Tuesday, December 31, 2013

La lealtad o el drama gringo de las oenegés/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hace años, cuando el cacique máximo estaba en pañales, comencé mi diatriba en contra suya y de un discurso que auguraba lo que hoy se vive. Al día siguiente que los gringos lo sentaron en la silla, mi primera columna durante su reinado, vapuleé la ingenuidad colectiva y la codicia de algunos. Perdí amistades, me tildaron de fascista, reaccionario, racista, clasista y vainas por el estilo. Ahora, ocho años después, se ha visto -en vicioso juego de ardides y escondidas- quiénes son y dónde están los fascistas. Aún así, los “amigos” siguen sin hablarme, y es que a la lírica de la “revolución” se han juntado variables como narcotráfico, contrabando, corrupción, y otras que hacen, incluso sin revolución, de este un gobierno atractivo y rentable; de la saliva infecta de sus líderes, algo que idolatrar. Nada como la realidad para destrozar la fantasía. No habían sido tan rebeldes como posaban, sino ladrones esperando oportunidad.

Falta poco, y si no lo han pensado, les doy la idea, para que de una vez Morales Ayma sea declarado Inca. Pero es supuestamente aymara, y los incas eran quechuas y se divertían, según dibujos de Guamán Poma, sacándoles los ojos a los prisioneros aymaras. Pero en la confusión del Nirvana gringo, en la ilusión de las oenegés dispuestas a hacer experimentos sociales fuera de sus tierras y ayudar a los que no pueden ayudarse, las diversas etnias estaban metidas en el mismo saco, igual al tiempo de la conquista. Bueno, pues, el Inca ha decidido comenzar a expulsarlas porque ya no le sirven; las engañó de lo lindo. Si el tipo desea lo que desean todos: volverse rico, tener un buen pasar, asegurarse un futuro, eternizarse en el poder. Creyeron haber inventado un Mandela y les salió Papá Doc. Era obvio, lo dije desde el principio. Las culpas se pagan.

En Nueva Orleans, el año 2002, el jesuita Albó conferenció sobre dos aymaras: el Mallku y Morales. No ocultaba su satisfacción de sentirse parte de un proyecto -blanco europeo- de redención para los pobres inditos bolivianos. No discuto aquí los aportes lingüísticos del cura, pero detesto a los mesías. Este, como los gringos, y muchos otros, son los culpables de haber creado un engendro que sobrepasó las expectativas y que se ha convertido en un cáncer. Al final a unos los expulsan, otros se esconderán en seminarios, bajo sospechosos faldones que no muestran todo, y nos dejan el bollo para digerirlo nosotros.

El Inca y el ñusto que lo secunda están seguros de haber alcanzado eternidad. Tal vez pinta para largo, pero en ello soy optimista porque el cambiante mundo no garantiza nada, a pesar de la existencia de tipos como Assad y Morales (que teniendo la oportunidad, no vacilaría en cometer las fechorías sirias en suelo boliviano. Felizmente, otras son las circunstancias, por ahora).

¿Si me da pena que sacaran a los daneses de IBIS? Ninguna. Por mí pueden irse al infierno. Ya basta de limosnear dinero y consejo. Miren a lo que nos ha llevado. Crearon una diva, no de los pies descalzos como Cesarea Evora, que el presidente se viste caro y a la moda, y se les convirtió en princesa y quiere ser diosa. Eva, siempre la manzana de la discordia.

Lo ideal sería que se lo llevaran consigo a Dinamarca, o a Groenlandia, aunque allí los sufridos inuits no soportarían la presencia de un bienamado que vive entre algodones y filet mignons. Que lo instalasen como mandatario en su país, en Holanda, en Suecia. Veríamos cuán contentos se pondrían. Hipocresía de siglos, conquista, colonia, siempre lo mismo, y Malinches y Felipillos utilitarios, aunque Evo Morales se les zafó.

Ironía: Túpac Katari y Bartolina Sisa retornaron, habitan un palacio quemado y son miembros del jet set.
30/12/13

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 31/12/2013

Fotografía: El narcoamauta "coronando" a Morales

Sunday, December 29, 2013

Habitando la memoria

MIJAIL MIRANDA ZAPATA

Después de aquel insondable ensayo que bregaba entre el crimen y el placer, Diario Secreto (Alfaguara, 2012), ganadora del XIII Premio Nacional de Novela, Claudio Ferrufino-Coqueugniot nos ofrece una nueva obra, si bien menos sombría que la anterior, en la que aún se atisba ese hedor sanguinolento tan seductor y repulsivo.

Muerta ciudad viva, presentada por la editorial El País, trae consigo, ya desde el título y la carátula, trazos azarosos de una urbe que no es que se debata entre la parca y la vida, sino, más bien, baila con cualquiera de ellas a su antojo, según la conveniencia o su capricho. Cochabamba, en un frenesí atávico, bien podría ser el nombre de una mujer. Una hermosa ninfa de dientes podridos y fétida entrepierna.

Son los mismos códigos en los que Ferrufino ha desarrollado casi la totalidad de su obra. El sexo, el alcohol, el hampa, el hogar, las fronteras, los viajes, la raza, la familia, un fuerte hábito por la territorialidad y la sangre. El cochabambino se enfrenta al conflicto eterno de cualquier individuo, de él mismo, sin tapujos. Y es que al final no somos más que seres itinerantes de principio y sedentarios hacia el ocaso. En aquel establecimiento del hogar y las raíces, es cuando no queda más que huir o rehabitar y reconstruir el pasado. Una paleontología de la propia vida. Un volver a los restos fósiles y los misterios que dejaron.

Silvia, Glauca, Palmira, Eszter, entre otras, son los nombres que se graban y renacen en esa aparentemente perecida memoria. Son, también, los nombres de una ciudad en la que se nació, se creció y se culeó. “Crecer deja de lado la épica y nos mete de cabeza en las mujeres”, dice el narrador, entre orgulloso y espantado. Porque, a diferencia de otros trabajos de Ferrufino, el macho también se muestra frágil, vulnerable y, sobre todo, maleable. Un estropajo entregado lo mismo a un par de dados que a un par de tetas o, peor, a un balde de chicha. “La chicha es como la lotería”, se afirma en un párrafo dedicado a ella, otra de las veleidades escabrosas del valle. Al final, ese es el hombre que habita este caserío: un vividor, dicharachero y pendenciero, siempre a punto de un orgasmo o un estertor. 

Pero no se trata sólo de la autopsia a un cuerpo vegetal. Es también el dibujo libre de una ciudad habitada por todos, que nunca es la misma para todos. La memoria como un espacio geográfico que se construye en el cimiento de una voz apasionada y de tufo alcohólico. Los recuerdos, aleatorios, saltimbanquis, a veces juiciosos y precisos, a veces pérfidos y descarnados. Las evocaciones de un solo hombre, las únicas que valen. Un esfuerzo, ¿o un entuerto?, en un país y un pueblo acostumbrado a echar la modorra en los recuerdos colectivos y, paradójicamente, decidido obviar, por cartuchos e hipócritas, lo que en la intimidad de la mente se mira, oye, huele y come.

Esta no es una novela, tampoco sus capítulos son cuentos, ni una colección de crónicas. Vaya uno a saber cómo podría definir este libro. Es tan simple como un jugarse los dados como vengan, tomarse un seco o tirar una grande de mano… casi. 

Porque es una pluma que conocemos y que a momentos llegamos a adivinar. Por momentos dejamos la lectura porque no apremia, porque se deja estar y aunque se sabe de una necesidad por reescribir las ciudades y los cuerpos habitados, también desearíamos hallar otras rutas, menos transitadas, sin tantas huellas. Es algo que en esta nueva entrega se presiente, otro tipo de sensibilidad, otro prisma, nuevas vetas que su autor seguramente sabrá explotar.

Poco más de 200 páginas dispuestas caprichosamente, el caos de la remembranza, disueltas al compás de una prosa precisa y musical, casi lírica, que bordea el exceso, los límites de la lengua, un momento sumergida en un barroquismo tedioso, otros exultantes de epifanía y revolución. “No voy todavía a dormir”, concluye el libro. Marca registrada de uno de los escritores más complejos y generosos de nuestro país.

revolucionkbx@gmail.com


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Publicado en RAMONA (Opinión/Cochabamba), 29/12/2013

Imagen: Portada de Muerta ciudad viva

Saturday, December 28, 2013

Libro de horas/MIRANDO DE ARRIBA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Mi hija Emily termina la secundaria. En un mes estará estudiando en la Universidad de Colorado en Boulder, siguiendo los leves pasos fantasmales de su tía Elena, que se nutrió de García Márquez, de Hugo y de Sinclair Lewis en Literatura Comparada.

Boulder es una pequeña ciudad universitaria, ágil en su lucha medioambientalista, y grácil en sus calles y cafés. Emily caminará con un libro bajo el brazo, siempre, y casi seguro que será el suyo, su primera o segunda novelas que revisa sin claudicar, día y noche, en ejemplo de tenacidad y disciplina, algo que su padre, ofuscado escribidor andino casi cincuentón, no tiene.

La vida nos juega sutiles estratagemas, no para sentirnos viejos sino para evaluar el pasado desde una perspectiva dinámica. Para eso están los hijos, relojes que marcan el paso invariable del tiempo, que confirman las notas del poeta libanés que afirmaba que tus hijos no son tus hijos ¡cómo podrían serlo!, si están cerca, pero tan lejos como suelen estar unos de otros en un mundo solitario, como dos ideas que flotan en el espacio, o se remojan en el mar verde por donde surcan submarinos amarillos en busca de un nuevo grial.

Es imposible no pensar que esta brillante mujer que te enseña tanto hoy, cuya modernidad no es aparente, durmiera "hace poco" a tu lado, con sus cuarenta y cinco centímetros de humanidad. Sucede que el tiempo no se mide por el tamaño -con los hijos-. Tan normal es verlos crecer que el raciocinio se nubla y no comprende la sutileza de las transformaciones. Mas cuando dicen que se van, y uno se da cuenta que no existe ya regresión, que aparece un "nunca más" igual a las canciones de Leonardo Favio, se desespera y trata de aprehender aquello que se escapó. 

En realidad no fue así. Nunca se puede hacer todo lo que se quiere y sin embargo se hace más de lo esperado. Justa contradicción cuyo fin recae en la autocrítica y el análisis, creyendo inútilmente que en las manos nuestras se tejía el futuro de los hijos, cuando eran ellos mismos los que ideaban sus propias ruecas y que, a decir verdad, el papel de educadores lo traen ellos, para domar y enternecer a las bestias ancianas en que nos convertimos y que siempre fuimos al perder la niñez. Un ciclo no trágico, normal, donde el tictac del reloj anuncia que los papeles se vuelcan y que el silencio que dominó las horas de los hijos se convierte en un cerebro parlanchín.

Emily se va; de pronto la que era hija se vuelve para mí hermana mayor. Escucho su voz con la cabeza humilde de mi ignorancia, apreciando la riqueza del universo que se mueve tan rápido.
31/05/09

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Publicado en Opinión (Cochabamba), 06/2009

Fotografía: Emily pensativa 

Thursday, December 26, 2013

Arras/VIRGINIANOS

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pasé por Arras una noche. Recuerdo la sombra y las torres crepusculadas. Era húmeda, hórrida. Ciudad que Schwob hiciera ciudad de brujas. Villa de Maximilen Robespierre, del sonar de la guillotina que corta y corta.

Como no tenía abrigo, me arrimé a una pared, esperando el amanecer. Algún búho semejaba ventrudas hechiceras montadas en sus escobas, rumbo al aquelarre en el bosque negro donde no aúllan más los lobos.

Deben saber que nunca amaneció, que aún habito aquella noche de Arras, que en mi ventana se eternizan las torres y de las persianas cuelgan los andrajos de los ahorcados...

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De VIRGINIANOS (Los Amigos del Libro, Cochabamba, 1991)

Fotografía: Antiguas mansiones de Arras 

Tuesday, December 24, 2013

En la luna/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Lo decimos para señalar distracción, negligencia, descuido. Pero, no es el caso. Quienes han provisto al país de un satélite, algo que en circunstancias normales y transparentes sí sería un avance aunque no motivo de aspaviento, saben muy bien lo que hacen y cuánto de ganancia crea. No pidan pruebas ni documentos que cuando se conoce a los personajes no hay mucho que aclarar.

Tupac Katari está en el cielo, dicen. Cielo o infierno, no sabemos. Que el nombre se liberó de la pachamama, de la tierra, al irse al espacio, es un hecho. Ya las elucubraciones de si lo extraterreno pertenece también a los aymaras deviene en discusión de pobre filosofía.  El aparato pertenece a los chinos sin discusión; nótese el verbo, ES de los chinos, así lo paguemos nosotros. Para el capitalismo salvaje de Beijing todo se reduce a números, y son condescendientes con la cháchara mítico-superchera de sus clientes mientras les convenga, porque en su momento demandarán pago por su cara “ayuda” y allí no tendrán miramientos ni con pachamama ni con pachamámicos. Primero los negocios; lo segundo es paja.

Hoy domingo, en noticias Caracol de Colombia, un militar de ese país, refiriéndose al TK, decía que su objetivo se centra principalmente en seguridad. Nos preguntamos ¿seguridad de qué? No hay enemigos visibles ni tampoco invisibles. Chile, el eterno contradictorio, se supone que entrará al carnaval seudo-socialista a corto plazo. El mítico mar que ensaliva las gargantas de los patrioteros de turno, pasará a segundo plano. Descartando ese rival, de qué tendríamos que protegernos. El dúo dinámico que cohabita en palacio desea observar hacia adentro -doctrina de seguridad plurinacional- en aras del enriquecimiento eterno y veleidades dinásticas.

Dado que, al menos no se ha dicho, no hubo técnicos aymaras en la construcción del objeto volador, no sabemos si los chinos, que dan puntada con nudo como buenas hilanderas, han puesto en él material útil para su política. Ojos que espíen desde arriba y que analicen si abajo hay materiales que les puedan servir en su despegue. Lo vendieron a precio elevado, regalando displicentemente comisiones a los puristas andinos, y, de paso, portando otra bandera (lavarse las manos), han puesto un elemento sobre tierra ajena para vigilar sus intereses. Si eso fuera cierto, la única frase posible sería la de traición a la patria, rigiéndonos a los cánones de seguridad propia de las naciones.

Cosas que nunca se sabrán en una monarquía superficial y venal como la boliviana, donde la esencia de las cosas permanece oculta a propósito, y donde el ser humano no excede su condición de bestia a la que se puede y hay que arrear, todas las clases incluidas… cuestión de idiosincrasia. Hugo Guzmán, amigo de mi padre, indigenista y socialista, bromeaba hablando de “indiosincracia” y tomando la guitarra cantaba: “A la primer hijo que nos teniremos, le mandaremos al Colegio Militar, para que sea como el David Toro, ay, ay, ay toda una zoncera”.

Imagino el espanto que causan mis palabras. De hecho me ubican ya en el grupo de los “malos bolivianos”, reanimando la retórica militar dictatorial. Sucede que uno no es malo, pero tampoco es cojudo, y este dramón con lágrimas, y evadas presi y vicepresidenciales, forma en mi opinión parte del triste folclor que nos caracteriza. La historia me absolverá, decía un barbón que fue ejemplo y esperanza en su tiempo; a mí también.

Peroraba GL por televisión, con voz entrecortada de tenor populachero, y afirmaba que a partir de ahora, de este momento en que el dios Tupac está en los cielos, nos convertiríamos en la vanguardia tecnológica del planeta. Agarré una cerveza y pronuncié “salud”, porque esta, señores, es conversación de borrachos.
23/12/13

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 24/12/2013

Imagen: Caricatura de TROND (El Día)

Monday, December 23, 2013

El país de los matreros/MIRANDO DE ARRIBA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Fray Mocho, seudónimo de José S. Alvarez, a quien se considera el primer escritor profesional argentino, publicó en 1897 sus memorias de un viaje al Paraná, más precisamente a los rincones del gran río donde se refugiaban los descastados, los criminales, los rebeldes y los tristes. En el páramo, el único gobierno válido es el de uno mismo; no se debe nada a nadie y se recibe lo que se merece.

El ambiente de Un viaje al país de los matreros difiere algo del de José Hernández y su Martín Fierro. No existe en las páginas de Fray Mocho la presencia indígena, considerable todavía a finales de aquel siglo. La zona entrerriana se ha desindigenizado, por así decirlo, y su referente más cercano es el gaucho, y el gaucho en rebelión, lo que lo hermana con el personaje hernandiano. En la región viven la sombra de Artigas y sus orientales, la de Francisco Ramírez y la república de Entre Ríos. Ramírez fue hombre de todas las guerras (estuvo al lado de Lavalleja, Lavalle, Urquiza, y llegó como pocos a viejo). Era analfabeto pero sabía pelear. Además, la geografía de Fray Mocho es la de las exuberantes aguas de la tierra media -y rica- de la Argentina, en oposición a la miseria del desierto y sus tolderías.

El matrero, hombre sin patria, que vive como alimaña escondida en el zarzal, se rige con códigos que a pesar de no ser los tradicionales de la sociedad a la que ha desdeñado, no dejan de tener rasgos de honor. La simpleza de la vida lo hace filósofo al mismo tiempo que lo bestializa, y de tan incongruente reunión sale un ejemplar humano muy peculiar.

El estilo sobrecargado de la prosa no impide una lectura amena y muy interesante. Comparte datos y detalles con toda la literatura gauchesca, pero al ser un relato de viaje, las descripciones de primera mano le prestan una dinámica que no se obtiene en un libro de ficción. La cacería del "peludo" (armadillo) es simplemente deliciosa narración, como lo es la descripción en extremo hogareña de una frugal comida familiar, consistente en menudencias fritas que gracias al pincel del artista se hacen hasta apetitosas.

No dejo de pensar en Horacio Quiroga; a su manera fue otro matrero como los de Fray Mocho. Quizá la última alegría consista en el olvido y que luego de vivir intensamente lo que resta para disfrutar de la memoria es el aislamiento. Hay que observar a las aves, al triste assum preto del nordeste de Brasil, y al caraú del Paraná, que llora su eterno dolor mirando las aguas, vestido de negro.
26/04/03

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Publicado en Opinión, 04/2003

Imagen: Fotografía tomada por Eugenio Courret de un gaucho argentino en Lima, Perú, 1868 

Saturday, December 21, 2013

Los árboles de Pairumani/MIRANDO DE ARRIBA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Grata sorpresa fue ver que arriba del pueblo de Pairumani se había construido una suerte de parque ecológico que intenta, mientras preserva, sacar algún provecho económico de la visita de los que buscan refugio en la naturaleza. Sin embargo queda mucho por hacer. La profusión de basura por el bosque, plásticos y otros desechos no orgánicos, afea y es acumulativa. Si no se educa a los visitantes para que no arrojen las sobras de su día de campo en cualquier lugar, el esfuerzo de mantener el sitio se multiplicará hasta llegar a imposibilitar su desarrollo.

No sé con qué asiduidad se limpia el parque ni quien lo hace, pero el estado cuenta con elementos como las fuerzas armadas para ocuparse en algo productivo como la labor que señalamos, en lugar de continuar siendo carga parasitaria e inservible de una pobre nación.

Como contraparte a este loable esfuerzo está la tala de los hermosos eucaliptos que había a ambos lados del camino entre Vinto y Pairumani. No comprendo a qué cerebro inerte, cabeza hueca, naturaleza muerta, se le pudo ocurrir cortarlos, ni el motivo para hacerlo. Que las troncas se vendieron a buen precio nadie duda, y que alguien se benefició tampoco. Extraña que los vecinos no hicieran algo para defender los árboles. Da la impresión de que en Bolivia el árbol es el enemigo, y la retahíla hipócrita de los que afirman que el indio, o el campesino para que no crean que hay intención peyorativa, vive en conjunción armónica con su entorno es falsa. Donde se mire, principalmente en el campo, la depredación ambiental aterra. Para la insignificancia de nuestra producción industrial y la casi inexistente modernidad, producimos un monto espeluznante de basura. No se dan cuenta los discurseadores y ladrones que manteniendo así el estado de cosas van cavando la tumba del país y la suya misma; pronto sus descendientes no tendrán espacio de lucro y esta tierra deberá ir a subasta internacional para conseguir alguien más idóneo, afuera, para manejarla. Encima de ello se llaman patriotas aunque, como el uníglota Sánchez de Lozada y más, la única patria que respetan es el dólar.

Comenzamos hablando de árboles y terminamos revolcados en el esputo de la política nacional; digresión fundamentada. Que somos un país surreal, y que hay detalles risueños en esta característica, lo acepto. Pero surreales también son el Rey Momo y su cohorte.
09/08/04

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Publicado en Opinión (Cochabamba), 08/2004

Fotografía: Parque ecoturístico Pairumani 

Wednesday, December 18, 2013

El Ejército Rojo/VIRGINIANOS

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La Varshavyanka y el cuadro de Kazimir Malevich, Caballería roja, me trasladan 70 años, cuando por la estepa corrían apresurados jinetes en un crepúsculo de colores. El estandarte de sangre adelante, arriba, en la punta de una pica, en medio de alocados potros cuyos cascos retumban espantando la historia.

Hombres que pelearon en Polonia, Austria y Ucrania. Jóvenes con revólveres. Sueño de I.E. Babel en el Primer Ejército de Caballería. Ansia de vida, ansia más firme que el vodka. Filas de soldados que mueren juntos, sin temor. Que matan sabiendo que en la sangre se levantan las casas y los hijos. Deseo de ver muerto a Dios. Dolor de amar. ¡Ah, pasión de la danza, del vientre y del sable!

Malevich dormita, muerto, en 1935. Pero en la llanura está corriendo. Nadie lo ve en su gorro de piel de estrella roja. Así yo, en caballo, con fusil y sexo bien dispuestos, con estrella.

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Publicado en VIRGINIANOS (Los Amigos del Libro, Cochabamba, 1991)

Imagen: Kazimir Malevich 

Tuesday, December 17, 2013

Maravillados/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Un amigo español me envía la noticia de cómo miembros del Partido de la Izquierda Europea, algo así que ni importa, habían quedado alelados ante la retórica del vicepresidente de Bolivia. Luego transcribía algunas oraciones del afamado discurso que no pasa de ser pantomima de teoría revolucionaria.

Lugares comunes, frases inexplicables, conceptos extensos, por tanto difusos, y sigue la retahíla de cuán poco cuesta en este mundo de imbéciles encandilar. De entrada habla del “pueblo europeo”. Tamaña tontería ya descarta la seriedad. ¿Qué es el pueblo europeo? Tal vez la izquierda, hábil manipuladora de palabras y circunstancias, pueda explicarlo. Mete en el saco a los alemanes de Saratov, Rusia, como a los gitanos irlandeses. A los hoscos polacos de Silesia y a los truhanes de Salónica. Pero, en esta carrera de la izquierda mundial de hacerse con posición y poder, cueste lo que cueste, que ha eso se ha reducido la dictadura del proletariado -no acepto dictadura de nadie y me abstengo de lástima por riquillos y pobrecillos-, cualquier cosa es válida y la verborrea se alaba como ciencia.

Finalmente la revolución boliviana es un éxito. Se deduce que de ella, y de las otras, dígase Kirchner, Correa, Castro, Ortega, Maduro, se obtiene la lección de que la opulencia no había sido tan mala, ni el dinero ni el capital ni las coronas. El fin justifica los medios, entre ellos el de discursear de algo en lo que no se cree con ánimo de lucrar sin descanso ni sosiego. ¿O dónde creen que terminará, ahora diputada en Chile, la princesita Camila Vallejos? ¿En un cuchitril proletario? Las pinzas, ya abrió su camino al estrellato. Lo mejor de este nuevo panorama está en lograrlo sin trabajo, sin manos callosas ni iniciativa, solo tomarlo como botín de democracia.

La cocaína, que ha reemplazado a la religión como el opio de los pueblos, léase OPIO, según dijo el barbado de Tréveris, sirve para esta gente como instrumento de poder. La base de la insurgencia actual, contrainsurgencia en realidad, latinoamericana se sustenta en ella. No es el único medio, claro, aunque con la cantidad de dinero potencial que se maneja en el tráfico bien podría serlo. Es el poder paralelo, y detrás se esconden el gran capital y las sucias finanzas; es decir que las cojudas concepciones garcilineristas no sirven para nada. Hablamos de gobiernos serviles al dinero, las multinacionales, a la riqueza extraordinaria e insultante. Y al peor elemento que se puede tener hacia las multitudes: desdén por su inteligencia, apatía por sus cualidades y capacidades. A machacar, y eso es lo que hacen, para hacer tabla rasa con quienes piensen, innoven o creen. “Proletalizar”, entendiéndose eso como mantener en vilo y pedigüeños a todos por igual. A esa “revolución” hay que derribarla, y hacerlo con sus mismas armas, por cualquier medio.

Sin cambiar de tema, revoloteando sobre lo mismo, me pregunté por qué el Apu no fue a Sudáfrica al entierro de Mandela. Porque allí no podría brillar, y porque no le iban a dar espacio de medrar con la memoria del gran hombre. Para hablar sandeces tiene muchos estrados, el europeo entre ellos, y de seguro que en Sudáfrica le negaron el discurso. Ya con ocasión del mundial de fútbol fue con la intención de dar la patada inicial, y tal vez algún cobarde rodillazo. Resulta que ni de pasapelotas lo pusieron, y se lo vio rodeado de abrigados aymaras en la tribuna regular tomando cerveza. No se lo perdonó a Mandela, y menos que el africano fuera grande en serio y no invento de gringos y oenegés como ël.

Que se maravillen del uno y del otro, del paraíso de Eva y de la hoja, que en algún momento se tendrá que reinventar la izquierda si se quiere una discusión plural.
16/12/13

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 17/12/22013

Imagen: Bansky/Virgen tóxica

Sunday, December 15, 2013

El exilio voluntario

PABLO MENDIETA PAZ

Cuatro años después de que El exilio voluntario, de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, ganara el afamado Premio Casa de las Américas, de Cuba, he podido por fin abrir sus páginas.

Ávidamente, como la literatura de este autor espolea, he leído el libro en un abrir y cerrar de ojos, así como ocurre con los grandes de la literatura universal cuya producción es un rico filón que debe ser explotado sin desaprovechar ni una molécula de su abundancia, ni tampoco un solo segundo del soplo, o soplos de creatividad que se respiran página a página.

Lo trascendente de este relato es que uno se involucra en él al extremo de crear y recrear lo que en algún momento quiso decir, y exponiéndose a engendrar pensamientos, ideas, personajes aún más ficticios que los estrictamente señalados en la obra (los cito, con su venia, sin que él los haya mencionado).

Es que ahí, precisamente, es donde radica la destreza de un escritor: lograr que la imaginación del lector vuele en diferentes direcciones, ya plenamente imbuida de su relato.

A partir de una narración muy comprometida con la propia experiencia del autor, zambullido en un mundo de ficción por poco poético (término empleado estrictamente dada la exquisita narrativa), y entremezclado ese mundo con cosas reales que llevan en sí mismas, con viva ilusión, probar y dar vida un fin propio y anhelado cual es el de probar fortuna en la tierra de las oportunidades, en ese coloso del Norte, el tan cacareado sueño se transforma en algo diametralmente opuesto: en una pesadilla, en un ensueño angustioso y tenazmente desgarrador, en una opresión de corazón arrítmico que impide la respiración.

En todo ese entrevero de vértigo, retratado sin melancolía, ni siquiera mezclando lo grato con lo infausto, con lo muy desgraciado… inclusive con lo capaz de infundir terror o lástima, es notable y de ácido simbolismo cómo Claudio, con los puños cerrados y la bronca en el estómago, hace de la partida del foráneo de última clase, Carlos Flores (una especie de álter ego), una festividad…

Una festividad con fuegos de artificio que se desplazan en su intimidad más profunda como una apoteosis, como un homenaje a la existencia, a la verdadera vida, a aquella a la que incluso él mismo le ha colocado alas que le permitan volar lejos y terminar de una vez por todas con ese cúmulo de escasez, de falta de las cosas más precisas, de ese cruento mundo migrante, de esa nada hecha portento, de ese falaz y corrompido sueño americano en el que, por dictado de su fuero interno, él seguirá merodeando hasta encontrar algo que posea valor.

Y en ese entrevero de vértigo por antonomasia, descubrir él mismo el lado esencial de las cosas, de todo aquello que mueve al hombre a escoger ese mundo "de ensueño”, de respirar el metal, de transformar su barata sustancia en vitalidad de poder.

Y si bien ésos son los hilos conductores hacia donde se pretende llegar, adonde uno reclama conquistar, no llega -él lo sabe de sobra-, y se sufre en silencio sin caer en la pena profunda; se echa de menos lo suyo en la lejanía, pero provisto de tozudez propia del hombre de orgullo no busca ni pretende el regreso como tabla de salvación; lo cual es, en definitiva, el rasgo que cobra el mayor significado de todo cuanto se narra (descrito con especial maestría).

La misión, por consiguiente, es beber más de uno mismo y de lo que lo rodea, en un medio hostil, paralizante, tremenda y ásperamente diferente, pero no de una diferencia de la que uno podría salir al rescate de otras cosas, sino de una desigualdad esencialmente simple, sin relieve y menos elevación; de una desigualdad pareja y aplastada.

Construir, por tanto, su propia leyenda, alejada del aroma de los dólares y de estrecharse hombro a hombro con quienes los tienen en abundancia… una leyenda en que el aletargado sueño se esfuma para siempre y se transforma en un desvelo eterno copado por individuos inexpresivos que aplanan calles y boliches de helada muerte, sólo abrigados de vida por la mirada que trasciende, por la sonrisa fresca y moribunda del migrante marginal.

Así, en sus desvelos de hombre de periodismo, de novela, de poesía, ansía la aparición de las grandes figuras que modelan sus parques y avenidas novelescas y poéticas; aquéllas tal vez de Emerson y Nature, que da respuestas; o a los intimidantes matices y emociones de Henry James.

A veces, en sus devaneos, él se ve como una poesía complicada y cargada de símbolos que lo acercan más a su tierra soñada pero tan distante, y entonces se inclina, para inhibirse de lo suyo, a la poética tan colmada de misceláneas metafóricas de Eliot, cuya textura lo envuelve hasta olvidar.

Como escritor sucumbe a la dura faena. Gana pero no es ni medianamente completo. Pero como nadie le regala nada, es feliz pues de todo ese gigantesco dramatismo, sobre todo el laboral, viéndose a sí mismo como nunca lo hizo en una enorme distribuidora de vegetales donde trabajaba como peón, vislumbra el sueño americano, el auténtico, y entonces, en mágico contraste, lee, escribe, aprende y sueña con lo fructífero que vendrá...

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Publicado en IDEAS (Página Siete/La Paz), 15/12/2013

Imagen: El exilio voluntario en la Biblioteca de Lezo

El tiempo de los gitanos


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Los rom, roma, romaní, zíngaros, gitanos, casi el diablo, por los siglos de los siglos. Con un drama tanto o más pesado que el de los judíos, con una tragedia similar. Pero los rom trashuman por el mundo, lo suyo no es diáspora sino costumbre. La casa, la tierra y la heredad toda. Ni dioses ni elegidos, libres.

Hurto a Kusturica el título de aquel su memorable filme. Por la poética y su fascinación, por la alegría en medio del pesar, la burla de la muerte, la música como la perennidad buscada y encontrada. No le importará. Quedan para siempre en el cine, junto a la fílmica de Tony Gatlif en un estilo diferente, inmortales. Sus carromatos pasean la historia ajenos a ella. No existe cronología aunque sí ancestros, por paradójico que parezca. Ellos siguen cruzando Giza, a la vista de las pirámides, sin siquiera pensar si el faraón todavía está allí, y menos saber que lo exhiben, momificado detrás de vitrinas impenetrables. ¿Qué es la gloria para un gitano, qué la eternidad?

Pregunto a mi hija Emily acerca de los travellers, comunidades que en las islas británicas se ocupan de ancianos altercados entre familias y que los dirimen a golpes de puño limpio, bien apostados que de algo hay que vivir. Se lo pregunto por un documental (Knuckle/Ian Palmer, 2011) -me lo aconsejó Daniel Abud- que los describe. Apenas se esboza en el filme el origen de los individuos que se golpean brutalmente, sin importar edad ni condición física. Hasta la aclaración de mi hija, no caigo en cuenta que se trata de gitanos irlandeses, a quienes se obligó al sedentarismo proveyéndoles de casas prefabricadas e ingresos a cuenta del gobierno. Pero los travellers, los viajeros, de todos modos, agarran carros, enseres y prole y parten en procesión a presenciar el combate singular de sus hombres por honor y por moneda.

Hace poco Francia volvió a recurrir a medidas racistas contra los rom. No es nuevo. Aquello que hoy resurge se acentuó durante el régimen de Vichy. Nada más peligroso para los ocupadores nazis y sus contertulios de la derecha francesa que esta población itinerante. Trasladarse de un lado a otro sin permiso destroza las bases y prolegómenos del estado totalitario. Había que atacar. Exterminar. Y lo hicieron.

Un mapa etnográfico del Financial Times señala que los rom son una población no desdeñable, siendo Turquía, Hungría, Rumania, España y Francia regiones bien pobladas. Hasta la sola mención de fronteras y de nombres nacionales contrasta con esta gente, que a pesar de veintiún siglos nuevos no se ha cansado de caminar. Lujuria no exenta de gloria todavía el hacerlo, como si viviesen en un mundo paralelo. No en vano Werner Herzog, en Nosferatu, fantasma de la noche, mediante un personaje que aconseja al viajero que lleva papeles de propiedad a un tal conde Drácula, más allá del paso Borgo, dice que de los gitanos muchos “han estado al otro lado”. Lo siguen estando; atraviesan ese agujero de tiempo y espacio cuando lo desean. Por eso no se los quiere, porque no nos pertenecen.

El campo de la muerte de Belzec fue inaugurado con gitanos. Se los ve indolentes, echados sobre la hierba, evidentemente famélicos, posando para la posteridad del horror. Pero así como perseguidos también persiguieron, y si mal no recuerdo fue en Shklovski donde me enteré que durante el genocidio armenio se dedicaban a cazar sobrevivientes. Cazadores de cabezas de principios del siglo XX, en una historia donde azeris, kurdos, turcos, armenios, asirios, persas, chechenos y rusos, todos, cargan espeluznantes culpas.

Recuerdo de mis lecturas de niño dos sujetos grabados e imborrables: un grupo de judíos marchando hacia la fosa común, sabiendo que era la voluntad de dios. Otro, gitano, en Treblinka, hastiado de labor, que escupe displicente cuando el guardia germano los insta a trabajar. Prefieren morir a seguir así. Hechos circunstanciales que no retratan en definitiva a un pueblo u otro, pero escenas que se quedaron en una mente, la mía, quizá no preparada aún para digerirlo.

Gatlif, a quien ya mencioné, filmó otra película de su larga serie gitana, extendida por Rumania, España y ahora Francia. Es el tiempo de Vichy, y el colorido ropaje de los rom contrasta con el gris que se cernía sobre las Galias. Rojos vestidos que cantan a la vida, mientras las ruedas de los vehículos acercan a la muerte. A ellos, los hermanos del mayor guitarrista que Francia dio al mundo: Django Reinhardt, el de la mano momificada.

No ha mucho, en Grecia, se dio el caso de una preciosa y blonda niña a cuyos padres acusaron de haberla raptado. Pruebas van y vienen, y la constancia de ser ella una rom de Bulgaria, fotografiada junto a sus hermanos, a cual más rubio y pelirrojo. Si cuando salíamos de la primaria y doblábamos a la izquierda en la Libertador Bolívar, en Cochabamba, los encontrábamos de largas faldas y botas de montar, rubios como soles: gitanos chilenos, no se acerquen, decían las viejas brujas. Raptan niños cristianos, se los comen…
12/13

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Publicado en Revista OH (Los Tiempos/Cochabamba), 15/12/2013

Imagen: Otto Mueller/Dos gitanas al interior de su tienda, 1928

Saturday, December 14, 2013

Literatura desde la ventana


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Si pensamos en Rembrandt van Rijn, concedemos que el arte no necesita de ubicuidad desmesurada, experiencia, movilidad. Dice Russell Shorto que el pintor holandés pasó su vida, y pintó sus exteriores, en un espacio muy reducido de Amsterdam, a unas cuadras a la redonda de un puente y algún canal ya míticos.

Pensemos en Proust, encerrado, quizá al arbitrio de una brillante sirvienta…

El niño Borges, ávido de épica y glorias que van desde dioses germánicos a modestos cuchilleros del Retiro, con mamá sirviendo el té y leyendo sus esbozos literarios… Tal vez a Borges salir, “ir afuera”, le hubiese resultado más que incómodo, perjudicial. Afuera campeaba entonces la chusma peronista, la cantaleta de “argentino y bien varón, es el general Perón”, con la digresión necesaria de que el tipo pudo haberlo sido, pero terminó como un viejo cornudo que avivó la debacle. No era espacio para el magnífico escritor, aunque la época reanimaba una trágica tradición argentina, la del caudillo, la de la masa enfebrecida, aquello de lo que se nutrió y asimiló dentro suyo en un inteligente revoltijo que ponía a los héroes de la conquista del desierto con sombríos literatos en lengua inglesa.

No hay fórmula para escribir. Otra cosa es la predisposición de cada uno de encontrar un espacio preferido para desenvolver sus ideas o arte. Personalmente, elegí la escuela norteamericana, por llamarla de algún modo, la de redactores comprometidos en extremo con el derredor, con la búsqueda y hallazgo a través de existencias que vistas de arriba podrían parecer intrascendentes, míseras, abyectas, inútiles.

En suma, a pesar de no ser cierto, pero con un énfasis especial hoy, la discrepancia entre lo académico y no. Con la profusión actual de escritores que se consideran tales por titularse en ramas afines en universidades de prestigio. Ignorar, despreciar, hasta cierta condescendencia con el que escribe porque siente necesidad de hacerlo, cualquiera fuese su entorno y profesión. Sería tremendo exigirle a Kafka, gris funcionario, eméritas condecoraciones que lo garantizaran como autor. Pero está de moda, así como el vértigo, casi competencia, lucirse en ferias del libro a las que ni siquiera los invitan. El marketing entró a la literatura. No se quieren ya escabrosas historias de pobreza y rebelión; ahora cuentan pajas juveniles, inocuas, que tal vez queriendo decir algo no dicen nada. Y no significa que la literatura deba ser social, por supuesto que no, pero tampoco manipularse como objeto de mercaderes.

La crónica ha renacido para reemplazar esa vertiente de la literatura que no goza ya del favor público. Con éxito. Un amigo comentaba, no sé con qué fines, al referirse a Alice Munro, reciente ganadora del Nobel, que ello demostraba la posibilidad de ganar premios sin necesidad de hablar de psicópatas, etc. Creo que es inadecuado decir por dónde y de qué se debe escribir. Munro no es Dostoievski porque no querrá serlo. A cada uno lo suyo, de acuerdo a infinidad de características psíquicas, físicas, aficiones o vicios. Todo vale. Y a cada quien lo que corresponda, de acuerdo a cómo vive, qué hace. Los académicos hablarán del dorado mundo de las élites y los literatos alteños de mugre y cogoteros. Su valor radicará en el arte, en la manera en que fueron escritos y no en el tema o argumento. Leo con tanto gusto a Gautier en su alucinación egipcia como a Raymond Chandler u Homero Carvalho. Disfruto, como jurado literario, de cada libro, a pesar de las normales deficiencias de práctica entre muchos participantes, de la variedad de estilos y personajes. Cada uno importa, tiene algún plus, lo que no implica que a todos se premie o acepte, porque, como cualquier otra cosa, la literatura es un trabajo donde se busca excelencia, no necesariamente en lo pulido del lenguaje, en preciosismos a veces innecesarios, sino en la solidez con que se lo esté contando; perfecto, como en Borges; a ratos tosco como en Arlt.

Me he puesto a pensar en cuánto de mi literatura pasa por mi ventana. El trabajo nocturno me ha dado el don del vampirismo; veo tan bien de noche como de día, y trashumo, deambulo por inverosímiles pasadizos y circunstancias en las incursiones diarias, cinco días por semana, por un extenso territorio que jamás es el mismo cuando clarea. Luego me escondo del sol; lo hago por los últimos veinticinco años; cierro, aunque no totalmente, las persianas. Abro la ventana y dejo que el mundo de afuera penetre en esos débiles rayos de luz. Desde allí acecho, me apodero del movimiento de los otros, de sus voces, conversaciones y discusión. A ratos el viento mueve las persianas y la gente mira hacia allí, hacia mí, pero con el reflejo no ve nada. En la mayoría de los casos se retiran, continúan con su rutina algo alejados, observando de reojo la ventana sospechosa, la certeza de ser vigilados, fotografiados, plagiados, calcados. El escritor es eso, un ladrón que se esconde en el hueco menos probable, para apoderarse de la vida ajena, del halo o la sombra, en albur fascinante y tenebroso.

En esos momentos, los de la literatura en observación y creación, poco importa que el domingo sea la feria tal o la feria cual, que se otorguen o no premios, la fama o la infamia. Esta es labor de solitarios y desconfío de quien ostenta demasiada sociabilidad para hablar de sí mismo y de su arte. He ahí un comerciante, alguien que se oferta, que se vende o se regala. Casi en tono bíblico aconsejaría huir de personaje semejante, macho o hembra, porque discrepo con la manía de querer ser eterno y distinguido, cuando la sal de vivir está justamente en perecer y ser anónimo, en cuánto podremos aprehender mientras duremos sin la inconveniencia de perder el tiempo en explicaciones hueras sobre ti.

¿Que empecé hablando de una cosa y estoy en otra? No. Vamos por el mismo camino, con meandros lógicos que trae la dinámica de las letras, tan ávida y rápida como la de las aguas. No intento dar cátedra ni fórmula para adentrarse en ese mundo. Como dijimos, no la hay, e incluso la proyección y diseño de una senda a seguir no pasa de papeleo las más de las veces intrascendente. Aunque dicen, en el caso de Alice Munro, que la perfección aburrida -así, con esas palabras- de su prosa no se desvía un ápice del plan dispuesto.

No debiera ser dilema. Uno es escritor o no lo es. ¿Escribir? La mayoría podemos; somos un poquito más que iletrados y eso nos da ínfulas. Vaya, acépteselo o no, pero escribir no te hace escritor, como gorjear no te convierte en cantante. Claro que todos quisiéramos serlo, porque dar significado a las palabras y alma a su conjunción tiene algo de Dios, dioses imperfectos o abyectos, capaces sin embargo de fundar belleza hasta en el exabrupto o la maldad, amén de las rosadas líricas de lo que consideramos bello ya de principio.

¿Qué hacer con los profesionales de la escritura que nos han invadido, que han opacado el aura innoble pero interesante del que escribe? Obviarlos, dejarlos que se mezclen en la ensalada de los suyos, donde unos son mostaza común y otros dijon; unos vinagre de vino, otros de arroz, y algunos balsámicos. Son un plato duro de tragar, molestos como el ajonjolí, porque la vanidad es la especia más amarga. Pero, vamos, no es tan grave: gastronomía y digestión. Los demás, y no me incluyo, seguirán leales ante este inconsecuente amor. Morirán olvidados, con un perro sarnoso meando en la lápida. Pero ellos, los oscuros, son los que le dan brillo a esta penumbra de ser artista. Por los siglos de los siglos.

Silencio, que una pareja de inmigrantes ilegales se detiene al borde de mi ventana, y hablan de chingadas, chingados y chingaderas. Recuerdo a Octavio Paz, el muy chingón, y presto oídos. Uno es de Malinalco, lar de los guerreros águilas mexicas. Su acompañante de Tlaquepaque, justo al borde de Guadalajara. Hablan del día y del salario, de viejas y vino (como le dicen al tequila). No rompen los cánones de lo que un mexicano representa para mí, pero hasta la vida burda de un pasante es extraordinaria. La literatura anida allí, en lo nimio y lo grotesco, aunque no solo. El desprecio de los señoritos, que hoy decidieron ser autores, me lo paso por el forro, porque para sentir hay que vivir, y amar y dolerse. Doctores sobran, de estos, no de los que curan.
10/13

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Publicado en Página y Signos (Revista de la Facultad de Humanidades UMSS)

Fotografía: Beaumont Newhall/Edward Weston Looking Out of His Darkroom Window, 1940

Thursday, December 12, 2013

Las novelas premiadas de Claudio Ferrufino-Coqueugniot o un miniensayo con fines terapéuticos para la autoestima nacional


DANIELA RENJEL

Un reto: escribir, describir, desnudar y anudar dos libros vitales para la literatura boliviana, como El exilio voluntario y Diario secreto de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, y un placer perderme en sus estructuras, lenguajes, estilos y sentidos. Señalo a continuación algunos aspectos que han hecho de ambas novelas merecedoras de premios como Casa de las Américas y el Nacional de Novela en Bolivia (2009 y 2011, respectivamente).

Exilio voluntario (EV) es una autoficción; narración que trasluce la veta autobiográfica  del autor, pero cuyo fuerte está en la construcción de un mundo ficcional a partir de la decisión de un hombre de probar fortuna en USA.

Dice la contratapa del libro que “la novela observa cómo el ‘sueño americano’ se convierte entonces en una pesadilla”, y comienzo por aquí, dado que Carlos Flores, alterego de Claudio, vive momentos de tensión, pero su desplazamiento migrante –siempre plural, real y simbólico– es mucho más que la vivencia de una pesadilla. Todo lo contrario: Ferrufino hace de su partida una celebración de la vida por sobre las penurias y nostalgias del foráneo que nunca deja de ser tal: “Acá y allá la constante de los amigos y la pobreza, vaivén de vida insospechadamente rico, de cuya angustia llevamos recuerdos más felices que todos los salarios del norte”.

Sin embargo, esta realidad se hace enteramente ventajosa para la escritura –“en un universo difícil no quedaba otra alternativa que construir mi propia leyenda”–, y ese es el signo vital de esta propuesta: sufrir sin penar; extrañar sin pretender la vuelta como tema recurrente; afincarse más en uno a través del contacto con la diferencia, en este caso más burda que la imaginada, más simple y más chata. Si el sueño americano se remite a dólares por doquier y un codeo familiar con ricos y famosos, al menos se hace insomnio, puesto que las calles no están habitadas por Hemingways o Whitmans, sino por seres insípidos y solitarios (excepto por los migrantes que llenan de vitalidad los espacios marginales) que no parecen disfrutar la vida como Carlos recuerda que se la disfruta en Tarata, Punata o Cochabamba. No, USA no es mejor que nada, ni la felicidad que ofrece más feliz que cualquier otra. USA no es Bolivia –una pena–, pero sí la posibilidad de crear a puños y letra una identidad capaz de dar, luego de tanto esfuerzo, sentido a una existencia voluntariamente exilada: la de la singularidad, la de ser otro siempre –que no remata su bolivianeidad por una tarjeta verde-, la del trabajador que prospera sin estar jamás completo; la del escritor que por/desde/en la distancia encuentra el estilo y el tema. “Aquí estoy solo y nadie me regala nada y si he de devorar devoro, y matar mato y el mutismo de mi rostro refleja un cansancio moral. Sin embargo estoy feliz. Hay algo nuevo en este dramatismo laboral, aprendo”.

De esta forma, hay en ambas novelas una fuerte presencia de “lo boliviano”, pero aquí un franco homenaje a Joyce, Borges, el neobarroco y su derroche verbal, los que fluyen leves a través de una densidad creciente entre descripciones, narraciones de todos los tiempos, un yo desdoblado o duplicado –porque también son dos vidas las que se encastran tras la migración–, junto con monólogos interiores que hacen del discurso una memoria coloquial de un pasado que es nostalgia no sufriente, sino crítica, irónica y hasta cómica. Así, este proceso de construcción de otra vida es la apuesta que confirmaría las contradicciones de la existencia –“Carlos se recuesta frente a la ventana. Hay nieve derritiéndose, haciéndose barro en las orillas del parque. De alguna manera está confinado en un lugar que no escogió”– y el ejercicio de la escritura como catalizador de una comprensión negada en la rutina de quien sale a trabajar para sobrevivir, pero no deja de preguntarse si esa vida vale la pena.  

La escritura superpone recuerdos, motor necesario del sentido en la tierra (dizque) prometida y, seguramente por esto, el libro está absolutamente dedicado a un lector boliviano. Ferrufino no parece mostrar preocupación sobre la localidad de la mayoría de sus referentes y es, posiblemente, la honestidad de su habla, sin pretensiones internacionalistas –lo que equivaldría a una neutralidad impuesta– la que lo hace “universal”. Carlos es un hombre culto que ama hasta la médula su llajta, tal vez porque de lejos la ve mejor, haciendo de su relación con ella un paradójico diálogo crítico y embelesado.

La estructura de la novela posibilita este ir y venir en el tiempo, cancelando nociones de un falso “progreso” que la migración traería. Superposiciones espaciales y temporales hacen de la escritura un film para ver y oír la bolivianeidad nunca perdida. Las cosas con el tiempo se transforman, pero “allá” siempre está en el “acá”; sacarlo implicaría “no ser nada”, a decir de Carlos. La esposa y las hijas apenas nombradas son la nueva patria; único acceso legítimo a la otra cultura que nació de uno.

EV refleja cierta heroicidad en el protagonista para reconstruir el drama de la emigración, con independencia del “éxito” que se pueda conseguir en tierras extrañas; explora la vivencia de la dualidad que más tarde que temprano es celebrada por quien sabe sacarle partido, pero además, es un cálido homenaje a los recuerdos, a los amigos… a Cochabamba.

Un año después de conquistar aplausos en La Habana, alimentando así el vapuleado orgullo nacional, Ferrufino gana el Premio de Novela con Diario secreto (DS), explorando la psicopatía y sus posibilidades como nunca tan abiertamente en la literatura boliviana. No obstante, decir “psicopatía” equivale, en un contexto no clínico, a decir “mal”, y a entender por este todo lo que la moral imperante en una sociedad no admite. Lo interesante del caso es la apuesta por su representación, ya que el mal, como el bien, son únicamente representables cuando se miran de perfil, logrando hacer de este tema, atmósfera, contorno y sintaxis de un efecto de sentido.

Sin duda, la presencia del mal, sutil o contundente, puede invitarnos a redefinirlo, pero esto no significa relativizarlo hasta la nada, justificarlo, o sugerir que hoy por hoy bien y mal se confunden, sino verlo en los distintos niveles que, afortunadamente, la mayoría de nosotros todavía es capaz de discernir, lo que, entre otras cosas, nos impide domiciliarnos en un centro psiquiátrico. Un recorrido por esos niveles es lo que el protagonista hace mediante el ejercicio consciente de la crueldad y la violencia.

Así, el proceso de conocimiento de los límites de la agonía, la resistencia, el placer en el dolor, la insensibilidad que cabe en un ser humano y ciertas miserias humanas, como la falta de dignidad, tantas veces mencionada, se hace una suerte de acumulación y repetición que no llega a saturar la lectura, gracias a la variación de voces y focalizaciones. Acumulación que explora distintas posibilidades de sufrimiento en una lógica que, apelando a la creatividad, la venganza y el morbo, son una escenificación degradada de las prácticas de la ciencia y su aplaudido afán de conocimiento y control de la vida a cualquier costo, justificando –junto con la guerra– el dolor y la muerte. Dice el narrador:

Poder contemplar el paso de un estado a otro, de vivir a morir, observar con detalle lo que sucede, tiene carácter científico. No he de negar que disfruto, no, mas el quid está en la investigación, en la búsqueda de esa gran verdad o gran mentira que significa Dios.

Por otro lado, esta desenfrenada serie de torturas y crueldades se torna una apología a la idea de que ‘el mal que no se hace, se recibe’, lo que implica un desmontaje cultural que el protagonista confirma: “hay que tener huevos para hacer lo que uno quiere, sin importarle opinión de si bien o mal”. En consecuencia, se instala una maquinaria compleja, creciente y envolvente, que logra de maldad en maldad –cada vez más sofisticada– aumentar el placer del personaje en su cometimiento; placer que llega a perder la primigenia idea de libertad para volverse necesidad, haciendo del victimario otra víctima de un juego imposible de ganar. ¿Cuántas víctimas hay que torturar? ¿Cuándo se puede creer que se ha conocido todo? Morir es la única forma de parar.

Sin embargo, el narrador no es siempre un sicópata pseudocientífico, sino también un narcisista inútil. Si es indudable que el protagonista provoca y observa impertérrito el sufrimiento ajeno en pro del saber, no es menos cierto que hay un disfrute similar cuando se hace del mal una representación mental, y él mismo se visualiza torturando y luego se narra en acción. Placer en el acting, en la doble escena: acción y reminiscencia indiferente ante el dolor. La memoria, entonces, es otra vía de reescenificación que requiere, por lo general, de un auditorio –Olinda preferiblemente– con quien revivir los hechos y a quien dedicar morbosa y patológicamente relatos con tinte de ficción, reactualizando el suplicio. Olinda atada exclama: “Si tuviera las manos sueltas, me taparía los oídos para no escucharte”. El recuerdo del dolor se hace narrativizable.

Dicha pseudosuperioridad, además racial o cultural, avalaría el uso de la tortura por supuestos elegidos que, en un entorno obtuso, buscan la forma de satisfacer su sed de conocimiento y huir de prácticas simplonas que ofrece el “horrendo servilismo y mezquindad de la tierra acá”, a decir de la madre del protagonista, quien afirma que “de cometer errores por una impresión de ser y estar más lejos que sus congéneres, le venía ese desdén por la vida y la piedad”. Desdén que, irónicamente, se traduce, según el personaje, en “deseo de muerte, deseo de exceso de vida”, que se abre camino a través de una sexualidad desbordante y un erotismo que, como en EV, irrumpe donde puede, siendo aquí excesivo, brutal, caníbal, aunque en principio agradable a sus parejas oficiales, quienes pese al maltrato vuelven siempre él, confirmando que son parte de un mecanismo que se alimenta de a dos, y esto una metáfora de la guerra y de tantas relaciones que se embarcan en un juego fatal. 

Si bien DS comparte con EV el tratamiento de la estructura y sus saltos temporales, la confección del último es aún más fílmica. Pueden tratarse de confesiones, entrevistas o más diarios secretos recogidos por una cámara invisible capaz de grabar testimonios polifónicos responsables de la trama de la novela. El final sugiere cierta dualidad, pero D. Abrahamsem, psiquiatra norteamericano y autor de La mente asesina, respaldaría la muerte del protagonista, puesto que “todo homicida es inconscientemente un suicida y todo suicida, en cierto sentido, es un homicida psicológico”. Olinda, “suicida” a su esposo.

DS, a través de la construcción de un ser indiscutiblemente enfermo, invita a pensar en la arbitrariedad de los contextos donde el mal se permite y se aplaude: la lucha contra la delincuencia, la guerra y la ciencia, lo que hace del rol de la víctima algo deleznable, siendo, como se vio, el espacio amoroso la mejor metáfora de estas tensiones.

Por estas, entre tantas razones, la narrativa de Ferrufino es un placer para la lectura; un placer difícil y por eso más placer, diría C. Lispector. Asumo que parte de esta “dificultad”, no visible a nivel superficial, no radica solo en los temas, la cultura desplegada y el manejo de intertextualidades que exigen un lector al menos comprometido, sino en el desafío de ser leídas con otros sentidos: la visión fílmica, el oído agudo y una capacidad de disfrute lento de los procesos que hacen de la literatura algo profundo en un mundo imperioso de velocidad y comprensión instantánea.  

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De 88 GRADOS (La Paz), 12/2013


Tuesday, December 10, 2013

Sudáfrica, revolviendo la memoria



Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Recuerdo a mi madre, luego de su viaje a Lesotho en 1997, contándome las experiencias de las visitas a Sudáfrica que tenía pocos años de haberse transformado en república negra con Nelson Mandela como presidente.

Mi hermana Delia y su esposo Metin trabajaban en Lesotho, él como ingeniero en un proyecto de represas y túneles de desviación de ríos, y ella como maestra en el complejo alambrado, cerrado, del que disponían los profesionales extranjeros y sus familias. El alambre los protegía, decían, de leones merodeadores y de negros merodeadores, en un reino caracterizado por miseria, opulencia de la élite y ausencia de blancos.

Las represas se construían con dinero de multinacionales y con empresas sudafricanas asociadas. Lesotho era pobre, pero tenía abundancia de agua. La vendían a muy buen precio a Sudáfrica, para mantener la pujante industria agrícola del gigantesco país que los envuelve. Los basoto, habitantes del enclave, no querían que se los considerase zulúes como comúnmente se hace. En suma, para gente pagada en dólares, era un pequeño paraíso en medio de una región asolada por el sida, de bosques talados y muy bajo ingreso percápita. punto de partida para expediciones turísticas al Zambeze, a contemplar fauna o a la costa.

En Durban, Sudáfrica, provincia de Natal, hoy KwaZulu-Natal, mi madre entró al balcón de la habitación del hotel con los ojos cerrados. Escuchaba un rumor. Abrió los ojos y se encontró con el magnificente e iracundo mar de Durban, que aterraba y sobrecogía. Me dijo que pocas veces se había sentido así, ella que venía de las orillas del río-mar, el Paraná. A la mañana siguiente salió a caminar por el nuevo país.

Contempló blancos sudorosos, con anchos sombreros de cuero, en los supermercados. Muchos portaban pistola al cinto, a la usanza de los westerns de Hollywood. Ningún negro lo hacía. El racismo continuaba con el mismo fervor del que había leído y escuchado. Maltrato, insulto, desprecio hacia el negro. Era lógico que dese 1994 poco podía haber cambiado; los procesos históricos son por lo general largos. Lo que ella observaba quizá eran los remanentes de una cultura violenta y discriminatoria.

Siendo maestra, aparte de estudios de abogacía, sabía que el meollo del asunto estaba en la educación. Miríadas de africanos se movían al unísono como guiados por instinto. Mientras tanto, la élite de origen europeo redactaba las leyes y graduaba a sus vástagos en universidades para heredarles el país. Habló de generaciones, de pupitres y profesores ignotos que tendrían que dar su aporte generoso e incógnito para fundar algo nuevo, si es que aquello iba a tener éxito.

La maravilló lo hermoso de la tierra.

Luego, estando de visita y de vacación, disfrutó como sabía hacerlo una brillante mujer, de las novedades de otras culturas. Por un lado la apenaba la visible abyección y desorden de Soweto, y por otro se encandilaba ante los lujuriosos penachos de plumas de los jamás extinguidos guerreros. Lugar de contradicciones y encrucijada de un proyecto cuyo borrador sonaba a ilusión. Una argentina en la tierra de los basotos, la antigua Basutolandia, escribía a sus hijos impresiones que el tiempo ha matizado y comprendido. Misivas cuyo peso reflexivo me sirven para entender la Sudáfrica de hoy, y las consecuencias en países dependientes de ella como Lesotho.

Con los acontecimientos del día, me avengo a recordar estas cosas, y a utilizarlas como reconocimiento y homenaje a mi madre, en 9 de diciembre, su cumpleaños, y a la memoria del gran hombre que fue Mandela, Madiba para su pueblo.
09/12/13

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 10/12/2013

Fotografía: Cartel segregacionista durante el Apartheid

Tuesday, December 3, 2013

Tranquilandia/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Bajo este nombre de filme infantil se ocultaba, en Colombia, en la jungla del Caquetá, un vasto complejo de laboratorios de producción de droga. Hechura de José Gonzalo Rodríguez Gacha (el Mexicano) para el Cartel de Medellín, exportaba billonarias cantidades de cocaína, solventando el imperio narco que alentó incluso sueños políticos. Visionario a su modo, Rodríguez Gacha se desprendió de la dependencia de la coca peruana y boliviana, convirtiendo a varias regiones de su país en productoras de la hoja, sin la cháchara de sacralidad de sus vecinos. Coca para cocaína. Lo demás son pamplinas.

Imaginemos por un momento que Tranquilandia es razón de estado, que un gobierno se encarga de su mantenimiento y producción. O que gente muy cercana a un gobierno, la base de su poder, es la que maneja el complejo. Las ganancias de los traficantes se multiplicarían por diez, por cien, por mil, sin enemigo a la vista, “trabajando” en territorio libre de impedimentos físicos y morales. En situación tal, diríamos que alguien, algunos, acrecientan su fortuna a niveles insospechados.

Tranquilandia fue destruida en 1984 por la policía colombiana con ayuda de la DEA. Si a lo dicho anteriormente sumamos que ni siquiera estas contrariedades existen: la de una fuerza policial opuesta, y menos la de organismos internacionales, estamos pues ante un paraíso, no colectivo aclaremos. Tranquilandia como Disneylandia, Nirvana, Valhalla. A preservarla se ha dicho, a cualquier costo.

En Colombia hubo un pequeño grupo de personas que alertó sobre las connotaciones futuras del narcotráfico. Fueron asesinadas. El asesinato de este tipo en el lugar “ideal” que describimos, no sería necesario en primera instancia. Porque la Tranquilandia supuesta cuenta con una población de borregos de extracción tan pobre que las migajas saben a cielo, o de extracción tan rica que la fácil ganancia la tiene por encima de minucias regionales, nacionalistas, ideológicas. Cuando el capital fluye como río, todos callan y aprovechan.

¿Entonces, sin oposición, sin escollos u obstáculos, Tranquilandia ha de convertirse en Shangri-la? Nada más lejano. Lo que se estaría construyendo, fuera de las miles de estructuras similares de diversos tamaños que pululan en la región, es un estado dentro de otro para el futuro. No ahora, donde el dueño del negocio es dueño del territorio, sino para un supuesto en el que los dioses, por oscuros designios del destino, pierdan su condición divina y envejezcan, mueran, etcétera, etcétera.

Está muy trillado eso de lo que no se aprende de la historia tiende a repetirse. Cierto, pero no servirá de impedimento para que venturas semejantes prueben límites que tal vez no existen. El Cartel de Medellín, y Rodríguez Gacha en particular, comprendieron que del narco artesanal del pasado, con visos incluso románticos, había que levantar una empresa de extensas e inverosímiles ligazones. Lo consiguieron. Hoy el narcotráfico es la empresa capitalista más rentable de todas. Depende de sus patrones hacer creer a la turba que el asunto tiene nexos con tradición, ancestro, cosmovisión y demás vainas utilitarias para ellos. El feudo no es socialista, hay que entenderlo. Quien se enriquece solo y adquiere bienes para sí no es colectivista. Ni él ni sus lacayos. Arroja monedas, calderilla, para consumo de imbéciles y hambrientos.

Tranquilandia puede devenir en infierno cuando la masa de desharrapados mentales que la conducen quiera más, o desee preservar a la fuerza lo que consiguió sin esfuerzo. Los sueños a veces duran días y a veces años, pero hay que saber que en este negocio de las drogas, con tanto dinero en juego, no hay imprescindibles, ni Júpiter ni Juno, que las nubes en las que copulan extasiados las soplan los verdaderos amos, aquellos que no se ven.
12/02/13

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 03/12/2013

Fotografía: Producción de cocaína en Tranquilandia