Sunday, October 22, 2023

Armenios


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

Ni para qué decirlo, esos ojos y cabellos negros eran lo más precioso que había contemplado. La mesa tendría dos metros de largo por uno cincuenta de ancho. Platos encima, delicias extrañas y otras conocidas. Avellanas y hierbas aromáticas; licor de ciruela, creí, y vodka. Era armenia.

 

Un maduro Karol Seferyan sentado a la cabecera. Sus acólitos, jóvenes y hablando ruso en muy alta voz, tenían a mano bates de béisbol que había visto usar en las oficinas del periódico The Denver Post donde todos trabajábamos.

 

Karol había llegado humilde y se sentaba en la noche, con su hijo de diez años, esperando que se abriera la bodega. Yo detenía el auto, sacaba lo necesario y abría la puerta. Supuestamente nadie tenía otra llave, pero Karol estaba siempre allí adentro, sentado en la sombra, contemplando quién sabe qué. No tenía ni automóvil, ni dinero ni casa. Envolvía periódicos por centavos la pieza e indagaba acerca del negocio, que dónde, que cuándo, que cómo.

 

Le enseñé lo que sabía y nadie sabía lo que yo en esa sucursal de un diario con un millón de tiraje en domingo. Conmigo siempre se portó con gran respeto. Avasalló todo y a todos, menos a mí. Se adueñó rápido de cada uno de los trabajos en el periódico, menos del mío. Tuvo rusos, armenios, georgianos, mongoles, ucranianos, bielorrusos, kazajos y judíos que laboraban para él. Su cheque, hablo de treinta años atrás, era de once mil dólares semanales, una fortuna.

 

Me tentaba con regalos, con dinero y adolescentes rusas para que cediera mi puesto. Le acepté comidas, bebidas, invitaciones. Nunca pasó la línea. Luego en su mansión recién adquirida del downtown acuchilló a alguien y lo enterró entre los árboles de su patio. Cayó preso, lo leí en el diario. Pero un par de años después, a eso de las diez de la mañana, apareció en el Denver Post. Llevaba sombrero jipijapa y manejaba un convertible. Se había vuelto marchante de arte e importaba cuadros desde Rusia. ¿Cómo salió de la cárcel? Era inteligente, versátil, verboso. Me abrazó, me llamó su hermano, que me amaba y no olvidaba. Después no lo vi más. Dejaba a su hijo conmigo a veces. El niño jugaba con mis hijas, cenaba en casa hasta que Carl (Karol) lo recogía. Le habían jurado muerte en Budapest antes de huir a América. Un personaje. Delgado, pequeño, inmensas negras cejas, nariz aguileña. Nunca había ido a la guerra, como lo hicieron muchos de sus trabajadores. Su guerra vivía en la extorsión y el embuste. Lo buscaré en las redes, ahora en el tiempo que ya no hay escondrijos.

 

La familia arriba de nuestro departamento llegó de Rusia pero eran armenios. El hombre de la casa se llamaba Tigran. Como Petrosian, le dije, y sonrió. La esposa que devolvió el favor cuando les llevamos un par de pizzas grandes trayéndonos chocolates ucranianos, coloridos y deliciosos, era una hermosa mujer teñida de castaño. De improbable físico, ojos maravilla, sonrisa y pasos que si no medidos eran simplemente perfectos. Tigran, sencillo trabajador, hombre afortunado. Despertar con aquella beldad sería como llegar al paraíso sin santos intermediarios ni purgatorios. Podría imaginar carne y piel, fantástico vicio de la lujuria. Pero de allí a convertirme en mirón había un gran salto que no tomé. Contemplaba cuando ella aparecía, claro. Su hija, joven, seguía sus pasos y ya será ahora otra mujer de belleza icónica. Algo pequeñas, cierto, pero con magia de alebrijes en miniatura.

 

A Karol no le conocí pareja. La tendría, supongo, o tal vez resulta como cuenta mi amigo Gabriel que en el negocio criminal no hay tiempo para el amor. Muchos ejemplos lo desmienten, el capo de Sinaloa sin ir lejos, pero también debe haber santones del crimen, frugales y estadísticos. Poco me contó de Armenia aunque yo lo demandase. La geografía y el nacionalismo a veces no se alían con el dinero, suele este ser autónomo de raza y religión. Conocí otros, empleados o asociados de Seferyan, que venían de la guerra de Nagorno-Karabaj y se preciaban de muertes como si de elegantes trajes se tratara. Discurríamos con un amigo alto y gordo de Yefim, en su apartamento de la Pequeña Rusia, sobre diversos temas. Me hablaban en ruso de corrido y podía entender bastante por el contexto y la expresión. De allí se tejió en el periódico la leyenda de que hablaba ruso cuando simplemente la empatía hacía que comprendiese sin detalles lo que querían decir. Fui así el traductor oficial del idioma ruso en un warehouse con casi cuarenta de ellos y nada de inglés. 1991, 92, hasta que llegaron los bosnios. Sucedió lo mismo, me convertí en especialista en explicar a los jefes norteamericanos lo que sus nuevos trabajadores anhelaban y pedían, en serbo-croata en este caso. ¿Qué ayudó a ello? ¿Mis extendidas lecturas del universo en general y en singular también? Libros, cine, música, pintura…

 

De las diversas etnias que pasaron por el periódico solo permanecieron los mexicanos. Los mongoles se adiestraron como cajeros de banco. Rusos y ucranios abrieron empresas de bienes y servicios. Los hijos de los primeros inmigrantes estudiaron. Hoy hay una pléyade de noveles doctores eslavos en Colorado. Los bosnios contrataron chihuahuenses trabajando para ellos en la construcción. Aquellos rubios musulmanes, salidos de las páginas de Ivo Andrić, supieron oler el potencial de hacer dinero con experimentados y sufridos mexicas, zapotecos, chiapanecos, otomíes sin papeles bajo su jurisdicción. Les fue muy bien.

 

Tengo que hacer un paréntesis y recordar la roja rosa que pusiste entre tus piernas, Daniela, en el Belgrado del 2008… Pictures of you, canta The Cure, mientras tomas sol en tu casa de Budapest y el sol del Danubio calienta tus pezones como morteros en guerra.

 

Dije que buscaría en la red qué fue de mi amigo Karol Seferyan, master del crimen, y no lo hice. La noche de Cochabamba es ya noche jubilada y tengo tiempo de hacerlo. Si no lo mataron supongo que es dinámico empresario. Yo tengo sesenta y tres, él andará por los setenta. Sabía vivir y ofrecer festines, bien lo sé. Eso impactó a los gringos ajenos a la opulencia de los pobres. El Arcángel me escribe a las diez de la mañana: I hate getting old. Respondo: Me too. Tac tac, resuenan los ineludibles bastones del baile de los Auki Auki.

20/10/2023

 

Friday, October 20, 2023

Trem Das Onze


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

Adoniran Barbosa. Mujer de pechos desnudos: Klimt; Alfred Kubin, Max Beckmann; Emiliano Di Cavalcanti en el museo de São Paulo. Zamba del 7 de abril, maravilloso Payo Solá. Piero. Mikis Theodorakis, rusos de las estepas a caballo y caverna de voz. Hay brisa. Los edificios comienzan a encender luces como dientes de monstruo. El teléfono me recuerda otro octubre, pasos por las losetas del parque Gorky, era Kharkiv de otoño sin guerra y con Kate. ¿Se ha terminado el mundo? El viaje va haciéndose escabroso, pesado, elijo un yogurt de mora frente a una grappa. Desde aquel camino se atisbaba Belgorod. Campo de muerte hoy, todo, ni siquiera queda el camino del sur hacia tierras cosacas. Quería ver las altas flores de los Campos Salvajes. Era con ella que quería perderme entre los pastos mientras sonaban insectos voladores en donde hoy crujen hélices de helicópteros malditos.

 

¿Cómo explicarnos la muerte?, me pregunta el cantor. La noche cae a retazos; yo vi llover barro y pensé que volvían las plagas de Egipto. Barro caía del cielo, de la greda y el limo de quién sabe quién o qué arriba. Me hallaba en la hora oscura en la absoluta soledad de Centennial. Si esta solitud de ahora parece fiesta. Tres décadas de silencio cuando tenía que enfrentarme a mí mismo o perecer. Era yo mi único interlocutor. Alrededor danzaban atojs, zorros rojos del hemisferio norte y gritaban las rapaces. Árboles susurrando, muertas que caminan, barrios enteros apagados, sin faroles, y crótalos que reptan en los pastos creyendo que no estoy, que no hay ni soy, nadie.

 

Paz, pero existe Mussolini. En imaginación bailo calypso bebiendo ron negro de las Guayanas pero existe Putin. Negrita bacana de la Martinica, no usa vestido no usa calzón… Y sin embargo Deutschland über alles y el zar rojo.

 

Noche cerrada ya. Cuento enfrente dos luces, una amarilla y otra roja. No veo estrellas, las ha devorado el polvo. El desierto corre por el aire, incesante caudal. Simún; tormenta del Takamaklan en donde solo te salvan zancos de dos metros. Contemplas la arena pasar debajo de ti con agilidad de serpiente y sequedad de vejez. El viento destapa huesos de dinosaurios, la anciana Mongolia se transforma en bazar de cientistas y comerciantes. Caballitos tártaros perdidos en aquel sinfín.

 

Vino de visita mi sobrina nieta, Renata. Me recuerda a su madre y a mi hija Emily. No llega a un año pero le regalé un hermoso afiche de Klimt de mi colección; a mi sobrino Armando otro de Van Gogh, de una exhibición de hace cincuenta años. Debo tener trescientos pósters a cual más lindo. Necesitaría el castillo del rey loco, el bávaro, para colgarlos. Voy deshojándolos al viento entonces, de a poco porque cuesta. Dejé con Omar un fantástico Veermer y un batik indonesio a lápiz. Con ellos se quedan fragmentos de mi historia. Riego arte y antigüedades por el camino para poder escapar de la bruja mala del bosque encantado. En el crepúsculo, a la izquierda de Anocaraire, el bosque sube por la quebrada de La Llave hacia el misterio de Ayopaya. Eucaliptos de hojas sombrías. Si me asomo al borde del precipicio que da al río miro a Francine bañándose sin ropa en un brazo del cauce. No me ve, es una imagen de 1988 que ha permanecido allí. Casi ninfa del Rin, sirena del pedregal, blanca si la nube es blanca, azules ojos de profunda aguamarina. Me retiro, dejo que se frote los muslos con agua helada. Me guarezco en una gran piedra cuadrada llena de agujeros. Eso hizo el hombre primitivo, seguro. Son las siete de los karisiris. Luego desciendo hacia Vinto sin haberme topado con espectros germánicos ni locales. Fuerte olor a comida sale de las casas, focos de treinta iluminan comideros de asados martajados o amartajados cubiertos de miga seca de pan. Algún aqhallanto queda y demasiados borrachos. Tomo un micro para enanos y somos treinta donde debieran caber diez. Salgo despedido por la presión popular apenas cruzo el puente de Quillacollo. Augures de comida flotan de nuevo en el aire, la ciudad que come, ciudad luz de brasas de anticucho. El río era, el Rocha, nefasta línea de pura escatología. Tenía pozas, más sapitos pigmeos con respectivos renacuajos y bagres llamados such’is del tamaño de la palma en tiempos niños.

 

Rezaba, en la casa de la Paccieri, la propaganda de un repelente brasilero para mosquitos: “Espiral de teflón para mosquitos pernilongos, muricocas, borrachudos”. Me vino a la memoria. Tenía cuatro años. A mi recién nacida hermana Alicia la habían puesto encima de una maleta de cuero. La vecina tomaba directo desde el bacín su propia orina porque se lo habían recomendado. Años que hacen muescas en la culata de un rifle que nunca ha dejado de disparar. Estaría durmiendo en Denver para despertarme en tres horas, alistarme, preparar un café, comer cherry pie. Al retorno ver noticias en YouTube hasta caer rendido. Levantarme al sonido del correo que abre las casillas metálicas. A diferencia del coronel siempre tengo quien me escriba. Quien me llame. Quien me ame y odie, quien duerma o disimule al lado de mi costado más fuerte y sienta sus glúteos descansados y el cabello que huele a pachulí.

 

Piano de Ignacy Jan Paderewski. Cambio el disco a un antiguo pasillo colombiano que incluso interpretó Gardel. “Oye, bajo las ruinas de mis pasiones, y en el fondo de esta alma que ya no alegras, entre polvo de ensueños y de ilusiones brotan entumecidas mis flores negras…”. Al fin me agoto también y permito al disco correr hasta que termine. De todos modos en la sombra hay siempre quien escuche, quitándole el peso tétrico de Lovecraft. No siempre lo oscuro es maligno. Arde un avión en Medellín.

 

Ochocientas noventa palabras. Cuando cruce la fatalidad de las mil habré terminado. Un texto es como un lote en venta, limitado. No quiere decir que no colinde con otros lotes ni se extienda, pero primero está la transacción de esos metros medidos y tasados. Es un buen ejercicio literario tanto como comercial. O un cuadro. Que Marie Laurencin sepa que en ese rectángulo tiene que caber lo que imagina. Fuera de los bordes está lo imposible, retórica para duendes. Que Hermine David pinte un retrato bajo la rígida convención de cuatro cantos, nada fuera de ellos. Inclinamos la cerviz ante lo geométrico que hasta el sueño más febril se ciña ante las líneas. Claro que me impactan los difusos impresionistas pero ni ellos escapan del influjo de las directrices. Hasta las gotas coloridas de Pollock respetan una matriz. Lo que cayó a los costados se lava con agua y jabón.

 

Mi tren sale a las once. A las diez, igual a una bomba de tiempo escribiré mi diaria confesión de amor. Para entonces hasta la Ada Falcón se habrá dormido. Dejemos espacio a los que de día no asisten y de noche vienen junto al frescor y el rocío. Lo sé porque más de la mitad de mi vida la pasé despierto mientras ustedes tenían los párpados cerrados. Por eso ladran los perros, aúllan los perros por eso. Pasos leves y ligeros, sin peso físico. Los miro desde la ventana del quinto piso y siempre los sigue banda de trombones y platillos. Serpentinas de colores, kaluyo, baguala y cueca, que morirse trae fiesta.

19/10/2023

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Imagen: Afiche de Emiliano Di Cavalcanti en casa

 

Saturday, October 14, 2023

Escribo una carta a Irina en el crepúsculo del sábado


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

I want you back again
I want your love again
I know you find it hard to reason with me
But this time it's different, darling you'll see

You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me

You said we're through before
You walked out on me before
I tried to tell you, but you didn't want to know
This time you're different and determined to go

You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me

You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me

I wait as the days go by
I long for the nights to go by
I hear the knock on my door that never comes
I hear the telephone that hasn't rung

You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me

You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me
You gotta tell me you're coming back to me

You gotta

 

Tell me… The Rolling Stones. ¡Vaya combinación la mía! Leyendo a Cendrars y oyendo a los británicos en un magnífico disco. Las putas de Putte, Blaise Cendrars pintando con majestad oriental aquel burdel de Amberes con su amigo Korzakov y un libro original de François Villon que valdría un cataclismo. Putte, al lado de Amberes la diamantina en cuyos talleres escondidos genios del medioevo dan brillo a las piedras. Es tan rica la prosa que parece leerse los versos de Else Lasker-Schüler y sus príncipes encantados, azul como los caballos de Franz Marc, frío en su tumba, en otra cama de piedra germánica y proverbial para el futuro destino de horror.

 

You gotta tell me si volveremos al profundo café, si tus ojos zafiros surgirán como islas dos en el mar de la muerte. El ventilador mueve mis canas mientras bombas de fósforo blanco caen sobre Gaza y el infecto Alá domina la razón de los hombres. En qué cueva esconderse de los dioses, dime, y susúrrame también si todo se trata de castigo. Batimos el café y contemplo tu cintura. Estás sobre mí y puedo mirar tu vientre, tus hombros delgados y huesudos. Sonríes. Llevas collar de estrella sobre el pecho. Observo tus senos y te recito tenue algo terrible y bello de Ajmátova. Suave cometa incendiario. En espasmo agonizo. Sonríes e imagino alguna diosa hindú de mil brazos como Shiva. Musitas cierta anciana canción gitana y danzo antes de dormir, previo a subir en sueños unos Cárpatos que abrevan en el Donau.

 

Dime, a mí que siempre pregunto, si el tren llega a ti mañana porque voy en él. Enséñame a burlar los campos minados, a engañar con palabras los cadáveres que flotan en el Vorskla desde el norte, tal vez Chernihiv hasta la tierra salvaje de los zaporogos. O era otro río, mis geografías andan confusas, vago en el dilema del amor, en la controversia de los labios y la adivinanza de los muslos. Asegúrame que no tomé el vagón equivocado, que voy por suelo firme, no en la frágil carretera de huesos que construyó el zar entre Varsovia y Brest.

 

Punto y coma de tu discurso. Lo que lo antecede es quizá y lo que sigue tal vez. Sin embargo mojo la pluma fuente en tinta de índigo con pluma de urogallo y continúo. Sabes, añado; sabes, digo, piensa y dime si lees esta carta antes de que la termino, si tienes el don del presagio como maestra resultas de lo ubicuo.

 

Hay una guerra, dos guerras hoy y tres mañana. Los kanes del incógnito bailan con hieráticas máscaras japonesas. Pero matan, exterminan. Una botella de vino con tu voz y tu saliva derivan en aguas del mar Azov. Flotan hasta Izmail, a ese Danubio entre cuyas zarzas habita lo que queda de Panaït Istrati, mi maestro. Es literatura, me justifico, estas letras no son amor sino literatura. Y sin embargo te amo. Escribo sabiendo que miento. No sé mentir y apenas deletreo. Deja caer el cristalino de tu saliva sobre mis dientes, como gota que fabrica columnas de calcio en el interior de la tierra, oasis que persigo en la oscuridad ya que brilla y me hace creer que al atraparlo me habré hecho rico y de Midas el toque hará de las sombras oro y te eternizará en estatua clásica.

14/10/2023

 

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Imagen: León Bakst, 1914

 

Thursday, October 12, 2023

El estropajo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Es bueno hablar con los peluqueros.

 

El Isuzu carraspea, tiembla, avanza a gatas en la cuesta de Uncía hasta que cae. Abajo se encuentra Catavi. Ruedan llantas y cabezas, brazos que se apilan como leña en la morgue de Llallagua. Yo me cortaba el pelo en la peluquería Berlín, dice el maestro. Le digo que yo también, en Cochabamba, en una puerta del paredón de Santo Domingo hecho de piedras y espectros. Ángel me hacía corte “Firpo” a mis tres años y muy cerca de allí, a la vuelta, en la Junín, a mis cincuenta y ocho aunque ya solo retoques a un cabello encabritado que comenzaba a aclararse. Berlín, Isherwood, Döblin, Fassbinder. La paz reina en Berlín, anunciaban, mientras arrastraban el cuerpo martirizado de Rosa Luxemburgo. En la peluquería Berlín me lo cortaban cuando yo desconocía todo de estos alemanes y británicos.

 

Sentado en un sillón de cuero negro, a una altura de cinco pisos, elevado del suelo donde tenían su casa mis padres, intento reconstruir los dormitorios, la sala, la ventana por la que pasaba papá al regresar del trabajo, o mamá llamando a cenar. Tengo buena memoria y hago un holograma donde los ocho todavía caminamos. El comedor huele a queso humacha que detesto. No lo como, relleno una marraqueta con él y alegando ir al baño lo tiro a los perros. Con mi hermana Picha que hace lo mismo. Pobres padres, ufanos de que comimos todo. Pienso en mis buenas hijas y sé que jamás harían algo así. Hablo con ellas; pasamos por tu casa de Denver, cuentan, y esa calle Clarkson es un vacío. Les cuento a su vez que estoy en las nubes, más alto que lo que alcanzaba el molle macho en el patio, a la izquierda. La montaña sigue allí a pesar de ser asesinada cada día por los kanatas.

 

El peluquero dice que los dibujos a lápiz de color los hizo su madre. Cada uno de un corte especial. Cuando me veo las patillas peladas ya es tarde y me entero que me hizo “romano”, que no quería pero bueno, al menos no me tocó los bigotes; con una tijera puntiaguda quitó los pelos que asomaban por la nariz e igualó las cejas dispersas. Veo las feroces navajas y la tira de cuero al lado de la silla donde las afilan. Me veo tentado a afeitarme así pero es delirio efímero.

 

Quiero muchas cosas mas meses de pesadumbre y frenesí han acabado con mis fuerzas. Recuperaré; por ahora no quiero mujer ni manzanas, ni dulce ni salado. Son treinta años que no duermo y descontaré algo en este espacio precioso y amplio. Solo en la mesa en la que se sientan los tres ausentes. El ventilador engaña el calor y a ratos abro El Rodaballo, de Grass, porque está en la mesa y me gusta. En la calle Aniceto Arce, o por ahí, lo leía una rubia que fue mi Mireya entonces. Mientras escojo en el mercado comeruchos coloridos para la salsa me acuerdo de ella. Me olvido cuando paso a las cebollas. Y las caderas de otra, belicosa y grande, se suceden por la retina como clips de cine. Difícil evitar lo femenino de esta ciudad. Bailabas con pies descalzos en el Corte Inglés, desnudabas las piernas mientras por la colina de Villa Moscú bajaban sombras con bombos y cornetas tocando aires de la Guerra de Secesión. Vestías vestido oscuro y dejabas la ventana semiabierta. En el barro de Aranjuez se marcaban mis pasos y tu padre diría que un ladrón rondó la casa. Espía en la casa del amor, como Anaïs Nin y Jim Morrison. En esos eucaliptos me amaste.

 

“India bella mezcla de diosa y pantera, doncella desnuda que habita el Guairá”… Ríos color de azul, hojas de árbol, aroma. Miras hacia el cielo y te encuentras conmigo. Escondes tu rostro en mis hombros. Tu piel contrasta la noche. Paso por allí y reconozco. Nada hace la modernidad ni los olores de fritos ni los edificios ni los diputados para esconderte. Eres mía desde siempre aunque debajo de tus cabellos se marque firme ya la calavera. Los años, tenues en Whitman y terribles en Celan. Obvié el concepto de vejez por demasiado. Ahora que llega el Paraná inundado, subido hasta el quinto piso, arrojo las redes, atarrayas en un norte turbio. Los dorados saltan; saltaban los bufeos del Mamoré, un tiburón me persigue en el mar de Rehoboth. El tiempo húmedo, el agua que fluye, así la vida, el Escamandro caza soldados griegos en las playas que vieron Pérgamo. ¿Y tú? Ese “tú” colectivo de serpentinas y risas, el de todos los nombres, el musgo eterno de una entrepierna inolvidable… Frases sin terminar. Acabarlas significaría cerrar algo, quitarle el don algebraico de las posibilidades a la memoria. Mejor dejarlo como está. Subo el pantalón, ajusto el cinto y desciendo para seguir las huellas de neón de mi padre rumbo a un prosaico chorizo en pan, inflado de salsa argentina y picante local. El nombre del carrito de comida me trae al querido Julio, cerca de la avenida Madero en Córdoba metalúrgica, mientras taqueamos en un billar y putas rumanas escapadas de Sábato transitan sus tristezas. Una y otra cerveza Salta de un litro, índigo claro la etiqueta, engañando el crepúsculo en el dormitorio compartido.

 

Miro un moderno supermercado. Hace unos años compré allí una botella de Havana Club de barril único para el festejo de mi hija Aly. Todavía vivía el antiguo ciruelo rojo del patio atrás. Leonard Cohen cantaba  I am your man. Lo miro y rememoro que sobre ese suelo crecía un bosque de eucaliptos y que las vacas de los Gutiérrez pastaban. A veces comían hojas de molle que las envenenaban y tenían que abrirles a cuchillo el costado para sacar el mal. Por sobre el horizonte corrían apasankas y mariposas cohete. En el fondo no ha cambiado. La misma gente trashuma, la sequía asedia, torrenteras pintadas burdamente de contemporaneidad. En Condo, pueblo de casi cinco siglos, bailan ayawayas y me pregunto en dónde quedó España. En la miríada de sombreros que hoy tienen aura de ancestrales. Como revocar una pared con mortero de cal y cemento. Debajo permanece el adobe y lo que es: barro, tierra, polvo.

 

Me escribe Kate desde Lviv. Reflexiono para ver si he detenido mi viaje por el mundo y me he enroscado a manera de pangolín sobre mi propia historia. Creo que no; se ha ampliado mi panorama, solo que la melancolía de las rojas tierras de los Cintis ha temporalmente triunfado. Detengo mi barco que sube por el río de la Gambia estrecha, no he de emular hoy a Korzeniowski-Conrad. No he de invernar este año en la Carpacia profunda, ni París me verá de nuevo, ya no cargado con mochilas de propaganda ni de ninguna otra forma. El tren de Varsovia, Munich, Estrasburgo tendrá que esperar. Así el café de Basilea. Debo aprender a andar, me ha caído el devastador látigo de la infancia encima. Cuando duermo en una ansiada siesta que tardó tres décadas en asomar, sueño, sueño contigo en tu cuarto helado allí donde enterraron a los suecos. Pero cuando despierto huelo el mal aroma del otrora río hoy putrefacto. Sé, entonces, que los soldados de plomo han cambiado de posición en el tablero.

 

Cuesta de Uncía, de Sama, de Llokalla y el Meadero. Los he visto todos y deseo verlos de nuevo, tal vez ya no subido en la parte de atrás como otra oveja.

 

Ya no tejen, casera, le digo a Victoria, nacida donde hornean el pan de Toco. Ya cómo, responde, si se han muerto de sed los animales.

12/10/2023

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Imagen: Cinto de San Pedro de Condo