amigo Miguel (Sánchez-Ostiz) está rescatando este antiguo género. La modernidad lo había enterrado, la globalización, el hablar del escozor imaginado de piel que destacan los autores latinoamericanos pajeros que nunca rozaron la vida. No se puede escribir desde la comodidad de un sillón. A Proust se lo acepto, pero a ellos no. A qué va esa opinión, a que hablo de temas al azar, resultado de impresiones más que digresiones. Un aforismo necesita concentración, es una granada de mano. Tres, cuatro, palabras, una frase, que dice un universo. El pueblo, el ser popular como representación cultural colectiva, es bueno en ellos, y anónimo.

Creo que comenzaré a llevar una agenda para ir tomando nota de posibles temas para escribir columnas. No caer en este cuentagotas multicolor que queda como ejercicio de escritura sin decir nada. Pero, así y todo, vale. La palabra es una adarga que hay que mantener brillosa, filosa, hermosa.
26/03/19

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Publicado en SÉPTIMO DÍA (EL DEBER), 31/03/2019

Imagen: Afiche de exhibición de Max Ernst en Poznán

Friday, March 29, 2019

Lenin/AÑOS SOVIÉTICOS


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El fantasma del comunismo recorre el mundo; un alma en pena y un cadáver embalsamado, faraón moderno, se acerca a la tumba de los hombres comunes. No lo puede evitar.

Es tiempo antiguo y un tren camina Rusia. Lenin viene y despierta la sangre; ríe como mujik.

Es duro, su casa es un vagón de acero.

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Publicado en Revista SIGNO (La Paz), enero-abril 1994
Publicado en Arte y Cultura (Primera plana/La Paz), 1992

Imagen: Andy Warhol/Red Lenin, 1987

Wednesday, March 27, 2019

Norman Bethune y Oskar Schindler


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Dos películas. Una reciente, la de Steven Spielberg, y la otra de un director Tillis, de la década del 80. Dos excelentes actores: Liam Neeson, que hace de Oskar Schindler y Donald Sutherland de Norman Bethune. Como para alegrarse de que el viejo arte de la actuación sigue siendo vital y que sin ellos, estos hombres de carne y hueso y gestos como cualquiera, la cinematografía no existiría.

Oskar Schindler, el industrial checo germano sobre quien Spielberg hizo su película, era un hombre de méritos valiosos sin duda. La poco usual ortodoxia empleada por él, y eso de ir convirtiéndose en santo a pesar de que la santidad no fuese, como supongo, su inicial objetivo, tienen que ser apreciados. Se puede discurrir muchísimo acerca del asunto, hasta dónde el hombre es lo que es, hasta dónde lo que quiso ser y hasta cuándo lo que pregona ser. Así con Schindler. La posibilidad de un pronto enriquecimiento por medio del trabajo esclavo de la población del ghetto era una muy seductora idea, sobre todo en una persona ambiciosa como él. Pero, circunstancias especiales y lo que podemos suponer solamente -un corazón blando-, lo obligaron a pasar de una lucrativa idea económica, de provecho personal, a una empresa de salvamento colectivo. Las fábricas de Schindler permitieron sobrevivir al genocidio nazi a un número de judíos que no lo hubiera logrado en otra situación. La verdad o falsedad de los hechos es ya irrescatable.

La mente de Schindler nos viene de segunda o tercera mano. Pasa de los supervivientes a sus hijos, de allí al documentador, al literato, hasta el director de cine. Oskar Schindler adquiere dimensión por y gracias al arte. Un hecho valioso y aislado como el suyo se masifica, se populariza y su imagen aparenta ser quizá más grande de lo que realmente fue. Ese es un defecto del cine y los medios de comunicación de masas, priorizar y agigantar algo posiblemente muy pequeño para ser esencial. No quiero desmerecer su figura. Pero el poder de la sociedad de consumo, de los Estados Unidos, el inmenso bagaje económico de la etnia judía en este país, que domina el ámbito cinematográfico de Hollywood, entre actores, directores y productores, puede lograr lo que quiera, hacer de un oscuro personaje como este industrial alguien aparentemente muy importante. Su nombre, así como el del criminal de guerra Amon Goeth que supervisaba el exterminio judío en Cracovia, han sido recién destapados para la historia. Es algo significante, productivo, indagar lo histórico en detalles ignorados porque la suma de ellos nos dará una mejor perspectiva del total. Mi único descontento es que se realicen obras así, como esta excelente película, persiguiendo fines parcializados o políticamente "aceptables". Steven Spielberg es judío y los Estados Unidos permiten historias relacionadas con el drama de este pueblo. Se da dinero para ello. No se lo daría para filmar la memorable vida de Ho Chi Minh, poeta y revolucionario, en su grandeza, porque ello atentaría directamente a los "intereses nacionales" de los EUA y sería calificado como propaganda comunista. Ningún cineasta, a no ser Oliver Stone o alguno que otro independiente, se animaría a hacerlo. El riesgo es grande. De allí que es mejor invertir millones en ejemplificar una vida que fuera de sus íntimos atributos humanos es, históricamente, no importante. Por ello hago esta comparación entre dos películas: "Schindler's List" y "Bethune"; entre los filmes, repito, porque entre los hombres, Norman Bethune y Oskar Schindler no hay comparación posible.


"Bethune" es un filme que carece de la grandiosidad de "Schindler's...". Y ni para qué hablar del presupuesto. Sin embargo no podemos negar que la película de Steven Spielberg es una joya de cinematografía, mientras que la otra no. Claro que Donald Sutherland, actor inglés, la prestigia con su calidad. Y, por supuesto, la epopeya del médico canadiense Norman Bethune es de por sí suficiente para interesar.

Norman Bethune fue un hombre brillante, controvertido, dominador. Caótico e intransigente, su vida personal se agita entre la miseria, la aristocracia, el amor y el genio. En un momento dado opta por la lucha social y milita entre los comunistas; detalle sin importancia porque su desenvoltura, honradez, sobriedad para encarar los problemas vitales distaba mucho de ser dogmática. Era más que un buen comunista, un buen hombre. No recuerdo las palabras de Mao Zedong, que todavía se llamaba, allí por los años setenta, Mao Tse Tung, sobre él. Era una página, quizá dos, que el gran chino había dedicado a la memoria de Bethune, el occidental más relevante de la revolución china. Murió practicando la medicina, en medio de campesinos soldados y enfermeras revolucionarias. Le levantaron una estatua, ni sé dónde, y desde el pedestal rocoso aún presume de hombría.

El fin de mi artículo es más bien crítico. Si bien aprecio el buen cine, creo que los artistas, directores entre ellos, deben pugnar por desenmascarar la historia, no caer en el juego del capital que permite sólo lo que no lo daña. Digo, no siempre, pero alguna vez. El criterio del arte no debe ser didáctico sino iluminador. No tratar de enseñar reglas de conducta sino sugerir. Ya que hay tanto dinero aquí, por qué ese silencio. Hombres e historia esperan para ser contados. Relatar el sujeto de Schindler es interesante. Es tiempo de contar hechos y personas más destacables. La gente se beneficiará, así les duela a los ocultos dueños del mundo que hacen prestidigitación con sus marionetas gubernamentales.
Aurora, 1997

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Imagen 1: Monumento a Bethune en Montreal
Imagen 2: Oskar Schindler

Tuesday, March 26, 2019

Los demonios del amor/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Tema febril, pero mejor que los consabidos, tristes, desquiciantes, asquerosos momentos que tenemos (lo recalco) que escribir acerca de las divas del sexo revolucionario: Evas, Evos, Maduros y maduras, para no olvidar y anotar el desastre hasta que tengan que pagar. Que lo han, no hay duda, y a la mala. Horcas, hoces y martillos se preparan, afilan, amarran para el momento preciso, la sima de los tiranos, las barrancas de su desafuero y muerte.

Pero no se puede vivir en la espera, en los tal vez y los quizá. La historia no se arredra ante los bravucones; las hienas suelen reír en los estrados y llorar en las mazmorras. La Hiena, en especial, esa mujer que da amores, dicen, a los eternos curacas del averno entre papeleos y meneos de su curul “democrático”. A todos les llega el instante; a todos nos.

Sigamos.

Del amor y otros demonios, afirmaba el Gabo, que de putas y amores de puta sí sabía. ¿Acaso, pregunto, difiere ese amor del de otra mujer? No, claro que no, por supuesto que no. Amor de puta es también amor de mujer. Hasta ellas mismas, las de la muchedumbre, pobrecitas algunas, repiten como loros parlanchines que son damas en la calle y putas en la cama. El dicho popular, la cursilería machista, y feminista machera, acuna necedades como esa. Si me preguntaran, alguna vez lo hicieron, qué hubiese sido de ser mujer: “puta”, he respondido.

Indalecio Prieto, creo que en el Madrid sacrificado -lo cuenta quizá Dos Passos- ayudó a unas mujeres de negro a salir de las cloacas en que se escondieran para evitar las bombas. Preguntó el ministro si eran “hermanitas” o “monjitas”. No señor, respondieron, somos putas.

Pero, parece que el autor está confundiendo palabras y en lugar de hablar de amor lo hace de meretrices. El hecho de poner título a un artículo no garantiza, para nada, ni obliga, a que se tenga que hablar de ello. Hay que ser disidentes hasta de uno mismo. Derecho que nos acoge y acogemos, en bien y mal.

Venía el tema del amor debido a que entre las muchas ventanas que se abren cuando se está en el ordenador salió una llamada Tentaciones. Y como no somos San Antonio para repelerlas, le eché una mirada a la página en que anunciaban mujeres locales. Me había dicho un primo de nombre impronunciable que había aquello, que si sexo se buscaba, sexo diario había en todas las ciudades de los Estados Unidos, que se podía ser selectivo, informal, vicioso, pervertido, recatado pero ardiente y tonterías varias para llenar esa simple necesidad de las pieles.

Mujeres casadas anunciando la partida en viaje de maridos; muchachas despechadas por quiebres y divorcios. Las hay en todo el mundo, pero primera vez que lo veo en anuncio casi comercial, con fotos explícitas para que el solitario o lo que fuere sepa a qué atenerse. No quiero una relación, ni enamoramiento ni drama, decían algunas sofisticadas de cabeza fría. Una mujer no quiere cargarse un crío, se entiende, pero no lo comprenden los machos. Por eso se desesperan.

¿Búsqueda de afecto? ¿Hay afecto en el placer? ¿O cuestionarse demasiado no ayuda? En la duda se desvanecen los humos del deseo y del amor. Miro esos rostros, tetas de toda especie de frutas colgantes, puntiagudas, paltas y duraznos. Berenjenas y sandías. Ojos azules, cabellos negros. Nombres no, que son privados, que hay un pacto de honor, de “caballeros”, de nunca descubrir el objeto (mutuo) de su saciedad. Lo que en el lecho (por nombrar lugar común) se cueza, allí se queda, que un día el marido retorna y besa a la esposa y le pregunta si lo ha extrañado. Pero claro, una cosa no tiene nada que ver con la otra, supongo.
24/03/19

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 26/03/2019