Tuesday, April 29, 2014

El espejismo del narco/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La televisión argentina visita a los “ocupas” de Villa Lugano. “Ocupa” es un término que define a los sin techo apoderándose de algún lugar público: plazas, por ejemplo, o edificaciones abandonadas que no cumplen ningún rol social. Fenómeno que no es extraño ni en la rica Europa, en Ámsterdam o París. 

El entrevistador se acerca a un hombre de no más de 40 años. Acento argentino, camiseta como suelen llevar los “negros” allí. “Negro” es término que asocia a la persona con grupos étnicos no blancos: mestizos, indios, y más. Lo mismo “chino”, y “coya”, toda una baraja de palabras despectivas para señalar al Otro.

El hombre afirma que allí se van a quedar. Los vecinos, indignados, piden su expulsión. Alegan que se rompen el lomo trabajando para arañar la existencia, y que no es justo que se conceda favores a quien no comparte el sacrificio. Unos y otros tienen razón. El gobierno que entrega, y el gobierno que reprime, tienen razón. Callejón sin salida, así consumamos la mediana inteligencia nuestra en tratar de resolverlos. El número de gente se ha ido de las manos; las desigualdades también. Ni hablar de los políticos, que habitan su propia estratósfera y cuya afición al robo en grande los ubica en gremio aparte.

Esto ya no lo resuelve ni Perón (uno que hizo mucho para que lo que sucede hoy se materializara). Otro que vivía en el limbo de los patriarcas millonarios y cornudos, en mundo paralelo. Menos Evita, que de santa no tenía nada, y cargaba más joyas que la virgen de la Merced.

Ahora a lo que voy. Ese entrevistado, el ocupa de la Lugano, tenía el carrillo hinchado por una bola de coca. Si bien el acullico guarda antigua tradición en el norte argentino, donde incluso en las fiestas de familias tradicionales se acostumbraba a presentar a los invitados con un plato de la hoja, para en sobremesa conversar o filosofar, este caso difería. El individuo podría venir de Bolivia, primera o segunda generación, explicando el asunto. Pero lo más probable es que sea resultado del bombardeo mediático, desde la retórica del todavía prestigioso entre los pobres Evo Morales. No tiene ya que ver con la coca como suplemento alimentario en medio del hambre de la esclavitud, sino con la rebelión contra un status quo que ha denigrado al trabajador en beneficio del patrón, al oscuro a favor del claro, al extranjero y no al nativo, siguiendo una lista interminable de contradicciones que se han convertido en confrontación por un discurso aguerrido, comprensible en principio, pero que no refleja la realidad. Discurso presto a levantar los ánimos de los desposeídos y a afianzarse con ellos, dizque representándolos, solidificando a sus espaldas una oligarquía peor y casi insalvable: la del narco, capitalismo salvaje en aguda expresión, que no admite peros en la construcción de su imperio, y que elimina al que se niega a la genuflexión como modo de vida.

Lo mostraba Matteo Garrone en Gomorra, filme sobre la mafia napolitana, basado en la publicación de Roberto Saviano, que hace poco denunciaba a la cocaína como el peor de los males y el mejor negocio posible. Droga que crea gobiernos, o los sostiene como en el caso boliviano, mientras hace añicos el futuro de los países y de los habitantes, incluidos los acullicadores como el de Buenos Aires que serán los primeros en hundirse.

La ambición suele ser hábil para conseguir sus fines. América Latina con la actual pléyade de insignes rateros lo ha demostrado. Explotaron, y explotan, una veta al parecer inagotable: la desigualdad social. Lo dramático está en la ostentación que el sin techo bonaerense hacía de su bolo. Cree en los símbolos pero no sabe que esos los manejan los de arriba, no importa su apariencia, y, por encima de ellos, los Amos, con mayúscula, contra quienes no se tiene opción.
27/04/14

_____
Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 29/04/2014

Imagen: Edvard Munch/Paisaje de invierno


Sunday, April 27, 2014

Las lanzas

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Este texto nace entre Arturo Uslar Pietri y el "Boves" de Eduardo Galeano.

Nombres, sangres y años. Hubo lanzas, palos verticales con cielo y tierra en sus extremos. De noche eran luces puntiagudas, como luciérnagas de sombra; de día, refulgentes pastos de la sabana.

Millares de lanzas corrían igual a bosques de árboles de plata. Tomaban vidas y hacían sangres. Y cuando todos los hombres y muertes y años desaparecieron, las lanzas retornaron a los rincones, a las casas de brillo opaco, y descansaron.

_____
Publicado en Opinión (Cochabamba), 12/03/1992

Imagen: Llaneros con sus lanzas/César Prieto, 1904


Wednesday, April 23, 2014

Malcolm Lowry/RETRATOS AL AZAR

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Escritor inglés (1909-1957).

Necesité cuatro días de alcohol para llegar a ti, nube. El ritmo irregular de mis latidos fue tu homenaje. Tu palabra -como sangre- se mueve por mis vísceras. Nuestro tiempo se cuenta en vasos de mezcal.
Habremos de inmolarnos en las botellas.

Truena; sobre mí ya corre la tormenta. Voy por tu oscura tumba, amigo, por donde todo es negro. Cuando se comparte el color de un excremento enfermo, el día se torna diáfano: lo sublime y lo durísimo de lo claro.

El mal, la muerte, el exceso serpentean entre los troncos de molle, en los bares del cerro San Miguel. Tu mundo trasladado.

Un fantasma toca mi pecho en noches. De día deliro.

El viento me arrebata del largo camino. Ahora que somos dos, Malcolm Lowry, nos abrazaremos en los torbellinos de polvo levantados por la ventisca.
21/01/86

_____
Publicado en PRESENCIA LITERARIA (Presencia/La Paz), 26/11/1989
Publicado en PUEBLO Y CULTURA (Opinión/Cochabamba), 24/08/1989

Imagen: José Guadalupe Posada/La calavera tapatía


Tuesday, April 22, 2014

La gastronomía en el país de los rateros/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Beatriz Rossells me ha pedido un prólogo para la cuarta edición de su magnífico libro La gastronomía en Potosí y Charcas, siglos XVIII, XIX y XX. Cosas como esa ayudan a sobrellevar la penuria que significa ser boliviano. Prefiero escribir sobre alfeñiques y otras delicias, sobre carbonadas y pollos rellenos que sobre los rateros de palacio. Lástima, a pesar que la comida es asunto diario, que no podamos -o no sepamos- vivir en un mundo ilusorio con la mesa bien servida.

Muchas veces me he preguntado acerca de qué come el monarca-curaca del edificio quemado en La Paz. Si uno escuchase su enrevesada retórica, no porque las circunvoluciones de su cerebro sean en extremo complejas, sino por cuestiones más simples, diría que la pasa con chuño y pito. Me han contado que es un déspota con los sirvientes. Es usual que los seres inferiores actúen así con quienes les recuerdan sus propios pesares. Aquello que el señor Morales Ayma ataca en sus discursos: el blanco, el capitalismo, el imperio, los oligarcas, es todo lo que anhela ser. No quiere imaginar a su hija como modesta aymara, la quiere Carolina de Mónaco. Despotrica contra España pero le lame el culo al Borbón en su presencia. ¿Chuño? Las pinzas, filet mignon muy por abajo, porque los ladrones en concierto sueñan con imitar a los que galoparon por sus espaldas durante siglos. Lo hacen sin “clase”, por utilizar una palabra en boga, igual a los mafiosi italianos, venidos del hambre de Calabria y de Sicilia, que se rodean de mármoles y vinos finos, entre otras cosas del mundillo kitsch de los imbéciles y los corruptos.

Me niego, digo cada semana, a escribir sobre los delincuentes venidos a conferencistas y doctores, pero también me repito que no se debe callar. Comprendo, porque la angustia y la ira conjugadas explosionan de manera violenta, la sangría que siguió a la revolución cubana e iraní, sin mencionar en qué devinieron. La muerte del corrupto es catarsis deliciosa. A la larga no sirve de mucho, cierto, pero el chop chop de la guillotina, en medio de profundos errores, sirvió de alguna forma para encauzar la Francia moderna. Hay crímenes que no pueden olvidarse, y el robar al pueblo es el peor de ellos. Entonces, el peor castigo…

Pero decirlo en Bolivia no es lo mismo que hacerlo, porque el problema idiosincrásico de la región elude cualquier estudio de comportamiento humano. Será que la conjunción de lo asqueroso de una cultura con lo asqueroso de otra produce resultados insalvables. Ojalá que no. Leo en el ordenador a un escritor alteño relatando una guerra del fin del mundo, ficción; a otro en la cinematografía japonesa de seres monstruosos; uno más con detalles de la Aullagas potosina, y se enciende la esperanza. Un amigo chef cocina con tunta y chirimoya; Beatriz Rossells desnuda la herencia vasca de la culinaria sucrense. Hay gente que trabaja y piensa, que lucha por la supervivencia mientras crea. Vivimos entre rateros que gobiernan. Siempre fue así. Es que hay que plantearse alguna vez, de manera casi definitiva porque no hay absolutos, que no se puede continuar por esa senda. Las fronteras internas de la república con las republiquetas del narco se achican. Chapare, Yapacaní son tierra de los cárteles, que ponen su óbolo para que los ladrones prosigan con su labor destructora. No hablemos de patria, no perdamos el tiempo. Hablemos de dignidad y respeto. Dejémonos de mitos de ser lo que no somos, y creer que los de arriba son lo que no son. Somos un pueblo ultimado por maleantes, pero somos muchos y costará matarnos a todos. Lo opuesto es más fácil.
21/04/14

_____
Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 22/04/2014

Imagen: Ejecución de Luis XVI 
 

Friday, April 18, 2014

Gabo, no más o siempre


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Me dolió, y tal vez era suyo, no lo sé, ver hace poco a García Márquez llevando una ridícula y ostentosa rosa amarilla en la solapa. Allí ya no estaba el poeta, sino un objeto de marketing, la sociedad de consumo que aprovecha para sí hasta lo que un día se consideró rebelde. De una obra sustanciosa, maravillosa, quedaba una anécdota de flores insulsas apropiándose del genio. Lo repito, quizá era cosa suya, no lo sé. Manías de escritor, de algún tipo de escritores, y pasto de la comidilla negociante que pulula alrededor de la fama.

No es este un homenaje que merece un hombre que escribió páginas memorables, un libro, Cien años de soledad, que aún se considera un hito de los años 60, como Che, o Mayo 68. No, pero valga recalcar que en esa payasada hubo un insulto a su memoria antes de morir.

Los Wawancó cantaban mariposas amarillas, Mauricio Babilonia; Toto la Momposina, la Negra Grande de Colombia como apareció en la entrega del Nóbel, repetía en una cumbia sentada: viejo pueblo Aracataca, pedacito de Colombia, tierra donde yo nací, entre rumores de cumbia a quererte yo aprendí… y seguía como parte del recuerdo popular de un hombre de letras que rescató de muy hondo la magia del pueblo y se insertó, porque en el fondo pertenecía a él y no a las elites intelectuales, en su alma como su mejor expresión.

Luego vino la fama y Gabo se convirtió en un personaje, una paradoja, un coronel al que escribían todos. Se puso a vivir en lujo entre oligarcas. Sus vecinos fueron banqueros y etcéteras. Eludió la muerte violenta que le aguardaba en su país y se desmembró, publicando de cuando en cuando textos que lo recordaban de ayer, u otros, como sus Doce cuentos peregrinos, livianos y sin legado.

Patear el cadáver de un hombre grande no es la intención. Valorar entre tristeza y recuerdos felices, entre decepciones e imágenes imperecederas. No hay perfección y hasta los genios se debaten en la hojarasca de la vanidad y el aliño. García Márquez, como cualquiera, no está exento de ello. Pero, fuera de sus veleidades, quedan libros pesados, sólidos como hitos geográficos. Puntos desde donde se cuentan trayectorias, antes o después de ellos, decálogos de profetas ebrios cuya mayor trascendencia está en avivar la llama perenne de la cultura popular, dándole voz en personal estilo, forma, individualizando el talento para sustraer de la realidad el hechizo de las palabras, una cabala sudamericana que no podemos, ni queremos, evadir.

Ha muerto un escritor, un prestidigitador fantasma en El sueño del patriarca, un trashumante tropical que oyó las voces de la tierra y de la sangre, y nos ofertó Colombia como no la habíamos visto antes y quizá no la veamos después. Que duerma ahora, por cien años y que le llenen la tumba de rosas. Al fin, para los que lo admiramos, esas flores carecen de importancia. 17/04/14

_____
Publicado en GABO, separata de El Deber (Santa Cruz de la Sierra), 19/04/2014

Imagen: GGM en un cómic español

Tuesday, April 15, 2014

El país del muñeco de cera/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Venezuela, a un año del alumbramiento de Nicolás Maduro.

Parido en extraño éxtasis de mitomanía y necrofilia, este antiguo chofer -algunos hasta se lo desmienten, poniéndolo en la lista de sindicateros que cobran sin trabajar- acaba de cumplir doce meses de “mandato”.

Vladimir Villegas, dudoso periodista, intenta un análisis serio de algo que no lo es en origen. Dramático, sí; tenebroso, pero no serio. Jamás hubo en la tierra de Hugo Chávez mientras tuvo vida terrena solidez ideológica. El coronel golpista parecía no distinguir entre la virgen de Coromoto y el Che; a poco de morir, quiso deslindarse de un Marx que desconocía pero nombraba, eludir la muerte de los revolucionarios que es muerte sin blanca, sin vida eterna ni paraísos celestiales. El milico se espantó. No podía en su pequeño cerebro de dura corteza externa imaginar el vacío, la nada; prefirió, como cualquier seminarista, elucubrar visiones de querubines culipelados y trompetas que llamaran a almorzar. En ese momento olvidó hasta al barbudo de la isla eterna, o el eterno barbudo de la isla, y se dedicó a ensalivar su crucifijo y a llorar estilo Magdalena.

Pedía a gritos, en televisión, un tiempito más. No lo escucharon arriba. Desvergonzado alcahuete; no fue otra cosa. Pero, dado que la humanidad corre aletargada hacia la ignorancia total, supo aprovechar con la viveza del animal que sabe por instinto que robando un hueso sobrevivirá, el momento. Se adueñó del dinero público. Estafó tirando migajas alrededor para comida de canarios. Construyó un castillo de naipes basado únicamente en el oprobio. Y enseñó a otros mediocres como él la tabla del buen ladrón. Ahora pululan desde los Andes al trópico, de la pampa al planalto, todos reivindicando a los muertos, con tal desdén hacia ellos que su sacrificio ha quedado hoy como actuación de cojudos. Lo digo con las palabras con las que califica la masa, que casi siempre son duras, precisas, acertadas.

Ni siquiera en la muerte el comodín Chávez fue fiel consigo mismo. Quiso permanecer y se fundió en una pieza de cera acostada. No pensó que al embalsamado Lenin los bichos ya le comieron las piernas y que a pesar de no ser más carne se ha descompuesto. O que a la Duarte, nefasta Perón, de poco le sirvió modelar para la posteridad. Parodias de santos.

Poco dice de un pueblo que un tipo de la traza del coronel lo dominara por quince años. El poder del capital que aseguran detestar los regímenes populistas de América. Idólatras del becerro de oro, montado sobre ekekos y ancestros, tapando la boca indigenista con monedas de a dólar.

Maduro es la cría de ese muñeco, que como algunas raras especies se autofertilizó, eyaculó y parió por igual. No asombra por tanto ver la voluminosa cabeza de Nicolás, que ni para cabecear centros sirve, soltando sandeces, imprecaciones, con una triste oposición que se presta al circo. El hijo de la marioneta, qué destino. Pero no por eso hay que juzgarlo con liviandad, porque alimañas impredecibles como él, suelen morder.

Se desarrolla una “conferencia de paz” en Caracas. Simple jugarreta para ganar un tiempo que el régimen ya no tiene, con el soporte interesado de un resto de países que temen que la caída de Venezuela signifique la propia. No hay debate político ni ideológico. Ni siquiera análisis económico o social. Los comerciantes se acongojan de perder la mina de oro, el lucrativo negocio de invocar a los pobres.
14/04/14

_____
Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 15/04/2014 

Sunday, April 13, 2014

Lluvia/CUADERNOS DE NORTEAMERICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Enero cae en agua.


La lluvia me recuerda los paseos a casa, cuando atravesaba el Southeast para tomar el tren. Debajo de uno y otro árbol, a la carrera, cruzando las avenidas. Los faros de los automóviles son cristales de hielo luminoso, luces que se apresuran a buscar la noche. Eso imagino, oculto entre los troncos, ya cerca de la estación.


En el otro extremo, terminado el trayecto, persiste la lluvia. No más automóviles. Arbustos de otoño tiran las hojas, cristales de hielo opaco.


_____

Publicado en Opinión (Cochabamba), 16/01/1992

Imagen: David Botha/Cecilia Street after the Rain, 1978

Wednesday, April 9, 2014

ENTREVISTA CON CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT


Guillermo Ruiz Plaza

Claudio Ferrufino-Coqueugniot es un escritor migrante, es decir, inquieto y en constante movimiento. Nació en Cochabamba en 1960, y desde 1989 reside en Denver, Colorado. Exiliado voluntario en Estados Unidos, ha tenido que sobrevivir trabajando como albañil, estibador, panadero, repartidor de periódicos, especialista de frutas y verduras, entre otros oficios. La migración y el movimiento, así como las experiencias múltiples y abigarradas, ocupan un lugar fundamental no solo en su vida, sino también en su escritura, caracterizada por su dinamismo genérico, su riqueza expresiva, su libertad formal y moral. Se podría decir que el oficio de Claudio se ha forjado en la confrontación cotidiana con la alteridad en “las entrañas del monstruo” que es la ciudad, sea esta boliviana o estadounidense; y a la vez resulta evidente, al leer sus novelas, crónicas y artículos, que se trata de un autor erudito. Entre sus obras se encuentran Años de mujer, (poesía, 1989), Virginianos (prosas, 1991), El señor don Rómulo (novela, 2002), El exilio voluntario (ganadora del Premio Casa de las Américas de Novela 2009), Diario secreto (galardonada con el Premio Nacional Alfaguara, 2011), Crónicas de perro andante (libro escrito junto a Roberto Navia, 2013), siendo Muerta cuidad viva (2013) su más reciente entrega. En esta charla, que el escritor nos concedió gentilmente vía e-mail, nos habla, entre otras cosas, de su vida y su obra, del oficio de escritor, de los géneros literarios y de la situación actual de la literatura boliviana.



Sobre el oficio
1.    No sé dónde leí que hay dos tipos de escritores. Los de brújula (o intuición) y los de mapa (o planificación). ¿Con cuál de las dos categorías te identificas?

Quizá más intuitivo. Aunque cada libro es único y, en mi caso, la aproximación a ellos difiere cada vez. En Diario secreto hubo una planificación que no existe en El exilio voluntario. En El señor don Rómulo, otra planificación distinta a la de Diario. Y en Muerta ciudad viva, más que un organigrama, existió una galería de memorias que fueron trasladándose al papel. Incluso hay libros que se escriben desde la nada, de un momento trivial como sentarse en frente de un ordenador y ajustar las teclas. No me estoy refiriendo a algo como la escritura automática, que pregonaba el gran Robert Desnos, sino a la posibilidad de que algo creativo surja de un momento nada particular. Como si el ver aparecer la primera letra en la pantalla desatara la tormenta.

2.    ¿Cómo sabes que has empezado una novela, y cómo sabes que la has terminado?

Parto de una idea, un tema general que es posible se desintegre en muchos otros. En condiciones normales diría que tengo previstos el inicio y el fin, lo que no implica que vaya a desarrollarse así. Hay mucho de autonomía en una novela y no siempre se sigue el camino proyectado o esbozado. Es parte de su fascinante dinámica. El esquema inicial, gracias a esta dinámica, está sujeto a cambios fundamentales. Resulta que se puede comenzar escribiendo una novela y terminarla siendo otra que no tiene nada que ver con la proyectada. Esa “vida propia” de los libros, que tanto se usa como lugar común, es cierta y está ostensiblemente presente.

3.    Tengo entendido que empezaste escribiendo poesía, luego textos breves y, desde hace un buen tiempo ya, novela. ¿Cómo entiendes esta evolución en tu obra?

Jorge Suárez dijo hace muchísimos años, en una reseña sobre Virginianos, libro mío de textos breves, que era obvio que mi destino estaba en la novela. Visionario como era, vería en mi narrativa los gérmenes de lo que producirían algo en un género mayor, mucho antes de que yo considerase siquiera pensar en hacerlo; diez años de antelación en lo que Jorge opinaba.
Continúo escribiendo textos breves, tal vez con un estilo distinto, más directo y menos lírico, poético, onírico, fantasioso o como quiera llamárselo. Evolucionó hacia algo que se aproxima a la crónica, pero que no pierde tampoco esa herencia literaria que siempre caracterizó mis cortos ensayos. Por otro lado, el cambiar de género literario no significa la disolución de los otros. Creo que en El exilio voluntario, por ejemplo, hay mucha poética, y una poética oscura, macabra, o del mal, también en el Diario. Me gusta trabajar mis columnas para periódicos como textos literarios. Algo que mi amigo Pablo Mendieta Paz me observó desde que comenzó a leerlos. Es más, otra amiga, profesora en la universidad de Boulder, Colorado, ha usado una columna “política” mía para sus clases de lenguaje. Eso me gusta.

4.    Cuando le preguntaban por qué no escribió novela, Borges solía contestar que no quería ceder al ripio. Una novela, por su naturaleza misma, tiene necesariamente ripios, decía. ¿Estás de acuerdo?

Sí, claro, construir una carretera no es lo mismo que modelar un paso entre un emparrado y un mirador. Me hace pensar en Norman Mailer, y en el sólido ripio que caracteriza a Los desnudos y los muertos, novela monumental. Por otro lado, existen novelas carentes de ese elemento y que son como largos poemas en prosa. No se me ocurre mejor ejemplo que Sacha Yegulev, de Leonid Andreyev. Un autor como Borges no necesitaba escribir novela; sus textos tienen la complejidad de una en un porcentaje mínimo de páginas.

Sobre la vida del autor
5.    Regresemos por un instante, si te parece bien, al género breve. Si tuvieras que contar tu vida en uno o dos párrafos, ¿cómo sería ese microrrelato?

Nada especial. Un hombre esencialmente sedentario que quiere convertirse en empedernido viajero. En esa contradicción, que posee un fondo de lucha sobrehumana, hace su aprendizaje y adquiere experiencia. Los viajes no son necesariamente traslados geográficos. Suelen ser, a veces, cambios de estatus forzados que dan resultado similar al traslado físico. Cambios voluntarios, oposición a sí mismo.

6.    Escoge, por favor, tres libros o tres autores que para ti han resultado decisivos.

No soy cuentista, y mis dos autores favoritos lo eran: Isaak Bábel y Marcel Schwob. El estilo, la riqueza de la palabra, la concisión, el laconismo; incluso el barroquismo, en el caso de Schwob, que da la erudición. Entre los poetas: Guillaume Apollinaire y César Vallejo.
Incluyo a Borges, la épica de Sienkiewicz y el alma rusa en sus variantes tolstoianas, chejovianas, dostoievskianas; en Bunin y en Sholojov; en Pilniak y Berberova.
Fundamentales han sido para mí La Ilíada, leída como diez veces, y Los miserables. Homero y Hugo como mis dos columnas de Hércules. Y Bábel y Schwob como su naturaleza interior. No puedo olvidar a Gogol, a quien idolatramos mi madre y yo. Ella en Las almas muertas y yo en El Inspector General, ambos comprados con mis ahorros de pasajes entre el hogar y la Alianza Francesa a mis doce años. Cabe anotar que el primer libro que adquirí con aquel pequeño sacrificio de no tomar el taxi quinientero y caminar fue El país de las pieles, de Julio Verne, sito en la mítica y todavía no vista Bahía de Hudson.




Sobre El exilio voluntario

7.    Llama la atención lo fragmentario de El exilio voluntario. Los tres tiempos  se mezclan, hay saltos temporales abruptos, pero también bruscos cambios de tono… Es un “astillamiento” de la narrativa.  ¿Por qué pensaste que esta forma convendría a la historia de Carlos Flores, inmigrante boliviano en E.E.U.U.?

Porque toda emigración implica un astillamiento. La dureza de la transformación, que no es poca si pensamos que hay un traslado cultural brutal, destruye los cánones del individuo, de comportamiento y pensamiento. Se fragmenta, lo que no es lo mismo que decir se rompe, y esa fragmentación, cada una de sus piezas, busca representarse. Eso sucede en esta novela. Traslados que parecen deportaciones; nostalgias como tormentas. Además de la incertidumbre que quita toda cronología y linealidad a la vida misma y que aparece en lo oral o lo escrito.

8.    Carlos Flores es un inmigrante que extraña su tierra sin patetismo ni quejas. Sin embargo, en el curso de su exilio voluntario, siente “cansancio moral”. ¿A qué se debe? 

Demasiado peso para un individuo. No hablamos de una búsqueda de bienestar material, que es casi siempre el motivo de la emigración, sino de ansias de experimentación, expansión, eludir los límites, superarlos. Ni siquiera el éxito material logrará en un caso así, conseguir lo que se podría llamar felicidad. Las metas son otras, a veces surreales.
El individuo que en su batalla consigo mismo pone como representación de su otro yo al ambiente exterior, tratando de aliviarla. Siempre es más fácil combatir a un contrario concreto que hacerlo con fantasmas. No hay que interpretarlo como una huida sino más bien como una estrategia.



Sobre Muerta ciudad viva
9.    Experiencias diversas, sobre todo íntimas y sexuales, dejan su sello en tu última novela. Pero desde el título el ámbito parece ser colectivo: la ciudad. ¿Cómo se pasa del protagonista a la ciudad? ¿Cómo haces de la ciudad el protagonista?

La ciudad es el mentidero donde se reúnen los protagonistas. Las ciudades no son los paraísos bucólicos que se desea; por lo general son monstruos voraces sin identidad ni conmiseración. Dentro de ella se mueven los anhelos y prácticas individuales, que se convierten, se quiera o no, en colectivos, y más aun en grupales. Para cada grupo la ciudad representa algo diferente, se hace distinta según sus apetencias. Pero no son los homúnculos humanos los que delinean el trazo sino la ciudad misma como ente abstracto y vivo. En esta novela existe la conciencia de ello, de ser manipulado por una sombra superior. Pero también la reacción del individuo, que al verse comido por este insaciable Saturno, elige combatirlo, con todas sus falencias y menudas fuerzas, haciéndose a un lado, evitándolo. Hay un dejo de derrota triunfador. Es su paradoja.


10. El antihéroe es dionisiaco y parrandero y goza tanto como sufre; pero al final parece alcanzar el sosiego. Quizá nace entonces la idea de dejar el país. ¿En qué consiste este sosiego? Y, a tu ver, ¿salir del país es temerario o necesario?

Salir es siempre necesario. Como decía antes, quizá ni siquiera una salida de un entorno físico. El combate personal como método y fin. Si hay sosiego al final de este camino en realidad interminable, se verá. Cada cosa que se decida conscientemente e individualmente es un viaje iniciático. La catarsis puede tomar distinto cariz a cada paso. Iniciaciones simultáneas y duraderas; una dinámica peligrosa y enriquecedora.


11. Llama la atención los lazos que teje tu novela con la rica tradición picaresca… ¿Sucede lo mismo en tus obras anteriores?, ¿qué es lo que te atrae de la picaresca?

En El exilio hay mucho del pícaro que nos viene desde el Buscón de Quevedo. Incluso está la búsqueda de lugares lejanos para tratar de encontrar en ellos la redención que no parece posible en la tierra de uno. Pero hay un pícaro inverso, diría, en mi novela. Porque el pícaro tradicional parte de la hez del mundo en busca de lo que podría ser mejor, en términos materiales, y luego espirituales si se quiere (refiriéndome al alivio de ya contar con el reconocimiento de la sociedad, el amor de las mujeres que se desea de lejos, etcétera), mientras que Carlos Flores sale de una relativa comodidad (reconocimiento, estatus, y más) en su lugar de origen para buscarse a sí mismo en el anonimato, en la dureza, el hambre, la incomodidad, casi con hábito franciscano aunque hereje. El Buscón intenta que los otros lo acepten; a Carlos Flores no le interesa. Pero, retomando a María Cristina Secci, en un ensayo sobre Jorge Ibargüengoitia, esa irremediable condena al fracaso del pícaro, haga lo que haga, esté donde esté, se cumple también en El exilio. El personaje se ha aislado tanto que de allí no podrá salir. Su autocondena lo amontona con los tantos fracasados de la picaresca.


Sobre Crónicas de perro andante

12. Háblanos por favor de este libro. ¿Cuál es el periodo abordado? ¿Cuáles son los temas? ¿Por qué Roberto Navia y tú decidieron compilar juntos sus textos? ¿Hay convergencias y divergencias o solo cursos paralelos?

Un amplio período y una diversidad geográfica bastante extendida. Ni qué hablar de los temas, a pesar de que diría que en todo el libro, y en ambos autores, existe una recurrencia hacia el dolor, la soledad, la solidaridad, la abyección. Elementos tan humanos que se los da por descontado. Y el péndulo, que no es otro que el cotidiano, entre la vida y la muerte.

Admiro a Roberto como periodista. Admiro su hombría de bien y su valentía. Un hombre que se arroja de propia voluntad a las fauces de los infiernos, armado de una cámara y un lápiz, y con ánimo de descubrir lo que se esconde detrás de las fachadas, merece respeto. No nos conocemos en persona y sin embargo “chateamos” como si hubiésemos crecido en el mismo barrio. La ventaja de este anonimato virtual es que borra las diferencias cronológicas que quizá no harían posible semejante afinidad, siendo yo casi veinte años mayor que él. Ya llegará el tiempo de abrazarnos en serio y de afianzar estos lazos que se iniciaron con el vicio mutuo de escribir.

Esbozamos temas generales y cada uno habló de ellos a su modo. Salió algo lindo, interesante, una experiencia enriquecedora en dos campos de la escritura que no son incompatibles. Vale no solo como experimentación, también como ejemplo. Al desligarnos de fatídicos individualismos y vanidades y ponernos a escribir una obra conjunta, leyéndonos y criticándonos uno a otro, hemos aprendido. Roberto es camba y yo colla; él es joven y yo no tanto; soy escritor y Roberto periodista; vivimos a cinco mil kilómetros de distancia; no nos conocemos, y jamás existió eso de “cómo este tipo se atreve a criticarme, a darme consejos”. Más que buena fortuna, considero que es seriedad de desear hacer algo bien, de trabajar algo trascendente, superando (no esquivando) los incontables problemas que parecían oponerse.


13. Es un título extraño. ¿Cómo lo eligieron? ¿Cifra el contenido o más bien el tono?

Creo que ambos. Una diáspora permanente, no definitiva. Moverse, viajar, hundirse en los recovecos del mundo que dan como resultado el mismo ser humano: controvertido y mutante, sobrio y falaz. Hablar del hombre común, eludiendo los iconos que por lo general son el punto de partida desde donde se cuenta la historia. Acá no. Gente de la calle, a la que se esconde, a la que negligentemente se ignora y que es la que construye las sociedades, la que erige a esos ídolos que se convierten con extrema simpleza en faros y faroles de sus sociedades. El perro… el título, lo eligió Roberto, y me gustó. Modestos trashumantes olisqueando el viento para hallar la sustancia.


Sobre otras cosas
14. Se ha dicho que, actualmente, hay un 'boom' de la literatura boliviana. ¿Estás de acuerdo con ese juicio? ¿Cuál es tu visión de la situación actual de nuestras letras?

Creo que siempre, y en todo campo, rayamos los bolivianos con el mito. Eso es malo, porque muestra insalvables falencias. Hay un grupo de escritores que está publicando en el extranjero, lo que nos debe alegrar. Dos cosas, sin embargo: ese feliz hecho no tiene que darnos las ínfulas que de pronto, en el mundo literario, Bolivia ha tomado un papel preponderante. No es así por muchas razones. En literatura, como en otros campos, hay un cuoteo que permite espacio, ingreso, solo a un pequeño círculo de miembros de países como el nuestro para colorear el asunto de pluralidad y diversidad. Nos preguntaríamos que cómo es posible que Irlanda, con su tamaño, tenga el peso que tiene en las letras. Es muy diferente. Hay que ser cautos en lo que se afirma, aunque uno quiera dorar la píldora con buenas intenciones. Que se ha abierto un espacio sin duda bueno para el colectivo nacional con estos pioneros, es una cosa; que exista un boom, otra.
La literatura “boliviana” es un complejo que excede nombres. Hay falta de interés en el mundo por lo que se pueda producir aquí, por ausencia de tradición en el panorama amplio, de impulso y muchos etcéteras que siempre nos han relegado. Superar eso va a ser difícil, y se hablará de literatura boliviana en el mercadillo de las letras refiriéndose a un grupo privilegiado por circunstancias, tal vez también por talento, y nada más. Eso mientras no haya en Bolivia políticas de difusión y aprendizaje que permitan a los jóvenes desarrollar sus aficiones y gustos y no se tome en serio el arte, incluido el popular, al mismo nivel que se da importancia al carnaval político. Tenemos que superar la imagen de folclor que traducen nuestros gobernantes, estos y los anteriores, querernos como país, saber y apreciar el inmenso potencial del que disponemos y trabajar como asnos. Sin trabajo, sin esfuerzo, no se consigue nada. Escribir es trabajo forzado, y hay que hacerlo por el placer de expresar lo que se desea, fuera de la vanidad de saberse o no importante. El escritor que  escribe por la fama es un fracaso que no excederá su vida. El cementerio literario está plagado de pavos reales de los que nadie se acuerda. Tesón y disciplina; rigor, autocrítica, aprendizaje y humildad son, en mi opinión, cosas esenciales para un escritor que desee lograr algo. No se escribe por gloria; se lo hace por amor y por dolor.
Digresión permitida, creo, para valorizar lo esencial. Tiempo vendrá para las grandes letras, como para el gran fútbol o lo que fuere. No hay que cejar en el empeño.
Escritores hay muchos. Y también jóvenes, lo que es mejor. Veo una gran dinámica en dos polos distintos: en El Alto y en Santa Cruz, sin desmerecer al resto. Prueba de que la dinámica económica tiene su peso también en las artes. Ese es el boom para mí, contemplar el esfuerzo de muchísima gente, que con suerte y oficio variados lo intenta. Que los lean afuera no interesa, no hoy, cuando lo que se está construyendo, a veces con gran esfuerzo en una nación pobre y de desocupados, servirá un día quizá para sentar las bases de una gran literatura que podamos considerar nuestra.



15. ¿Cuál de tus propios libros salvarías de un incendio? 

Una vez se incendiaba el apartamento debajo del nuestro. El humo nos despertó, y luego los bomberos urgiéndonos a abandonar el edificio. Despaché a mi mujer y mis hijas y volví a entrar, tosiendo, para sacar el lorito -Gonzo era su nombre- que teníamos y mi colección de estampillas. No saqué ningún libro, menos los míos.

_____
Publicada en 88 Grados (La Paz), marzo 2014
Reproducida en Sol de Pando (Pando), 08/04/2014

Imagen: caricatura de Leonardo Aliaga (Los Tiempos)

Tuesday, April 8, 2014

Cocaleros, cooperativistas mineros y otros monstruos/MIRANDO DE ABAJO



Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Leo a Nathan Wachtel en su Dioses y vampiros-Retorno a Chipaya. Fascinantes temas que merecen ser relatados en texto aparte. Uno, el del kharisiri, nakaq, pishtako, u otro nombre que el “sacamantecas” recibe en los Andes, me ha hecho pensar en el tiempo actual, de supuesto poder indígena y retorno a los ancestros. Estos últimos son cuentos, alimentados primero por el infame canciller y luego -no menos- por el tampoco menos infame vicepresidente. La retórica es el arma de los felones, aprovechados ellos de la turba informe e inconsecuente que nutre los modelos sociales de hoy en América Latina.

Se asociaba -y continúa- al kharisiri con el hombre blanco. Wachtel dice, hablando de historias similares españolas, que posiblemente la leyenda se importó de la península, aunque afirma desconocer literatura al respecto. Sin embargo, como lo anoté en un artículo de hace décadas, en la crónica de la conquista del Mississippi por Hernando de Soto, los soldados ibéricos aprovechaban la grasa de los indios muertos para aliviar heridas o encender candela. Es muy antigua la idea, sin duda mucho más que la invasión del nuevo mundo. Vendrá de un utilitarismo antropófago que muy profundo compartimos todos.

A qué viene esto, a lo de aprovecharse del otro, desangrarlo, chuparlo hasta dejarlo exangüe. El atávico temor al silencioso asesino parece haberse transformado en veneración, ahora que nos gobiernan kharisiris hábiles para dorar la píldora de sus fechorías y para hacer, mediante concesiones en dinero o cargos, que se aprueben y respeten sus acciones. Lejos está el día, a pesar de que para los míseros que caen bajo la sospecha de pertenecer al macabro gremio el fin sigue siendo terrible y brutal, en que se los vigilaba y buscaba su exterminación. El fenómeno se ha vuelto discriminador: no toca a los poderosos, se ha maquillado de tal forma que disfrazado se ha vuelto incomprensible para ese alto porcentaje de la población manejada por tales espejismos o creencias culturales.

Cuenta el antropólogo francés que en Orinoca (tierra fértil para la humanidad, sugieren), casi a fines del siglo pasado, se quemó vivo a un kharisiri (basta entender que no hubo juicio ni defensa) y que el polvo de sus huesos se echó al viento para borrarlo de la memoria. De Orinoca salió otro kharisiri que no corre tal suerte, uno más sofisticado en el sentido de la sofisticación del tuerto en región de no videntes. Me pregunto cómo pasó desapercibido, o si las facultades del espectro no son innatas sino que pueden adquirirse. En buen romance: la ocasión hace al ladrón, porque el mito no trata de otra cosa que del hurto de propiedades, de religiones, de dioses, virtudes, lenguaje, virginidad, hasta la vida y la muerte. Trata de un ratero al que las circunstancias le crearon una narrativa acorde al espacio/tiempo para hacerlo no solo asequible sino temible. La leyenda se quedó mayormente allí, en esos parámetros, no sin sufrir según anota Wachtel transformaciones: la grasa ya no servía de ungüento y sí de producto de exportación a los Estados Unidos (fatídico imperio). Algo como el “carintador” (kharina significa cortar con objeto filoso) del altiplano convertido en una especie de Batman.

Sigo con las preguntas: ¿merecen los kharisiris gobernantes interés antropológico? No, lo suyo es una actividad tan vieja y tan comúnmente extendida como vender el cuerpo. El término les cae en la acepción mencionada, la de atracador. No pasa por metafísicas ancestrales ni por disquisiciones filosóficas acerca del ser o no ser. Estos son, y basta; bien lo sabemos.

A su lado, como puntales, endebles si no los acaricia el beneficio, habitan otros grandes secuestradores de grasa, de esfuerzo y trabajo: cocaleros, cooperativistas, chuteros, una pléyade de contundentes, prácticos, capitalistas, esquizoides y bárbaros analfabetos. Ni siquiera tienen el misterio de esa sombra que se pasea en los alrededores de Sicasica, de Sabaya, de las pétreas hondonadas de los Lípez.
07/04/14

_____
Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 08/04/2014

Imagen: Zakariya al-Qazwini (1203-1283)/El monstruo de Gog y Magog