Thursday, July 27, 2023

Let it Be


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

A Alicita hija

 

Abriré, en el treinta aniversario de mi amada y admirada hija Aly, una botella de vino que guardé treinta años. La primera de tu edad, la última de mi tiempo acá. Le dije: nunca me fui en tres décadas y tiempo es. Ya vuelan solas, hace mucho, tú y Emily. Iré, desvencijado y roto, a las conquistas que todavía puedo lograr. Me he cargado de misiles contra las asechanzas y, escondida por ahí, hay todavía una rama de palma. La guerra ha sido eterna, el sueño en el sentido práctico de dormir estuvo ausente. No sé cómo se llamaría en las mitologías diversas el dios del sueño pero alguno existirá. Morfeo, morfina que aseguran da descanso. El nombre del dios o la diosa de las batallas sí los tengo claros. Minerva y Huichilobos, Huitzilopochtli, más cercano a mí en piel y fisonomía que la rubia espadachina.

 

Let it Be. She is standing right in front of me, speaking words of wisdom. Escribí cierta vez a un amigo místico: de revolucionarios nos hicimos padres. Les dejo a ustedes, a ti, Aly querida, la revuelta que en mí fue derrota. Desilusión. Me abandoné en el vértigo del desenfreno, isla desolación, y allí me alimenté de cuerpos humanos para no morir. Salí gordo y caminando a trancos cortos pero jamás me aburguesé. Si el tiempo trae vinos finos y una mujer bella como pecado veremos si sucumbo. En realidad será desidia si perezco, no soy Lucifer para hundirme en el abismo ¿De qué le sirvieron las alas? ¿Para escaparse del dios?

 

Suena una canción a las tres cuarenta de la tarde. Es julio veinticuatro del veintitrés. Se abre el Libro del Esplendor. La madre echada sobre sus polluelos del Zohar. La escuché en un cuarto compartido con mi hermano algún día de los años setenta. Armando estaba con los Beatles en grabadora de carrete, yo leía a Verne. Los padres resonaban como canciones por el resto de la casa, las hermanas parecían ilusiones a través de los cubos de cristal. Vuelvo a aquellas ruinas, sobre ellas se ha levantado un castillo de promesas. Two of Us. Desaparecieron los molles hembra y macho del patio de atrás, los k’uyus que quedaron de ellos y donde se sentaba a leer papá. El cometa Kohoutek se hundió hacia occidente. Sin su luz quedamos a oscuras. He visto otros, por meses, al amanecer de largas épocas, como una raya malcriada sobre un horizonte ébano. Fue el tiempo cuando los aviones cayeron porque los golpeaban las torres, creo. Malhado había traído aquello. Conducía por la avenida Alameda hacia la ciudad de Aurora. El cometa y yo, tan solos siempre, a ratos un muerto salía a pasear. Otros gritaban imitando a zorros en el cementerio de Fairmount. Un hombre desnudo leía a oscuras el Denver Post en un balcón cuajado de plantas. Otro cubierto de momia bajaba por la Forest Street y se escondía en los vanos de tristes edificios de apartamentos donde habitaban los rusos. Abría la puerta de casa, me sacaba las botas y a mirar si dormían, hijas, que padre había traído pan y huevos y el desayuno sería caliente y cálido y los piececitos descalzos sonreirían casi como cupidos.

 

Let it Be.

 

Alex, tu esposo, prepara la fiesta. Yo apareceré con diez kilos de puerco al horno, cocido en jerez. Y ensalada rusa, mi ya famosa que vendía por kilos cuando tuve empresas de comida. Además del vino de treinta, un ron guyanés de dieciséis añejado, cerveza bávara de trigo del rey loco, Ludwig. Dos salsas picantes, la que mis sobrinos bautizaron “morsa” porque es mi invención y los bigotes. Se alinean en el refrigerador cebollines, apio, perejil, tomates, pimentón, huevos. Afuera papa, cebolla y ajo, arveja y zanahoria enlatadas. Pimienta negra, comino, sal marina, mejorana y algo más. Achiote y cúrcuma para el color. Fiesta de cuchillos, desarreglo que antecede a la belleza, al sabor. La segunda salsa es un pique colombiano, no la haré picante para que contraste con la furia de los serrano/habaneros de la morsa. Mis fiestas iban diluyéndose en la memoria de los amigos pero las renovaré este sábado. Fanfarria de muchedumbre popular, como me gusta, callejera, diversa, colorida, con ritmo de bailanta y de a ratos nostalgia de bolero: Bienvenido Granda, Daniel Santos, a quienes ya nadie escucha. “Perdón, vida de mi vida…”. “Por alto está el cielo en el mundo…”. Pero alegría, Cali, música pachuca, taquirari, litoraleña, soca, reggae, ska, R &B, tango, folk y rock and roll. Punk de los falsos profetas: Bad Roaches y Fat Vultures entre otros mayor famosos. Mientras tanto, mientras escribo, me baño en santidad con misas de Johann Nepomuk Hummel siendo que peco tanto en verbo. Las papas de piel roja hierven, añado un poco de sal y pruebo la cocción con filo. Me hace frío en las piernas porque suelo escribir en calzones, sin esposa que ordene vestirse, izquierda derecha march. Encima de la mesa volúmenes de Viaje alrededor de mi cuarto de mi querido Miguel Sánchez-Ostiz, y La tumba de Lenin, de David Remnik, que recomendaba hace poco a un  amigo. Monumental disección del sovietismo ruso. En la portada del libro de Miguel estoy yo en marcapáginas en el escritorio del infinito universo del autor, colgando de un alfiler.

 

Pues, Alicita, treinta años juntos, a pesar de tu rápida y pronta independencia porque eres mujer de armas tomar, como tu abuela y las que te antecedieron en nuestra sangre, tres décadas sumando al futuro que para lloriqueos sentimentales tendremos el gélido nicho un día en que Dios descansó. Te veo jovencita, con David Bowie en el ipod, camino de Lyon, buscando huellas de los Coqueugniot, en Lisboa absorta de fado y Pessoa. Tuyo el mundo. Lisboa vio a Emily también, como Quetzaltenango (Xela) y Ojinaga, las cuevas tarahumaras y la Barranca del Cobre. Eso me causa alivio, me da alas para volar como el ángel que soy, cargando trompetas de Jericó.

 

Déjalo ser, Let it Be. Nos dejamos ser el uno al otro sin interferencias, con llanto pero sin nunca qué haré sin ti, porque con ti o sin ti nos manejamos. Sangra el corazón pero resiste. Valor. Ahora vienen siete minutos de King Crimson, el alma vuela por la ventana y deja el acero descansar.

 

Los dedos escritores huelen a cebolla de verdeo picada. La polera se ha impregnado de ajo. Vida; la vida es vasta estando ebrio de ausencia decía Paul Valéry. Siempre caminé entre la ausencia y la muerte, escribía mi hermana Elena ante mis recuerdos de París y de Québec. ¿Dónde está la mujer por la que lloré? El martillo le ha machacado la cabeza para transformarla en viejita que ríe, casi como una pesadilla nórdica. Río, viejo también, no he perdido el don de la burla.

 

Demasiado devaneo para un simple cocinero. Calza el mandil y a trabajar, deja la transfiguración del verbo a Cioran, oye a Kerouac leyendo sus poemas mientras trozas los tallos de celery. En la pared detrás de mí festeja un kusiyo y en el refrigerador entre el conjunto de magnetos de ciudades visitadas sonríe un charro bigotón de excelente dentadura y guitarra; bienvenidos a Houston, la rica.

 

Pizca de sal, apenas estragón para que no desequilibre el resto. Agua amarilla de pimientos jamaiquinos. Tiene mi hija que tener la mejor comida que jamás tuvo, pondré grande amor en ello. Sin remordimiento ni melancolía pienso que con gusto volvería a mis treinta, no para solucionar nada sino para cometer los mismos errores y pecar lo mismo, en la repetición está el gusto. Repete, repete…

27/07/2023 

Sunday, July 23, 2023

Fuego sobre Odesa


Claudio Ferrufino-Coqueugniot


Cae tristeza como llovizna, no como tormenta. Así es peor. Escucho vociferar de nuevo a Prigozhin, veo el bestial rostro de Utkin y su chillona voz gritando en inglés “Welcome to hell!”. Hell is here, hell is Russia. Lo entendió Herzen y también Fanny Kaplan que le metió unos tiros al calvo Lenin. Esta mujer judía ucraniana, casi ciega por el martirio zarista y bombas mal estalladas, pagó por ello. Fue Sverdlov quien ordenó un tiro en la nuca y la posterior quema de su cuerpo en un turril. Los pozoleros del narco mexicano no inventaron nada. Tanto he amado Rusia y tanto quiero hoy la destrucción del imperio. Me justificaré con Bakunin e inventaré un dicho sobre lo resurrecto.

 

Estoy con Edith Piaf y Léo Ferré. Y Sacha Distel e Ives Montand. Discrimino música a llevar. Todo lo ruso irá conmigo, y mis libros también, de Bunin a Sholojov para un amplio espectro. “Música rusa” es término de mucha extensión. Se mezcla con la gitana y la ucraniana. No hay fronteras para el altísimo pasto de la estepa arriba de Mariupol. Se junta con Rusia y corre al sur hacia las tierras del khan.

 

He comprado la última edición de Gente, años, vida, de Ilia Ehrenburg, uno de los pilares literarios de mi juventud. Y de Pablo Neruda también (Ehrenburg es el más nombrado en Confieso que he vivido). Tengo ya tres ediciones. Lo leí por primera vez a mis dieciséis años en tres tomos de Joaquín Mortiz (México), luego una anterior, argentina, y ahora esta, cuando los yuppies literarios han rescatado al gigante, al igual que hicieron con Stefan Zweig. Lo veo en foto con los partisanos hebreos de Vilna, escucho las canciones de ellos en yiddish. Leo su violento alegato en contra de la Alemania nazi, su demanda de venganza. Casi como Zhukov: “soldado ruso, cierra tu corazón a la piedad”, o algo similar. Ucrania tiene el derecho de reclamar lo mismo, el derecho de ahorcar a toda la nomenklatura putinista, incluidos oligarcas y caniches propagandísticos, desmembrar al enano enfermo, poner su cabeza en la punta de la espada de la gran estatua de Kiev y sus despojos en cuatro puntos que podrían ser Sumy, Kamenyets, Rivne y Huliaipole. Será un gran día y no día de penar sino de festín, que primitivos somos y parece que la antropofagia es adecuada a veces. A afilar pangas mau mau; lenguas afuera de los maoríes. Un Nuremberg de muerte colectiva, de jerarcas hacia abajo. ¿Y la razón dónde queda? Espesa niebla la habrá cubierto.

 

Catalina la Grande estaba en la explanada arriba de las gradas de Eisenstein. Paseaba por encima de las cabezas de sus eunucos, amantes decorados y cubiertos de entorchados. La removieron de allí, creo que era necesario; obviar el menor pretexto para que Rusia reclame esta joya a orillas del mar.

 

Anastasia llevaba botas de obrero de construcción, jeans y chamarra azules. Recogido el cabello rojo en un moño escondido. Delgada, larga, cariñosa. En el ponto, reflejadas luces sin fuente conocida, quizá antiguas sirenas, nereidas. Martín y Teresa bailaban en casa un famoso danzón: Nereidas. Este mar, y Anastasia, guardan el mismo ritmo delicado que no he aprendido. Me cuesta creer que sobre esos adoquines cae el fuego de la guerra. Habrán despertado al gran Isaak Babel, lo habrán puesto molesto. Tendrá que convocar a sus águilas de nuevo para combatir la oleada infecta. En un golpe de pluma, una línea, Babel puede terminar con el tirano. O escribir o simplemente tachar su nombre y destino será y destino es. Las horas del mala vida de Vladimir Vladimirovich culminarán con el olvido. ¡Qué lejos está cuando tocaba el piano y cantaba en inglés con el jet set! Cuando era mimado de Europa, siempre ciega o tuerta a las realidades hasta que el alfanje le reduce la testa. Babel ha de escribir “mueres” y allí termina el vanidoso repollito. Desgajar su cuerpo sietemesino no será complicado, un par de golpes de hacha, menos trabajo que el de Pedro el Grande decapitando streltsys.

 

¡Pobres, pobres campesinos!
Seguramente están viejos y feos
Y siguen temiendo a Dios y a los espíritus del pantano.

(Esenin)

 

Rusia, Rusia.

 

Cayó la noche. Las putas relucen como hongos comestibles del bosque en las esquinas. Paso a través de ellas como espectro. Están interesadas en automóviles no en hombres de a pie. Sigo hacia la Moldavanka buscando un bar abierto. Buses de amarillo opaco cruzan alrededor, desvencijados, crujientes. La iluminación es pésima, como me gusta a mí, no quiero el rutilar de luces de ciudad; prefiero sus sombras. Hierbas y flores crecen descuidadas, otra vez, como las quiero yo, como era el jardín delantero de casa cubierto de pasto y con habitantes que parecían serpientes y eran lagartijas sin patas.

 

No hay bar. Acopio cervezas en una tienda moribunda. En silencio, no hablo ucraniano. Mis dedos señalan y pago con billetes con el rostro de Mazepa y de Iván Franko.

 

Hace unos minutos veo un corto video de cómo Ucrania hizo volar por los aires a un militar invasor apodado Tashkent. Estas muertes tienen aroma de retamas. El criminal se convirtió en golondrina, quizá haga nido con el comandante Hugo Chávez, las calaveras los juntan. Dansons La Ravachole.

 

Pedí a Anastasia ver a Mielnitsky y me llevó al hetman Holovaty. Era muy bella para decirle que se equivocaba, muy crepúsculo su cabello y mucha nieve su piel. Caminamos, nos sentamos y fotografiamos en la Moldavanka. No vi a Mishka Yaponchik, el verdadero Benia Krik. El hombro de Babel estaba frío, corría brisa por Odesa, el viejo aeropuerto pintado de gris. Sentado en mi habitual comidero, Kazán, hago una toma de la catedral. Último día en el puerto. Me prometo volver; a ti no te prometí nada, frotando tu abrigo rojo quise hacerlo pero me esperaban distintas ciudades y viajaba. Luna se eleva sobre el poste del desnudadero, arriba, nave extraterrestre. Entre tus piernas el sexo afeitado parece la gloria de los musulmanes. Apuro la última cena iraní, carne con granada, la justa ecuación para el misterio. Un leopardo del Caspio trashuma por mis sueños, en una orilla con una hierba en la boca Máximo Gorky. Y Malva. Maestro, le susurro, quiero matar a Putin. También lo quiero yo, y me alarga instrucciones de los narodniki para hacer volar tiranos. Maestro, le digo a Isaak Babel, deseo acabar con Putin. Ríe el gran hombre del silencio: cómpralo, sugiere, con las mismas monedas de Chichikov. Este es un siervo muerto, uno más. Deduzco que asoma el fin, el general Armagedón, que asesinaba sin pausa en Siria, aguanta desnudo la picana. Han detenido a Strelkov; a Girkin lo colgarán un día en Kiev. Nadie es dueño del paraíso, ni siquiera Leonardo. Menos del tiempo, ni siquiera Dios.

 

Dame tu mano. Me abrazas. Vemos alejarse el Potemkin. En La Habana compré en dos mil diez un afiche cubano del filme. Hasta ahora no lo he encontrado. Hallé a Christian Schad y a Antonio Berni. Ya aparecerá. ¿Y tú, Odesa, que tienes cabellos de fuego de mi amada, cuándo descansarás? El pedestal vacío de la emperatriz será llenado por algo hermoso, no te faltan recursos, agua bendita.

 

De la terraza del hotel Alarus, esquina de la Preobrazhenskaya, contemplo los pasos de Anastasia que se marchan. Las luces continuarán encendidas durante la noche pero se van apagando las estrellas. Sorbo un vino tinto local que sabe a casero. En la noche de los Iskanders va tejiéndose el destino. Si se sobrevivió al turco y demás guerras, cómo intenta un enano titiritero mofarse de ti. Pónganle la cadena al cuello de mono aprendiz y que extraiga al azar cualquier tarjeta. Cada una y el montón le aseguran una cosa, única segura, muerte y solo muerte.

23/07/2023

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Imagen: Odessa por David Burliuk, 1910

Sunday, July 16, 2023

Andino


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Recorriendo el mundo virtual tropiezo con una fiesta en Sicaya, Huancayo, Perú, un extraordinario, hermoso y lento baile que dicen la “tunantada”. Averiguo: el nombre puede que venga de dos vocablos quechuas que significan venido del cerro, o serrano, pero quizá de “tunante” lo que, dado que es una parodia del patrón colonial, tendría sentido.

 

Máscaras, elegancia, bastones; las mujeres, de anchas y coloridas polleras, llevan guantes blancos y bordados caseros. Ambos, machos y hembras, se mueven cadenciosos, sobrios, soberbios, seguros de sí mismos y su poder. Hay otros personajes de la danza que incluyen un “Tucumano”, arriero que conectaba el Perú con el Río de la Plata y un “Boliviano”, curandero, tal vez referido a los kallahuayas. Iniciado como burla del opresor resultó con el tiempo una magnífica obra de arte. Triste y bello, el huayño peruano. Hace poco, en esta descubierta de tesoros en cajas que tengo en casa, hallé un disco que grabé hace mucho, de los Engreídos Olímpicos de Huancayo, un álbum denominado Mama Catash, mama Cata, mama Catalina, con esa “sh” que pienso no existe en el quechua boliviano y sí en el peruano: Ancash, Huaylash, Catash, etc. Una joya popular, de fiesta bailable, en el Ande donde la tristeza también mueve los pies con alegría. La fiesta… institución nacional de Bolivia, muy arraigada en la zona andina hasta el norte argentino; allí el carnaval es el tiempo central de la existencia. Recuérdese lo que cuenta José María Arguedas en Dioses y hombres de Huarochirí, los festines de semanas del inca Pachacutec. Eso no cambió, se acentuó, mucho en un país indio como el nuestro y en donde el blanco se ha aindiado para formar parte íntima de la procesión bailante y alcohólica.

 

Huancayo… vuelvo al único José María Arguedas y su apología de los nativos del Mantaro, nunca vencidos. Trabajé en Denver, por un par de décadas, con mi amigo Juan Cántaro, nacido allí. Pequeño, de no más de metro sesenta, y el hombre más belicoso que he conocido, audaz, rebelde, sin miedo a enfrentar a tipos que le doblaban en tamaño. Siempre me hizo pensar en Arguedas, en Los ríos profundos. Todavía resuenan en mí, y lo harán para siempre, las campanadas de la María Angola, con la porción de oro que en su fundición le dio voz tan especial. Al escuchar a los engreídos, olímpicos músicos de aquella región, la sangre mía, jamás escondida, de los guerreros lampiños, eriza los carentes vellos y dan ganas de bailar, de beber y de caerse, de ver la procesión de cerveza en cajas guindas de a doce para construir muros ebrios más sólidos que Ollantaytambo.

 

Juan Cántaro… sigue aquí. Hizo fortuna, es dueño de tres casas. ¿A qué voy a volver?, pregunta. No tengo nada allá, mis hermanos se deshacen entre ellos por tierras de mi padre. Aceptaré mi destino de asilo, la eventual visita de los hijos, de alguna ex que trae a mano a su juvenil verraco mexicano que le alegra el esperpento. La última lo dejó porque él trabajaba siete noches por semana, como yo. Ella quería baile, quebradita y banda. ¿Qué hizo Cántaro? Le compró una casa al “muchacho” traidor, le dio una tarjeta de ilimitado crédito a la traidora y se refugió en el sótano del hogar comunal con o sin recuerdos no lo sé, a oír el catre que ya no es para él, las piernas que abandonó por responsabilidad y dinero. Karma, sin embargo.

 

Digo karma porque Juan le voló la esposa a un guatemalteco que hizo de coyote durante años, pasando gente por Las Cruces, Nuevo México, a varios miles de dólares el pase. Este separaba del grupo inmigrante a mujeres que le caían bien y cobraba cuota extra. ¿Qué puede hacer una mujer que desea futuro sino ceder? Igual a las gitanas en Kusturica, camino de Italia, a las ucranianas que huyen con hijos y nada en mano para ser explotadas por los mastines de siempre, los que viven del trabajo y sufrimiento ajenos. Otra vez, ¿qué hacer? Ser mujer es el peor destino, no hay otro que se le equipare, pies y espalda de la sociedad sobre los que se construyen ciudades y culturas.

 

No tiene importancia el nombre del individuo aquel. Me tiento a llamar a mi amigo Israel para preguntarle pero no lo hago. Vicente, si recuerdo bien. Su esposa, mientras él andaba en andadas de mucho dinero en la frontera sur, repartía periódicos. Conoció a Juan, nunca pregunté las circunstancias. Lo cierto es que el hermano de Vicente, apodado El Guacamole los encontró en acto infame y delicioso, “en la cama de mi hermano, el muy hijo de puta peruano, ni eso respetó”. Vicente divorció a María, María matrimonió a Juan y la retahíla de cuernos pulidos de venado larga se hizo. Ornamentos sobre las frentes de los pendejos. “Tristeza não tem fim”, aseguran Vinicius y Tom Jobim.

 

No verás ya Juan correr el pedregoso Mantaro. Ni Junín ni Ayacucho.

 

El Perú… cajas de Perú negro, César Vallejo y Nicomedes Santa Cruz. Oé, oé, susurran los guineanos. Lo corrí de sol a fondo en las páginas de papel biblia, edición Aguilar, de las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma, en el frío pasillo de la biblioteca familiar. Los incas ajedrecistas, Hernando de Soto enseñando al cautivo Atahualpa los rudimentos del juego. El enroque le salió mal al fin y le dieron garrote a pesar de los metales. Contaba don Jesús Lara de los hatos de llamas cargando bolsas de oro y plata, preciosidades de orfebrería para el rescate que demandó Pizarro, que al enterarse de la muerte del Inca desaparecieron por los cerros de Cochabamba, Tapacarí, Ayopaya, Arque… tesoros que buscó mi abuelo y pobreza encontró. De mi abuelo y sus hermanos diré que trabajaron en el acopio de la coca en Santa Rosa, en medio del Machu Yunga, en Vandiola. Coca aquella desde la época de Tupac Yupanqui que se convirtió en gruesos árboles y bosque antiguo. Los adláteres de la cocaína los destrozaron para reemplazarla por la amarga hoja chapareña, no buena para masticar. Lo cuento en El señor don Rómulo que son los recuerdos de mi padre Joaquín Ferrufino Murillo, mucha sangre y más historia. En los yungas hermanos, los de Totora y de Arepucho… en donde se refugió el feroz Aguilera, matador de Warnes y Padilla.

 

Contaba don Jesús Lara de Inkawakana, la piedra que llora al Inca, ahicito, arribita, subiendo el cerro. La buscaré. El llanto ya lo he encontrado.

 

Tanto de Ricardo Palma en mi formación histórico-literaria. Siglos sumados a siglos, la Perricholi (perra chola), mujer encantadora…

 

He saltado como saltimbanqui por las épocas. Maromero a ciencia incierta, vaya paradoja.

 

Huayna Cápac dicen que tenía alrededor de un treinta por ciento de su ejército formado por cañaris, hijos de la serpiente y el guacamayo. Enemigos de los incas, finalmente accedieron a compartir los señoríos bajo el mando de este príncipe. Luego, en la guerra civil de los hermanos, los cañaris se asociaron con el bando perdedor. Cuenta Cieza de León (¿?), que visitó enclaves cañaris en sus viajes, cómo se sorprendió de que hubiese en algunos solo un hombre para quince mujeres. Atahualpa Inca, vencedor de Huáscar, decidió que se eliminase a todo masculino capaz de portar armas en acto de venganza. Srebenica revisitada en el pretérito de viejas montañas. El hombre es lo que es y no más. Esta etnia cobró revancha cuando España asomó. Al igual que chachapoyas y otros grupos combatió a los incas hasta su fin aliándose al conquistador. Lo mismo que tlaxcalas, por miles asediando Tenochtitlán. Dolor y traición, dinero y poder mimetizados de supuesta gloria, siempre, padre nuestro que estás en los cielos…

 

Anoche, mientras manejaba por cinco horas en el silencio, tanto pensé en lo que quería contar aquí. Pero de cuentero tengo para mucho y no hay necesidad de mortificar el intelecto. Ya saldrá, que aquella sangre, y la otra, corren todavía por mí y no tienen escapatoria, resquicio para salir. Las cargo en mí, miles de páginas e innúmeros detalles, mi Sísifo personal y mi alegría, paradojas de mi vida, de nuevo, como aromas de mujer que se revuelcan conmigo, se alejan, se desvanecen, y vienen renovados vestidos de jazmín y cedrón, de pachulí o del más prosaico y terrenal olor de sobacos de una mujer francesa mientras amanecía en El Mirador y los pájaros cantaban el buenos días consabido incluso si habrían de ser malos.

 

Tributo una piedra en la apacheta de El Negro, subida a la cumbre con destino Morochata. Botas y mochila, atún en lata, pan tortilla y pan marraqueta, hacia el fin de mis ancestros, la urgencia de rebelión, el azar. Hundo los pies en los humedales de arisco musgo, volarán las monedas hacia la rayuela de la chicha, y la mujer asesinada en la quebrada de Chinchiri continuará llorando, como Hécuba, la madre perra de Troya.

16/07/2023

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Imagen obtenida de un video de Milito V en la fiesta de Sicaya

Thursday, July 13, 2023

Esas pajas memorables. Homenaje a Laura Antonelli


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Gritarán contra la mujer-objeto, contra el icono insano de la desnudez sin sentimiento; recurrirán al amor. De ahí hay un paso hacia el papa Francisco; a Cristo, la religión, y terminaremos en Sodoma y Gomorra. Savonarola quemando a Savonarola, aunque este estuviese quizá más cerca del moralismo de De Sade que del santo de Asís.

 

Imaginen sin embargo una villa deleznable como Cochabamba a mediados de los 70, cuando teníamos quince y diez al menos los habíamos vivido en dictadura militar. Los hermanos Alarcón se paraban en las puertas de los cines para impedir el paso a la fílmica de Leonardo Favio, entre otros. Las puertas de la universidad se entumecían en ataduras verdes. La hierba crecía a destajo. Imaginen una villa que se derrumbaba antes de haberse levantado. Había alcohol, cómo no, y los maridos daban pateaduras públicas a sus mujeres. Se golpeaba a los niños; el indio era indio.

 

Contaba mi padre de su juventud, de las fiestas en que las damas se emperifollaban como en el mal cine de Hollywood. Se acercaba Ferrufino a una a invitarla a bailar. Nooo, cómo se te ocurre, yo no bailo. A otra… nooo, qué te pasa, qué crees, qué te crees. La tercera… Putas de mierda, decía el viejo, por eso me fui de aquí al mundo.

 

A los diecisiete, Bob Dylan cantaba Hurricane. Iba yo de una en otra “rebotando”, como se llamaba entonces a esa malhadada costumbre de ser rechazado. Treinta años después, y como en el tango, aquellas señoras habían cambiado, y ni crema ni pastiche mejoraban una ruina por demás esperada y lógica. Claro, tanto tiempo después ya no las invitaba a bailar y las dejaba matizar la charla femenina con singani, mientras la cumbia movía otras caderas sólidas.

 

Pero ese supuesto castigo de envejecer no tiene mucho que ver con el texto. O sí, porque ajenos a la caricia femenina nos hicimos imaginativos. Un coito cochabambino quedaba de momento desechado. Tal vez las estrategias eran pobres o el verbo débil, porque no faltaban apuestos parlanchines que para mostrar sus dotes incluso llegaban al embarazo. Hoy caminan con las Mireyas de allá muy atrás, arrastrando el peso por el mercado, bolsa en brazo, al lado de alguna robusta heroína que creímos hermosa y era ficticia. Gracias, gracias, porque eludimos sin quererlo una vida roma, prosaica y ajetreada.

 

La represión no impedía el cine erótico. Tiempo de las divas italianas, voluptuosa la Fenech, ligera Agostina Belli. Laura Antonelli en Malicia, mujer que soñábamos, de grandes pechos con pezones de perfecto diámetro. Era la novia, la amante, la esposa en esas callejas mal iluminadas y profundamente solitarias. El frío del concreto en las galerías, que costaban un tercio de la platea, servía para distender cualquier ambiente. En esa sombra que cortaba el haz de luz de la película existía una paz amatoria como no volví a sentir. Incluso en lleno total, en las “noches populares”, no era difícil acariciarse el sexo delante o detrás de la bragueta. Aquella era una cita para los presentes, y poco se interesaban en la moralidad del desconocido vecino. Cita con Laura Antonelli.

 

El tiempo pasó desde Malicia. La actriz trabajó con Visconti y con Scola. Tenía talento; por lo general ese te mata. Crecimos, y aprendimos de cine, que la Antonelli sobrepasaba la dicha de sus tetas y podía actuar. Ya entonces, creo, alguien de carne y hueso se había dignado al sacrificio de la piel. La premura desapareció, pero no el gusto, la soberbia delicia de haberse acostado infinitas veces, en innombrables posiciones con ella. Única a pesar de compartida, Laura, amada, deseada, urgidos de inventar que poseíamos sus calzones blancos y los olíamos como de azahar.

 

La mujer-objeto. Ella nunca fue mujer-objeto sino mujer-sueño. Tenía lo que ninguna tuvo; poseyó lo que otras jamás: la alegría del cuerpo, de soltarse en las plegarias de Onán, ser amada por multitud, idolatrada más que cualquier María de velo y rictus amargo. ¿Malicia? Claro que también la hubo, porque parte de ello es. Enamorados, sí, pero hambrientos de devorar los portaligas, de morderle los dedos de los pies, de remojarnos en su bendita agua. Por los siglos de los siglos.

28/07/2015

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Publicado en PUÑO Y LETRA (Correo del Sur-Chuquisaca), 03/08/2015

Foto: Afiche de Malicia

 

Tuesday, July 11, 2023

El diario de un divorcio


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

 

El de la imagen fue un 19 de octubre del 2018. Acabábamos de tomarnos un espléndido aperitivo de Marsala en Lhardy, seguido de un par de medias combinaciones clásicas «para postre» (que decía Ayanz), en honor del difunto Abliticas, que era muy aficionado al brebaje y fue méndigo parisino y terminó tirando su herencia por una de las ventanas (o por varias) del Georges V (avenida del mismo nombre, proustiano total). Aquel día, con Claudio nos vimos del revés en unos de los espejos del callejón del Gato y recordamos a Valle en sus esperpentos, pues qué otra cosa se puede escribir en este tiempo de mugre. Pasamos por la librería de Manolo Gulliver, almorzamos codillo en el Terramundi y recalamos en el Café Gijón de los camareros matones. ¿Se puede contar todo? Ni en broma. Lo sabía bien Thomas Bernhard y el propio Céline lo dice en Guignol's band.: «Bien sûr que je vais pas tout vous dire!» Claudio acababa de no sé si divorciarse o de quedarse por completo solo (que no es lo mismo aunque lo parezca), con esa noche insomne que lleva a cuestas desde mucho, desde sus primeros trabajos americanos de espaldas rotas más que mojadas, esa noche y ese insomnio que hace de pentagrama de sus textos autobiográficos con poca llajua de ficción: bastante tiene con lo vivido, y le sobra, y tiene cuerda para rato. Claudio vació y desbarató su casa, libros, tejidos andinos, máscaras... entiendo bien su fijación con las Punu porque son máscaras de muerte. El muladar, la oscuridad del guardamuebles, los regalos que son liberadores y despedidas... Airé, airé, a veces hay que coger aire y volar. Lo cuenta con detalle en un libro que le van a publicar enseguida. Claudio dejó una vida atrás y se echó al viaje, de Colorado a Kiev, pasando por Oporto, Madrid, Roma... el mapa del viaje está en su libro, con toda la gente encontrada por el camino, la historia, los escenarios que hoy son de guerra mundial, las páginas leídas y las cosas vistas en el pateo de las calles, los comistrajos y platos contundentes, las zahúrdas donde se echó a dormir, los amores de viajero que sueña con abandonar el bulto en algún rincón y quedarse, ya, para siempre... hasta luego, me voy, que tengo que irme, la página me espera. Inquietudes. Envidia. Malsana. No hay otra. La suya es una forma que me resulta inimitable de relacionar todo lo visto, vivido, olfateado: lecturas, comidas, músicas, bebidas, películas, gentes, del pasado, del presente, don naidies de los arrabales... pura vida que le dicen. Me resuenan versos de Blaise Cendrars cuando rememora las gentes y los países (los que le vieron como los que no) en una época de frío y oscuridad. Con seguridad estoy hablando del mejor libro que se va a publicar este año en Bolivia.

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De VIVIRDEBUENAGANA, blog del autor, 12/08/2022

Sunday, July 9, 2023

Escribir un Diario


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

Llovía. Siempre que me han abandonado las mujeres, lluvia. Será que los dioses sollozan, Júpiter la muerte de su hijo el Sarpedón, o Eos, la Aurora, nunca calma desde Troya por el fin de su fruto Memnón. Zeus-Júpiter arroja sobre los troyanos gotas de sangre del cielo, previendo que su vástago ha de perecer a manos del héroe Patroclo. Llueve cada día desde hace meses en Denver. El agua se escurre sobre el piso de la sala viniendo de la chimenea. Extraños polvos oscuros trae, de cien años tiznados y quién sabe qué.

 

Espectros judíos bailan en Máramaros, danzan, giran; los árboles del Cárpato suspiran, rotan, se acompasan con las aves que hacen ronda, tiovivos de cuervos, lobos con párvulos en las fauces sangrantes. Giran giran.

 

De pronto calma, paz penumbra. La montaña se ha adormecido, duerme mientras Rilke detalla elegías. Violines, clarinetes, gorros de piel de oveja, negros como de tormenta, de apocalipsis negros. Duermen, duermen, inmensos vegetales con nidos de cigüeña. Tambor acompaña a violín. Dije calma; la música recorre los pasos del monte, el mítico desfiladero del Borgo en donde vuelan uno cree que polillas pero vampiros.

 

Miré a trasluz y no estabas. A través para asegurarme que no te hiciste etérea. Levanté cajas pensando que te habías escondido, revisé la línea del teléfono de entrada a salida. Llamé, disimulé mil voces, hice coro y dueto y tripleto, imité un bebé así también el trueno. Canté en rumano y en húngaro, maldije Calabria de odio y de recuerdo. Invoqué mi piel lampiña creyendo que el Ande hechizaría el tiempo para permitirme buscarte. Way, way, plañideras de la puna. El monte Sajama tieso, pelado, con abrigo de alpaca. Las vicuñas corren hacia el lado de Chile, a los Payachatas. Te vas con ellas, disimulada en piel marrón sutil, ágil en contra de mis torpes patas de guanaco.

 

Denver y Cochabamba se asolean debajo del hongo atómico. Alrededor mío han crecido gigantescos arbustos de perejil venenoso, como los que aparecen en la región de Tver cuando todos se han marchado. Agarro una púa herrera de trompo de infancia y escribo luego de clavarla en mi corazón. Dramón mexicano, guitarrón y violón. Odilón Redón. Acordeón.

 

Los hasiditas se mueven en el baile del khosid. Leía a Bashevis Singer, tanto lo leía que Lublín pasó de ser el lugar de los temibles príncipes Visnowieski al de magos onanistas. Y Yampol que hoy creo es frente de guerra o era otra Yampol como tampoco soy yo el de 1983. Desembarco en la ruina de mis sueños, en la orilla hay muñecos agresivos de los indios orinocos. Me metí entonces ¿cuándo era? Julio del 2018 era, en un agujero. Rememoré haberme enterrado de cabeza en las minas de azufre personales detrás de la anciana iglesia de Lequepalca. Era administrador del tramo de la carretera que iba de la cumbre de Pongo a Confital, trabajo que dejé apresurado. En las noches en que los empleados se acostaban o libaban té con té en la explanada de la escuela enfrente tocaba yo el frío y grueso adobe del templo cerrado a candado. A veces seguía por el borde amurallado de su patio, llegaba a la parte trasera y me sumía en esos hoyos que no tenían víboras porque estaba helado. Camiones hacen sonar bocinas, parecen buques o locomotoras. Ululan. Unos van al valle cochabambino, otros desviarán hacia Paria y Oruro. Veces las más, tomaba a la derecha, pedía al chofer que me bajara en Patacamaya. Retornaba casi al amanecer, al papeleo de asfalto, peones, picota. Mi pelirroja esposa, belicosa sangre noruega, aguardaba en Kanata, con mi Emily de un año. El alma india, sangre que se esconde, toma destreza de gato montés. El otro, el enemigo, España, alrededor del vivac y yo afilo cuchillos.

 

¿Dónde se ha perdido, don Claudio? Perdido, sí, confuso a ritmo de pututu, erizado el cuero por extrañas fuerzas en derredor. Levanté la alfombra y no estabas, la máscara punu con diamante rojo, tampoco allí. Debajo del decorado gorro afgano, menos.

 

Solitario en la Moldavanka, en Sica Sica. Quito el clavo del corazón y meto un alfanje, así escribiré mejor, poco pero sustancioso, mínimo como nuez moscada. Te prometí Lisboa y nunca fuimos a Lisboa. El fado se volvió tristísimo por tu culpa mea culpa. Mujeres envueltas en murria que cantan, barbudos perros paraguayos exhiben la pobreza de su desnudez. Decían que las viejas de Cochabamba los ponían al pie de la cama y que curaban el reumatismo. Devorados por los mayas; delicadeza azteca. Los conquistadores creyeron ver que llevaban el ombligo en la espalda, poco podían discernir en la noche eterna, casi nada, con luciérnagas y cocuyos amarrados a sus botas para iluminar los pasos.

 

En Dostoievski había un cocodrilo, no únicamente Raskolnikov. Y Pushkin cambiaba de posta por las ancianas verstas de Novgorod la Grande.

 

Dije que componía las páginas del Diario del divorcio con sangre. No lo aseguré, miento. Lo supuse. Pero en esto se me adelantaron Esenin y Pascin, ellos antes que yo escribieron notas de amor carmesí.

 

El pasaporte argumenta si de Londres se irá a Portugal o a Islandia. La corriente lleva al sur, del sur a oriente, la ruta de la seda que comienza en el Adriático, no lejos de Trieste. De pronto estoy en Istanbul. El puente del Bósforo brilla rojo. Asan köfte en la calle, al lahmacun le falta picante, dónde estás, mi andino locoto hubiese preguntado Vallejo si antes no lo seducía el capulí. Rocoto, para él, y chile manzano en las alturas de Querétaro y Chiapas.

 

Salté el Ponto Euxino según bautizaron los jonios al mar Negro. Pensé, imposible no hacerlo, en Heródoto. De Constantinopla a Odesa. Nunca me perdonaré no haber visto el delta del Danubio, el mismo donde se escondían los perseguidos de Panaït Istrati. Ahora, ya sin cuadernos ni púas herreras atravesándome, he dejado de anotar. Mis manos se han hecho para dibujar humos, diseñar eclipses, imaginar haiduks y beber ilusorios tragos de slivovitz.

 

Comienzo mi libro así: “Mi amigo Miguel (Sánchez-Ostiz) recuerda a Mateo Alemán. Se le ha hecho casi obsesivo. Aquel fantasma machaca sobre la inercia de nuestras vidas, el prurito de la fama, la ya escasa presencia del amor y el gran desasosiego”.

 

Y lo termino: “En un rincón de mi dormitorio en la calle Clarkson Norte están empolvadas mis maletas. Polvo de cuatro años que comienzo a limpiar. Aviones, trenes y colectivos alistan motores. Niños y muchachos vocean los destinos a pulmón lleno en El Alto de La Paz: Cochabamba, Poltava, Tashkent, Buenos Aires, Sarajevo, Edirne. Antes se llenó de polvo el equipaje, le toca la hora de hacerlo al panteón. Me acompañará una docena de lapiceros y un teclado inteligente. Este libro de viaje recién ha comenzado; el divorcio terminó”.

 

El Tíber sigue corriendo, Roma bajo el perfil de Adriano. Sigue el Duero…

07/07/2023

 

 

Monday, July 3, 2023

Llueve sin parar


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

Chove chuva
Chove sem parar

 

Vieja canción de Jorge Ben Jor. Llovió desde las once hasta las cuatro del amanecer, a ratos con granizo. Mofetas corrían por jardines con la cola levantada. No vi zorros. Un par de venados adultos me asustó cuando entré a un cobertizo vegetal. Más los asusté yo, pero esos ojos estaban casi arriba de los míos, grandes, brillosos, oscuros.

 

La lluvia se ha detenido. Laudamus te, de Wolfang Amadeus Mozart. En casa, aguardando sin emoción la fiesta del 4 de julio. Anoche ya había fuegos artificiales; en el barrio en que estaba los mexicanos festejaban más que nadie la independencia de los Estados Unidos. También anoche chocaban los autos del universo marihuano alcohólico, frenéticos choferes en medio de la urbe solitaria. Locura total, gente dominada y entrenada desde infantes por el estado policial y que se suelta con aditamentos exteriores, incapaz de rebeldía tenaz y colectiva. Pueblo que sospecha, desconfía, está armado porque vive en pánico. Siempre que puedo se los digo, que no tengo armas porque no tengo miedo, a pesar de haber trabajado en los peores lugares posibles, expuesto. Como niños de orfanato se destapan y se transforman en banda de orates. El culto del “Jesús anaranjado”, según se conoce a Donald Trump, es su forma de rebelarse idolatrando a un violador, ratero, maleante, embaucador, embustero, megalómano, traidor e incestuoso. En él reflejan sus deseos insatisfechos. Si se le añade retórica fascista, pues un resultado que de darse enviará a USA a los infiernos para siempre. La iglesia evangélica norteamericana es la actual Sodoma y Gomorra, unilateral, permitido el vicio solo para ellos y el imbécil que veneran.

 

Laudamus te, te alabamos, te rezamos, Jesús nazareno de New York, que el mundo vea la gloria de la raza blanca y que abusemos a las hijas para que den “luz” a monstruosos seres grotescos, babeantes y balbuceantes. Exactamente como la izquierda. La naturaleza los parió iguales contra natura. Hoy sale la luna y juega al escondite entre tilos de verde claro. Pienso en John Boorman: Deliverance… En los señores feudales del norte argentino, kirchneristas del infierno, bendecidos por el demonio hermafrodita vaticano. ¿Dónde estás Fellini, dónde Petronio? Llueve cocaína boliviana marca E sobre el Impenetrable, cae sobre la tumba perdida de Massetti. Andrés Rivera, la revolución no es un sueño eterno, es la interminable mentira.

 

Hablaba de la lluvia y me he sumido en estercolero de dictadores. No hay agua fresca suficiente para limpiarlo y la historia emborrachó al viejo Noé para olvidar el diluvio. Su peor error, el gran pecado, fue salvar a la rama infecta. Engañoso el alcohol, le dio visos de milagro a lo que debió haber sido la mayor y última ejecución masiva. Hubiera quedado el imperio de los tiburones, el auge de los lagartos, el esfuerzo inmutable y dedicado de los ratones. En cambio nos heredó pedófilos, nazis histéricos, lacras comunistas, cabareteras y demás liendres. Stalin visitaba las mazmorras de la cheka para conversar sobre poesía georgiana con un intelectual detenido al que le habían arrancado las uñas. Ambos recitaban, en la lengua madre, versos de Shota Rustaveli, poeta nacional. Luego partía dando instrucciones de eficiencia al verdugo.

 

Llueve sin parar, se ha encapotado de nuevo. En la anciana casona donde vivo suenan las gotas como si despertaran los muertos. Fantasía de zombies paseando por las vacías escaleras. Salgo de noche, retorno de noche, miro hacia arriba, nadie, nada, sonidos, murmullos, ni siquiera un grillo que cante. No he escuchado uno en cuatro años acá. Dormir con grillos nos enseñó mi padre que los cazaba y los ponía dentro de casa. En la medianoche de los ladrones hacían música, cantaban a coro los sapos de las acequias cubiertos de blanca espuma, armiño de aristócratas del fango. Hacían dueto las ranas que, otra vez, recolectaba papá y las ponía dentro de los recién regados cartuchos. Me pregunto, ¿ante esta belleza natural cómo puede alguien interesarse en mandar a otros, en dominar verbo e idea? Cedería con gusto treinta años de presidencia por escuchar de nuevo los batracios orquestales, oír el agua que baja rápida por los canales hijos del azadón, en Pairumani, mientras Elizabeth se viste y reniega haber perdido quizá un buen sexo por el chaparrón de montaña. Le di mi chaleco y apenas toqué sus manos, me había obnubilado el trueno…

 

Detengo al prodigio de Salzburgo. Gloria, de la Missa solemnis. Recorro en ojos el millar de discos compactos buscando algo popular, tal vez sudamericano; me tienta música del sur francés: Provenza, el Rosellón, Marsella, Montauban y Montpellier, Avignon y Béziers, pero no, siguen las pupilas tratando de hallar el momento. Tropiezo con un libro de Drieu La Rochelle, La comedia de Charleroi (después, me prometo), doy vueltas a un álbum de canciones de soldados del ejército alemán. Hermoso, pero tan difícil no asociarlas a la bestialidad. Ven y mira (1985), filmó Elem Klímov. Ven y mira el infierno humano. La invasión a Bielorrusia en este caso. Elem es acrónimo de Engels, Lenin, Marx. Klímov era hijo de comunistas de Stalingrado, huyendo por sobre el agua helada del Volga. Gran director de cine.

 

Me pondré calcetines. Hace calor en el torso y frío en los pies. Han transcurrido dos horas desde que comencé a escribir y mucha música. Muevo los dedos para saber que soy yo; sé que jamás seré pianista, nunca Wanda Landowska, pero oído me sobra, y deseo.

 

Comienzan las primeras gotas. En la pradera de Colorado cae granizo del tamaño de pelotas de tenis. En Denver no tanto pero deja los techos de los autos como víctimas de bombas de racimo. Las aspas del ventilador del cielorraso tienen siseo melancólico. Deseaba cocinar mas la tarde ha matado el impulso. Guardo el orégano y el estragón que utilizo con tino excesivo. Mañana me pondré en tarea aguantando el no interesante feriado. Me seduce la idea de albóndigas sobre zitti, pasta de Campania. Para ello cortaré cebolla y apio finos, una pizca de ajo y jalapeño. Tomate retostado y Bella ciao

02/07/2023

 

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Imagen: Thomas Theodor Heine, Revista Simplicissimus, 1919