Wednesday, December 13, 2017

MADRID-COCHABAMBA, en viajes de idas y vuelta

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Thomas Bernhard sostenía que su ciudad natal, Salzburgo, era una enfermedad mortal. Al menos lo fue para él, que vivió con ella y sus habitantes enfrentados, en la vida y en la literatura, y la utilizó como piedra de amolar para su ingenio vitriólico y su encono inextinguible. Las relaciones del escritor con la ciudad en la que vive o en la que ha nacido y lleva como una carga en la memoria, son raras, no siempre, no por fuerza felices, salvo que engañe y se engañe de paso para mejorar el trago. Aquellas en la que ha ido a parar de grado o por fuerza, lo mismo.
               
La ciudad como espejo de la propia vida y de una aventura en la que debatirse a brazo partido. Ciudades natales o al paso, vividas de la mejor y la peor manera posibles, refugios de expatriación o del nuevo arraigo en las que llevar vidas fáciles o vidas azacaneadas. Tarde o temprano todas son para el escritor escenarios de la remembranza esteticista, de la memoria helada o del alegato de la revancha legítima, más o menos bienhumorado. Los personajes que en una y otra aparecen son muy distintos, los colores y perfiles también. Las primeras suelen tener por objeto contentar a los paisanos y, si son exóticas, a los lectores; en ellas la estampa se impone al recuento de la propia vida que así se escamotea. Solemnes baboserías, de mucho rédito.

En Madrid-Cochabamba, de Pablo Cerezal y Claudio Ferrufino-Coqueugniot, veo poco de remembranza esteticista y a cambio encuentro memoria descarnada tanto festiva como dolorosa –«Allí donde toques la memoria, duele», escribía el griego Seferis–, celebración de la vida vivida y compartida, con sana melancolía que invita al trago y a compartir mesa y trago, con humor burlesco y poco sentido del salir a escena con empaque del romántico para quien todo lo relacionado con las ciudades es «mágico» o «misterioso», o no es.


A veces una carta es un mapa, una invitación a recorrer constelaciones, escribía yo hace treinta años. Y quien dice carta, dice novela, crónica, fotografía, película de madrugada... Espuelas del alma. Esto es lo que me ha sugerido Madrid-Cochabamba, escrito a cuatro manos desde lugares bien distintos, extraterritoriales ambos para sus autores. Cerezal, que estaba en Cochabamba lo hizo de su Madrid lejano, escenario de vilezas y de una vida cada día más difícil para quien no forma en las filas de los privilegiados, que tal vez le puso en el camino de Bolivia, entre otros, y el que está en los Estados Unidos, bien lejos, lo hace con tanta nostalgia como furia de su Cochabamba natal, desde su cotidianeidad de una vida dichosa por intensa, entre libros, platos cocinados con placer y mimo, música, tragos. Ambos escriben como forzados de vidas propias y ajenas, sin darse tregua, en el combate con la época que les ha tocado vivir o consigo mismos.

No hay lector que no tenga su Madrid y su Cochabamba, su Aurora y su Vallecas, aunque no se llamen así. Y habrá madrileños y cochabambinos que no reconozcan en estas páginas su ciudad, mientras que otros estoy seguro de que la van a conocer un poco mejor. Ese es para mí el valor de esta crónica de la memoria y de dos ciudades muy distintas que en ella une el poder de la escritura a caño abierto, sin contemplaciones. Escritura sin amo esta.

Lo cierto es que Madrid-Cochabamba invita al viaje de ida y vuelta, al viaje en la geografía y al de la memoria.

«La memoria semeja también un viaje al fin del mundo», escribe Claudio, porque el suyo lo es y tú te ves en escena exclamando: «¡No regresaré más!». Apagan las luces, sales del teatro, en la taquilla te informan de que la entrada ha sido algo menos que regular, y te dices que darías cualquier cosa por estar allí, en otra parte, en Madrid, en Cochabamba, en el camino. Es cierto que siempre tiene que haber gente en movimiento para pervertir a los que están en reposo, pero estos dos furtivos de la escritura, lo hacen a parado.
               
Pablo Cerezal es de Madrid, Claudio de Cochabamba y vive expatriado en Aurora Colorado, USA. Ni Madrid ni Cochabamba son mis ciudades, pero  las conozco por haberlas vivido y pateado durante temporadas más o menos largas. Ciudades algo más que de paso. A Madrid caí porque no sé qué limpiabotas senequista y prestamista de gorrones decía que era el rompeolas de todas las Españas. Bueeeno... Ahora mismo la doy como una ciudad perdida, por no decir enemiga, por mucho que me guste y haya gustado patear sus calles de noche y de día. Le dediqué un libro titulado Peatón de Madrid. Me quedé corto. Mi Madrid no es el mismo que el de Pablo Cerezal. Por fuerza. El mío puede que llevase la fecha de caducidad entre sus líneas. El de Cerezal no. Envidia cochina la mía. Madrid tiene muchos Madrid dentro, depende de dónde vivas y de la fortuna de la que goces. El de Pablo Cerezal es un Madrid poco castizo, poco de estampita, que es lo que se lleva. Es bronco y a la vez resulta familiar, no solo para habituales de la cama del diablo de la que hablaba Waits, sino para los burlados, los pícaros y los del coge la puerta y corre, corre.  Y es que Madrid es una buena prueba de que las ciudades solo son gratas si no tienes que entrar en ellas a punta de navaja.

Leyéndolos en su juego de pie forzado y réplica viva me doy cuenta de no es que haya muchos mundos que están en este, que también, claro, no le vamos a llevar la contraria al poeta de fama, que para eso la tiene, sino que una ciudad encierra otras ciudades, no todas invisibles como dicen los exquisitos morandos, basta con asomarse a ellas y en lugar de adornarse con Gymnopedias, de Satie, hacerlo con Mark Knopfler en su Última salida para Brooklyn.

En Cochabamba caí antes de conocer a Claudio Ferrufino. Me sedujo no solo porque tiene cielos que dan ganas de zambullirse en ellos, decía el Ramón Rocha, sino por sus mercados –«¡¿Pero en qué sitios te metes!?» y sus picanterías. A Claudio lo conocí de una manera pintoresca de veras. No en Cochabamba, sino en un hotel de Santa Cruz. Él sentado en una mesa y yo en otra, y sin hablarnos. Él escribía en una mesa, yo en otra. Nos mirábamos y bajábamos la cabeza. Perdimos una oportunidad gloriosa de conocernos. Luego le escuché una soberbia conferencia sobre esta literatura o escritura del desarraigo y la expatriación del nómada forzoso que se nos viene encima y va a ventilar los aires de tufo hediondo de una literatura que si no huele a muerto, sí cuando menos a cerrado. Esto lo sabe muy bien Cerezal que tiene ojos de pájaro y oídos de cazador furtivo, así lo he visto en las terrazas de Cochabamba con su libro de crónicas marroquís en la mano, las del viajero por sueños y memorias, por los laberintos de las ciudades y por los papeles: es un hábil perseguidor de huellas literarias ajenas porque marca las propias.

Vuelvo a Claudio y a Cocha. En otro viaje, después de haber leído su soberbio El exilio voluntario, nos conocimos en una noche de acullico furioso, tragos, guitarreo, más el charango del Danger, y unas cuecas finales, hermosas en la poca luz; noche de trueno aquella, en compañía del Julio y el inolvidable Chino, entre taxis y cervezas y un rotundo «¡Abrés la reja o te la echo abajo a patadas!» que dijo uno, no me acuerdo quién, lo juro, pero sí que fue un ábrete sésamo que nos permitió entrar en un antro, que me parece anda por estas páginas, en el que hubo mucha conversación entre gente que dormía tirada debajo de las mesas. Nos tomaron en varios sitios por maleantes de profesión u oficio, que le dicen, y sin duda lo somos. La mala reputación de Brassens: no hay mejor fe de vida para un escritor que no lambisconee.
               
Pablo sabe de Cochabamba por haber vivido en  ella y haberse dejado el pellejo en algunas de sus calles junto a esos que llaman «los más desfavorecidos», que son tantos que al final ni los vemos. Conoce su lado menos amable, el de las colas de inmigración. Un país no lo conoces hasta que haces una de esas filas. Al final, Cerezal sabe que una cosa es viajar por cuenta del gobierno o haciendo turismo organizado, o a la caza del documento humano, es decir de la tragedia hecha espectáculo, al que sacarle tajada europea –un pingüe negocio a estas alturas–,  y otra, bien distinta, padecer a los gobiernos, a todos. Pablo no es de estos, pese a haber conocido esa cara menos amable que por fuerza tiene Bolivia, como la tienen los Estados Unidos que Claudio exorcizó en El exilio voluntario, y como la tiene España ese país de todos los demonios cuya historia es triste porque termina mal.

Parecida perspectiva es la de Claudio desde lejos. Entre tanto literatura, escritura con la vida por delante o a la espalda como acicate bravo de este concierto de comidas, bebidas, puticas sin fortuna, burdeles, bicicletas, canciones, muertes, vidas, alcoholes venenosos o para aquietar el alma, como decía Montaigne... A lo dicho, hay páginas que son mapas, invitaciones al viaje, estas, carajo, estas, aunque solo vayamos a la vuelta de la esquina para regresar de seguido que ese parece ser el sentido de todo viaje, aunque no sepas a donde, aunque no encuentres otro lugar que tu memoria... «¡Y ya nos vamos yendo!», exclama el postillón que maneja, con mano firme y mucha noche en los ojos, las riendas de este tiro de caballos locos.



                                                                                Arraiotz, diciembre de 2014.


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Prólogo a las dos ediciones de MADRID-COCHABAMBA (La Paz, 2015-Madrid, 2016)

Tuesday, December 12, 2017

Bolivia monocorde/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

11:28 p.m. Grata sorpresa: Enrique Bunbury canta la vieja Chacarera del triste. Y Ánimas, de México. En su estilo, que no quita belleza al original.

Cruzo la línea entre Aurora y Centennial. El frío apenas arriba de la congelación. Pienso, escuchándolo, en la diversidad y aunque el entorno no tiene nada que ver con el sujeto, recuerdo Bolivia.

Se hace medianoche. Bajó un punto el termómetro y el auto rompe charcos de cristal en el piso. Único ruido. Y el motor.

Bolivia. País multifacético, colorido, controversial, misterioso, nunca sobrio. ¿A qué se redujo? A la imagen de un reyezuelo asiático, africano, preocupado por la permanente que lleva y porque lo bañen en agua de azahar. Al menos Roma tenía sueños de conquista, aprendía técnicas de guerra de los galos, crecía plantas, escribía historia. Evo Morales no pasa de triste esperpento lleno de oro; Midas aborigen sin otra razón de ser que el poder y la riqueza.

Así perdimos todo. Piezas de nuestro pasado. A nadie, o a muy pocos, en posición de gobierno, le interesa permanecer como ente histórico, recuperar detalles, destapar lo escondido, estudiarlo. Trashumar por las mentadas 36 etnias para darnos cuenta que no alcanzaría la vida, ni muchas, para penetrar en los arcanos de cada una, en lo visto y en lo innombrable. La práctica, su retórica de poder, sumadas al verbo insulso e insultante de doctos jumentos que se festejan como intelectuales los caracterizan. Lo indígena es utilitario, por ahora. Nadie ha hecho más que ellos, masistas, para destruir la cultura ancestral. Nadie ha vendido como ellos, transado en favor propio, con lo que queda de una saqueada herencia autóctona. Venden al mejor postor todo lo que nos liga de atrás hacia el futuro. Alrededor del oro, hay que repetirlo igual a martillo hasta el cansancio. El dinero como creador de actividad pero no de trascendencia. Atacan, muerden, cobras escupidoras sin temor de regalar a sus madres por migajas.

¿A qué la relación de esto con la música de Bunbury? El artista navega en un mundo que le es desconocido en su mayoría, unido a él por un vértice, fuerte pero no demasiado extenso: el de España. Gratis porque dudo que ganara mucho rescatando músicas viejas de un continente perdido. Quizá porque algo de él se perdió también allá, en la pampa argentina que no tiene fin, en los manglares del Caribe o en el aire férreo mexicano, de sol de muerte. Es Pedro Páramo en blanco y negro, en un espacio en que el silencio es más sonoro que el ruido. Buscar, así de infructuoso sea, buscar siempre con un hálito de alma del que carecen los comerciantes del Palacio Quemado.

Hay poética en una vendedora de tomates del mercado. Solo asco en el burdel plurinacional que resalta entre la desesperanza ignominia e ignorancia.

Recorro con los dedos un aksu de Salinas de Garci Mendoza. Flores entre figuras romboides y los que deben ser flujos de agua, a un lado de extensa pampa de marrón oscuro. En ese mínimo encuadre está guardado el universo andino: las inflorescencias de la quinua, un pato y un aguilucho solitario. Eso es viajar a la esencia de lo que somos. Pero, dice Evo Morales, mientras se le llena la boca de indios (sin despeinarse) para embaucar a la gringada, la que lo subió al trono en su real intento colonialista cubierto de “corrección política”, que vamos en triunfo hacia la identidad y territorio. Quien menos comprende lo que significa el indio, lo que fue y devino luego de Castilla, el futuro que aguarda e intentar salvar lo poco que quedó, es Evo Morales, sirviente mayor del capital, empresario desmedido, injusto, esclavizador. Fabulador. Sátrapa. Pongo millonario de Wall Street.
11/12/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 12/12/2017 

Fotografía: Getty Images

Monday, December 11, 2017

Fanáticos salvajes

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El 2001, los monumentales Budas de Bamiyán, Afganistán, fueron destruidos con dinamita y disparos de tanques por considerarlos los talibanes, entonces en el auge de su poder, ídolos que contravenían el Corán. Se perdió con ellos un invalorable patrimonio de la humanidad. Estulticia armada.

Hoy, hace unos días, Donald Trump, compulsivo metemano y amo de los Estados Unidos (algo injusto decirlo porque hay una fuerte y razonada oposición, aunque a eso apunta), quitó el 85 % del territorio al Monumento Nacional Bears Ears, Utah, cediendo a presiones petroleras y mineras, amén de a su base votante, blanca e iletrada, campesina, que desea usufructuar esa tierra en beneficio propio. Bears Ears cuenta con al menos 100.000 sitios arqueológicos de las naciones indias. Ejemplo son las fabulosas pictografías en los muros de la montaña del parque, lastimosamente dañadas por disparos de cowboys ansiosos de destruir la historia y reinventar otra de estupro, alcoholismo y drogadicción.

Tanques disparaban en Bamiyán. Armas de largo calibre en el oeste “americano”. El blanco: historia, cultura, diversidad, minorías étnicas. Por ahí, en las redes, alguien alegaba acerca de las diferencias entre el hitlerismo y el trumpismo. Aterrador pensar que están más cerca uno de otro de lo que asemeja. Cada movimiento en su entorno singular, claro, pero con acercamientos peligrosos en el amplio panorama, el de las decisiones colectivas que son las que traen genocidio y campos de exterminio.

Luego de una corta primavera, el mundo parece de nuevo inclinarse hacia los fanatismos. La globalización ha traído de consecuencia que lo que pasa en Sudán afecta en Europa, y que la tragedia siria va delineando otra Turquía, por citar un par. Ante esa perspectiva, Trump, hoy, y los talibanes ayer, trata de bloquear el desarrollo histórico, aislarse como en hospital y purgar los lunares internos que podrían significar obstáculo para su retórica… y caos. Equivocado uno como lo estuvieron los otros. Por supuesto que se puede forzar -temporalmente- cualquier cosa. Se ha visto a menudo y en demasía. A la larga todo se reestructura de manera dinámica y encuentra equilibrio, así sea engañoso y también parcial.

Hay cosas como la supervivencia de Israel, que tendrá éxito solo si se mezcla con y permite participar en el proceso nacional a la población palestina. De no hacerlo, lo que les cuesta entender, perecerá; igualmente, Estados Unidos no puede -menos debe- volcar la cara al sur. Allí está su permanencia y su poder. La fuerza de trabajo latina, en constante renovación, es la que permite que todavía se sigan pagando jubilaciones. La mano de obra, incluida la indocumentada, alimenta el sistema, lo reanima, impulsa y desarrolla. Sin ella, en el idílico universo blanco de sectarios armados de ultraderecha, inminente sería la catástrofe.

Austria, Hungría, Polonia, se inclinan al nacionalismo recalcitrante. Steve Bannon, el ideólogo del trumpismo, sueña con Auschwitz en el desierto de Arizona. Para eso, mantener viva la llama de la esperanza blanca, tiene que recurrir hasta al apoyo de renombrados pedófilos. Construir, entonces, la nueva “América” con cualquier elemento de parecido color y contextura. Nada más endeble que el vicio y el odio como entes asociadores. Terminarán devorándose entre sí y siendo numéricamente avasallados desde el sur.

Violentos fanáticos. Salvajes. Dementes e ignorantes. Tuertos, ciegos, discapacitados y desarreglados. Bienvenidos al mundo del guiñol en fase oscura.

Los talibanes van camino de retomar Afganistán. Se adueñaron de más de la mitad del territorio. Trump, a pesar de la investigación de sus tratos sucios con Rusia, puede por ahora saberse intocable para su reelección a un nuevo término. Evo Morales, en Bolivia, ha puesto en la Plaza Murillo un pesebre (su pesebre) que indica a la multitud que el Cristo redivivo es él. Igual de profeta se creyó Saleh, en Yemén, y tiraron su cuerpo a la carrocería de una camioneta con menos respeto que se tira un gangocho con papas.  
07/12/17

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Publicado en INMEDIACIONES, 08/12/2017

Fotografía: Monumento Nacional Bears Ears, Utah 

Friday, December 8, 2017

3 MICROCUENTOS

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

AMSTERDAM…

Bordas. Tulipanes, otros como floripondios. En tenue rosa, crema. Las amarylis guardan jaspes de apagado carmesí. Te graduaste en los cursos especiales del Rijksmuseum, en textiles antiguos. Gobelinos. Pero no veo unicornios. Mataron los árabes al último, apenas bajaron de las naves. Fue el día en que degollaron a Theo. Cruzaron el Ponto, en sentido opuesto a los aqueos, en venganza de los aqueos. Pero, dices, esos eran persas, y lidios y paflagones. Hoy sirios y afganos que ni árabes son. Los mismos, le digo, mientras cierro el chaleco cargado de bombas y ajusto una bandana negra sobre la frente que reza a morir en contra de infieles.

¿No te veré otra vez, no? En el cielo, en el harén de las niñas. Ella agacha la cabeza y borda. Un tulipán de ébano esta vez, al lado de una estatuilla de gordo y pálido querubín. Para recordar.




AMSTERDAM 2…

Flora me llamo, y recojo con cucharilla los restos de mi amado. Ha desaparecido, como el unicornio, y creo que la pañoleta que cubría su frente ocultaba el marfil del cuerno que brilla. La policía me expulsa; estoy contaminando las pruebas… Guardo un pingajo apresurado en el bolsillo del jean. Apenas entra. Cuando retorno a casa una mancha señala lo poco que quedó de él. Lo nada que quedó de ti.

Lavo las manos. Beso tu sangre que se va disuelta. En un botellón de alcohol, demasiado amplio para tu poca carne, te dejo, al lado de la lámpara, cerca de la ventana. Así por la mañana te da el sol.




NEGRO TULIPÁN

Exhibo los tejidos, los vendo todos menos uno, el de metro y medio por tres cuartos, que es pálido como el querubín a pesar de ser gordo. En el llano claro resalta una flor negra, un tulipán de Holanda, de los Países Bajos que para mí se hundieron ya desde que no está. Imagino que rema con los otros, hermanos y primos, y desembarcan en Grecia, en Bulgaria, en Dalmacia y Nápoles. Vienen, suben, nortean. Aguardaré su llegada; sobre mi pecho, cortado ya el tapiz queda solo la flor de sombra. Por ella me reconocerás, por ese color airado que para todos implica muerte y besos, solo besos, para mí.
  

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Publicados en ANTOLOGÍA IBEROAMERICANA DE MICROCUENTO (Compilador: Homero Carvalho, TORRE DE PAPEL, 2017)

Wednesday, December 6, 2017

Deleznables criaturas/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Difícil mantener la mesura. No estamos con un café a mano viendo pasar el desfile. Hay el asunto de la censura, la autocensura, la prohibición. Álvaro García, frenético, amenaza con encerrar a “cualquier cachafaz”, sin darse cuenta de la acepción de “simpático sinvergüenza” que tiene esa palabra, y menos de la historia del gran bailarín de tango, El Cachafaz, “feo como la noche” pero de ágiles piernas y rodillas. El señor utiliza el lenguaje como fregona el trapeador.

Casualmente, porque Andrés Oppenheimer no es individuo de mi predilección, veo la entrevista que le hace a la presidente de diputados de Bolivia. De no creer cómo el lenguaje en manos de gente inadecuada se convierte en desecho de muladar. Pobre Cervantes viendo a este rebaño martizirar el verbo. La señora en cuestión, que Dios me libre de proferir las inmundicias que me vienen en mente y callarme y mantener el control, o usa una monumental cantidad de maquillaje o simplemente no tiene sangre en las venas. Uno que se ha movido en el bajo mundo de distintas ciudades y visto, oído y hecho lo que no debiera, todavía guarda alguna vergüenza. Por eso prefiero a los malandras que a los políticos. Hay algo muy humano en robar o matar, y muy poco en mentir con tal descaro.

Leo a mi amigo Wim en sesudo análisis de las elecciones judiciales y del panorama en general y en perspectiva. Me alegro que los analistas desglosen los asuntos y comenten lo particular para referirse a lo extenso, pero eso no es lo mío. Yo estoy en la ira. Y a pesar de que opinan que es mala consejera, seguro estoy de que existen ocasiones donde la razón debe dejarle paso y permitir el vendaval que trae con las consecuencias que tenga. Al fin, uno solo tiene que reportarse a sí mismo y justificarse ídem.

Lo que ocurre en el país no es que sea innombrable: tiene nombre. Uno, arriba, seguro, un capullo después, y larga lista de orcos siguiendo (para dar crédito a Tolkien en retratar la fealdad y la bajeza). ¿Qué hacer al respecto? He leído incluso que algunos se han encomendado a los cielos. En santería estarán perforando figurines de líderes con todo objeto punzante y cortante, mas la pregunta sigue: ¿Qué hacer?

Habrá que retornar a lecturas del medioevo, porque en esas estamos, y por supuesto hacer énfasis en los aspectos económicos y sociales que marcaron con especificidad de lugar aquellas vidas. Pero, sobre todo, en cómo lidiar con la omnipotencia, la impunidad, el desprecio por la ley y el colectivo. Tal vez en los arcanos profundos y penumbrales del pasado encontremos respuestas.

Tal vez en los violentos.

Maestros del retruécano. Sin que implique destreza de bien en la lengua, riqueza en la retórica, avidez en la metáfora.

Duro de creerlo pero en la América que fue asolada por el terror por siglos vemos levantarse la monarquía absoluta con visos de divinidad. No solo se puede culpar a los ejecutores sino a quienes lo permiten, a esa mayoría indígena que aparte de berrinches y coloridos emblemas sabe y siente que nada nuevo esté ocurriendo. Revive el masismo la triste tradición de patrones y pongos. A los intelectuales (muchos también que ahora se declaran oposición) seducidos por laureles y vanidad sin límites. Debe ser extrema sensación asumirse como parte de la historia sin darse cuenta de que la historia no se escribe hoy en Bolivia con perspectiva de futuro y de estudio. Es tan simple como decir que aquí y hoy se activa y se pinta el descarado latrocinio exento de legado positivo.

La diputada, de cuyo execrable nombre no quiero acordarme, puede continuar su idilio. El poder, como el amor, de los que participa, suele caracterizarse por lo efímero. Lo lascivo no le quita lo mortal.
04/12/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 06/12/2017 

Imagen: Faustino Bocchi/La fertilidad del huevo

Friday, December 1, 2017

Queda la palabra

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Recurro a Blas de Otero: (…)si he segado las sombras en silencio, me queda la palabra(…). Seguiremos segando las sombras, más espesas y profundas hoy en Bolivia. Había un presidente de turno (digamos) y el turno se ha convertido en posición vitalicia. Evo Morales, junto a su segundón, lo ha decidido. No importa el voto del 2019, ni ningún otro. Lo hecho, dicho está: es, de hoy en futuro, presidente eterno, hasta que la economía lo derrote, la muerte (le ocurrió al “divino” Chávez, el llorón), o avatares que no faltan en un país en apariencia de rebaño pero en lo interno rebelde, sino imposible.

Lo ideológico no cuenta, para nada. Por aquí ni revolución ni Cristo pasaron. Es un negocio, imperios familiares, feudos. La meta, el sol rojo al supuesto fin del camino, no son la hoz ni el martillo, instrumentos que nos arrebataron a los trabajadores, sino Miami. La Meca está en la sociedad de consumo, en el dispendio de lo robado, la compra de estatus como los porqueros compraban títulos nobiliarios (hasta en mi familia paterna hay en Ayopaya un Marqués de Montemira que posiblemente ni escribir sabía).

Pues, ya está, Evo Primero coronado. El trono de hojas de coca esconde oro y sabemos más. El saquito con motivos tiwanacotas supone una burla de la cultura ancestral, no porque no se pueda usar los motivos indígenas en moda u arte moderno, pero en la idea de que sirve de parafernalia de atroz mentira. El “indio” no es tal. Ni Orinoca el principio del mundo. Aquí lo que cuenta y suena son dólares, bien “americanos”, bien gringos, en el idilio que tienen Morales tanto como García, y el montón de bueyes alrededor, incluyendo los milicos que hasta pueden disfrazarse de papayas si les pagan, con el “imperio”. Sueñan con el imperio, con pasearse en NY por la Quinta Avenida y airear sus andinos traseros, o no tan andinos, incluidos cambas, y decorarlos para que no parezcan tan burdos ni tan hediondos. Escatología plurinacional.

Seguiremos, entonces, segando maleza. La hoz sigue vigente cuando se usa en lo que debe, en cortar la testa de la hidra. Y el martillo, por supuesto, combo mejor por ser mayor. Aparte de eso, de las herramientas que son nuestras y no de los jerarcas, también tenemos un arma de destrucción masiva: pensamos, hablamos, escribimos. Mucho más que las minucias comerciales de estos gamonales ignorantes y presumidos, puro dinero y vanidad, a nosotros nos queda la palabra.

2017

Tuesday, November 28, 2017

Las fotos del presidente

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Toda una polémica. Una ministro(a) desgañitándose en tinta para defender a su… presidente. Las tomas en cuestión que muestran la realidad de un individuo regordete, sin duda cansado porque el poder, adulación, “postrecitos” a la manera de la guerrilla colombiana (y el paramilitarismo) y otros etcéteras deben cansar, y un periodista que hace lo suyo, Samy Schwartz, que desde la épica de la VIII marcha indígena por el TIPNIS y con inocultable confrontación con el gobierno de derechas de Evo Morales, colonialista, imperialista, con dengues nazis en medio de una retórica seudo-indigenista va persiguiéndolos con imágenes.

Veamos en detalle: el tipo retratado, con saco de decoración india pero evidentemente con ínfulas de riquillo mandamás; camisa de la misma laya, de mangas largas que sobresalen para darle el necesario tono de elegancia; un edecán-sirviente del servicio doméstico de traje militar, y un rostro abotargado por la excesiva alimentación, trago fastuoso y secretos que por ahora no sabemos pero se sabrán. Podría ser el rosado Trump, que a veces se pone púrpura; el amarillo coreano que cambia a naranja; y el aymara que de marrón oscuro tiende a morado. No es cuestión de razas sino de colores, del tono exacto para componer el retrato, que dadas las características de estos tres, y del local, en particular, no pueden resultar en Mona Lisas o Venuses desnudas. Por ahí sonríe Goya desde la inmensidad, el irreverente que calcó a los Borbones tal como eran, manga de rastreras aves, y que conmocionó como Schwartz ahora al séquito lambiscón.

Veamos: ¿por qué la ministro acusó al fotógrafo de ser racista? ¿Qué quería que mostrara? Evo Morales no es Brad Pitt (sabemos que lo desea). La racista es ella que ve en el reflejo preciso del cacique aquello que detesta: la indiada que tiene rasgos de vía crucis para los bolivianos, algo que se arrastra de por vida y de por vida se quiere eliminar y disimular. El drama de Bolivia, por sobre el resto de problemas y conflictos, es la herencia india, esa que se quiere descalificar, soslayar, esconder, mimetizar. Morales se declara indio y allí salta la jauría a tratar de desmantelar la realidad. En lugar de decir: ese es nuestro presidente y nos sentimos orgullosos de él, salen a los gritos, brincan como ranas y meten las cabezas bajo tierra, avestruces que son. Lo que debiera avergonzarlos es tenerlo tan acicalado, tan a lo Rafael Leónidas Trujillo, posiblemente con cremas blanqueadoras, inciensos de lavanda y sales de baño, amén de calzoncillos Gucci que cumplen igual labor que cualquier otro, la de ocultar el supuesto pecado.

Ahora, y creo que no se ha mencionado el tema, Evo Morales aparece en esta serie esperpéntica no con aires de héroe troyano o de cazador de leones. Cierto que nunca fue muy varonil pero ese es pecado venial en comparación con sus acciones de gobierno. Si necesitan un presidente que dé la imagen de un macho alfa, de preservador de la especie, ténganlo como lo que es, un rústico campesino de duros rasgos, que no hay vergüenza. Si de nacimiento, de por sí, el señor no da la impresión falsamente necesaria de ser un brutal y desenfadado macho, pues no lo decoren tanto que no es arbolito de Navidad. Déjenlo molle o, ya que viene del altiplano, paja brava. Mejor así.  Por supuesto que en esto tropezamos con las inseguridades y deseos insatisfechos del déspota. Allí no se puede ganar. O se es lo que se es o no, bien simple. O se gobierna o se menea como bailarina. Se es estadista o diva. Y las carreras en el estrellato acaban pronto. O, como Mugabe, de títere de una arribista que aparte de ponerle cuernos al anciano necesita el cetro. Patético.

Si quiere salir mejor, señor Evo Morales, vístase de civil y agarre una picota para cavar papas.
27/11/17

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Publicado en INMEDIACIONES, 28/11/2017

Fotografía: Samy Schwartz 

Friday, November 24, 2017

¿NAUFRAGAMOS?

ELENA FERRUFINO-COQUEUGNIOT

Haciendo mía la metáfora de Michel Freitag , considero importante referirme a lo que yo percibo como los signos más contundentes del inminente naufragio de nuestra Institución.

Para comenzar por algún lado, como ya es de conocimiento público, la Convocatoria a elecciones de Vicerrector(a) está viciada de nulidad. Más allá de lo que establece nuestra normativa y, más allá de lo que ha reiterado la Sentencia del Tribunal Constitucional, se ha incluido en la Convocatoria un requerimiento que no está –ni nunca ha estado- contemplado en nuestro Estatuto.

Aceptar los términos de la Convocatoria constituiría, entonces, no solo un acto de validación de una flagrante transgresión a nuestras normas, sino un acto de complicidad con lo que estamos todos tratando de destruir: un modo de existencia viciado, una enfermiza y mezquina necesidad de ostentar el poder, una ciega vanidad que intenta cubrir el desorden, la prepotencia, el atentado contra los derechos fundamentales de las personas, la falta de respeto, el terror…

No es posible, pues, legitimar lo ilegal. No se trata, y nunca fue el espíritu de mi candidatura, de ser Vicerrectora a toda costa. No es cuestión de entrar en guerra por un “botín”; por un cargo que, en los hechos, no debería implicar más que trabajo, responsabilidad y cumplimiento de la norma. Mi postulación ha desatado, sin embargo, tal psicosis y tal parafernalia, que la Institución ha vuelto a indisponerse y a enfermarse como en las peores circunstancias de nuestra historia universitaria.

¿No es acaso un signo del naufragio el despliegue irracional de lienzos a lo largo y ancho del campus, como si de fiesta se tratara? ¿No sentimos todos la náusea de caer hacia el abismo cuando leemos libelos y memes elucubrados por los mismos colegas que trabajan con nosotros? ¿O cuando tenemos que suspender las clases para dejar pasar una banda –promisoria de tiempos mejores- en pleno duelo institucional?

La nave zozobra, amigos. Y nosotros con ella. No se comprende el sinsentido, la desesperación por cerrar toda puerta de acceso al “tesoro”. Se inventa resoluciones, se trama artículos, se confunden los roles, se fuerza circunstancias, se ordena reuniones de asistencia obligatoria para conocer a un candidato… En fin, el navío está encallando.

Por responsabilidad, sin embargo, me corresponde comunicar a la comunidad universitaria que mi candidatura no se ha caído. Es más, cuento con toda la documentación prevista en el Reglamento Electoral. Sigo en camino; no he saltado del barco. Y no lo haré. Soy candidata, pero no a la fuerza. No a costa de una Convocatoria ilegítima y viciada de nulidad. No como una imposición. No. La universidad que sueño –con ustedes- es un espacio de libertad, de trabajo y compromiso. De respeto por las leyes y por las personas. Donde “no haya necesidad de instancias superiores de autoridad y de poder…” Donde se haga academia y se desarrolle el conocimiento; donde se pueda pensar críticamente, donde nadie sea dueño de nada y donde todos podamos confluir, salvarnos del naufragio y construir la universidad que queremos.


ELENA FERRUFINO COQUEUGNIOT
CANDIDATA A VICERRECTORA

Dos peruanos/EJERCICIOS DE MEMORIA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Conversando con mi madre recordé a dos poetas peruanos. Hacía mucho que había olvidado a José María Eguren (1882-1942) y a José Santos Chocano (1875-1934). La memoria tiene esa horrorosa facultad de olvido.

Escritor exquisito de la América, Eguren representó al simbolismo peruano con un pulido vocabulario. A ratos inalcanzable, deriva solo -como debe ser- por el limbo de las iluminaciones: corona el verso con nubes en medio de gran solitud. No podría anotar un verso suyo aquí; me da miedo tergiversar su dulzura en desmemoria. Ya está el nombre, búsquenlo…

Santos Chocano y la ira… No me complace su poética sino en contadas ocasiones, pero me deleita su hombría. Apasionado, rebelde, americanista… muchos son los adjetivos que rodean su persona. El más acertado lo dio él mismo. Durante la revolución mexicana escribe un poema a Pancho Villa, se lo dedica en los siguientes términos: “A Francisco Villa, el flamígero”. Flamígero es Chocano, tanto como Villa. Esa es su mejor clasificación. Por ella serán asesinados.

Me gusta recordarlos, con todas sus contraposiciones. Lamentablemente la memoria es un acto fallido. He de ponerme a pensar en aquellos en quienes ya no pienso. Por suerte quedan cinco horas hasta el amanecer.

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Publicado en TEXTOS PARA NADA (OPINIÓN/Cochabamba), 29/10/1987

Tuesday, November 21, 2017

Helter Skelter/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ha muerto Charles Manson pero no una época. Todo se ha movido mas nada se ha transformado. El sueño de Martin Luther King fue eso: dream. Pareció que no, que el pasado había enterradose en su sacrificio; tomó un abusivo ignorante como Donald J. Trump para recordar que la vida mejora a ratos, semeja cambiada, apacible, liberal, democrática, aunque al fondo sigue sucia, abyecta, racista, violadora.

Todavía venden esclavos en explanadas nocturnas en Libia, hombres negros atrapados en intento de huida hacia occidente; ni siquiera hacia la opulencia sino la satisfacción del hambre. Ni hablar de las mujeres, que aparte de duro trabajo aguantan  festín de oprobio de los captores. Cuatrocientos dólares vale un ser humano.

Helter Skelter fue otro sueño (no ilusión, deseo), dream del hombre blanco dispuesto a destruir lo suyo propio en pos de reconstruir un sistema opresivo en su beneficio. Helter Skelter: guerra racista, apocalíptica, en que el hombre negro, ya acostumbrado desde la Era del Amor a poseer carnalmente a la mujer blanca, al verse privado de pronto de esta pasión que excedía los límites, violentaría la sociedad y se alzaría como raza en contra del otro. El hombre blanco, dividido en dos facciones de acuerdo a su relación con el hombre de color, pelearía entre sí hasta eliminarse de la tierra. Los elegidos, Manson y la Familia, saldrían de sus cuevas de topo en el Valle de la Muerte californiano como los únicos blancos sobrevivientes. Los triunfantes negros lo aceptarían. Entonces Manson palmearía a los victoriosos, acariciaría su ensortijada cabellera, y los mandaría a recolectar algodón como los buenos niggers que debían ser. Quedaría establecido el imperio de la raza superior.

Donald Trump es Helter Skelter. Sueña como Manson. Igual al asesino de Sharon Tate y de otras personas, lleva estampada en la frente la svástica. Si bien no tiene los ojillos vivaces del profeta, lo excede en sus aspiraciones. Es también profeta del infierno. Y palmea a los subordinados, los confunde con paradas de matón o con meliflua voz, antes de enviarlos a la recolección. La figura colorida del negro se ha extendido al marrón y al rojo; no tanto a los asiáticos que ejercen fascinación en la sociedad norteamericana. Oscuros rivales del sueño trumpista, de la sociedad blanca armada hasta los dientes, drogada, endógama, tarada en su endogamia y vil, que deben ser eliminados en su mayoría y esclavizados en su descendencia.

Manson ejecutó a sus víctimas para inducir al negro a rebelarse. La sangre sería el catalizador que mostraría el camino. La saña apuntaba a eso, a disparar fobias dormidas, odios que en el fondo tenían alto contenido sexual. Lo mismo en Trump y la ansiada guerra de razas, en la retórica que intenta ser tan puntiaguda como el pene. El fascismo descansa sobre eso, sobre una triste masculinidad incomprendida, abrumadora testosterona privativa de seres superiores y pálidos.

La canción, incluida en el Álbum Blanco, quedaría hasta como algo anecdótico. La interpretación de Charles Manson le dio visos que dudo tenía la lírica beatle. Si pensamos en el mensaje pacífico de Lennon, de la revolución con laureles, no podríamos siquiera imaginar la obsesiva y sangrienta secuela que trajo. Beatles y el libro de las Revelaciones como aditivos de la megalomanía, como Donald Trump cantando My Way en un asqueroso entorno de millonarios apuntalando su supuesta cuasi divinidad.

Helter Skelter. Entonces parecía posible: el enfrentamiento de las razas. Helter Skelter hoy, más cerca, tanto en la forma de un dedo que ajustará el botón nuclear no para eliminar un enemigo ideológico sino un macho en competencia, como el desajuste racial que la nueva presidencia norteamericana trajo consigo, la desconfianza en el pasado firme que se hizo endeble de pronto, en un futuro que oscureció. En la esperanza que muere. Y eso que parecía inmortal.
20/11/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 21/11/2017 

Monday, November 20, 2017

Tripartita muerte conyugal

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Angie, los Stones. Alla, Aliona y Alena danzan desnudas alrededor, con máscaras mexicanas. Así será la muerte, la lujuria con rostro de sangriento pesebre. Cristo asesinado en la cuna de paja. La historia cambió, no hubo ni cristianos ni moros; los romanos se devoraron a sí mismos hasta desaparecer.

Lobos corrían por Germania. Angie… Hubo una Antje, alemana, perdida entre los variados calzones del recuerdo. Calzaba 35, pies de japonesa torturada y el flequillo que le caía de costado hacía las delicias de un gordote francés, asqueroso y filósofo.

It’s only rock and roll: los Stones. Por la ventana el futuro anuncia lluvia. Aliona, Alla y Alena se han dormido. El poeta Emilio Losada toca en la armónica y canta una ranchera blues para un desconocido boliviano que escribe también, porque trabaja antes de escribir, y come antes de escribir, y no llora pero sufre antes de escribir. Sí, es solo rock and roll.

Alena, Aliona y Alla despiertan y fríen catliets para el desayuno. El revólver humea al lado de mi almohada como un dragón. ¿Se ha disparado? Tarda el desayuno, se siente la carne quemarse en el aceite que hierve. ¿Alla?, pregunto. Alla duerme con la cabeza volcada, en posición de muñeca. ¿Aliona? Su torso mira al techo y sus grandes ojos azules al suelo. No te entiendo, Aliona, cómo haces semejantes ejercicios, tan difíciles. ¿Alena? Se te queman los catliets. Alena mira a ningún lado. Cerrados párpados se niegan a ver que amanece.

Me siento solo. Estas mujeres siempre me dejan solo. El revólver de ocho tiros tiene uno sin usar. Siete se perdieron ¡con lo que cuestan! Miro el reloj, pero antes apago el fuego. Esas piezas de carne ya no sirven. Tendré que salir después a comer. ¿Por qué tanto silencio Alla, Alena, Aliona? ¿Se enojaron conmigo?

A las tres se les despintan los labios. Un reguero carmesí, breve pero intenso, escapa de las comisuras. Suelen ser descuidadas con su presencia. No entiendo.

Los Stones vuelven a cantar. Acomodo la almohada, alejo el instrumento caliente de la 38 y me digo que mejor descanso un poco más. En voz alta les recuerdo: chicas, que no me dejen dormir demasiado, que alguien debe traer el pan a la casa, y parece que soy yo.
04/11/17

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Publicado en PUÑO Y LETRA (CORREO DEL SUR/Chuquisaca), 20/11/2017

Imagen: Roy Lichtenstein

Thursday, November 16, 2017

Comentario a una carta abierta de Elena Ferrufino-Coqueugniot

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Bien dicho, Elena. Quizá no sabe este tipo -no tiene por qué adivinarlo pero lo percibe- que a nosotros no nos manda nadie. No somos adjuntos, ni compinches y menos sirvientes de nadie. Por eso nuestro abuelo y nuestro padre se aislaron, porque no pertenecían al mundo de la prebenda y el halago. Mucho tengo yo que contar de lo suyo, lo del afamado rector, y los entreveros de la que alguna vez fue izquierda (dudosa) y hoy es una bola de mañudos con lengua curtida como de gato, adiestrada para labores lambisconas. Que aprendan de la vida, de los que se la ganan sin caricias, con trabajo y no tan tonta honestidad. Que si algo queda al fin es la certeza de saberse uno, intacto, sólido, brazo fuerte, fierro duro y fino, que podemos contemplar nuestra lengua exactamente igual al primer día. No tenemos allí marcas de nalgas ni de rayas, ni de agujeros negros que se tragan todo con la anuencia y la conveniencia del maremoto de inútiles cabrones. Salud.

16/11/17

Enlace al texto original: https://lecoqenfer.blogspot.com/2017/11/de-etica-y-moral.html

De ética y moral...

ELENA FERRUFINO COQUEUGNIOT

No resulta fácil tomar la palabra en una universidad secuestrada por el poder omnipresente de la primera autoridad. Sin embargo, en mi condición de mujer libre y autónoma, no puedo sino reaccionar ante la entrevista que ofreció el rector a los medios de comunicación en “Tiempo Universitario.”

“Tengo el derecho moral, asegura Juan Ríos, de elegir a quién me va a acompañar”. Fundamenta su aseveración en el hecho que él y la Lic. Albornoz fueron elegidos en octubre del 2016, como una sola fórmula y que, por consiguiente, nadie que no fuera de su propio “frente” tendría la ética o la moral de presentarse a la elección para Vicerrectora.

Esta afirmación tiene sentido únicamente en el imaginario de un personaje que “posee” a las personas y que considera la universidad como su propiedad privada. Las cosas son suyas, las personas también. No puede concebir, entonces, que una “extraña” pretenda quitarle lo que es SUYO, por derecho (divino, supongo).

Sucede que yo no soy una intrusa, ni una extraña y menos una inmoral. Si el rector reclama el derecho de que su frente lo posea todo, sin ninguna interferencia, no debió nunca haber sacado una convocatoria pública, que habilita a toda la comunidad universitaria de docentes titulares.


No lo hizo de manera inocente, sin embargo. Incluyó en esa convocatoria un requerimiento anti estatutario e ilegal orientado, precisamente, a evitar que yo me presente como candidata.


No debemos olvidar que Juan Ríos llevó al Consejo Universitario la convocatoria cuidadosamente armada, con comité electoral incluido y que, en ese escenario, su aceptación fue unánime, a pesar de contener elementos atentatorios a la norma. Como en las anteriores oportunidades, los miembros de ese Consejo que, en los propios términos del rector, le pertenecen (“tengo a todos los consejeros universitarios, me comentó”), aprobaron el paquete sin ninguna observación.

No solo eso. Juan Ríos afirmó a los medios, con total contundencia, que yo soy “representante de Rolando López.” No comprendo a través de qué proceso mental o de otro tipo, puede verter semejante afirmación. A menos que yo le hubiera llevado una nota escrita, firmada por López, designándome como su representante, Ríos no puede hacer aseveración tal. ¿Será que piensa que las mujeres necesitamos de un hombre para tomar la palabra y la iniciativa?

Sin embargo, más allá de esta descomunal impertinencia, no me preocupan las aseveraciones del rector… Comprendo lo que le sucede. No solo que es el poseedor de todo y de todos en nuestra Universidad, sino que tiene algún conflicto particular con algunas personas… Nada de eso me toca, ni me incumbe.

No está de más reiterarle a Juan que yo soy una mujer libre y autónoma. Que yo no le pertenezco a nadie y, menos, a él. Que estoy muy por encima de sus procedimientos mezquinos y ridículos y que, contrariamente a lo que él piensa, yo no considero que una elección sea una guerra. Se lo dije el lunes, en su oficina, yo soy una romántica perdida que todavía cree que esta universidad se puede salvar. Y que, donde él lance balas, yo no tengo más que recordarle que mi candidatura nunca tuvo la intención de ser “oposición.” Se lo expliqué también; yo tengo una trayectoria limpia y eficiente en la UMSS, que él podría aprovechar en aras de una gestión exitosa, al término de los 3 años que quedan de SU gestión.

Le aseguré, y lo repito, que mi candidatura tiene la intención de traer equilibrio, paz, respeto y diálogo a la Institución. Que pretende priorizar y poner en orden la gestión académica que se encuentra en pleno proceso de descomposición. Que ofrezco propuestas, trabajo eficiente e inteligente, que brindo generosamente mi tiempo y mi estabilidad emocional para una institución que es de todos, no mía, por supuesto. Que no concibo el pernicioso hábito de “frentes” políticos para gestionar una universidad. Que creo en el amor, la responsabilidad y el reconocimiento hacia la institución que me formó, que me permitió vivir bien, hacerme una casa y comprarme un auto…

Es urgente cambiar la lógica del amo y del esclavo que sigue funcionando en la Universidad. Es hora de pensar en la libertad; de alentar el pensamiento crítico, de permitir los disensos… Es tiempo de transformarnos como personas… Volver al SER. Pero, claro, esta no es empresa de una persona. Es tarea de todos. Quizá no es el tiempo… Tal vez llegue algún día… No olvidemos lo que dijo Lacan: no hay amo sin esclavos.


Elena Ferrufino Coqueugniot
Candidata a Vicerrectora

Tuesday, November 14, 2017

Rateros, traidores, violadores, pedófilos/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Recuerdo a Gary Hart, político demócrata que contaba con serias posibilidades de llegar a la presidencia de Estados Unidos. Cayó por la minucia de una amante, algo que en Francia hubiese sido pan de cada día. Francia no lo justifica, claro, pero a lo que se va es que la supuesta moral calvinista del país del norte parecía sólida, se había afianzado luego de los turbios tejemanejes amatorios de los Kennedy. El general David Petraeus, también director de la CIA, renunció por un asunto extramarital con su biógrafa. El poderoso Newt Gingrich tuvo entre las cosas que minaron su ascendiente una relación fuera de matrimonio mientras perseguía la de Bill Clinton con la señorita Lewinsky. Pues, en apariencia, las bases de la decencia norteamericana eran inconmovibles. Se oía, siempre en un país inmenso, de algún político menor que decapitaba su carrera por affaires de nalgas.

Entonces llega Donald Trump, largamente asociado como hombre de negocios a escabrosas historias de sexo y romance. Participante, además, de un par de softcore porno filmes de la revista Playboy. Su dinero le garantizaba impunidad mientras fuese ciudadano común; entrando en el terreno político ello impediría de seguro su éxito como candidato.

No fue así.

Apelando al populismo, Trump desarrolló una plataforma que en apariencia rescataba al norteamericano medio: rural, proletario, para sumarlo en una retoma de la fortaleza elitista en que se había convertido Washington. Narraciones de sus excentricidades, tanto en dinero como en cuerpos, no pesaron entre gente que solo quería mejorar, que se sentía avasallada, invadida, por una muchedumbre de extranjeros que les quitaba el sustento. ¿Qué importancia tendría para esta gente que el magnate se alabara de la facilidad con que podía agarrar genitales femeninos? Es algo común entre el pueblo, y no implica el drama que se hace en  las urbes al respecto. Desnudaba esta retórica que todo aquello relacionado con abuso sexual y sus variantes era problema de ricos, jueces y políticos urbanos definiendo leyes que obviaban, soslayaban, a los que vivían fuera de su área de poder. Trump proponía otra visión, más real, descarnada y permisiva, la del hombre de la calle que no tiene tiempo para indagar acerca de los problemas legales que podría traer algo así. Fuera del macrocosmos de otras propuestas en economía y más.

Hoy el juez de  Alabama, Roy Moore, inicialmente no respaldado por Trump en las primarias republicanas del estado, sufre el embate de sus vicios de juventud (pedofilia) –que niega-. Resguarda su defensa en cuanto al tiempo que tomó para que estas denuncias, de varias décadas atrás, se presenten justo antes de la elección para senador por Alabama, que está seguro de ganar.

Otra es la vara con que se mide la pedofilia o la violación en la Era Trump. La sordidez del jefe supremo, la ilimitada corrupción de sus allegados y familiares, historias de putas –incluida la de su esposa, Primera Dama del burdel ahora-, no importan; las reglas se han relajado y la masa popular que lo sigue, compuesta por fanáticos religiosos, alcohólicos, nazis, campesinos, trabajadores y lumpen, vagos y marihuanos ha decidido que nada es más importante que los símbolos: la Patria, ante todo, aunque esta sea ofertada, vendida y regalada a participantes foráneos que en primera instancia quieren destronar el aura de equidad y justicia que el país se desvivió por crear ante la mirada ajena, para luego apoderarse de sus despojos.

El sueño mayor de Donald J. Trump es inaugurar en EUA un liderazgo al modo de Kim Jong-un, a quien desdeña, ataca y admira. No se ha llegado aún al extremo de pedir cambios constitucionales para permanecer en el gobierno a la manera de su sosías andino: Evo Morales, pero llegará a tiempo de la segunda, o tercera elección en unos años. Por ahora sirve rodearse de la soberbia chusma billonaria de su entorno, y de la otra chusma, la desposeída, como pilares del estupro general.

13/11/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 14/11/2017

Imagen: Jacques Callot/Detalle de Las tentaciones de san Antonio, 1635

Friday, November 10, 2017

Literatura desde la ventana/Letteratura dalla finestra

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

(traducción Marcela Filippi)

Si pensamos en Rembrandt van Rijn, concedemos que el arte no necesita de ubicuidad desmesurada, experiencia, movilidad. Dice Russell Shorto que el pintor holandés pasó su vida, y pintó sus exteriores, en un espacio muy reducido de Amsterdam, a unas cuadras a la redonda de un puente y algún canal ya míticos.

Pensemos en Proust, encerrado, quizá al arbitrio de una brillante sirvienta…

El niño Borges, ávido de épica y glorias que van desde dioses germánicos a modestos cuchilleros del Retiro, con mamá sirviendo el té y leyendo sus esbozos literarios… Tal vez a Borges salir, “ir afuera”, le hubiese resultado más que incómodo, perjudicial. Afuera campeaba entonces la chusma peronista, la cantaleta de “argentino y bien varón, es el general Perón”, con la digresión necesaria de que el tipo pudo haberlo sido, pero terminó como un viejo cornudo que avivó la debacle. No era espacio para el magnífico escritor, aunque la época reanimaba una trágica tradición argentina, la del caudillo, la de la masa enfebrecida, aquello de lo que se nutrió y asimiló dentro suyo en un inteligente revoltijo que ponía a los héroes de la conquista del desierto con sombríos literatos en lengua inglesa.

No hay fórmula para escribir. Otra cosa es la predisposición de cada uno de encontrar un espacio preferido para desenvolver sus ideas o arte. Personalmente, elegí la escuela norteamericana, por llamarla de algún modo, la de redactores comprometidos en extremo con el derredor, con la búsqueda y hallazgo a través de existencias que vistas de arriba podrían parecer intrascendentes, míseras, abyectas, inútiles.

En suma, a pesar de no ser cierto, pero con un énfasis especial hoy, la discrepancia entre lo académico y no. Con la profusión actual de escritores que se consideran tales por titularse en ramas afines en universidades de prestigio. Ignorar, despreciar, hasta cierta condescendencia con el que escribe porque siente necesidad de hacerlo, cualquiera fuese su entorno y profesión. Sería tremendo exigirle a Kafka, gris funcionario, eméritas condecoraciones que lo garantizaran como autor. Pero está de moda, así como el vértigo, casi competencia, lucirse en ferias del libro a las que ni siquiera los invitan. El marketing entró a la literatura. No se quieren ya escabrosas historias de pobreza y rebelión; ahora cuentan pajas juveniles, inocuas, que tal vez queriendo decir algo no dicen nada. Y no significa que la literatura deba ser social, por supuesto que no, pero tampoco manipularse como objeto de mercaderes.

La crónica ha renacido para reemplazar esa vertiente de la literatura que no goza ya del favor público. Con éxito. Un amigo comentaba, no sé con qué fines, al referirse a Alice Munro, reciente ganadora del Nobel, que ello demostraba la posibilidad de ganar premios sin necesidad de hablar de psicópatas, etc. Creo que es inadecuado decir por dónde y de qué se debe escribir. Munro no es Dostoievski porque no querrá serlo. A cada uno lo suyo, de acuerdo a infinidad de características psíquicas, físicas, aficiones o vicios. Todo vale. Y a cada quien lo que corresponda, de acuerdo a cómo vive, qué hace. Los académicos hablarán del dorado mundo de las élites y los literatos alteños de mugre y cogoteros. Su valor radicará en el arte, en la manera en que fueron escritos y no en el tema o argumento. Leo con tanto gusto a Gautier en su alucinación egipcia como a Raymond Chandler u Homero Carvalho. Disfruto, como jurado literario, de cada libro, a pesar de las normales deficiencias de práctica entre muchos participantes, de la variedad de estilos y personajes. Cada uno importa, tiene algún plus, lo que no implica que a todos se premie o acepte, porque, como cualquier otra cosa, la literatura es un trabajo donde se busca excelencia, no necesariamente en lo pulido del lenguaje, en preciosismos a veces innecesarios, sino en la solidez con que se lo esté contando; perfecto, como en Borges; a ratos tosco como en Arlt.

Me he puesto a pensar en cuánto de mi literatura pasa por mi ventana. El trabajo nocturno me ha dado el don del vampirismo; veo tan bien de noche como de día, y trashumo, deambulo por inverosímiles pasadizos y circunstancias en las incursiones diarias, cinco días por semana, por un extenso territorio que jamás es el mismo cuando clarea. Luego me escondo del sol; lo hago por los últimos veinticinco años; cierro, aunque no totalmente, las persianas. Abro la ventana y dejo que el mundo de afuera penetre en esos débiles rayos de luz. Desde allí acecho, me apodero del movimiento de los otros, de sus voces, conversaciones y discusión. A ratos el viento mueve las persianas y la gente mira hacia allí, hacia mí, pero con el reflejo no ve nada. En la mayoría de los casos se retiran, continúan con su rutina algo alejados, observando de reojo la ventana sospechosa, la certeza de ser vigilados, fotografiados, plagiados, calcados. El escritor es eso, un ladrón que se esconde en el hueco menos probable, para apoderarse de la vida ajena, del halo o la sombra, en albur fascinante y tenebroso.

En esos momentos, los de la literatura en observación y creación, poco importa que el domingo sea la feria tal o la feria cual, que se otorguen o no premios, la fama o la infamia. Esta es labor de solitarios y desconfío de quien ostenta demasiada sociabilidad para hablar de sí mismo y de su arte. He ahí un comerciante, alguien que se oferta, que se vende o se regala. Casi en tono bíblico aconsejaría huir de personaje semejante, macho o hembra, porque discrepo con la manía de querer ser eterno y distinguido, cuando la sal de vivir está justamente en perecer y ser anónimo, en cuánto podremos aprehender mientras duremos sin la inconveniencia de perder el tiempo en explicaciones hueras sobre ti.

¿Que empecé hablando de una cosa y estoy en otra? No. Vamos por el mismo camino, con meandros lógicos que trae la dinámica de las letras, tan ávida y rápida como la de las aguas. No intento dar cátedra ni fórmula para adentrarse en ese mundo. Como dijimos, no la hay, e incluso la proyección y diseño de una senda a seguir no pasa de papeleo las más de las veces intrascendente. Aunque dicen, en el caso de Alice Munro, que la perfección aburrida -así, con esas palabras- de su prosa no se desvía un ápice del plan dispuesto.

No debiera ser dilema. Uno es escritor o no lo es. ¿Escribir? La mayoría podemos; somos un poquito más que iletrados y eso nos da ínfulas. Vaya, acépteselo o no, pero escribir no te hace escritor, como gorjear no te convierte en cantante. Claro que todos quisiéramos serlo, porque dar significado a las palabras y alma a su conjunción tiene algo de Dios, dioses imperfectos o abyectos, capaces sin embargo de fundar belleza hasta en el exabrupto o la maldad, amén de las rosadas líricas de lo que consideramos bello ya de principio.

¿Qué hacer con los profesionales de la escritura que nos han invadido, que han opacado el aura innoble pero interesante del que escribe? Obviarlos, dejarlos que se mezclen en la ensalada de los suyos, donde unos son mostaza común y otros dijon; unos vinagre de vino, otros de arroz, y algunos balsámicos. Son un plato duro de tragar, molestos como el ajonjolí, porque la vanidad es la especia más amarga. Pero, vamos, no es tan grave: gastronomía y digestión. Los demás, y no me incluyo, seguirán leales ante este inconsecuente amor. Morirán olvidados, con un perro sarnoso meando en la lápida. Pero ellos, los oscuros, son los que le dan brillo a esta penumbra de ser artista. Por los siglos de los siglos.

Silencio, que una pareja de inmigrantes ilegales se detiene al borde de mi ventana, y hablan de chingadas, chingados y chingaderas. Recuerdo a Octavio Paz, el muy chingón, y presto oídos. Uno es de Malinalco, lar de los guerreros águilas mexicas. Su acompañante de Tlaquepaque, justo al borde de Guadalajara. Hablan del día y del salario, de viejas y vino (como le dicen al tequila). No rompen los cánones de lo que un mexicano representa para mí, pero hasta la vida burda de un pasante es extraordinaria. La literatura anida allí, en lo nimio y lo grotesco, aunque no solo. El desprecio de los señoritos, que hoy decidieron ser autores, me lo paso por el forro, porque para sentir hay que vivir, y amar y dolerse. Doctores sobran, de estos, no de los que curan.

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Se pensiamo a Rembrandt van Rijn, ammettiamo che l’arte non ha bisogno di ubiquità smisurata, esperienza, mobilità. Dice Russell Shorto che il pittore olandese trascorse la sua vita, e dipinse i suoi esterni, in uno spazio molto ridotto di Amsterdam, a pochi isolati attorno a un ponte e a qualche canale già mitici.

Pensiamo a Proust, rinchiuso, forse a discrezione di una brillante cameriera... 

Il bambino Borges, avido di epica e glorie che vanno dagli dei germanici a modesti attaccabrighe del Retiro (1), con la mamma che serve il té e legge le sue bozze letterarie... Forse, uscire per Borges, “andare fuori”, sarebbe stato più che scomodo, dannoso. Fuori campeggiava, allora, la ciurma peronista, la tiritera di “argentino y bien varón, es el general Perón” (argentino e molto maschio, è il generale Peròn), con la digressione necessaria che il tipo avrebbe potuto esserlo, ma finì come un vecchio cornuto che ravvivò la débâcle. Non era spazio per il magnifico scrittore, anche se il periodo rianimava una tragica tradizione argentina, quella del caudillo, quella della massa infiammata, ciò di cui si nutrì e assimilò dentro di sé in un intelligente viluppo in cui metteva gli eroi della conquista del deserto, insieme a ombrosi letterati in lingua inglese. 

Non c’è formula per scrivere. Altra cosa è la predisposizione di ognuno nel trovare uno spazio preferito per sviluppare le proprie idee o arti. Personalmente, ho scelto la scuola nordamericana -per definirla in qualche modo- quella di redattori estremamente impegnati nei loro dintorni, nell’indagine e scoperta attraverso esistenze, che viste dall’alto, potrebbero sembrare insignificanti, misere, vili, inutili. 

Insomma, pur non essendo proprio così, e oggi con un’enfasi speciale, vi è il divario tra l’accademico e non, con l’attuale profusione di scrittori che si considerano tali per essersi graduati in discipline affini in università di prestigio. Ignorare, disprezzare, persino una certa condiscendenza con chi scrive perché sente il bisogno di farlo, qualsiasi sia il suo ambiente e professione. Sarebbe tremendo esigere da Kafka, grigio funzionario, riconoscimenti di onorificenze che lo accreditassero come autore. Ma è di moda, come una smania, quasi concorrenza, esibirsi in fiere del libro a cui nemmeno si è stati invitati. Il marketing è entrato nella letteratura. Non c’è più voglia di storie scabrose, di povertà e ribellione; ora contano seghe giovanili, innocue, che forse volendo dire qualcosa non dicono nulla. 
E non significa che la letteratura debba essere sociale, certamente no, ma nemmeno manipolarla come oggetto di commercio. 

La cronaca è rinata per rimpiazzare quella fonte della letteratura che non gode più del favore pubblico, con successo. Un amico commentava, non so a quale scopo, riferendosi ad Alice Munro, recente vincitrice del Nobel, che ciò dimostrava la possibilità di vincere premi senza il bisogno di parlare di psicopatici, ecc. Penso che sia inopportuno dire dove e cosa scrivere. Munro non è Dostoevskij perché non vorrà esserlo. A ciascuno il suo, secondo affinità psichiche, fisiche, interessi o vizi. Tutto vale. E a ciascuno ciò che corrisponde, in base a come vive, a ciò che fa. Gli accademici parleranno del dorato mondo delle élites, e i letterati alteños (2) di sporcizia e scippi. Il suo valore radicherà nell’arte, nel modo in cui sono stati scritti e non nel tema o argomento. Leggo con piacere Gautier nella sua allucinazione egiziana così come Raymond Chandler o Homero Carvalho. Gioisco, come giurato letterario, di ogni libro, nonostante la scarsa pratica tra tanti partecipanti, varietà di stili e personaggi. Ognuno ha il suo valore, il che non significa che tutti debbano essere premiati o accettati, perché come in qualsiasi altra cosa, la letteratura è un lavoro dove è richiesta l’eccellenza, non necessariamente nella chiarezza del linguaggio, nei preziosismi -a volte innecessari- bensì nella solidità con cui esso viene espresso; perfetto come in Borges; a tratti rozzo come in Arlt.

Mi sono messo a pensare a quanta della mia letteratura passi attraverso la mia finestra. Il lavoro notturno, mi ha dato il dono del vampirismo; vedo così bene di notte come di giorno, e trasmigro, deambulo attraverso corridoi inverosimili e circostanze nelle incursioni quotidiane, cinque giorni a settimana, per un esteso territorio che non è mai lo stesso quando si fa giorno. Poi mi nascondo dal sole; lo faccio negli ultimi venticinque anni; chiudo, ma non del tutto le persiane. Apro la finestra e lascio che il mondo di fuori penetri in quei deboli raggi di luce. Da lì scruto, mi impossesso del movimento degli altri, le loro voci, conversazioni e discussioni. A tratti il vento muove le persiane e la gente guarda, verso di me, ma col riflesso non vede nulla. Nella maggior parte dei casi, si ritirano, e continuano con la loro routine un po’ distaccati, osservando con la coda dell’occhio la finestra sospettosa, certi di essere vigilati, fotografati, plagiati, ricalcati. Lo scrittore è quello, un ladro che si nasconde nel buco meno probabile per impadronirsi della vita altrui, dell’alone o dell’ombra, in gioco affascinante e tenebroso. In quei momenti, quelli della letteratura in osservazione e creazione, poco importa che di domenica ci sia quella o quell’altra fiera del libro, che si conferiscano premi, la fama o l’infamia. Questo è mestiere da solitari, e diffido di coloro che ostentano troppa socievolezza per parlare di sé stessi e della loro arte. Quasi in tono biblico consiglierei di fuggire da tali personaggi, maschio o femmina che sia, perché sono in pieno disaccordo con la mania di essere eterni e illustri, quando invece il sale della vita sta giustamente nel perire ed essere anonimi, in quanto possiamo imparare mentre duriamo, senza l’inconveniente di perdere tempo in spiegazioni vuote su di sé.

Ho iniziato parlando di una cosa e sto in un’altra? No. Siamo sulla stessa strada, in meandri logici che la dinamica delle lettere porta, così avida e rapida come quella delle acque. Non intendo dettare cattedra né formule per addentrarsi in quel mondo. Come abbiamo detto, non esiste, e anche la progettazione e disegno di una strada da seguire va oltre le carte, il più delle volte irrilevante. Anche se si dice, nel caso di Alice Munro, che la perfezione noiosa -proprio con quelle parole- della sua prosa, non si scosti di una virgola dal piano disposto. Non dovrebbe essere un dilemma. 

Uno è scrittore o non lo è. Scrivere? La maggioranza può; siamo poco più che analfabeti e perciò ci diamo delle arie. Che lo si accetti o meno, scrivere non ti rende uno scrittore, così come gorgheggiare non fa di te un cantante. Certamente tutti vorremmo esserlo,perché dare significato alle parole e allo spirito, per la sua congiunzione, ha qualcosa di Dio, dei imperfetti o abietti, ancorché capaci di fondare bellezza anche nella villania o malvagità, così come le liriche leziose di ciò che consideriamo bello fin dall’inizio. 

Cosa fare con i professionisti della scrittura che ci hanno invaso, che hanno offuscato l’aura ignobile, ma interessante di chi scrive? Eluderli, lasciare che si mescolino nella loro insalata, dove alcuni sono mostarda comune e altri digione; alcuni aceto di vino, altri di riso, e altri balsamici. Sono un piatto duro da ingoiare, fastidioso come il sesamo, perché la vanità è la spezia più amara. Suvvia, non è così grave: gastronomia e digestione. Gli altri, e io non mi includo, continueranno ad essere fedeli a questo amore incoerente. Moriranno dimenticati, con un cane rognoso che piscia sulla lapide. Ma essi, gli oscuri, sono quelli che danno luminosità a questa penombra dell’essere artista. Nei secoli dei secoli. 

Silenzio, che una coppia di immigrati illegali si ferma sull’orlo della mia finestra, e parlano di chingadas, chingados e chingaderas (3). Ricordo Ottavio Paz, el muy chingón, e presto ascolto. Uno è Malinalco (4), lare dei guerrieri aquila messicani. Il suo accompagnatore di Tlaquepaque (5), proprio ai margini di Guadalajara. Parlano del giorno e del salario, di vecchie e vino (come chiamano la tequila). Non rompono i canoni di ciò che un messicano rappresenti per me, ma anche la vita qualunque di un passante è straordinaria. La letteratura annida lì, nello scontato e nel grottesco, ma non solo. Il disprezzo dei signorotti, che oggi hanno deciso di essere autori, me lo faccio scivolare addosso, perché per sentire bisogna vivere, e amare e dolersi. Dottori abbondano, di questi, non di quelli che curano.


Note

  1. Quartiere di Buenos Aires e anche importante nodo ferroviario, di pullman e trasporti urbani
  2. Abitanti della città El Alto, seconda città della Bolivia
  3. I termini sopra citati fanno riferimento a un frammento che Octavio Paz (Città del Messico 31.03.1914 - 20.04.1998), scrittore e poeta, premio Nobel per la letteratura 1990, ha dedicato nel suo saggio “El labirinto de la soledad” sull’identità messicana.
  4. Città del Messico
  5. Città del Messico

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Imagen: Rembrandt van Rijn

Wednesday, November 8, 2017

Novia por encargo

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Era como un catálogo: vestidas, casi desvestidas, en bikini, altura, peso, profesión, estado civil, con o sin hijos, deseos íntimos, búsquedas, el hombre de los sueños.

Ucrania debe ser uno de los países con más mujeres bonitas en el mundo. Altas, de metro setenta la media, distintas -tanto- a las damas andinas de escaso tamaño, si es que eso cuenta como un plus. Tema difícil porque cualquier apreciación puede entenderse como acercamiento racista a las características de los pueblos, cuando suele ser cuestión de gustos. No que las prefieran rubias, pensemos en la Bardot o la Deneuve, ya dinosaurios de un arte antiguo, sino diferentes. Ni tanto todas blondas porque Ucrania, al sur al menos, y Crimea, tiene numerosa tradición tártara y entre las páginas virtuales había Irinas y Allas con notorio ancestro asiático, que no las desvirtuaba, por cierto; muy al contrario. Hibridez y mezcla resultan en ejemplares notables. Tártaras de piel blanca y piernas de garrocha, con ombligos insertos en vientres que harían soñar al descreído.

Pues conocí a Tetyana, de Kiev decía tal vez para hacerlo más simple. Si rusa, de Moscú; holandesa de Amsterdam ¿Para qué meternos en vericuetos de camino vecinal? Tetyana viajó como lo hizo el novio norteamericano que se agenció en línea. Este, con sus casi dos metros y una antipatía que excedía metraje, ofreció, ya que no simpatía, mejor vida. Un apartamento, un automóvil último modelo, comida, restaurantes y conciertos. La magia capitalista ayuda a creer que todo lo puedes, aunque a la muerte todo lo debas. Luego de ternos, traje blanco para asegurar pureza, fiesta, vodka y whisky, whisky y vodka, solícitos ucranios, sonrientes y serviciales, matrimonio y visa. En casos así no sirve considerar veinte años de diferencia, ni la fogosidad de la hembra eslava enfrentada al hielo.

Cambió el sonoro apellido que significaba sauce lloroso, no llorón, por uno anglosajón sin sal. Se preció por ello, soy una mujer feliz, realizada que al año parió y supo, cuando la pusieron a repartir periódicos en la noche porque el presupuesto no alcanzaba, que la ilusión tenía color de tinta.

Esa Tetyana sudó y caminó rápido en los años en que yo permanecía solo y cachondo. El grandote tonto llegaba con cara de culo y ella sonriente. Te vi en Facebook, le dije, hazte amigo, respondió. De ahí un almuerzo en Tokio Joe’s. Llevaba zapatillas doradas, pantalón blanco, blusa blanca y brassier crema. Al abrirle la puerta para que bajase se abalanzó. Su oreja olía a perfume y la mordí. Eres perro, me dijo; perro en celo, respondí. El sostén cayó como lo hicieron sus piernas. Rubia, Tetyana, pero de sexo negrísimo. Tiramos las sábanas a patadas. Tenía las uñas de los pies pintadas de rosa y sus algo grandes dientes, sonrientes, dañaron un poco mi boca en beso apresurado. Kiev, decía, quiero llevarte a Kiev.

Dicho y hecho, estaba debajo de una iglesia con bulbos celestes y el calor muriente del asomado otoño. La hija quedó con su madre que nunca viajó a los Estados Unidos y yo en un hotel donde mañana, tarde y noche, servían pastel de carne de comida. Uñas de manos y pies cambiaban de color a diario: frambuesa, açai, mango. También un rosa pálido como el de las iglesias ortodoxas. Bello, hundidos en las altas hierbas del campo de Zaporozhe.

La vacación termina y retorno a dormir con mi perro y encender el televisor. De cena caliento tamales porque están preparados y resulta más sencillo. La veía, la veo, pero después de Kiev la hija creció, el marido se hizo suspicaz y no la dejaba de lado. Me distraje con CNN. La abrazaba a veces. Lecho cada vez menos. Cuarto de motel y mal porno en la pantalla. Sexo con enanos, anal, senil. Se deshincharon los pezones, hasta oscurecieron, y sentí que asomaba el tiempo de lluvias y me guarecí donde mejor estaba: solo.

Pero el vicio ucraniano no cejó. Julia tenía 26 y Kiev me vio de nuevo. Pero Zoia, de 32, dejó caer el vestido negro y quedó a mi merced con sus hermosos ojos azules. Esto me estaba costando el salario ¿Pero qué hace un hombre abandonado a los cincuenta y aturdido? Trabajar por el cariño. ¿O era por el aroma de Zoia cuando desvestía el traje rojo y se recostaba sobre pinos que dañaban su piel blanca, de crema o helado? En Sumy, a la salida de la ciudad, en un lugar que se llamaba Bezdryk donde vapuleé la piel.

Entonces retorno, un mes, dos meses, tres meses de duro trabajo, dolor en la espalda, rodillas tembleques, hasta que el banco anuncia otros cinco mil dólares ahorrados y me pongo a inspeccionar las listas. Prometo, tengo que hacerlo, que ando en busca de una relación estable, familia, esposa, de misa dominical y torta de cumpleaños. Pero eso me es tan ajeno; se lo digo a mi perro mientras lo paseo, mientras caga y mira con gigantescos ojos negros a su amo y amigo. En esta vida estamos solos, tú y yo. A mí me arrastran en cadena, como a ti.

Maria, en Kherson, algo pasada de peso, me recordaba las mujeres a las que Benia Krik hacía gozar en las páginas de Isaak Babel. Tal vez prurito literario, pero tetas como aquellas mantuvieron a la humanidad por encima de diluvios. Se lo dije y no me entendió. Conservo fotos de ellas, sin rostro, volúmenes intensos e inmensos coronados por un pezón. Me gustaba de enterizo violeta y cuando se agachaba mostrándolas. Corte garçon, cabello negro. Y miraba como la Ajmátova. Me quedé una semana por encima de lo previsto. El nuestro era sexo maternal. Me amamantaba. Alcanzaba el gozo chupándole los pechos con énfasis de bebé.

Luego la penuria del ghetto norteamericano, la retahíla de las cuentas y días, estaciones pasadas conservando las monedas.

Un día me dije que me encontraría una mujer cerca, vecina, a dos o cinco millas de casa, que pudiese poseerla diez minutos después de llamarla. Probé “americanas”, mexicanas, salvadoreñas. Gigoló fracasado, héroe de la clase obrera sin tiempo histórico. La última, nieta de la guerra civil en Izalco, me decepcionó cuando en El Tamarindo, comedero centroamericano, pidió hígado encebollado de almuerzo. Salí corriendo.

Iba a llegar Navidad y quedaba poco de los ahorros. Extrañaba la nívea Ucrania, la risa de mujeres que hablaban un idioma incomprensible y que al no tener conversación ofrecían cópula. Pues, a sentarme, preparar café cargado sin azúcar, un par de pastas danesas y seleccionar pareja.

Maria tenía 33; Irina 45, de sesenta y dos kilos y rostro un poco ajado. ¿Qué me atrajo? Tal vez eso, que las arrugas guardaban pasado, dolores, certezas, contentos. Rubia de piernas firmes, le quedaba bien el blanco. Me recibió con un crisantemo en la mano, en la estación de Smila, a trescientos kilómetros al sur de Kiev, cerca de Cherkasy. La amé, Tuvimos sexo a orillas del Tyasmyn y me perdí en mis recuerdos de lo leído en Sienkiewicz, justo ahí, con starostas y vospodares y atamanes tártaros. Cosacos cabalgaban por mi cerebro y sus sables cortaron el flujo de sangre de mi entrepierna a la suya. Asumí, al fin, que lo que me gustaba de Ucrania no eran sus hembras sino Gogol.
03/10/17

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Publicado en LA PISTOLA DE CHÉJOV 1, Noviembre-Diciembre 2017

Fotografía: Nazar Butkovski