Tuesday, November 13, 2018

22, calle de León Tolstoi, Kiev/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

A Victoria Nedohybchenko

Todos estaban enamorados de Anna Ajmátova: Blok, Mandelstam, Gumiliev… Cuando leo sus memorias y menciona un lugar cercano a Kiev donde vivía su madre, me digo que estoy aquí. Qué privilegio.

A cuadra y media está el Jardín Botánico, el Parque Shevchenko. Yo que soñé con las páginas de Molnar y el Botánico de Budapest, me siento ahora en un banco grisáceo y escucho caer las hojas amarillas, redondeadas, de un árbol que desconozco. Pasa un perro detrás de algo arrojado por su ama, algunos niños con sus padres, dos, tres jubilados tomando sombra. El gusto por el decaimiento, la senectud de esto que todavía podría ser Europa Central pero se tira al este y tiene tártaros en los ojos de sus mujeres bellas. La felicidad para mí carga color de otoño.

Inicialmente, al ver las gradas sombrías me espanté. Olía a humedad; sabía a tiniebla. La diferencia con la colorida comida marroquí de Sabah en aquel piso 7 del Madrid de ayer, era obvia. Aquí los pintores habían dotado al espacio de crudo color de orín. El ascensor para dos, tres ajustados. Piso quinto.

Han pasado 7 días y estoy más que conforme. Este silencio es refugio grato de lectura y escribir. Volvería a abrir las chirriantes puertas metálicas, a ver la neblinosa penumbra de las cinco. Podría anotar un libro entero en mi silla plegable con escritorio negro. Un vaso de agua que imagino vodka en homenaje a Bukowski. De él entré a un bar con su nombre y estaba vacío. Cerveza en botella Stella Artois. Salí, prefería el bar popular de cerveza ucrania donde todos me creen turco. ¿Bolivia? Qué animal será ese en las llanuras de África.

Siete días y en cuatro me voy, retorno a la más o menos paridad norteamericana, a ganarme el dólar para comprar ladrillo y reconstruir, que el edificio caído ya reclama por concreto y teja. Por lecho y vino, Bach y Haití.

No apuro el vaso de vodka-agua. En calzoncillos escribo, azules como varoniles deben de ser, con calcetines negros y rombos rojos, pensando en rostros que he visto estos días y que han arrebatado a mis hijas pensando en un papá orate. Que esta nieve de barba no refleja el corazón de hierro, y los pantalones esconden, todavía, las piernas de un zaguero paraguayo, de esos que dan leña.

A mí venía a tocarme la calle de León Tolstoi, Lva Tolstoho en ucraniano. A mí que adoro al santón que no era muy santo y bastante irascible. Todos los trenes de Rusia me llevan a él. Todos amaban a Anna Ajmátova. Yo también. Y Modigliani.

Ya me conocen en el mercado besarabo, y ayer, domingo, que entré temprano bien peinado con lustrosos zapatos, las tres dependientas sonreían, hablaban entre sí y reían. No soy tonto para no darme cuenta, no necesito el idioma. Y algo coqueto soy, vanidad de feo, y jugué al extranjero tonto para ver brillar ojos azules.

A cada rato tomo un expreso amargo. Eso, en Ucrania, me gustó, los cafés al paso, en autos con las puertas abiertas y una máquina, en una silla con otra y una vieja de pañoleta que hasta menea el azúcar en tu vaso si lo pides. En la acera. Café informal, no es mala idea. Y hay cerveza al paso, un cuartito con varias pilas en la pared y la nota de a qué cerveza pertenecen. Te la llevas en botella de Coca Cola, en un vaso plástico, o la bebes parado, al pie de las ametralladoras. No hay sillas. Tome y váyase, no discuta ni converse.

Cero grados en el exterior. Una buena ducha caliente me ha disipado dudas acerca de mi hombría. El día, así gris, pinta bien. Voy a extrañar mi casa del 22 de la calle Tolstoi, y mis paseos por el parque. Vuelvo a una modernidad cómoda pero a veces sosa.  Si regreso, quién sabe. Lo sabrá ella.
12/11/18

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 12/11/2018  

Imagen: Anna Ajmátova

Sunday, November 11, 2018

De mujeres y comidas portuguesas


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

A Maurizio Bagatin

Según Maurizio, o yo y se lo achaco a él, mujeres y comida son los asuntos imprescindibles; lo demás es literatura. No con ánimo de viejoverdeo sino con espíritu esteticista debo decir que en mis viajes no conocí país –y este es pequeño- con tantas mujeres bonitas, hermosas, brillosas, espléndidas. Ayer visité el supermercado con el prosaísmo de conseguir jabón y shampoo para evitar el preconcepto que se tiene de nosotros, bolivianos, y se me quitaron las ganas de indagar entre una miríada de quesos y sentarme en la cafetería del mercado solo a contemplar el femineo constante, incansable de esta villa. El expreso sabía amargo, como debe ser. Rechacé el azúcar, pedí uno más para despabilarme y gasté una hora de mi expandido horario solo en eso. Luego me acerqué al mostrador a pagar y, héla, la cajera era una diosa, Afrodita con mandil y manos rapidísimas para despachar la bola de asnos que somos los compradores. Me preguntó algo que no entendí. Lo repitió en inglés y tuvo que mostrarme la bolsa plástica por si quería usarla o no. Sí, dije, contrito, y la muchacha con una sonrisa se deshizo de mí para siempre. Y yo que tanto la quería.

Caminé las iglesias sin buscar la paz de Dios. Que la estoy pasando bien en mi modestia de gustos. Con un libro y caminatas me entretengo. Que un revolcón y pezones rompiéndome los ojos estarían muy bien pero estoy casado y respeto los límites que me puse. Camino las iglesias, digo, saco fotografías, doy un euro de limosna, me siento a pensar dentro de las inmensas bóvedas construidas para asustar. Lo hago desde niño, a solas con las estatuas de yeso o de carey, los sacrificados, santos, mártires, las vírgenes dolorosas de narices delicadas. Ahí estoy en paz, en penumbras, haciendo cuentas y pensando en reconstruir la casa, en los pasadizos europeos que me faltan ver, la Galitzia polaco-ucraniana de la guerra de 1648 que iluminó mi infancia y pesa mucho todavía. Los vampiros rumanos; el Belgrado de Ivo Andric; la Bosnia de Andric también y de Mostar y el café turco. Quisiera ir a Edirne (Adrinópolis), en tierra infiel, y a Varna en el negro mar, y a Braila porque ya nadie recuerda a Panait Istrati. El delta del Danubio. Al frente, del otro lado, las escalinatas de Odessa, y subiendo por Moldavia la fortaleza de Kamenyets. Occidente olvida que aquel siglo XVII fue decisivo para su historia, para el crecimiento de Rusia, para parar a los turcos. Todo se olvida pero yo no; aquí trashumo para anotarlo en una lengua extraña, ajena, que en apariencia no debiera interesarse en ello y lo hace.

Pasan muchachas de veinte y yo sigo la rúa dos Passos buscando una exposición de fotos de Frida: la loca, la coja, la bella. Sus cejas negras se reproducen sin descanso en estas portuguesas. Hay la diferencia de piernas firmes, nalgas redondas y, en apariencia, la ausencia de tragedia. Las muchachas portuguesas disfrutan de sus pequeños y muy parecidos entre ellos, hombres de su tierra. Me siento alto, pero no llevo ni jeans pegados al tobillo ni aretes. Mientras más se parece a la mujer, el hombre, sentenciaba mi padre, más atrae a las féminas. Quizá. En realidad no interesa. Pienso en mis sobrinos, en la precariedad del sexo en Bolivia. Ya era difícil en tiempos de mi progenitor, duro en los míos, y supongo que a pesar del salto al mundo, sigue siéndolo. Otra historia sería con tanta belleza alrededor, donde el sexo no fuera, como lo fue para nosotros, motivo de disputa por su escasez. Ahora hay machos alfas, betas, omegas, en aquel tiempo solo machos en celo con gran ausencia de hembras. De haber sabido que por el mundo se paseaban ellas, las Evas de la discordia, hubiese emigrado antes, y, por qué no, a esta tierra que llevó al otro lado del mar no solo a Dom Pedro sino narices y culos que construyeron el mito de la brasilera heroica en su belleza.

Estábamos, en la Bolivia aquella, los hombres, como Petrus Borel en el desierto: “Tengo hambre”.

Joaquín, mi fantasma preferido que duerme desde la muerte de por vida cerca de mí, contaba de las fiestas de su juventud. ¿1948? El salón estaba rodeado de sillas, en ellas las damitas cochabambinas, que diferencia había entonces entre dama e imilla. Se acercaba a invitarlas a bailar. Fingido rubor y siempre negativa: castigo. La noche se apoyaba en las botellas; el alcohol sostenía la penumbra del desamor. Contaba Joaquín, desde su lecho espectro, y puteaba: Putas de mierda, jamás me aceptaron un baile, y luego las veías meneando las caries con el mayor pelotudo, el más bonito, que acaparaba la atención de las abejas.

Leo en esa inagotable fuente de chisme de la Red, que las portuguesas son las mujeres más depresivas de Europa. No sé, no pude verlo en sus ojos porque jamás me miraron. Camino en el tren a Braga, un brasilero de Fortaleza hizo amistad conmigo y dijo que él y sus paisanos no tenían suerte aquí, el samba no pega en tierra de fado. Otros dos, paulistas, ya esperando a medianoche el autobús a Madrid, describieron lo mismo, las tertulias verdeamarillas sin mujeres. Nada, que en Porto la fiesta no sirve cozinha.

Otra cosa veo en Kiev, y en Jarkov, y en Odessa, que las ucranianas sí te miran, y directo. Significas el extranjero que podría sacarlas del estercolero. Triste, mientras sus hombres enchamarrados en cortas prendas de cuero, juegan a ser mafiosos y tal vez lo son, pero machos de poca monta. Si se les escapan las mujeres, crítica debiera haber. Pero no. Esta lacra, e imagino que es igual en todo el antiguo territorio, es fatal herencia soviética, la cosa por sobrevivir y desarrollar el engaño y el vicio hasta niveles inenarrables. Camaradas.

Mucho turismo en Porto. Eso subió los precios, comenta el garzón, pero se puede comer barato, muy barato. Los dormideros, hoteles, hostales, no van con los estándares norteamericanos pero pasan. Ahí duermo. El mundo comienza al cerrar la puerta exterior. Sentarse a ver las muchachas suele ser distracción pero no es vida, y de ese silencio, a no ser que me consiga una puta parlanchina, no ha de salir nada. Prefieren maricas de jeans ajustados en los tobillos, que no usan calcetines de hombre o ni los usan, en una moda que leí por ahí había impuesto Julio Iglesias. Queda la comida, el otro placer que nos legó el Edén: sexo y alimento. En eso se basa la religión y aquella paja de que el Verbo navegaba entre las aguas era ni más ni menos que un acto de procreación con placer. Donde nace el gusto, aflora el pecado. Y el castigo, porque la alegría no solo es cuestionable sino punible.

El dilema está en devorar un emparedado glorioso o uno prosaico, entre un sexo de vellos retraídos hacia el centro o un plato de lomo encebollado. Se quejarán por ahí las feministas (feministas macheras, las llamaba mi padre… y ejemplos hay…), de querer engangochar unos y otros (el sexo y el lomo). Pero no es eso lo que hago. Mi fin está en el placer y lo sensual nos hace otros. Mientras tanto me meto en la colina medieval de Porto para esconderme de la Inquisición.
Kiev, 08/11/18

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Publicado en SÉPTIMO DÍA (El Deber/Santa Cruz de la Sierra), 11/11/2018

Tuesday, November 6, 2018

Las ruinas de la izquierda/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Transito Ucrania ahora, y he visto los remanentes del oscurantismo soviético; perviven, no están muertos; han marcado una centuria, varias generaciones. Escribo en este momento en uno de esos edificios. Desde la puerta de entrada todo está caído, roto. La escalera apesta a humedad, semeja una cárcel. Las paredes, los pisos, puertas, chapas, el universo destartalo, la mentira de entregar miseria, por un lado, y también cierta verdad en que esta miseria mejoró vida y destino de muchos. La idea puede valer; el desarrollo fue un desastre.

Hablemos de La Habana. Entonces se decía que la culpa era gringa, y gringa culpa abunda, no hay que mentir: está en la mara que Trump detesta, los salvatruchos que desprecia y que son creación en buena parte de la paranoia norteamericana en El Salvador, en los huérfanos que ella dejó. Lo viví, trabajé un par de años con ese grupo desesperado que llegaba desde ambos bandos a los Estados Unidos, torturados y torturadores buscando lo mismo: paz, y quizá bienestar. Cargaban machetes cortos, fumaban marihuana, sus hijos estaban entre dos culturas. De allí salió la mara, de los descastados y los huérfanos.

Volvamos a Cuba, a las ciudades decaídas, a la regresión, a la peor de las discriminaciones que es condenar a algunos a la pobreza eterna. Y eso sucede en Cuba, donde se ha privado al ciudadano común de los beneficios que tienen los turistas, donde se ha condenado a sus mujeres a un no buscado puterío. Otra vez, lo he visto, y no es gracioso.

La Habana está en ruinas, como lo está Odessa en el Mar Negro, como están las barriadas de edificios calcados de Jarkov donde desde afuera se puede apreciar la miseria. ¿A quién acusar? ¿A Gorbachov, a Yeltsin? Las élites se enroscan en sí mismas, vengan de la aristocracia, de la clase obrera, campesina, comerciante o el lumpen. Cuando estas bandas de gregarios alcanzan poder se envuelven como pangolines y tiran las púas hacia los otros. Nadie nos toca, parecen decir; y alrededor crean insectos que los imitan y reproducen.

Esta ruina viene de la izquierda, de la soberbia de creerse dios, de la falsa empatía y de la más falsa solidaridad. Por lo general sobreviven los vampiros que se alimentan de sus muertos, los Ortegas, los Chávez, los Lulas. Los buenos han sido asesinados, martirizados, y decimos así sin tener la seguridad de que no hubieran hecho lo mismo de seguir vivos. Hablamos, no olvidemos, del peor animal que camina la tierra: nosotros; del más cruel porque es el más astuto.

Entonces llegan los Bolsonaros, los de siempre, y chillamos. Bolsonaro vive en Evo Morales, él, por citar alguno, es la puta que lo parió. Y nada va a cambiar, los pañales se ensucian y se tiran y nadie les mira la marca. Estos, Bolsonaro y Morales, son la misma mierda y apestan igual. Y Cocaricos y Dilmas y Piñeras y la recua innombrable que deseen aumentar, incluidos Patzis y las marionetas a las que se les cayó aparentemente la cuerda que los hacía danzar al ritmo de los dueños.

Esta derecha recalcitrante que aparece, reaparece en el mundo, es, en la América Latina, la reacción al peor grupo de rateros jamás formado, uno que ha enseñado a la derecha males que incluso ellos, malignos, no sabían posibles.

La política está en ruinas; los países también; hay ciudades que se caen: Bolivia pareciera incólume ante eso y es porque Bolivia no existe, no produce nada, es solo un gigantesco mercado de contrabando, de dinero mal habido que no deja rédito al estado, quien, a su vez, es asaltado de forma demencial por una banda de embaucadores y violadores que afirman que la bandera de la revolución ya no es roja sino azul.
Kiev, 05/11/18

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 06/11/2018

Fotografía: Odessa

Sunday, November 4, 2018

Suenan las diez en Jarkov


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Leo de Boris Zaitsev líneas acerca del poeta Viacheslav Ivánov. Lo último es de Roma, en el Aventino, cuando en Roma crecían repollos en los huertos. No los vi en este único viaje pero intuí la pena del autor por la cercanía de la ausencia, que es el otro nombre de la muerte.

Hay seis grados centígrados en Jarkov. El cielo está gris en cada una de las dos ventanas que tengo. Tercer piso de un hotel insulso. La ciudad tiene rastros todavía del Halloween que es muy festejado aquí. Pienso en el tío Hugo, en sus recuerdos de Rusia. El “tío Negro”, le dice Fernando Rojas. Rusia está a un paso. El material bélico disperso lo recuerda. Al sur se matan sin desmedro.

Esta gente es torpe, brusca, a pesar de que sus mujeres caminan con garbo, son delgadas, cintura fina, con andar supongo soviético. Nadie saluda, nadie sonríe. Será el comunismo, la historia trágica, los mongoles, los tártaros, rusos, suecos, alemanes, el estupro permanente. Tal vez. Tan diferente a mi experiencia norteamericana de 1989 donde todos se desvivían por ayudar, sí, los gringos que votaron por Trump, esos, así eran, y debajo del felpo inmundo puede que sigan igual.

Hiervo un té y como mini croissants congelados. En un rato salgo. Miro un par de iglesias, algún ulano notable que vi por ahí al pasar en taxi. Diferente a Odessa. Allí sentí el apego a una ciudad dormida; esta rebalsa en construcciones gigantes, se nota la industria. Pero la gente es la misma, hombres y mujeres, cada sexo cortado con una medida. Hay pobreza, mucha, y ostentación, Mercedes y Porsches, más aquí que en el mar negro, pero los mismos rufianes, siguiendo la tradición mafiosa de la riqueza kitsch, del labriego que ha alcanzado un punto donde puede mostrarse, de Evo Morales y la fatídica revolución maleante, de la mafia italonuyorquina que quería parecer aristocrática y daba risa.

Ya marcan las once. Nueve grados. Recuerdo que en la explanada de Odessa, justo antes de las gradas de Eisenstein, una radio tocaba Radio Reloj, de Manu Chao. Me gustó escucharla, el único español de Ucrania hasta que tropecé con un chileno pelado y altanero, casado con una local cuya familia vivía cerca de una fortaleza medieval. A veces es mejor no encontrar a nadie, menos a paisanos o vecinos que huelen a desecho histórico.

Almuerzo en Sharikov, restaurante nombrado por aquel personaje de Bulgakov. Ambiente cargado, a ratos interesante, a veces lindo. Pero una mala mezcla, ignorante, de cosas valiosas y de objetos sin valor. La comida es buena, catlets de pescado y papa rallada y frita. Otra vez la profusión de hoscos labradores convertidos en oligarcas, Se les nota en cómo llevan las camisas, los reflejos que no son aquellos de un dandy aunque deseen por sobre todas las cosas, incluida su lombrosiana cabeza, serlo. Sus emperifolladas mujeres en la tradición de Rita Hayworth, sin asomarse a la bella.

Sonaron las cinco de la tarde. A las cinco de la tarde. Hora del té. No encuentro una casa inglesa donde comer un shepherd's pie, y tomar alguna exótica variedad de las colonias.

Y así asoma el domingo, impresionado de cómo devoran sushi las muchachas para el desayuno, y ostras crudas con limón, mientras yo me atengo a un modesto omelette con jamón, como si estuviera en la esquina de casa en Aurora escogiendo entre las variedades de huevo para el desayuno. Mas los monumentales edificios de singular arquitectura me recuerdan que estoy casi en oriente y me siento Marco Polo, de hirsuta barba, incluso.

Alguien escribe, promete calor en Kiev, que el iphone asegura está frío. No vine sin embargo por calor de piernas ni tostadas uñas de pie que raspen dulcemente los tobillos. Pasto en un caballito tártaro, pequeño y rápido que me lleva desde los confines del Catay occidental a los campos salvajes del Dnieper. Semejaría que huyo pero descubro. Y tanto en tan poco tiempo, en el dichoso salto de mata que te hace cauto y decisivo por igual, que no sé si la precariedad de una mujer ayudaría un poco. Precaria hoy, que en realidad son mayores y de mayor complejidad y entendimiento que nosotros. Pero no mientras voy de explorador, de scout en el misterio del yo.

Suenan las 8. Radio Reloj. Me aseguro estar en la cárcel, recuerdo la sombría estatua de Giordano Bruno. El cielo está estrellado de día, luna y planetas abandonaron la noche. Señal del fin del mundo. Digo que llamaré un taxi; el té negro me ha puesto alegre; el chocolate eufórico. A alistar los zapatos que mañana dejo Kharkiv, Jarkov, y otra vez hacia Poltava y adelante, en la huella histórica de las guerras, en estas mínimas batallas personales en las que de pronto me siento triunfante, el hombre en la luna.
03/11/18

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Imagen: Restaurante Sharikov, Kharkiv



Tuesday, October 30, 2018

Cochabamba, esa desconocida/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Odessa, Ucrania. Lo soñado hecho realidad, tocando el rostro frío de metal de Isaak E. Babel, contemplando su casa que está siendo refaccionada; buscando a los atamanes de las guerras patrias, controvertidos, violentos, antisemitas, esos que cimentaron, bajo la protección de Rusia, la nación ucraniana, sometida de antiguo por el reino república de Polonia.

Trashumo los barrios, todos arbolados y decaídos, una suerte de La Habana en el Mar Negro. La literatura que exudan las paredes, los muros rotos, el bandidaje hebreo en la Moldavanka, barriada que desde entonces no ha cambiado, que sigue llena de recovecos y huele a hinojo cocido con remolacha.  Pues esto es a lo que vine, a un reencuentro con el pasado, en busca de mis muertos literarios que pugnan por salir del cementerio.

Pues en la famosa escalinata de Odessa, en el filme de Serguei Eisenstein, El acorazado Potemkim, me senté a sacar fotos mientras miraba la miríada de estudiantes, de visitantes indios, turcos, algunos norteamericanos (pocos). Observé mujeres, las miré, las deseé, supe que estaba en tierra de machos con pinta de rufianes, bajos, toscos, borrachos, y de mujeres elevadas, con tacones altos además, hermosas, solas, dejadas de la mano de algún dios para pasto de indeseables.

Bueno, luego de mirar un poco más el busto de Catalina la Grande, los autos hechizos de carrera de algunos patanes, la profusión de árboles de esta ciudad, decidí bajar al puerto. En la escalinata estaba un personaje de Babel: chaqueta raída, sombrero de esos de visera de charol, tan famosos en la filmografía rusa, ya opaco. Lentes pequeños, los que puso de moda Lennon. Vendía estampillas y medallas recordatorias de la guerra, originales. Me preguntó de dónde era. Bolivia, respondí. Sonriendo prununció “Cochabamba” y soltó una risa. Era uno de los seres de las narraciones del gran hebreo saliendo de las páginas y presentándose a mí como un divertido maligno. A recordar: Odessa, no muy concurrida por la turística mundial, una ciudad que se descascara y persiste, la villa que supongo sostiene el dinero turco al otro lado del negro mar, porque comideros turcos abundan. Ese, el de ropa mendicante y risa jubilante repitió que Cochabamba era muy famosa, cómo no conocerla. Nunca había estado allí. Vivió en Cuba de soldado, y encalló en Venezuela en su paso, pero del sur nada. No aclaró la supuesta fama de mi ciudad, lo que me hizo más sospechar que se trataba de una jugarreta de Babel que me había enviado a uno de sus pillos judíos del barrio de la Moldavanka para burlarse de mí.

Señalé una de las estampillas soviéticas y dije: Nazim Hikmet. ¿Lo conoces? Claro, poeta turco. Pero vivió en la URSS, señaló y recitó un hermoso manojo de versos de Hikmet en ruso. Cochabamba, Cochabamba, susurró al terminar. Aquello era una invocación, una ligazón de tiempos y espacios, asegurando los nexos que habían mantenido por cincuenta y ocho años mi identidad y mi conocimiento. Me recordé a mí mismo leyendo asombrado a I. E. Babel, incrédulo que aquella conexión maravillosa y lacónica de palabras era posible. Estaba allí, por donde caía el carrito de bebé en las gradas de Odessa. Esos bosques al lado estaban poblados de fantasmas inmóviles; por entre ellos pasaban mujeres de taco y jeans ajustados. Las nalgas son un poema aparte. El mar no era negro sino azul. Lo que se veía al frente sería Crimea.

En la noche, mientras miraba televisión azerí, sin entender otra cosa que imágenes, pensé en mis padres, en la soleada Cochabamba que acunó la niñez, en los anaranjados chorizos de la Simón López, ya extintos. Estaba en una ciudad nueve horas más adelantada que la mía pensando en las mismas cosas de hacía cuarenta años. Los relojes estaban detenidos bien atrás. Parecía que el tiempo podía transformarse a voluntad. Y el anticuario callejero sonreía como un djinn.
20/10/18

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 30/10/2018

Imagen: Estatua de Isaak E. Babel in Odessa

Con Claudio Ferrufino-Coqueugniot, en el Callejón del Gato


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Estuve de patiperreo por Madrid con Claudio Ferrufino-Coqueugniot . Empezamos en la Glorieta de Bilbao, en el Café Comercial, el de don Antonio Machado, Cansinos-Assens, Blas de Otero, Sánchez Ferlosio, Rafael Azcona... Seguimos por Fuencarral y Malasaña hasta la Glorieta de San Luis, Montera abajo, con sus prostitutas al acecho y sus maleantes de salón de juegos, Puerta del Sol con sus materos, hasta Lhardy, donde hicimos un alto de Marsala y vermú de la casa, tal vez Martínez Lacuesta,  pero las friandises… estaban mejor en el recuerdo de los noventa, casi todos los sabores están mejor en el recuerdo de los noventa. Qué le vamos a hacer. Nada. Hazte a los cambios, a tu envejecimiento. En la memoria más que la marcha de pompa y circunstancia de Elgar, suena la Ritirata Notturna di Madrid, de Boccherini, por Jordi Savall… Cuando menos no tocan a  muerto las campanas, todavía. El presente es el de la celebración de la amistad y las complicidades literarias, por muy deformados que nos muestre ese mal espejo del callejón del Gato, el de Valle, fenecidos los que hubo, que deformaban a más y mejor, tanto que me produjeron auténticos espejismos hace treinta años… Ritirata, insisto, camino de la plaza de Santa Ana y de la calle del León, donde recogimos a Gulliver en su librería de viejo para ir al Terra Mundi, donde se juntó Pablo Cerezal... acabamos en el Café Gijón, mítico, mítico, umbraliano (La noche que llegué al Café Gijón), rompeolas de todas las Españas, decía su cerillero... y bajamos el telón. Pero me quedo con el Callejón del Gato y con Luces de Bohemia de Valle Inclán, por cuya escena para Ciro Bayo, ese exorcismo de una España deplorable, de una monarquía cazaelefantes, de la ley de Fugas, de la miseria y de los hampones de la política... tremendo exorcismo el de Valle sobre el país de su tiempo y sus pobladores, un descacharre que solo el esperpento más vitriólico puede describir.

Valle en Luces de Bohemia

MAX: Los ultraístas son unos farsantes. El esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato.
DON LATINO: ¡Estás completamente curda!
MAX: Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.
DON LATINO: ¡Miau! ¡Te estás contagiando!
MAX: España es una deformación grotesca de la civilización europea.
DON LATINO: ¡Pudiera! Yo me inhibo.
MAX: Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.
DON LATINO: Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los espejos de la calle del Gato.
MAX: Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta, Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.
DON LATINO: ¿Y dónde está el espejo?
MAX: En el fondo del vaso.
DON LATINO: ¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!
MAX: Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España.
DON LATINO: Nos mudaremos al callejón del Gato.

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De PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 29/10/2018

Tuesday, October 16, 2018

Los traidores del mar/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pienso en mi tío Jorge Soriano Badani y en lo que hubiera dicho de estos seudodiplomáticos que fueron a cosechar pendones a La Haya, cargos, pegas, elecciones, y nada más. Hubiera pedido el paredón. Lo dijo ya un diputado chileno, de larga crítica al cacique local, que “el” Evo se deje de joder porque Chile no está dispuesto a prestarse a su sucio juego electoral. Es que a Morales lo menos que se le debe hacer es un cuestionamiento en el congreso acerca de esta disputa centenaria y de los verdaderos motivos que lo llevaron a realizarla con desastrosas consecuencias. A ver si así se le desarregla la permanente que se hace en el cabello en sesión privada en el servicio de señoras de palacio. Que se deje de joder y se haga hombre, que se compre un peine de plástico de a un peso, lo lleve a la manera antigua en el bolsillo de atrás y deje de mirar si las bragas rosas le quedan bien o están ajustadas. Bolivia necesita un presidente, no una diva; un estadista, no una meretriz.

Y menos un traidor que pospone los intereses nacionales para seguir lucrando con el esperpéntico pluriestado de su maldita creación. Al otro, al docto, también despeinarlo y arrastrarlo del jopo a que dé explicaciones. Lo dije no hace mucho, pena que no está la gran señora, la guillotina, para hacer cortes sanos y renovadores. Que la mierda se vaya por un lado en canastón y por otro en sábana. Que los semidioses terminen de la manera más modesta imaginable, al menos algo para resarcir al pueblo que les creyó y adoró como representantes del nuevo paradigma.

Sale el curaca con lameculismos absurdos; bueno resultó para dar interpretaciones que le convienen. Su vida es como un vomitivo poema de los Kjarkas hecho canción: la falta de imaginación al poder; la mediocridad como emblema. Lo sugerido, arrastrarlos de los cabellos (que ambos cuidan) y que rindan informe acerca de sus peculiaridades comerciales y traidoras. Ya basta, este tiene que ser el punto de inflexión en un país agónico. Quiéranlo o no, y eso que nunca fui acólito de la mal utilizada causa marítima, llegó el tiempo de pedir cuentas, y si el hombre manda a cincuenta mil cocaleros a defender lo mal habido, pues a recibirlos también con lo que merecen. Si hay vientos de guerra, que los haya, pues el viento suele barrer el desperdicio. Aunque sabemos de lo improbable de esto, ira tiene que haber.

En Braga, Portugal, entre cerveza negra y cortos de ron barato, se estuvo hablando de la “revolución” latinoamericana, con Evo Morales a la cabeza. Percepciones erradas de la ignorancia, la soberbia y la prepotencia que definen a ciertos intelectuales. La falta de interés y energía para saber a qué se refieren cuando comentan de ello. Sofismas y lugares comunes, falacias del indigenismo y las vedettes maquilladas de ese entorno, desde el apu mayor hasta el Pequeño Saltamontes, como llaman al jumento tan bien situado en este jolgorio.

Pero esta característica extranjera de defender lo indefendible porque no les toca la he visto incluso en modestos entornos, como los grupos de defensa de los indígenas norteamericanos, tribus aguerridas y orgullosas que invocan hoy la figura del mamotreto orinoquense como suya, a pesar de que el reptil andino nada tenga que ver con la trágica épica de las naciones indias de Norteamérica. Este no es Jerónimo, seguro; este es el que vende elixires para la mayor potencia sexual, condones saborizados. De héroe no tiene nada.

¿Entonces qué, habrá alguien para ponerles la cadena al cuello y que escuchen sentencia? ¿O tenemos que esperar el paso y el juicio del tiempo? Creo que es perentorio, ineludible, y hay que escribirlo, leerlo, vocearlo. Llegó la hora. Antes de que la cambien y el reloj corra para atrás porque son capaces de todo en cuando a invención fatídica.
15/10/18

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Publicado  en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 16/10/2018

Imagen: Alfred Kubin