Tuesday, January 31, 2012

Viviendo en el paraíso/MIRANDO DE ABAJO


A veces con excesiva vehemencia, los paisanos -con quienes compartimos el pasaporte- rememoran lo “linda que era” la patria y caen en ilusas afirmaciones de que nada es como allá, ni la carne, ni el pollo, ni el mate de la abuelita, ni la marraqueta o las mujeres. Éstas, las paisanas, son y siempre lo han sido, más valientes y talentosas que ellos, y sus quejas no les impiden perder las perspectivas de “mejorar”, agenciarse un gringo tonto, balbucear otro idioma, y decolorar de algún modo la tostada piel que les ligaron los ancestros. Lo dicho, la mujer nuestra es más aguerrida, valiente y múltiple que los varones arropados en nostalgia.

¿A qué van las insulsas opiniones que profiero? A que no hubiesen salido de aquel paraíso, antes nacional y limitado, y ahora plurinacional y orgiástico, de no haberlo necesitado. Nadie deja así por así la inmensa taza de café humeante y el trozo de dudoso quesillo sobre el pan. O el servicio, porque en esa tierra escalonada de Bolivia hasta el humilde cuenta con servidumbre, excepto el del fondo, y es sencillo ordenar, evitar trabajo y responsabilidad para cargarlo en las espaldas del prójimo. Era el panorama y no creo cambiara mucho. Resulta entonces ilógica la fuga hacia regiones donde por astucia y por costumbre tendrían que bajar la cerviz y jugar papel de empleado dedicado y respetuoso.

He visto médicos en Virginia barriendo el mall, o abogados con el cabello cubierto de estuco. Sin contar el pueblo informe que toda la vida le ha dado al oficio callando. Extraño que un profesional deba emigrar para sobrevivir. Claro, ya que me gustan las digresiones, que cuando estos heroicos cabezas de lanza de la indianidad retornan, por lo general sólo de vacación, a la patria para atiborrarse de salteñas, chicharrones y destrozar los cerros ofrendando rocas a veinte vírgenes, ninguno dice que en el autoexilio barrió, limpió baños, anduvo de sol a sol subido sobre los techos. No, resulta que fueron gerentes, inversionistas, presidentes de directorio, y ejercitan español, quechua, aymara, con acento anglo y diciendo okay, ok, a todo lo que antes era bueno y bonito. El vivir bien del amo Evo es para ellos vivir ok, aunque masistas sean.

A lo que voy: quedé pasmado hace unos días cuando el mandamás del Palacio Tostado levantando la manita izquierda y regordeta, convertida en maltrecho puño chueco (la revolución desviada), afirmaba que la tasa de desempleo en Bolivia era de algo como el cinco por ciento. Allí exploté, mentando las once mil vergas que parieron tamaño fraude, porque el innúmero contingente de emigrados demuestra lo contrario, y porque jamás se puede considerar empleado a alguien que se sienta con diez caramelos por ocho horas a vender y platicar con los demás sentados, o corridos cuando la autoridad está necesitada de efectivo para pagarse el platito de la tarde.

No comprendo cómo no nos vemos invadidos de ingleses, alemanes, españoles que son los que ya están convertidos en griegos y albanos, con semejante bajo porcentaje, aparte de la cháchara que pregona al mundo que Bolivia es patria del nuevo Dalai Lama, vestido a la moda y con permanente tal en la cabeza que el cabello semeja montera de conquistador.

Pienso en los miles de jóvenes que estudian, porque luego del bachillerato solo queda la universidad para posponer el desempleo, y que al egresar no tienen fuentes de trabajo, donde ir, crecer, desarrollarse, crear. Las opciones son pocas, y turbias. Emigrar tampoco ya es negocio, menos para los varoniles. Entrar a la elite de pundonorosos y pudientes cocaleros, peor. ¿Miente el presidente? Lo hace con descaro. Tal vez, ya que nunca trabajó, cree que no hacer nada es parte de la fuerza laboral ocupada.

A ratos pienso en volver y me pregunto qué haría. Puestos en lambisconería siempre hay pero no pertenezco al gremio. Creo que por ahora me quedaré en el infierno, añorando las humintas, ya que aquel es un paraíso al que se quiere y no se puede regresar.
30/1/12

Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 31/1/2012
Publicado en Semanario Uno 448 (Santa Cruz de la Sierra), 10/2/2012

Imagen: Dan Baldwin/Halfway Between The Gates of Hell And The Garden of Eden, 2010

Sunday, January 29, 2012

Alejandro Suárez, políticamente incorrecto


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Let it roll, baby, roll

Me parece escuchar la envolvente voz de Jim Morrison. Lo he buscado en el Whisky a Go Go, en Père Lachaise, en los pezones oscuros de Elisabeth bajo los árboles de Molle-Molle. En Kerouac. Pienso en él cuando me lanzo por los caminos de Norteamérica solo, turbio y lúcido, viendo morir noches y nacer amaneceres sin descanso.

¿Por qué introducir a un escritor y su libro así? ¿Hablar de mí para hablar de otro? Nada de vainas de recursos literarios; hacerlo implica complicidad, deslumbre por lo irredento, por lo cínico y tierno que aparece a borbotones en las páginas de El perro en el año del perro, novela del autor boliviano -cruceño- nacido en La Habana, o cubano sito en Bolivia, como si eso importara.

Viene de 1971. Ha muerto la Era de Acuario. Las mujeres que paseaban desnudas a la intemperie se han convertido en madres, abuelas, inversionistas de Wall Street. Obviaron la voz del coño, fugaz pero plácida, para tomar la lujuria del billete. En ese año nace Alejandro, en un mundo en apariencia huérfano. No existe el Che, tronaron a Lumumba, las revoluciones no son lo que pregonan, y los Stones despidieron una época, bajo la despectiva mirada de los Hell Angels, en Altamont. Dura herencia. Para crecer habrá que fundarse de nuevo. De esa debacle de sentidos e ideales viene este hombre, ya o casi cuarentón, que con desparpajo expone en novela avatares y aventones de un joven en busca de todo.

En la literatura y cine bolivianos ha habido intentos de recrear el pasado juvenil con méritos y errores diversos. Ni sé, o no me acuerdo, cómo se denomina este género literario que para mí tiene su cumbre en El gran Meaulnes, de Fournier. Pero nada más ajeno a Fournier, o a su hermano mayor en novelística, Proust, que el libro de Suárez. No ha lugar la nostalgia. Melancolía es puta palabra-obstáculo. En esta carrera por vivir no hay tiempo para espaciarse con memorias tristes. Incluso el recuerdo del amor carnal de una muchacha holandesa hace parte de un cínico divertimento, egoísta, donde la satisfacción de uno es prioridad y fin.

Volviendo a páginas semejantes de nuestra literatura, que no creo conocer completa ni sentirme agorero, me parece que pierden en la comparación. Suárez hace gala de una dinámica y un lenguaje que exudan vitalidad, aparte del magnífico humor casi desconocido por nosotros. No se trata de lacrimosas y patéticas rememoraciones de supuestamente mejores días. Aquí no hay ni abuelos, ni maestros, ni escuelas, o noviecitas por las que uno suspire. Es tiempo de carne, de un cuadril sanguinolento acompañado de chacareras, o de un culo con solidez de roca. Por supuesto que el personaje central, como cualquier humano, falible e inconstante, peca de denuedo senil, romántico, ilusorio en su descubrimiento de lo que podría ser el futuro. Pero ahí queda. El individuo se renueva, arremete, embate, que al final la vida es simple y buena si se la sabe llevar, y las caídas se curan, como la gonorrea con antibióticos, y de nuevo a copular.

“(…) Me siento más lúcido que Sun Tzu. Todo se resume a una frase más simple que la tabla del uno. Llevarla a mi mundo”, dice Suárez, y en eso condensa la visión del muchacho que protagoniza la aventura de esta narración: uno siempre, o casi siempre, gana de local. In vino veritas, el sexo como el alcohol, en ti me encuentro, en tus jugos, tus sudores, tus cabellos. Tu calzón es mi patria. Como te llames no importa. Machismo, puede ser. Supervivencia también. No le hace, estamos en un mundo de ficción, cuyo paralelo con lo real no nos incumbe, donde nuestro hedonismo de lectores, igual al del creador, demanda satisfacción del instinto que permite perdurar. No cabe futuro en la pena, lamentarse de sí mismo, renunciar, fracasar. El adagio del hombre es el lobo del hombre se transforma en el hombre es el lobo de la mujer, a quien se acecha, devora, disfruta. Y, todo vale, incluso amor.

Me gusta como Alejandro construye sus capítulos, a la usanza del Quijote, o de franceses e ingleses del ochocientos, con un resumen de lo que va a exponerse en ellos. Pero sus “resúmenes” se caracterizan por ser arte en sí mismos, sarcásticos, burlones, irreverentes: Un alien en el templo de la rumba y la bachata; Experiencias vitales de corto alcance; Tensión en el trufi; Maja desnuda, tropical y posmoderna; Violando el mandamiento vegetariano con carne de llama. Ejemplos de una escritura de vértigo adrede. De lo mejor que ha caído por mis manos de incipiente crítico.

Obvio el entorno: Santa Cruz de la Sierra. ¿Podría haber sido otra ciudad? Dada la maestría del autor, creo que lo haría bien en cualquier lado. Sus calles, lugares, idiosincracia lo envuelven. Es testigo y actor de un mundo preciso y una etapa delimitada. Pero si a la larga la novela parece inclinarse hacia una road movie significa que el personaje quiere removerse de encima el peso de los límites. No va a quedarse y acabar como sin duda harán tantos en derredor, machos y hembras. Sus horizontes apenas se abren y la compañía, que debe ser circunstancial para quien desea conquistar el universo, sirve de momento.

Primera novela de un escritor ya maduro, logrado. Alejandro me ha enviado algunos cuentos suyos que anteceden a El perro en el año del perro. No he querido tocarlos, para no contaminar la maravillosa impresión e inmenso placer que ha sido leer la obra. Y en la pequeña vanidad que tenemos los hombres, gigante en los escribanos, perdón escritores, el gusto de escuchar a Alejandro Suárez decir que mi El exilio voluntario le sirvió de inspiración.

El perro en el año del perro está cargado de “días de mierda”, de “gringas putas”, extraños amigos, madres lesbianas y padres inseguros. Libro de motel, de bar, de la grandísima afición que mueve el mundo, mayor que cualquier filosofía: un buen polvo.
22/01/2012

_____
Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 29/01/2012

Imagen: Portada de El perro en el año del perro

Friday, January 27, 2012

Apuesta por la India/MIRANDO DE ARRIBA


La última visita de George Bush a la India y la apertura de una cooperación nuclear muy estrecha tienen como motivo las inmensas posibilidades de desarrollo con que cuenta el segundo gigante asiático -China el primero-. Sin embargo las repercusiones políticas pueden ser desastrosas. El doble estándar del gobierno norteamericano se hace otra vez presente, y peligrosamente selectivo, en una convulsiva región. Conceder prerrogativas a la India, a tiempo de vetar otras a Pakistán -servil aliado de Norteamérica- indica que la retórica de agradecimiento Bush-Musharaf no deja de ser un vínculo feble pronto a romperse.

Hay lógica en la actitud de Estados Unidos tanto hacia India como a Pakistán en el sentido económico. India es la más populosa democracia y tiene un alto índice de educación en tecnología. Los técnicos hindúes se capacitan más y más y llenan, a relativamente bajo costo, una demanda creciente de trabajadores del ramo desde América. Incluso en medios conservadores se habla en Washington de la peligrosidad de exportar este tipo de labor hacia la India, en detrimento de la inteligencia local. Tarde porque es ya un rodillo imparable. En términos políticos, India representa también la mejor apuesta norteamericana ante una China avasallante que será, a no dudarlo, la superpotencia rival del futuro. Se supone que una India tecnológicamente avanzada, con adelantada capacidad nuclear, civil y militar, con gobierno libremente elegido, puede hacer contrapeso a un eventual enemigo.

En el coqueteo con India se deja de costado a Pakistán, circunstancial aliado, que carece de las condiciones democráticas suficientes como para recibir apoyo en un sujeto tan delicado como tecnología nuclear. El marcado fundamentalismo musulmán en el país lo hace o lo convertiría en un latente peligro. No quiere Norteamérica crear un poderoso enemigo a espaldas suyas. Ello destruye la imagen de Musharaf (Busharaf) quien al no caer dentro del ala de los privilegiados descubre ante su pueblo su faz verdadera, que es la de un ferviente lacayo dispuesto a recibir las migajas del amo. Bush en la India casi implica una sentencia de muerte para el actual gobierno pakistaní, quien deberá reevaluar las condiciones de su colaboración en la lucha "contra el terror" y pensar a partir de ahora en cómo mantenerse gobernando. Sólo le queda alejarse de su pragmatismo colaboracionista y rechazar de plano su condición de segundo ante India, siempre enemiga y mayor cada vez.
13/3/06

Publicado en Opinión (Cochabamba), marzo, 2006

Imagen: Don McCullin/Early Morning at the Kumbh Mela, Allahabad, India, 1989

Los diarios del Che joven/MIRANDO DE ARRIBA


Impulsado por la campaña propagandística que tuvo la película de Walter Zalles, Los diarios de motocicleta, compré el libro que contiene el texto original y que lastimosamente lleva a Gael García Bernal, el actor mexicano que personifica al Che, en la cubierta, y no a Ernesto Guevara.

Paradójica la accesibilidad a todo lo guevariano hoy en los Estados Unidos. Se ha convertido en uno de los más vendidos símbolos de la nueva sociedad de consumo. Niños, entre ellos mi hija Alicia, caminan a sus clases con la ya perenne imagen de Korda en sus bolsos y un grande y rojo "hasta la victoria siempre" en el reverso. Cierto que a veces no falta un imbécil que relaciona su figura con la actual campaña (terrorista) antiterrorista del gobierno y que sugiere retirar del mercado el rostro del barbado espectro. Pero la imagen de Che ha calado tan hondo ya que se me hace imposible que pudiesen hacerlo.

Zalles tuvo la visión de rodar una buena película sobre Ernesto Che joven, basado en sus diarios de viaje sudamericanos, sin casi tocar el tema de la lucha antimperialista o de la violencia que le tocó vivir. Logra así una cinta sugerente, de dos jóvenes románticos que se descubren a sí mismos en su contacto con la realidad miserable. Una aventura excitante, unas vidas ejemplares, dignas de imitación. El filme es posterior a la explosión consumista del Che en la sociedad occidental y cae perfectamente dentro de ella, aumentando el fenómeno a niveles insospechados: hay dvds, poleras, mochilas, billeteras, llaveros, gorras, stickers con los ojos y el mensaje del comandante; minifaldas y carteras.

Los diarios en sí son interesantes pero su sentido duerme exclusivamente en la historia que les sigue, la del Che revolucionario. Por sí solos carecen de brillo aunque reflejan momentos o acontecimientos que colaboran a darnos mejor visión de la América de entonces. Un muchacho argentino que se inmersa en la indianidad y mesticidad del continente, desconocidas para él, que encuentra en Cuzco, "el ombligo del mundo", su presencia americana. Venido de una sociedad desarraigada por inmensa inmigración, parece hallar en la anciana capital india su razón continental. La pobreza semeja ser novedad para Guevara y su amigo Granado, aunque la historia de lucha social de su país debiera ser fondo suficiente para desenmascarar la metáfora peronista de opulencia. Un texto ameno plagado de memorias y esperanzas.
28/2/06

Publicado en Opinión (Cochabamba), febrero, 2006

Imagen: Ernesto Guevara y Alberto Granado en viaje

Tuesday, January 24, 2012

La Gran Ilusión, la Gran Mentira/MIRANDO DE ABAJO


Repaso mis columnas de entonces. Luego de una, Evo presidente, donde hablaba del por qué no, de la necesidad de despojarse de un historial abyecto, del atávico racismo que nos caracteriza, y sin mucha convicción sugerí que valía la pena tratar. No es que fuera la elección de un indio, ya que indios somos todos, al menos los andinos, y la tez oscura y los rasgos nativos ocuparon cargos importantes, presidencia incluida, desde siempre en el país. Solo que lo escondimos, la sangre estaba presente pero vergonzante según. Era la oportunidad de reconocernos, traba mayor que enfrentamos de principio. No fue así.

De inmediato, con la perspicacia de aquel que en aislamiento ha aprendido a desconfiar, supe lo que se venía. Y lo dije, lo ataqué, por seis largos años, perdiendo “amistades” y demás, desmitificando lo obvio: rapacidad, fraude, falsía, usurpación. No perdí nada: peroradores de cantina, profetas de firulete, rebeldes cuya corrupción emulaba y superaba la de los odiados antecesores políticos. Esos abundan, y mejor perderlos que encontrarlos. Arribistas.

Ahora el Líder, que prometió una Suiza sudamericana, cosa que ni intentó, discursea ¡por tres horas! acerca de los beneficios que su desastrosa presencia ha traído. La bandeja de logros está vacía. Se ha avanzado en algunos aspectos que la historia marcaba ya como imprescindibles. No ha sido un triunfo personal. Hubo gente que le creyó, que todavía le cree. Humildes vilipendiados de antaño, desde antes de los españoles también que aquello no era paraíso. Se mintió con descaro, se inventaron grandezas, como la supuesta inteligencia del vicepresidente y la talla universal del de arriba. Para ello trabajó el gringuerío idiótico y paternalista, de derecha en el pasado, de izquierda para éste, que vive en continuo tour por tierra y vida de los “pobrecitos”, indicándoles cómo vivir. Otra vez traición.

País de grandilocuentes personajes el nuestro. Y de grandilocuente idiosincrasia. Más fácil mentir que trabajar; más sencillo imaginar, ilusionar, que mostrar hechos concretos. Por eso individuos como Evo Morales pueden darse el lujo de sugerir que se necesita una carretera por el Tipnis para traer el rally Dakar. Inconcebible, inimaginable, como si Bolivia fuese Asnivia. Y no únicamente entre los de abajo, que al no tener nada, anhelan todo, sino asunto generalizado, hasta entre ilustrados. Pueblo que en su incapacidad de crear nada cree todo. Taras o malas costumbres, no lo sé.

Escuchaba pasmado a un buen escritor alegar a favor de la coca-cocainización del país como arma de lucha contra el imperio. ¿En qué era vivimos? O estupidez congénita, o se quiere tapar el despilfarro, el hurto de los nuevos ricos, peores que cualquier derecha porque lo hacen a nombre de los pobres.

Se magnificó el hierro, el gas, el litio. Repaso otra vez los textos que me sirven de descargo para decir que jamás fui parte del exabrupto, y encuentro las sentencias pesadas de que no habría progreso, ni hierro ni gas ni litio. Coca, coca, coca, la ideología del gobierno. Al diablo la teorización sobre los estadios de la lucha por el socialismo, por la inclusión de la “vía boliviana” en los anales de la revolución. Lo que se ha visto y se ve es simple y descarado saqueo. Los llamados indígenas que gobiernan son los mayores enemigos de cualquier cultura ancestral. Se habla del ayllu, de la justicia comunitaria, de sinfín de cosas buenas y malas. Convertir al país en un inmenso cártel va a terminar con ello. El narcotráfico es el mayor globalizador y no dejará resabio de lo antiguo. Adiós los indios, los huayños, pachamama y mamapacha. La cocaína les pasará por encima montada en un hummer. Ellos ¿quiénes? lo saben y lo aprovechan. Se habrán protegido como sus criticados rivales con propiedades y cuentas de banco. Éste ha sido pecado tal que no puede quedar impune si deseamos salvar algo de lo poco que nos queda.
23/1/12

Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 24/1/2012
Publicado en Semanario Uno 447 (Santa Cruz de la Sierra), 3/2/2012

Sunday, January 22, 2012

Marchas y contramarchas/MONÓCULO


La marcha de los discapacitados semeja un lienzo digno de El Bosco, un claroscuro de Bergman. De la sombra, la penumbra, el refugio, el encierro, han salido en protesta los míseros de los míseros. Expuestos a la intemperie, espásticos y tullidos caminan de sol a sol demandando un aporte que quizá les impida morir de hambre. Aunque no fuese su intención inicial, su marcha apunta a la lástima, cuenta con piedad y conmiseración. La recibe de todos: de tenderas que les acercan una botella de Coca-Cola, de voluntarios que preparan arroz con leche. Los niños se preguntarán, al ver el desfile de espectros, si la realidad no se ha de pronto convertido en la ficción de los comics, donde harapos y dolor trashuman por ciudades aguardentosas y húmedas.

Sin embargo, en este panorama de desgracia y oscuro azar, fuera de las mise en scène necesarias para conseguir demandas, que incluyen cuerpos retorcidos revolcándose por el suelo, gente sin extremidades que se arrastra como penitente medieval, esta columna de gente sufrida y quienes los acompañan, guían, empujan las sillas, cargan, son el mayor desenmascaramiento de un gobierno de tinte altamente fascista, donde los amos, y el Supremo, no extienden la mirada más allá de sus bolsillos, pero las miras, de poder y exclusión, hasta el infinito. La mística les falló. Al parecer el elegido no es más que lo que era, hábil lataphuku y malicioso sindicatero, que quiso ser dios y terminará de peón. En la vida de nada vale construir castillos de arena, aunque estén hechos de dólares e impresionen como sólidos. Quien bebió la cicuta del poder no podrá escapar a ella. Incluso huyendo, que es lugar a donde hemos de llegar, la angurria será tal que el "enfermo" acabará en redes que ya no son suyas, donde no se oye su falsa voz de profeta. Por eso unos son Cristo y otros no. El demonio los tentó, no en el desierto sino en los verdes cultivos de coca, y cayeron en su trampa. Nadie escapa al trato que Mefistófeles ofrece y cobra. Un día llega el tiempo de pagar, sin discriminaciones de raza o color. El fuego, gran igualitario, los tuesta a todos.

Para contrarrestar su derrota el gobierno apela a jugadas trágicas pero infantiles. Posibles en un pueblo que todavía cree en Mesías, que avienta sahumerios y degüella animales, no en la convicción ancestral que tal vez algún día tuvieron tales actos. Aquí se ha fabricado un teatro del mal gusto, acomodado a los deseos de Momo, útil para convencer a gringos tontos que se buscan a sí mismos en los confines de la sinrazón. Crea, decíamos, para ocultar su caída y revertirla de posible, jugadas que se contradicen: hago y deshago, porque nos gobierna un niño caprichoso y básico. Alista contramarchas, pagadas y apoyadas con fondos del Estado, marchas para desdecir lo dicho, el Amo contra sí mismo, guiado por quién sabe qué ambiciones, afirmando y negándose en conjunto: soy el principio y el fin. Cierto, hubo principio; habrá fin.

¿Por qué deambular por recovecos incomprensibles, confusos, en lugar de hablar directo? Porque confusa es la materia en que nos desarrollamos y desenvolvemos. Fuera de logros que cualquiera tiene, que en su momento valoraremos, el desgobierno actual nos ha retrocedido a estadios caóticos en ebullición. Por eso retomamos a Hieronymus Bosch, retratista perfecto del magma plurinacional, donde hay calaveras danzarinas y hombres con picos de ave saliendo de un huevo. O cualquier otra cosa que se pudiera imaginar, del sueño y de la pesadilla.
19/1/12

Publicado en Puntos de vista (Los Tiempos/Cochabamba), 20/1/2012

Imagen: Fragmento de El Bosco

Wednesday, January 18, 2012

Capote


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Bennet Miller/Estados Unidos, 2005.
Con Philip Seymour Hoffman, Catherine Kenner.

Después de la escuela vamos a la librería Barnes & Noble a buscar "In Cold Blood" (A sangre fría) de Truman Capote. Se debe la excursión a que anoche, ya tarde, salimos en familia a ver el filme de Bennet Miller, "Capote", de muy buena crítica. La hija menor, impresionada por la cinta, decide que es algo que debe leer, y la lectura es necesidad imposible de posponer. Ya en el recinto, aprovecha la hija mayor para asegurarse una edición de "Drácula" de Bram Stoker y yo para deambular entre las novedades y las ofertas. Cierto que hay recelo a todo lo que implique Hollywood, pero allí todavía se hacen algunas de las mejores películas, se quiera o no; "Capote" es un fino ejemplo de buen cine, película que a pesar de cierta lentitud jamás cansa al espectador, acentúa más bien un angst que ni siquiera se alivia al final. Para comprenderlo hay que entrar en los detalles.

Basada en un libro de Gerald Clarke, "Capote" abarca sólo un espacio de la vida del grande y controvertido escritor norteamericano. Se enfoca en el momento en que Truman Capote piensa sobre qué va a escribir para el New Yorker. Encuentra entonces en el diario la noticia de un cuádruple asesinato en Kansas y le parece haber hallado el tema. Escritor y reportero mimado, prepara su viaje pagado a un estado que semeja su rural Louisiana natal. Con él va Harper Lee, autora luego de la célebre "To Kill a Mockingbird", clásico de la literatura en Norteamérica. Se inicia uno de los más importantes logros de la novelística moderna, la novela de no-ficción. "A sangre fría" es el relato novelado de los hechos que sucedieron a aquel noviembre de 1959, donde en el pequeño poblado de Holcomb, Kansas, una familia es ejecutada sin motivo aparente.

Lo que en inicio quería ser un reporte para el New Yorker se transforma en idea de libro y se consolida en trescientas cuarenta y tantas páginas llenas de emotividad humana y de empatía. La relación personal que establece el novelista con uno de los asesinos, Perry Smith, medio indio y medio artista, logra una poderosa amalgama que aparte de sacudir la literatura moderna transformó para siempre la vida de Capote. La relación de estos personajes fundamenta la obra. Truman ayuda a los convictos con abogados y apelaciones. La condena a muerte por ahorcamiento se cancela tres veces. Mientras tanto el libro, que ya se ha hecho leyenda en el medio literario, no termina. La historia que comenzó con un Capote dispuesto a escribir sobre un tema de interés se ha alargado en exceso.

Hasta entonces, y sólo muy cerca ya del epílogo del proceso, Perry Smith no confiesa a su amigo las motivaciones del crimen. La novela queda trunca mientras no suceda. Bennet Miller, el director, maneja con sutileza la labor del literato, quien a ratos parece benévolo humanista y otros, cínico interesado en el éxito latente del desenlace. Utilización mutua que finaliza en la horca, en el bamboleante cuerpo de Perry delante de un lloroso Capote que lo contempla. "A sangre fría" comienza allí. Hasta entonces era un drama interminable. Cuando Perry narra los pormenores brutales del hecho, Capote resiente en algo su simpatía por el criminal y se aleja. Harper Lee le pregunta si se ha enamorado. No hay respuesta. Y si la hubiese, sería intrascendente.

La sentencia se lleva a cabo en 1965. Han pasado cinco años. La magia del cine compacta el tiempo cronológico de tal forma que parece detenido, lento como los extensos cielos de Kansas, tierra sin fin que fotógrafo y camarógrafo han captado con precisa sensibilidad. Uno de los logros técnicos de "Capote" está allí, en las tomas de ángulo amplio, a distancia, sean un bosque, un cielo o un tren que atraviesa la inmensidad de la pradera. ¿Quiso Miller impactar al espectador con sentimientos de abandono y solitud? Tanto Truman Capote como Perry Smith son hombres solitarios. En una escena, y luego de oír la historia íntima del reo, Capote afirma que le parece que él y Perry han crecido en la misma casa, una que él dejó saliendo por la puerta de adelante mientras Perry lo hacía por la de atrás. Ambos con familia de suicidas, con historia de alcohol y desesperanza, con reacciones de niño asustado. Uno homosexual y el otro criminal; pertenecen a una raza de hombres desposeídos, a vacíos donde únicamente se pueden manejar solos.

Capote rechaza con evasivas las indagaciones de Perry acerca del libro. Para Perry pueden esas páginas tal vez significar la libertad o la vida. Capote dice que es su trabajo y como trabajador es perfecto. No permite que sus inclinaciones afectivas intervengan en el proceso creativo, ni que éste se convierta en estandarte de ninguna lucha. Es aséptico. Para aprendices de escritores -como para consagrados- el cineasta Miller presenta una magnífica muestra de seria labor literaria. Uno de los muchos temas que se pueden desgajar de esta bella cinematografía.

Magnífica la actuación de Philip Seymour Hoffman, Truman Capote redivivo. Mientras Aly, mi hija, pasa las páginas de su nuevo libro me comenta que al leerlo no puede su mente deshacerse de la chocante voz de Seymour Hoffman -del fantasma de Capote-.

Lo mejor que he visto de este actor, aunque lo recuerdo en "Happiness" (Todd Solondz/1998), "Magnolia" y "Boggie Nights" (Paul Thomas Anderson). También en "Almost Famous" (Cameron Crowe/2000), "Cold Mountain" y "El talentoso Mr. Ripley", ambas de Anthony Mingella.

Éramos seis personas en el cine: Emily y Alicia, Ligia y yo, un extraño encapuchado, joven, y un anciano que hacía comentarios a oscuras y daba un hálito siniestro a la sala.
08/02/06

_____
Publicado En Brújula (El Deber/Santa Cruz de la Sierra), febrero, 2006

Imagen: Afiche del filme


Tuesday, January 17, 2012

Observador/MIRANDO DE ABAJO


En un espasmo de aburrimiento encendí el televisor. Daban, en vivo, la conferencia de Ahmadinejad y Correa en Ecuador. El iraní, primero, invocó a la divinidad, o a quien sería, al misericordioso que no enseñó misericordia a estos barbados y astutos feligreses que se adueñaron de Persia. Me pareció ridículo. Era una conferencia de jefes de estado, no un púlpito. Horas antes había visto fotografías de ahorcados en las cárceles iranias, y escucho a Shimon Peres relatando cómo se caza y ejecuta a homosexuales allí. Yo que ataqué con furor, y por escrito, la invasión de Irak, creo que miraría con morboso beneplácito que occidente aplastara de una vez por todas a la criminal jerarquía eclesiástica de Teherán. Ya va demasiado abuso como para soportarlo más. Ojalá que su locura mahometana los lleve a arriesgarse en la estrechura de Ormuz. El cañoneo que seguiría luego tal vez pudiera explosionar el largo y amargo rencor que duerme en la población. Tanto sueñan los ayatolas con el paraíso que habría que hacerles expedito el viaje, Ahmadinejad incluido.

El siguiente, el hijo de un triste correo del narco, Rafael Correa, me dejó estupefacto. Lo había conocido imbécil y feminoide, pero esa noche excedió cualquier expectativa. Estaba tembloroso, manojo de nervios, y no cesó en sus sospechosos dengues que acompañaron una insulsa e ignorante charla; bobaliconadas de crío que se sabe impune y da berrinches. Lo que dijo fue un cero rotundo. No expresó nada, y no cesó de moverse como si la cena que compartiera con su par asiático le hubiese quemado el intestino con picante. El mismo sonriente Correa que la muchacha Vallejo, diva de la revolución pequeñoburguesa y candidata a millonaria, miss Chile y paradigma de un universo de ignorantes, dice adorar, junto al semidiós aymara y dudoso varón que rige los destinos del Ande moreno.

Dejo a los doctos el análisis y me pongo a conversar como se hace en la calle, con malicia y conocimiento, experiencia de primera mano. Esta última, imprescindible, que me hace desconfiar de sujetos como la Vallejo, objeto de culto y onanismo de selectos, inmodestos y seniles autores nacionales. A cada quién su placer.

Hace tiempo que pareciera que el gobierno de Morales se desmorona. Los acólitos aúllan que nunca, que atrás no se regresa, como si dijeran algo nuevo. Paradójico porque sus pasos los guían incluso detrás del atrás, a los felices días caníbales y nudistas del ayer. Otra vez, a cada quién su gusto, y con Bataille y Levi-Strauss quizá encontrásemos justificativos poético-científicos de algunas aficiones. No olvido que el gran Petrus Borel ansiaba nostalgia del ser caribe, y que desde Rimbaud a Artaud, muchos han buscado esos recovecos de libre ancianidad. Pero acá estamos ante otra cosa, despojada de cualquier altruismo o arte, grandilocuente de fraude. El retorno a las fuentes en Evo & Cia es invento para dorar la píldora. Que están que se caen por meses es cierto. Y viéndolo quieren aprovechar al máximo una oportunidad que no ha de volver. Por eso arremeten de nuevo contra el Tipnis, porque la coima de presi y vici (e) -casi latín- debe ser tan jugosa que justifica el riesgo. Que la gasten en Chonchocoro.

¿Por qué tanta maldad en este escritor laureado? ¿Qué te ha hecho el Evo?, me preguntaba un escritor alcoholizado. Personalmente nada, pero no he visto, y mucho he, tamaña desfachatez en ningún lado.

Para terminar, unas líneas del mono mayor, coronel Hugo Chávez, que con suerte para él fallecerá presidente. Con suerte también para nosotros. Decía que ayer u hoy, discurseó por nueve horas. No me lo puedo imaginar. Tortura china, igual o peor que su hijo putativo Evo Morales cuando perora sin ton ni son, levantando un dedito regordete, sentencioso, o seductor…
15/1/12

Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 17/1/2012
Publicado en Semanario Uno 445 (Santa Cruz de la Sierra), 25/1/2012

Imagen: Marvin Newman/Untitled (Wire Trash Receptacles), 1952

Sunday, January 15, 2012

Hijos de la revolución


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El Wall Street Journal es un periódico de derechas, no voy a discutirlo, pero a veces, muchas, en su edición sabatina tiene una sólida sección cultural. Pasa con el Financial Times, que en este momento ha enfurecido a los españoles por su apoyo a las reformas iniciales de Rajoy. El Financial, de Londres -me gusta decirlo, porque así invento un halo que me acerca en imaginación a Defoe, a Boswell, así fuese escocés, a Dickens-, ocupa parte de mi mañana de sábado, cuando el cansancio me permite rutina, que no siempre. Además esta división entre izquierdas y derechas se ha convertido en espejismo, en desierto, y mejor creer en nada que en algo, porque creyendo uno se equivoca y desconfiando no.


Jeremy Page escribía en noviembre, en el Wall Street Journal, Children of the Revolution, un artículo-ensayo interesantísimo acerca de los nuevos ricos de China, país supuestamente comunista que se precia, tesoro de estadística, de cuántos millonarios y billonarios se suman cada año a las listas opulentas que son el paradójico orgullo de Beijing. Comenzaba Page con la historia de un Ferrari rojo manejado por Bo Guagua, 23, hijo del alto funcionario y pronto miembro de las mayores cúpulas del Partido, Bo Xilai, nieto además de un colaborador de Mao Zedong, cuando todavía era Mao Tse Tung, en los albores de la revolución. Bo Xilai, cuenta el periodista, se halla en este momento en campaña para reavivar el espíritu de Mao, con la rendición de masivos coros interpretando canciones revolucionarias; además de inculcar a la juventud la necesidad de otra vez mirar hacia el campo -no se olvide que la epopeya socialista en China fue rural-, eso mientras su vástago, y miembro de una clase especial conformada por los hijos de los dirigentes, llamados los “principitos”, conduce un auto cuyo costo asciende a cientos de miles de dólares.


No es fenómeno exclusivo de la China; en realidad semeja ser práctica común entre quienes se autodenominan revolucionarios, mientras los verdaderos -queremos no dudar- se pudren o son ya polvo, que la historia se ocupa de decorar y… olvidar. Queda el símbolo, pero no la esencia. No extraña entonces que un capitalista indígena de nuevo cuño como Evo Morales, en Bolivia, proteja sus espaldas con un Che perdido en la orfandad. Recrea la historia de Cristo y el aparato de poder que creció sobre su humilde memoria. Parece ser que los idealistas son el mejor abono para fundar dinastías, para dejar de herencia a los que los siguen carta blanca en el saqueo. Y a veces ellos mismos, si no tuvieron la mala suerte de que la muerte los encontrase y les prestara inmortalidad pero no confort.


Diríase literatura, algunas líneas maestras de Gogol que sabía cómo funcionaba la ávida mente humana, pero no: es realidad pura. Pienso en el tiempo, un momento, en que entusiasmados por ir a pelear a la Contra en Nicaragua, nos alzamos en viaje efímero y fracasado por lo precavido; para eso se es joven, para ser alegre e idiota, para ilusamente anhelar que yendo a hacernos matar en un erial contribuíamos a la felicidad del mundo. Ahora veo y me deshago de risa porque la imagen del comandante Ortega no se diferencia en mucho de su enemigo, Somoza. Y lo que lucró aquella familia infame con el dolor del pueblo, lo lucra ahora la “piñata sandinista”, como se llama aquel desmadre. No deseo sin embargo embadurnarme de oscuridad. Me gusta idealizar y amar la épica de Sandino, por citar un ejemplo, y, a pesar de mucho, admiré la cauta, aunque la sé terrible, figura de Chou En Lai en mi veintena. Si hasta en París quedé absorto en una vereda contemplando una placa que rezaba que allí había vivido en el exilio.


Simon Sebag Montefiore, periodista e historiador, hace en Stalin: the Court of the Red Tsar, una disección brutal de lo que esto significa: la lujuria del poder, los nuevos principados y los noveles príncipes, cómo el georgiano reinventaba la brutalidad del zar Iván, y sobrepasaba al tímido y cornudo Nicolás II, emulando a su antepasado, Nicolás I que construyó caminos en Rusia con huesos de mujik.


Hace poco murió Svetlana, la hija de Stalin, en la más profunda pobreza. La historia fue implacable con quien fuera así, le mató los hijos, uno a uno, por Hitler, por el alcohol, y la niña por la miseria cuando ya la negra sombra de su padre se hundía en los escupitajos de quienes lo idolatraron. Svetlana se montaba sobre Lazar Kaganovich y lo hacía caminar como mulo de cuatro patas. Era la favorita y todo le estaba permitido. Terminó mal. Pero esa no es la regla, o tal vez lo es con aquellos que descienden de los más encumbrados, porque los segundones, que se ubican en el peristilo sin nunca atreverse a entrar, medran, y sus descendientes medran y sientan bases de perpetua ganancia. En el epílogo de esta voluminosa obra, Sebag indica que en la Rusia actual, la del hierático Putin, las generaciones que vienen de la alta dirigencia del Kremlin bolchevique, se han convertido en nobleza, reemplazan a los barones y duques de ayer y son tanto o más ricos que ellos. Triste John Reed si viera cómo se desenrrolló la alfombra, en la Rusia de los diez días que conmovieron al mundo y también en el México insurgente. Unos se hacen matar. Otros aprovechan.


El Ferrari del principito chino sirve para ilustrar. En el Caribe lo ejercitaron y ejercitan con soltura. Sudamérica es dadivosa en ejemplos. Lula y Lulinha son de los más recientes ¡como para creer otra vez! Al sur los nuevos peroncitos, aunque uno ya se fue camino del infierno, lo imitan, y la actriz Cristina entrena al camporita suyo para sucederla. A Correa de nada le sirve arrancarse la camisa de su escasa hombría y chillar que le disparen. Bien sabe que cuando el show es montado la farsa hiede. Eduardo Galeano lúcidamente contaba que el mundo está de cabeza. Pero narraba solo un lado de la historia, porque en el otro, el de la revolución entre comillas, sucede lo mismo.

07/01/12

_____

Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 15/01/2012

Wednesday, January 11, 2012

Sobre una exhibición de Aldo Cardoso en Barcelona


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Estamos ante un universo. El montaje de Aldo Cardoso no necesita palabras para explicarse. Un grupo de piedras en onda expansiva, y paneles de fotografías con manos arrojándolas alrededor, detallan la historia de la humanidad.

El artista juega con la imagen de tiempo/espacio. Si fuese agua lo que está en el centro de la sala, la idea pecaría de obvia, con la salvedad de que las ondas formadas por las rocas tendrían que contarse por decenas, y su imagen entrechocándose mostraría un borroso panorama, por no decir caótico.

Hay paz, no exenta de movimiento. Tal vez la idea radique en que a través del tiempo el ser humano y sus protestas, materializadas en tirar una piedra, van formando una acumulación de círculos, nacidos todos del acto original, que se solidifican como rocas en la memoria colectiva. Es la idea del aprendizaje, a la vez que del logro. El proceso venido de la protesta, de la contestación, como materia creadora no únicamente de cambio instantáneo sino también de historia.

Poderosa reflexión la que nos hace Cardoso. Asunto arduo de explicar en palabras y muy objetivo en el armazón donde confluyen tacto y visión, forma e imagen, rebeldía y construcción.
mayo, 2011

_____
Imagen: Fotografía de Aldo Cardoso. Exhibición Les Pedres, Barcelona, 2011

Nosotros los indios/MIRANDO DE ARRIBA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

No nos engañemos, Evo Morales no es el primer aymara presidente. También lo fue García Meza, y ni Vildoso, ni Torres, ni Quintanilla, ni tampoco Bautista Saavedra para ir más lejos eran anglosajones. No puede ser de otra manera en un país donde la mayoría tenemos, en cualquier grado, sangre india. Motivo que debiera haber sido de orgullo y no de estigma, como, a pesar de las flores que se le echen a la indianidad hoy, continuará tristemente siendo.

La utopía de una aristocracia "blanca" en Bolivia alcanza el grado de mentira. Las fotos del pasado muestran a unos patrones con características físicas similares a las de sus pongos. Cierto que el dinero emblanquece, enceguece sería más preciso decir, y que sus detentadores gozan por lo general del privilegio de que se les olvide, y lo hagan los otros, su incierto origen mestizo.

Estos esquemas raciales nublan el problema concreto que es el de la diferencia de clases, o, para darle algún mérito a Marx entre sus muchos desaciertos, el de la lucha de clases. En el Chapare actual se oyen voces engañadoras -a la vez que peligrosas-: que el tiempo ha llegado para ajustar cuentas a la etnia rival. En Bolivia, los límites entre un grupo humano y otro son difusos, y salvo un escaso número no se debe hablar de serias distinciones raciales. Hay que reconocerlo: somos todos indios y la solución, una de tantas al drama nacional, está en aceptar ese don, o si lo prefieren esa carga, y partir de allí. Es absurdo que una elección presidencial nos descubra lo obvio. Caso contrario, con la veleidad colectiva de todos creerse mejores que todos, no llegaremos a nada. Los famosos hermanos Hermosa indios son, como indio era Franz Tamayo e indio Martín Cárdenas. ¿Dónde está la vergüenza sino en la ofuscación de aceptarnos como somos? Dudo de los elogios de los supuestos "blancos" hacia el líder indígena Morales. Son voces que se tornarán al primer giro; hay tradición de chaqueteo en la política boliviana, de cobardía y de traición. Si la vanidad puede más que la razón, Evo Morales pisará el palito, como sugieren los gauchos, antes de lo esperado. Y la caída cuesta más que la ascención.

Hay que frenar el vocerío que clama por un retorno al ayllu, a fundar un país basado en la "reciprocidad". No hablamos de un villorrio perdido en los Andes sino de un complejo sistema con ligazones más extendidas que los alegres confines fronterizos. El ser indios no nos obliga a mirar hacia los orígenes sin un sentido crítico o a recrear absurdas -y mixtas- tradiciones. No.
1/2/06

Publicado en Opinión (Cochabamba), febrero, 2006

Imagen: Indio de Talina, Tupiza, 1900

Tuesday, January 10, 2012

Tiempo de soluciones/MIRANDO DE ABAJO


Nos desgañitamos criticando al régimen, pero el amo del Palacio Quemado parece reírse. Hace mucho que Morales ha perdido su derecho a ser presidente. Y no es asunto de remover la democracia de su ya endeble pedestal, si no de removerlo. Razones sobran, pero luego de algún hervor, que pudo convertirse en infierno para su señoría a tiempo de la marcha de los indígenas de tierras bajas, vuelve la calma, que se dirá chicha, calma chicha, porque así sucede en el Ande.

A no confiarse, sin embargo, la aparente desidia, inercia, de los pueblos indios suele hacer explosión cuando menos se lo espera. Pero para ello, dado el caso, tiene que haber no una vanguardia estilo leninista para guiarla sino un conjunto de gente con capacidad de saber qué se quiere y cómo solucionarlo. Se dejó pasar la oportunidad, allí cuando La Paz recibió a los marchistas y los jerarcas se orinaban a puertas cerradas, sin ánimo siquiera de mirar al pueblo que tal vez entonces habría ejercido la brutal justicia de las masas. Pienso en los agitadores rusos de fines del XIX y principios del XX; jamás habrían dejado escapar algo así. La mesa estaba servida, y se habían dado demasiadas muestras de que sucedería. Mucha antelación para muy poco organizado. Pero es que aún no dejamos de lado la cuasi divinidad del curaca. Evo representó, y todavía lo hace en el subconsciente, el gran anhelo de los bolivianos, de haber, en su patética mitomanía íntima, alcanzado visos que parecían imposibles.

Mentira, todo mentira casi a ritmo de bolero. Para crecer hay que desgajarse de la provincia, de la mentalidad infantil. Y no se malentienda que implica ir contra valores culturales, ancestrales, ni nada por el estilo. Pensamos en términos locales, cerrados, nimios, mezquinos. Incluso en la soberbia puesta en escena del masismo para dar un estrado internacional, universal, a su letanía enfermiza, jamás se superaron los límites de la idiosincrasia de pueblo. Sus caciques, de abarca y poncho, o pantalón y aretes, no dejan de ser pedigüeños que no miran más allá de la jeta, rastreros, corruptos, ladrones, malandrines, marxistas de tres por cuatro, medios hombres, payasos, bufones, eterna corte de milagros.

Si es de no creer, al verlos, y verlas, ya que Evo tiene a bien poner masculino y femenino a todo, que los individuos estos nos representan. No hay crisis política ni moral, esta es una crisis humana, porque somos un colectivo que se ha acostumbrado a las migajas, a idolatrar a cualquier invertido (pies por cabeza), a creer lo mínimo, a ensalzar lo poco, a magnificar el detalle. ¿Por qué? Porque es más fácil. En gobierno, deporte, literatura, y añadan la lista al infinito. Tanta la aflicción al contemplarlo que hasta semeja que, como dicen, vamos doscientos años detrás, y al ritmo que va el mundo iremos aumentando centurias a la diferencia.

Ahora bien, hay que ser prácticos y saber que no lograremos mucho de golpe, que este es un proceso largo y penoso, pero que en el momento actual se debe decidir, como primer paso profiláctico, que el gobierno actual no va más, no puede ir más, porque de hacerlo dejará ruinas, campesinos que no saben sembrar, naturaleza destruida, riqueza innombrable de pocos y cimientos destrozados. Quitar el poder a Morales no es asunto ya de matiz ideológico-político. Hablamos de supervivencia. Y si no lo hacemos nosotros lo harán de afuera, dejándonos mal parados, dependientes como siempre, huérfanos y fracasados. Si en verdad hay oposición, gente que quiere a esta tierra pobre, pobre tierra, debe utilizar de inmediato los recursos legales para terminar la parodia. O, ya que las cuerdas se van estirando demasiado, lo hará Brasil bajo presión, Estados Unidos, cualquiera menos los que estamos obligados a hacerlo. Y si hay sangre, que corra sangre, que los ídolos también la tienen.
6/1/12

Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 10/1/2012
Publicado en Semanario Uno 444 (Santa Cruz de la Sierra), 13/1/2012
Publicado en Sol de Pando (Pando), 18/09/2012

Imagen: Robert Rauschenberg/Rival, 1963

Friday, January 6, 2012

Divertimentos/MONÓCULO


Corría 1950. Mi tío, Francisco Coqueugniot, y mi padre, esperaban en la estación de Jesús María, al norte de Córdoba. De pronto vieron arribar la caravana de Eva Perón, Evita, que recorría el país en tournée de “solidaridad”, aunque vanidad guiaba a la frustrada cantante, quien llevaba los pantalones y las botas del general en esa época sugestiva. Cuenta mi padre que el tren redujo su marcha y avanzaba entre la muchedumbre a paso de gente. Evita estaba al final, en la plataforma del último vagón, con dos guardaespaldas e inmensos gangochos de los que sacaba bolsitas que arrojaba a la multitud. Todavía se asombra de la vileza de que son capaces los humanos, cuando los veía lanzarse como perros al suelo para atrapar las dádivas de la condesa. Se llamó a ello revolución, y se la llama todavía cuando otra actriz dramática llora y pone cara de afección cuando sus descamisados actuales gimen ante su perlada presidencia. No hay comentario, porque hoy he decidido comportarme y no expulsar lo que pienso, oscuro como violeta de genciana.

Lo leí en Osvaldo Bayer, en mi juventud, y en Carlos Bégue, autor argentino, en Casa de las Américas en La Habana, en una novela que lastimosamente debe seguir inédita (Así son las fieras): el peronismo fue la gran mentira, la cuña que separó al movimiento obrero de sus aspiraciones de clase. Los dirigentes ácratas terminaron fondeados en el Río de la Plata, a la mejor manera de Capone, por los esbirros del aprendiz de Duce, Juan Domingo Perón. Si hasta sus crías montoneras, nacidas de la derecha e idiotizadas por un icono inservible fueron al matadero en Ezeiza como pollos de granja.

Eso, por una conversación paterna, y demasiada televisión donde la tiroides de la Fernández-Kirchner importa más que las masacres sectarias en la Babilonia libre de gringos.

No todo son desdenes ni desasosiegos en esta vida, sin embargo. En el chat, palabra que suena mal y que sin embargo implica maravillosas libertades como la velocidad y la gratuidad de comunicarse con quien quieras, fuera del ojo aduanero del poder (por eso lo combaten los capitalistas chinos), discurríamos con una amiga boliviana, de Hamilton, Ontario (el ordenador me corrige y pone notario), acerca del noctambulismo y los vampiros. María Esther remoza mis recuerdos cuando añade “wámpiros”, deformación de origen nativo, quechua-aymara, de la palabra en cuestión. Le digo que wámpiro es vampiro andino y se ríe. Y más ríe cuando le sugiero que pronto habrá propuesta del primer mandatario para descolonizar incluso a los fantasmas de la noche. Siglos de tradición eslava, quizá un par de milenios de griega y sumeria, el romanticismo y el expresionismo alemanes, Vlad Tepes, Dracul, Drácula, Sheridan Le Fanu y Bram Stoker, Murnau y Herzog, Ford Coppola, tendrán que rendir tributo al curaca y olvidar reclamos sobre este sujeto tan controversial, que incluiría a Cristo, quien al despertar el tercer día y salir a caminar fuera de la cueva donde encerraron su cuerpo, forma parte del gremio, con zombies y muertos vivos.
No es broma, según van las cosas. El viceministro que quiere -a la Goebbels- quemar los libros de la literatura nacional, aparece luego campante propagandeando el Let it Be, de Lennon-McCartney. Estoy esperando su justificación de que la tonada inglesa fue en realidad robada por el dúo cuando atravesaban el erial de Sica Sica o que gracias a ardides imperialistas secuestraron en algo todavía inexplicable esas líricas del niño Evo que las silbaba a las llamas con acompañamiento de orquesta de paja brava.

Da pena. Ya me entra la nostalgia, porque en la Bolivia futura el tierno y enamoradizo Nosferatu no beberá más sangre de doncellas recostadas. Evo Morales quiere arrebatarle al mundo la lírica y la razón. Un Nosferatu plurinacional tiene que amontonar en sus fauces, ya sin colmillos, el acullico, hablar torcido, cerrado un ojo por la bola sagrada, y gesticular en medio de verde baba que coca es poesía. Wámpiro.
5/1/12

Publicado en Puntos de vista (Los Tiempos/Cochabamba), 6/1/2012
Publicado en Semanario Uno 444 (Santa Cruz de la Sierra), 13/1/2012

Imagen: Evo Morales como "gradiador"

Fantasmas de la noche


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

1968. Apenas nos habíamos trasladado a la casa nueva. Pronto hicimos amigos. Tiempo de sombras: los faroles de la calle no iluminaban bien. En la esquina del estadio la oscuridad lucía más negra. Sabíamos que entre los eucaliptos, inmensos y en línea, estaba gente de mal. Todo lo cubría el polvo, o el barro si llovía. Baldíos de insectos y culebras. Un grupo de sauces empujaba una cerca de podridos troncos. Teníamos hasta un túnel por el que corría agua sucia. Espacio de sueños y alucinación.

Nos reuníamos con amigos en el patio de casa, pasada la cena. Eric, joven ya, contaba historias de horror. Entre ellas la del kharisiri, ser que vaga por la altiplanicie buscando víctimas a quienes quitar la grasa del cuerpo. Asociaba su presencia al sonido de campanillas. Decían que al oírlas la gente del campo se encerraba. Por ello los pueblos padecían de silencio pasado el crepúsculo. Jugábamos. Ocultos en los cañaverales escuchábamos a un compañero tocar la campana... que se acercaba y la luna, hendida de costado, sin luz para asustarnos.

El tiempo creció. En los caminos de Bolivia jamás he dejado de sentir algún temor. Cerca de un arroyo, en Cuchu Ingenio, en Potosí; en Las Carreras, más al sur; en la subida a Morochata o en las difusas sendas que salen de Chimboata muerta, pesan los cuentos de la infancia, la imaginación y un barrio sombrío.

Cierta vez, un conocido británico "estudiaba" algo en Chinchiri, Ayopaya. Se alojaba en el pueblo. La gente lo recibió con hostilidad. Pero llegó la chicha, los besos y los llantos, el alcohol hermanador. Así el hombre se enteró que había sido vigilado en las noches por los campesinos. Dado el color de su cabello y su piel lo creyeron kharisiri. Pero días sin victimados se sucedieron y las sospechas quedaron en nada.

En Sica Sica, altiplano, indagué sobre la existencia del ser. Allí lo nombran kari kari. Supe que actúa no demasiado lejos de las casas. Cierta tendera me señaló "uno", un hombre mestizo común. la mujer aseguró que por los ojos se los conoce: los tenía sangrientos, como trasnochados. El individuo vivía detrás de la iglesia. Vecinos recordaban que su padre también había sido kari kari. Esperaban descubrirlo. Meses atrás, en unas lomas cercanas, hallaron a dos pastores muertos, con el inconfundible corte en los lugares del vientre donde se acumula la grasa. Decían que por Patacamaya andaba otro cortando, hacia un montículo que sirve de oratorio a los indígenas.

La leyenda se ha modernizado. Ahora el kari kari sube a los buses entre Oruro y La Paz. Se sienta al lado de las personas solitarias y, cuando duermen, introduce una pequeña aguja en el costado que les succiona la grasa. Es muy rápido... al desgraciado le invade debilidad extrema, sopor de muerte. El vulgo ha inventado un verbo para esta acción: "carintar".

Camino de Chile, en la soledad de Puente japonés, a orillas del Desaguadero, la gente vive sin temor. El kari kari no deambula por allí; no hay razón de estar en despoblado. Prefiere las villas. Los chullpares, abiertos y excrementados como baños públicos, se alzan contra la noche azul gris que traga el río. Un ave pesca en las brillosas aguas donde parece que se hubiera lavado y despintado la luna.

Así el fantasma escoge las aglomeraciones de casas, no muy grandes. Sobre todo aquellas que tienen iglesia. Escuché, a quienes afirman haberlo visto, que lleva hábito monacal, es sacerdote y de piel blanca. Supongo el origen en los años de la conquista y la colonia. Kharisiri o kari kari pueden ser representación del español como demonio, como sujeto de mal para los nativos. ¿Pero de dónde la trama esta de la grasa, y por qué? Grasa humana, no animal.

Leyendo a Garcilaso, su crónica sobre la conquista de la Florida por Hernando de Soto, año de 1538, encuentro algo que quizá me dé la pauta o una posible -horrorosa- respuesta. La expedición conquistadora habíase adentrado en el nuevo territorio con suerte variada. En la actual región de Alabama, los castellanos libraron un terrible combate (batalla de Mauvila, 1540) contra el cacique Tascalusa. Pelearon durante horas y, a pesar de vencer, salieron muy mal parados. Su bastimento se había perdido y tenían heridos. Venía la noche en frío. Para socorrerse, abrieron los cueros de los indios muertos y les quitaron la grasa, que usaron como ungüento y aceite para aliviar a los maltrechos.

En la colonia el indio era el "objeto" más numeroso y accesible, gratuito. Un animal valía más. No sería extraño que inescrupulosos frailes o patrones de encomiendas se sirviesen de ellos para conseguir suplementos básicos como el aceite, para las candelas, curaciones, y hasta ritos religiosos. De ahí podría nacer esta historia de los robadores de grasa. El tiempo y el dolor han borrado las huellas de tantas cosas. Improbable pero no imposible: "el indio no tiene alma".

_____

Publicado en Correo (Los Tiempos/Cochabamba), 26/3/1992

Wednesday, January 4, 2012

Tesorito/MIRANDO DE ABAJO


Parece algo trivial, un juego inofensivo e infantil, pero no. Cuando Álvaro García Linera, refiriéndose a Evo Morales, lo califica de “tesorito” e “indio pobre” hay que ponerse alerta. Esas supuestas minucias delatan macabra conspiración, la usual de los tiranos, de mentir con descaro para lucrar sin fin.

Con tino, un autor boliviano reunió exitosamente un breviario de las estupideces que dice el jefe de estado, siguiendo el ejemplo de uno norteamericano, que compiló hace años las burradas de George Bush en otro volumen. Bushismos y evadas, inconcebible arbitrio de los idiotas.

El vice, no muy ducho en lengua española, y protegido por un mito que el mismo tuerto creó en país de ciegos, no va en zaga del indio pobre. Total, si en un imperio económico como el del norte, en un país que dio a Faulkner y a Thoreau, aparecen y mandan simplones como Reagan y Bush, por qué no se podría, en la Bolivia que hasta ahora no ha dado a ninguno, descollar pajarracos de igual o peor índole.

La distribución geográfica de la mesnada ¿o quiero decir asnada? no sabe de límites, pero el campeonato se lo lleva un coronel cabezón de Caracas que descubrió que los Estados Unidos han inventado tremendas armas de destrucción masiva, de patente secreta: el terremotógrafo, que estrenaron en Haití, y el cancerógrafo. Dice que se revelarán los entretelones tal vez en cincuenta años. Pena para él de no poder verlo. Cincuenta serían demasiados, aunque este jocoso personaje posible pronto nos deslumbre sugiriendo que encontró la fuente de juvencia, que en vano buscó Ponce de León, y que brota de su saliva asustada ante la ya inminente muerte.

Un jerarca de ministerio rebuzna acerca de un tema que le es vedado: la literatura, y quiere barrer de plumazo el montón de libros que elegimos como característico. Arremete contra todo lo de occidente y le sugerí desvestirse de los inmundos trapos europeos y correr en bolas, y de a huevo, por los llanos de Achacachi, liberado de la colonia que por quinientos años le tapó el rabo. El mismo se presenta en público, días después, con una tee shirt, polera, con el inolvidable beatleriano Let it Be pintado en pecho. ¿Recurrir al psicoanálisis? ¿O sólo conseguir cuerda de arreo y arrearlos? Valga recalcar que los literatos que chillaron en contra del señor escritor Urrelo sorprendieron por su mutismo cuando el viceministro jijeó, o como se verbalice el sonido que hacen los borricos, ya que hoy, en el estado plurinacional, como antes y peor, el poder permite y protege todo… a/y de sus correligionarios o voceros.

Estrellarse contra tales desmanes es deber de quien escribe. Los periodistas lo harán en términos que les alcancen; lo mismo sociólogos y economistas. Para un satirista nada mejor que ejercitar su arte a manera de chicote. Ello no debiera molestar, siendo que el látigo se ha convertido en emblema. ¿Se habrá preguntado alguien que lo primero que se debe descolonizar es este instrumento de dominación y oprobio? Lo dudo. Porque en un país donde los perseguidores se consideran tesoros, cualquier arma que sojuzgue es bienvenida. Miren si no el tesorito coreano que se murió y se fue sin duda al paraíso coreano, que ojalá fuese (ay, Dios dónde estás) el infierno de hambre que dio a su pueblo. Lindo ejemplo. Tan tesorito fue Somoza como lo es su sosías Ortega. O nos equivocamos o hay que fusilarlos en montón, sin distinguirlos por colores.

Hay un juego de niños que pregunta ¿tesorito, tesorito, que estás haciendo? Y el tesorito contesta que cada día se está haciendo más pobre.
2/1/12

Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 4/1/2012

Imagen: Figurinas incaicas en oro

Monday, January 2, 2012

Opiniones de un cineasta


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Se dice en Hollywood que el actor George Clooney quiere dedicarse a la política. Me parece bien. Es un hombre de recursos que ha sabido manejar el estrellato y se hace portavoz de la oposición artística a los desmanes del gobierno Bush. Va incluso más lejos, a criticar las consabidas medias tintas demócratas. En un país que paulatinamente pierde sus libertades civiles y se encamina por una pendiente que derivará en Tercer Mundo, cualquier opinión disidente pugna por sostener una ya endeble estructura pronta a caer.

Actor convertido en director con éxito, Clooney realizó "Confessions of a Dangerous Mind" hace unos años. El 2005 presenta "Good Night and Good Luck" nominada en seis categorías para el Oscar de la Academia. El tema no puede ser más apropiado a la coyuntura actual. Trata de la labor periodística de Edward Egbert Murrow (1908-1965), comentarista de la CBS con lúcido historial periodístico en Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial. Murrow se enfrenta en su programa televisivo al entonces intocable e imbatible senador Joseph McCarthy, moderno cazador de brujas en la década de los cincuenta, con un estilo propagandístico y difamatorio que apelaba al terror para deshacerse de sus enemigos, en apariencia miembros de una vasta conjura internacional comunista. Trístemente memorables fueron sus indagaciones senatoriales, tribunales inquisitorios, donde vilipendiaba a los supuestos conjurados obligándolos a solicitar perdón y logrando establecer un extenso sistema de denuncias que permitía vitalidad a su "cruzada". Hijos denunciaban a padres, amigos a amigos. Hollywood con su eterna aura liberal fue específicamente marcada; sabidos son hechos como las confesiones del cineasta Elia Kazan involucrando a compañeros de trabajo y amistades en asuntos considerados entonces turbios para la seguridad nacional. La traición de Elia Kazan no fue única, quizá una de las más notorias e imperdonables.

Edward Murrow (en Clooney) toma partido. Sin ánimo de confrontación gratuita se arma de razón y sentido común, de la herencia democrática de la constitución norteamericana. En una escena casi fortuita aparece Eisenhower, presidente, dando un discurso sobre las libertades civiles, de cómo el recurso de Habeas Corpus es garantizado y seguido por la Constitución, en claro contraste a la dinámica de hoy donde se detiene, incluso a ciudadanos norteamericanos, en lugares desconocidos, sin cargos concretos y por tiempo ilimitado. Ni hablar de los "combatientes extranjeros" varados en el mar de Guantánamo, paraíso de tortura y muerte.

El rival al que Murrow se enfrenta es formidable. Todos temen al senador por Wisconsin; su cacería aparenta resultados extraordinarios. El enemigo principal de aquella sociedad era el fantasma del comunismo. Se vive el auge de la Guerra Fría. Imaginen la dificultad de cuestionar los métodos y valores de alguien que representa, al menos nominalmente, la imagen de protector nacional. En la CBS saben -y se ha comenzado- de la existencia de purgas internas. Hay que satisfacer a McCarthy y a los grandes capitales que lo respaldan. Se investiga en los asuntos privados de los empleados. El sólo hecho de haber asistido a alguna reunión de estudiantes de tinte progresista basta para provocar la caída. Murrow es mesurado pero directo. No recurre a la diatriba como su rival; se concreta a los hechos y en muchas ocasiones a las transcripciones originales de McCarthy para atacarlo. Su quijotada le acarrea traslados del programa a horas y días inconvenientes -domingo en la tarde-. Sin embargo no ceja y es al fin una de las causas por las que el Senado acalla al falso apóstol.

La sombra del macartismo siempre pesó sobre la sociedad norteamericana. Es pueblo presto a creer ficciones, a asustarse con facilidad. Pero también pueblo que produce Murrows en esencia, ávidos de crítica, certeros, veraces, valientes.

El alegato de Clooney por los derechos civiles es brillante, como matizado discurso político y como producción fílmica. La soberbia actuación de David Strathairn interpretando a Edward Murrow no tiene rajaduras. A esta figura central Clooney añade un grupo de conocidos actores -incluyéndose- más para llenar de colectivo un vacío que para influir en el texto. Es historia (cine) unipersonal. Ni siquiera McCarthy que asoma a ratos en "real footage" juega un papel que opaque la presencia de Murrow, tal vez (él) una metáfora de América (Estados Unidos) o una mística americana.

De lado y de igual importancia es el discurso inicial y terminal de Murrow acerca del papel de la televisión. Siendo un medio de masas atractivo y poderoso no puede limitarse a entretener sino a enseñar y discutir. No sé si queda algo de semejante ideal.

"Good Night and Good Luck" eran las usuales palabras con que Murrow despedía su programa. Líneas premonitorias hoy que no se sabe -menos que nunca- lo de mañana. Que duerman bien y buena suerte.
21/3/06

_____
Publicado en Brújula (El Deber/Santa Cruz de la Sierra), marzo, 2006

Imagen: Afiche del filme en el Festival de Venecia

Tercer aniversario/MIRANDO DE ARRIBA


Cómo si hubiese algo que festejar; quizá 40000 iraquíes muertos si no más, y soldados yanquis vestidos más para un filme de ciencia-ficción que para la batalla. A veces, respecto a esto de los trajes de campaña, pienso que el número de norteamericanos caídos en este conflicto sería mucho mayor de no usarse chalecos antibalas y gran suerte de artefactos protectores. Vuelvo a pensar en ellos, que se creen tan bravos, y cuando los entrevistan en televisión la cámara no sabe si apuntar a tanto elemento ajeno a un soldado o al hablante, no muy fluido por lo general, ni en idioma ni en ideas. Los insurrectos, por otro lado, llevan traje civil y sandalias, y no se diferencian del público en general a no ser por las armas. Así y todo, casi desvestidos, le dan baile continuo al mayor ejército del orbe, a la mayor estupidez.

Tres años de masacre y el Trío de Oro, los Tres Chiflados, los tres jinetes del apocalipsis -que no falta un cuarto-, Cheney, Bush, Rumsfeld, alegan que todo va bien, que el pueblo de Irak valora su libertad. Para asegurarlo presentan historias individuales, lacrimosas e irrelevantes, que sugieren una alborada entre los dos ríos de Babilonia; un alba tinta de sangre.

Los demócratas, cobardes como se usa, critican con marcados límites. Temen este retornado imperio del macartismo y no pueden dejar de ser patriotas, porque patriota se asume este pueblo cuyas madres loan la muerte de sus hijos en nombre de ficciones beatas que manipulan un grupo de desalmados. Ese el riesgo del exceso de poder, de permitir que a nombre de algo, supuestamente peligroso para la seguridad colectiva, se convierta en un monstruoso instrumento de coacción. No sólo en los Estados Unidos donde un payaso se ha puesto a opinar con éxito, también en el mundo, en Bolivia misma que comienza a confundir una posibilidad de cambio con manifestaciones mesiánicas de huacas iluminados en medio de la tormenta.

Nadie es dueño de la libertad de los otros, ni por las mejores intenciones, que ahí comienza el drama y luego se tiene que festejar, aunque ese festejo huela a cuerpos descompuestos y a pólvora, injustas guerras como ésta.

Nieva hoy, y mientras conduzco y resbalo, prefiero apagar las noticias, cambiarlas por un compacto de la Sonora Matancera. Puro trópico en contraste al invierno. El vocalista inicia un bolero -ella cantaba boleros-; quémame los ojos, susurra mientras la ajusta, y en sus caderas hay un fuego mejor que el de cualquier conflicto.
20/3/06

Publicado en Opinión (Cochabamba), marzo, 2006

Imagen: Miniatura anónima del siglo XI sobre la destrucción de Babilonia

Herederos del abismo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ando detrás de los "Diarios de Moscú" de Walter Benjamin. Me subyugan las memorias, los diarios, el aspecto íntimo de los hombres y mujeres que de algún modo importaron. He seguido la angustia de Van Gogh en sus cartas, la energía y el desenfado de Gauguin; en los "Diarios" de Kafka hallé el material que desarrolla en su ficción. Leo todo lo que puedo al respecto, desde Margaret Mead a Vasily Grossman; de Golda Meir a una 'autobiografía' de Montaigne preparada por un profesor a partir de sus "Ensayos".

No sé si ubicar "Antes del fin" de Ernesto Sábato bajo el término de memorias. Son más bien reflexiones matizadas de recuerdos y dirigidas hacia un público joven que heredará lo que esta época destruya. El gran escéptico, Sábato, el iconoclasta, percibe en lo que él llama el fin de su vida, la importancia de la espiritualidad, no la religión, como posible tabla de salvamento. Acusa a la razón de haber minado los vestigios de humanidad en el siglo. Cientista alejado por voluntad propia de la física, recurre a la básica emoción humana, al ejemplo del hombre que se enfrenta al medio y al destino con valor insensato: Don Quijote contra los molinos de viento, Guevara en la selva boliviana, Gandhi que hila y ordeña mientras acusa la falsía de pregonar no ser violento y 'permanecer pasivo ante las injusticias sociales'.

El escritor se cuestiona de entrada acerca de la importancia del éxito y la fama. Desdeña una promisoria carrera, lo que le valdrá el repudio de los colegas. La vida habita en la simpleza y es en las más humildes expresiones de ésta donde se percibe al hombre. Está en los de abajo (y en las mujeres) la supervivencia y la posibilidad de revertir una caída. La historia la hacen los ocultos, los que se levantan al amanecer a trabajar y traer el pan a los hijos. Eso no saben, dice, los que gozan del poder. No se dan cuenta que acortan sus mismas posibilidades, las de sus vástagos, cuando se lanzan en desenfreno sangriento a acumular las migajas dispersas de la tierra. Me hace pensar en Richard Cheney, el actual vicepresidente de Estados Unidos. Comento en casa que el imbécil parece no entender la lógica del mal. Sus acciones afectan por igual a sus descendientes que a los míos. Ellos pagarán las culpas de su ambición. Cierto que no le importa, ni les importa, cuando el fin radica en la expoliación de los otros y en el culto de un becerro de oro tan ficticio como el de Aaron en el desierto.

No es "Antes del fin" un libro común. Ehrenburg retrata su tiempo en riquísima y anecdótica manera. Analiza donde cabe el proceso de la historia y da pautas para comprenderlo. En su recuerdo de Joseph Roth describe la caída del imperio austro-húngaro, la desazón que siguió, más bien la orfandad, que produjo su desmembramiento. Sábato aborda sus recuerdos desde otra perspectiva. Su objetivo considera los lectores que quizá aprendan algo en la lectura de su vida, sus triunfos y fracasos. Es testigo emocional, no intelectual, del drama argentino, del decaimiento universal. Retorna de forma permanente al bregar de los humildes; mientras envejece acude a su herencia anárquica y la revive al estilo tolstoiano. Cuando se refiere a los personajes de la anarquía que conoció separa a los iluminados de los delincuentes. Mencionaba, muchos años atrás, en sus "Páginas vivas", a Severino di Giovanni acompañado de sus pistolas. Y, luego de haber leído la biografía de este ácrata italiano fusilado en la Argentina, creo que le hubiese gustado conocer las palabras del autor. Su búsqueda también fue, a pesar del recurso de las armas, ese espacio de paz y felicidad que merecen los que sufren. El revólver de uno es el lapicero del otro y ambos horadan la memoria estéril de un planeta que se disgrega en absurda osadía de creerse eterno.

A Sábato, como a todo argentino, lo marca la soledad. El inmigrante mira la pampa y sueña con lo que fue mientras duda de lo que será. El gaucho rememora la placidez de la libertad mientras agacha la cerviz para inclinarse al arado; del indio queda poco: una sombría mirada mapuche, un suspiro ranquel. La tierra argentina es demasiado grande y en esa vastedad la única presunción segura es la de estar sin compañía. En sus novelas y ensayos, en su particular "Antes del fin", tropezamos con solitarios personajes: un niño al que observa e invita una merienda; el recuerdo de su madre en la lontananza de Albania sola y sufriente... de donde venía; su yo dividido entre la rigurosidad tranquila de las matemáticas y la premura de vivir en un entorno caótico.

Apuesta Sábato por lo último aunque comprende que el abandono de una profesión y un trabajo anuncia tormenta. Lo asume con la calma del que hace lo que quiere pero también con la desesperación que el sentido común señala. Diríamos que tiene éxito pero no hay en su testamento deseo de ejemplaridad. Las pautas entre el bien y el mal están dadas -se podría decir-, sin ánimo de hacer una minimización ramplona. Es que en un siglo de inmensos contrastes uno no puede quedar al margen de lo real. Fantasear sí, pero sin perder el tino. No hay excusa inteligente que valga ante el oprobio de la guerra sucia en su país. Es como cuando sugiere al joven Matta, después admirable pintor, que no podía pintar la 'cuarta dimensión' sin una profunda concepción teórica, matemática, de lo que ello significaba.

"Antes del fin" debiera ser un principio y no una premonición. La lástima es que su voz se desvanece ante el eco de lo irreversible.
05/05/06

_____
Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Chuquisaca), mayo, 2006
Publicado en Brújula (El Deber/Santa Cruz de la Sierra), 07/07/2012

Imagen: Ernesto Sábato

Sunday, January 1, 2012

El Diario de un escritor (Patxi Irurzun)


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Conducía a las tres de la mañana por la avenida Santa Fe, que une las ciudades de Littleton, Englewood, Denver. La ruta va paralela a las vías del tren. Uno infinito, cien vagones de carbón quizá, machacaba la noche, chis chas, chis chas; algún coyote se miraba en las orillas, cabeza gacha, oliendo el rastro de conejos que de tantos son por acá plaga. Al frente una lucecilla, el ojo del monstruo, y un hombre solitario. Pesarosos los trenes de la oscuridad, sin la alegría refulgente como se presentan de día. Este era epítome de soledad: un hombre que se iba de casa, quién sabe por cuánto, llevando multitud de carros metálicos, llenos al tope de polvo y roca, cada uno con una cima que los hacía parecer, en colectivo, una minúscula cordillera en movimiento.

En esa parte no hay vida otra que la salvaje. De a ratos un foco anuncia un rancho. Las pequeñas calles urbanas que se desgajan de Santa Fe poseen rostro sórdido. No hay hileras de faroles que las describan. La individualidad feroz de Norteamérica ha creado estos barrios oscuros, donde, y peor con la nieve sucia de barro y frío, abunda el desasosiego y se ahogan sollozos de angustia y miseria. A muy corta distancia nos miramos con el ferroviario. ¿Qué hacen dos personas a esa hora en la pradera de nadie? Trabajan. Le toco bocina que dudo escuche, pero hago señal de saludo con mis luces, y contesta con bramido de cachorro viejo. Luego lo traga la sombra y yo me escurro por debajo del entramado de avenidas que cuelgan del cielo.

Me pongo a pensar en un libro precioso, y triste, que comencé a leer en los aviones, Dios nunca reza, de Patxi Irurzun. No quiero describir los méritos ni el currículo de este escritor diez años menor que yo. La riqueza de las comunicaciones puede desnudarlo ante cualquiera que se interese; desgajarlo, levantarlo, hundirlo. Por qué ahora, dónde la relación del dietario vasco, navarro, español, europeo con mi derredor. En lo poco que veo de lontananza no hay tascas, ni voces que supondrían España. La vida cuesta aquí, durísima. Lo hace en todas partes. Silencio.

Alberdania publicó Dios nunca reza no hace mucho, en septiembre del 2011 (Irun). Su editor me envió el libro de Patxi porque se lo pedí. De él había leído cuentos de gran calidad, y las primeras páginas de su diario, que empieza un martes 17 de junio de 2008, seguían por ahí. Avancé hasta un instante en que me pareció leer algo que yo podría haber escrito, sensaciones, recuerdos, frustraciones, sueños. Será, me dije, que nosotros escritores, escribidores, escribas y amanuenses formamos un corro de quejumbrosos desposeídos, un sindicato apócrifo de fracasados y cobardes. Disquisiciones nacidas del recuerdo, de los años de trabajos insulsos y arteros, de los lustros sin escribir porque había que traer el pan a casa, jugar con los hijos, aguardar por los próximos, contemplar, desear y amar a la mujer que acompaña, sin nunca saber si devendrá eterna, o si otra vez, como sucede a menudo, estaremos como ese tren que se hundió en Englewood sin pena ni gloria, añadido numérico al voraz mundo insomne y terrorífico.

Irurzun camina por esa ansia del creador que ve que su obra se va por la canaleta sin poder hacer nada. Lucha, claro que lo hace, roba unas horas cuando los demás duermen. Contempla su casa, la que habita, la que pierde, la nueva, porque su narración es la historia de un traslado, tal vez incluso metafórico, que viene junto al próximo nacimiento de una hija, June, que significa la esperanza, mientras Urko, el niño suyo que un poco es él y mucho no, implica solidez y Malen, esposa y misterio, ánfora de preguntas sin respuesta o viceversa.

Difícil situación. Hay que arañar para alcanzar la renta, llevar el chico a mamá para cuidarlo, lidiar con el paro impuesto por esta falacia del Primer Mundo, ni siquiera eso en el Tercero. Encima el embarazo, el pie doblado de la niña en las visiones del médico, otra metáfora tal vez de que a pesar de andar en principio chueco, ha de llegar el tiempo en que lo hagamos derecho. Todo tiene arreglo. Hasta dejar la casa antigua, que guarda tanto, desde un olor a fritura hasta un gemido de amor y el llanto nuevo de los nuevos. No aferrarse, saber perder para ganarlo. Una casa se construye otra vez, una y mil veces, apenas se van ajustando los cacharros en los rincones. Libro de soliloquios, de límites donde a ratos asoma el fracaso, pero allí está el artista, puliendo líneas de un cuento, digiriendo el posible éxito de ganar un premio, bien elucubrando acerca de sus apéndices, sus vástagos, festejando el sexo de antes y el por venir con la mujer que ama. Páginas que de la penuria de lo cotidiano se entrelazan para formar eternidades.

Se piensa que los escritores somos seres extraterrenos, que nuestra sensibilidad, y lo que es peor, nuestra inteligencia, sobrepasan aquellas de los pobres mortales. La lástima es que existen autores que se lo creen y viven como tales la orgiástica dicha de los dioses falsos. Patxi no recrea de su vida personal genialidades ni encuentros de tercer tipo. Su literatura está presente, respira, habla de ella, la madura, la asimila para el momento en que pueda plasmarla. No es ajena a su brega diaria, a aguantar cabronadas de jefes en empleos inmundos, a preocuparse por las bombillas eléctricas, cerraduras, faros y vetustez del coche. Se pensaría qué pena que este hombre va perdiendo sus años en burradas semejantes, sin ser cierto. Contar los avatares domésticos de una existencia jodida por las circunstancias puede convertirse también en literatura.

Las palabras nos habitan, en cualquier lado. Quién sabe si el conductor del tren, al observarme, no pensó en escribir una historia sobre el tipo que manejaba el coche blanco junto a su máquina. Lo vi devorado por la oscuridad. Así me vería él.
E inventamos el resto.
28/12/11

_____
Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 01/01/2012
Publicado en Semanario Uno 443 (Santa Cruz de la Sierra), 06/01/2012

Imagen: Cubierta de Dios nunca reza