Friday, June 23, 2017

Marine Le Pen y el fútbol

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cuando el joven futbolista togolés Kokou Guy Acolatse firmó para el FC Sankt Pauli alemán en 1963 hubo conmoción. “La gente tenía miedo”, cuenta un cronista. ¡Y cómo no! A pesar de la derrota alemana en la guerra, o las dos guerras, el sentido de orgullo racial permanecía incólume. Debacle no implica razonamiento, y la aparición de un jugador de color tocaba algo que no estaba en la costumbre. Por tanto, produjo rechazo. Quedémonos allí, en esa primera impresión.

Hace unos días, en un partido amistoso y notable, jugaron Inglaterra contra Francia. Ganaron los últimos por 3 a 2, cosa que no tendría mayor importancia que la estadística si no pensáramos en que fue año electoral en la Galia y que, por un momento, se temió la victoria de la derecha bajo el mando de Marine Le Pen. Esta señora representa los intereses de la Francia que se creyó decapitada el 93 (el de Hugo) y que pervive, y muy sana, más de 200 años después. Muchas pueden, y suelen, ser las razones esgrimidas para conservar una “pureza de raza” que no existe, peor en un continente asolado por conflictos e invasiones constantes. ¿Pueden los alemanes declararse puros sin examinar si en el trasfondo hay algún soldado ruso que tomó las instrucciones de Zhukov antes del embate final al pie de la letra? Ideología, absurdidad o pura estulticia. ¿Por qué, me pregunto, los Le Pen y sus afiliados no conforman, o luchan por conformarla, una selección francesa sin extranjeros? Por la simple razón de que la hibridez, la nueva sangre, son motores de desarrollo y que el aporte de los inmigrantes en cualquier país del mundo es siempre mayor que los desmanes que causen.

Bret Stephens escribía en una columna de opinión del New York Times (17/06/2017) que a los Estados Unidos solo podía salvarlos la deportación en masa, parafraseando, pero en sentido contrario, a Donald Trump, y aconsejando que se deportase a los “americanos” de siempre para dar paso a los inmigrantes que según las estadísticas son los que proveen al país cada vez más con pequeños negocios, que intentan progresar y aprovechar las ventajas de que carecían en sus países de origen. Pujanza versus indolencia. Dinámica contra negligencia: esa es la presencia inmigrante en un país en que la gran masa votante de Trump poco hace para que EUA sea “great again”, y que espera, como maná del cielo, que el gobierno blanco alinee las estrellas en su favor y borre el sacrificio y traiga la alegría. Así no son las cosas. Trabajar como sus antepasados, inmigrantes también, es la única posible solución.

Volvemos a ese 3-2 contra los ingleses, que también tienen su parte en esta historia de hibridajes y ciudadanos negros, mestizos, indios y otros que patean la pelota bajo el emblema de los 3 leones (uno de los Plantagenet y dos desde Ricardo Corazón de León). Los goleadores de Francia no apellidaron lo que Marine Le Pen hubiera querido para una victoria “nacional”. Fueron Umtiti, Sidibé, Dembelé, sonoros nombres africanos originados entre Malí, Senegal, Mauritania y Camerún (aunque esta última región fuese originalmente colonia alemana y no francesa). No es que no haya jugadores de calidad en Francia cuyo nacimiento y ancestros no los remontan a la historia que se quiere reivindicar, pero el universo es dinámico y no podemos aislarnos de tal manera que terminemos siendo obsoletos. África en las últimas décadas ha dado un soberbio influjo al fútbol europeo, así como los extendidos árabes. El espectador, y el deporte, han ganado con ello. Dejó de ser –África- esa especie de souvenir que fue Camerún en el mundial de Argentina, 1978, para convertirse en un pilar que a no mucha distancia de hoy producirá un campeón mundial.

La Alemania que derrota hoy a Australia, en Rusia, a pesar de ser calificada como el equipo B, tiene nombres que no suenan en extremo sajones. Hay turcos: Emre Can; albanos: Shkodran Mustafi; Antonio Rüdiger, de Sierra Leona. No podría ser diferente. O lo aceptamos o que la señora Le Pen se ponga los cachos y marque goles para Francia. Poco faltaría para echar el fútbol que dio a Platini y al gran argelino Zidane al basurero de la historia.

19/06/17

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Publicado en INMEDIACIONES, REVISTA DIGITAL, 22/06/2017

Fotografía: Selección francesa de fútbol con Zinedine Zidane de capitán

Tuesday, June 20, 2017

Hablando de Bolivia con mis hijas/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La juventud… Dos chicas, historiadora una y socióloga la segunda, hablan acerca de Bolivia con un amor que creo no tengo, ni tuve estando allí, jamás. Me pregunto por qué. Que Bolivia crece sin parar en la memoria, la vida, en mi literatura, no tengo dudas, y me alegro por ello. Que no necesito confesar amores ni alegatos de patria, también. Basta con su presencia y la mía, indisolubles. Saber que nací allí y allí moriré, que no tendré enterramiento alguno porque ya dejé instrucciones que en el spiedo de la cremadora me convierta en polvo que arroje alguien, ellas de ser posible, desde las alturas de Puka Puka, donde había qhewiñas, sobre el valle que fue de eucaliptos y que hoy es pasto de la anti-plurinación.

Ayer fue día del padre. Concuerdo con el mío ya ido que ese es invento de comerciantes, como todos los otros, como el de Cristo niño bien vendido en el mercado de la espiritualidad contante. Concuerdo con el poeta negro Nicomedes Santa Cruz que cualquier domingo de mayo escogido para idolatrar a la madre “vergüenza debiera darme”. Dicho eso, cuento que “festejamos”, que ellas quisieron traerme regalos: Emily una biografía del pistolero Wild Bill Hickok, que llenó la infancia de épicas en el semidesierto del oeste norteamericano, y Aly un Jameson de 12 años, whisky irlandés. A leer y a beber; quizá el sol no salga mañana y no conversemos ya con los amigos muertos.

Bolivia vino con el sabor; construí una llajwa cochabambina con los recursos del norte; no estuvo mal. Porque tosté las papas como se las tuesta para el sillpancho y ahí supimos la gloria de haber nacido yo tan lejos, tan cerca del corazón de mis hijas, donde el recuerdo tiene olor a molle. Nada mejor que la papa para acordarse del color de las montañas de Lípez, el verde adormilado y terroso de Anzaldo. Siempre me tiro hacia el valle y el cerro. El trópico no me tuvo de adicto, ni por aguas de ríos caudalosos y menos por calor. Prefiero los terrones duros y la lluvia que siendo escasa es adorada cuando cae. El embeleso “del Chapare” no ha nunca formado parte de mi necesidad vital y ese fue el país que les mostré, el único que conocen. Del que ahora hablamos.

Toro Toro. Tuvieron que pasar 50 años para que el interés de muchachas curiosas y patriotas en el buen sentido, de un país que ni siquiera es suyo directamente sino de soslayo, me obligaran a emprender esa larga marcha. A qué decirlo, gocé. Me reencuentro conmigo mismo y mi historia familiar cada vez que dejamos la zona urbana e indagamos el campo. Si no hubiera sido que el chofer nos torturaba una y otra vez con las atrocidades de los Kjarkas, el viaje hubiera sido perfecto. Inolvidable la vista del río Caine desde la altura y bordeando sus orillas con líneas de preciosos papayos enanos. Como en Humahuaca, el Jujuy quechua y argentino, en el Caine, la tierra se pinta multicolor: gris, verde, amarilla, roja. Me vino la historia, Goyeneche cruzando el río, Esteban Arze y sus lanceros. Todas las sangres mi sangre y decidí, entonces y ya de atrás y largo, regresar. Dije que tendría que recorrer los caminos del sur, que no veía el Chorolque desde un lejano 1984; el Sajama desde el 80; Siete Suyos, Quechisla, Betanzos y Villa Abecia. Hay letras que escribir allí. Me esperan. Callejas y pajas bravas, diablos y morenos. O el silencio, pavor en las heladas paredes de la iglesia de Curahuara de Carangas.

Emily y Aly afirman que apenas venga el consulado ambulante boliviano por Denver otra vez, sacarán sus papeles, el que la constitución les concede como hijas mías. Envidio su cariño por el sol que quema en la calle José Quintín Mendoza, la de los abuelos. Sé que he de regresar pero me gustaría hacerlo así, con espíritu alegre y sorpresa. Tal vez.

19/06/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 20/06/2017

Fotografía: Pico Tunari/Douglas von Hollen

Sunday, June 18, 2017

Cien años de soledad

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pues cómo ha cambiado el mundo. Ahora, en mis cincuentas, ando perdido porque el suelo que pisaba en mis veintes no existe más. Parafraseando a Nicanor Parra ¿o era Neruda? diría que “no soy el mismo del año 20”. Por supuesto que no, porque esa fecha, que traía con dramas propios una vida que en su dureza conllevaba ideales, no existe más. Y no son, o no solo, los años.

Aclaremos. El libro icono de Gabriel García Márquez no era en propiedad uno sobre ideales, ni sobre política a pesar de la historia de cien años dentro de otra historia de mil días, y otra y otra acumuladas hasta desvanecer las líneas que dividían la realidad de la ilusión, o el drama del sueño. Pero era algo sólido, el recuerdo, siendo etéreo como es por lo general. Pero ya no.

Habitamos, dentro de nuestras tristes, atávicas y pobres prácticas, lo cibernético. La humedad de la sangre pesa menos que ayer, sin que el retrato del mundo que habitamos haya mejorado un ápice. Nos hacen creer que sí; nuestros intereses están en el espacio exterior simbólico, en una nube, no tanto aquí, como si lo dramático del universo convulso no contara lo suficiente, como si fuera un mal sueño en medio de la futura felicidad universal.

Digresiones confusas para alegar que Cien años de soledad es un libro que debe leerse como documento a la belleza de la vida plena, plagada de odios, muertes y desaires, donde al menos parece que las riendas están bajo nuestras manos y que pase lo que pase intentamos no perder la capacidad del asombro y el goce que nos depara. Páginas-rastros de un mundo que fue, afirmándolo no con la usual nostalgia que el presente debe al ayer, sino como manilla salvadora ante una muerte desesperada, acelerada en un mundo que se ha recreado casi  como una paranoia vil, sin memoria.

03/17

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Publicado en REVISTA CASA DE LAS AMÉRICAS, 06/2017
Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 18/06/2017

Fotografía: Guerra de los Mil Días, Colombia

Tuesday, June 13, 2017

Domingo sin Donald y sin Evo/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Profilaxis. Busqué un sauna finlandés para sudar el objeto de mis odios, el destilado inmundo de la realidad con que los autócratas nos castigan. No lo hallé y decidí enroscarme entre libros, con un tango que otro para matizar la paz.

Me privé de televisión, de prensa. El Denver Post quedó envuelto en su plástico naranja y el New York Times en azul. Colores de bolsa diferencian los diarios que reciben los suscriptores. Transparente para el Wall Street Journal, amarillo para el USA Today. Rosado para el Financial Times que ya no se reparte. Poco a poco se van agotando, escondiéndose en la nube virtual, las publicaciones en papel. Puede que para bien. Pero extraño.

El silencio fue una aspirina, aquella que alivió el mareo de ver a los dioses revoloteando impúdicos, creyéndose querubines aunque ni peso ni imagen los acompañan en ese trastrocamiento de lo real. A pesar de que ello no cambia nada, que la transformación es sustantivo ajeno al acto en sí, decidí hacerlo, agarrarme de la modorra de un domingo, casi como si fuera el de ramos, en Jerusalén y ocuparme de las ollas en busca de la esencia africana del feijão caseiro, sin hocicos ni patas como la pobreza obliga, pero con el ferviente deseo de impulsarme hacia mundos suaves que me alejaran más que del caos del esperpento. Caí en la cebolla picada fina, en el humo gustoso de la cecina tostada, en el color medieval del frijol, tan oscuro como las cuevas de Piranesi. En el ajo. El alho.

Me pregunto, então, si el frijol negro no importa más que Donald Trump, si el cardamomo que “el” Evo. Me respondo que sí y muevo el palo ya renegrido y gastado con el que cocino desde hace veinte años. Puse cebolla verde de cama y cuando la frijolada estaba casi lista añadí trozos grandes de cebolla y pimentón rojo para que quedaran crocantes al sacar el plato y servirlo. Sacamos una foto porque el recipiente hondo, mitad relleno de feijoada negra y mitad de arroz blanquísimo, con tintes de verde oscuro y rojo profundo era un Miró en movimiento, burbujeante, humeante, vivo.

Profilaxis.

Debiera hacerlo seguido. Me decía a veces si aguantaría vivir el martirio de tener de amo al presidente Morales. Seguro que no. Me fui antes que él y viví la angustia de los gobiernos Bush en los Estados Unidos, que hoy parecen pequeños rufianes de los Picapiedra comparados con Trump y Pence, el porno y el inquisidor, en una dualidad impensable y que hoy forman el corazón de este país ya entregado a la perversidad y la perversión que antes solo latían y se sospechaban y que se han soltado como perros del apocalipsis.

Nada mejor que refugiarse en el entrevero de sartenes y copas, en agotar los restos de un garnacha ya de varios días o recibir una cerveza hefeweizen de mi Emily por un día del padre que será el próximo domingo. Cerveza alemana y queso azul irlandés. Me conoce; sabe que adoro juntar la fortaleza del queso podrido con el dulzor del trigo retostado. Mientras la tarde recula y se va reclinando junto a la luz del sol.

Profilaxis. Televisión de peces espantosos y de búsqueda de un demonio con cuerpo de cerdo y cabeza de perro en las montañas de Laos. Por la persiana abierta entra una brisa y hace sonidos casi místicos. Sorbo el limón que flota en un tenue marrón de alcohol de las Antillas. Espero a las cinco por las seis y a las seis por las siete. ¿Por dónde andarán los amos, arrastrando cadenas y creyéndose libres? Peluquines, pelucones, entre juez británico, prestamista flamenco y cortesano francés. Dónde andará mi “andina y dulce Rita de junco y capulí” (César Vallejo). Luego me duermo.
12/06/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 13/06/2017


Monday, June 12, 2017

A JORGE MUZAM, DE CUMPLEAÑOS

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pues, el Ñuble, río, y nombres de mujeres y una mujer tan suave como las piedras del río. De cumpleaños el escritor escondido, el escritor líquen, viento, sangre de mezclas exóticas a quien leo y lee mi pareja, ambos sentados cada uno en una silla que mira a su lado y a quien escuchamos teclear y “textear” mientras de a ratos conversamos. Nabokov, Joyce, la nieve, cerro, polvo, y la recua ignorante, animal y humana, que pasa y rebuzna, que corta el aire y se asfixia en amaneceres de San Fabián de Alico, sí, allí mismo, de los Parra y la parra, la música y el vino.

Podría escribir mucho, no los versos más tristes esta noche porque son precisamente las 10:14 en el estado de Colorado, de mañana y sin tristeza, y me adecúo a que, en machismo atávico, no debe un hombre escribir del otro con demasiado énfasis. Me limito entonces a un abrazo, a cierta envidia también porque no cultivo como Muzam especias en mi jardín, para decir que estoy cansado del concreto, que necesito un retiro ruso a lo Tolstoi, o la locura de Gogol pero sin dioses.

Pero me gustaría, y mucho, sentarnos “al borde de una mañana eterna”, a decir de César Vallejo, con un grupo de amigos y licor de uva, de maíz, de cebada, de quinua y de ciruela, y de papa rancia ¿por qué no? Invitar a Miguel, a los tres Pablos, al otro Claudio, a Lorena y muchachas que por ser bellas no dejan de ser poetas. Y a Lander para que pinte el futuro con trazos tan antiguos que remiten a Callot.

Bueno, maestro Jorge Muzam, un soliloquio para agradecer lo tanto que disfruto mis lecturas de usted, y que goce hoy y se emborrache, y se caiga hasta que la mita en la acequia lo despierte, que cuando usted nació no nacieron todas las flores como dice -creo- una canción, sino los petardos. A encenderlos…

12/06/17

Sunday, June 11, 2017

Ladran los perros de Rulfo

JORGE MUZAM

Avanza esta fría mañana de junio en la cordillera andina. Los ventanales siguen empañados. Los tallos de las rosas han crecido portentosamente. Me quedo reflexionando en ese asunto. ¿Qué pasaría si no las podo? Preparo cebada caliente con miel. Mi celular silencioso. Tom Rosenthal en los parlantes. Ayer comencé otro intento de novela. A Romina no le pareció apropiado que ventile ciertos asuntos personales. Le respondí que lo usual es que los escritores narren sus propias experiencias, que las literatulicen exudando demonios y nostalgias que lo atormentan. Mi argumento fue desestimado. Continuaré escribiendo. Qué más podría hacer. Es el único talento que me distingue de la manada. Me he propuesto leer Francamente, Frank de Richard Ford. Ya devoré algunas páginas. Retomar algo de Bashevis Singer. Beber mate tardío con Nabokov, Ferrufino, Sánchez-Ostiz. Amigos permanentes en el bar de mi mente. Leer Polikushka de un envión fue accidental. Tolstoi es un dios laico, un dios por defecto de los expulsados del paraíso. Ladran tantos perros a la redonda. Perros de Rulfo, gallinas provincianas de Teillier, ánades salvajes de Robert Frost. Se vive en tantas dimensiones. La cultura universal, la historia de la infamia, el silencio de los hombres buenos, la humanidad como un garrote predispuesto y un morral de panes frescos para ofrecer, la ética única y personal, los personajes que nacieron y crecieron y siguieron caminando por sí mismos desde esas mentes geniales que me antecedieron, y que hoy son parte de mí, de esto que a veces olvida su peculiaridad corpórea, que se desvanece, que se sumerge, que observa desde una nube el tecleo de estas palabras con sentido discutible.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 10/06/2017


Thursday, June 8, 2017

Platillero de la banda (por Claudio Ferrufino-Coqueugniot)

por msostiz

Cierta vez me preguntaron qué me hubiese gustado ser. Pensaron que mi opción de quién, más que de qué, estaría entre Günter Grass y García Márquez, pero no. Contesté que platillero en una banda. ¿No lo oyeron? Platillero, haciendo piruetas con los platos dorados, girándolos entre mis manos como si fuesen mariposas, en la celebración del Señor del Gran Poder, o del Gran Joder, vamos.

Lo recordé este amanecer lluvioso -llueve menos que en Macondo- mientras la casetera tocaba La Motilona, cumbia de Los Alegres Diablos. Chas, chas, que aquí viene el ritmo, platillo en la cabeza, media vuelta, giro y contragiro, arriba, con los dedos, igual a los negros basquetbolistas norteamericanos que de la pelota hacen un mundo que da vueltas sin parar. (Sigue, en el blog de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Lo coq en fer, aquí enlazado)

Ese golpe (golpazo) de platillos que pone en marcha el cortejo, la entrada... en mi caso una diablada de papel, trasladada de Oruro a La Paz, pero con sus Chinas Supay de reglamento, sus diablos, sus pecados capitales y virtudes, su san Miguel, su banda de bombos, tubas, trompetería y platillos, todos mediados, baldados... ¡Platillazo! ¡Tuba!... si como escritor no arriesgas a cada intento o no intentas caminos nuevos, estás perdido.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog de Miguel Sánchez-Ostiz), 08/06/2017


Monstruo opaca a monstruo

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

George “W” Bush fue objeto de mi ira por un largo período. Tanto que mi primera reacción ante el derribo de las torres gemelas fue de alegría. Serían las seis, o algo así, mientras subía por la avenida Alameda hasta la casa en Aurora. Cesó la música en la radio para dar la noticia de que un avión se había estrellado contra una de las torres de Nueva York. Me apresuré, pisé a fondo, en ese momento policías y ladrones habían detenido actividades para mirar con pasmo lo que ocurría en la pantalla de televisión. Llegué a tiempo, despertando a mi esposa y conectando el aparato, para ver el segundo avión que penetraba como cuchillo el acero. Pronto, un tercero y un cuarto: Pentágono y el campo abierto en Pennsylvania. Este, según comentó un conocido comentarista que no volví a ver, había sido derribado por cazas norteamericanos, narrativa que no se volvió a mencionar. Jamás. Muchos años después leí los comentarios de Chomsky: los había pensado entonces, no todos y no calcados. Parecidos.

Bush siempre fue un campo de guerra, estupidez y guerra, soberbia y guerra. Hoy George Bush semeja un formal caballero comparado con el bruto mayor que ha poblado la tierra: Donald Trump. Entre los dos hubo un delicado mulato ilustrado, que aunque no lo hizo del todo bien, sirvió. A ambos lados: para abrir, en el lado bueno, y para desnudar todo el mal que estaba escondido por el otro.

Recuerdo Falluja, que comparé entonces a Argel. Recuerdo mi nota sobre al-Zarqawi ¿Quién podía imaginar que en él nacía ISIS? Caminitos que el tiempo ha ensangrentado, donde no se borran las huellas, se marcan en sangre fresca y perduran cuando está seca.

“Mi” monstruo norteamericano dio paso a uno nacional (que se convirtió en plurinacional y plurimonstruo): Evo Morales Ayma, el Bien Amado. Al menos Georgie no se pensó como extensión divina mientras que el nativo de Orinoca sí. Los gringos de las oenegés machacaron tanto que con greda lograron levantar un ekeko que pervive por ya más de una década. Corrieron a los gringos, tan buenos e inocentes ellos, y hoy reina Evo rodeado de eunucos, baja calzones de “cada una ministra”, hace parir sin distinción de edad ni rango y se muestra ante el público con manitas de mujer y meneos feminoides. Extraño caso de hermafroditismo ¿político? O simples veleidades de autócrata que lo hermanan a Trujillo y a Idi Amin.

Pobre Evo, como pobrecitos los gringos: suizos, suecos, alemanes, belgas y cuánta bandera rica se aunó para conformar un tirano, además de los consabidos, y violentos, jesuitas que a pesar de que hablan con suavidad guardan un punzón asesino entre las faldas. Algunos notables, sabemos, con méritos pero jesuitas igual. Pobre, digo, porque su estrella se despintó ante el arribo de su sosías norteamericano: el otro millonario (porque Morales es millonario), Trump.

La geografía del curaca aymara se ciñe alrededor de dos lagos, uno mojado y uno seco, Titicaca y Poopó. Este último pronto se olvidaría de los mapas si no lo rescatara la poderosa banda del mismo nombre que arrebata en este momento, con soplido y bombo, la diablada. Quedó chico el monstruo local, el Frankenstein que inventaron los gringos (ayudados por “españoles”) ante la aparición de la ballena rosada, el Moby Dick que lanzó al mar el Partido Republicano de los Estados Unidos y que hoy preside la Unión y tiene bajo el pulgar la guerra atómica. Avatares del Tercer Mundo; a pesar de que el dinero los iguale, los equipare, los fraternice, siempre algo los dividirá.

Tienen, los dos postreros esperpentos, el mismo tipo extravagante de cabello, o pelo para precisar, los mismos dengues de bailarines de burundanga y vanidad de bolero. Nacionalistas, moralistas, revolucionistas cuando les conviene. Lo opuesto si no, todo vale, mientras llene la bolsa. Pero uno se superpuso al anterior. Qué pena, “mira como son las cosas, ya ni me acuerdo de ti”, cantaba Yaco Monti…

29/05/17

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Publicado en ADELANTE BOLIVIA, periódico digital, 06/2017

Tuesday, June 6, 2017

Nicolás Maduro: matar a todos/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Tercer “plantón” ya en Venezuela. Personalmente no me gustan ni Lilian Tintori, ni Leopoldo López ni Capriles Radonski, pero los chavistas han hecho que ellos sean la opción, la única, para una salida que podría haber sido mejor. Los políticos captan las inquietudes del pueblo, vocean el hambre de las calles y obtienen, a no ser que ocurran desgracias, el premio del poder si actúan bien. Esto, por lo general, da un lapso de paz hasta que el rodillo de la corrupción continúa su marcha. Pero..., repito, el PSUV ha hecho de la vida de López un martirologio del que ya no puede escapar. Tendrían que matar al preso y eso implicaría su fin, más rápido del que se viene.

Sin embargo leo en redes y prensa que la izquierda recalcitrante sigue defendiendo la matanza, la bufonada de la revolución de Caracas, otra repartija infame al estilo de la piñata sandinista. Pues ello, sépanlo, no tiene perdón. Corrió demasiada sangre en tantas décadas. La retrata Galeano en su breviario latinoamericano como para olvidarla. Significa erigirse por encima de los muertos, gracias a los cadáveres que de mártires pasaron a tontos útiles. A pagarlo entonces, y no con piedad cristiana ni menos: Maduro tiene que caminar al cadalso, no queda otra, y su cohorte de sátiros y putas también. Cierto que fusilar no cambia nada ni lleva a profundos arreglos, pero al menos está la satisfacción del circo, que es donde los pobres alivian pesares, en el dolor ajeno. Seguimos siendo primitivos y esta suerte de violencia antigua carga por igual conmigo. Unas balas bien puestas, “pa que  se les quite lo pendejo”.

Hay un francotirador, el gobierno, y cree con absurdidad que podrá matarlos a todos. Cuando se ha juntado, la masa pierde su capacidad de miedo y ahí el peligro latente, la condena y ejecución de la jerarquía mal dicha “bolivariana”. Algunos escaparán; a otros les espera la cárcel gringa, que es fría y sola como fríos y solos son aquellos. Tábula rasa, además, sin distinción de género, al mejor estilo del fin de Ceaușescu. Luego a hacer películas humorosas como hicieron en la tragedia rumana, a reírse de semejantes desmanes y el inconcebible aguante. Film de Kusturica con sabor a joropo.

La suerte está echada. Como siempre en el continente marrón, el que crece sin condones, el determinante está en el ejército. Venezuela no es la excepción. El discurso opositor apunta a eso, martillea de manera constante acerca de los castigos que vendrán a los culpables de crímenes de lesa humanidad, a los uniformados que condonen y ordenen la siega sangrienta; y, por supuesto, el premio a quienes se deslinden de los criminales, que apuesten por la “constitución” aunque en realidad lo que les importa son impunidad y seguridad. Les recuerdan, día a día, hora a hora, que habrá flores para los “patriotas” e inquisición para los obcecados.

Se pone carne joven en el mercado. Mientras más joven, mejor. Los pueblos aprenden a odiar a través del dolor, y ver morir la esperanza, perecer el futuro en la tersa piel de los hijos asesinados aviva el fuego del castigo. Ay, de ti Maduro, ay de tu esposa y de las hijas de Chávez. Más les valiera salir corriendo a ponerse a recaudo de Kim jong un que frecuentar la muerte espantosa. Pero, como sucede, pesa más el billete que la razón. Seguramente es, cuando se ha sido rico, difícil dejar el sosiego del oro y la satisfacción del poder. Si ya lo han decidido, bien. Tal vez les valiera ponerse ungüentos para evitar el calor de las balas, o potentes analgésicos que obvien el filo de los machetes. Si no, si ya lo decidieron, pues al circo y que las fieras tengan festín. Igual amanecerá el sol y los poetas cantarán a la luna en adormilados brazos de princesas encantadas y sirvientas pegadas al novelón; que hay que vivir, pese a todo.
05/06/17


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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 06/06/2017

Sunday, June 4, 2017

Platillero de la banda

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cierta vez me preguntaron qué me hubiese gustado ser. Pensaron que mi opción de quién, más que de qué, estaría entre Günter Grass y García Márquez, pero no. Contesté que platillero en una banda. ¿No lo oyeron? Platillero, haciendo piruetas con los platos dorados, girándolos entre mis manos como si fuesen mariposas, en la celebración del Señor del Gran Poder, o del Gran Joder, vamos.

Lo recordé este amanecer lluvioso -llueve menos que en Macondo- mientras la casetera tocaba La Motilona, cumbia de Los Alegres Diablos. Chas, chas, que aquí viene el ritmo, platillo en la cabeza, media vuelta, giro y contragiro, arriba, con los dedos, igual a los negros basquetbolistas norteamericanos que de la pelota hacen un mundo que da vueltas sin parar.

Contemplo las bandas, uno de los espectáculos impresionantes del universo, esa mixtura, de aparente caos en que multitud de instrumentos aúlla al mismo tiempo en angustiosa fraternidad. He pensado, leyendo novelas tradicionalistas y mirando fotos de las sociedades geográficas, que nos han registrado en la historia -a los bolivianos- como nativos taciturnos mirando el horizonte. Por detrás crece la hirsuta paja, se levantan peladas tetas/colinas de piedra implacable y un hato de llamas pasta en los confines del mundo. Pero Bolivia es país alegre, despiadado en el desenfreno, incluso entre aquellos taciturnos amoratados por el frío que cubren la melena de cabra debajo de chullus de lana con increíbles colores y diseños. Tan alegre que me parece que la mejor representación del país, si tuviésemos que ponerle una concreta apariencia física, sería esa del platillero con un terno brilloso, blanco, gris metálico, rojo, algo chillón, discordante, que hace movimientos sensuales y cabriolas al mismo tiempo que produce música. Síntesis de un mestizaje que uno y otro lado tratan más que desdeñar, evitar.

Desde los platillos de la batería, que acompasan con suavidad las canciones y a veces se acarician con un ramillete, hasta los personales, algunos tan grandes como de un metro de diámetro; dorados, eso sí, porque hay que preciarse de una profesión sin duda más antigua que la de dar trasero por dinero, la de golpear dos objetos planos sin ritmo al principio y luego seguidos ya por otros sonidos que acompañan su básica y elocuente voz.

Cierto que el diablo, la diablada, son imponentes, que cuando salen del socavón o de cualquier bar de la avenida Siles donde festeja el pasante, en medio de estruendo de cohetes, poca cosa se les puede comparar, pero si alguien no ha visto un platillero de Bolivia, tronado por el alcohol más que por la veneración del virginato o señorío, sudado en su piel de cobre que brilla con el agua, no ha visto nada. Porque si este platillero ya asimiló el infierno del ritmo y alucina con un opio, el de la música, que nos lleva a Baco o, más antiguo, al fuego mismo primigenio, nada lo podrá parar hasta que caiga rendido, sonido de metal al suelo, y duerma cubriéndose del sol con un plato que se calienta al rojo y lo despierta para continuar. ¿Dónde? Siempre hay dónde y siempre hay cuándo y nunca por qué. Como la patria que ríe pero no se la puede ver. Ni tampoco cuando llora.

Entrecierro los ojos porque no he dormido, no por veleidad de poetastro infeliz y exiliado que no soy. Por el sueño, y sabiendo que a través de él, de tanto pensar, de repetir una y otra un vinilo o un compacto inundado de platillos, he de convocar los fantasmas de ayer, cuando Bolivia pasaba penosamente de sociedad rural a esbozo urbano. Diablos, morenos, kusillos podrían ser los espectros de esa inevitable transformación. Si acaso la modernidad los acucia para renovar vestimenta, glorificar el milenio con aberraciones de mal gusto o lo que fuere, hay un espíritu que permanece incólume, anciano, que se sobrepone al tiempo y nos renueva a tiempo de devolvernos atrás.

Incluso en un entierro, cuando la banda toca un lento huayño de pena o ataca un bolero de caballos de guerra, suena el plato, espaciado, no enloquecido, de cuando en cuando, como una ráfaga de recuerdo con ruido de vidrio roto. Tubas, trombones, sensatos tambores apenas tocados y chas, chas, de a ratos, ya no el platillero con terno sino uno modesto, de camisa blanca, pantalón negro, avejentados zapatos de charol y olor a jabón de tocador con dejo de almizcle. Luego la pala deja caer la tierra encima del cajón, chas, chas, y el libro de horas se ha cerrado.

Platillero hasta el fin del mundo, obviando públicos y dioses, ensimismado, entusiasmado con dos soles amarrados a las muñecas como guantes de boxeo. Llevar el platillo a veces de sombrero, otra de abanico, y estrellarlo contra el otro y disfrutar como de cópula el temblor del bronce, mayor mientras mayor sea el diámetro, dorado porque tiene que ser, y fundido con sudor de herrero, gota de oro, pizca de plata y orín de burro.

13/05/17

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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 04/06/2017

Foto: Banda Pagador

Thursday, June 1, 2017

El fin del mundo

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Un amigo evangélico, peruano, me telefonea cada mañana, a las cinco, con las premoniciones del fin del mundo. No deja de tener razón, pienso, aunque le quito la connotación religiosa, el miedo, y también la esperanza del más allá que para mí no existe. Sé que el jueves, día después de hoy, me contará lo que he visto en un noticiero fugaz: la bomba de Kabul. Agujero de veinte pies de profundidad y ochenta de ancho, boca del infierno, por cierto, camino por el que se han ido despedazados cien tipos. Mictlán, me digo -recuerdo-, y el agujero escondido en el municipio de Cocula, Jalisco, por el que se entraba al infierno.

Me siento a escribir y es tal la dinámica, el frenesí, que debo detenerme y rectificar el texto de acuerdo a lo nuevo, nunca esperado, inestable mundo alrededor. Como era siempre, solo que ahora la inmediatez le ha dado un muy acentuado gusto amargo, sin ambages. Ya no podemos mentirnos.

Esto va a que tenía un texto a medias que terminó en el basurero. De pronto se hizo obsoleto. Será que -filosofemos- ha llegado otra vez el tiempo de las grandes ideas, de pensamientos profundos como raíz de eucalipto. Llegar a ellos en medio del caos del siglo veintiuno y un futuro incluso peor, parece difícil sino imposible. Pienso en la literatura y en un artículo que leí en un blog acerca de cómo el hoy ha resultado en la muerte de los libros voluminosos, las novelas de Hugo y de Balzac, las mil páginas de Vida y destino de Vasily Grossman. El escrito es en sí un consejo a noveles escritores. Diría, sin afirmarlo el autor, que una novela no debiera exceder 200 páginas. Hay una malévola y gigantesca tijera, más dramática y temible que el Gran Hermano, que corta lo que se le cruza al paso: vidas, palabras, significados y significantes. Y ese corte, bienvenido sea porque obliga a apresurarnos, es el brillo de la realidad.

La explosión de un coche bomba, camión cisterna esta vez, en la capital afgana, trae de retorno tal realidad, no excluyente de otras realidades en este multifacético panorama. Imaginar que lo que se construye no tiene ya el peso de los monumentos de Luxor. Paradigmática la liviandad del presente, como si viviésemos dentro de un holograma que en cualquier momento se puede apagar. El concepto de sólido vale mientras se lo toque y perciba. Puede de un momento a otro desaparecer. Llego a pensar que la guerra de hoy no es ni entre religiones ni economías, sino entre el hombre que habita y aprehende la tierra y el que la exige; el que retorna por sus acciones a un pasado salvaje (tal vez la única forma de preservarnos como especie) o aquel otro que acompañado de la ciencia ha entrado dentro de los límites prohibidos entre vida y muerte. Escoger viene a ser una opción; reflexionarla es otra cosa.

Y así pasó media hora, llenándome de preguntas y ninguna respuesta. Una página y media de papel garabateado, pensamientos inconexos, inconclusos, irresponsables. Mientras anoto en una pantalla en la otra miro el Facebook, una discusión acerca de la literatura boliviana. Me pregunto si he leído lo suficiente de lo mío como para opinar y sé que no. Recuerdo, si se recuerda es porque quedó un rastro, La candidatura de Rojas, de Armando Chirveches y veo con tristeza que ese nombre se convirtió en impronunciable en la geografía de Bolivia. Quizá algún viejo se acuerde de sus años escolares, que lo leyera por orden de una maestra con palo en ristre y listo. Dudo que los literatos de la época, de la moda y la modernidad, se interesen siquiera siendo un libro exquisito, tan nuestro, tan contemporáneo como el presidente actual y tanto también de la guerra eterna entre lo que viene y lo que nos anima, lo por aprender y lo básico…

31/05/17

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Publicado en INMEDIACIONES-Comunicación y periodismo, 31/05/2017

Imagen: Salvador Dalí

Tuesday, May 30, 2017

¿Por qué recomendarías a un lector de hoy Cien años de soledad?

Esta es la pregunta que la revista Casa de las Américas formuló a una treintena de escritores de todo el continente como parte de un dosier, dedicado a esa novela y a su autor, que aparecerá próximamente. Hoy, cuando se cumplen exactamente cincuenta años de la aparición –en la Editorial Sudamericana, de Buenos Aires– de dicha novela, la más conocida e influyente de cuantas se hayan escrito en esta zona del mundo, ofrecemos como adelanto algunas de las respuestas recibidas a aquella interrogante:

Juan Cárdenas:

Como dijo una vez Juan Rulfo cuando le preguntaron por su etapa de vendedor de neumáticos: No, yo no vendía neumáticos, explicó el mexicano, se vendían solos. ¿Es necesario recomendar a los lectores Cien años de soledad, un libro que, además de formar parte de todas las lecturas obligatorias de las escuelas, viene avalado por una fama que ha resistido ya cinco décadas? Cien años de soledad no necesita que la recomienden: se recomienda sola. Y pese a ello, podemos decir que, nos guste o no, la novela de García Márquez sigue siendo una fuente inagotable de imágenes de lo latinoamericano, desde los estereotipos hasta las figuras identitarias más complejas, desde los mitos de la exuberancia y el barroquismo for export hasta las alegorías políticas. Y además, no nos digamos mentiras, la novela sigue siendo divertidísima y se lee de una sentada.

Alejandra Costamagna:

Hay libros que no envejecen: Cien años de soledad es uno de ellos. Recuerdo haberlo leído a mis quince años y haber tenido la sensación de que cada página escondía una revelación; que el libro entero era una caja de sorpresas y que nosotros, lectores, teníamos la particular misión de cavar hacia el fondo de aquel misterio que era, a fin de cuentas, el corazón de un mundo ficticio. Eso es lo que provoca este clásico contemporáneo que, a sus cincuenta años, sigue vivito y coleando.

Rafael Courtoisie:

Cien años de soledad no solamente es recomendable, es insoslayable para que el lector del siglo xxi comprenda una Latinoamérica múltiple, heterodoxa, intensa; para entender sus contradicciones y la resolución de sus contradicciones. Pero además es una novela destinada a significar en el tiempo, a desplegar su polisemia, a decir cosas nuevas a generaciones nuevas: hay enigmas de esa obra que solo serán revelados por lectores del futuro, por lectores de dos o tres centurias más adelante.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot:

Pues cómo ha cambiado el mundo. Ahora, en mis cincuenta, ando perdido porque el suelo que pisaba en mis veinte no existe más. Parafraseando a Nicanor Parra, ¿o era Neruda?, diría que «no soy el mismo del año veinte». Por supuesto que no, porque esa fecha, que traía con dramas propios una vida que en su dureza conllevaba ideales, no existe más. Y no son, o no solo, los años.

Aclaremos. El libro icono de Gabriel García Márquez no era en propiedad uno sobre ideales, ni sobre política a pesar de la historia de cien años dentro de otra historia de mil días, y otra y otra acumuladas hasta desvanecer las líneas que dividían la realidad de la ilusión, o el drama del sueño. Pero era algo sólido, el recuerdo, siendo etéreo como es por lo general. Pero ya no.

Habitamos, dentro de nuestras tristes, atávicas y pobres prácticas, lo cibernético. La humedad de la sangre pesa menos que ayer, sin que el retrato del mundo que habitamos haya mejorado un ápice. Nos hacen creer que sí; nuestros intereses están en el espacio exterior simbólico, en una nube, no tanto aquí, como si lo dramático del universo convulso no contara lo suficiente, como si fuera un mal sueño en medio de la futura felicidad universal.

Digresiones confusas para alegar que Cien años de soledad es un libro que debe leerse como documento a la belleza de la vida plena, plagada de odios, muertes y desaires, donde al menos parece que las riendas están bajo nuestras manos y que pase lo que pase intentamos no perder la capacidad del asombro y el goce que nos depara. Páginas-rastros de un mundo que fue, afirmándolo no con la usual nostalgia que el presente debe al ayer, sino como manilla salvadora ante una muerte desesperada, acelerada en un mundo que se ha recreado casi como una paranoia vil, sin memoria.

Andrea Jeftanovic:

Una vez leí en una entrevista de García Márquez que incluía la siguiente afirmación: «Por fortuna, Macondo no es un lugar, sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere». Y es verdad: Macondo propone una atmósfera, un estado emocional continental, un estado de ánimo que oscila entre la melancolía por el origen violento de la Conquista, la naturaleza exuberante y la soledad de esas multitudes que no saben comunicarse.

La novela de García Márquez es la biblia latinoamericana, que explica desde el mito la genealogía maldita de nuestros orígenes, el homicidio original, el tabú del incesto, la guerra inacabable. Aureliano Buendía es nuestro Adán y Eva, es nuestro patriarca, el que enciende la chispa de esta red de paternidades y filiaciones complejas. Nosotros somos parte de esa estirpe maldita, que carga tragedias y fatalidades.

Fundar una ciudad es un acto divino, heroico, de rebeldía. Macondo es una ciudad mito y archivo, una ciudad que contiene todas las ciudades y todos sus conflictos. Es la ciudad utopía que promete otro horizonte, una segunda oportunidad a las gentes condenadas a cien años de soledad.

De algún modo, alguna vez lo escuché, que esta novela es nuestra Las mil y una noches, con narraciones encadenadas de personajes distintos, que repiten hasta la extenuación los nombres propios de una familia –los Buendía– provocando la sensación de que uno tras otro son los mismos o con leves variantes. La impresión de que estamos encadenados a la herencia genética y a la confusión cíclica de un tiempo arcaico. Una combinatoria al infinito de genealogías y herencias anudadas en la cola de chancho en las familias.

Martín Kohan:

Son pocos los libros que han conseguido, por sí solos, fundar un imaginario entero, trazar toda una poética, definir una tradición de género, incluso una sensibilidad. Por supuesto que hay antecedentes que hicieron posible Cien años de soledad (nada existe sin antecedentes que lo hagan posible), por supuesto que no surgió de la nada (nada surge de la nada). Pero ese libro produjo evidentemente una inflexión mayúscula en la literatura latinoamericana. Por eso se lo puede celebrar o cuestionar; lo que no parece sensato, según creo, sería pasarlo por alto.

Eduardo Lalo:

Pienso que muchos escritores de mi edad tienen una asignatura pendiente: releer a García Márquez. Cuando se publicó Cien años de soledad tenía seis años. Diez años más tarde, al comenzar a escribir, el autor colombiano poseía la notoriedad de una estrella futbolera. En cualquier librería se encontraban sus libros: desde los relatos iniciales al más recientemente publicado, y en muchos medios de prensa se le entrevistaba o aparecían sus artículos. Pocos autores son capaces de sobrevivir indemnes a una exposición tan desmedida.

Según me desarrollé como lector y escritor, me acerqué a muchos autores de las más variadas tradiciones literarias. Pensaba que García Márquez repetía una fórmula –el realismo mágico– que a veces me parecía una imagen del Caribe concebida para la exportación, que tenía poco que ver con la desolación, la marginación y el colonialismo que me rodeaba. Por ello, el último García Márquez nunca llegó a mi biblioteca y mis libros fueron escritos dándole expresamente la espalda a su obra.

Sin embargo, el primer libro que leí fuera de los deberes escolares fue Relato de un náufrago y poco después leí la saga de los Buendía. Antes de cumplir los veinte años, la releí en al menos dos ocasiones. Resulta impropio olvidar los primeros amores. Me queda el deber del rencuentro, luego de tantos años.

Pedro Ángel Palou:

Cien años de soledad, la más leída de las novelas de García Márquez, juega con la hipérbole, y procede por acumulación –en lugar de por destilación, como ocurría en El coronel...– porque el relato requiere esa verborrea incontenida e incontenible. La crítica canónica se ha equivocado al pensarla como novela fundacional, y se ha utilizado la lectura de la historia latinoamericana y la forma de la Biblia para probarlo, por ejemplo. Pero todo lo ocurrido en la novela ha pasado ya, la tragedia, el final. Es una novela apocalíptica. Cuando el último de los Buendía lee –al tiempo en que el lector mismo está leyendo y finalizando el relato–, la estirpe condenada de la que él es el último, el único sobreviviente, ha perecido ya. No es una novela exuberante sobre la América ignota, es una novela selvática –aún más, rizomática– sobre la imposibilidad de contar el pasado, la epidemia del olvido es tan dañina como la epidemia de la memoria, arca de la futilidad y de la muerte. En Cien años de soledad, nos costó tanto trabajo entenderlo, Gabriel García Márquez declaraba el acta de defunción de la narrativa latinoamericana y lo hacía con una Vorágine o una Araucana con elefantiasis solo porque la forma, sí, la forma, se había convertido ya en un problema a resolver, no en un continente adecuado al contenido. La novela es una metástasis, un cáncer, un tejido enfermo que necrosa mientras avanza inevitablemente hacia la muerte. El crítico peruano Julio Ortega en su necrológica para El País, intuye lo mismo, y declara con toda la novedad que esa hipótesis de lectura plantea: «Nunca me ha convencido que sus libros se deban a la genealogía. No se explican como la derivación de un paradigma original arcaico. Más bien, sospecho que huyen del origen, que es inexplicable, y somete al lenguaje a una relación perversa de causas y efectos. Estoy por creer que sus novelas se apresuran por traspasar el horizonte que abren de futuro». Hace algún tiempo discutíamos con Daniel Sada cómo seguir escribiendo después de Rulfo. «Destruyéndolo», dijo primero. Pero luego él mismo lo pensó: «Subvirtiendo su lenguaje, la forma». Esa fue su empresa. Pienso que García Márquez es tan difícil de subvertir porque él mismo destruyó lo latinoamericano fingiendo que lo inventaba. Toda imitación es un pastiche del pastiche. La única solución es repensarlo y trabajar en los márgenes de los géneros y los estilos, aumentando la empresa de desmantelamiento de toda mitologización territorial de lo latinoamericano, de toda ilusión de identidad. Hoy es la novela del boom que menos ha envejecido.

Luiz Ruffato:

Si no fuese por todo lo demás, ¿qué novela de la literatura universal tiene un principio y un fin dignos de figurar en cualquier antología? El lector sigue con pasión y deslumbramiento la historia de los Buendía, cuya decadencia se basa en «cuatro calamidades»: la guerra, los gallos de pelea, las mujeres de la vida y las empresas delirantes. La familia cofundadora del poblado de Macondo, lugar inhóspito situado en algún rincón de Colombia, entre la costa y las montañas, es una suerte de síntesis de la tragedia, individual y colectiva, que se abate sobre la América Latina, tierra donde el tiempo no pasa sino que gira en círculos. De penoso arrabal a centro progresista y de nuevo a villorrio decadente, Macondo se embelesa con gitanos charlatanes, se fascina con técnicas de cultivo de banano traídas por los estadunidenses, sufre con las interminables guerras entre liberales y conservadores, se intimida con la opresión, sea la causada por el gobierno o por la Iglesia. Y los Buendía se aíslan en su «casa de locos», entre incestos, pedofilia, parientes arruinados, otros enloquecidos, unos en busca de poder y gloria por medio de la guerra, otros que sueñan con descifrar el libro de la vida –en pocas palabras, la riqueza y la miseria de una crónica familiar común, que se torna singular por la forma en que es contada. Allí las personas vuelan, las lluvias duran años, los hombres y las mujeres se resisten a morir, los fantasmas conviven con los vivos, los trenes repletos de cadáveres corren por las líneas –pero nada es alegórico, todo es absurdamente real, cotidiano, banal. Todo es absolutamente contemporáneo, terriblemente contemporáneo.

Juan Villoro:

Cien años de soledad es un logro cervantino, no solo porque de manera insólita vinculó a la alta literatura con el gran público, sino porque su río de historias confirma la permanente novedad de un territorio y una lengua. El espacio imaginario de Macondo condensó los anhelos, las ilusiones y las penurias de la América Latina. Seguramente, lo más atractivo en esta saga que pasa de generación en generación es el tono narrativo, similar al de los cuentos legendarios. García Márquez buscó acercarse a la forma en que su abuela hablaba de sucesos remotos, como algo verdadero que había sido muchas veces contado, olvidado, corregido y vuelto a contar, una historia que llegaba con la fuerza del mito y dependía tanto de los sucesos originales como de las sucesivas voces que lo habían narrado, hasta llegar a la última, a ratos épica, a ratos irónica, que tenía la última palabra y apagaba la luz. No todas las anécdotas de la abuela se referían a sucesos trascendentes, pero todas eran contadas con ese estilo mitográfico. Cien años de soledad es el espacio de excepción donde la historia política y la historia íntima adquieren relevancia de leyenda. Muchas veces García Márquez aludió a su pasión por Sófocles. Los grandes temas de la tragedia están en Cien años de soledad, pero comparecen en la cotidianidad de un trópico ahogado por el calor, donde ningún invento puede ser más importante que el hielo. Los hechos mínimos secretamente definen el destino.

El hielo se ha inventado dos veces: en el mundo físico y en la imaginación, ya clásica, de Gabriel García Márquez.

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De LA VENTANA, portal informativo de la CASA DE LAS AMÉRICAS, 30/05/2017



Wednesday, May 24, 2017

Luq'usti

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cuando la señora Marianela Paco, feroz Cerbero del rimbombante poder, aparecía con el sol de ocaso por detrás, yo imaginaba que era El Gato con botas en versión oscura. Pequeña, ensombrerada, no sé si con espada en mano o bastón de mando; Capitán Alatriste, me dije, pero no hay épica en semejante esperpento, otra de las muecas del Estado Plurinacional, tal vez una de las peores, beligerante, audaz, dictatorial, hombruna, cuasi fálica.

A raíz de un texto mío acerca de la marcha indígena que llegó a La Paz, y cómo el momento aquel pudo haber sido decisivo en la historia boliviana, se suscitó un escándalo que tuvo de todo: gente que me apoyó (así no estuviese de acuerdo con lo que decía el artículo) en prensa y otros periodistos (con “o”) que se entusiasmaron en denigrarme para ver si con ello, con la lengua áspera de acostumbrados lameculos, lograban que Evo Morales les sonriera. Alguien me envió un detalle delicioso de lo que ocurrió a puertas cerradas de un renombrado matutino al respecto, diario que no tenía nada que ver en el asunto; detalle con nombres y apellidos de los que se opusieron a censurarme y chillidos feminoides de un resto que siempre lucra con la ya consabida lengua, rugosa de tanta nalga.  

Como sucede hasta en la ficción televisiva, en este Game of Thrones, la mayoría perdió. El jerarca los obvió solemnemente y ahora conforman una “sólida” vocinglería antimasista que ni trago ni creo. Lamieron el trasero de Goni, quisieron el de Morales sin éxito, y ahora mueren de sed anal tanteando en la niebla. Fuera de la triste historia queda la amenazante anécdota del chaqueteo. El eructo fascista, perdón, masista, no puede traer consigo carta blanca para quien grite hoy, a cual más fuerte, contra el impromptu de Morales que de breve no tiene nada y de improvisado, demasiado.

Pues en medio de este carnaval de lealtades reales y figuradas, gratuito, estaba la figura de la ministro Marianela Paco, que amenazó con enjuiciarme por las líneas ya citadas, que calificó mi novela Diario secreto como racista sin haber leído siquiera los derechos de edición. Fue tanta la barahúnda que aparte de una gentil invitación a la televisión, por Skype, con Sandro Velarde, poco pude decir acerca de las acusaciones que casi me equiparaban a Eichmann, aunque no supieran y peor leyeran los líderes nacionales sobre la Solución Final, que jamás había propuesto. Terminé hablando de una pandilla repentina mientras la ensombrerada se me escapaba de las manos -con lapicera- que ansiaban desterrarla al séptimo cielo con un manjar de epítetos y sarcasmos rosa que preparaba y que archivé.

Finalmente, no hubo juicio ni nada. El viceministro X no dio respuesta a mi desafío a debatir sobre la indianidad y la raza. La Paco no quiso mostrarse mejor de lo que era y mandoneó como le vino en gana a quien quisiera en nuevos y ajenos ámbitos. Pésimo o no, vaya como mérito suyo, que a los otros les falta vergüenza y les sobra tiempo para medrar. Aquella quedará como recalcitrante k'urpa de la historia mientras la inteligencia olañetista continuará rebuscando el hilo del poder para atraparlo y gozarlo.

Luq'usti es un vocablo quechua que indica que alguien lleva sombrero. Siempre me pareció que se usaba en forma despectiva, tal vez sutil revancha contra el conquistador. Y la ministro se suponía que no se sacaba el suyo ni para dormir, amén de otras actividades entre pecaminosas e higiénicas, eternizando nuestro bochorno de pueblo vencido, sometido al sombrero y al chicote para siempre. Pero, lo dicho, su memoria ha de esfumarse con el fin de lo que para muchos fue ilusión y quedó en espejismo. Suerte de Gato con botas, anécdota con ribetes fantásticos. ¿Las ratas intelectuales? Por ahí, siguiendo al flautista, al de turno y al próximo.
05/17

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Publicado en ADELANTE BOLIVIA, 05/2017 

Tuesday, May 23, 2017

Pence, peor que Trump/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Mister Donald Trump está de viaje. Primero Arabia Saudita, fuente de inversiones por un lado y auspiciadora de terrorismo contra los Estados Unidos por otro; luego Israel; después Francisco papa. Tres religiones de un soplido. Un megalómano lo puede todo, según… Cualquier cosa para evaporar los problemas caseros, que incluyen espionaje, corrupción y traición. Hasta ahora las investigaciones en apariencia no conducen a mucho, a un par de personajes como el histérico general Flynn quien de acuerdo a arriesgados analistas es solo figura secundaria, siendo el magnate con su familia el núcleo de la relación con Rusia, desde hace al menos una década, mucho antes de lo que por ahora resalta: la elección presidencial del 2016.

Los problemas se agravan. El señor Trump, el mismo que mientras preside el país teje las redes para mayor enriquecimiento, hasta el ilícito, aprovechando su posición, anda de capa caída. Que es tenaz y furioso valga en su descargo. A pesar de haber sido a momentos un gran perdedor, es hábil para recuperarse e incluso sobresalir en sus vericuetos económicos. Pero dada su palestra actual tiene sobre sí la mirada de gente e instituciones que velan porque los Estados Unidos mantengan firme la imagen que quieren repartir al mundo, algo en lo que él actúa a diario para destruir o disminuir.

Da la impresión de la inevitabilidad de su caída mucho antes de que termine su mandato. Mientras rebuzna en el exterior, en países que a pesar de odiar EUA se desviven por agasajarlo, un sino casi trágico se prepara para su retorno. Incluso si en el mejor de los casos pareciera que obtuvo transacciones de mérito en su periplo, los que se embarcaron en la tarea de sentarlo en el banquillo acusado no cejarán en el empeño de arrastrarlo a la caída, acompañados de una prensa inteligente, rica, muy bien informada y contactada, a la que el presidente declaró tontamente guerra para satisfacer un ego personal y el hambre “americana” de sus seguidores analfabetos o semi-letrados.

Se ha escrito, incluso, que dentro del Partido Republicano hay rumores de que se deben deshacer de él. Tipo pesado, vanidoso y bruto, no siempre conviene a la retórica derechista que lo acompañó en la victoria. Además de intratable, insufrible. Rumores que llegan a extremos de sugerir que se declare a Donald Trump no apto para gobernar y poner a Mike Pence, el vicepresidente en su lugar. Aguardan, quizá sin buscar, el pretexto perfecto para iniciarlo.

Pence es como lo ha demostrado la cáfila en el poder, otro embaucador; eso sí, con halo de santidad. Viene de aquella especie común en la animalidad del norte, ultra religiosa y conservadora a muerte, de aquella que a veces ya no se pone la capucha del KKK porque los tiempos se transformaron un poco, pero que guarda cruces ígneas y negros ahorcados en lo profundo de la psiquis.


El vicepresidente representa un peligro mucho mayor para el país en el espacio político. Finalmente Trump, a pesar de una impuesta retórica republicana, hará lo que convenga al imperio personal. Por eso está dispuesto a transar con rusos, chinos, árabes, judíos, hasta con norcoreanos si se diera la ocasión de lucrar y sin atención a dudosos detalles. Es elegir entre un corrupto y un iluminado (en el mal sentido) que desearía reencaminar las costumbres hacia el ascetismo (que no excluye riqueza) hipócrita donde los homosexuales son considerados enfermos. Pence apadrina la idea de tratar el homosexualismo con prácticas que implican tortura, que a través de dolor e imposición el individuo se “regenere” y participe de la sociedad creyente y pura. No solo lo dice, lo cree, y ahí uno de entre los muchos peligros que su ascenso traería, con el poder de su firma en mano y la convicción de que “América” es blanca, protestante, eterna.

22/05/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 23/05/2017

Imagen: 
1 Michael Ramirez
2 Habild

Sunday, May 21, 2017

Los mexicanos de Rulfo en los Estados Unidos

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Me ocurrió con los rusos, a pesar de que un buen porcentaje de los que llegaron a Denver en los años noventa eran judíos, armenios, kazajos, rusos blancos. Miraba a esa gran población migrante que de pronto había venido a ocupar puestos de trabajo en la gloriosa era Clinton, donde el dinero fluía a patadas y “América” era esa del sueño y la leyenda. Llenaron posiciones menores, de peones por usar una palabra, aunque no era la suya labor agrícola. Hice amistad, devoré borsch con crema agria y eneldo; los catliets ucranios eran oblongas albóndigas de inolvidable sabor, tal vez debido a la cantidad de masa grasosa; dulce es la muerte.

Observándolos, me pregunté muchas veces si estos podían ser aquellos de febrero y octubre del 17. De indisciplinadas costumbres, poco aseo, escaso interés en lo que convenía al colectivo; parecía que no. Claro que los hechos sociales no se guían por minucias como las de la aversión al agua o la borrachera perenne que en los edificios de apartamentos de Valentia Street teníamos con vodka. Poco a poco me di cuenta que sí, descendientes directos de los milicianos subidos sobre los carros de asalto para escuchar a Dybenko. Es más, eran ellos, muchos pequeños y esmirriados, lejos de la idea que tenemos del ruso, los que habían correteado a los alemanes hasta Berlín.

Pues lo de los mexicanos vino a ser narración similar. Mi vicio con la cronología y los héroes, en medio de una masa que hacía de rodillo histórico que permitía descollar a los líderes, me llevó a observar a los vecinos, compañeros de trabajo, al vendedor de elotes con mayonesa y mostaza en las tardes de otoño; la vendedora de pan dulce, la tamalera, cuyos rasgos eran tan dulces y tan fieros como soldaderas entonces, y tan serios y cojonudos ellos, los machines, vendiendo helados hoy o como cuando morían en las cuerdas de Pancho Reatas, según le decían a Francisco Murguía, constitucionalista y carrancista, ayer.

No cabía duda: los mismos pelados de la revolución. Chaparros, en su mayoría, gente por la que la patronal gringa no apuesta un peso, tan insignificantes aparentan ser. No encontré sino en un par de ocasiones bigotazos clásicos entre los norteños; mucho bigotito tipo sobaco de niña denunciando la sangre india, el pueblo labrador, hacia el centro y hacia el sur. Por un lado la humildad del que siempre ha sido pobre; por otro, el orgullo que caracteriza a su nación -en general- y que les hace despreciar la muerte por ser vieja poco cachonda y “jedionda”. Cuanto antes, mejor.

Los mexicanos de El llano en llamas vivían alrededor. Dichoso yo que trashumaba la gran literatura tocando a la puerta, escuchando el verbo, sin necesidad de acercarme a la academia. Leí a Rulfo entre los amigos coculenses de un Jalisco bordeando ya Michoacán. Sentí el polvo, lo olí, Sahuayo y Comala, un humo que se arrastraba desde el volcán de Colima para ennegrecer el cielo también pesado de cuervos. Pensé en Joaquín, mi padre, que me hacía leer a Martín Luis Guzmán a mis diez años.

En un festín de tacos: al carbón, de carnita, lengua, tuétano y ojo, contemplé en un mexicano sesentón a Pedro Páramo. Se apoyaba en la baranda de un centro vecinal para fiestas, con un fondo de piscina, y echaba pausadamente chile casi guindo sobre la carne humeante. Le pregunté de dónde era; no quién porque lo sabía de antemano. “Gómez Balazo”, respondió casi con rictus mientras le chorreaba el ají de árbol por el costado canoso de la barba y se lamía los dedos ensuciados por las diminutas tortillas. “Un gusto”, y me alejé. Solo faltaba el traje negro y viento de angustia. Pero esto era Colorado y lo negro del crepúsculo no lo es tanto como al sur.

Por supuesto Gómez Balazo no existe. Bueno, sí, pero se llama Gómez Palacio, ahí entre Durango y Coahuila. Y no es que Pedro Páramo se burlase de mí, de allí venía, de la muerte, y no huía de ella sino que la trajo consigo para cuando llegue el tiempo de noviar y acostarse.

Si Macondo fue de lluvia, Jalisco de polvo fue. Al ventear, lo que se levanta del suelo y vuela por el aire puede ser fina arena, ceniza, pueden ser muertitos que fallecieron con sonrisa en labios porque se les frotó el cuerpo con vino, por donde entrarían las balas. O angustiados. O indiferentes, remojándose los labios mientras les acomodan la soga. Aquí van a morir valientes…

Claro que son los de la era revolucionaria. En la noche puedo sentir los pasos cortos de gente que llevó eternamente huaraches. Los de Rulfo, seguro, si parece que sus páginas se escriben alrededor, mientras cuecen carnitas de color naranja en discos metálicos.

Cada uno de ellos, los mexicanos cotidianos, los que te traen atole con tamarindo y tamal con epazote y son dicharacheros, maliciosos, reidores, llevan detrás, se les nota, muy poco miedo y harto de tragedia. También crueldad, lo he percibido. También piedad.

16/05/17

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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 21/05/2017

Tuesday, May 16, 2017

Autoritario en la cuerda floja/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pareciera que el sistema norteamericano despierta del embeleso Trump. Poco duró la luna de miel, el sueño largamente escondido de una sociedad blanca, impoluta en fantasía, donde las hordas rednecks se aprovecharían de todo hasta que se acabase. Luego el fin, porque si hay alguien que desde los años 50 ha sufrido de mimo excesivo y se ha acostumbrado a no trabajar, a trabajar mal, a enfermarse de todo, quejarse, utilizar beneficios estatales, es ese grupo que votó por Trump, disminuido ahora pero no como reclaman ellos, por el olvido de los políticos, sino porque se aferraron a la era dorada después de la Segunda Guerra Mundial, cuando fue Jauja y se crearon los Cadillacs rosa. Aquello, debido en gran medida al expolio del mundo fuera de sus fronteras, tenía que sosegarse, sino acabarse. Cuando se necesitó trabajar, la población local no contestó como debía y sucedió la inmensa masa inmigrante que cargó el peso hasta hoy.

La derrota de Vietnam fue sintomática. Los soldados norteamericanos gozaban de increíbles privilegios: recibían filetes de res desde los Estados Unidos, cerveza Budweiser, agua embotellada, droga. Entre la heredada sífilis de sus ancestros, prostitutas y una inmensa soberbia, no había lugar para la consabida épica. Vietnam fue un paseo de muerte, nada heroico de este lado. Los héroes morían en el terreno opuesto, escondidos y cultivando hortalizas en túneles, con sandalia y bicicleta, hambre y miedo. Tres millones de vietnamitas murieron y cincuenta mil norteamericanos, pero estos salieron corriendo, dejando indulgencias, prerrogativas, la ruina de su crimen y su vicio detrás. La desesperación arrojó helicópteros al mar. Saigón era una fiesta. No podían ganar; no ganan ahora en Iraq, ni en Siria, menos en Afganistán por lo mismo. El rodillo económico que sostiene al imperio en su conquista no alcanza más, falla el factor humano. Estos fallados, gente que con facilidad podría ser definida en términos raciales despectivos porque las deficiencias son colectivas, no solo individuales, forman la base electoral del delincuente Donald Trump. Viven, como el mismo cacique, de ilusiones. El Make America Great Again es falacia insalvable. Buscan chivos expiatorios, nos buscan para ser más claros, ciegos de no reconocer que somos su sustento, que sin nosotros, tendrían un Vietnam interno, derrota de tal proporción que arrastraría el país hasta el infierno.

Pues el show comienza a decaer, las bambalinas se hacen añicos. No hay duda que el sistema sobrevivirá, los jerarcas que mandan desde la sombra ven que su apuesta no ha sido fructífera, que el amañado Trump, otro mimado de la historia, no sirve, tiene veleidades de rey. Hay que purgarlo. Pasa, sin embargo, que el Partido Republicano es un foco purulento de corrupción, regentado por dudosos cabecillas: Ryan, McConnell, y que tiene inversiones políticas que tal vez lo protejan. El sistema ha detectado un alerta y va a solucionarlo de la mejor manera posible, incluso dejando huir a Trump de una muy merecida cárcel, por maleante y por traidor, lo que le valdría en este último caso, una perpetua prisión federal. No creo que se llegue a tanto. La fugaz llama encendida de la “América blanca” no será apagada sino ocultada de nuevo, hasta la próxima, si la hay.

Ahora hay que decorar el escape, con una retórica igualitaria, políticamente correcta, racial y religiosamente abierta, que muestre que los “valores” norteamericanos no se esfumaron, que el efecto Trump tan nocivo no fue suficiente. Tenemos que creerles, no queda otra. Además, para ser justos, hay muchísima gente liberal y activista en Norteamérica para considerar que sí se puede mejorar. La cosa está en que derrotar el status quo es tarea titánica. El hecho de que el magnate Trump no esté pudiendo lograrlo lo muestra. Que lo entierren con su gorrita roja, sus colgantes carnes rosadas y con cincuenta balazos de las armas que adora, bien distribuidos en su cabezota infame. Así tal vez consideraremos un futuro.
15/05/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 16/05/2017

Fotografía: Vanity Fair

Saturday, May 13, 2017

Toninho Ferragutti

PABLO MENDIETA PAZ

A propósito de que mañana viernes 12 de mayo el maestro Toninho Ferragutti estará tocando en el paulista JazzB junto a Cassio Ferreira, saxo; Vinicius Gomes, guitarra; Cleber Almeida, batería; y Thiago do Espírito Santo, bajo eléctrico, me ha nacido el propósito de hacer una breve semblanza de este talentoso compositor, arreglista y uno de los acordeonistas más completos de Brasil, si no el mejor; y, por otro lado, comentar sucintamente su décimo álbum, grabado en enero de 2016 bajo el título de “A Gata Café”, un abanico de diez piezas compuestas por él mismo que se erige en todo un homenaje a la música. La carrera de un ecléctico Ferragutti, ejercida en fecundas tres décadas, ha transportado a este músico nacido en Socorro, ciudad interna de São Paulo, a lo más eminente de un arte combinatorio de ritmos tan diversos como el choro (antiguo género musical carioca no tan conocido como sus ilustres sucesores, la samba y la bossa nova), el vals, los ritmos del Nordeste, el jazz, la música instrumental y, por supuesto, la samba; más allá de que, como artista nato y divulgador de esas raíces profundas de Brasil, haya sido Toninho Ferragutti, o es, un depurado intérprete de la música culta o erudita. Si la enseñanza musical de su padre, el saxofonista Pedro Ferragutti, fue vital para internarse en el ancho escenario de la música, su interés por ella cobró temperamento mayor tras su ingreso al Conservatorio Gomes Cardim, en Campinas, donde las lecciones de armonía de Cláudio Leal Ferreira, y de acordeón de Dante D´Alonzo, lo estimularon para abrazar decididamente la carrera de músico profesional. Ya en ese tren, trabajó con figuras de la talla de Gilberto Gil, Elza Soares, Edu Lobo, Paulo Mora, Denise Kalafi, Lenine, Nico Assuncão, entre otros grandes, amén de presentarse como solista con la Orquesta Jazz Sinfónica y la Orquesta Petrobrás; y acompañante, además, del lanzamiento de cincuenta álbumes. Más adelante, ya plenamente consolidado como extraordinario músico en un escenario colosal como lo es el brasileño, grabaría con el saxofonista Roberto Sion el álbum “Oferenda”. Quizás haya sido este un “momento musical” auténticamente anunciador de una carrera meteórica, pues luego aparecería su copiosa producción, como “Sanfonemas”, primer disco de larga duración con composiciones propias. Grabado en solitario, este eslabón de magníficas creaciones fue nominado para un Grammy Latino; motivo más que elocuente para que su nombre y su música sonaran superlativamente en el mundo artístico. Vendrían después -no en estricto orden- “Nem sol nem Lua” (Ni el sol ni la luna), “Comum de dois” (Común de dos), “Festa na roça” (Fiesta en la ciudad), “O sorriso da manu” (La sonrisa de la mano), “Como manda o figurino” (Como manda el vestuario), “ColecãoMPBaby-Vol.2”, “Trio 202 ao vivo” y “A gata café”. Una “Gata café” intensa, exquisita, plena de vitalidad y frescura, confirmadora nuevamente del espíritu ecléctico de Toninho Ferragutti, pues la música, oscilante, se bambolea entre rítmicos choros como “O Mancebo” y “Chapéu Palheta”; una canción-samba como “Santa Gafieira”, la que, según el compositor se toca hacia el final de la noche, como una despedida; la melancólica e íntima “Bipolar”; un delicado vals, “A gata café”, que da título al álbum, y cuya esencia se enlaza a la danzante “Com a Búlgara Atrás da Orelha” por las historias reales que ambos encierran; una “Beduína” que sale del molde por su textura oriental, ya que fue escrita en homenaje a su esposa, la artista plástica de origen árabe Cinthia Camargo, quien, a su vez, es autora de la bella pintura que ilustra la tapa del CD “A Gata café”; “Nem sol, nem Lua”, un tango que aunque naturalmente escapa a lo consustancial de Brasil, exterioriza una aureola, un brillo singular como propio de ese país por la estructura rítmica, definitiva y ricamente estilizada. Tanto la pieza “Egberto”, así como “Cortejo do Rio do Peixe”, rinden homenaje y simbolizan con gloria, resplandor y rítmica motivación lo suyo, su privativa naturaleza. En tanto “Egberto” es una delicada ofrenda a Egberto Gismonti, “un pilar de la música instrumental brasileña que continúa inspirando a mucha gente”, a muchos artistas, “Cortejo do Rio do Peixe” es una composición que hace referencia al río que atraviesa la ciudad natal del músico, y que él contempló desde niño... En fin, si la soberbia e inmaculada excelencia de esta producción rescata fundamentalmente toda la pátina, o carácter casi indefinible de un Brasil apoteósico, deslumbrante, toda ella es, asimismo, una muestra sublime de una desbordante y protagónica sonoridad jazzística, como una gran cadencia sincopada. En todo el magnífico trabajo, el quinteto conformado por el propio Ferragutti, el saxofonista Cassio Ferreira, el baterista Cleber Almeida, el bajista Thiago do Espírito Santo y el violinista y guitarrista Vinicius Gomes, obsequian, a tope, genio e ingenio en el empleo de materiales del jazz, logrando efectos que avivan una embriagadora emoción estética... Un entusiasta y profundo agradecimiento de mi parte a Toninho Ferragutti por haberme obsequiado tan generosamente este su décimo CD, a través del movedizo polímata y amigo de siempre Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Gracias a los dos, y doy por descontado que la presentación de mañana en el JazzB de São Paulo “vai ser um sucesso completo". (Se consultaron principalmente dos fuentes: Wikipedia y una crítica de Carlos Calado).

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Fotografía: Folha de Londrina