Tuesday, August 15, 2017

Existencialismo, somnolencia y abismo

JORGE ÁNGEL HERNÁNDEZ

“Estamos ante una novela compleja, filosófica, intelectual, cotidiana, febril, irreverente”.

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT


Con esta enumeración de clasificaciones cierra Claudio Ferrufino-Coqueugniot el prólogo a Los hijos soñolientos del abismo1, novela de Geovannys Manso Sendán que la Editorial Letras Cubanas publicara en 2016 luego de que quedara entre las finalistas del Premio Casa de las Américas 2011. Ferrufino-Coqueugniot había integrado el Jurado y defendió la novela hasta el último momento, según revela en ese mismo texto de presentación. Nos deja, en su último párrafo, un listado que es justo y que intentaremos seguir al recorrerla en estas líneas.

Complejidad


Los aires de complejidad de Los hijos soñolientos del abismo pueden estar anunciados desde el mismo epígrafe, del Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, una obra espléndida que, sin embargo, abunda en referencias y complejidades. De ella toma el título y, quizás, algo de la atmósfera abismal que envuelve al personaje. Pero va a desmarcarse desde el mismo inicio, cuando la referencia nos lleva directo a El extranjero, de Camus, y el personaje enseguida se desmarca de ambos. En su continuidad narrativa, mientras el narrador-personaje reflexiona y describe situaciones, van quedando atrás esas posibles deudas y, si aparecen, serán guiños donde el autor maneja los recursos literarios en función de sus propios objetivos. La relación familiar que envuelve la atmósfera seudoexistencialista del personaje abdica de ciertos tópicos que marcaron la tendencia y coloca sobre las tres personas a que se reduce (padre, hermana, exesposa) motivos que intentan poner en jaque su conducta. Manso Sendán tiene el tino de no convertir estas confrontaciones en filosofía, sino que en anécdota, en pinceladas que pasan por humor a veces negro y corrosivo, y en otras por una ironía que logra deshacerse de la condescendencia que pende sobre situaciones de tipo literarias como esta.

Filosofía

El filosofar es constante en Los hijos soñolientos del abismo, sobre todo en el ámbito de la creación literaria, y del arte y la cultura en general. Si descontamos la intermitencia de los códigos existencialistas, no hallamos mucho que venga de la Filosofía como disciplina de las Ciencias Sociales, sino, y no completamente, de la Filosofía del Arte y de los aportes que las obras de arte dejan para la reflexión y el entendimiento posterior de la vida, que se mezcla de axiomas en su descripción de sucesos. Pero ni siquiera subyacen asertos desiderativos de grandilocuencia ni, muchos menos, intenciones de moralizar o canonizar el resultado posterior de la persona que emprende la lectura del libro. Por fortuna, este filosofar desconcertante no aparece colgado, o adjunto, al devenir de la trama, sino imbricado, a veces en un grado tan alto que desaparecería el suceso si “podáramos” la complejidad filosófica, algo que hacen bastante los editores de la industria del libro. Hay, en este punto, una ligera relación con el modo narrativo de José Donoso, acaso no muy advertida por el propio autor. ¿O nos da un fake también con ese aparente desconocimiento?

Intelectualidad

Doy por sentado que cuando Ferrufino-Coqueugniot califica de “intelectual” a Los hijos soñolientos del abismo se refiere a que no se desarrolla en reflexiones que bordean más o menos las normas de la gente común, sino que convocan –y evocan– un bagaje alto de referentes culturales, desde la literatura a las artes. No se conforma Manso Sendán con la enumeración, o con la propia evocación, aunque en ciertas ocasiones ocurra, sino que saca conclusiones que atañen tanto a los sucesos que vive el personaje, y a su relación familiar, como a lo que quedaría después en el conocimiento humano. No es pretencioso, sin embargo, este discurrir: va a lo concreto y se regodea en lo nimio, en lo intrascendente que, por paradoja implícita, rige las vidas de quienes le rodean, o le acosan con incansables llamados a la normalidad. Así, la capacidad de reflexión del personaje que narra, preocupado siempre por tener más verrugas en su cuerpo como único sino de su vida, desdice el sumun que la cotidianidad ha ido colocando en el centro de las vidas de hoy, dedicadas a ganar su valor por la cantidad de objetos y bienes que pueden contar en pertenencia. Hay en la trama diversas circunstancias que llaman la atención sobre aspecto.

Cotidianidad

Cada suceso de Los hijos soñolientos del abismo está aferrado a la vida cotidiana; cada motivo de conversación, o desmotivo de comunicación, pasa por ese fluir de las cosas y las pertenencias, los deberes que la normalidad ciudadana exige y, sobre todo, la ruptura un tanto absurda, con mucho de kafkiana, con el contexto de sus relaciones sociales. La escena de LUNES en que escucha los argumentos de su Jefe es un buen ejemplo de ello, aunque abundan y se superponen a lo largo de la descripción de acciones.

Febril

Ser febril se sale un poco de las bases epistemológicas de los calificativos anteriores, pero remite a una virtud esencial de Los hijos soñolientos del abismo: todo fluye, en efecto, como si un estado febril lo dominara. No solo el punto de vista seudocamusiano del personaje que narra, sino además las sucesivas apariciones de los personajes fundamentales de su relación, como decía, padre, exesposa y hermana, y las intervenciones de otros que van de incidentales. Manso Sendán le impone este ámbito de lo febril a todo cuanto narra. Se vale, sobre todo, de la economía de detalles descriptivos y de la precisión en los elementos de diálogo. Y transmite esa sensación febril al ámbito de la recepción, lo que es, como decía, un mérito, aunque también es un riesgo, pues depende de un lector que consiga conectar con sus códigos y dar rienda suelta sus significados. Por mi parte, he preferido no intentar curarme de esa fiebre y he disfrutado el estado en que me hallaba mientras iba leyendo No obstante confieso, ahora que ha pasado un tiempo después de la lectura, que no lo confesé a aquellos activistas de Salud que llegaron a mi puerta a preguntar si había síntomas febriles en mi cuerpo.

Irreverencia

La irreverencia es total, como puede desprenderse de las líneas anteriores, y del propio proceso febril de la lectura, que va sobre oraciones concretas, la mayoría breves y, de no serlo, apuradas por sentencias radicales. Pero esa irreverencia tiene trampas que es posible hallar, justo, en los tres puntos primeros: la complejidad, la filosofía y la intelectualidad. Detrás, y al borde mismo, de las reflexiones y las descripciones que Geovannys acumula a lo largo de su vertiginoso discurrir de oraciones de precisa sintaxis, hay homenaje y reconocimiento a la vasta cultura que lo asiste, a los maestros que su oficio ha ido asimilando. De ahí que me permita agregar a la lista del prólogo un elemento más: la cultura.

La cultura como el don que da sentido a la existencia, incluso a esa existencia sin sentido (seudoexistencialista) que marca al personaje que narra. La cultura como el elemento que define el escaso valor de los propósitos ciudadanos que lo cercan y lo aíslan, del mismo modo en que, para dejarlo gráficamente claro, muestra el autor cómo el personaje se va aislando con la división de su vivienda ante el divorcio.

Y, por último, el empleo de la primera persona como un recurso de juego con falsos referentes de tipo autobiográfico. Es obvio que no todo lo es y que la invención del autor puso lo suyo, pero la marca descriptiva fuerza a quedar en el engaño, a adentrarse en reflexiones que, para bien de la obra, colocan a sus lectores en posterior diálogo con ella. Así he quedado al leerla e, incluso, largo tiempo después que la dejara “enfriar” en la gaveta, para terminar pergeñando esta reseña crítica.

1 Manso, Geovannys: Los hijos soñolientos del abismo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2016, 140 pp., ISBN: 978-959-10-2136-6
 
Editado por: Nora Lelyen Fernández

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De CUBA LITERARIA, 14/08/2017

Imagen: Portada del libro


El TIPNIS es una guerra/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Lo que no se quiere entender en Bolivia es que hay un conflicto, una guerra, en la que un grupúsculo de rejuntados, con la excusa de lo indígena y la miseria, ha decidido montarse en el poder para siempre. Detrás de ellos hay intereses millonarios, mafias internacionales, finanzas, bancos, capitalismo salvaje. Los pobres, que marchan como caniches al tirarles un pedazo de pan, en apariencia los respaldan masivamente; el Ejército sirviente lo hace porque está en la boleta de pagos, sin recibos ni transparencia, del sangriento carnaval expoliador.

Desde el primer día de esta burla vengo escribiendo sobre lo que se veía claro: el gran engaño. Jamás hubo un ápice de pensamiento revolucionario en una cúpula delincuente y hasta asesina. Mi vehemencia me costó reprobación pública de la prensa nacional, de periodistos que a pesar de jugar a opositores, lo que querían era estar en la mira de las delicias del presidente, de su caricia y beneplácito. Abiertos fascistas de izquierda, algunos; arribistas que el tiempo ha bien posicionado y que miden su charla y su silencio para permanecer incólumes y notables, otros, mientras un resto, hoy deslenguado, permanecía con tenue crítica y mirada de soslayo hacia la silla presidencial en busca de favores, cosa común en el país. Miren si no a los expresidentes, que uno a uno bailaron de odaliscas enfrente del amo. Yo no, nunca, pero sonrío con tristeza al saber que como buenos altoperuanos varios que podrían haber sido críticos aprovecharán las coyunturas futuras para aparecer en primera plana vestidos de apóstoles de la libertad. Escritores entre ellos.

La democracia murió hace mucho, en la negativa de Evo Morales de oír “al pueblo” que llena su boca recientemente acostumbrada al roquefort y el filet mignon. Bien fácil se vuelcan los próceres, comenzando con la comida. Al no existir esta (la democracia), no pueden quedar dudas de que estamos ante un tablero de ajedrez sin límites. Él fue el que puso las reglas del todo vale, del meterle nomás. Entonces, opositores o cualquier ciudadano tienen derecho a meterle nomás en sentido amplio de la palabra. Se aplica para depredación, para robo, violación, corrupción, mentira, pedofilia, prepotencia, suplantación, contrabando, narcotráfico, ¿por qué no para cambio de autoridades, remoción de líderes o lo que fuere y de la manera que fuere? Hay que primero entenderlo, luego aceptarlo; estamos ante un momento en que la corrección política no vale nada, en que la insulsa conversación acerca de un estado democrático solo da carta blanca al arbitrio demencial de este movimiento -que no es partido político- y a su infatigable gula. El TIPNIS es una pieza del pastel. Ya Morales, alma negra de la Madre Tierra, ha puesto sus ojos dolarizados en el Madidi y lo que alcance. Vendería a su madre el individuo si eso pudiese acrecentar su quién sabe cuán voluminosa fortuna. Linerita y la jauría se benefician por igual. Nada cuestan unos ríos, unas aguas, árboles, tribus, total, con un discurso enrevesado como la idiosincrasia plurinacional se soluciona todo, con billeticos aquí y acullá, con donaciones a dirigentes y promesas a narcos, madereros, cazadores, mineros. Si después hallamos un yermo ¿y qué? ¿A quién le importa? Por supuesto que al gobierno no.

Las guerras se pelean a muerte. No hay retórica de doctorcitos altoperuanos posible. Si se va a luchar por este territorio y por el futuro hay que afiliarse a la filosofía del meterle nomás y hacerlo, contra quien se ponga delante. Eso implica tanto, y no agradable. Pero si alguien pone el pie en mi casa, pierde el pie, así de concreto. Si pone la cabeza, adiós cabeza. Recuerden el coro cubano en la música: “al que asome la cabeza, duro con él, Fidel, Fidel, duro con él”. El método ha sido aprobado por los señores de la revolución. El permiso está dado.
14/08/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 15/08/2017

Monday, August 14, 2017

El soldado Maradona

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Si Maduro me llama, me pondré el uniforme de soldado de la revolución, algo así dijo Diego Maradona, El Diego, Pelusa, La Mano de Dios, en cuanto a la tragedia de Venezuela. En su momento defendí a este hombre, ilustré mi artículo con un afiche del filme de Kusturica… Hoy no me desdigo, mantengo lo de su momento, sus actividades de “sindicalista” del fútbol, las justificadas quejas de explotación por parte de los empresarios. El circo… Luego se le dio por la política; tenía un Che tatuado en el cuerpo como quien se tatúa desnudos. Guevara es la diva de la revolución y su barba la llevan hasta en el culo.

Vi, el domingo pasado, otro Che en la pantorrilla de un muchacho hijo de amigos a quienes quiero mucho. Me callé, apuré un ron en Cuba Libre, trago de gusanos lo llamaron. Y a tiempo de bailar, tocamos a Carlos Puebla, porque esos sones guevaristas son piezas bailables además de lindos recuerdos.

En tiempos de Chávez, el coronelito invitaba con frecuencia al mediocampista argentino. Se echaban piropos uno al otro despertando sospechas, ya que ninguno de los dos era lo que llamaríamos varonil, pero qué importa. Sin embargo, como digresión, vale decir que entre los izquierdosos de nuevo cuño, los que se inventaron un siglo para ellos como Hitler un milenio, hubo, y hay, exceso de meneos feminoides: Morales, García Linera, Correa, Maduro, Chávez, Boudou, algunos parlamentarios masistas bolivianos, Choquehuanca. Busco en los papeles raros de Marx alguna relación entre sexualidad y digamos “progresismo” y no hallo nada. No soy políticamente correcto y no pesa decir que eran, y son, una banda de maricas. No Proust, no Whitman, ni Gide ni Ginsberg o Salvador Novo, sino maricas de medio pelo.

Maradona y Chávez… Cuando eligieron en Colombia a Santos aparecieron en televisión los personajes, despotricando contra Uribe y su antiguo ministro, a la sazón, presidente. Pelusa, el politólogo de las Américas, espetó un par de burreras que festejó el milico y viceversa. Maradona miraba a Chávez como miran los venezolanos a la de Coromoto, la virgen, a pesar de que tienen modelos casi en cueros mucho más atractivas y parlanchinas que una estatua de yeso o madera. ¿Para qué? Bien pronto estaban Chávez y Santos dándose de besitos en un aeropuerto por ahí. El Diego agarró su pelota y se puso a hacer piruetas; se calló, no podía decir que el milico Chávez era un cobarde que no se ajustaba a su palabra.

Lo que me disgusta de este que fue astro del fútbol es su extrema vanidad y una vocecilla condescendiente al hablar con periodistas. Además de actuar como intocable: que ni me acaricien la rodilla porque soy dios, semidiós, titán. Presuntuoso y prepotente, vocea hasta el fin del mundo su superioridad sobre Pelé. No sé, no vi al brasilero jugar porque la televisión llegó a Bolivia con atraso de décadas. Que Maradona fue bueno, excelente, brillante, seguro, pero si fuiste mejor, te callas, ajústate las bragas y actúa como hombre.

Pues ahora quiere alistarse al ejército de engendros narcos, asesinos, del patán venezolano Nicolás Maduro. Pónganle un uniforme, poca tela necesitarán para un chaparro; denle fusil y al frente. Veremos, porque la danza de las balas es otra que la de las pelotas y los calzones rosa que sirven para abrigar los cojones se pueden humedecer con facilidad. Pero tiene que rebuznar, no conformarse con que el tiempo hace su trabajo de zapa. Bocón.

Lo vi no hace mucho en un festejo en Nápoles donde sigue siendo ídolo. Sabrá Maradona que la Camorra y la 'Ndrangheta son organizaciones en esencia contrarrevolucionarias ¿o ya no?, tal vez en esta época confusa son la primera línea de la revolución. De todos modos tienen negocios conjuntos con las mafias socialistas de América. En el recuento que hace Roberto Saviano de la mafia italiana no recuerdo haber leído mucho de estas afiliaciones pero son obvias.

No debiéramos perder el tiempo con las necedades de un futbolista que se niega a crecer. Sin embargo asombra el poder mediático de estos individuos, supuestamente deportistas y no empresas de lucro y corrupción. Se los escucha, e imagino que en Argentina, para muchos, deben ser casi evangelio. Traigo a colación un texto mío que criticaba el abandono de Messi de la selección nacional. Un tipo escribía en mi blog una sarta de insultos porque había osado “ofender” al elegido. Iban desde mi profesión hasta mi origen boliviano. Supuse que para tal hincha, Messi, como seguro Maradona, era un fetiche con el cual se acariciaba el ano, el orgasmo pospuesto por una vida entera y nunca encontrado con su pareja. Había, sin querer, dañado el vibrador que el criticón guardaba en la mesa de noche, supongo que con fotitos de Hugo Chávez, del barbón Fidel y con la sonrisa de Leonel en la punta y el 10 del Pelusa en la base donde se asientan un par de inflados testículos de goma.
10/08/17

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Publicado en INMEDIACIONES, revista digital, 12/08/2017

Sunday, August 13, 2017

Elis Regina y la noche

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Parecía acabar a las 7:30, la noche. Juntamos los últimos pedazos del atún con ajonjolí. Nana Caymmi canta Solamente una vez, en español. Decidimos sin embargo incursionar en la subcultura norteamericana de las cosas de segunda mano. Teníamos 45 minutos para peinar el terreno todo. Comenzamos con vasos cerveceros, altos, delgados trepando a anchos. Hay hermosos vasos aquí, dice Armando y seguimos. Tropezamos con un poco algo de lo inimaginable. Sugerí que el mundo había cambiado, que las tiendas de segunda después del auge del internet se acabaron como centros de descubrimiento. No queda el asombro de levantar cuadros tirados y encontrarse con litografías de Isabey. Era, y alrededor también, otra época.

Enciendo el motor. Llovizna. El verde del capó se diluye en la noche. Si no fuese por la luz de los reflectores delanteros diría que volamos en una suerte de alfombra mágica. Y viene la pregunta de mi hermano, justo cuando tocan las nueve: ¿y te gusta vivir aquí?

Más de veinticinco años. Hay dos niñas que entraban ambas en mis brazos y que hoy discurren sobre historia y sociología mientras voy retrasándome, quedando atrás, en la despensa, en los anaqueles como un vaso cervecero cualquiera, etiquetado irlandés o bostoniano. Pero no he escrito todavía el libro que quiero. Discurro por el crimen de las últimas páginas y lavo la sangre igual a si se tratara de pintura. Leo a Leonardo Oyola, allí en Misiones, o Corrientes, y me hubiese gustado escribir así. Pero esa vitalidad para el eructo, el vómito hecho arte, no es que se haya perdido sino que pasó a segundo grado, de segunda -otra vez-, como tienda de basuritas.

Me gustaba; me gustó; ya no.

Sou caipira pirapora, vocaliza Elis Regina. Esta mujer más triste que la noche, más densa que la luna. Y la he elegido para acompañar el estrecho espacio entre las diez y medianoche, resquicio donde desaparece el infinito. Todo el día he estado rodeado de mujeres suicidas, de heroicas drogas que matan mujeres y de voces de mujer perteneciendo al futuro. Acaricio el revólver que Emilio Losada en la Sevilla asqueada dice que cargo en sus sueños de poeta. Lo acaricio, lo giro, lo juego de yo-yo y lo disparo contra un espejo. El ruido del cristal imita llanto; sollozo cuando se esparce ya cansado. Vuelvo a disparar y soplo el caño para creerme personaje de historieta. Elis Regina canta, o chora.

11:21. Todavía pesa el ron del domingo. Saber por qué fiesteamos. Porque no estábamos como los de arriba escapados de Siria incendiada ¿o sí? O los califas de extensa índole y corto pene ya no pueden alcanzarnos. Saludo a madre e hija armenias, vecinas sonrientes de piscina en Norteamérica, de hamburguesa justo al lado por 69 centavos. También sonreiría yo. Querría borrar para siempre las calles, los antepasados, el cerro Sinjar, los dioses. Luego de aquello nada, ni la tumba de mis padres ni la luna que goteaba sobre el cerro santo como tintura de cúrcuma.

11:23. Dos minutos. Una brújula cuelga debajo de llaves coloniales pueblerinas, recolectadas en intrascendentes excursiones. ¿Echaría atrás mi recuerdo como mis vecinos de arriba? Gritan los niños a veces y sobre la noche de la pradera gringa vuelve a correr el jinete sin cabeza. ¿O soy yo el que grito y el refugiado? El reloj apenas avanza y ya he disparado tres tiros. Arrojo los otros tres al basurero y observo las semillitas de ajonjolí que se pegan al bronce. Miro la oscuridad. Hasta el foco de la puerta de entrada se quemó. Sou caipira, insiste Elis, y le digo que lo mismo, que mi historia la inventaron para ponerme espaldas y hombros antes de lanzarme al ruedo.

Medianoche. Supuestamente el tiempo expiró. El primer minuto deduzco ser el de la muerte, pero a las doce y tres sigo enfrente del ordenador y el gmail apila fotos y nombres de novias en los extremos del mundo que se ofrecen para venir a compartir el lecho de un barbado canoso, que no viejo, que no. A alguna me gustaría decirle que más que conocerla preferiría ver Krasnodar, antes que Donald Trump incendie el mundo y los campos salvajes a orillas del Dniester pasen a flotar como humo.

Intervalo de horas. Desasociarme de lo que la luz descubre. No pongo, ni hay, rosas amarillas alrededor para excitar la imaginación. Escribo de noche, con cerrado entorno que termina en el fin de un foco de 75. Ya que no hay cueva, que si la hubiera, allí estaría, tomándome esta leche diluida en agua que sabe a vacío. Pasan nombres de ciudades. Zhitomir, recuerdo, 1648 y 1942, la tragedia no respeta siglos.

Cierro con cuidado los bordes carmesíes de la bolsa de basura y la saco al patio. Ligia, Marco, Omar duermen. Tres cucarachas discurren con amistad acerca de las bondades de la humedad. Limpio las balas que saqué del basurero y apunto. Con una mato tres… cucarachas y soplo: revolución mexicana.

Pan francés, miel orgánica. Sobre la mesa los objetos se confabulan para eliminar la noche. Por ahí hierve el café. Elis agoniza en el zaguán, ni el suave portugués la salva. Saudosa maloca: cabaña tristona, hogar tristeante, dormitorio tristoso. La caldera grita como el tren al sur, el tren de las once, el tren del trabajo. Casi las seis. Me quedan dos minutos para despertar y ninguna bala.
09/08/17

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Publicado en TENDENCIAS (LA RAZÓN/La Paz), 13/08/2017



Friday, August 11, 2017

Sacha Yegulev/EJERCICIOS DE MEMORIA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Esta novela de Leónidas Andreyev es un monumento a la buena prosa, a la excelente. Quizá debiera decir que es tan buena que linda e irrumpe en la poesía. Envolvente. Sutil. Desgarrante. Magnífica.

Sacha Yegulev es un muchacho de familia que se siente abrumado por la miseria de Rusia. De buen corazón, opta por dejar madre y hermana para reunirse con las bandas guerrilleras de los “Hermanos del bosque”. Hay que situarse en los años anteriores a 1917, entre los populistas y los bolcheviques. Sacha hace creer a su madre que parte a América, para evitarle sufrimiento.

Ya en el bosque, conoce una vida que no percibía antes. Pero en la revolución no todo son alegrías o grandezas. La envidia y la maldad corroen a los revolucionarios con tanta fuerza como a los burgueses. Además de ello, encara a la muerte. El dulce joven de pronto se hace hombre y como tal amargo. El espíritu del humano no es resistente a la experiencia. Día que pasa es amargura acumulada.

Sacha Yegulev se torna en leyenda. Es el protector de los pobres y la mano castigadora de Dios. Los hacendados ricos ven quemarse sus haciendas; los mujiks se llevan las gavillas de trigo; sobre Rusia se ha encendido un fuego que no ha de apagarse otra vez.

El “bandido” Yegulev es atrapado y muerto por la policía zarista. Su madre se acerca al cadáver -expuesto en una plaza-. Su madre sigue pensando que su Sacha está en América...

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Publicado en TEXTOS PARA NADA (OPINIÓN/Cochabamba) ¿1986-87-88?

Imagen: Portada de la edición de Guillermo Kraft, Buenos Aires, 1955


Thursday, August 10, 2017

Eroica/MADRID-COCHABAMBA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La mañana se moja como en orgasmo. Viscosa, neblinosa, nebulosa.

Dylan canta algo suyo que cantaba mejor Bryan Ferry. La noche se inclina al oeste de Aurora. Las gigantescas bolas de la base aérea, lujo y admiración de la guerra fría, semejan pelotas de fútbol tiradas desde la favela hasta la playa. Blancas. Brillan. Dylan canta algo que cantaba mejor Bryan Ferry. “Ya todo se terminó, baby blue”.

El primo Waldo, el único primo que tengo en esta parte de Norteamérica, se festeja hoy. Mi último cumpleaños, dice. Acá, aclaro, porque a fin de año se marcha, dejando mujer e hijas y la memoria de treinta años de exilio. Acontecimiento, sin duda, por eso unto con las manos desnudas un gran pernil de cerdo y le pongo encima todo lo que me sobra en el refrigerador: vino tinto agriado, wasabi en pasta, salsa agridulce china, soya, algo de miel de arce, comino, mejorana, cúrcuma, sal, eneldo y pimienta. Un coctel molotov de futuro incierto. Quien no arriesga en la comida no arriesga en la cama. Lo cubro de estaño y mientras escribo siento los vahos de alcohol que escapan por las rendijas. Llevo eso, un regalo, la familia y una botella de ron. Porque de sus treinta años, al menos veinte pasamos cerca, siempre comentando, hablando, recordando, riendo y llorando por esas calles que nunca existieron y cuya presencia se sostiene porque tuvimos padres y madres; por nada más.

El aire de montaña ha disecado la humedad primaria del día. Ahora presiento sequedad monacal. Ni una gota de agua al aire. Pienso… una guitarra desentona a la vez que leo un poema en el café Fragmentos. Otro primo, primo de cariño, guitarrista afamado y borracho, quiso ponerle cuerdas a mis tristes preámbulos. Veinte años ya, casi una voluminosa novela de Dumas. Observo los rostros inteligentes de los inteligentes, los tontos de los tontos, y leo. En mi oído derecho, rammm, rummmm, rac, rac, ton, tannn, el primo aporrea el instrumento y observo que tiene los ojos cerrados. Le habrá entrado polvo. La puerta está abierta y con el viento baja el añejo polvillo de excrementos de los ebrios de la Simón López. Algún mosquito, quizá, pero los cierra cada vez más, incluso creo que se atolondra y se escapan un par de lágrimas. Caen en cámara lenta y oigo a las mujeres suspirar. Mi poema quedó corto, necio, seco, como amor a cuchilladas. No me enojo, que aquí no me robaron nada.

Padres de rancio abolengo. El abuelo señorón de bigotes modelados con cera bruta. Le decían el Kaiser, por su educación prusiana. La madre alegre y juvenil, con la música escapando de los pies y algo por los oídos. Primó ella, y los dos chicos y la chica les salieron pizpiretos. La niña murió de cáncer, el menor de los hombres se voló la cabeza con fusil de ejército; alternaba, dicen, entre la composición de kaluyos y el tiro al blanco. Juguetón, la mayor gracia que sabía era la de jugarse con revolver de ocho tiros una ruleta. Dos a uno: yo disparo dos, tú uno, con la suerte de no existir nunca tragedia hasta el evento del fusil. Antes de que Michael Cimino filmara The Deer Hunter, los jóvenes de Cochabamba tentaban la muerte sin la pesadumbre de Vietnam.

El sobreviviente se hizo músico, según los recónditos deseos de la madre que era fascinante cocinera. Doblaba los bordes de la salteña y parecía que los iba tejiendo. Hervía piedras para esa notable sopa aymara prehistórica, o mostraba a un asombrado círculo la manera de extraer el huesecillo atoj de la oreja de un cuy carneado y cocido.

Así el hijo mayor comenzó a rasguear la guitarra. Así consiguió mujer bella y colorida, de los remanentes del hippismo nórdico tardío en nuestro valle. Diez años después de Altamont, en Bolivia se sembraban flores que en el resto del mundo estaban marchitas. Siempre vivimos a la zaga. Excepto en el trago, donde somos, fuimos y seremos la vanguardia.

Ha pasado una hora. No olvido que escribo con el dedo índice derecho y que el izquierdo solo lo utilizo para las mayúsculas. Trabajo lento el de escribir. En cambio, cocinar, tarea fácil. En una hora añadida comenzaré a dorar el chancho y veremos si el combinado afrochinomestizo sirvió.

Al primo músico le gustaba el trago. Vanguardista entre los vanguardistas, creyó aquella ilusión óptica de que los aditamentos inspiran, a más duros, mejores. La música y la poesía vienen escondidas, sospechaba, en las vertientes del trago. Los otros festejaban, cómo no, en rubicundo coro de lelos intrascendentes. A la mujer la robó otro poeta que era ducho en el mercadeo de palabras. Usaba alcohol y yerba también como vertientes pero tenía ambición. El cálculo dominaba el exceso y por eso acumuló hasta la mujer del otro. Lo vimos, y callamos. Porque esto del alcoholismo recalcitrante, poético, no pasa de otra minucia de fregonas.

Perdió esposa e hijos. Casa y amigos. Llevaba una guitarra bastante buena en caja decorada. Le sirvió de almohada, de asiento, hasta de féretro cuando lo velaron a la intemperie antes de coserlo en una bolsa de yute. Se diría historia de piratas cuando no pasa de nostalgia de borracho.

Que lo quise, lo quise, como a mi primo de ahora que se festeja por última vez en la maldita tierra gringa; la próxima será en la bendición de la patria. No sabe él que la patria es puta soez.

Hoy, en la parrillada, sonará el rasguido de la guitarra. Vienen los consabidos recuerdos de “allá”, de cuando fuimos “felices”, sin recordar que de jóvenes caminábamos la ciudad de arriba abajo, con aire de poetas y fetidez de chichas masticadas. Mientes al decir que todo pasado fue mejor, primo, y ni tú creíste en el amor entonces.

Leo con cinismo versos a mi amante coja. Y el primo muerto llora con los ojos cerrados. Solloza el primo vivo con los suyos abiertos. A qué tanto heroísmo, que ni vida ni muerte valen el ápice de un carajo. Peor morir borracho, digan lo que digan los pendencieros. Te “lo” tocaré otra piecita, susurra mi compadre. Y, dale, ya qué le vamos a hacer.
06/14

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Publicado en MADRID-COCHABAMBA, Cartografía del desastre (con Pablo Cerezal), La Paz, 2015; Madrid, 2016

Imagen: Anders Zorn, 1895




Tuesday, August 8, 2017

Trump, Maduro, Morales: pesado triángulo/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hablaba George Bush del “eje del mal”, en una historia no tan vieja para olvidarla. Interesante descripción de sus enemigos asociados en su mente y dispuestos a enfrentarlo, siendo él mismo encarnación maldita.

Los días pasan. Se cocina, se come, se duerme. Ya desde las tres de la mañana la prensa norteamericana está despierta descubriendo las últimas estupideces del gendarme con peluca, presidente, aunque no lo quieran, de los recién destapados Estados Unidos, esos que se mimetizaron tan bien en la sombra y de quienes se creyó digirieron y aprendieron las enseñanzas del doctor King. No había sido así, a pesar de que The Donald tiene en la oficina oval un busto bien negro del apóstol de los derechos civiles. De poco sirvió: las fobias crecieron al amparo del silencio y lo que fue, así fuese aparente, nunca más lo será. No hay vuelta atrás después de este espanto.

Saltamos a Nicolás Maduro y la horda de narcos asesinos. Volvemos, una y otra vez, a la pena de saber en esencia que sin las armas militares aquello no cae. Como para confiar en los gorilas. Y milagros se terminaron cuando los pies aprendieron a caminar y la boca a formar palabras. ¿Dónde está el francotirador? Un fusil, una mirilla, una ventana más la aurora de la bienventurada muerte. Parece fácil decirlo, como preparar un desayuno. Los días pasan. El reloj no se inmuta con los bailes del payaso dictador ni con el garrote del vil Diosdado Cabello. Pero así murió Chávez, el bufón mayor, de la noche a la mañana, sin la garra que tuvo el barbudo Fidel para aferrarse a los billetes hasta que no pudo. Ni una moneda se llevó, ni el par que ponen en los Balcanes sobre los ojos para pagar el pasaje.

Evo Morales ya se prueba el traje de eterno. La corte de los milagros que danza en derredor rebuzna y relincha en camotera febril con el curaca. Tiene un palacio; nada le costó destruir una ciudad antigua. Como sus congéneres arriba, el gringo y el chofer, jura que por sí solo puede cambiar la historia. Pero esta, la historia, es puta que paga mal y que nunca se enamora. Embelesa con labios pintados; el carmesí es color de deseo y pasión pero también de sangre. Peor para aquellos que solo leen el porvenir en piedras y en arrugas, porque las sutilezas de esta meretriz son tan leves que con facilidad se soslayan y ahí el error. De pronto, el cataclismo, derribo de sueños y realidades mitómanas. Le caerá a Trump; se acerca a Maduro; va girando en hipérboles alrededor del cacique. Suena a lotería; en pocas palabras así se podría definir el futuro de la angurria.

Llueve en Colorado. Luego de la pesada carga del calor se alivian las plantas. La lengua del perrito de casa ya no cuelga desconsolada. Nada persiste, ni sol o luna o calor y nieve. No creo en las premoniciones; este es un hecho concreto. Lo mismo va a ocurrir con los mármoles de los príncipes: hoy sirven para bailar y al rato juegan de lápida. Pienso en Vladimir Putin y la certificación de lo inmóvil. Mueve a risa, sobre todo en Rusia, que si bien da largas a sus tiranos, da igual cortas y terminan mal. Putin como el apogeo del poder, el gran ejemplo.

Hago girar este triángulo con las manos en la mesa del jardín. Apuesto conmigo acerca de cuál de sus lados se va a quebrar primero. De todos modos, será motivo de fiesta y de descorchar un vino para saludar el descalabro. Estados Unidos, Venezuela, Bolivia, tan distintos y con similares energúmenos.
07/08/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 08/08/2017

Saturday, August 5, 2017

Contratapa para Chuquiago, de Miguel Sánchez-Ostiz

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El extranjero soy yo. Y Miguel Sánchez-Ostiz el guía por una ciudad de “carajos y petardos”, por un díptico, tríptico, políptico que imagina el universo y retrata el infierno. Que es más la manzana que Eva y la serpiente pero que recuerda el paraíso sobre el que mucho llueven cangrejos.

La Paz, esbozada en personajes y rincones. Esbozo con detalle, sin embargo, a lo Callot, a lo Goya, también a lo Cieza de León, o Chimpu Ocllo -Garcilaso de la Vega, el Inca- recreado en la ciudad dual, la que se combate eternamente a sí misma, que quiere ser india y le pesa demasiado el mestizaje, y que no puede ser blanca aunque España se arrastre por su sangre como casulla de dominico.


Páginas que exceden lo escrito hasta ahora sobre la hoyada; libro de horas como las que la vejez rescata de la muerte y anota, con paciencia y letra clara, de memoria. Índice, y a veces homenaje, onomástico, a sus hijos. Quien quiera de los vivos encontrarse, pues allí está. Ni hablemos de los idos. Crónica implacable, sin aspaviento… dichosa. Fanfarria y silencio, urdimbre de colores y sombras. Tejido… Molière y kusillos. 


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Contratapa de Chuquiago (Editorial 3600, La Paz-BOLIVIA, 2017)

Imagen: Portada del libro

Tuesday, August 1, 2017

La traición de la izquierda venezolana/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Supongamos, que no es cierto, que en algún momento hubo una izquierda chavista deseosa de revolución. No hubo tal sino un esquema delincuencial que a nombre de los pobres construyó un imperio de dinastías, cárteles y más. Los Chávez se convirtieron en opulentos magnates y el petróleo sirvió en parte para subsidiar la miseria, acostumbrar un pueblo a la limosna mientras la tajada grande se quedaba con ellos.

Hubo oposición de la izquierda, mínima, pero la masa enfebrecida de izquierdosos vio el negocio y se metió de cabeza en el lodo que los elevaba de nivel social y les permitía lujos jamás pensados. Todo en medio del populismo invadiendo casi toda América del Sur y proclamando las enseñanzas de los millonarios Castro, esclavizadores y potentados.

Hoy Nicolás Maduro, heredero del mandril fallecido en llanto y fervoroso creyente mientras ensuciaba pañales, inventa pasos para alargar un poco el resto de vida que le queda. En parte tienen razón, él, Cabello y tantos otros, porque el destino señalado está lleno de cárceles y condenas de las que no podrán escapar. Es su última carta, la del crimen descarado, el asesinato, antes de perecer –ojalá- a manos de la turba hambrienta o dar con los huesos en prisión.

¿Qué espera a Venezuela? Dudo que la MUD, ya a tiempo de convertirse en poder, permanezca unida. De hecho hay una confrontación silente de personalidades entre Capriles y Leopoldo López. Ya lo decidirán. Las cosas del poder se resuelven en las élites. El pueblo, que en este momento muere y luego mata, se queda en las acciones que aceleran los procesos. Luego se lo olvida. ¿A quién culpar de la prominencia cercana de la derecha en el país sino a la izquierda? Sucede lo mismo en Argentina: tanto hablar de Macri y llorar desgracias sin preguntarse quién lo puso en el gobierno.

Cuando llegue el momento, que viene, de la caída del madurismo y del chavismo recalcitrante chillará la izquierda latinoamericana que nada mejor sabe, aparte de robar. Por ahora se precian de la “victoria” de Maduro con su falsa Constituyente. Trump, cuyo círculo cercano de oligarcas no deja de aprovechar la situación, está a punto de decidir sanciones que mandarían al gobierno venezolano en su caída final. Veremos si lo hace que otras son sus preocupaciones. Decíamos que ya de rodillas el chavismo cederá espacio a la derecha. Esta, de seguro, hará al principio concesiones que beneficien y alivien a la gran masa popular hasta decidir, como siempre, políticas favorables a lo suyo. Entonces escucharemos la eterna queja de que la derecha esto y la derecha lo otro, olvidándose que a nombre de la revolución se mató, reprimió, robó, a costa de su base cuya mejora no pasó de migajas, subsidios no eternos, basura mediática y dirigencia corrupta y maleada.

El domingo 30 de julio decidió el destino de la ya veinteañera “revolución bolivariana”. Complicado asunto porque no hay rastro de inseguridad en las fuerzas armadas por cuyos cuarteles pasa cualquier nuevo gobierno. A no ser que las sanciones externas, el desacuerdo internacional, presionen tanto que desbarranquen a los mafiosos. A ello seguirá la desbandada y -debiera ser- la cacería, porque alguien tiene que pagar por la tragedia, a pesar de que la venganza popular no hace otra cosa que satisfacer el morbo y luego perderse. De todos modos, Nicolás Maduro y su esposa no pueden sacarla barata. Hay que pensar en la sombra de Rumania.

Decisiva semana, esta, que se cargará de más sangre a no dudarlo. No hay que dar nada por sentado y considerar cada minuto como situación desesperada. Tiempo de acción inmediata y tal vez de golpes de mano. El enemigo está herido de muerte y tirará dentelladas. El fin está predicho, hay que tratar de minimizar las pérdidas y preparar los castigos.
31/07/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 01/08/2017



Sunday, July 30, 2017

La Paz de Miguel Sánchez-Ostiz, los carajos y los petardos

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Chuquiago, deriva de La Paz (Editorial 3600)

“¿Cuándo, carajo? ¡Ahora, carajo!”, de ahí el título de este artículo, de las interminables movilizaciones, del movimiento y la permanente estática. Subiendo, bajando, en peregrinación y búsqueda; en inercia. Multitudes y olores. Pis y fritanga. Pajpakus y ladrones, contrabandistas. Poetas suicidas y el vientre indescifrable de la ciudad que no se ve, estómago que deglute, sombra que caga. San Francisco. Gente, en olas; gente que desaparece sin rastro y menos gloria, que quizá se eternice en el mentado misterio, mitad racista mitad esotérico, de que los aymaras ponen cuerpos, vivos o fríos, en los cimientos de las edificaciones que se multiplican, en aras de la insaciable boca antigua que dicen india pero que más parece simbiosis de terrores de todas las razas entremezcladas. Villa de ritos.

Mientras tanto cae bien un chicharrón en las afueras de los aluviales bordes de Pampahasi, con camote y papa humeante, y llajua fuerte rozando fuego, mirando a lo lejos la garganta de Uta Pulpera, la de los autoinmolantes, similar en lo macabro al bosque japonés de Aokigahara, allí donde la vida no vale nada.

Comienza el libro con un epígrafe de Sáenz, de la Piedra imán. Sáenz que va a trashumar estas páginas, igual que Viscarra, y Arturo Borda para un casi epílogo de vellos erizados, con bagaje de oscuridades y versos soberbios, con la casaca formada de retazos que tenía Mariano Baptista en su oficina, y que vi yo, mucho después, en una silla donde una modista (supongo) la reparaba. El saco de Sáenz, el que todavía visten, a veces, los k'epiris del mercado Calatayud de Cochabamba, sus aparapitas.

Cronista, Sánchez-Ostiz, de una muy vieja escuela que vino adosada a los caballos y la espada. Que destruyó mientras enamoraba las piedras sacrificadas. Que se quedó aunque se fuera. Por eso van nueve veces que el también poeta recurre a La Paz como al éxtasis de su calma, al calorcillo tan humano, febril y hasta hediondo, de un mundo que jamás fue vencido, que se ajustó a las nuevas condiciones que la historia exigía y moldeó a su invasor a su gusto y semejanza. Hay poderes más profundos que el poder de mandar, son aquellos del alma, del embrujo imposible de aliviar. El gran escritor navarro ya no puede vivir lejos de sus coqueras, de las mesas con hechizos, de la sospecha de las bocas innombrables de la ciudad colonial, de los lazarillos, que terminan siendo amigos, que vapulean sus sentidos en excursiones intensas. Sahumerios que atraviesan espejos, líneas borradas, ni tiempo ni distancia y, en paradoja, la convicción de presente y pasado sin siquiera mirar hacia el futuro.

En la belleza del Baztan (ese mismo de los Goyeneche), en su Navarra natal, el escritor extraña el río subterráneo de La Paz, recuerda la riada, el ekeko, los platillos carnavalescos debajo del puente Abaroa, los diablos y los Kjarkas borrachos cantando la noche entera en el piso de arriba, lo que le induce a decir melancólico: “debí subir”. Debió, debió, porque el frenesí boliviano ya es suyo, porque su identidad va más allá de los papeles, de policías y fronteras. Pertenece a los sartenes de las cocineras del Lanza, el Merlán, a yatiris y reciris, a ciegos que leen en plomo derretido su nave ya encallada a orillas del lago. De huaquero pasó a huacorretrato. De allí no se puede salir.

¿Es La Paz la ciudad de la incoherencia? Pregunta que me hago yo, no el autor. También me pregunto si no es este el libro más importante que se ha escrito sobre la ciudad, de no ficción aunque ficticias parecen las situaciones y los seres. En realidad no importa. Lo que sí aseguro es que no son páginas de extranjero, de fotógrafo, de gringo con ánimo perdonavidas. Miguel Sánchez-Ostiz recorre sus memorias con infatigable afecto; los hijos de los que él habla, a veces materiales y otras ilusiones, esperpentos, enanos, beldades y flores no lo inquietan ni en la peor de sus fealdades o méritos. Se ha sentado a recordar y en su recuerdo a amar. No es Malcolm Lowry en trágica inmolación ante lo mexicano, más bien Eisenstein, si conciben la diferencia.

Tugurio de La Muerte, el Bocaisapo, El Lido. Insondables y míticos. Leyenda de oscuridad que desnuda el autor; la entiende pero no la persigue como fin, como estampa turística o “maldita”. La narra según la vio, la oyó, percibió. La Paz es esa vieja que en el cementerio de La Llamita arranca pingajos de una tumba y se los guarda (necrofagia saenciana), mientras refleja rosado al Illimani, el perfecto achachila.

Ciudad de entrañas. El indio y España hundidos en el mismo hoyo, empiernados por eternidad, sin comprenderse pero amantes que se odian y sin el otro no pueden vivir. No necesitan siquiera parir mestizos: ya el aire es mestizo, azul radiante.

Aparte de la muchedumbre enmascarada, hierática o carcajeante del pueblo está la otra ciudad tirada al sur. O al centro, en cafés y tertulia. Anota el navarro nombres prominentes que moldean su espíritu, que hablan de ella e intentan calificarla, explicarla. Digo en la contratapa que de los paceños el que se busque aquí, en esta amplia crónica paceña, ha de seguro encontrarse, desde Armando Soriano leyendo sonetos, hasta el poeta músico Pablo Mendieta Paz, Jaime Nisttahuz, Mariano Baptista, Juan Recacoechea, Adolfo Cárdenas, el arquitecto Juan Carlos Calderón, Humberto Quino, Fernando Molina, los prohombres de la casa de Alberto Crespo Rodas, H.C.F. Mansilla, René Arze, los hermanos Enrique y Ramón Rocha Monroy, Beatriz Rossells, Cingolani, Edgar Arandia, Gastón Ugalde, tantos otros. Y Ricardo García Camacho, amigo y guía, poeta en este viaje al principio de la noche.
25/07/17

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Publicado en TENDENCIAS (LA RAZÓN/La Paz), 30/07/2017

Fotografía 1: Fernando Trocca, de su blog personal
Fotografía 2: EL DIARIO

Friday, July 28, 2017

Api/MADRID-COCHABAMBA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Sin parar, radio y televisor envían información sobre Gaza y Donetsk. Muertos y muertos en el fin del mundo. Víctimas sacrificiales en la pira del poder.

Me he sentado con un café en la mano. Escribo con un solo dedo en el ordenador y me doy cuenta de que estoy perdiendo la vista. El índice tiene un ojo que busca las letras, sabe dónde están, pero si esta mirada se nubla, la cosa cambia. Los errores en la página hablan de que hoy en mi vida hay más pasado que presente, y caben preguntas acerca de cuánto futuro.

El televisor suena a explosión. A Shklovski le gustaba escuchar las bombas rodando en las callejas de piedra de Ucrania. Pero este sonido no es música, por más abstracción que haga. Hace calor. La tarde está despejada. Se oyen niños chapoteando en la piscina. Pasa una mujer rubia, con un mínimo traje de baño negro. Piel blanca debajo de tela oscura, delicias del contraste.

Contraste. Tres cuartos de un alargado vaso de vidrio barato están llenos de api morado. Humea. Contra todo pronóstico, el vidrio resiste el calor. Importa que la bebida se vea, sobre todo cuando la casera echa un chorro de api blanco en el otro. Se forman meandros, volutas de humo, fumar es un placer genial, sensual, fumando espero a la que tanto quiero. El api se sosiega. Basta un mínimo de enfriamiento para que adquiera placidez de lava muerta.

Lo acerco a los labios. Bebo.

Al lado, es de noche, siete u ocho de la noche en Cochabamba, la mole del convento de carmelitas descalzas le pone fondo goyesco al panorama. Una escena de principios del siglo XIX, imaginándome los fusilados del dos de mayo ahora que truena la guerra en la pantalla de la habitación donde duerme Ligia. Algunos mendigos adormilados, recostándose en el portón de la iglesia, con clavos de quince centímetros. Las caseras conversando entre ellas, riendo, ofreciendo y cobrando. En una penumbra casi tétrica por la mole religiosa y el edificio republicano del colegio Bolivia, liceo de señoritas, enfrente.

Ecuador esquina Baptista, cuarenta años atrás.

Bicicletas obreras pasan con atados de ropa y herramientas en la parrilla. Hoces para los jardineros, y talegos para las ramas y el pasto. Un azadón que sobresale de una arpillera. Gente que saca tepes de las orillas muertas del Rocha, para venderlos a los patios de los ricos, de la mínima clase media que boquea como pejerrey en mesa antes del cuchillo.

En las mañanas, las empleadas de las monjas venden deliciosa tostada, refresco de maíz que huele a pies y que sabe a gloria. O agua de la vida, dicen que con extracto de pétalos que las encerradas cultivan en su jardín, donde el único hombre que entra es el sol, y la única razón de vivir, fuera de Cristo redentor, está en pecar.

Las vendedoras de api tienen rastros en las baldosas del piso, en la pared de roca labrada. Oscuridades que hablan de cuerpos apoyados y sudados, día tras día, noche tras noche. Vasos sucios, trapos mugrientos, salivas, mocos que se limpian en la pared, meos de borracho cuando las últimas luces del api se han extinguido y quedan perros hambrientos y sedientos hombres.

Once años tenía yo. Y ya era rutinario, tanto como para desde la Santiváñez subir por la plaza principal hasta la Baptista, dos cuadras y detenerme al ritual del api diario, lunes a viernes, gracias al ahorro de no tomar taxis quinienteros y volver a casa a pie luego de las clases de francés. Ici, la Place D’Italie.

Quien diría que veinte años después no dejaría de ordenar apis mezclados; a veces rojo puro, o blanco puro, en los intervalos del coito a la intemperie, de los voyeurs de la calle Ecuador, de los valiums tragados y el sexo oral sabor a champaña Valdivieso. ¿Mezclado, patrón? Rojo, patrona.



El cuerpo de Francine parecía un fantasma en la oscuridad. Tenía que tocarlo para no asustarme y creer que vivía en pesadilla. Decía la gente que sus ojos eran como soles y hasta ahora no he visto soles azules. Aunque sí, hace un día, en las explosiones de la franja de Gaza cuando el sol se juntó con humos y la muerte gritaba con la vehemencia del caballo de Guernica. El árbol vasco arde. Arde el árbol palestino, el judío. A mis once años tomaba api y leía a Gogol. Tomaba api con Gogol en las rodillas. Api carmesí color de sangre, api blanco color de piernas de Francine. Sus pezones rosa lucían como decoración navideña de un chopo derribado. Sonreía, y el champaña chorreaba del balcón de la Ecuador y se escurría a través de Cochabamba cada vez mayor. Primero por la avenida San Martín, luego por la Bolívar, bajando la Nataniel Aguirre, desviándose en San Sebastián donde lo veían pasar los presos. Hasta que se hundía en la Serpiente Negra, la cloaca del culo universal, al sur, con fauces de dientes cariados y aliento a chicha.

Las piernas de Francine colgaban del balcón. Magritte las pintaba desde la casa de enfrente. Detrás de su vulva oscura y sigilosa, ponía un vaso de humeante bebida andina, llena de recovecos y cincunloquios.

Api.

Api y pasteles. Api y buñuelos.

Empanadas y api. Cochabamba que se esmera en las delicias de la carne, picantes a veces como en llauchas paceñas, o dulces en las figurillas de almendra que vendían las clarisas, encerradas también, no tanto como las carmelitas, y con zapatos, no descalzas como sus compañeras ni como los pobres.

Francine despertaba y quería ir al mercado. Desayuno de api y pasteles espolvoreados con azúcar impalpable. Resaltaba su piel entre la indiada, entre nosotros que nacimos cobrizos, marrones, rojizos, de carne tersa y brillosa acotaba la inglesa, de carne no trémula sino sólida, casi de caballo de carga o de galgo corredor.

Siempre íbamos los domingos, cuando el amanecer desnuda las falencias del sueño, las minucias del vicio y las desgracias del amor. En mesas largas, comunes, donde la “gringuita” era atendida de manera tan suave y gentil a diferencia del desdén con que nos servían, indios de mierda, borrachos, perdidos.



La memoria semeja también un viaje al fin del mundo, a veces pesado y atroz como las guerras que se desarrollan tan lejos y que retumban este sábado desde muy temprano hasta ahora en que el café se ha terminado y casi ciego busco por unos anteojos para saber si lo que escribí sirve o lo uso de servilleta.

Mucho hay que recordar y grabar para que no se pierda, una suerte de archivo personal. Rescatar pasos que llevaban a sitios donde se cultiva el recuerdo. Por lo general, para eternizarlos, se necesita aromas, sabores. El api en particular rememora la lengua francesa, los literatos rusos y las delicias inglesas, junto a particularidades de la mixturada raza que me escogió y la peor aún mestiza confusión de las culturas. Para bien o para mal, depende con qué ángulo se mire, con fish eye o con gran angular. No solo ajustar el obturador; pensarlo antes.



Magritte retrataba sus muslos, corría el pincel por los largos pies sajones y estremecía la paleta cuando llegaba a la entrepierna, donde un tumulto de ébano se enroscaba alrededor de alguna tiniebla carmesí, color de api.
19/07/14

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Publicado en MADRID-COCHABAMBA, CARTOGRAFÍA DEL DESASTRE, Editorial 3600 (Bolivia), 2015; Lupercalia (España), 2016 

Imágenes:
René Magritte
Api con buñuelos

Tuesday, July 25, 2017

Los Estados Unidos del Tercer Mundo/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Algo ha ocurrido. David Remnick en el último número del NEW YORKER (julio 24) dice que las aventuras de la familia Trump recuerdan las de la familia Corleone, la de El Padrino de Coppola y que la reunión de Donald Trump Jr. con los rusos hace que a este se lo compare con el más débil de aquellos sicilianos, con Fredo. Remnick asegura que es una comparación injusta para Fredo.

Dejemos de lado la brutal, asesina, política exterior norteamericana y volvamos, como inmigrantes, a los Estados Unidos de Bill Clinton, años de bonanza, de amabilidad que me hacía escribir entonces que no había tropezado en mi novel estadía con un norteamericano que no se desviviera por ayudarme, por mostrarme cómo sacar boletos para el metropolitano, explicarme dónde quedaba la galería Corcoran y señalarme mis derechos de trabajador. Puede que siga, pero no de manera generalizada como entonces. Ahora hay profusión de banderas, ceños fruncidos, obvio rechazo al español, miradas de soslayo, insultos, agresividad, calumnia.

Cierto que el detonante fue el presidente negro, ni nombrarlo necesito, que comenzó como ejemplo y luego hizo trastabillar los valores que se creían firmes en una sociedad que había pasado por lo peor en cuanto a racismo y discriminación. Un negro mandando excedió los límites. Si bien cincuenta por ciento de la población lucha por preservar aquello, el resto trata de hundirlo en la memoria a través de la intimidación, del bullying hacia las minorías, de la ostentación armada y del uso indiscriminado de falsedades para justificar la “nueva América”.

A pesar de que la base social que entronizó a Trump es trabajadora, de blancos empobrecidos o camino de serlo, sus defensores se cuentan también entre graduados de Harvard y gente de élite que ha visto en este fenómeno la posibilidad de enriquecerse y de perpetuarse en situación de poder. Escuchando a los defensores de Trump, uno puede cerrar los ojos e imaginar que está en Venezuela, que los que hablan no son doctores en leyes sino sindicateros que adoran a Evo Morales. No en vano, fuera del lavado de dinero, los negocios ilícitos, los videos porno que atenazan al presidente norteamericano a las rodillas de Vladimir Putin, el nacionalsocialismo está en abierta campaña de destrucción de esa Norteamérica abierta y, en su momento, generosa.

Bannon, Kushner, Flynn, son nombres de una orgía de barbarie cuyo fin, todavía no se ha especificado pero que es obvio: el secuestro de los Estados Unidos por la familia Trump y sus asociados económicos, los rusos en primera fila, luego los sauditas, los chinos y cualquiera que tenga a bien poner monedas al erario familiar del magnate y al suyo propio.

Donald I, emperador, amenaza de boca afuera a Venezuela, al enloquecido chofer Nicolás Maduro; sin embargo, en el fondo de la olla están los negocios de compra de bonos venezolanos por Goldman Sachs (con muchos de sus ex empleados en el gabinete) a precios super convenientes. Plata que sostiene al dictador en Caracas y que multiplica las ganancias de los banqueros de Wall Street, esos mismos que el presidente atacaba en sus falsas promesas. Como Trump es utilitario a Putin, Maduro lo es a Trump y el círculo vicioso, sangriento, prosigue.

Hace muy poco se nombró al nuevo director de Comunicaciones de la Casa Blanca. El domingo habló por televisión y fue tal exhibición de lameculismo que recordé el oprobio de García Linera, Suxo, Surco, Moldiz, la extensa lista de lambiscones del panorama boliviano. Pensé ¿Qué hace que un tipo rico, graduado de la mejor universidad del mundo haga genuflexiones hacia alguien que intelectualmente no es siquiera igual? No es asunto ideológico. Aquí lo que se ha declarado es una acción de pillaje, de expolio, desmembramiento sin siquiera pensar en las consecuencias. Estados Unidos se preciaba de su alto concepto (errado muchísimas veces) de Patria. Poco había valido en el mercado; bastó un mercachifle traidor para cuestionarlo.
24/07/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 25/07/2017

Monday, July 24, 2017

Los cañonazos del presidente

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Un amigo “postea” en Facebook al eterno futbolero, Evo Morales, estrellando la pelota en dos milicos en la inauguración de un estadio. El encabezado nombra los “cañonazos” del presidente y no puedo dejar de pensar en Álvaro Obregón, que siendo cabrón tuvo logros notables en el área social –lo que lo diferencia-, y que afirmaba que no existía general que resistiera un “cañonazo de 50.000 pesos”. Sabemos bien que los generales son como meretrices y que los hay de todo precio y ni necesitan libreta de salubridad en oposición a aquellas santas.

El video del hecho dura 56 segundos y no debiera para nada llamarnos la atención. Pero los autócratas tipo Morales, Trump, Maduro, viven del chisme, del espectáculo, por detestable y prosaico que sea. El elemento vital de su mandato no está en sus logros sino en cuánto se habla de ellos en persona. Esta acción del pelotazo a los dos soldados o es completa estupidez o fue calculada. No había espacio hacia donde patear sino hacia el cielo, pero el engendro tiró con fuerza desbocada sin siquiera mirar. Al final quién puede decirle algo. Si hubiera, iría de reo de inmediato por subversión. En eso andamos, y Venezuela y los Estados Unidos, en manos, pies en este caso concreto, de cretinos esquizoides y vanidosos de opereta. Detrás de la en apariencia no dramática situación está la fuerza armada, esa que aguanta cañonazos hasta de centavos y que amenaza con matar y mata. Con semejante decorado pues a carnavalear a gusto, sobre todo en países como el nuestro que carecen de esa violencia, a ratos llamémosla hombría, de hombres que solucionaban los asuntos de estado, cuando correspondía, a tiros y rectificaban la historia… para bien y para mal, según lo hacían en México.

Triste destino el de América Latina. Se combatió hasta el pírrico triunfo que trajo las democracias (porque así le interesaba a EUA). Nos liberamos de los milicos en teoría y siguen vivitos como recién nacidos. En ellos se dirime el futuro de las naciones. Venezuela llega al centenar de muertos y la hojarasca ni se mueve. Ahí les tiran cañonazos mayores, cierto. Morales resiste gracias al apoyo de las armas. Sin ellas vuelve a ser un latapuku más de las innumerables bandas nacionales. La paz pasa por tanques y aviones de guerra: nunca los dejamos atrás; y los generales lo saben y aprovechan. Si tienen que desfilar con ponchos y machetes, ora pues; si con adargas o alpargatas, también. Son los asalariados del vicio y lo disfrutan. Que reciban de cuando en cuando un patadón inadvertido o se agachen a amarrar zapatos de amo, no cuesta, han sido entrenados para ello, para ser caniches de colitas cortadas y cuerpo trasquilado. Pero no solo actúan de sirvientes sino también de amos. Reconocen su poder, Morales depende de ellos. La humillación que se ejercita sobre la institución es poco precio a pagar en realidad.

Las oposiciones los tientan con minucias, con honor y constitucionalidad. Obvian la personalidad institucional de los lacayos que están expuestos al mejor postor, como en exhibición agrícola de terneras y mulas. En estas condiciones pareciera que los autócratas se aseguran eternidad. Felizmente existen otros factores, muy superiores a la avarienta molicie militar, que pueden volcar las opciones. Semejan estar lejos, todavía, pero observemos cómo el payaso de Ecuador salió en la cumbre de su dominio y ahora anda refugiado entre gringos que se suponía consideraba enemigos, entre imperiales que le sobarán el lomo de marrano como a cualquier otro empleado. Se creyó dios y resultó que era chico de los mandados.

A recibir sin gloria pelotas y pelotudos, que para eso son tutelares y obedientes, si algo significa.
17/07/17

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Publicado en ADELANTE BOLIVIA, 20/07/2017

Sunday, July 23, 2017

El Pambelé de Alberto Salcedo Ramos

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Recuerdo ese diciembre del 71 cuando, pegados a Radio Nacional, escuchábamos, mi padre, Armando y yo, la victoria de Nicolino Locche sobre Kid Pambelé. La cercanía con Argentina nos tenía parcializados y festejamos de acuerdo. Pambelé lo noquearía el 73. No dispongo memoria de la fecha. Era diciembre, lo sé porque amenazaba la Navidad, que a los once años que eran los míos guardaba caricias.

El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé ha sido mi único, y formidable, acercamiento a Alberto Salcedo Ramos. No diré que basta ni sobra, sino que fue lo necesario para conocer a un escritor, periodista, de mucha talla. Esta crónica sobre la vida del más grande boxeador que tuvo Colombia es una obra maestra, en periodismo y en literatura. Siguiendo la gran tradición norteamericana de la crónica, Salcedo Ramos presenta en este libro la imagen de Antonio Cervantes, Kid Pambelé, bajo la multifacética mirada del tiempo, la multitud y la distancia, rica en verbo mas escasa en retórica, tratando de descubrir la verdad fuera del sortilegio literario, consiguiendo, sin embargo, algo que excede aquello que consideramos periodismo y que se adentra en la escritura como forma artística, aun exenta de vericuetos, tropos y metáforas. Una parábola, lo dicen por ahí en el libro, fue lo que creó, profundamente humana y con sonrisas en medio del más feroz drama, aquel que hace caer al individuo de cima a sima, el mismo artificio, quizá inevitable, que desbarrancó a Lucifer. “Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo”, le hace a este decir Milton y, aunque no se mencione, podría atribuirse al pegador que sigue viviendo en la ilusión de su grandeza pero se maneja a la perfección, y hasta goza, en el submundo del averno. Permanece campeón para siempre, siendo la única forma de lograrlo en la invención que trae consigo el desastre, en la creatividad superviviente del fin. Son notas personales, no del autor.

Se afirma que el periodista, cronista, narrador de prensa, debe mantener una impoluta relación con sus personajes. Quizá esto vale para el reportaje inmediato, en el que no debe contar la subjetividad del relator para contar los hechos tales y como son, los protagonistas sin máscara; pero encuentro en esta notable obra colombiana no subjetividad pero sí alta empatía. Más que perceptible, siento, la relación de Salcedo con Cervantes, a pesar de que quiere el primero exprimir los detalles que sostengan un relato verosímil. Como un hombre de más de cincuenta –tal vez la edad tenga de todos modos su peso- yo sí pongo mi alta dosis subjetiva y leo en las páginas lo que quiero leer con tres décadas al menos de nostalgia. Por eso considero a El oro y la oscuridad libro más cercano a la literatura que a otra cosa. No discrepo con la información bien desarrollada ni con su cronología; no dudo en que lo dicho sea verdad, pero es que el estilo da para más, da para creerse uno mismo una historia que de tan rica parece ficticia, o parábola, según anotamos antes, o mito. O es que el personaje tiene, incluso en su más desvencijada humanidad y miseria, el porte y el talante de un héroe antiguo, un Prometeo reacio a ser encadenado y que sufre al mismo tiempo la calma como la borrasca.

En algún momento el personaje se rebela contra el autor y lo encara. Prueba de que estas son notas de sangre y piel.

Cuenta Salcedo Ramos lo que contara a su vez el presidente Betancur: que llegado García Márquez a un agasajo, alguien dijo que llegaba “el hombre más importante de Colombia”, a lo que Gabo respondió: “¿Dónde está Pambelé?”

Nacido Antonio Cervantes en San Basilio de Palenque, tierra de comida y baile como no hace mucho fue festejada en el mundo. De color. Su nombre suena en cumbias y vallenatos (“Palenque, la tierra linda de Pambelé”). Gozaba, Pambelé, con el escritor y lo azuzaba para que terminase “su” libro. Un volumen dedicado exclusivamente a su persona y su gloria –que de lado habría él seguro de dejar lo penoso del descenso-, el climax urgente de una vida que de sufrir se fue a gozar y que de gozar cayó al abismo sin al parecer darse cuenta de ello el afectado. De algún modo, Alberto Salcedo Ramos, hasta narrando la infinitud de la desgracia luego de la bonanza, ha fundido en hierro un Kid Pambelé intocable, indestructible. Páginas con un dejo de bíblicas, maestras, entusiastas y generosas. El personaje en su laberinto, y con él el pintor-cronista, ese apóstol del infierno para alegría nuestra.
19/07/17

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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 23/07/2017

Saturday, July 22, 2017

Ellicott City/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Jenny me lleva cerca de Baltimore, quiere mostrarme un hondo valle donde crece un pueblo de piedra. Ellicott City, falansterio igualitario del siglo XIX. En él se reunieron hombres con ideas de sociedad justa, de vida compartida.

Piedras negras se levantan sobre la roca de las colinas. Un molino gira todavía, aunque ya no estén los puros ni exista igualdad. Monumento histórico, Ellicott City pervive la leyenda de América, la extensa tierra-albergue de la humanidad. Así pensaron los iguales, metidos en el valle bajo que se inunda cuando llueve y crece el río.

Ciudad de artesanos, apacible y  bella y perfecta. Entre los árboles, el lugar parece un lienzo verde con dispersos puntos negros y rayas negras, las casas y las calles.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 29/01/1992


Monday, July 17, 2017

DANIELA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

“Por eso pasé de largo, detenerme para qué, de poco vale un paisano sin caballo y en Montiel”, dice la milonga de Atahualpa Yupanqui. Pasé por Montiel, en un caballo de fierro, cuando el tiempo era de gastados pantalones de mezclilla, y tampoco valía yo mucho, casi nada. Un paisano me dejó una bolsa con milanesas preparadas: tome, amigo, para que le alcance el viaje. Luego amaneció Buenos Aires, un puerto de bruma donde busqué, sin encontrarlos, los colores de Benito Quinquela Martín. Europa era una obsesión, Marsella, y la intentamos en El Callao como en el sur, al oriente en Santos de lengua extraña. Era una obsesión y se convirtió en ruina. Retornamos a las ajadas calles de Cochabamba; atravesamos la plaza 14 de Septiembre al amanecer. Estudiantes universitarios caminan en círculos preparando los exámenes; un borracho orina en la columna de los héroes; violáceos policías de civil contaban que en Bolivia la ley era para quien podía; garrote para el resto.

Chino me dijo que G. estaba tirando con Y. La pena se ahogó.

Después USA y las casualidades. Judith y Jennifer, y Karen y Chris. Dos matrimonios, diez abandonos. Bastaría para mandar a la muerte al solitario pero seguí por el camino del coito que es la ruta más simple del amor.

En el lago Balatón, de esa Hungría de poetas menores que amaba Borges, Daniela rema en kayak. Desnuda en el sol y una botella de vino. Budapest es sobria y hasta sombría. El lago, lo opuesto. Baja, descansa, se recuesta. El vino que queda se calienta, hierve, y toma color más oscuro, casi de orín. Entre sus piernas pelos de carmesí furioso, que contrastan con la blancura judeolituana que sabe tan antigua como la primera Torá. Transpira. Gotas que si no fuesen cristalinas llamaríamos perladas siguiendo el lugar común. Miro una en particular, que nace en el bosque de corteza roja y desciende buscando la sombra de la caverna. No llega porque la bebo. Tengo sed; la tristeza me produjo sed y la sed deseo y el deseo arenas revolcadas y mi sexo entrelazado al suyo siamés. De nosotros no nacen hijos. Esto viene a ser placer gratuito, pastel de colores sepias mi sangre que llega de la montaña fría, y rojiblanca tú, Daniela, con aroma de entre alerce y abedul. Eyaculo en ti, me muero, me duermo pensando en Esenin. Y te dejo cayéndome por inercia igual a si se hubiese roto un puente colgante y los escombros llenaran el río.

Guerra de dos mundos. Encuentro. Unión y desfase. Remas en el Balatón y revuelves mi café con crema entre las paredes de un cafetín ilusorio de tan hermoso, en Pest. No pareces la misma y sin embargo esas pecas que te crecen justo arriba del matorral en tu vientre abajo me dicen que sí, que no me engañas, que quien cuenta de las desventuras de los rom y canta canciones que solloza la raza, y aquella que pone una rosa ante su vulva, que no lleva calzón pero sí blusa amarilla y corta falda negra, sentada en un hotel de Belgrado, también.

Escribo sobre ti, te digo, y claro que he de cuidarme de un esposo celoso que quiere adueñarse del pretérito y del futuro, lo entiendo. Otras me lo han dicho, me han escrito cartas secretas que borre la memoria suya de mis manos, de mi boca y de mi miembro. Y aunque los lavo, echo jabón, creolina, ácido, alcohol blanco y demás, nada puedo hacer cuando cierro los ojos y recuerdo, y partes de mi cuerpo se activan independientemente de las otras. No soy perfecto, lo sabes. Y lo saben esas que creen que unas letras dibujadas en caligrafía bastan para romper hechizos. Nunca lo nuestro fue objetivo, ni contigo ni con nadie. Rictus de burla hacia el destino, careta de festejo chino, dragón de mil colas y que venga lo que viniere que otra cosa aparte de morir no ha de quedarme ya pronto.

Pero, perdona, te dejé en la silla de Belgrado y no regresé por ti. La rosa se puso mustia y tu sexo rojo. Y me arrepiento de no haberme arrodillado y recitado un ora pro nobis en el altar de la sangre.
13/07/17

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Publicado en PUÑO Y LETRA (Correo del Sur/Sucre), 17/07/2017


Imagen: Egon Schiele

Tuesday, July 11, 2017

La Era Trump: la sensación de la muerte/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hará unos dos meses, yo que trabajo de noche, tengo la sensación de peligro alrededor. Aclaremos: siempre supe, y vi, que el norteamericano medio es fisgón y denunciante. Se los educa dentro del estado policial con ribetes democráticos. Por tanto viven atentos, “ojo al charque”, para prestar servicio al Estado y cantar lo más que puedan en su mejor tono.  Ahí ya un punto en contra para cualquier desfase de lo socialmente esperado. O soltarse, como bien narraba Octavio Paz, en una forma de rebelión brutal ante lo establecido. Pero ese acto individual, solitario, con o sin bagaje ideológico, tiende a perderse y dejar paso al desencadenamiento general de la violencia de acuerdo a las nuevas normas (ya escondidas antes pero hoy abiertas) en la Era Trump, el paraíso de las armas en manos de civiles, la inimaginable locura de que los maestros de escuela primaria o los ayudantes de guardería puedan cargar revólveres en la cintura, retornando a su mítico Oeste, a la no bien comprendida dinámica que confunde épica con asesinato, valor con abuso.

Si hay dos palabras que definen a los Estados Unidos estas son sospecha y miedo. Solo el pánico puede inducir a la gente a pertrecharse para la guerra del fin del mundo, con un frente vaporoso que comienza justo afuera de la propiedad personal y se extiende hasta las montañas afganas o Somalia. Lo peor es que hay un discurso justificante que aprenden como el Credo y las disculpas del caso luego de haber eliminado a alguien que sospecharon quería dañarlos. Las leyes de defensa personal permiten atrocidades cuando el victimario asegura haberse sentido en riesgo. Y en riesgo se sienten las 24 horas del día, los siete días y los doce meses. Receta para desastre.

Vivo en USA desde 1989 y nunca vi lo de ahora. En su momento escribí acerca de la sociedad amable, colaboradora. Un mal insecto parece haberlos infectado y las apariencias de entonces fueron parte de lo que el viento se llevó. Han resurgido, iguales a máscaras de Ensor, los rostros hinchados de los linchadores de negros, de los que quemaban mexicanos en pueblos de frontera; de los que arrebataban tierras y violentaban indígenas. Se despliegan banderas. La yanqui, que representaba al norte, casi casi ya se convirtió en la de la Secesión. Guarda el mismo espíritu.

La patria anda suelta y armada. El Otro ve reducirse el espacio donde suele respirar. Al gringo solícito que se desvivía por indicarte la mejor manera de llegar a un punto equis cuando se lo preguntabas, lo ha suplantado un embanderado aterrorizado y con el dedo en el gatillo. En mi oficina el jefe anda con un revólver en el costado y una pistola apuntándole a los huevos. La constitución los protege ¿pero quién protege a aquel que siente que sus derechos son vulnerados ante una silente intimidación como esa? Los “padres de la patria” lo permitieron en un espacio y un tiempo distintos, pero ¿quién le explica a un “cuello rojo”, trumpista por afición e imbécil por nacimiento, que las circunstancias históricas eran otras? Qué atropello a la razón, decía Discépolo, y no había visto el espanto del futuro en una nación que se preciaba de justa y tolerante.

Soy moreno, llevo barba, dos situaciones de peligro per se. Andan los cazadores al acecho, dispuestos a cobrar presa, que la guerra que inició Bush se ha desbocado y corren los jinetes del apóstol Juan sin ton ni son. Hay un guía “espiritual”, el tonto Trump, pero la desbandada ha de excederlo. Pasa de ser una calculada jugada al estilo nazi para convertirse en caos que en su momento no se podrá controlar. Hay otra Norteamérica que lo sabe y que trata por cualquier medio legal de ponerle coto. Creo que ya es tarde y que el mal alumbró una época de sangrientos oscuros tintes.
10/07/17


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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 11/07/2017