Thursday, August 31, 2017

La marcha en Pongo/CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ver de lejos, con mares y arenas y selvas y montañas entre medio, el drama épico de la “marcha por el Tipnis”, la de defensa del parque Isiboro-Sécure, llamada por algunos no sin razón, del “orgullo y la dignidad”, hizo que el escritor soslayase el invierno, él que odia el frío y el trópico con vehemencia, sin ser, realmente, templado en sí mismo.

Tanto machacar en contra del mentado “proceso de cambio” va construyendo más que una amargura un cinismo del que luego cuesta despojarse. No creer resulta ejercicio de mayor dificultad que lo contrario, al principio, aunque tal vez ya hecho costumbre los papeles se vuelcan y los crédulos sufren la inclemencia de su candidez con peor rigor.

Comenzó sin bombos y platillos. Quizá no pensó el gobierno que tuviese alguna significancia. Pero los acontecimientos modifican. La propuesta verbal, no práctica, de Evo Morales acerca de la Madre Tierra, con mayúscula, personificada, y que le dio estrado internacional al principio de su mandato, en parte por el paternalismo congénito de los grandes poderes, siempre ávidos y de pronto acongojados por un pasado nebuloso y cruel, fue cambiando hasta presentarse tal como es: capitalismo indigenal en teoría y expolio desmesurado de la ilusión patria y sus recursos en concreto.

Un editorial afirma que los indígenas de tierras bajas siempre marcharon. En parte alude al carácter nómada de algunas etnias, y por otra a la febril resistencia de estos pueblos ante la invasión y usurpación blanca, de pronto convertida, por hálito de votación y  hervidero popular, en invasión morena. Oligarca puede ser cualquiera, de cualquier color u origen. Y los marchistas del Tipnis, esta vez, movieron los pies para protegerse del avance de los que por experiencia debieran ser sus iguales, pero que por el impulso despiadado, avasallador, del narcotráfico devinieron en hidra de siete cabezas. Enemigo tenaz, difícil, escudado en reivindicaciones supuestamente similares; agazapado bajo los harapos que disimulan opulencia; mimetizado en pieles y vestimentas indias. Aprender a desconfiar del hermano…

Larga marcha, de mujeres niños y ancianos también. Cuando se pierde, lo hace la comunidad entera, y de nada sirve que solo caminen los hombres. Este era un asunto colectivo de los habitantes de la región mojeña, entre Villa Tunari, Cochabamba, y San Ignacio de Moxos, Beni, en una tierra a la que el conflicto ha quitado misterio, que antes de que los ávidos mercenarios gubernamentales y empresariales la evaluaran y catalogaran como negocio, representaba, aparte de refugio étnico, un espacio nebuloso plagado de leyendas de jesuitas y oro. Cuán ciertos son los cuenteríos populares y antiguos tal vez no sabremos. En el siglo XXI no preocupan ya enigmas de ciudades perdidas o minas enterradas en el monte, custodiadas por calaveras y fantasmas. El dinero, como siempre y como a todo, destruye poesía e ilusión con indiferencia, ni siquiera con desdén.

Seguí la marcha desde mi departamento de Aurora, Colorado, ciudad desabrida y chata, que al conocerla en intimidad se hizo casa, hogar, casi mitad de vida. Con una ventana en frente, que da hacia el parqueadero y los vecinos; fui paso a paso siguiendo en un conjunto de mapas muy detallados del Instituto Nacional de Estadística, por lugares cuyos nombres descubría. ¡Tan grande es la tierra de uno y cuán leve la mirada que le echamos! Me hizo recuerdo a esas fotos de guerra en las cuales los generales se inclinan sobre una mesa y ubican con alfileres y banderitas posiciones, avances, retrocesos en los nombres que pueblan el papel. Al final esto era un juego de estrategia entre pobres y ricos, entre desahuciados y gamonales, por ponerlo en términos muy generales.

San Borja, Limoncito, los marchistas se aproximan al límite departamental entre el Beni y La Paz. La guerra se desata en Yucumo. Pero guerra implica dos contendientes que se disparan y matan entre sí. Cierto, mi error; Yucumo viene a ser lugar de masacre, no de combate. Hordas de uniformados se abalanzan como carroñeros sobre los indígenas del Tipnis. El mapa que apoyé en la cama se desmorona, tanta la ira que me causa leer y ver las imágenes de lo que está sucediendo allí. La ventana de Aurora se ha esfumado. Me sumerjo en la pantalla del ordenador. Hay cientos de personas en Facebook con novedades controversiales. Insulto, insultan otros. Qué hijos de puta son, lo sabíamos, pero nadie esperaba esto, nadie creyó que la estupidez fuera tal como para echar por tierra una imagen, al menos internacional, que les había costado levantar. Pero el mandarín se cansó. La gota de agua que rebalsó el recipiente fue cuando mujeres mojeñas, chimanes, yuracares, empujonearon al extraño canciller Choquehuanca: el poder detrás del trono. Luego vendrían alusiones, dimes y diretes, suposiciones, de quién dio la orden, en un grotesco carnaval que comprobó que Bolivia se maneja en un rudimentario estadio de desarrollo.

La espontaneidad del empute general hizo efecto. Los jerarcas tuvieron que retroceder; se humilló su prepotencia y vanidad. Al fin el país daba la impresión de ser algo más que un reinado asiático, donde la voluntad del amo no se discutía jamás. En un cliché necesario diría que el sol volvió a brillar. Fracasaron los intentos de genocidio, de hacer desaparecer dirigentes en aviones preparados para tal. A partir de Yucumo, lugar de triste memoria por el abuso ejercido sobre pacíficos marchistas, el asunto se transformó. Por un momento Morales & Cia recularon, tanto que cuando los indígenas del Tipnis llegaron a la sede de gobierno, en lo único apoteósico de varias décadas, se convirtieron en topos, escondidos en palacio detrás de ventanas y portones cerrados, con guardia armada. Ahora dicen que la turba quería colgarlos, y por un momento pensé que así sería. La historia se repite siempre, más que nada en sus momentos trágicos. Pero esa es otra narración.

De Yucumo a Quiquibey, a atravesar el borde interdepartamental. Los temores fueron apaciguándose como un café que ya servido humea menos y menos hasta entibiarse. Ya hombres y mujeres del Isiboro-Sécure cargaban heroísmos merecidos. Dejé el reporte municipal del INE en la biblioteca. No es que conociera ya de sobra el camino que de Caranavi iba hasta La Paz. Los aires olían a triunfo.

Hay que calcular que este movimiento humano partió de llanos y selvas del trópico, muy abajo, y que tuvo que trepar hasta las alturas en odisea que tuvo no sólo altibajos sino muertos. Aníbal de Cartago cruzando los Alpes, José de San Martín sobre su cabalgadura en la cumbre de los Andes, Bolívar en el Chimborazo y el Potosí. Épico, no existe otra definición. Valiente.

Un fotógrafo los acompañó, Samy Schwartz, para eternizar como se dice la epopeya. Y, entre las tomas, una me ha quedado grabada; eran dos: todavía con luz, y ya oscureciendo, los marchistas se han detenido en Pongo, entre unos cerros medio pelados, medio boscosos. La toma al oscurecer muestra como un vivac primitivo, estacionado en el tiempo. Esos planos que al verlos erizan los escasos vellos indios que pueblan el antebrazo. Las nubes bajan, pronto se presupone que no se verá nada: la niebla parecerá ocultar la realidad. Justo ahí el artista oprime el disparador y conquista lo que los alquimistas buscaban sin sosiego. Imagen que resumió para el escritor la grandeza de lo que pasaba, allá lejos, en la tierra vetada por la distancia, sabiendo que aquí, contemplando un parqueo insulso de una ciudad no ajena pero fría, perdía la posibilidad de asistir a donde se escriben los libros.

Los marchistas de Pongo comparten el muro con fotos de mis padres, de Ligia, Emily y Aly, las cortes musulmanas de India, Paul Surtel. Cuando se acomodan para dormir, en medio de nubes, martillea en mi cabeza el cuervo de Poe que grazna “nunca más, nunca más”.

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Publicado en CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE (con Roberto Navia Gabriel), LA HOGUERA, Santa Cruz de la Sierra, 2013

Fotografía: Samy Schwartz 

Wednesday, August 30, 2017

Muñeca Lewandoski, entre Madrid y Cochabamba

ÁLVARO VÁSQUEZ

Leí “Madrid — Cochabamba (cartografía del desastre)” de Claudio Ferrufino Coqueugniot y Pablo Cerezal en septiembre de 2015. Lectura impactante, que me hizo escribir unas líneas en Facebook (pobre elección, dirán algunos, aunque me consuela saber que esta red propició el primer contacto entre los autores) en las que les agradecía por haberme hecho sentir que conocía una ciudad en la que nunca estuve y por recordarme en sitios que nunca visité de otra.

Hace algunas semanas, leí en un matutino local una columna de Claudio Ferrufino en la que mencionaba que José Ramón da Cruz había realizado un video documental del libro (https://vimeo.com/202046569), de una manera libérrima (como el mismo cineasta manifiesta al inicio de su obra), y como confirma CFC, que sostiene que da Cruz puede apropiarse y moldear el contenido del libro a su gusto.

Afortunadamente el video, pese a su tan libre interpretación del libro, parece seguir sus pasos, y al hacerlo lo reinventa, complementándolo con imágenes de las ciudades, con la voz de sus autores, a través de los ojos de la muñeca Lewandoski, que en irrefrenable frenesí recorre las letras del libro y las calles de las ciudades en él retratadas, acaso intentando volverlas una sola, una ciudad literaria.

CFC se refiere a ella como a una figura bifronte, lo cual tendría mucho sentido considerando que son dos ciudades, y dos autores. El bifrontismo se asocia por lo general al dios romano Jano, e ilustra su capacidad de ver pasado y futuro, de encarnar el bien y el mal. Símil también válido para el texto.

Sin embargo, viendo el video, la muñeca Lewandoski parece ser trifronte, y eso inevitablemente me trae a la memoria a la imagen de Jesús del Gran Poder, figura divina de gran importancia para la cultura paceña, que en el lienzo original tenía tres caras que según la iglesia católica representaban la santísima trinidad, aunque la gente que acudía al templo decía que el rostro de la derecha representaba lo malo; el de la izquierda, lo bueno; y el del medio, nuestro propio rostro (siempre una mezcla de los otros dos, supongo). Finalmente, la iglesia, sintiéndose incómoda por las interpretaciones “erróneas” sobre la imagen, ordenó pintar sobre ella un solo rostro. Hay quienes cuentan que varios pintores fueron incapaces de terminar el encargo de la iglesia, y que más de uno incluso perdió la cordura en el intento.

Como sea, se sabe que el lienzo original fue traído desde España para finalmente quedarse en Bolivia, como anticipo del viaje bi/trifronte (ida, vuelta y nueva ida entre las ciudades) que mucho después mostraría/fundiría a Madrid y Cochabamba ya sea en papel o en imágenes.

El video no se aparta de la línea narrativa del texto, tomando como guía fragmentos del libro para llevarnos a través de la muerte, el sexo, la(s) ciudad(es), las letras y la ebriedad, mezclando y retomando estas líneas de la mano y el movimiento frenético de la muñeca, que va recorriendo los refugios feos del hombre, y apenas se la ve moverse, y sin embargo, se mueve (PC).

Y al moverse nos muestra la extraña cobardía de PC, ésa que le impulsa al valeroso acto de cambiar de vida eligiendo para ello su exilio (voluntario, como un título anterior de su ahora coautor) en Cochabamba, donde encuentra gente que no es feliz, pues está acostumbrada a sufrir, debido a su carencia de horizontes, y por eso no es amable. Y nos grita en el movimiento siguiente que un cementerio no es nada más (ni nada menos) que una ciudad de muertos.

Y a este lado del Atlántico, CFC nos recuerda que la certeza de la muerte es lo que nos hace vivir, y tomando la voz de quienes ya pisamos el medio siglo, se refiere a una vida con más pasado que presente, en la que cabe la pregunta de cuánto futuro.

Y logra que me remuerda la conciencia cuando recordando a quien vendía libros (sí, confieso mi culpa, pues aunque me gusta Sabina, no puedo negarlo todo, mas esgrimo en mi defensa la extrema juventud de entonces) y lo acusa de ser la estupidez devorando la memoria.

Y así, Lewandoski nos invita a escuchar (y en mi caso, recordar, e iniciar la búsqueda de) música con acento canadiense en las voces de Cohen y Young, nos muestra Madrid desde el ojo de un ave, y muestra gente cabeza abajo recorriendo sus calles mientras escucho hablar de migrantes, y pienso en sudacas. Y nos dice que la literatura es un oficio y una necesidad, y me pienso escribiendo estas líneas en lugar de trabajar.

La edición boliviana de Madrid-Cochabamba, tiene en la contratapa un comentario que afirma que el libro es un ameno puente entre dos realidades vinculadas por el amor a la palabra.

El video adorna y enriquece de imágenes y voces ese puente.

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De ENTRE LETRAS (blog del autor), 26/03/2017

Tuesday, August 29, 2017

Floyd Mayweather vs. Conor McGregor, la guerra de las razas/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Mayweather es un comerciante, no, a la manera de Muhammad Alí, combatiente de los derechos civiles. A él le importan los millones, el monto y el momento. No posa de adalid de la raza negra. McGregor, fuera de su aparente disgusto con Trump, quiéralo o no, tatuado, agresivo, gritón, amedrentador, matón, representa a aquellos que se vieron en Charlottesville, Virginia: neonazis vociferando igual que él. Su combate, arreglado, falso, exhibición de avaricia o lo que fuere, excede todas estas minucias de la vida conyugal boxeadora, sobre todo en el momento que se vive en los Estados Unidos.

Cabe la gran referencia de 1908, cuando el primer campeón negro de la historia, Jack Johnson, peso completo, era una llaga en el costado de la “superior” raza blanca. La tarea consistía en destruirlo, acabar con su reinado, la invencibilidad que había arrasado a tremendos peleadores como Jim Jeffries. Además el estilo de vida del campeón, rodeándose de mujeres blancas, viajando a Europa, vistiendo pieles, con automóviles, joyas, dinero, insultaba a la gran masa blanca pobre e ignorante, azuzada por intereses racistas que aún perduran.

En tiempos de Jack Johnson se buscaba a “la gran esperanza blanca”, alguien que acabara con el oprobio de soportar a un negro apaleando a sus amos en el ring. Sucedió, finalmente, y la historia sigue considerando aquel match como un tongo, cuando un bestial cowboy de Texas llamado Jess Willard lo noqueó bajo el sol de La Habana.

Lo de hoy con Floyd Mayweather no puede considerarse lo mismo. Si bien este imbatido campeón comparte con Johnson la ostentación y el color, otras parecieran ser las épocas. Pero está Trump en la presidencia y racismo, latrocinio, obstrucción de justicia, burla de la constitución, traición y mucho más son pan de cada día. The Donald se esfuerza por superarse, por ser peor mientras pasan las horas y por demostrar que puede, y suele, hacer lo que le venga en gana en un país que considera negocio suyo. Es esta, según dice Jimmy Carter, una oligarquía. Los ricos están en el poder y van transformando leyes y narrativa a su antojo, ajenos por supuesto a las minorías.

Lo desee o no, en estas especiales circunstancias que se creía enterradas después del sacrificio de Martin Luther King, Floyd Mayweather representa a la raza negra. Iguales atrocidades, dichas y hechas, a las del tiempo del primer campeón mundial negro, van decantándose irremediables. A pesar de que en el momento del pesaje aguantaba la andanada humillante que le escupía McGregor con calma, para el espectador significaba el traslado de lo ocurrido en Virginia a este centro de deportes, con el blanco armado de antorchas y ametralladoras jurando exterminarlos y ellos, callados, sin medios para defenderse.

De poco sirvió al irlandés desgañitarse sobre la achatada nariz de Mayweather. En justa exhibición de profesionalismo boxístico, el negro terminó vapuleando el rostro del blanco como si golpeara un muñeco. Si bien el referee tuvo razón en detener la masacre para proteger al campeón de las artes mixtas, la era pedía sangre, circo romano, con Conor McGregor desmayado en el piso como resultado. Que eso habría aumentado la tensión racial, por cierto; pero que también hubiese implicado una justa venganza de los afroamericanos ante sus eternos torturadores, también. Pero, este combate se trató de un negocio deshonesto, del juego capitalista para enriquecer a unos pocos. La millonada de los pugilistas es nimia ante lo que ganaron los productores, aprovechándose de seguro de la crisis del país para avivar odios que siempre traen réditos.

Fuera del inmundo contexto del lucro y la corrupción del boxeo y el deporte en general, la lucha fue sintomática. En asuntos de odio racial no hay victorias definitivas. La derrota solo aviva el concepto de revancha. Y así seguimos.

28/08/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 29/08/2017

Fotografía: Matthew Lewis/GETTY

Saturday, August 26, 2017

Los últimos días de Trump

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Leí el glorioso libro de Bulwer Lytton, mucho ha. Los últimos días de Pompeya. Luego, que el autor era considerado mediocre, malo, pero no importó a pesar de no haberlo cogido de nuevo y repasado. Guardo esa belleza como la concebí, con las imágenes que su literatura diseñó en mi mente. Un volcán echó ceniza y fuego sobre glorias, ambiciones, envidias y cachondeos. Quedan cuerpos como si fueran de concreto, igual a malas estatuas de plazuela boliviana, esbozos de arte con artificios de picapedrero. Así la vida, efímera; el recuerdo dura mucho más que los años.

¿Quién hace comprender esto al autócrata de la Casa Blanca? Solo horas, días, meses, no años, que se conjuran contra él, como muchos ahora, casi todos pronto. Donald Trump, el imbécil que no es tanto en realidad sino demente, megalómano, pervertido, se ha cavado en las últimas semanas una fosa que quizá todavía esté a flor de superficie pero que va delineándose como tumba. Quedará en la historia como un cuerpo humano amorfo, como los calcinados de Herculano, sin otro legado que la memoria del esputo infecto o, quién sabe, tal vez sea el nuevo paradigma de una sociedad que se ocultó a sí misma por cinco décadas y que decidió al fin descargarse del peso de una mentira que la ata a un destino no suyo. Cuando las sociedades comienzan a deshacerse, por lo general se agarran de lo peor de su memoria, retroceden buscando el asidero del pasado y obvian el futuro por temerle. Espero que no; miro a mis dos jóvenes hijas norteamericanas henchidas de esperanzas que mi sarcasmo no tuvo, y creo que tal vez este mal sueño, la nightmare del enloquecido hombre blanco con peluca, fue un volcán vomitado y pronto muerto. No estaré para contemplarlo porque arriba un proceso de digestión del fenómeno para el que no me quedaré.

El individuo se sienta en la Casa Blanca por seis meses ya. No ha hecho casi nada aparte de amenazar, insultar, asistir a concentraciones para mantener la llama viva de la elección. En Colorado, aparte de las masivas concentraciones de gente en las ciudades de Denver y Boulder que votaron demócrata, Trump ganó en el estado. El campo es tierra trumpista, con todo lo que eso puede significar para los inmigrantes. No quisiera caminar de noche por esos pueblos de montaña, de incomparable belleza. La guerra india ha recomenzado y el Far West también. Los caballos se cambiaron hace bastante por motos Harley Davidson, pero la mentalidad de los cowboys permaneció intocada, manifiestamente retrógrada, racista, con ilusión ideológica y espasmo de vicio: alcohol y droga. Era tierra de pieles rojas, según despectivamente se nombraba a los nativos. Hoy es patria de cuellos rojos, basura blanca, blancos pobres que en medio de un universo tecnológico nunca antes visto viven como salvajes comiendo ardillas y mapaches. No falta, eso sí, una inmensa camioneta, “trocas” para los mexicanos, para hacer patente su masculinidad, que los cojones no se ven.

Igual a Colorado, los logros de Trump en las áreas rurales del país han sido devastadores. Con un discurso violento, vago en varios sentidos, artero en los más, consiguió el voto de los descorazonados, incluso de la clase obrera que no es desde hace un siglo aquella progresista que conoció John Reed. La revolución se trasladó a las universidades y no es poco decir que tiene algún peso. Ayer, por televisión, un profesor negro de Princeton afirmaba que de no haber estado los anarquistas en defensa belicosa en Charlottesville, Virginia, las cosas hubieran sido peores. La milicia neonazi armada que invadió las calles de este pueblo para protestar el derribo del monumento a Robert Lee, general confederado, estaba dispuesta, como se vio, a matar. Cuando lo hizo, y a pesar del estallido nacional de ira contra sus actos, se sintió asegurada por el discurso presidencial que no los culpaba.

Luego, un día después, le escribieron palabras acusadoras a Trump y las leyó de mala gana, hasta que el 15 de agosto decidió abiertamente defender a los supremacistas blancos y convertirlos en víctimas. Habló de la bandera que debía “unir a todos” y las banderas mostradas en televisión tenían una esvástica. Nunca vi periodistas norteamericanos tan furiosos. Este era, en opinión mayoritaria, el punto de inflexión de un gobierno ausente y de un líder incapaz. Queda ver el desarrollo de esta otra rama de los grandes problemas de Donald Trump: traición, corrupción, lavado de dinero, pornografía, robo, asalto sexual y ta ta ta; se echó otro gran bulto encima.

Supongo que a puertas cerradas los republicanos sopesan las posibilidades de deshacerse de Trump. Ya no les sirve, se está tornando peligroso. El partido de Lincoln va camino de convertirse en el partido de Trump y estos duchos políticos dudo que lo permitan. El gobierno ya es suyo, congreso incluido. Solo hay que remover la cabeza y aliviar al país de un peso pesado molestoso. Incluso, pensarán, que es este hombre el obstáculo para que avancen en su campaña de destrucción masiva de la obra del presidente negro, Obama. A observar, pues, que tanto en público así como a escondidas, Donald Trump estará en la mira que amenaza con defenestrarlo y quitarle los sueños hitlerianos y putinistas que lo acosan en sus noches pajeras.

16/08/17

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Publicado en ADELANTE BOLIVIA, 23/08/2017

Wednesday, August 23, 2017

Recuerdos de Kazimierz

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Violín, acordeón y contrabajo. Por la ventana llegan efluvios marihuanos. Denver se ha convertido en humo de hojas verdes estrelladas. Pero no estoy allí sino en Kazimierz. Estas paredes son demasiado antiguas; las piedras se han puesto negras por silencio y dolor. Nadie fuma en este lado del espejo. Tres judíos caminan con sus instrumentos, van a la fiesta de la muerte. La ventana y sus olores pertenecen a otro mundo.

El Vístula se dobla. Dicen que es una serpiente.

Miro atrás, cuando era joven, novio, malcriado y tonto. El arco acaricia el violín, seduce el contrabajo. Miro a cuando no era padre, a cuando no debí serlo. Estas calles guardan secretos de muertos. El alcohol se ha evaporado del desmayo en Coña Coña. Trashumo el universo que junta Cracovia y Cochabamba como si estuviese borracho y no lo estoy. Detrás de mí va un corro de mujeres hilarantes y desdichadas. Se mesan los cabellos, tiran botellas, susurran mi nombre y lo maldicen. No hay sosiego de tierra de dios. Huyo.

Mi padre corta pan negro alemán; pesa un kilo. Lo unta con pasta de hígado: café rojizo sobre negro, un cuadro de Pascin. Los bulbos de la iglesia en la plaza Colón imitan malamente algunos de Kazán. Domingo de ramos. La vagoneta verde parqueada en uno de los costados. Las indias tejen con palmeras el recuerdo del Cristo sacrificado.

Tengo que escribir una novela y el cielo raso ha caído sobre mí. Tormenta de madero y yeso. Me emblanquece para hacerme fantasma pero hay demasiada luz para penar. Me miro atrás, en un tiempo que era y no, feliz. Agarro lecturas chinas y me adentro por una calleja de Kazimierz por donde marcharon los duelos. Sufren músculos y articulaciones, una andanada de piedras los masacró. Los amigos preparan carnes al fuego y enfrían el ron. Me llaman pero no contesto. Ya mudo.

El perro camina apenas. Las vértebras cervicales se le hacen polvo. Perro sísifo. Los troncos blancos del árbol que gime se cubren de hongos. Kazimierz apaga sus luces el 43. Arrastro los pies hasta la cama y duermo con ojos abiertos y en los oídos la bocina del vendedor de helados que pasea en la oscuridad. Después nada.
23/08/17 

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Fotografía: Roman Vishniac/Entrada de Kazimierz, distrito judío de Cracovia

Monday, August 21, 2017

Eclipse solar/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hemos vuelto al medioevo. El eclipse solar total que acaba de pasar trae presagios, malos como en los tiempos antiguos. Las topadoras del autócrata Evo Morales están en Isinuta, en las puertas del TIPNIS. Esta noche su sosías gringo, Donald Trump, decidirá la política militar de los Estados Unidos en cuanto a Afganistán. Quiere, se ha comentado en prensa, que aparte del contingente de soldados que ya está allí, el gobierno contrate a una fuerza mercenaria cuyo dueño es el hermano de su secretaria de Educación, la menos calificada de la historia última, multimillonaria y con planes firmes de destruir las escuelas públicas, reemplazarlas por privadas, elitistas, clasistas y el resto. Estados Unidos ya perdió hace mucho en Kabul, igual que Rusia; sin embargo, sigue siendo tremendo negocio para la venta de armas y, ahora, para posibles contratistas que cobrarán arriba de 10.000 dólares mensuales para matar, con comisión al presidente, seguro. Ha vuelto Butch Cassidy, el delincuente, a cobrar dólar por cabeza de indio en la Patagonia.

El año 1647 un eclipse similar se vio en Polonia. Los ciudadanos espantados miraron hacia el este, los llamados Campos Salvajes, tierra oficialmente de la República polaca pero en lo real de nadie. Polonia poseía un vasto territorio y solo diez millones de habitantes. Era lucha imposible de ganar. Los augurios se cumplieron, en 1648 la guerra vino de oriente, brutal como no la habían visto y, en cien años, Polonia dejaba de existir. Destruido el parque nacional Isiboro Sécure, Bolivia todavía tendrá unas décadas antes de declararse desierto, pero es certeza de futuro. Bien sabemos que el TIPNIS significa la punta de lanza de los criminales comerciantes que se hacen pasar como abanderados de la revolución. Vencido este escollo no han de detenerse hasta haber vendido todo, lucrado para diez generaciones y después huido, con amautas, ñustas, putas, eunucos, milicos y lameculos de cola. Dejarán a los escribientes, los adláteres de la nada, mangueros y limosneros, rectores de universidad y curacas con inservibles chicotes. Porque luego de la destrucción del agua viene la sequía, y con la sequía el hambre, con el hambre las batallas y la muerte. ¿Lo quieren así? Sea. Bienvenidos Somalia y Sudán.

En cuanto a la tierra del magnate Trump… le queda aire todavía. Ha de perder, y bastante rápido, hegemonía mundial. A tiempo de ganar dinero personal y para su familia, el presidente de los Estados Unidos va renunciando a favor de otros un lugar preeminente; eso no implica como en el caso nuestro la debacle. En el norte va a tardar, tal vez un siglo. EUA es demasiado rico aún y puede darse espacio hasta entonces. En su caso, la pérdida es de estatus más que de riqueza, a no ser que el energúmeno de la Casa Blanca ajuste el botón nuclear y todo, hasta el poder y el oro, se vayan al abismo.

El eclipse, que en Colorado llegó a cubrir un 90 por ciento del sol, pasó sin pena ni gloria. Estábamos en un barrio obrero y poco interés hubo, aparte de unos manchones de observadores, entre la gente por verlo. Y eso que corrió brisa fría y el mediodía estuvo casi crepúsculo. Una mujer que se acercó a prestarse los lentes especiales que llevábamos dijo estar asustada. El medioevo, otra vez, los presagios. No se vio una cruz ígnea en el cielo, lo que hubiese causado desbandada, pero igual se sintió como que algo fallaba, hasta los ojos. El hombre ya no los levantó al cielo porque la luz quemaría sus pupilas. Se agachó.

Recuerdo un cometa, hace mucho. Después vinieron las torres gemelas de Nueva York. Lo que nos aguarda está incierto o no tanto. Porque estamos seguros que Morales entrará al TIPNIS y la coca lo cubrirá de gloria. Por aquí sabemos que míster Trump hará lo que le venga en gana porque otros maleantes como los nuestros quieren igual lucrar por siempre. Pretextos no les faltan, que ISIS, que las comunicaciones, que la libertad y el progreso. El sol se cubrió de sombra. Tiempo de sacrificio.

21/08/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 22/08/2017

Tuesday, August 15, 2017

Existencialismo, somnolencia y abismo

JORGE ÁNGEL HERNÁNDEZ

“Estamos ante una novela compleja, filosófica, intelectual, cotidiana, febril, irreverente”.

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT


Con esta enumeración de clasificaciones cierra Claudio Ferrufino-Coqueugniot el prólogo a Los hijos soñolientos del abismo1, novela de Geovannys Manso Sendán que la Editorial Letras Cubanas publicara en 2016 luego de que quedara entre las finalistas del Premio Casa de las Américas 2011. Ferrufino-Coqueugniot había integrado el Jurado y defendió la novela hasta el último momento, según revela en ese mismo texto de presentación. Nos deja, en su último párrafo, un listado que es justo y que intentaremos seguir al recorrerla en estas líneas.

Complejidad


Los aires de complejidad de Los hijos soñolientos del abismo pueden estar anunciados desde el mismo epígrafe, del Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, una obra espléndida que, sin embargo, abunda en referencias y complejidades. De ella toma el título y, quizás, algo de la atmósfera abismal que envuelve al personaje. Pero va a desmarcarse desde el mismo inicio, cuando la referencia nos lleva directo a El extranjero, de Camus, y el personaje enseguida se desmarca de ambos. En su continuidad narrativa, mientras el narrador-personaje reflexiona y describe situaciones, van quedando atrás esas posibles deudas y, si aparecen, serán guiños donde el autor maneja los recursos literarios en función de sus propios objetivos. La relación familiar que envuelve la atmósfera seudoexistencialista del personaje abdica de ciertos tópicos que marcaron la tendencia y coloca sobre las tres personas a que se reduce (padre, hermana, exesposa) motivos que intentan poner en jaque su conducta. Manso Sendán tiene el tino de no convertir estas confrontaciones en filosofía, sino que en anécdota, en pinceladas que pasan por humor a veces negro y corrosivo, y en otras por una ironía que logra deshacerse de la condescendencia que pende sobre situaciones de tipo literarias como esta.

Filosofía

El filosofar es constante en Los hijos soñolientos del abismo, sobre todo en el ámbito de la creación literaria, y del arte y la cultura en general. Si descontamos la intermitencia de los códigos existencialistas, no hallamos mucho que venga de la Filosofía como disciplina de las Ciencias Sociales, sino, y no completamente, de la Filosofía del Arte y de los aportes que las obras de arte dejan para la reflexión y el entendimiento posterior de la vida, que se mezcla de axiomas en su descripción de sucesos. Pero ni siquiera subyacen asertos desiderativos de grandilocuencia ni, muchos menos, intenciones de moralizar o canonizar el resultado posterior de la persona que emprende la lectura del libro. Por fortuna, este filosofar desconcertante no aparece colgado, o adjunto, al devenir de la trama, sino imbricado, a veces en un grado tan alto que desaparecería el suceso si “podáramos” la complejidad filosófica, algo que hacen bastante los editores de la industria del libro. Hay, en este punto, una ligera relación con el modo narrativo de José Donoso, acaso no muy advertida por el propio autor. ¿O nos da un fake también con ese aparente desconocimiento?

Intelectualidad

Doy por sentado que cuando Ferrufino-Coqueugniot califica de “intelectual” a Los hijos soñolientos del abismo se refiere a que no se desarrolla en reflexiones que bordean más o menos las normas de la gente común, sino que convocan –y evocan– un bagaje alto de referentes culturales, desde la literatura a las artes. No se conforma Manso Sendán con la enumeración, o con la propia evocación, aunque en ciertas ocasiones ocurra, sino que saca conclusiones que atañen tanto a los sucesos que vive el personaje, y a su relación familiar, como a lo que quedaría después en el conocimiento humano. No es pretencioso, sin embargo, este discurrir: va a lo concreto y se regodea en lo nimio, en lo intrascendente que, por paradoja implícita, rige las vidas de quienes le rodean, o le acosan con incansables llamados a la normalidad. Así, la capacidad de reflexión del personaje que narra, preocupado siempre por tener más verrugas en su cuerpo como único sino de su vida, desdice el sumun que la cotidianidad ha ido colocando en el centro de las vidas de hoy, dedicadas a ganar su valor por la cantidad de objetos y bienes que pueden contar en pertenencia. Hay en la trama diversas circunstancias que llaman la atención sobre aspecto.

Cotidianidad

Cada suceso de Los hijos soñolientos del abismo está aferrado a la vida cotidiana; cada motivo de conversación, o desmotivo de comunicación, pasa por ese fluir de las cosas y las pertenencias, los deberes que la normalidad ciudadana exige y, sobre todo, la ruptura un tanto absurda, con mucho de kafkiana, con el contexto de sus relaciones sociales. La escena de LUNES en que escucha los argumentos de su Jefe es un buen ejemplo de ello, aunque abundan y se superponen a lo largo de la descripción de acciones.

Febril

Ser febril se sale un poco de las bases epistemológicas de los calificativos anteriores, pero remite a una virtud esencial de Los hijos soñolientos del abismo: todo fluye, en efecto, como si un estado febril lo dominara. No solo el punto de vista seudocamusiano del personaje que narra, sino además las sucesivas apariciones de los personajes fundamentales de su relación, como decía, padre, exesposa y hermana, y las intervenciones de otros que van de incidentales. Manso Sendán le impone este ámbito de lo febril a todo cuanto narra. Se vale, sobre todo, de la economía de detalles descriptivos y de la precisión en los elementos de diálogo. Y transmite esa sensación febril al ámbito de la recepción, lo que es, como decía, un mérito, aunque también es un riesgo, pues depende de un lector que consiga conectar con sus códigos y dar rienda suelta sus significados. Por mi parte, he preferido no intentar curarme de esa fiebre y he disfrutado el estado en que me hallaba mientras iba leyendo No obstante confieso, ahora que ha pasado un tiempo después de la lectura, que no lo confesé a aquellos activistas de Salud que llegaron a mi puerta a preguntar si había síntomas febriles en mi cuerpo.

Irreverencia

La irreverencia es total, como puede desprenderse de las líneas anteriores, y del propio proceso febril de la lectura, que va sobre oraciones concretas, la mayoría breves y, de no serlo, apuradas por sentencias radicales. Pero esa irreverencia tiene trampas que es posible hallar, justo, en los tres puntos primeros: la complejidad, la filosofía y la intelectualidad. Detrás, y al borde mismo, de las reflexiones y las descripciones que Geovannys acumula a lo largo de su vertiginoso discurrir de oraciones de precisa sintaxis, hay homenaje y reconocimiento a la vasta cultura que lo asiste, a los maestros que su oficio ha ido asimilando. De ahí que me permita agregar a la lista del prólogo un elemento más: la cultura.

La cultura como el don que da sentido a la existencia, incluso a esa existencia sin sentido (seudoexistencialista) que marca al personaje que narra. La cultura como el elemento que define el escaso valor de los propósitos ciudadanos que lo cercan y lo aíslan, del mismo modo en que, para dejarlo gráficamente claro, muestra el autor cómo el personaje se va aislando con la división de su vivienda ante el divorcio.

Y, por último, el empleo de la primera persona como un recurso de juego con falsos referentes de tipo autobiográfico. Es obvio que no todo lo es y que la invención del autor puso lo suyo, pero la marca descriptiva fuerza a quedar en el engaño, a adentrarse en reflexiones que, para bien de la obra, colocan a sus lectores en posterior diálogo con ella. Así he quedado al leerla e, incluso, largo tiempo después que la dejara “enfriar” en la gaveta, para terminar pergeñando esta reseña crítica.

1 Manso, Geovannys: Los hijos soñolientos del abismo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2016, 140 pp., ISBN: 978-959-10-2136-6
 
Editado por: Nora Lelyen Fernández

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De CUBA LITERARIA, 14/08/2017

Imagen: Portada del libro


El TIPNIS es una guerra/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Lo que no se quiere entender en Bolivia es que hay un conflicto, una guerra, en la que un grupúsculo de rejuntados, con la excusa de lo indígena y la miseria, ha decidido montarse en el poder para siempre. Detrás de ellos hay intereses millonarios, mafias internacionales, finanzas, bancos, capitalismo salvaje. Los pobres, que marchan como caniches al tirarles un pedazo de pan, en apariencia los respaldan masivamente; el Ejército sirviente lo hace porque está en la boleta de pagos, sin recibos ni transparencia, del sangriento carnaval expoliador.

Desde el primer día de esta burla vengo escribiendo sobre lo que se veía claro: el gran engaño. Jamás hubo un ápice de pensamiento revolucionario en una cúpula delincuente y hasta asesina. Mi vehemencia me costó reprobación pública de la prensa nacional, de periodistos que a pesar de jugar a opositores, lo que querían era estar en la mira de las delicias del presidente, de su caricia y beneplácito. Abiertos fascistas de izquierda, algunos; arribistas que el tiempo ha bien posicionado y que miden su charla y su silencio para permanecer incólumes y notables, otros, mientras un resto, hoy deslenguado, permanecía con tenue crítica y mirada de soslayo hacia la silla presidencial en busca de favores, cosa común en el país. Miren si no a los expresidentes, que uno a uno bailaron de odaliscas enfrente del amo. Yo no, nunca, pero sonrío con tristeza al saber que como buenos altoperuanos varios que podrían haber sido críticos aprovecharán las coyunturas futuras para aparecer en primera plana vestidos de apóstoles de la libertad. Escritores entre ellos.

La democracia murió hace mucho, en la negativa de Evo Morales de oír “al pueblo” que llena su boca recientemente acostumbrada al roquefort y el filet mignon. Bien fácil se vuelcan los próceres, comenzando con la comida. Al no existir esta (la democracia), no pueden quedar dudas de que estamos ante un tablero de ajedrez sin límites. Él fue el que puso las reglas del todo vale, del meterle nomás. Entonces, opositores o cualquier ciudadano tienen derecho a meterle nomás en sentido amplio de la palabra. Se aplica para depredación, para robo, violación, corrupción, mentira, pedofilia, prepotencia, suplantación, contrabando, narcotráfico, ¿por qué no para cambio de autoridades, remoción de líderes o lo que fuere y de la manera que fuere? Hay que primero entenderlo, luego aceptarlo; estamos ante un momento en que la corrección política no vale nada, en que la insulsa conversación acerca de un estado democrático solo da carta blanca al arbitrio demencial de este movimiento -que no es partido político- y a su infatigable gula. El TIPNIS es una pieza del pastel. Ya Morales, alma negra de la Madre Tierra, ha puesto sus ojos dolarizados en el Madidi y lo que alcance. Vendería a su madre el individuo si eso pudiese acrecentar su quién sabe cuán voluminosa fortuna. Linerita y la jauría se benefician por igual. Nada cuestan unos ríos, unas aguas, árboles, tribus, total, con un discurso enrevesado como la idiosincrasia plurinacional se soluciona todo, con billeticos aquí y acullá, con donaciones a dirigentes y promesas a narcos, madereros, cazadores, mineros. Si después hallamos un yermo ¿y qué? ¿A quién le importa? Por supuesto que al gobierno no.

Las guerras se pelean a muerte. No hay retórica de doctorcitos altoperuanos posible. Si se va a luchar por este territorio y por el futuro hay que afiliarse a la filosofía del meterle nomás y hacerlo, contra quien se ponga delante. Eso implica tanto, y no agradable. Pero si alguien pone el pie en mi casa, pierde el pie, así de concreto. Si pone la cabeza, adiós cabeza. Recuerden el coro cubano en la música: “al que asome la cabeza, duro con él, Fidel, Fidel, duro con él”. El método ha sido aprobado por los señores de la revolución. El permiso está dado.
14/08/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 15/08/2017

Monday, August 14, 2017

El soldado Maradona

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Si Maduro me llama, me pondré el uniforme de soldado de la revolución, algo así dijo Diego Maradona, El Diego, Pelusa, La Mano de Dios, en cuanto a la tragedia de Venezuela. En su momento defendí a este hombre, ilustré mi artículo con un afiche del filme de Kusturica… Hoy no me desdigo, mantengo lo de su momento, sus actividades de “sindicalista” del fútbol, las justificadas quejas de explotación por parte de los empresarios. El circo… Luego se le dio por la política; tenía un Che tatuado en el cuerpo como quien se tatúa desnudos. Guevara es la diva de la revolución y su barba la llevan hasta en el culo.

Vi, el domingo pasado, otro Che en la pantorrilla de un muchacho hijo de amigos a quienes quiero mucho. Me callé, apuré un ron en Cuba Libre, trago de gusanos lo llamaron. Y a tiempo de bailar, tocamos a Carlos Puebla, porque esos sones guevaristas son piezas bailables además de lindos recuerdos.

En tiempos de Chávez, el coronelito invitaba con frecuencia al mediocampista argentino. Se echaban piropos uno al otro despertando sospechas, ya que ninguno de los dos era lo que llamaríamos varonil, pero qué importa. Sin embargo, como digresión, vale decir que entre los izquierdosos de nuevo cuño, los que se inventaron un siglo para ellos como Hitler un milenio, hubo, y hay, exceso de meneos feminoides: Morales, García Linera, Correa, Maduro, Chávez, Boudou, algunos parlamentarios masistas bolivianos, Choquehuanca. Busco en los papeles raros de Marx alguna relación entre sexualidad y digamos “progresismo” y no hallo nada. No soy políticamente correcto y no pesa decir que eran, y son, una banda de maricas. No Proust, no Whitman, ni Gide ni Ginsberg o Salvador Novo, sino maricas de medio pelo.

Maradona y Chávez… Cuando eligieron en Colombia a Santos aparecieron en televisión los personajes, despotricando contra Uribe y su antiguo ministro, a la sazón, presidente. Pelusa, el politólogo de las Américas, espetó un par de burreras que festejó el milico y viceversa. Maradona miraba a Chávez como miran los venezolanos a la de Coromoto, la virgen, a pesar de que tienen modelos casi en cueros mucho más atractivas y parlanchinas que una estatua de yeso o madera. ¿Para qué? Bien pronto estaban Chávez y Santos dándose de besitos en un aeropuerto por ahí. El Diego agarró su pelota y se puso a hacer piruetas; se calló, no podía decir que el milico Chávez era un cobarde que no se ajustaba a su palabra.

Lo que me disgusta de este que fue astro del fútbol es su extrema vanidad y una vocecilla condescendiente al hablar con periodistas. Además de actuar como intocable: que ni me acaricien la rodilla porque soy dios, semidiós, titán. Presuntuoso y prepotente, vocea hasta el fin del mundo su superioridad sobre Pelé. No sé, no vi al brasilero jugar porque la televisión llegó a Bolivia con atraso de décadas. Que Maradona fue bueno, excelente, brillante, seguro, pero si fuiste mejor, te callas, ajústate las bragas y actúa como hombre.

Pues ahora quiere alistarse al ejército de engendros narcos, asesinos, del patán venezolano Nicolás Maduro. Pónganle un uniforme, poca tela necesitarán para un chaparro; denle fusil y al frente. Veremos, porque la danza de las balas es otra que la de las pelotas y los calzones rosa que sirven para abrigar los cojones se pueden humedecer con facilidad. Pero tiene que rebuznar, no conformarse con que el tiempo hace su trabajo de zapa. Bocón.

Lo vi no hace mucho en un festejo en Nápoles donde sigue siendo ídolo. Sabrá Maradona que la Camorra y la 'Ndrangheta son organizaciones en esencia contrarrevolucionarias ¿o ya no?, tal vez en esta época confusa son la primera línea de la revolución. De todos modos tienen negocios conjuntos con las mafias socialistas de América. En el recuento que hace Roberto Saviano de la mafia italiana no recuerdo haber leído mucho de estas afiliaciones pero son obvias.

No debiéramos perder el tiempo con las necedades de un futbolista que se niega a crecer. Sin embargo asombra el poder mediático de estos individuos, supuestamente deportistas y no empresas de lucro y corrupción. Se los escucha, e imagino que en Argentina, para muchos, deben ser casi evangelio. Traigo a colación un texto mío que criticaba el abandono de Messi de la selección nacional. Un tipo escribía en mi blog una sarta de insultos porque había osado “ofender” al elegido. Iban desde mi profesión hasta mi origen boliviano. Supuse que para tal hincha, Messi, como seguro Maradona, era un fetiche con el cual se acariciaba el ano, el orgasmo pospuesto por una vida entera y nunca encontrado con su pareja. Había, sin querer, dañado el vibrador que el criticón guardaba en la mesa de noche, supongo que con fotitos de Hugo Chávez, del barbón Fidel y con la sonrisa de Leonel en la punta y el 10 del Pelusa en la base donde se asientan un par de inflados testículos de goma.
10/08/17

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Publicado en INMEDIACIONES, revista digital, 12/08/2017

Sunday, August 13, 2017

Elis Regina y la noche

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Parecía acabar a las 7:30, la noche. Juntamos los últimos pedazos del atún con ajonjolí. Nana Caymmi canta Solamente una vez, en español. Decidimos sin embargo incursionar en la subcultura norteamericana de las cosas de segunda mano. Teníamos 45 minutos para peinar el terreno todo. Comenzamos con vasos cerveceros, altos, delgados trepando a anchos. Hay hermosos vasos aquí, dice Armando y seguimos. Tropezamos con un poco algo de lo inimaginable. Sugerí que el mundo había cambiado, que las tiendas de segunda después del auge del internet se acabaron como centros de descubrimiento. No queda el asombro de levantar cuadros tirados y encontrarse con litografías de Isabey. Era, y alrededor también, otra época.

Enciendo el motor. Llovizna. El verde del capó se diluye en la noche. Si no fuese por la luz de los reflectores delanteros diría que volamos en una suerte de alfombra mágica. Y viene la pregunta de mi hermano, justo cuando tocan las nueve: ¿y te gusta vivir aquí?

Más de veinticinco años. Hay dos niñas que entraban ambas en mis brazos y que hoy discurren sobre historia y sociología mientras voy retrasándome, quedando atrás, en la despensa, en los anaqueles como un vaso cervecero cualquiera, etiquetado irlandés o bostoniano. Pero no he escrito todavía el libro que quiero. Discurro por el crimen de las últimas páginas y lavo la sangre igual a si se tratara de pintura. Leo a Leonardo Oyola, allí en Misiones, o Corrientes, y me hubiese gustado escribir así. Pero esa vitalidad para el eructo, el vómito hecho arte, no es que se haya perdido sino que pasó a segundo grado, de segunda -otra vez-, como tienda de basuritas.

Me gustaba; me gustó; ya no.

Sou caipira pirapora, vocaliza Elis Regina. Esta mujer más triste que la noche, más densa que la luna. Y la he elegido para acompañar el estrecho espacio entre las diez y medianoche, resquicio donde desaparece el infinito. Todo el día he estado rodeado de mujeres suicidas, de heroicas drogas que matan mujeres y de voces de mujer perteneciendo al futuro. Acaricio el revólver que Emilio Losada en la Sevilla asqueada dice que cargo en sus sueños de poeta. Lo acaricio, lo giro, lo juego de yo-yo y lo disparo contra un espejo. El ruido del cristal imita llanto; sollozo cuando se esparce ya cansado. Vuelvo a disparar y soplo el caño para creerme personaje de historieta. Elis Regina canta, o chora.

11:21. Todavía pesa el ron del domingo. Saber por qué fiesteamos. Porque no estábamos como los de arriba escapados de Siria incendiada ¿o sí? O los califas de extensa índole y corto pene ya no pueden alcanzarnos. Saludo a madre e hija armenias, vecinas sonrientes de piscina en Norteamérica, de hamburguesa justo al lado por 69 centavos. También sonreiría yo. Querría borrar para siempre las calles, los antepasados, el cerro Sinjar, los dioses. Luego de aquello nada, ni la tumba de mis padres ni la luna que goteaba sobre el cerro santo como tintura de cúrcuma.

11:23. Dos minutos. Una brújula cuelga debajo de llaves coloniales pueblerinas, recolectadas en intrascendentes excursiones. ¿Echaría atrás mi recuerdo como mis vecinos de arriba? Gritan los niños a veces y sobre la noche de la pradera gringa vuelve a correr el jinete sin cabeza. ¿O soy yo el que grito y el refugiado? El reloj apenas avanza y ya he disparado tres tiros. Arrojo los otros tres al basurero y observo las semillitas de ajonjolí que se pegan al bronce. Miro la oscuridad. Hasta el foco de la puerta de entrada se quemó. Sou caipira, insiste Elis, y le digo que lo mismo, que mi historia la inventaron para ponerme espaldas y hombros antes de lanzarme al ruedo.

Medianoche. Supuestamente el tiempo expiró. El primer minuto deduzco ser el de la muerte, pero a las doce y tres sigo enfrente del ordenador y el gmail apila fotos y nombres de novias en los extremos del mundo que se ofrecen para venir a compartir el lecho de un barbado canoso, que no viejo, que no. A alguna me gustaría decirle que más que conocerla preferiría ver Krasnodar, antes que Donald Trump incendie el mundo y los campos salvajes a orillas del Dniester pasen a flotar como humo.

Intervalo de horas. Desasociarme de lo que la luz descubre. No pongo, ni hay, rosas amarillas alrededor para excitar la imaginación. Escribo de noche, con cerrado entorno que termina en el fin de un foco de 75. Ya que no hay cueva, que si la hubiera, allí estaría, tomándome esta leche diluida en agua que sabe a vacío. Pasan nombres de ciudades. Zhitomir, recuerdo, 1648 y 1942, la tragedia no respeta siglos.

Cierro con cuidado los bordes carmesíes de la bolsa de basura y la saco al patio. Ligia, Marco, Omar duermen. Tres cucarachas discurren con amistad acerca de las bondades de la humedad. Limpio las balas que saqué del basurero y apunto. Con una mato tres… cucarachas y soplo: revolución mexicana.

Pan francés, miel orgánica. Sobre la mesa los objetos se confabulan para eliminar la noche. Por ahí hierve el café. Elis agoniza en el zaguán, ni el suave portugués la salva. Saudosa maloca: cabaña tristona, hogar tristeante, dormitorio tristoso. La caldera grita como el tren al sur, el tren de las once, el tren del trabajo. Casi las seis. Me quedan dos minutos para despertar y ninguna bala.
09/08/17

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Publicado en TENDENCIAS (LA RAZÓN/La Paz), 13/08/2017



Friday, August 11, 2017

Sacha Yegulev/EJERCICIOS DE MEMORIA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Esta novela de Leónidas Andreyev es un monumento a la buena prosa, a la excelente. Quizá debiera decir que es tan buena que linda e irrumpe en la poesía. Envolvente. Sutil. Desgarrante. Magnífica.

Sacha Yegulev es un muchacho de familia que se siente abrumado por la miseria de Rusia. De buen corazón, opta por dejar madre y hermana para reunirse con las bandas guerrilleras de los “Hermanos del bosque”. Hay que situarse en los años anteriores a 1917, entre los populistas y los bolcheviques. Sacha hace creer a su madre que parte a América, para evitarle sufrimiento.

Ya en el bosque, conoce una vida que no percibía antes. Pero en la revolución no todo son alegrías o grandezas. La envidia y la maldad corroen a los revolucionarios con tanta fuerza como a los burgueses. Además de ello, encara a la muerte. El dulce joven de pronto se hace hombre y como tal amargo. El espíritu del humano no es resistente a la experiencia. Día que pasa es amargura acumulada.

Sacha Yegulev se torna en leyenda. Es el protector de los pobres y la mano castigadora de Dios. Los hacendados ricos ven quemarse sus haciendas; los mujiks se llevan las gavillas de trigo; sobre Rusia se ha encendido un fuego que no ha de apagarse otra vez.

El “bandido” Yegulev es atrapado y muerto por la policía zarista. Su madre se acerca al cadáver -expuesto en una plaza-. Su madre sigue pensando que su Sacha está en América...

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Publicado en TEXTOS PARA NADA (OPINIÓN/Cochabamba) ¿1986-87-88?

Imagen: Portada de la edición de Guillermo Kraft, Buenos Aires, 1955


Thursday, August 10, 2017

Eroica/MADRID-COCHABAMBA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La mañana se moja como en orgasmo. Viscosa, neblinosa, nebulosa.

Dylan canta algo suyo que cantaba mejor Bryan Ferry. La noche se inclina al oeste de Aurora. Las gigantescas bolas de la base aérea, lujo y admiración de la guerra fría, semejan pelotas de fútbol tiradas desde la favela hasta la playa. Blancas. Brillan. Dylan canta algo que cantaba mejor Bryan Ferry. “Ya todo se terminó, baby blue”.

El primo Waldo, el único primo que tengo en esta parte de Norteamérica, se festeja hoy. Mi último cumpleaños, dice. Acá, aclaro, porque a fin de año se marcha, dejando mujer e hijas y la memoria de treinta años de exilio. Acontecimiento, sin duda, por eso unto con las manos desnudas un gran pernil de cerdo y le pongo encima todo lo que me sobra en el refrigerador: vino tinto agriado, wasabi en pasta, salsa agridulce china, soya, algo de miel de arce, comino, mejorana, cúrcuma, sal, eneldo y pimienta. Un coctel molotov de futuro incierto. Quien no arriesga en la comida no arriesga en la cama. Lo cubro de estaño y mientras escribo siento los vahos de alcohol que escapan por las rendijas. Llevo eso, un regalo, la familia y una botella de ron. Porque de sus treinta años, al menos veinte pasamos cerca, siempre comentando, hablando, recordando, riendo y llorando por esas calles que nunca existieron y cuya presencia se sostiene porque tuvimos padres y madres; por nada más.

El aire de montaña ha disecado la humedad primaria del día. Ahora presiento sequedad monacal. Ni una gota de agua al aire. Pienso… una guitarra desentona a la vez que leo un poema en el café Fragmentos. Otro primo, primo de cariño, guitarrista afamado y borracho, quiso ponerle cuerdas a mis tristes preámbulos. Veinte años ya, casi una voluminosa novela de Dumas. Observo los rostros inteligentes de los inteligentes, los tontos de los tontos, y leo. En mi oído derecho, rammm, rummmm, rac, rac, ton, tannn, el primo aporrea el instrumento y observo que tiene los ojos cerrados. Le habrá entrado polvo. La puerta está abierta y con el viento baja el añejo polvillo de excrementos de los ebrios de la Simón López. Algún mosquito, quizá, pero los cierra cada vez más, incluso creo que se atolondra y se escapan un par de lágrimas. Caen en cámara lenta y oigo a las mujeres suspirar. Mi poema quedó corto, necio, seco, como amor a cuchilladas. No me enojo, que aquí no me robaron nada.

Padres de rancio abolengo. El abuelo señorón de bigotes modelados con cera bruta. Le decían el Kaiser, por su educación prusiana. La madre alegre y juvenil, con la música escapando de los pies y algo por los oídos. Primó ella, y los dos chicos y la chica les salieron pizpiretos. La niña murió de cáncer, el menor de los hombres se voló la cabeza con fusil de ejército; alternaba, dicen, entre la composición de kaluyos y el tiro al blanco. Juguetón, la mayor gracia que sabía era la de jugarse con revolver de ocho tiros una ruleta. Dos a uno: yo disparo dos, tú uno, con la suerte de no existir nunca tragedia hasta el evento del fusil. Antes de que Michael Cimino filmara The Deer Hunter, los jóvenes de Cochabamba tentaban la muerte sin la pesadumbre de Vietnam.

El sobreviviente se hizo músico, según los recónditos deseos de la madre que era fascinante cocinera. Doblaba los bordes de la salteña y parecía que los iba tejiendo. Hervía piedras para esa notable sopa aymara prehistórica, o mostraba a un asombrado círculo la manera de extraer el huesecillo atoj de la oreja de un cuy carneado y cocido.

Así el hijo mayor comenzó a rasguear la guitarra. Así consiguió mujer bella y colorida, de los remanentes del hippismo nórdico tardío en nuestro valle. Diez años después de Altamont, en Bolivia se sembraban flores que en el resto del mundo estaban marchitas. Siempre vivimos a la zaga. Excepto en el trago, donde somos, fuimos y seremos la vanguardia.

Ha pasado una hora. No olvido que escribo con el dedo índice derecho y que el izquierdo solo lo utilizo para las mayúsculas. Trabajo lento el de escribir. En cambio, cocinar, tarea fácil. En una hora añadida comenzaré a dorar el chancho y veremos si el combinado afrochinomestizo sirvió.

Al primo músico le gustaba el trago. Vanguardista entre los vanguardistas, creyó aquella ilusión óptica de que los aditamentos inspiran, a más duros, mejores. La música y la poesía vienen escondidas, sospechaba, en las vertientes del trago. Los otros festejaban, cómo no, en rubicundo coro de lelos intrascendentes. A la mujer la robó otro poeta que era ducho en el mercadeo de palabras. Usaba alcohol y yerba también como vertientes pero tenía ambición. El cálculo dominaba el exceso y por eso acumuló hasta la mujer del otro. Lo vimos, y callamos. Porque esto del alcoholismo recalcitrante, poético, no pasa de otra minucia de fregonas.

Perdió esposa e hijos. Casa y amigos. Llevaba una guitarra bastante buena en caja decorada. Le sirvió de almohada, de asiento, hasta de féretro cuando lo velaron a la intemperie antes de coserlo en una bolsa de yute. Se diría historia de piratas cuando no pasa de nostalgia de borracho.

Que lo quise, lo quise, como a mi primo de ahora que se festeja por última vez en la maldita tierra gringa; la próxima será en la bendición de la patria. No sabe él que la patria es puta soez.

Hoy, en la parrillada, sonará el rasguido de la guitarra. Vienen los consabidos recuerdos de “allá”, de cuando fuimos “felices”, sin recordar que de jóvenes caminábamos la ciudad de arriba abajo, con aire de poetas y fetidez de chichas masticadas. Mientes al decir que todo pasado fue mejor, primo, y ni tú creíste en el amor entonces.

Leo con cinismo versos a mi amante coja. Y el primo muerto llora con los ojos cerrados. Solloza el primo vivo con los suyos abiertos. A qué tanto heroísmo, que ni vida ni muerte valen el ápice de un carajo. Peor morir borracho, digan lo que digan los pendencieros. Te “lo” tocaré otra piecita, susurra mi compadre. Y, dale, ya qué le vamos a hacer.
06/14

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Publicado en MADRID-COCHABAMBA, Cartografía del desastre (con Pablo Cerezal), La Paz, 2015; Madrid, 2016

Imagen: Anders Zorn, 1895




Tuesday, August 8, 2017

Trump, Maduro, Morales: pesado triángulo/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hablaba George Bush del “eje del mal”, en una historia no tan vieja para olvidarla. Interesante descripción de sus enemigos asociados en su mente y dispuestos a enfrentarlo, siendo él mismo encarnación maldita.

Los días pasan. Se cocina, se come, se duerme. Ya desde las tres de la mañana la prensa norteamericana está despierta descubriendo las últimas estupideces del gendarme con peluca, presidente, aunque no lo quieran, de los recién destapados Estados Unidos, esos que se mimetizaron tan bien en la sombra y de quienes se creyó digirieron y aprendieron las enseñanzas del doctor King. No había sido así, a pesar de que The Donald tiene en la oficina oval un busto bien negro del apóstol de los derechos civiles. De poco sirvió: las fobias crecieron al amparo del silencio y lo que fue, así fuese aparente, nunca más lo será. No hay vuelta atrás después de este espanto.

Saltamos a Nicolás Maduro y la horda de narcos asesinos. Volvemos, una y otra vez, a la pena de saber en esencia que sin las armas militares aquello no cae. Como para confiar en los gorilas. Y milagros se terminaron cuando los pies aprendieron a caminar y la boca a formar palabras. ¿Dónde está el francotirador? Un fusil, una mirilla, una ventana más la aurora de la bienventurada muerte. Parece fácil decirlo, como preparar un desayuno. Los días pasan. El reloj no se inmuta con los bailes del payaso dictador ni con el garrote del vil Diosdado Cabello. Pero así murió Chávez, el bufón mayor, de la noche a la mañana, sin la garra que tuvo el barbudo Fidel para aferrarse a los billetes hasta que no pudo. Ni una moneda se llevó, ni el par que ponen en los Balcanes sobre los ojos para pagar el pasaje.

Evo Morales ya se prueba el traje de eterno. La corte de los milagros que danza en derredor rebuzna y relincha en camotera febril con el curaca. Tiene un palacio; nada le costó destruir una ciudad antigua. Como sus congéneres arriba, el gringo y el chofer, jura que por sí solo puede cambiar la historia. Pero esta, la historia, es puta que paga mal y que nunca se enamora. Embelesa con labios pintados; el carmesí es color de deseo y pasión pero también de sangre. Peor para aquellos que solo leen el porvenir en piedras y en arrugas, porque las sutilezas de esta meretriz son tan leves que con facilidad se soslayan y ahí el error. De pronto, el cataclismo, derribo de sueños y realidades mitómanas. Le caerá a Trump; se acerca a Maduro; va girando en hipérboles alrededor del cacique. Suena a lotería; en pocas palabras así se podría definir el futuro de la angurria.

Llueve en Colorado. Luego de la pesada carga del calor se alivian las plantas. La lengua del perrito de casa ya no cuelga desconsolada. Nada persiste, ni sol o luna o calor y nieve. No creo en las premoniciones; este es un hecho concreto. Lo mismo va a ocurrir con los mármoles de los príncipes: hoy sirven para bailar y al rato juegan de lápida. Pienso en Vladimir Putin y la certificación de lo inmóvil. Mueve a risa, sobre todo en Rusia, que si bien da largas a sus tiranos, da igual cortas y terminan mal. Putin como el apogeo del poder, el gran ejemplo.

Hago girar este triángulo con las manos en la mesa del jardín. Apuesto conmigo acerca de cuál de sus lados se va a quebrar primero. De todos modos, será motivo de fiesta y de descorchar un vino para saludar el descalabro. Estados Unidos, Venezuela, Bolivia, tan distintos y con similares energúmenos.
07/08/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 08/08/2017

Saturday, August 5, 2017

Contratapa para Chuquiago, de Miguel Sánchez-Ostiz

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El extranjero soy yo. Y Miguel Sánchez-Ostiz el guía por una ciudad de “carajos y petardos”, por un díptico, tríptico, políptico que imagina el universo y retrata el infierno. Que es más la manzana que Eva y la serpiente pero que recuerda el paraíso sobre el que mucho llueven cangrejos.

La Paz, esbozada en personajes y rincones. Esbozo con detalle, sin embargo, a lo Callot, a lo Goya, también a lo Cieza de León, o Chimpu Ocllo -Garcilaso de la Vega, el Inca- recreado en la ciudad dual, la que se combate eternamente a sí misma, que quiere ser india y le pesa demasiado el mestizaje, y que no puede ser blanca aunque España se arrastre por su sangre como casulla de dominico.


Páginas que exceden lo escrito hasta ahora sobre la hoyada; libro de horas como las que la vejez rescata de la muerte y anota, con paciencia y letra clara, de memoria. Índice, y a veces homenaje, onomástico, a sus hijos. Quien quiera de los vivos encontrarse, pues allí está. Ni hablemos de los idos. Crónica implacable, sin aspaviento… dichosa. Fanfarria y silencio, urdimbre de colores y sombras. Tejido… Molière y kusillos. 


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Contratapa de Chuquiago (Editorial 3600, La Paz-BOLIVIA, 2017)

Imagen: Portada del libro

Tuesday, August 1, 2017

La traición de la izquierda venezolana/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Supongamos, que no es cierto, que en algún momento hubo una izquierda chavista deseosa de revolución. No hubo tal sino un esquema delincuencial que a nombre de los pobres construyó un imperio de dinastías, cárteles y más. Los Chávez se convirtieron en opulentos magnates y el petróleo sirvió en parte para subsidiar la miseria, acostumbrar un pueblo a la limosna mientras la tajada grande se quedaba con ellos.

Hubo oposición de la izquierda, mínima, pero la masa enfebrecida de izquierdosos vio el negocio y se metió de cabeza en el lodo que los elevaba de nivel social y les permitía lujos jamás pensados. Todo en medio del populismo invadiendo casi toda América del Sur y proclamando las enseñanzas de los millonarios Castro, esclavizadores y potentados.

Hoy Nicolás Maduro, heredero del mandril fallecido en llanto y fervoroso creyente mientras ensuciaba pañales, inventa pasos para alargar un poco el resto de vida que le queda. En parte tienen razón, él, Cabello y tantos otros, porque el destino señalado está lleno de cárceles y condenas de las que no podrán escapar. Es su última carta, la del crimen descarado, el asesinato, antes de perecer –ojalá- a manos de la turba hambrienta o dar con los huesos en prisión.

¿Qué espera a Venezuela? Dudo que la MUD, ya a tiempo de convertirse en poder, permanezca unida. De hecho hay una confrontación silente de personalidades entre Capriles y Leopoldo López. Ya lo decidirán. Las cosas del poder se resuelven en las élites. El pueblo, que en este momento muere y luego mata, se queda en las acciones que aceleran los procesos. Luego se lo olvida. ¿A quién culpar de la prominencia cercana de la derecha en el país sino a la izquierda? Sucede lo mismo en Argentina: tanto hablar de Macri y llorar desgracias sin preguntarse quién lo puso en el gobierno.

Cuando llegue el momento, que viene, de la caída del madurismo y del chavismo recalcitrante chillará la izquierda latinoamericana que nada mejor sabe, aparte de robar. Por ahora se precian de la “victoria” de Maduro con su falsa Constituyente. Trump, cuyo círculo cercano de oligarcas no deja de aprovechar la situación, está a punto de decidir sanciones que mandarían al gobierno venezolano en su caída final. Veremos si lo hace que otras son sus preocupaciones. Decíamos que ya de rodillas el chavismo cederá espacio a la derecha. Esta, de seguro, hará al principio concesiones que beneficien y alivien a la gran masa popular hasta decidir, como siempre, políticas favorables a lo suyo. Entonces escucharemos la eterna queja de que la derecha esto y la derecha lo otro, olvidándose que a nombre de la revolución se mató, reprimió, robó, a costa de su base cuya mejora no pasó de migajas, subsidios no eternos, basura mediática y dirigencia corrupta y maleada.

El domingo 30 de julio decidió el destino de la ya veinteañera “revolución bolivariana”. Complicado asunto porque no hay rastro de inseguridad en las fuerzas armadas por cuyos cuarteles pasa cualquier nuevo gobierno. A no ser que las sanciones externas, el desacuerdo internacional, presionen tanto que desbarranquen a los mafiosos. A ello seguirá la desbandada y -debiera ser- la cacería, porque alguien tiene que pagar por la tragedia, a pesar de que la venganza popular no hace otra cosa que satisfacer el morbo y luego perderse. De todos modos, Nicolás Maduro y su esposa no pueden sacarla barata. Hay que pensar en la sombra de Rumania.

Decisiva semana, esta, que se cargará de más sangre a no dudarlo. No hay que dar nada por sentado y considerar cada minuto como situación desesperada. Tiempo de acción inmediata y tal vez de golpes de mano. El enemigo está herido de muerte y tirará dentelladas. El fin está predicho, hay que tratar de minimizar las pérdidas y preparar los castigos.
31/07/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 01/08/2017