Tuesday, December 30, 2014

Infeliz año viejo

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ray Charles atraviesa las congeladas calles de Aurora; en las colinas el hielo quiso caer por las paredes y se convirtió en cortina transparente. Nunca llegó al suelo.

Cruzo la entrada de unos apartamentos: The Cambrian. En Lowry, que fuera base militar con armas nucleares enterradas en casamatas, crece un asilo de ancianos en forma de L en medio del vapor de frío. Subo por el ascensor a las tres de la mañana. Me siento en el salón de estar, vacío a esta hora. Aunque alguien en silla de ruedas mira por la ventana sin moverse para ver quién entró. Pienso en mi padre, que se hubiera negado a la silla, y al favor de cualquiera. Prefirió morirse con el vozarrón intacto. En su café favorito, en la esquina Ayacucho y Santiváñez, el patrón afirma: murió un patriarca. Si se sigue la calle abajo, hacia el pasado de Cochabamba, una casona guarda la memoria anciana de las sillpancheras hermanas Hilera, en el llamado k'ullku que describía mi padre en ya historia muerta.

Me siento en un salón triste, salón de tres de mañana. Ajados libros en cirílico adornan los estantes. Alguna hora lo llenará de soledades. Miro, igual al inválido estoico, por la ventana. Un Papá Noel de tamaño natural, con las pilas casi agotadas, baila, fantasmal, festejando las navidades. De niño leía, cobijado por los padres, Canción de Navidad, de Dickens. Nunca antes, tal vez en David Copperfield, aprendí tanta tristeza. Este Santa Claus se me hace macabro. Gesticula y canta para los ausentes. De a ratos, alguna cuidadora de ancianos, etíope o somalí, pasa con trapos. Huele a orín, a excremento. Alguien grita en los pasillos ¿en el segundo, tercer piso?

Neil Young canta en un punto cerca de inaudible. Voy con los vidrios del coche abiertos. Ráfagas de quince bajo cero abofetean mi rostro de ambos lados. Me quiero dormir, cabeceo. Despierto sobresaltado y el paisaje se cubre de árboles canosos, de tronco oscuro. Sombras. Les hablo. ¿Eres tú, Joaquín? El hielo debajo de las ruedas suena como cristal quebrado, en una fiesta de despedida, no de fin de año, sino de fin para siempre.

Un mechón de tu pelo. He cambiado la estación. Cumbia sonidera. El listón de tu pelo. Es bailar pena, otra vez, abrazado a una mujer espectro, que nunca se ha ido y nunca permanece. El dormitorio de mis padres está al fondo del pasillo. Miro su puerta desde mi puerta. Diez metros, quizá, pero en esa distancia habitan mujeres de largos vestido y cabello negros. Con el auto he llegado a la intersección de Piccadilly y Hampden, colina arriba. Hay un parque allí, del lado izquierdo, con motivos tradicionales. Unas chozas, teepes indios, muestran siluetas de lo que no existe. La nieve cae, parece que viene de los faroles mortecinos que arrojan los copos. Me he detenido en mi propio western. Desde el Honda Accord imito al postrer cheyenne que mira la fértil hondonada hoy cubierta de mortaja.

Nunca llega la mañana, de Nelson Algren. Me lo dio Joaquín Ferrufino Murillo, el último de los descendientes del ahorcado, hace cuarenta años y recién lo recojo. Lo leo en su hogar, en su cama, con el saco todavía en el perchero, zapatos debajo de la cama, el poncho gris de Sanipaya doblado. Boxeadores polacos de los bajos de Chicago. Le gustaba ese mundo. Me gusta. Nos gusta. Algren revolcaba a Simone de Beauvoir enloquecida de pasión, aferrada a los hombres rudos, aburrida de su pequeño pensador. Culto de la hombría, Joaquín, lo decías mientras estirabas un brazo para alcanzarme Hemingway y las notas de Enzensberger sobre Durruti. Tal vez por eso, cuando me preguntan, el por qué no estoy sentado en una oficina con papeles garrapateados con firmas afirmando lo que soy en la pared detrás, les digo que adoro esta intemperie que me congela los pies y me aisla. Las montañas rocosas de Colorado traen una imagen que podría ser Cochabamba. Espero que se vaya el año y que no vuelva. En medio de la tormenta estoy con mi padre, observado por azorados coyotes que cazan conejos. En la radio suena un blues. Adiós, papá.
29/12/14

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 30/12/2014

Imagen: Joaquín Ferrufino Murillo

Sunday, December 28, 2014

Carol/VIRGINIANOS

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Sí, era ella. Y blonda y sábado y la ciudad.

Besé su boca queriendo besar sus muslos. La veía desde mis negros ojos bigotudos. Tocarla.

Sombras afuera; teléfonos públicos debajo de faroles sin luz. Rubia Carol como un trigal. Rubia Carol como un trigal. Rubia Carol, tercera vez, como un trigal.

Hemos llegado a Bethesda. Aquí vive. Mi mirada la trata en la estación vacía. Mi suerte no es hoy. La creo en la ventana, con pupilas como universos en agua. Tú eres, posible, la que quiero. Tú, aunque no te encuentre o desaparezcas de ayer y para siempre por esas calles que no conozco.

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De VIRGINIANOS, Los Amigos del Libro, Cochabamba, 1991

Tuesday, December 23, 2014

La ¿traición? de Raúl Castro/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cuenta Huber Matos en sus memorias (Cómo llegó la noche/Fábula-Tusquets, 2004) que cuando llegó con su columna a la proximidad de Majaguabo, territorio de Raúl Castro, se asombró de cómo marchaban las cosas allí: todo limpio y eficiente, con revolucionarios en impecables camisas blancas de manga corta, muy diferentes a los barbados combatientes que lo acompañaban.

El comandante que meses después caería en desgracia por supuestos actos contrarrevolucionarios, tropezó allí con una pantomima semejante a la que le sobrevendría pronto, un juicio fraguado y ridículo. Raúl Castro, hombre de dos caras, jugaba ya a gran visir en la modestia de su posición; ejercitaba para un futuro de opulencia que en su caso de notable burócrata, vislumbraba.

¿Quién les cree a los Castro la cháchara rebelde? El ejercicio del poder los ha acomodado a ni siquiera sonrojarse. Con tal retórica agruparon en torno suyo a rémoras de la especie humana con cargos de presidentes, el peor lastre de América Latina luego de las dictaduras militares; eso sí, bien decorados de muertos, miles de tontos útiles que solo sirvieron para reinventar el oprobio.

Ahora Castro vuelca la mirada hacia el norte, dando la espalda a la nomenklatura criolla del sur, recordando según narraba Matos esa sospechosa ambigüedad. La bobalicona argentina, el tenebroso aymara, y los que siguen en la lista, sufren de pasmo ¿Dónde queda ahora el discurso anti-imperial? Aplauden, porque entre la izquierda aplaudir al amo es cuestión de fe. Pero se sienten aturdidos.

Hay dos jugadas maestras en la novel relación entre la isla y el continente gringo. Obama movió sus alfiles para con fuego cruzado aislar a los eunucos de la llamada revolución cubana (además de expandir mercado). Estos, cavilosos han de preguntarse si necesitan también hacer aspaviento de paz, amor y fraternidad de los pueblos. Castro, observando la oscuridad, no propiamente de petróleo, que comienza a aposentarse sobre Caracas, busca una salida. Pero, según escribe un columnista brasilero, con armas de peso en mano: el moderno puerto de Mariel, capaz de albergar buques de gran calado que no pueden cruzar Panamá. Castro lo ofreció primero a los EUA, pero también a Rusia. Practica una suerte de enroque que en apariencia lo blinda contra el fracaso. Tiene que, y sabe hacerlo, venderse al mejor postor. Obsoletos son los tiempos de himnos y banderas rojas, que se sacan a relucir de cuando en cuando para que la gente no se confunda.

Existe una deuda histórica, desigual pero deuda, entre los Estados Unidos y Cuba. Es el socio natural comenzando con la geografía. Las calles de Cuba se pueblan de ilusión, no porque Washington merezca ovacionarse, pero cualquier cosa supera al hambre y el puterío que esta trae consigo. Puede ser una transacción beneficiosa. Que traerá reclamos y juicios, seguro, pero qué otra salida le queda al menor de los hermanos, el tonto y el debilucho, que apostar a todas las salidas con ánimos de eternizarse. No juega ya con famélicos idealistas que aceptaban el castigo en aras de una fantasía. El rival-socio es un tigre de afiladas uñas.

La momia de Fidel no tiene voz ni voto. Escribe todavía con dotes de gran embaucador. Morirá rico, sin nadie que le aplaste la cabeza como lo hubiera merecido, al que asome la cabeza, duro con él, Fidel Fidel. Se salieron con la suya, a punta de pistola sacaron al Che y desaparecieron a Camilo. Los camaradas del Escambray terminaron de “bandidos”. Cincuenta años pasaron y del sueño quedan pesadillas, familias de aristócratas de nuevo cuño, patrones más sofisticados que los brutos de otrora.

Cuando bajé en el José Martí se me acercaron dos de la secreta que querían “entrevistarme”. En papel usado, una cara estaba ya impresa, y con diminuto lápiz tajado a navaja, anotaron a mano el monto de cuánto tenía y dónde pensaba gastarlo. Si hay un sustantivo que pesa más que el de revolución, es el de dinero. En eso estamos.
22/12/14

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 23/12/2014

Imagen: Caricatura de Raúl Castro por Pancho Cajas

Sunday, December 21, 2014

Las banderas negras/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Sobre un monumento, delante del Capitolio, ondean las únicas banderas negras que vi. He conocido a los anarquistas europeos y su tradición. Conozco la CNT de Valencia y la de Madrid, pero no observé banderas en ningún lugar, excepto en unos sobres de correspondencia de la Federación francesa.

En Norteamérica, en tiempos de las grandes marchas de protesta por la guerra en Irak, había columnas enteras de estandartes oscuros, como en las fotografías de París 68. Jóvenes vestidos de cuero negro, con boinas y sombreros, los llevaban. Quizá había excesiva altivez en sus miradas; tal vez intransigencia. Sus publicaciones: folletos y periódicos, tenían una sección en lengua inglesa y otra en español, impresas en Nueva York.

Con trajes negros contrastaban con el fondo mármol del Capitolio. El negro de las banderas no era de luto sino de esperanza.

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Publicado en Opinión (Cochabamba), 13/03/1992

Tuesday, December 16, 2014

Una historia familiar

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Jean Coqueugniot, señor de H.., observó los campos. Las almenas recortadas en el humeante paisaje semejaban tijeras rotas. La última rebelión campesina había sido extinguida de los sembrados. Jean Coqueugniot meció su brazo enrojecido de muerte. Apoyado en la mesa no quiso hurtar a las horas su rutina y dormitó. Afuera, el campo permanecía estrecho en su silencio. El hedor de los cadáveres movía su cuerpo ofídico entre las filas de ahorcados. Chirriar de horcas confundido con el graznido de cuervos arrancadores de ojos. Jean Coqueugniot quedó inmutable en la complicidad oscura.

A la mañana el señorío se halló desierto. Todos se marcharon. Jean Coqueugniot, señor de la sangre y la nada, paseaba por los pasillos. Ni toda la piedra labrada del castillo apaciguaba el desasosiego. Contemplaba un horizonte largo como resaca.

Recordó la cruzada, a Raimundo de Saint-Gilles. Estremecióse al pensar en las pieles moras que tomara. Entonces era joven. Ahora, la decrepitud de su raza le había consumido el vigor. Se vistió para el combate. Se puso el yelmo y los guanteletes de malla de hierro. Un perro se acercó gimiento; Jean Coqueugniot lo desnucó... Reunió los animales domésticos. Se sentó con las piernas entreabiertas y procedió a degollarlos, uno a uno. La sangre goteaba de sus faldones como la lluvia que Dios mandó a Faraón.

Se alejó a caballo. En un descanso oyó el viento destrozando los ventanales del hogar. Supo que el demonio se había posesionado. Pensó en su padre, Charles-Claude, y se persignó.

Los campesinos huían ante la siniestra figura salida del pasado. Un hombre marcha solo a una cruzada inexistente y da miedo.

Tibio y agradable día. El brillo de la espada era el rastro de la muerte camino al matrimonio. El hombre cano avanzaba, colgando un gigantesco escudo detrás. Para Jean Coqueugniot el verbo había muerto... quedaba ilusión.

Al cabo de tiempos inmóviles llegó al mar. Pensó que la deslumbrante luz lejana era el oro de los techos de Damasco. Se aprestó para la lucha y hundió el corcel en las aguas. El mar que quería travesar era un pequeño lago alpino, y el oro de las cúpulas de Damasco, el reflejo del sol en un glaciar. Jean Coqueugniot obligó al caballo a dar siete pasos, luego se ahogó...

noviembre, 1985

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Publicado en Opinión (Cochabamba), 19/08/1988

Thursday, December 11, 2014

Virginianos/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Mi libro comienza un miércoles por la tarde, sobre la única mesa de un departamento en Arlington. Calle Nelson.

1989. Nieve. El abrigo marrón del tío Carlos Coqueugniot me protege. En el bar de la esquina las divorciadas buscan amor, a tientas entre vasos y narices.

Tengo una flamante máquina de escribir. De ella nace Carta a Joan Baez, el primer texto. Lento libro; los artículos se espacian. El trabajo consume los días. El tiempo imposibilita los papeles.

La trivialidad de las horas impide la letra. Limpio el dormitorio; controlo a mi compañero de casa para que no me siga robando la comida. En ese ambiente llamo a la sombra de Tamerlán y exprimo mis sueños. Me obligo a escribir con los ojos cerrados.

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Publicado en Opinión (Cochabamba), 05/03/1992

Imagen: Portada de Virginianos con retrato por Jenny Gubrud.


Tuesday, December 9, 2014

Pablo Mendieta Paz: el ombligo desnudo y la púa del escorpión


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Atraviesan el cielo dieciocho gansos canadienses, en V de ataque. Y dos más, rezagados: el poeta y su amada, me digo.

He leído Al sur de las miradas de Pablo Mendieta Paz (Editorial 3600, La Paz, 2014), con los pies en la nieve del patio, sentado sobre un tronco cortado de “roble sollozante”, contemplando en las hojas del arce que cuelga sobre mí, y en el cristal de hielo en la ventana lo que Pablo menciona en su dedicatoria: la divina proporción. El número aúreo que el poeta reclama en la irracionalidad de las letras y la construcción de las palabras, buscando una geometría intelectual en medio de los sentidos.

A veces réquiem, porque al poeta le gusta andar por entre las sombras filosofales de lo incierto, y a veces festejo cuando el poeta -otra vez- afirma que copuló de nuevo en una floresta de vapor. El sexo femenino, la vulva, cueva del destino, toma en estos versos multiformes bellezas que decidí no anotar, porque el rasguño del lapicero contra el papel distraería ese momento de triste y jubilosa nostalgia en que me echó el erotismo un tanto macabro y jovial de sexos fluorescentes, como ojos, como estrellas, como focos o brasas cuyo fin no es destruir sino apaciguar la noche.

Hay un péndulo constante, un rigor que se inclina a derecha e izquierda equidistante, que hurga en la penumbra y se solaza con el amanecer. Espacio donde el sexo penetra y ama, pero también donde los escombros penetran, indicando que la lírica, y al fin la belleza, dormita en recovecos en letargo alerta, contradictorio, lista a aparecer en el instante y a evaporarse con la luna.

Pablo Mendieta Paz imagina un fin del mundo, con fecha marcada: el 21, de diciembre el veintiuno, con los pálidos cuellos de los buitres del Ande rodeados de crespones quechuas. Hay tanto en esas líneas, lo no dicho que pesa como verso tras verso de infinito cargado de dolor y amor, de horribles amaneceres y queridas medianoches, y hasta la tierra como propiedad de uno, el sentido de pertenecer a algo, se sugiere en gráciles vicuñas en un vaho.

Temo decir poco y temo escribir demasiado, porque un poema no se puede criticar como vaso de peltre. Anoto cosas sueltas, no para teorizar sobre las líneas sino para acariciar las teclas de un piano imaginario donde Mendieta Paz ejecuta allegros y adagios como solo un músico sabe.

Fagotes ejecutan el adiós sobre las costillas rotas, dice por ahí. “Se fue pronto, con vaivenes de penetrante aroma en celo y murmurando alguna verdad. Se fue pronto, como si sus pechos fueran dos voluntades.”

El Poeta habla de resonancia. Este gozo musical se sostiene y pervive. Ajeno a la rima no descarta un ritmo que cabecea insomne como varita de mago o ramillete de palos de marimba. Tonos oscuros y delicados; tiniebla y rocío. Pablo nos arrastra por un universo que nos es común y paradójico. Pero no solemos contarlo como él. Todos estamos llenos de “lutos cósmicos”; todos le susurramos a ella, la eterna: “He dejado de amarte, mujer”… y sin embargo te amo.
02/12/14

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Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Chuquisaca), 09/12/2014

Imagen: Tarjeta de la presentación de Al sur de las miradas



Comentarios sobre todo y nada/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino/Coqueugniot

Acabo de poner en mi blog un texto del New York Times sobre la maca, planta andina de las cercanías del lago Junín, Perú. Con la afición china de buscar afrodisíacos en cualquier variedad vegetal o animal (bajo sospecha de que semejante búsqueda no habla muy bien del potencial sexual de esa especie oriental, los chinos), la maca se está convirtiendo en el nuevo tesoro, creando fortunas inmediatas entre la población nativa que la conoce y cultiva de antiguo. Lo triste, como sucedió con la goma, es que ya se han cometido actos de piratería biológica, y ahora crece en suelos del gigante asiático, con lo que ello significa.

Se dice que comunarios del área vendieron a los visitantes semillas de esta planta que se parece al rábano y al nabo, con muchos fenotipos que se distinguen por color y propiedades de las raíces. Eso de las ventas me lleva a algo leído hace poco, referido al rescate de la illa del ekeko en Berna, Suiza. Las autoridades hablan de que un maléfico suizo emborrachó a la población local y se llevó la estatuilla. Pamplinas, mentiras, los originarios borrachos se la cambiaron por monedas, por trago o por simple lameculismo. Cómo nos gusta eso de victimizarnos; siempre queremos dar la imagen del pobre indiecito humillado y aprovechado. Caperucita roja… Nos cae de perillas, para un discurso que toca y retoca el tema y que de pronto, cuando las circunstancias son propicias, se torna violento, agresivo. Luego recula y retorna al pobrecito.

Siguiendo en los Andes, en este rincón espectacular y abominable del mundo, paso a La Paz, hoy ciudad maravilla. No podía ser de otra manera si el presidente es casi como Linda Evans, la Mujer Maravilla de la Liga de Superhéroes, con la salvedad de que el único de esas características en nuestra región es el infatuado Morales. Mal por quienes creen que esta farsa de votos crea alguna mínimamente palpable realidad. Sacan a relucir el teleférico y etcéteras, alimentando el mito que el masismo no ha hecho más que acrecentar en todas las áreas, privándonos de conocimiento y análisis, jugando sobre deseos insatisfechos y complejos.

Me gusta La Paz. Mi madre decía que hedía. París también hiede, sobre todo en Montmartre donde uno va dando saltitos para evitar enlodarse en mierda de perro. Es, como toda urbe, contradictoria. No la conozco tanto como para adelantar juicios. De lo poco visto, y ya obsoleto porque me alejé hace más de dos décadas, conservo buen recuerdo, incluso de su miseria que el tiempo dora de espejismo. Sin embargo no perdería un minuto en entrar a dudosos sitios para votar por algo en lo que no creo. Todas las ciudades tienen algo para maravillar al visitante, y todas para ser vilipendiadas por sus propios habitantes.

Antes de salir al trabajo, mi esposa habla sobre los presos de Guantánamo que Uruguay ha recibido como “favor” a los Estados Unidos, aunque ya Mujica abrió la boca para comentar sobre derechos humanos e implicar que estos tipos quedarán muy pronto sueltos. Odio la idea del centro penitencial norteamericano en Cuba, cámara de tortura, pero talibanes, militantes de isis o cualquier fundamentalista, sea hebreo, persa o árabe, no despiertan la menor simpatía en mí y menos compasión. Son ellos los que están volcando el siglo hacia la morosa letanía religiosa de tiempos de la Noche de San Bartolomé. Son el enemigo, diga lo que diga Mujica que aún no me convence a pesar de su frugalidad.

Me alegró el premio para Juan Goytisolo.

Detesto la idea de que con rapidez vamos internándonos en la espiral del narco. Miro en la televisión peruana perros rellenos de cocaína, sonrientes traficantes.

Mi hija Emily va a graduarse en Historia, materializando un insatisfecho deseo de su abuelo Joaquín. Hará un postgrado en curatoría de museos.

Desde mi pared una gran máscara punu, de Gabón, me observa con ojos achinados. Decorativo mortuorio, pienso, antes se apoyaba en un rostro descompuesto. Hoy adorna.
08/12/14

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 09/12/2014

Imagen: From Wonder Woman issue 7, Winter 1943

Monday, December 8, 2014

Un parque para el poeta/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Había terminado la guerra del Golfo Pérsico. Norteamérica era orgullo. Los muchachos se cubrían de banderas. En las tiendas, juguetes burlones con el rostro de Saddam Hussein desaparecían de los estantes; gran éxito de venta.

George Bush decidió entonces congraciarse con los árabes moderados. No importaban los muertos de Irak; no los habían matado. Se murieron solos, enterrados en sus casamatas.

Inauguró un hermoso parque, en Washington, frente a la embajada británica. Al inicio del parque pusieron una fuente, y, allí, una escultura-busto del poeta libanés Khalil Gibrán, cuyo nombre llevarían los jardines. Asistió el presidente en persona y habló del amor, de las líneas bellas de Gibrán que eran tan, tan ajenas a él.

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Publicado en Opinión (Cochabamba), 08/12/1991

Friday, December 5, 2014

Dire Straits o el 20 de agosto/VIRGINIANOS

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

"Julieta, cuando hacemos el amor, sueles llorar". Si acaso mi cuerpo te duele el corazón, me arrojaré por la ventana e iré muriendo para no sufrirte más. Y si acaso cae agua de tus ojos porque estás feliz con mis brazos de árbol, entonces caeré agua de mi lengua en tu boca, esperándonos.

Dire Straits es la música del 20 de agosto. A ratos agota mis sábanas. Ahora sopla paz y el calor se va. Siento la piel del aire en mí. Mi ropa sobre la silla indica el trabajo de esta noche. Necesito dormir pero hay música. Con ella miro las horas de antes, las del 87 y antes. Miro mis maletas para París, mi rostro de veintiséis años y mi amor. Es tiempo antiguo en las guitarras. Las noches de la calle con árboles y velas en la habitación. Dire Straits es alma pero es distancia; ese público que aclama ha envejecido conmigo. Esta tarde que principió alegre se ha hecho melancólica.

No escucho sonar tus pies descalzos por el piso de madera, Elke, como cuando ibas al baño. No te oigo, Francine, que llegas de Inglaterra y encuentras tu cama cubierta de flores, de chocolates y un collage.

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Publicado en VIRGINIANOS (Cochabamba, Los Amigos del Libro, 1991)

Wednesday, December 3, 2014

Tres narradores bolivianos contemporáneos



Julio Meza Díaz

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Desde el Perú la literatura boliviana actual es todavía un territorio por explorar. Se conoce casi únicamente la obra de Edmundo Paz Soldán y se pasan por alto los trabajos de otros autores de importancia. Esta situación no ha sido la misma siempre. Durante la primera mitad del siglo XX hubo un vivo intercambio entre ambos países. Los libros partían de Buenos Aires, pasaban por La Paz y luego enrumbaban hacia Lima. Este trayecto posibilitó la aparición de las vanguardias en Puno y creó un canal de diálogo entre escritores de diversas nacionalidades, los cuales coincidían en búsquedas estéticas renovadoras e idearios políticos que centraban su atención en las masas marginadas y oprimidas.
En este contexto quizás los casos más representativos fueron los de Carlos Oquendo de Amat y Gamaliel Churata. Ambos mantuvieron una relación estrecha con Bolivia, en donde llegaron incluso a sufrir persecución por su compromiso político. Churata fue el más activo. En 1918 fundó en Potosí, junto con el crítico y novelista Carlos Medinaceli, la revista Gesta bárbara, la que exhibió un perfil modernista y reconoció al diplomático y poeta Ricardo Jaimes Freyre como a una de sus influencias. Esta publicación fue importante. De acuerdo con Arturo Vilchis Cedillo, autor del estudio sobre Churata titulado Travesía de un itinerante, los escritores que se agruparon en torno de Gesta bárbara “sacudieron la literatura [boliviana]. La denunciaron en sus puntos ciegos, atacaron sus fetiches. Iniciaron a algunos nuevos escritores, revisaron los nuevos valores literarios”.[1]
En la actualidad las circunstancias han variado. El intercambio descrito ha menguado drásticamente. Se ignoran algunos cambios en la narrativa boliviana. Por ejemplo el hecho de que frente a la larga tradición de novelas realistas centradas en los problemas nacionales se abren paso textos de distinto cariz. Se están escribiendo obras que toman el legado de la reflexión sobre lo social para diseñar universos estéticos independientes. También se están elaborando ficciones sin rasgos asociados a Bolivia. Esta literatura ha sido analizada en el artículo El futuro llegó hace rato. Panorama de la narrativa boliviana de la primera década del siglo XXI de Magdalena González Almada y ha recibido el nombre de desmarcada.[2]
De entre los autores que apuestan por estas vertientes se han escogido a los que quizá poseen las trayectorias más interesantes. Cabe aclarar que no se pretende reducir la literatura boliviana contemporánea a lo esbozado en este artículo. Lo que se intenta es más bien despertar el interés del lector hacia una literatura rica en matices y de gran calidad.

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Homero Carvalho Oliva
            
     Santa Cruz, 1957. Es poeta, cuentista y novelista. Ha conseguido varios premios. Entre ellos los siguientes: Latin American Writers Institute 1989; Nacional de Cuento 1995, por Historias de ángeles y arcángeles; Nacional de Novela 1996, por Memoria de los espejos, y 2008, por La maquinaria de los secretos; y Nacional de Poesía 2012, por Inventario nocturno. Fue seleccionado por Julio Ortega en la antología El Muro y la intemperie: el nuevo cuento latinoamericano. Su obra apunta hacia la reflexión sobre la realidad social boliviana. Sin embargo con La maquinaria de los secretos[3] ha logrado el bosquejo de un universo inusual.
            Escrito con una prosa que juega a discurrir entre el ensayo y la ficción, este texto cuenta la historia de Zacarías Rocha, agente del servicio secreto boliviano que ejerce el oficio de “analista del lenguaje”[4] y es “responsable de la investigación lingüística bajo el lema de que las palabras son el mayor instrumento de poder creado por el hombre”.[5] Zacarías está cerca de pasar al retiro y rememora algunas de sus acciones a lo largo de su carrera. Se expone así cómo tras las bambalinas del poder se ha manipulado los avatares de la política boliviana de las últimas décadas. Los métodos empleados para tal fin han sido perversos y sin embargo no carecen de cierta cuota de humor. Por ejemplo Zacarías no encuentra mejor forma de derrumbar la moral de los políticos exiliados de los años 70 que haciendo “lanzar rumores dizque de buena fuente”[6] entre sus novias que los esperan en Bolivia, quienes terminan por creer en los chismes e inician otras relaciones. La misma ironía se manifiesta cuando se describe el modo delirante en que se emplea la tecnología para fisgonear. Se dice al respecto: “Hay tantos aparatos […] que en el Centro de Inteligencia, los más sofisticados y de última generación llevan anotado su nombre y su función, tal como hicieron los pobladores de Macondo cuando les atacó el virus de la amnesia”.[7]
La conciencia analítica de Zacarías es infatigable. Constantemente somete los eventos de la realidad a rigurosos análisis silogísticos. Desde su perspectiva incluso el azar se erige como consecuencia del cálculo. Empero un hecho quiebra la frialdad de su mirada. Conoce a Enrique Fuentes, un joven polígrafo que pone en aprietos al gobierno desde sus textos periodísticos, los cuales firma con diversos heterónimos. Aunque ayuda a neutralizar a Enrique empujándolo a la paranoia, Zacarías empieza a cuestionar la tarea del servicio de inteligencia. Su duda es castigada por una nueva generación de agentes, la cual ha logrado conseguir el poder absoluto.
La maquinaria de los secretos es una novela realista que deviene en el trazado de una distopía.

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Claudio Ferrufino-Coqueugniot
            
               Cochabamba, 1960. Ha sido poeta y autor de prosas breves en un primer momento de su carrera literaria. Luego deriva a la novela, género con el que ha alcanzado importantes distinciones, los premios Casa de las Américas 2009, por El exilio voluntario; y Nacional de Novela 2011, por Diario secreto.[8] El 2013 ha publicado junto a Roberto Navia el libro de no-ficción Crónicas de perro andante y la novela Muerta ciudad viva.
            Quizá su larga experiencia de vida en el extranjero (reside en Denver, Colorado, desde 1989) lo ha conducido a diseñar textos en donde la idea de lo nacional se desdibuja y se convierte en el telón de fondo sobre el cual se profundiza en los caracteres de los personajes. Esta es la dinámica de Diario secreto.
            Esta novela luce una prosa elegante salpicada de eruditas referencias a personajes históricos de trayectoria sanguinaria. El protagonista posee evidentes rasgos psicopáticos. Narra algunos episodios de su vida. Cuando niño disfrutaba torturando a los sapos de un estanque colindante a su casa, en el colegio dirigía una suerte de pandilla que coaccionaba a los más pequeños y durante su juventud acostumbraba beber y gatillar episodios de violencia extrema. Ya de adulto consigue manipular a los demás fingiendo minusvalía en una silla de ruedas. Viaja mucho, sobre todo siguiendo el rastro de sus amantes. Lejos de Bolivia comenta: “Esta ciudad tiene olor melancólico. ¿Y cuál el olor a melancolía? Tiene olor, y color. No me pertenece, sin embargo, a pesar de que algo debo decir para escenificar lo que veo y lo que siento”.[9] Sigue reflexionando para concluir sobre su propio terruño: “Las calles llenas de automóviles; los manzanos ya asoman pequeños frutos. No me pertenece, repito, mas tampoco aquella ciudad que llamo mía”.[10]
            Junto a las confesiones del protagonista se suceden también las de varios personajes. La mamá, el papá, el condiscípulo, entre otros, dan sus palabras sobre el accionar del protagonista. En ocasiones lo juzgan con severidad pero también lo comprenden, justifican y hasta celebran. El condiscípulo es quien muestra mayor entusiasmo. Luego de abandonar Bolivia se ha convertido en oficial del ejército norteamericano. Monologa recordando a su compinche de infancia: “Qué hubieras hecho, amigo, con la vida atenazada entre tus dedos, la de los otros. Nos habríamos divertido. Las invasiones son violentas y porosas, dejan escurrir mucho, filtrarse más”.[11]
            Pese a sus acciones perversas el protagonista no genera repulsa porque conjuga su necesidad de sangre con humor negro. Curiosamente las sonrisas que provoca convierten al lector en silencioso cómplice. Al respecto una escena es bastante gráfica. El protagonista se encuentra conmovido por haber terminado la escritura de un libro de versos. Se encuentra en un estado casi religioso. De pronto se cuelan las voces de alguien que se ahoga en la piscina de al lado. Se fastidia por la interrupción. Toma un palo y termina de hundir a quien reclama auxilio. Momentos después, reposando en su cuarto, piensa en lo sucedido y concluye lacónicamente: “Soy un poeta (...). Incomprendido”.[12]
            Salpicar la responsabilidad de la sangre es un recurso que se emplea también para cerrar la novela. Al desear y contentarse con la muerte del protagonista el lector se convierte de modo simbólico en otro asesino.

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Sebastián Antezana

México D.F., 1982. Llegó a La Paz cuando era muy niño y en esa ciudad desarrolló su vocación literaria. Con su primer libro, La toma del manuscrito, obtuvo el premio Nacional de Novela 2007. Su más reciente publicación es El amor según,[13] novela del 2011 que ha alcanzado dos ediciones.
Antezana busca de modo explícito construir una obra descontextualizada. En El amor según el único territorio es la conciencia de Zimmer que sufre y se cuestiona por la repentina desaparición de Mariana. Ambos son esposos. Zimmer es policía, Mariana fotógrafa. Ella ha elaborado una obra artística reconocida aunque perturbadora. Usa como modelos a niñas a quienes maquilla de forma insinuante. A cierto tipo de público dicha audacia no le ha agradado. Mariana quizás ha sido víctima de la intolerancia. Quizás se ha liado con algún amante (como sucedió en el pasado) y ha decidido irse. Zimmer baraja todas las posibilidades.
Estos elementos parecieran los de una novela negra pero conforman más bien la epidermis del texto. En El amor según reverbera una prosa de intenso lirismo que apunta al asedio de distintos tópicos sobre el amor, la ausencia y la distancia. El amor se aborda como la fusión de la pareja: “Sólo con Mariana había podido ser el que quería ser. Se había entregado completamente, piensa, si es que eso era posible. Había tratado de olvidarse de Zimmer y pensarse en dos”.[14] La ausencia se vincula a la angustia ante el vacío: “Esto no puede ser posible, Mariana tiene que estar en algún lado. Si no está muerta tiene que estar en algún lugar, ocupar algún espacio”.[15] La distancia se entiende como el dolor que se cierne sobre los implicados: “Mariana no es escandalosa sino triste, se dice, triste sobre todo porque él la ama, pese a todo, pese a una profunda cotidianidad. La ve entonces sola, alejada, viva, extrañándolo también”.[16]
            Zimmer termina por aceptar lo inexplicable en la desaparición de Mariana. Va más allá de los tópicos. El amor según se torna entonces en un recorrido existencial hacia la nada.


Julio Meza Díaz

(Publicado originalmente en una versión resumida en la revista literaria El Buen Salvaje Nro. 11).



* En la primera imagen, Gamaliel Churata. 

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1] VILCHIS CEDILLO, Arturo. Travesía de un itinerante. Puno: Universidad Nacional del Altiplano, 2013, p. 55.
[2] GONZÁLEZ ALMADA, Magdalena. El futuro llegó hace rato. Panorama de la narrativa boliviana de la primera década del siglo XXI. En: Revista 88 grados. La Paz: Revista 88 grados, 2014, año 1, n° 2, enero, pp. 16 y 17.
[3] CARVALHO OLIVA, Homero. La maquinaria de los secretos. Santa Cruz de la Sierra: La Mancha, 2009, 191 p.
[4] Ibídem. p. 12.
[5] Ibídem.
[6] Ibídem. p. 98.
[7] Ibídem. p. 100.      
[8] FERRUFINO-COQUEUGNIOT, Claudio. Diario secreto. La Paz: Alfaguara, 2011, 229 p.
[9] Ibídem. p. 45.
[10] Ibídem.
[11] Ibídem. p. 142.
[12] Ibídem. p. 24.
[13] ANTEZANA, Sebastián. El amor según. La Paz: El Cuervo, 2012, 101 p.
[14] Ibídem. p. 43.
[15] Ibídem. p. 47.
[16] Ibídem. p. 86.

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Del blog LA QUE SE MUERDE LA OREJA, 17/05/2014

Tuesday, December 2, 2014

Cambio de frente/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Es obvio que las condiciones de los mercados internacionales de materias primas están variando. La desaceleración china, la mayor producción de petróleo norteamericana, y otras, obligan a países en desarrollo o a dictaduras monoproductoras a cuestionarse. Rusia e Irán se ponen de algún modo en la cuerda floja. Algo que conviene, hablando del petróleo, a los sauditas, que ven en Persia el enemigo principal. Sus reservas les permiten hacer la vista gorda en la caída de precio del crudo. Pueden aguantarlo sin mayor problema. No sucede con Venezuela donde el entusiasmado monigote llamado Maduro se cree con dotes de profeta, a pesar de que todo indica que tendrá que arreglárselas como fakir acostado en clavos.

Evo, el Bienamado, debiera preocuparse de la casi debacle del estaño y otros minerales. Es sabido que los achachilas no tienen mayor poder tecnológico como para acelerar, mejorar, o transformar producciones mineras. Aparte que están los cooperativistas, en su mayoría delincuentes que amenazan el legado medioambiental de todos y que se enriquecen a cambio del voto y cuitas secretas. La retórica insulsa de adjetivos y manos en el aire de García no bastan para sostener un país, a pesar de ser este Bolivia donde con un poco de baile y abundante trago se mantiene a los brutos en reserva activa.

Pero existen decorados, bambalinas que tanto gustan a este pueblo, tanto como los entorchados, y que el gobierno sabe manejar tan bien. En eso, hay que reconocerlo, actúan con inteligencia; han comprendido que la idiosincrasia local no va con análisis ni razonamiento sino con morenadas. Decorados son el teleférico, las canchas de fútbol, el juicio de La Haya. Sin embargo, incluso acá, tiene que llegar el momento en que la caída de las exportaciones nos afecte, a pesar de que el dinero extra, el del narco, se acrecienta por lo popular y revolucionario de este negocio. No importa, en la lógica masista, ser esclavos de alguien o algo mientras pague. Dada la verticalidad de los orígenes, de eternos curacas, amos, dirigentes, Bolivia ve la servidumbre, el pongueaje -incluso mental- como tradición. Por eso nunca llegaremos a la luna, a pesar de que siempre ganemos en torneos folklóricos.

¿Exigirá eso un cambio de frente? Lo dudo. Bolivia se maneja como un sindicato cocalero. Al no haber disensión, confrontación, lo oscuro se esconde tras falsos matices, biombos que los nuevos colonizadores ponen para los nuevos indios, con florecillas, idílicos paisajes, grama sintética en el frío cabrón del Ande, y mucha retórica de hermanos y hermanas y fotos de los jefes juntos simulando un matrimonio feliz. Total, a momento de hundirse el barco, estos ya se aseguraron naves fuera de borda para huir, no aquellas ficticias chinas que nos compraron, y cobraron. Decía Lanata ayer en su programa, por mencionarlo, que el Papa viajaba en avión comercial, mientras que Kicilof y otros rateros argentinos lo hacían en multimillonarios jets privados. Habría que mandar registro de cómo lo hacen aquí los pobrecitos indígenas, como el viceministro de descolonización en Suiza a tiempo de recuperar el ekeko, mientras compraba con su séquito lo último del capitalismo para exhibirlo en casa, de vuelta, bien cubierto de plástico.

No cabe esperar nada. Se seguirá apostando a La Haya, juego en el que caen hasta intelectuales con algún valor -no hablo de Mesa-. De todos modos, nos acostumbramos desde siempre al hambre tanto como a la limosna. Con caricias, compadreríos y bastante chicote, esta recua seguirá andando ajena a la historia y a la modernidad.
12/01/14

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 02/12/2014

Fotografía: Moreno antiguo de la fraternidad Los Catedráticos de Achacachi

Sunday, November 30, 2014

ASMA, de Aldo Medinacelli


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Leí una novela inédita de Aldo Medinacelli y me sorprendió el temple de su narrativa. Ahora, en un género distinto, el cuento, lo he vuelto a encontrar. 

ASMA es un libro diverso, no dispar, aunque he tenido preferencias en cuanto a la temática y el estilo de cada uno de los relatos aquí incluidos. Es, a su modo, una antología breve, pero que mantiene una constante -mejor dos-: suspenso y asfixia, sustantivos que intentan sintetizar un universo con mucho más amplio.

Considero a La reina de corazones como la joya de esta compilación, pero no puedo dejar de mencionar la maestría con que Aldo Medinacelli maneja el laconismo, la ambigüedad y el juego intelectual en tantos otros.

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De la contratapa del libro (NUEVO MILENIO), Cochabamba 2014

Friday, November 28, 2014

Escribir con hambre/CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El maestro Monterroso, hablando en El mono piensa en ese tema, dice: “(…) ese tema del escritor que no escribe, o del que se pasa la vida preparándose para producir una obra maestra y poco a poco va convirtiéndose en mero lector mecánico de libros cada vez más importantes pero que en realidad no le interesan (…)” y muchas cosas más relacionadas con este ridículo y glorioso oficio de escribir.

Siempre me consideré ajeno al mundo de los escritores en cuanto a gremio. Mi alejamiento geográfico también ha sido autoexilio premeditado. No porque me considerara afectado por las personalidades del medio en sí, sino por una manía solitaria de disfrutar mi tiempo y mis cosas aislado. No fue hasta la aparición de las hoy imprescindibles redes sociales que comencé a establecer contacto con colegas de la pluma, a veces del puñal. No me arrepiento de ello. Me doy cuenta de lo enriquecedor que suele ser compartir con otros, pero abrumador al mismo tiempo. Ya en Cuba, como jurado de un evento literario internacional, me sentí como pato entre cazadores. Todos hablaban, excepto los cubanos por las circunstancias, de sus encuentros fortuitos o preparados en los lugares más diversos. El festival Hay, en Cartagena de Indias, en Berlín, en bienales y ferias del libro. Me sentí tercermundista, alienado, gleba, criminal y comprendí que esto de la literatura, y el arte en general, es un negocio, y que hay mercados, negociados, cuotas, de cuántas cuotas puede por ejemplo tener un país como Bolivia en la tienda literaria mundial. ¿O creen ustedes que se daría cabida a una treintena de autores de Burkina Faso?, por supuesto que no, sin importar que esos notables treinta negros de una desgraciada región sean magníficos. Pasa lo mismo con nuestro país, objeto de mirada de folklore y poco más. A veces no prima el talento, ni siquiera interesa.

Me echarán en cara el tema de Irlanda, mínima Erin con pléyade de geniales escritores. No es el caso. No hagamos política…

Guardo como un recuerdo muy preciado mi inclusión en la Unión de Poetas y Escritores de Bolivia, filial Cochabamba, siendo yo muy joven. No anoto nombres ya que son muchos y no hay que olvidarse de ninguno, pero era admirable como aquel grupo de poetas, narradores, novelistas, varios surgidos de las oleadas de Gesta Bárbara, dedicaba su tiempo a promocionar, discutir literatura, a producirla y a leerla. Invitaban a escritores del país a encuentros, o íbamos nosotros. Sé que hubo quien desdeñara su labor, desde una óptica sectaria y supuestamente moderna. Aquellos “viejos” tenían el espíritu indomable del arte y la rebelión. Al lado de sus corbatas o títulos académicos eran capaces de impactarse con textos de nueva literatura, o de querer, como me lo dijese uno alguna vez, vivir aquello de manejar ebrios por la capital de EUA, escuchando a todo volumen Born to Be Wild. Lo decía alguien que se hizo adulto apenas acabado el asunto del Chaco.

Escribir con hambre. La figura del Licántropo, Petrus Borel, haciendo oír desde el África la terrible expresión j’ai faim, tengo hambre, en una opción que de alguna manera rememoró Rimbaud y que no son (las dos) del todo inexplicables. O Simone Weil dejándose morir de anorexia bajo un entramado teórico que parecería enajenación. “Los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba, no son como yo creía”, suena el vallenato en el tocadiscos, y es así, tan simple como la versificación popular, que de seguro un atolondrado, y grandioso, Fernando Vallejos escupiría encima sin quitarle su verdad. Hallar un sendero por el que discurra la literatura, la propia, suele ser engañoso; quizá mejor ni buscarlo. Parto de la premisa que hay que vivir, vivir para contarla, si se quiere, no con ánimo de desmerecer cualquier otra búsqueda o de imponer rangos de valor a lo creado. Creo que cada quien lo hace a su manera, y, volviendo a la Weil, que al destinarse ella misma en persona a la experiencia del sufrimiento de los oprimidos, tal vez lograra lo que deseaba. Lo hice, en circunstancias muy distintas, y con personalidad en nada similar: me entregué a la dureza del trabajo físico, a martirizar el cuerpo como un yunque, la fragua donde Vulcano funde los escudos de los héroes argivos. O lo pensaba. Con los años he logrado no solo digerir los largos lustros de encantamiento obrero. Lo que aprendí nunca lo hubiera leído, porque hubiese sido de segunda mano. Y a veces pienso en cuánto ha influido ello en mi labor de escritor. Claro que es una carrera contra el tiempo, y los límites de la experimentación podrían ser fatales. ¿Acaso importaría? Porque no comprendo el empeño de eternizarse en algo, ni en un papel con algo magistral escrito. Será que no creo en la eternidad y sí en el placer.

En ocasiones nos emborrachamos con Víctor Hugo Viscarra. Hoy que otros han valorado su obra, los intelectuales se desesperan por ligarse de cualquier forma inverosímil a su memoria, su existencia, su legado. Cuando nos veíamos siempre andaba jodido, hambriento, dispuesto a aceptar migajas con un rictus sarcástico. Vivió lo que escribió y viceversa, y dentro de la tragedia de sus años creo que fue feliz. No recuerdo hablar de literatura con él, aparte de unas menciones a que su nombre venía desde el gran francés. La conversación giraba acerca del trago, de la capacidad de beber, de duchos y de pollos. Regalaba imágenes de crueles meretrices y arduos copófragos. De Sáenz no quería oír, para él no era más que un “Tribilín”, que en la jerga de nuestro tiempo era algo como un  huevón.


Otro fue mi querido Raúl Choquetaxi, desconocido porque jamás publicó. Era la literatura andante y la astucia de su vocabulario creaba estilos que sin duda en otro contexto y otro país le hubiesen dado fama. Caballeros medievales con las limitaciones, absurdos, luminosidades y grandeza de nuestro ser mestizo. Pasaron por allí, por las chicherías de extramuros, de inframundos, y me pregunto qué valor tiene la desesperada persecución del prestigio, el acicalarse para aparecer en las mil y una noches del mundo literario de nuestros escritores locales. Mejor sentarse a disfrutar de la tarde, a ver caer las frutas de los manzanos que por ahora están solo floridos. Pregúntenselo a Newton.

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Publicado en CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE (con Roberto Navia), La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2013.

Fotografía: Ligia Ferragutti, 2014

Tuesday, November 25, 2014

Americanos postergados/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El domingo por la  mañana, muy temprano, detuve el auto y paré en un McDonalds a comer. Para muchos, eso es un estigma, pero en medio del frío, de la ventisca helada del amanecer, bien caen un café y un panecillo con chorizo y huevo, provengan de donde provengan. Hacerlo, o aguantarse el clima y seguir a riesgo de tus riñones. Pues bien, atendía en caja un muchacho latino, bilingüe, de menos de veinte años, algo distraído. Apenas me cobró, y antes de que el cliente detrás se acercara al mostrador, levantó un Cubo de Rubik desarmado y en menos de un minuto, el tiempo en que puse el cambio en el bolsillo y el otro miraba el menú arriba, lo completó con movidas rapidísimas. Mientras aguardé el emparedado, el joven lo desordenó y lo volvió a acomodar al menos tres veces. Pensé que yo había tratado el maldito cubo alguna vez, y luego de treinta minutos lo arrojé a un lado con el desdén de los incapaces. ¿Inteligencia o simple mecánica? Ambas. Algún talento extraño hay que tener para adquirir tal práctica.

Luego, el mismo día, a las ocho de la noche, un trabajador del periódico, nacido en Honduras, vino a arreglarme tres computadores. Me había dicho en el trabajo que sabía de ellas, que confiara. Ante la posibilidad de llevarlas a un shop gringo, donde me sacarían el ojo de la cara por hacerlo, decidí arriesgarme. Vino, se sentó parsimonioso en el dormitorio, y escuchó mi explicación sobre lo que andaba fallando. Sacó su laptop, pidió el código de wi-fi y, diciendo que no tenía práctica con Macs, comenzó a rastrear en la Red para aprendérselas de inmediato. Uno de mis ordenadores, una Performa de casi veinte años, tiene cientos de escritos míos y un par de novelas en construcción a los que ya no tengo acceso y deseo recuperar. Agarró el armatoste y no sin bastante esfuerzo lo destapó. Yo miraba aterrado mínimos tornillos, piezas sueltas, el panel electrónico, apilarse al lado. Como con el Cubo de Rubik, para mí eso implicaría el fin del mundo. Reclamaría a favor mío que yo escribo, que no tengo por qué tener habilidades técnicas. Pamplinas. Me gustaría poder.

El hondureño se manejó entre el revoltijo con soltura y terminó, luego de dos horas, entregándome las máquinas en funcionamiento. Ahora me toca bucear entre la maraña de verbos para ver si un poco de lo que está escrito vale algo. A lo que voy es que estos muchachos representan aquello que los Estados Unidos de América no quiere ver, en medio de una política ciega y por qué no racista. Prefieren importar pakistaníes, hindúes, japoneses y chinos para llenar el inmenso vacío de mano de obra capacitada en el área. No miran que estos jóvenes, nacidos o crecidos aquí, son “americanos”, que sus países no son ni México ni Honduras sino USA. El ejército norteamericano está plagado de ellos, y no de ahora. Quien puede morir por un país, supongo que tiene el derecho de vivir igualitariamente en él.

Se condena a una juventud potencialmente millonaria a trabajitos mal pagos. Cierto que el asunto inmigratorio, latino, es serio y complejo, pero no comprendo la inversión en gente extranjera que a la larga se irá, llevándose dinero y tecnología, como pasa con los chinos, postergando, por otro lado, a coterráneos suyos a los que se niega el derecho a existir como todos. Bill Gates y Mark Zuckerberg lo saben, y por eso alegan por una reforma inmigratoria. Silicon Valley está llena de latinos en puestos sin importancia: mano de obra imprescindible y barata pero con el tremendo veto de la legalidad que les impide crecer y al país beneficiarse de su capacidad.

Cuesta al sector republicano entender que dichas personas consideran esta su tierra, que no tienen, ni quieren tener, otra. Son segunda o tercera generación, enfrascada más en la revolución tecnológica que en los chicharrones de la nostalgia. ¿Hasta cuándo? Obama ha hecho algo, mediano, pero quizá sirva para calentar la discusión en términos reales, no frívolos ni ilusorios.
24/11/14

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 25/11/2014

Thursday, November 20, 2014

Homero, Troya, Micenas, Schliemann/EJERCICIOS DE MEMORIA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Creo que la única literatura que nos marca es la que leemos de niños.

En 1969, mis padres me regalaron una edición de “La Ilíada”. Leí con avidez sus páginas y lo he vuelto a hacer veinte veces a lo largo de mi vida. La Guerra de Troya tocó profundamente mi sensibilidad. Desde tal instante pensé que yo era “Héctor, de tremolante casco”. Esa idea no me abandonó jamás: de ahí quizá la soberbia... “Héctor, matador de hombres”.

Mas no es de mí de quien voy a hablar. Durante el siglo XIX, un helenista alemán, muy rico y obsesionado por sus lecturas de Homero, partió hada Anatolia en busca de Troya, contando únicamente con la guía de los poemas homéricos. Enrique Schliemann (1822-1890), desafió el mundo con un sueño infantil entre las manos.

Con la puntillosidad inherente a su condición de germano, fue analizando, paso a paso, la supuesta ubicación de Troya según Homero. Cuando estuvo seguro, comenzó sus excavaciones en una colina, túmulo de ciudades superpuestas. De acuerdo a la cerámica y objetos del tiempo de la guerra (2000 a. C. aprox.) paró el trabajo y dio a conocer su hallazgo. A pesar de su artesanal manera de comprender la arqueología, y de destrozos causados en las ruinas, Schliemann merece un gran sitial en la historia.

Otro hombre se hubiera quedado estático en su gloria, pero Enrique Schliemann era un soñador, un romántico. Se le metió Micenas, la patria de los Atridas, en la cabeza. A través del mismo procedimiento -el estudio del poeta ciego- Schliemann descubrió Micenas, con su Pórtico de los Leones. Encontró una tumba, “la tumba de Atreo”, y un tesoro. Supuso que era el tesoro de Agamenón y el mundo conoció a este legendario rey por una mascarilla mortuoria en oro. Mas tarde se supo que no podía ser de Agamenón, pero ese es otro asunto.

Schliemann convirtió los sueños en joyas que brillaban, en muros donde aún se escuchaba el sonido de las espadas.


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Publicado en TEXTOS PARA NADA (Opinión/Cochabamba), 27/10/1987

Imagen: La máscara de "Agamenón"

Tuesday, November 18, 2014

Colombia: el precio de la paz/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cuando la revista Forbes desenmascara en su estadística los millones con que cuentan organizaciones como ISIS, Hamas y las FARC, las mayores del mundo, no hace más que confirmar lo que se ve, que son grupos de lucro, económico-político, religioso en los dos primeros casos, con discursos engañosos. No es que una organización deba ser pobre para ser verosímil, pero es obvio el divorcio entre lo que se dice y lo que se es.

El presidente Santos de Colombia, que supo jugar sus cartas en ambos bandos: el duro uribista y el que concede hoy, tiene también intereses en juego en su trato con la narcoguerrilla (olvidemos que esta alguna vez tuviese el aura sacrificial de los movimientos guevaristas), los que se observan y pregonan y seguro que otros escondidos. El narco ha invadido América Latina; compra vidas y conciencias. Santos está permitiendo que los supuestos defensores del pueblo, millonarios gracias al tráfico de cocaína y minería ilegal, salgan sin castigo del drama colombiano. Además con un caudal de dinero que les permitirá el acceso casi inmediato al poder, y de allí la historia similar a la de Bolivia, la del narcoestado y la monarquía de reyezuelos perversos y “traviesos”. Sabemos que con arcas llenas, repartidas con astucia en migajas aquí y acullá, conformarán una base social que les permita un respiro de al menos una década de poder, y de multiplicación de los panes -los suyos- en oposición al hambre controlada de los demás. Santos es cómplice de eso; ¿cuánto costó comprarlo? No lo sabemos.

Esta gente “guerrillera”, admirada otrora cuando éramos indocumentados, tiene gran capacidad de marketing. Es capitalista de práctica y usurera de profesión. Afirma vivir en la izquierda cunado su accionar está del otro lado. Odia a sus competidores pero hace lo mismo que ellos. En realidad es peor, ya que todavía en la derecha hay un margen que permite el sueño, aquello de que el bienestar sea alcanzable gracias al esfuerzo individual. Ilusión o utopía, ahí está. En la izquierda habita la destrucción del individuo, su animalización, su alimento medido, su accionar prohibido. Todos por igual, todos con hambre menos nosotros, los líderes, los padres de la patria en su palacio. Recuerdo Cuba con una población activa en las plazas durante el día. Pregunté ¿Por qué no trabajan? Las respuestas iban desde que no hay trabajo hasta ¿para qué? El estado, decían estos últimos, nos da dos pollos al mes, equis peso de carne, media botella de aceite, cupones de pan. Provee lectura única. No necesitamos trabajar. El dinero extra se lo gana con el cuerpo, al mejor estilo de la época batistiana.

Apenas se les dé a las FARC un resquicio para meterse, lo harán con paso de parada, con un rodillo de millones y el narco detrás, que arrasará de nuevo el país. Serán Pablo Escobar, esta vez con capacidad de campaña, peso político y armas, no con las veleidades de un megalómano sino con una organización casi jesuítica de toma del poder y permanencia eterna, de megalómanos también, pero organizados para barrer metódicamente los escollos a su paso. Luego la coronación, de uno o de varios, para instaurar otra monarquía más en el continente que las combatió hace doscientos años. Colombia será con ellos, aún más, un eslabón vital en el multifacético y horroroso mundo de la droga. En nombre de la humanidad, se quedarán para siempre dando limosnas, tan buenos son, mientras trafican.

La paz es el bien ansiado, por supuesto. La población civil ha sufrido demasiado a manos de bandos crueles en los dos extremos. Tema de gran complejidad, porque cada una de sus aristas puede diseccionarse sin fin. Nos concentramos entonces en paz con impunidad o con castigo. Santos quiere una, porque lo asegura en el momento, así como asegura el futuro de los jefes narcoguerrilleros en la política. Es trato deshonesto, de intereses privados, la venta de Colombia al postor más rico. Un negocio.

17/11/14

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 18/11/2014

Sunday, November 16, 2014

Todas las noches la noche

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Renán Tarifa cantaba rancheras en un boliche hoy desaparecido de la avenida Oquendo. Alguna vez caímos por ahí, sabiendo que como músico tenía derecho a trago, no ilimitado pero lo suficiente como para entusiasmarlo y cantar el resto de la velada gratis. Lo aprovechamos. Era una operación de comercio y ambos bandos sabían regatear.

Subió de nuevo al escenario. Arregló la casaca que el sastre había ampliado para soportar su peso y dedicó, modulando la voz como los relatores argentinos: “Ahora una pieza para todos aquellos que han estado en prisión, Escaleras de la cárcel, de la deliciosa tigresa Irma Serrano, genuino amor del maestro José Alfredo”.

“Escaleras de la cárcel, escalón tras escalón, unos suben, otros bajan, a prestar su declaración…”. Para qué más, la lírica despertó pasiones y en cada mesa se enjugaban lágrimas o se echaba carajazos. En la nuestra, y siguiendo a Kierkegaard que sugiere que cada uno teja su propia leyenda, se comenzó a alardear. Ninguno fue tan cínico para afirmar que había sufrido prisión por sus ideas, o que tortura se ejercitó en él, como en amigos que conocíamos a quienes sí. Conformábamos un grupo de sencillos vividores, borrachos, mujeriegos sin mujer, enamoradizos, peticriminales.

Historias van y vienen, nostálgicas, anecdóticas, risibles, plausibles, volubles y sintomáticas. Dependiendo del caso y del que lo contara. El mariachi pareció sonar más distante. La conversación presta una importancia en la que uno se envuelve y se escuda. De pronto nos hallamos en un mundo donde por un instante el protagonismo está entre manos. Qué rancheras ni qué cuartos, “Ay, Sandunga, mamá por Dios”; el entorno desaparece, tú eres la estrella rutilante, titilas como un verso de Neruda, subyugas, seduces. Lástima que sea un ofertorio de machos, porque tus palabras podrían acercarte al exquisito de un cuerpo de mujer. La vanidad es una mala droga.

Escuchamos. De a sorbos digerimos los relatos.

Pasaron treinta años, o por ahí. Medianoche en casa y medianoche, creo, también afuera. No abro la puerta porque el frío entra como puñalada gitana, de arriba hacia abajo. La comodidad de estar sentado frente a una moderna HP, escuchando en el silencio la respiración de las hijas, los suspiros del perrito que está tan gordo que parece un chancho vietnamés pigmeo, blanco y negro, dormido como persona, porque así lo cree; se siente miembro de la familia y tiene las mismas prerrogativas, y no sé si se da cuenta que andamos en dos patas mientras él en cuatro. Su afianzamiento con la tierra es superior, mayores su agarre e impulso. A veces pienso que el perro soy yo, y que él juega con mi intelecto y mi imaginación, haciéndome visualizar cosas que no son.

Escuché. Cuando me tocó el turno, desempolvé el recuerdo de una fiesta francesa en Cochabamba. Asistía una mujer sofisticada en su apariencia hippie. Nos conocíamos algo. En las volutas del singani susurró que le gustaba. Salimos, nos metimos al garage y entre un jeep Toyota y la pared consumamos un sexo ávido y veloz.  

Reingresamos al salón. Las visitas compartían un pase de coca, en la punta de una llave que metían suavemente por las oquedades de la nariz. Wara, los Stones, hasta Joe Dassin y Brel ne me quite pas. Nos cruzó la mezcla. Las mujeres se fueron. Subimos al jeep, camino de la nada. En la avenida Libertador nos chocan de atrás. Con el golpe estrello mi frente contra un saliente metálico y comienzo a sangrar, mucho. Bajo, atontado, y grito que quién es el chofer (del otro carro) y cuando me dicen soy yo, le reviento la cara y los dientes caen como reguero de perlas. Aparece la policía, altisonante y pedigüeña; quieren plata. “Así es este país de mierda”, pronuncio en alta voz, lo que conduce a mi inmediato arresto por insultar a la patria.

Celda inmunda, con tan poco espacio. Me sacan unos pesos para comprar pan, y la tajada del capataz de la celda. Los doy. Me tocará una marraqueta al desayuno. Pido al guardia orinar y me dice: “orine”. No hay dónde; me aguanto.

A la mañana siguiente llega mi padre y me echa en cara mi vergüenza, lo bajo que he caído. Fui su esperanza, aprendí francés, gané algún cinturón de karate, devoré su biblioteca, desde Jorge Amado a Guillermo House. Papeleos, firmas. La contraparte quiere daños y perjuicios. Sonríe el victimado con sardónicos medios dientes. El comandante pide para la institución cincuenta pesos y dos bolsas de cemento. Hay trabajo de mampostería allí; los albañiles son los presos, los que no tienen madre ni padre, o no despiertan interés. Años después penetro en la penumbra de un baño de bar y allí está aquel chofer. Le pregunto por su salud y abre la boca para mostrarme: “mira cómo me dejaste”. Le palmeo el hombro y salgo.

Son cinco o seis veces que he dormido en celdas. Recuento: Cochabamba, Leadville, Aurora, Glendale, Littleton, Englewood. Gran currículo y ninguno que exceda la simple anécdota. Nada por lo que pudiera preciarme, o que siguiera el consejo del filósofo danés. Asuntos de cantina, o disputas conyugales que en Estados Unidos pesan como crímenes mayores.

En Leadville regentaba un restaurante, el New West Café, donde aparte de cocina norteamericana ofertábamos con mi socio peculiaridades como el ají de fideo valluno, con nombre adecuado en traducción inglesa. Una amenaza que en Bolivia no pasa de usual bravuconada: “te voy a matar”, me costó el negocio, una noche de prisión con luz roja permanente sobre la cabeza, la separación con mi esposa y la odisea de abogados, jueces y juicio. Me prometí que no me expondría a tal humillación otra vez y me mentí.

Luego detalles, una y otra vez, arrastrado por dos matones, con las esposas cortándome las muñecas. Me habían buscado en el trabajo. Les dije que ya sufrí arresto y corte y les mostré los papeles que lo afirmaban. Esta es otra denuncia, parcos, y dese la vuelta y afuera. Pido a los amigos que avisen a mi hermana, que vayan a sacarme. Tengo que recostarme de lado para evitar el dolor. Miro los carteles: avenida Santa Fe, Hampden, Oxford, Belleview. Nos detenemos en el centro de detención de la ciudad de Littleton. Me ponen con otros cinco personajes, en fila, mirando al grupo de policías. Arrojan una suerte de bañador delante de cada uno y a desvestirse, sin dejar nada. Mierda, recuerdo que en el apuro por salir vi que no tenía un calzoncillo listo y agarré uno de mi mujer, grande y rojo. Caigo en cuenta ahora mientras aflojo el cinturón y voy bajando los jeans. Los otros detenidos me miran de reojo y una mujer policía suelta carcajadas. Me he echado encima, sin quererlo, un baldón. Nos ponen juntos, el grupo completo y me remito al ostracismo de una esquina con la gran posibilidad que los otros me crean maricón.

Felizmente no dura mucho, tres horas a lo sumo. De allí me trasladan, con alguien desconocido en un bus enrejado. Para ello me ponen cadenas en los pies y manos, y otra que conecta ambos enrollando primero mi cintura. Animal de matadero. No me dejan hablar, explicar nada. Lo explicarás ante el juez.

El bus cruza la ciudad, el grupo de ciudades que inventan una urbe, hasta que llego a un descampado donde se levanta un horrible y gigantesco edificio marrón. Un poco de burocracia y me entregan uniforme naranja, el de los felones: crímenes mayores. Los que visten de azul son vulgares rateros, alcohólicos, traficantes de poca monta. Dentro de la tristeza que implica estar aquí y así hay un dejo de superioridad ante los otros. El color te hace peligroso.

Penetramos a un patio. Los presidiarios están de recreo. No veo a nadie de la raza. Tal vez uno; me le acerco a ver si habla español. Me dice que es indio apache. Me quedo a su lado, balbuceando tonterías acerca de Victorio y de Jerónimo. Termina la hora libre y nos arrean a las celdas. Me han colocado junto a otro felón canoso que duerme ya en el camastro de arriba. Voy acomodándome, limpiando la almohada, cuando suena el altoparlante para presentarme con el guarda. Son mis amigos mexicanos que han venido a buscarme. En una sala de espera, adormilado; recién me sueltan a las cuatro de la mañana, y con Danny y otros dos nos vamos directo a repartir periódicos. No se puede perder el jale, como le dicen.

Semanas después una juez judía recrimina a la fiscal las incorrecciones de mi arresto y me permite salir libre, sin cargos ni multas. Me asombra este país.

Transcurre un año. Nos fuimos de vuelta a Bolivia. Tenía pendiente con la ley cumplir visitas mensuales a un oficial a cargo mío. Me cago. Pero Bolivia aparte del olor a eucalipto en los amaneceres del valle carece de todo. Y regreso. Mi abogado aconseja presentarme y entregarme apenas llegue. Tengo sentencia de 180 días de cárcel. Quizá si demuestro buena voluntad me ayude.

No me encierran en celda. Me dan una silla y llenan las formalidades. Que me he entregado voluntariamente e informan de fecha y hora precisas para enfrentar al juez. En esta ocasión es uno irlandés, de cabello negrísimo. Mira los documentos y menciona la evidencia que pertenezco a otra nación, que podía haberme quedado allí sin tener que pasar por esto. No en vano leo libros: le respondo que amo a los Estados Unidos, que quiero quedarme aquí, y que para eso debo cumplir con mis obligaciones con él, aunque signifiquen pagar una condena de prisión. Hay público. Rechacé un traductor. El juez levanta los ojos y dice contundente: “Le agradezco, señor, gente como usted es la que ha hecho grande a este país. Se le conmuta la sentencia y los gastos de corte. Puede retirarse y vivir su vida de decente ciudadano como ha demostrado ser”.


Esa fue mi historia. Los amigos se desinteresaron. Les resultó muy larga. Ahora coreaban El rey. Quise añadir que la primera vez que visité un juzgado me compré un terno, zapatos, y asistí elegante. El ujier que iba a leer en voz alta el número de ingreso de mi caso, me pregunta si soy el abogado defensor. No, replico, yo soy el criminal.

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Publicado en CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE (con Roberto Navia), La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2013

Imagen: Piranesi