Saturday, March 30, 2024

Refugiadas


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Las hijas de Milana Seménova han crecido. De aquellas dos niñas colegialas, pequeñas y elegantes, ahora hay señoritas tan altas como su madre ya que aguardan, primero en Rumania, luego en Francia, un destino. Refugiada rusa, así parezca extraño, una que no quiso quedarse en Novgorod la Grande (Veliky Novgorod) a observar la locura de otro zar más.

 

Bailo con In Dreams, de Roy Orbison, canción que era central en Blue Velvet (David Lynch, 1986). Tenía 26 cuando la vi. Faltaban entonces más de treinta años para que conociese a Milana. Casi toda la vida de ella cuando me desarrollaba yo como trivial borrachín. Tierra de Alexander Nevski, grandes lagos y aire poderoso del Báltico. Primera tierra de los varegos, escandinavos que bajaron hacia el sur fundando dinastías. Eterna guerra, caballeros teutones hundiéndose en el Peipus y de contrapartida tus hermosas caderas con el lago Ilmen apenas cubriéndote los muslos. Balanza de vida: pesadas armaduras que descienden en heladas aguas y tú que desafías la eternidad en un metro que va desde la espalda hasta tu perfil aguileño. ¿Cómo conservar el instante? No es posible. Frágil memoria que exiges lo recóndito de mi alma para extraer el aroma de tu piel mojada. Pronto se irá esfumando, como la neblina en la Siberia entre Cochabamba y Santa Cruz. Buscan mis dedos y hay únicamente humedad de aire. Pretty Woman, no te soñaba yo cuando en la esquina del bulevar Clarendon bebía cerveza Miller en medio de racista basura blanca. Ebrio caminaba, luego, al fondo de la calle North Monroe hasta mi departamento del piso dos donde me tiraba sobre colchón sin sábanas y mi cuerpo se retorcía por ausencias.

 

Tu rastro se perdió. Fui detrás de otro sueño al revés del mar. En vano. Era un sueño mudo que jamás respondió. Me cansé de levantar los edificios de San Francisco, de caminar los cafés del rock donde alguna vez vaciamos cerveza, o ese hotel chino detrás de la poesía de Ginsberg. En un café Praga bebimos la tarde californiana que debí entender como exequias. Pero uno es torpe, triste, feble y alargué la alfombra que de recepción gloriosa no tenía nada.

 

Del hotel chino al aire fresco de tu ciudad, el rojo del Kremlin, toda la fantasía de la historia. Y Rachmaninov cuya estatua domina el parque. Mientras aguardo abro Retrato del artista como perro joven. ¡Salud, Dylan Thomas! En alcohol, en cuando emulas al maestro Schwob, en la tragedia que quisiera la mía parecerse a la tuya y apenas alcanza parodia. Te leía en inglés en las noches de la North Clarkson Street, época de mi vida dorada por la belleza antigua, por sonidos que la oscuridad traía encima de las escaleras, quizá los millones de ratones del subsuelo de Denver que se refugian en invierno en las paredes de las casas que levantaron esclavos. Dejo mi colchón que descansa en el piso, levanto la cubrecama de color primario y me siento en el sillón reclinable a las cuatro de la mañana. Todavía desde allí te escribía, antes de que comenzara la guerra y viajaras hacia Bucarest en interminable flota. Luego silencio, el de las mujeres que es más agudo que la muerte. Y me fui, dejé una estatuilla de bronce y más. Abandoné en la terraza sillas que habían sido hermanas, lámparas que tuvieron mi rostro enfrascado en letras.

 

Amanecer de septiembre en el cual salgo al otoño, a los aviones que cargan presagios con nueve maletas de misterios. Poca gente en la calle, poca conozco en la peculiar humanidad gringa. Los últimos libros en inglés, que incluyen estudios sobre literatura rusa, los dejo en una bolsa de supermercado en la puerta de Bill.

 

Luego vino el llanto. Las hijas que veían irse treinta años de presencia infaltable. Miami y la fealdad de la ciudad y su aeropuerto. No entiendo las fauces latinoamericanas que babean por este bodrio tropical.

 

¿Milana? Bolivia la devoró. De pronto renace; una carta y tres fotografías. Senos hermosos como la mejor Biblia. Kyrie, oh nombre de Cristo.

 

Hoy es jueves y te envío notas. Te advierto que escribo sobre ti y que te enviaré el texto en español. Otra rusa tú de París. Mausoleos que vi en Père Lachaise de princesas. Gloriosos libros de Nina Berbérova. Billancourt, cerca del bosque de Bolonia. Pasaba por ahí, desocupado inspeccionaba el Luxemburgo, pateaba piedras en las vías de Ménilmontant, en el parque de Belleville.

 

En algún lugar, no lejos, una orquesta canta “Amor, amor, amor”, de lo mejor de la cumbia mexicana, volver al trabajo nocturno, a la Hora Sonidera que corría en la radio de once a medianoche. “Cómo olvidarme de ti”. ¿Cómo?, dime, así fuere en ruso, dímelo pero no dejes de besar, de mi mirada enterrada en las cumbres del deseo. Corto a Dylan Thomas arbitrariamente, “Abierta como al aire y a la sombra desnuda/oh es ella la que yace solitaria e inmóvil,/una inocente entre dos guerras”.

 

“Cuando sobre la guerra despertaba la mañana, él se vistió y salió y murió”.

 

Tenía cien años el hombre, los mismos que tengo yo; tu piel de treinta y siete se remoja en el rocío que de púrpura brilla en la campiña francesa. Escribiré este texto y me acostaré en el fondo del bote del barquero, escondido para no pagar pasaje. Tal vez en las cavernas olvide tus ojos; creo, sin embargo, que los recordaré mejor porque son mi última luz, rebelde preámbulo de la eternidad.

28/03/2024

 

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Imagen: Marevna/Retrato de Marika, 1919-1920 

Tuesday, March 26, 2024

Pienso en Odesa


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Van para más de cinco años… Esquina de Preobrazhenskaya. A pocas cuadras está el Pryvoz, mercado de la ciudad. Tan parecido al de la calle 25 de mayo en Cochabamba. Cosas diferentes, claro, coloridos picantes con nombres en cirílico. Rodaballos secos colgando. Cómo no pensar en Günter Grass y los cachubes. Nostalgia. No quiero hablar de la guerra, no quiero que el humo de los misiles oculte mi memoria. Pongo a Serge Reggiani en el tocadiscos, qué mejor para el momento. Les loups sont entrés dans Paris. Lo he dicho, que prefiero Odesa a París. Parecerá eso un exabrupto pero la ciudad del mar Negro es para mí Isaac Emmanuilovich Babel. Diré, por supuesto, que París es Víctor Hugo en el libro francés que más veces he leído en mi vida: Los miserables. Hoy rescaté el tomo uno de la edición de Sopena. Mi letra anota 1979 aunque el recuerdo me tiene acostado en la cama de mi hermano Armando, a la que le daba el sol de tarde, leyéndolo muchos años antes, doscientas páginas por día. 1832, otra Revolución Francesa, sin Robespierre o Hébert, sin los sans culottes martirizando bellísimas aristócratas que hallaron muerte de forma despiadada. Otro París, cruel siempre, pero otro. La Salpêtrière, Les Halles, de nuevo un mercado donde las cajas de tomates se acoplan inmediatamente a las barricadas de callejas que no existen ya. Fotografías con Anastasia al lado del frío bronce del autor de los cuentos de Odesa.

 

Solo, en los instantes que la mujer se ha ido a dormir, cuando la ciudad es mía, completa, desnuda, sabor de Khoresh-e Fesenjān, el agridulce plato iraní de pollo con nueces y granadas. No veía esta fruta de fuerte corazón carmesí e innúmeras pepitas que también se tragan hacía mucho. No, desde aquellas del patio de la tía Zaida en la calle Tumusla, en la Cochabamba antigua que tornábase misteriosa y oscura en la Santiváñez, no lejos del kullku y la sillpanchería de las hermanas Hilera. Solo en la Odesa mito a la vez que sueño. Empujo el extraño sabor del Asia Central con cerveza local. Miro a mi derecha, estoy de espaldas al mar, y veo a Catalina emperatriz iluminada. Y la Ópera. Luego caminaré la ciudad, me detendré por unas horas en un “club de caballeros”, donde Luna y otras dos mujeres reirán conmigo con botellas de champaña de segunda clase. Octubre, fresca la brisa, profundas bocinas de barcos que se alejan según estrellas diminutas. Para entrecerrar los ojos, para creerse en medio de un filme magistral.

 

“Passent les jours et passent les semaines”… “Sous le pont Mirabeau coule la Seine”. Paris ma rose.

 

Odesa, también francesa como italiana, griega y tanto rusa, ucraniana, siempre en mi recuerdo Ucrania hermosa, dónde y por qué no están mis pasos en tu jardín de la ciudad, entrando por la Preobrazhenskaya y saliendo por la Derybasivska, sentándome en viejos bancos entre árboles de hoja caduca que van pereciendo al otoño. Bebo un vaso de vino tinto traído por un camarero de impecable mandil blanco. Extraño la presencia pelirroja de Anastasia pero la melancolía de una ciudad tan impresa en mí me paraliza quieto. Sorbo tras sorbo y sírvame, por favor, el segundo. Había opción de vinos españoles y rumanos. Escogí uva de la región y no me importó equipararla en la lengua a cualquier otra que hubiese bebido. Se trataba el asunto de poesía, del arte poética, de un estado de ánimo similar a la fabulación. Odesa, tu vino no se ha secado en mis labios; huelo el mar como ayer; hasta ganas me dan de intentar el romance, de idear amores secretos en pasadizos de vetustos hoteles (muchos alrededor). Lastimosamente me inscribí en un hotel moderno pero de su terraza veo los vericuetos de la ciudad, su voracidad decadente pero a la vez su silencio. Del cruce de avenidas vista hacia la derecha hay oscuridad,; no lejos comienza la Moldavanka. Un tranvía amarillo con evidentes décadas de servicio torna hacia mi calle. Ciudadanos de trabajo retornan a casa, humilde, por cierto y de seguro. Grises se observan con la mínima luz interior del carro. Enfrente lleva el nombre de la ciudad, no detallo en otras cosas. Me ha hecho frío pero no es el frescor de la noche sino algo profundo ajeno e íntimo. Pintor de solitudes, Edward Hopper, ¿dónde estás? Te necesito hoy, mi cámara fotográfica alcanza para captar el aire de tristes rictus, para beber la copa cuyo nombre es oblivion, terrible y bella palabra que rige mucho de mi vida y regirá en la muerte.

 

“There is a town in North Ontario”, canta Neil Young. There is a town in South Ukraine, canto yo. De las inmensidades del Canadá, que vi en invierno, a las de la costa de lo que Píndaro llamó mar Inhóspito (Póntos Áxeinos) cuando el otoño se manifestaba tibio y sensual. Lagos de Manitoba, marismas danubianas.

 

Piano y armónica. Cierta música de los gitanos españoles de la Camargue en el crepúsculo de las escalinatas de Eisenstein. De Nîmes en la Occitania bajando a la Provenza de Arles hasta la Camargue. Caballos blancos de Lorca, el último vals de Leonard Cohen, los niños cantores de Viena, mescolanza de emociones, aromas de mujer con cabellos de remolacha, del borscht que tomo, con crema agria, cerca de la universidad de Odesa. Quisiera que nunca el tiempo pasó, que de ayer el día hoy, que por las noches te escribo y cuento los dedos para saciar las horas en que te he de ver y te harás eterna, renacentista y punk, con pincel que indica abstracto pero que a mí me parece paisaje de Sisley con intentos de Kandinsky.

 

Odesa, te invoco. En tiempo de guerra debieras ser el Necronomicón y sin embargo hueles a flores que desconozco, ni retama ni cedrón, olores del principio al fin del mundo que flotan encima del agua, cristos ignotos y memorables.

 

He superado las mil palabras de mi límite y ya nunca quisiera dejar de escribir. Pero este arte fenicio se ha cansado, se arrastran las ocho cuarenta y cinco y aunque termina el día no lo he siquiera comenzado. Frágil cristal de los relojes. Pienso y me doy cuenta de que ni un espejo tengo en casa, que desde septiembre no me veo y en realidad no sé quién camina mis huellas, de quién es esa sombra a las tres amaneciendo que escudriña la lluvia con asombro primigenio. Pero ese desconocido, igual que yo, rememora los albores y medianoches de una ciudad eterna; tan lejos estoy de ti, tan cerca del dolor y todavía enamorado.

26/03/2024

 

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Imagen: Odesa: Anastasia con Isaac Babel

Sunday, March 24, 2024

Tinieblas de Rusia


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Del klezmer a la música gitana de la estepa. Chejov y tanto más. Aguardo a cencistas que desconozco y ni sé qué han de preguntar. Que se vayan pronto, eso sí, que a la una quiero desnudarme y dormir la siesta con el sol de la tarde sobre mí.

 

Desde ayer que sigo noticieros acerca del atentado en Moscú. Sin pesadumbre. Esa élite acribillada sostiene al enano. Me desperté a las once, a las tres y a las cinco, solo para apilar muertos en la estadística. Irina me dice que no basta, que deben sufrir más y en la lógica del castigo estoy de acuerdo. Yo que amé a Rusia ahora deseo su destrucción, que los Peskov y Solovievs del mundo sean arrastrados por camiones hasta desgajarles la feble coraza. Lo que quede de todo, llegado el fin, posiblemente podrá ser amado de nuevo. Dostoievski lo decía: soy un enfermo, un hombre malo, y Tolstoi al tirarse a las vías del tren lo aseguraba. Boney M canta y salta Rasputín. Hermosa música de los años 80. Mi padre a los doce años me da la biografía del monje. Príncipe Yusupov, lo recuerdo. Pederasta de hermosa esposa. Tal vez, cuando lo vea, el río Amur no será más Rusia; hablarán chino y se comerán los pocos esturiones kaluga que quedan. Seis metros de gloria naturaleza. ¿A quién importan? A Putin no. Los demonios de la montaña, llamados daimajin en Japón, saldrán de su empaquetadura de roca para aplastar los triviales huesos de una raza sierva y vil. El Transiberiano será el tren a Manchuria y Vladivostok ya lleva nombre han en mapa chino. El enano lo sabe, como sabe que se aproxima la muerte, y ha de llevarse a toda Rusia con él porque siempre fue cobarde.

 

Los del Khorasán disparan y caen votantes putinescos, muñecos sin vida ni historia, trapos desechables, inmundos trapeadores con veleidades de armiño. Corren las bellas rusas con falsas pieles de leopardo, qué poca había sido la gloria del imperio que les regalaron en la elección. Que mueran, nada mejor pueden ni suelen hacer. No habrá tristes canciones gitanas para despedirlos ni ágiles bailes klezmer que aprendieron a ser alegres en medio del holocausto. Disparen, disparen ametralladoras como canciones.

 

Hago un intervalo necesario para cargar el celular mientras espero. Hojeo libros nuevos y nuevos libros que antiguos eran pero estaban enterrados. Poca poesía, dónde habrán terminado mis libros de Visor. Calma alrededor, cadencias de larga música haitiana que con Ligia solíamos oír. Hoy Cochabamba; ayer Aurora. Asamos lento un puerco ahogado en jerez. Las verduras en escabeche brillan soberbias. Roja cebolla, verde chile y naranja chile. Deposito ají panka, colorado, en un sartén profundo. No me animo a comer aún, no sea que vengan los burócratas y se me atragante el arroz. Continúa el periodismo independiente narrando el fin del universo en un elegante salón de concierto en donde tocaría un grupo rock de pasado soviético. Mal rayo los parta, bienvenidas baterías desventradas y cuerdas de guitarra volando como bumerans malditos. Si se me quitará el hambre observando la tragedia, por supuesto que no. Slavoj Žižek tiene razón: es imprescindible que Ucrania sobreviva ante el embate de las fuerzas demoníacas de la iglesia fanática manifestadas en la invasión; de la izquierda pro Rusia no quiere hablar y menos llamarla izquierda. O combatimos o la peste nos devora, Himmler se ha puesto traje de lujo para la masacre, Trump y Putin lo elevan en pedestal de dios. Botas relucientes; según el filósofo esloveno, al nazi le gustaba leer el Bhagavad Gita.

 

Converso un poco más con Irina. La alegro transformando la fotografía de un río chuquisaqueño en casi bandera ucraniana. Azul y gualda, cielo y río. ¡Slava Ukraini, gloria! Pregunto a Kate si en Lviv hay serenidad. Mil quinientos kilómetros entre ella y Estrasburgo. Se habla mucho de Francia hoy. Cada día se sirve barbacoa de ruso, aunque la mayoría de los cuerpos asados pertenezcan a minorías. El doble juego del retaco perverso es conquistar territorio afuera y cometer genocidio oculto contra sus propias etnias no deseadas. Lo saben los bashkires, los mismos que salvaron a Trotsky cuando todo parecía perdido. Pero no responden ¿cuándo? Y daguestanos y chechenos ¿cuándo? Que Rusia necesita morir, ha vivido demasiado y quizá viva más si los pervertidos evangelistas norteamericanos colocan un gobierno de pedófilos, asesinos, violadores en la Casa Blanca. Pasaje libre al vicio. A estos hay que romperles la Biblia en el cráneo. Tampoco merecen sobrevivir. Pero dudo que se destape el fuego sobre Sodoma todavía, ni extensos caminos con crucificados. ¿Emular desean al mesías? Vale, madera y clavo. No ha terminado la Edad Media, hubo un intento de engaño ya destapado. Viene, seguro, así lo atrasemos un poco.

 

Desconecto el celular, hay carga suficiente. Me parece que no abriré la puerta al censo, uno más uno menos no cuenta. Mis obligaciones cívicas terminaron con la secundaria. Comienzo a bostezar. Pero, para amodorrarme mejor, escucharé la dulzura de los números fatídicos en la vieja Rusia que amé. Ya no es la de Sacha Yegulev, ni la del trío fantástico de Herzen, Bakunin, Ogarev. Leía con placer La hija del capitán, de Pushkin, escuchaba con igual gusto a los Leningrad Cowboys junto al coro del Ejército Rojo. Fue brisa, leve tormenta de polvo corriendo por encima de las turbias aguas del Potolo.

 

Imagine me and you, I do
I think about you day and night, it's only right
To think about the girl you love and hold her tight
So happy together

 

Happy Together. La cantaban los Turtles y los Beatles y los Leningrad Cowboys. Existirá un día en el que estemos con los demás (recuerdo a César Vallejo) o se acabó. Pregunta sin signos de interrogación porque suena a real concreto. Nada queda para ficción.

 

En la pared resalta el rojo intenso de un cartel de propaganda de Siouxsie and The Banshees; debajo, el Macbeth de Antagónica Furry. El drama del poder en el rey escocés. Persiste la tragedia. Grita la banshee y la tierra se llena de túmulos. Los gánsters de Moscú detestan las referencias mitológicas, literarias, históricas, diablos ávidos de dólar. No esperaré que el censo toque a mi puerta, me he cansado, no abriré, he fallecido, perecido, fenecido, desaparecido. Van ciento quince muertos en la tómbola. Quizá tenga hoy suerte en el bingo.

23/03/2024

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Imagen: Jan Van Eyck, El Juicio Final, ca. 1440–1441

Wednesday, March 20, 2024

De Cochabamba a Sucre, Potolo, Tarabuco, Vacas y vuelta


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Sopa de quinua, sajta de papalisa en Aiquile. Me pregunto si todavía hay en aquel poblado cerveza de quinua, delicioso refresco que traían a Cochabamba nuestros vecinos Novillo. Mucho se ha perdido. Cuantitativamente todo ha crecido en el país. Dudosa la calidad de ese crecimiento. En cuarenta años, desde la última vez que visité el pujllay de Tarabuco, no se han construido baños públicos en la inmensa explanada para un colectivo bien comido y bebido. Solo un detalle en un universo que todavía abunda en belleza y que aún no alcanzamos a comprender. Quizá nunca lo hagamos en el rápido deterioro de lo que alguna vez fueron legados culturales y esencia neta y popular. Cierto que la dinámica alrededor ha transformado el mundo, que nuevos actores aparecieron y no se puede evitar el influjo de ellos. Lo que no cambia es la retórica de los políticos de siempre, de ávidos bolsillos y verbo lupanar. País ideal para el saqueo, donde las reglas se crean para desdeñarlas. Anarquía no es arbitrio personal. Confusión que conviene, pingüe desorden de revueltas y turbias aguas. De pronto se presenta la gloria del Ande en los largos y gruesos instrumentos de viento que llegan de Tinguipaya, Potosí. Entonces uno olvida, pisa indiferente excremento y plástico, sustraído por el misterio de ser duales, riqueza y maldición al mismo tiempo que confronta a padre y madre en violación inmemorial. Hijos del odio, tal vez, no soy quien para decirlo pero puedo sentirlo. Atolondrada magia de la sangre.

 

Yamparas y sabrosos corazones españoles. Humeantes anticuchos rememoran la rebelión. El señor de Bombori es Santiago apóstol, quien, matador de indios, se ha convertido en deidad de los asesinados. Cuando aparece, según la tradición peruana, en batalla durante la conquista del Cusco, invasores y atacados lo contemplan con espada flamígera. Ahí América sucumbe a lo mágico, místico, mítico, ello se superpone a lo real, Illapa a la muerte, y terminamos bailando sones de muertos poniéndole flores al homicida. Suenan profundos los erkes potosinos de proveniencia sur, sombra de los mitimaes.

 

El auto chino sube embravecido la cuesta hacia las cumbres de los frailes franciscanos. El paisaje alucina. En un país de notoria hermosura esto destaca como joya, brilla en sucesión de fatídicas rocas y valles en medio de tierra roja, cuarteados por ríos de barro en movimiento. Cerros de diversos matices como helados en los que se entremezcla la historia violenta que nos envuelve. Recojo piedrecillas de colores, irán a decorar los estantes de libros, las pondré al frente de Thoreau. Filmo, fotografío, caseríos abajo que creemos Potolo y serán una sucesión de villorrios a cual más lindo. Anuncios de caminos reales del inca, un cartel con historia acerca del desbarrancado Tomás Katari. Recuerdo que quise a mis veinte años escribir una novela que tratara del viaje del caudillo, a pie, hasta Buenos Aires a fines del siglo XVIII. Nunca lo hice. Preparé mis lecturas, redacté, creé esbozos agresivos y soberbios. Hoy, domeñado el ímpetu de gloria, tan solo me asombro. Sol que hace feliz y quema los pómulos también indios. Bajamos sin descanso. Nelson Tovar conduce y recrea mi Cochabamba antigua con nombres olvidados, en su verba asoma la magnificencia de Ana María Brockmann, el rostro de Regina Vargas y me entero de quién murió, casó, divorció, engañó, embriagó en la pena del deterioro que es peor a la del abandono. Quien lloraba. Mientras tanto cruzamos con cuidado los tramos de resbalosa greda carmesí. Tonos fuertes de rojo, negras rocas, cómo no entender la imaginativa de los tejedores jalq'as con semejante entorno. Sueños que marean y tornan en pesadillas donde aves y camélidos crecen monstruosas alas o jukus y figuras antropomorfas, en aksus bifrontes, muestran sus dos lados de color. Hace treinta años compré dos piezas de Potolo. Ya eran antiguas. Hoy es imposible encontrarlas. Una ONG española rescató los diseños ancianos y “enseñó” a las artistas locales a incluirlos en sus tejidos. Con ello se logró un gran resultado que seguramente ha traído algún alivio económico a la comunidad. Entro al pueblito y me digo que en su “insignificancia” es un sitio donde se crearon y crean piezas de altísimo valor textil. Es sábado por la tarde y casi todo está cerrado. Alrededor del caserío crece quinua y marejada de otros productos. Un mínimo simún corre por encima de las aguas del Potolo y presta misteriosa imagen a un sitio que de por sí ya es misterio. Conversamos con la tendera, nos prepara dos cafés de a cuatro pesos y vamos a comer un ají de arvejas bastante sabroso de otra señora que arregla sus bultos para irse a casa. Añadimos mote amarillo y fuerte salsa. Ají profundo tono de sangre coagulada. Preguntamos acerca de la ruta a Torotoro. No la saben, nos dejamos confundir por cerros similares. Las grutas aquellas se encuentran bastante lejos del lugar. Pero aprendemos de Maragua y el cráter extinto en cuyo vientre se aloja la población. Ravelo está mucho más lejos. Por allí podríamos seguir hasta las minas de Uncía, o a Pocoata y Aullagas pasando por Macha. Se conjuncionan los mitos, el deseo de aprender acerca de un pasado postrado y trunco. Siempre he anhelado saber la historia de mis ancestros, oculta en vericuetos de montaña y herradura. Poco a poco aunque el reloj ya corre hacia atrás. Mientras se pueda. Salimos con lluvia y sabemos que la greda estará resbalosa y con peligro. Mirando arriba, parece imposible lograrlo, casi subir al cielo. Algo de música, detenernos para hacer tomas. Al asomar el crepúsculo la belleza se convierte en tenebra. Salir de la hoyada, trepar hasta la cima y dejar atrás pesadillas y alucinaciones que han escapado de las hebras lanares y buscan atrapar incautos. Hay cosas que no se deben tocar.

 

Finalmente hallamos la carretera asfaltada en el cruce de Punilla. De ahí retornamos a Sucre. Compré en Potolo tejidos pequeños para mis hijas. Ya solo hay cosas para turistas pero mantienen al menos ilusión de grandeza. Tratan de imitar el donaire antiguo y no dejan de ser magníficas obras de arte. La noche ha caído prosaica en un mal pollo frito. Recogemos a Mauricio de la terminal de buses y armamos con el Conde Crápula un encuentro en donde Proust se ahogará en tequilas de agrio limón y labios contraídos por sal.

 

Mientras escribo, me acompaña una tristísima pieza en banda llamada Tres Marías. Está en un disco del Instituto Nacional de Antropología e Historia mexicanos: Suenen tristes instrumentos, cantos y música sobre la muerte. Atardece. Por el cielo no observo monstruos de Potolo. ¿Qué hubiera dicho Hieronymus Bosch al contemplar las extrañas figuras jalq'as? A ambos lados del océano la gente tenía zozobra. La borra de mi refresco casero de tamarindo cubre más de la mitad del vaso. Quito a los difuntos del tocadiscos y pongo Wild Cat Blues. Me toca escribir otra carta de amor y telefonear a los Estados Unidos. Va descomponiéndose el miércoles. He de continuar con unos párrafos más. Luego vuelvo a las páginas de Günter Grass.

 

Tarabuco, dolencia de espalda, chilcheo agotador, olor a fritanga y esencias menos gastronómicas. Como siempre, el hechizo del origen, instrumentos de viento que equivalen a cuchillazos por la espalda. Un inmundo masista vocifera sin parar consignas acerca de los pueblos, de los cuales, a no dudarlo, con dinero, desea alejarse y convertirse en lo que quiere ser y por nacimiento no es. La pucara, ya con armazón metálico, no con dos troncos de eucaliptos como hace cuarenta años, se eleva por diez metros, supongo, llena de hortalizas, carnes, bolsitas verdes de coca en profusión, galones de Tampico y otros productos traídos del contrabando. No suelo ser ortodoxo en cuanto a la dinámica de los cambios en la historia pero no miento al decir que chocan a la vista. Un cartel anuncia coca machucada con distintos sabores, chicle entre ellos. Los tejidos de los danzantes siguen siendo preciosos, de teñido químico ahora, por supuesto. También se muestran awayos hechos en la maquila coreana con figuras de la cultura andina. Es lo que generalmente ponen en su mesa los supuestos representantes de los pueblos indígenas que desconocen lo mínimo de lo que el tejido representó para las naciones indias. Desvalorada esa condición vienen a ser elementos de mero decorado.

 

Largo camino de vuelta. Río Chico, Puente Sacramento, una pasarela colgante no lejos de allí, las ruinas de Puente Arce de amargo recuerdo para mí. Aiquile y la sajta de papalisa que consideré horas antes plato desaparecido. Lo encontré junto a un modesto ch'aque de quinua que solía preparar, con quinua real boliviana, para mis hijas en Denver. Uno de mis proyectos es redescubrir las sopas de la niñez, tarea ligada a reencontrar los pasos de la historia.

 

Desviamos hacia Vacas, conversamos sobre la escuela normal superior de larga data. Feraz altiplanicie. Nelson muestra un camino no muy cuidado que conecta con Pocona. Increíbles e históricos pasadizos, incluso prehispánicos. Asocié, desde que leí a Ricardo Palma, esa zona con la controversial figura de “el demonio de los Andes”, Francisco de Carvajal, valiente anciano cruel, gran bebedor de chicha, “brebaje de los indios más que ningún otro español que se haya visto”. Hay un puente en el camino antiguo a Santa Cruz de nombre Lope Mendoza. Carvajal lo derrotó y decapitó en Pocona, que fue fuerte incaico en la línea de la frontera chiriguana. Fascinante, fascinante. De Bernardo Ellefsen leí, en copia privada de mi primo Pablo, un librito (por lo breve) acerca de este personaje, el Carauajal. Me pongo como tarea entonces para tiempo futuro seguir esa senda entre Vacas y Pocona, sin importar si me adentraré en los libros de historia o simplemente dejaré volar la imaginación como prefiero.

 

Pequeños ibis negros de pico colorado, patos. Laguna y pantano. Al salir de vuelta a la carretera principal atravesamos un cartel que dice Surumi. Pienso en Jesús Lara.

 

Arani, Mizque, Punata, Cliza, Tolata… cada uno guarda un secreto de los que narraba mi padre. El bisabuelo Pablo, el machu tonqorazo, cantando en chicherías con voz de bajo profundo. El abuelo Armando a caballo y con látigo. Celestes ojos en tez morena, se diría luz en fondo de abismo. Claroscuro.

20/03/2024

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Imagen: Tejidos modernos de Potolo

Thursday, March 14, 2024

Libros y geografías


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

 

'Twas after dread Pultowa's day,
When fortune left the royal Swede -
Around a slaughtered army lay,
No more to combat and to bleed.
The power and glory of the war,
Faithless as their vain votaries, men,
Had passed to the triumphant Czar,
And Moscow’s walls were safe again -
Until a day more dark and drear,
And a more memorable year,
Should give to slaughter and to shame
A mightier host and haughtier name;
A greater wreck, a deeper fall,
A shock to one - a thunderbolt to all.

 

Así comienza Mazeppa, poema de Lord Byron. Solitario deambula el hetman atado a su caballo. En la gran Polonia se desvanece un amor. El azar tampoco perdona a los poderosos y la gloria de Rusia es en día aciago la debacle de Suecia. En Poltava, Pultowa para el inglés, tierra que no alcanzaron mis ojos a aprehender porque la estepa no tiene fin. También yo tuve un amor en Poltava. A pesar de que posiblemente la historia, hasta ahora, le ha concedido cierto sosiego en el desastre de la guerra, los árboles han perdido toda alegría en aquella ciudad y los extraños y a la vez divertidos personajes de Gogol han sido engullidos por obuses. Hay nieve sobre los campos de muerte, nieve sobre los montones de heno y las gigantescas canastas que hacían de parapetos durante ese combate del setecientos. Pero Nikolai Gogol no brinda únicamente jocosidad; despertará Viy e inundará Rusia con su horror.

 

En los billetes de hrivnas, moneda ucraniana, están los atamanes Mazepa y Khmelnytsky, esencia del pueblo rebelde, muy pronto invencible. También Iván Franko, poeta, y Shevchenko. Tengo fotos en Odesa con Franko, Babel y Holovaty, el primero no lejos del Hotel Bristol, digno lugar para novelas de Joseph Roth. Un delgado volumen del poema de Byron, en edición mexicana, me espera entre las luciérnagas del Paraná, en pueblo con nombre de chañar ladeado, o burla o memoria de cuán poderosa suele ser la naturaleza allí para doblar incluso el hierro. Por su vera caminan caranchos a manera de dandys. He visto el gran río pero en otro lugar; mi madre nació allí, oyendo el torrente y el siseo maldito de las yarará cusú. Los zorros tienen patas como zancos, negras, y sobresalen al pastizal.

 

No solo Lord Byron contempla la noche del Paraná sur, también la hermosa Louise Bryant me hace aguardar por sus escritos de seis meses en la estepa roja. Escribí sobre ella junto a John Reed, sobre Eugene O'Neill, la ya temprana abyección de Zinoviev y la casta bolchevique. El tren de Bakú…

 

Comenzaba mi texto, parte de mi primer libro Virginianos, de esta manera. Habla Louise: "Supongo que el fin de la vida nos llega a todos. A mí creo que me llegará pronto, liberándonos, a mí y a mis amigos, del encierro que me hace vivir en unas curiosas condiciones. Pero nunca importa demasiado... Debes saber que siempre te mandaré mi amor a través de las estrellas. Si llegas allí antes que yo, o después, dile a Jack Reed que lo amo".

 

Había leído México insurgente en la biblioteca de papá. En la universidad, en edición soviética, Diez días que estremecieron al mundo. Cuán confiable es esta traducción, poco, sospecho, pero seguí al Reed libre en el semidesierto del norte mexicano causándome indefinible emoción. De sus versos populares recopilados hasta cierta apoteósica entrada de Francisco Villa, el periodista se nutrió de fuentes que embelesaron a Bierce. Ahora quiero leer otra vez acerca de su dramático amor con Louise, el sueño y el fin. Siempre quise ver su lápida en las murallas del Kremlin, supongo que sigue allí; lo haré cuando la historia haya arrasado con el último zar.

 

Quiero imaginar los trescientos libros que Eliana Suárez como albacea guarda en su pueblo para mí, debajo del árbol chueco. Está Charles Darwin en los diarios del Beagle; Gulliver del demasiado inteligente Jonathan Swift; Rabelais en dos tomos; poemas del avant garde ruso, Maldestam, Jlebnikov, Tsvetáieva… Tantos otros cuya memoria carga herrumbre de años. Este veinte veinticuatro supongo, espero, los estaré acomodando en los espacios vacíos de mis volúmenes asesinados. Algún Schwob, no me acuerdo; sin duda escritores locales en medio de la marea europeísta. Ensayo y novela, poesía menos pero muy sólida. Historia por la cual siento mayor pasión que de mujer. Malaparte y Malatesta, Osvaldo Soriano tal vez, Borges y Drieu. No lo sé ni quiero, mejor que vengan las carabelas del descubrimiento, aunque Chicho Sánchez Ferlosio hará lo imposible por distraerlas y me llenen de cuentas de vidrio a cambio de nada. Con ellas enfrentaré la luz mala que en realidad me servirá para leer. Bioluminiscencia de los cocuyos del más allá.

 

Hablábamos con mi sobrino Diego hace unas semanas de la Cuesta de Sama, en el camino Potosí-Tarija. Pesadilla; las veces que subieron conmigo, la larga flota o el lento camión, parecía nunca terminar. Si voy en odisea a buscar mis libros en la pampa húmeda tendré que pasar por allí. Sin embargo, corrieron cuarenta años desde la última vez y algo habrá mejorado. Me encantaría volver a ver Embarcación, provincia de Salta, tanto leí en libros del Instituto Cervantes acerca de la exploración del Bermejo. Las letras serán pretexto para caminos. Habrá que decidir si ir hacia oriente o bajar al sur rumbo al Tucumán. Uno y otro guardan intensa belleza. Kazimir Malevich y Sonia Delaunay pintando palabras mientras cruzo la iglesia de barro de Tinogasta, en la mítica Catamarca de la que hablaban madre y padre.

 

Una hormiga cruza el salón y yo pienso en Virginia Woolf. Cuando la aplasto bajo mi suela de cuero crudo y produzco en ella una manchita amarillenta recuerdo lecturas sobre la reina Victoria en la perfecta prosa de Lytton Strachey. He de oler el Paraná, percibir el imperecedero aroma de mi madre en Gálvez y Rafaela. Mi alias de trabajador ilegal era Horacio Quiroga, tengo documentos que lo autentifican. Me los entregó un salvadoreño que tenía las manitas cortas por el cloranfenicol. Para él era un nombre más; para mí, invocación. Acuarela del río…

 

Pues así estamos. Con Lord Byron, Louise Bryant y Charles Darwin en el ocaso, en donde los navíos se ahogaron en ficciones, en botes donde depositaré los libros y subrepticio cruzaré el contrabando a las tierras del Alto Perú. Quizá sea menos dramático, más prosaico, como un avión o un tren, aduana, mirones de aduana, ¡quién sabe! Pero cargo pruritos novelescos e inventaré el argumento como quepa adecuado. Mejor calzado de botas y de machete, siguiendo a Pierre Loti, que con un barato maletín regateando impuestos.

12/03/2024

 

 

Saturday, March 9, 2024

Poemas de pasado el crepúsculo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Langston Hughes viaja por un mundo encantado. No se referiría a la guerra española, aunque el poeta negro siempre se aproxima a la belleza, tal vez a la sospecha de ella. Se ha hecho profundo como los ríos, dice, y extraña a su amor en Alabama mientras los aviones bombardean. Hay, también, luna en Valencia y don Quijote es tanto España como el cuchillo artero por la espalda.

 

Las cinco de la mañana en Poltava. Las cinco en Kharkiv. Un vaso de agua a mi derecha, tomado a medias. Intento escuchar ecos de la guerra sin éxito. Por ahí, en la oscuridad, una banda ataca en cumbia. Ladran los perros. Sancho no está para escucharlos, solo yo ante la ventana con ojos telescopio que observan vida en las estrellas. Comencé a ver un filme acerca de un lobizón. Lo dejo para más tarde, con agua en botella esta vez, acompañado de la misma afonía de este momento. Una mujer se acuesta sobre las sábanas rojas y hace parte del paisaje. Apenas penetro en ella, juraría que no existe. Pongo dos almohadas grises para ver si el contraste la hace real y fracaso. No me duele fracasar, no hay penita pena pero tampoco indiferencia. Camino por la esquina de América y Gabriel René Moreno, visito la piscina donde he de inscribirme, compro ocho pesos de pan y como en la calle un sándwich de vacío. Retorno a mis sábanas carmesíes ajenas de fantasmas ya.

 

Las cinco de la tarde en Denver. Imagino mi casa antigua, me hace pensar en el poeta cuando escribe que se bañó en el Éufrates. Salgo en memoria a mi terraza, con un libro de Canetti que no abro al fin; me distraigo mirando canes que pasan llevando de la mano a sus amos. Antes de la pandemia, al amanecer, recién salido del trabajo, cruzaba en mi auto el parque Cheesman, cementerio de antes en donde abandonaron tres mil cadáveres que pueblan césped y pinos. Me gustaba ir por ahí, silencio encima de silencio. Luego bajaba por la calle 9 hasta llegar a mi callejón a la izquierda. Hay dos parqueos, uno es mío, el del apartamento 1. Cierro la puerta y miro arriba hacia el balcón cerrado. Siempre está allí esa mujer, cabeza y parte del busto, sus ojos en mí. No hago caso y subo las escaleras de la puerta lateral. No se oye nada, es cuasi macabro, tenebroso. Lo mío está en el primer piso, justo antes de la puerta principal con delgados vitrales. Cierro con llave y pongo la oreja. Al no haber ruido, tiro pantalones y zapatos a cualquier lado y me arrojo en cama con camisa y calcetines. Mi delgada y flexible lámpara queda encendida. La regalé a un vecino cuando me fui. Intactas botellas de ron y de aguardiente. Peter Mathiesen y Eduardo Rosenzvaig en el velador. Agua, siempre agua para aliviar mi desierto. Ligia descansará, lejos, en un cuarto de Daly City, bastante cerca del océano. Me contaron anoche que murió un hombre que la amaba, mi enemigo, a quien azoté enfrente del café Carajillo. No llevaré flores a su tumba, por supuesto, pero me hizo pensar. No quiero jugar senil y afirmar lo efímero de esto, de todo esto, prefiero dormir recordando la sonrisa de una bella muchacha italiana que por su edad podría ser mi hija, o mi nieta… Estoy llegando a la canción de los Beatles en unos días, When I'm Sixty-Four. Por cierto que no he perdido el cabello y que sigo enviando notas de amor y a ella, a la italiana, le mandé con el mesero dos jarras de caipirinha con olor a trópico. Luego se marchó y me dejó una foto que ni haré enmarcar ni veneraré; si estuviera acostada en mis sábanas rojas la penetraría hasta el principio del mundo, donde uno suele morir.

 

Rosenzvaig escribe: “Sabíamos con Umbral que Borges escribía uno de los mejores castellanos del siglo, pero su ceguera de heroico versallismo nos desbarataba”. “Borges, el erudito, que nos decía que la erudición es un juego, una simulación, una chanza a los estúpidos jóvenes que creen en ella”. “Borges hacía de la ironía un género de vida y del escepticismo un absoluto que redondeaba en epílogo, por ello nos robaba millones de años y confundía en la inercia”.

 

Mi primer año en los Estados Unidos como trabajador ilegal ahorré once mil dólares. Por cinco mil compré a mis padres la Encyclopaedia Britannica en veintidós tomos forrados de cuero azul oscuro. La mandaron a Cochabamba desde Washington DC con dedicatoria a Alicia y Joaquín en el primer volumen. Mi padre la leía en su mesa de comedor día tras día, año tras año hasta que accidentalmente falleció. Sigue aquí, en casa de mi hermana Elena que por ser mayor a mí consideró apropiársela. A veces Joaquín traducía largos textos por el ejercicio de hacerlo. Con sus desvencijados anteojos se acercaba a las delgadas y suaves páginas que todavía huelen a él. En el teléfono me comentaba sus descubrimientos: el genocidio circasiano, la biografía de Leonid Andreyev. De segunda mano venía la ilustración hacia mí, cuánto le debo. Con la Británica rememoro, cómo no, al ciego de Buenos Aires.

 

Las cinco y media en Poltava. Puedo reconstruir en mente el nacimiento del sol en el raion de negras tierras. No hace mucho, Ronald Arandia ponía en la bocina en casa de Elena canciones que acercaban el pretérito. Entre ellas a Gilbert Bécaud y Nathalie: “les plaines d'Ukraine”. ¡Ah! Los campos de Ucrania…

 

Atrapan prisionero a un moro herido, guerra de España, y Langston Hughes anota que es “tan oscuro como él”. Salto a las “voces dolorosas del África” de Agostinho Neto. Las lámparas se han hecho pesadas y descienden hasta hacer de casa casi refugio antiaéreo. El único obús que tenía, uno del 105, ha caído con estruendo desde el quinto piso. No tengo defensa ni alternativa. Creo que leeré a Dickens, algo de infancia no ha de venir mal. Después de almuerzo escuché música perdida de los judíos de Transilvania y sones del istmo de Tehuantepec. Miré fotos de Marina en malla, cuánta belleza, y dormí. Soñé que no soñaba y quedé vacío. Trago de agua, trago de sombra. Escucho pasos en la habitación: son los míos. Atento, trato de concentrar el sonido de pies descalzos por la madera. Froto algo de mentisan para dolores de alma y acaricio la piedra alumbre que me regaló un brujo en Cholula. Más que eso, nada, escribir un verso sin lírica, algún texto vacío. Las ocho cincuenta y nueve de la noche en Cochabamba; ayer me deslumbraba una sonrisa y al oído me contaban cosas tristes que no me hicieron llorar.

 

Termino citando de nuevo a Rozenzvaig: “Nada se parece más a la pérdida de la infancia como una dictadura”. Hablaba del Z de Costa-Gavras. Años 70. Camino al cine que creo estaba en la calle Sucre. He de ver Investigación de un ciudadano sobre toda sospecha, de Elio Petri, con Gian Maria Volonté y Florinda Bolkan. Hay pasos en el dormitorio. Han dejado de ser míos, hora del hombre-lobo.

09/03/2024

 

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Fotografía: Claudio Ferrufino-Coqueugniot/Casa de Bill

Wednesday, March 6, 2024

Viajes al pasado


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Edgardo Cozarinsky cuenta del famoso cuadro de Caspar David Friedrich, un hombre ante la bruma, en alguna mansión escondida de Budapest. Su cuento se teje alrededor de la historia de la pintura, una anciana condesa, la pertenencia de semejante pieza al conjuro centroeuropeo, a ninguna otra geografía. Pienso en el Prater de Viena. El viento frío penetra por la ventana con esquirlas de lluvia. Desde hace unos días, luego de leer el texto de una escritora rumana, pienso en Stefan Zweig, en cómo y cuánto lo leía en la biblioteca de casa: 24 horas en la vida de una mujer… Editorial Tor, de tapa coloreada y delgadísima. Unto mantequilla sobre pan francés. Negro humo del café.

 

La casa se ha llenado de silencios. No he tocado ni almohadas ni fundas, todo está como lo dejaron. Tengo cierto escrúpulo de destruirlo, de ponerme a limpiar y permitir perfume de aire fresco entre las paredes, quitar polvo de lámparas y apagar el disco de boleros de caballería que he ido tocando en el ocio libre. Esto se refleja en reembranzas de lo que escuché, las bandas que oí en el crepúsculo de pueblos. Enterramientos de domingo, crespones de papel en púrpura y ébano, músicos desorejados y ebrios que arrecian con el trombón, cornetas del fin del mundo, tambores inquisidores y bombos de antesala del destino.

 

Desde su balcón solariego, mi abuelo, subprefecto de Punata, veía pasar la banda borracha, alegre beodez que no coincidía con la penuria de los sones. Se acercaban, pasaban y desaparecían rumbo al campo dicho santo. Cruces pintadas a cal, que azules solo para la élite, inclinadas, deshechas, caídas. Flores nuevas para muerto nuevo. Viejo será apenas se marche el público y los desenterradores desvestirán al sujeto o aprovecharán el cuerpo de la difunta antes de medianoche. Luego palazos sonoros, arena y cascajo, el o la difunto difunta pelados con un resfrío que no podrá matarlos estando como ya están.

 

Hacia ese mundo encaró el domingo desde las nueve de la mañana, informándome de las vías modernas superpuestas sobre los durmientes del otrora tren al valle. Viajé allí, por Tin Tin y Vila Vila, en el techo, agachando la cabeza en un par de túneles de no larga extensión. Viajó mi padre niño de la mano de su primo Gualberto Villarroel, Ferrufino era, crío del cura Quintín. Desde su casa en la hoy confitería Dumbo, sobre la avenida Heroínas, visitaba a los abuelos en la calle Lanza, casa de tres patios, al lado de las monjas y el diario Ángelus ¡de rodillas, de rodillas! Hogar que contaba con un peculiar fantasma pianista a quien infructuosamente combatió mi padre con corto sable de oficial paraguayo obtenido por un pariente en el Chaco. El piano siguió tocando y el cuchillo cercenó macetas y flores de cartucho. Melancólico, un árbol de floripondio observaba hasta dormirse de nuevo al ritmo de teclas hermosas y malditas de quien nunca fue.

 

El cadete Gualberto Villarroel, de etiqueta militar, recogía al pequeño Joaquín y viajaba de la mano con él en ese tren del valle. Lo entregaba a su tío Armando Ferrufino Camacho e iba a visitar a su madre en Muela, después Villa Rivero, que en mi memoria aparece con los compadres Montaño, ambrosía al pie del ordeño, más deliciosos y en extremo grandes duraznos de partir de San Benito y los mejores de Ulincate.

 

Pobre Gualberto, lo ahorcaron más tarde, de ese poste de luz que muestro a Emily y Aly, mientras el otro pariente, ahorcado a su vez, mira desde el alto pedestal de palomas cagonas hacia el mamotreto de la “gran casa del pueblo”. ¿Copiaron el pomposo nombre de los guaraníes o de los iroqueses? Dejamos a nuestros queridos colgados para subir al en verdad impresionante teleférico. Aly me dice que La Paz le recuerda Lisboa, Emily sufre con el gentío de trescientos atolondrados camino de El Alto en la línea morada.

 

El alto valle, el Valle Alto. Tierra que nos liga a la Cochabamba rural de manera estrecha. Desde los ya fallecidos álamos reales que el abuelo plantó en el camino de Punata a Arani hasta los adustos ojos de Manuel Ignacio, héroe, a otros más suaves pero muy característicos. El mayor Celiz, de la Fuerza Aérea, de visita en casa, afirmaba el común parentesco con René Barrientos Ortuño; de boca en boca entre los viejos corría la leyenda del Ferrufino apuntando la charpa al macizo pecho del tirano Melgarejo. Charpas somos, algunos incluso llevan el mote como apodo personal. Los charpas y los otros, será, supongo, signo de distinción. Tarata y Huayculi.

 

Sugiero a Elena que conduzca no por el asfaltado entre Cliza y Tarata sino que tome el empedrado que atravesará el misterioso algarrobal de Tiataco. Este está en un sitio de las Naciones Unidas marcado en el mapa con otros alrededor del mundo como lugar notable.

 

Corría un “rápido” de color rojo entre los espinales de allí, cincuenta y cinco años atrás. Pertenecía al tío Jaime, el que a pie escapó de Curahuara de Carangas a Chile durante el período de los campos de prisioneros en el auge del MNR. Loayza Beltrán lo cuenta en el libro Campos de concentración en Bolivia; también cómo su hermano Rómulo Ferrufino Ustáriz se arrastraba por los helados pisos de la cárcel inutilizado por el ferviente látigo movimientista que castigaba su osadía de haberse cargado a dos policías durante una insurrección falangista en Cochabamba. Brisa del altiplano que construye figuras volantes. El frío duele más que el fuego. He pasado por Curahuara y pensado en los parientes, visto las magníficas pinturas de la iglesia, calentado las manos enguantadas con la fogata encendida debajo del tanque de diesel para descongelarlo.

 

El tío Rómulo, el mayor, hijo de Cecilio, era muy serio. Tres de los hermanos vivían al lado de lo que sería la Universidad Mayor de San Simón. Poco salía él cuando íbamos al campo en familia. “Rápidos” se llamaban las grandes vagonetas que utilizaba el transporte interprovincial. El tío Armando tenía una negra, y Jaime la roja con la que cruzamos Tiataco y donde por primera vez en mi vida veía ese paisaje entre dantesco y épico. Nunca lo olvidé. Elena, encara por este camino hacia Tiataco, luego curvarás hasta Arbieto y saldremos a la carretera que bordea la Angostura. Chevrolet “sapitos” de los años 50, tal vez Studebakers y Dodges al lado. Esos llevaban carga y gente. Eran altos; no encuentro ninguna foto en la red que los identifique. Me queda el recuerdo. Iban a Quillacollo, a Vinto y Capinota; a Tiraque y Pojo.

 

Niños alrededor del baile, nosotros. Tango y cueca, taquirari. Rómulo y Jaime se han quitado los sacos y danzan. Metidos en el pantalón, en la espalda, cargan revólveres de ocho tiros. En el amanecer de la fiesta salen al patio y echan balazos al aire. Mi padre con la Beretta calibre 32 que heredó mi hermano. Salvador Lobo, tío, contralor, lleva pistola pequeña. Canguro Antezana, dos, y mientras gira apaga una a una las estrellas con cada disparo.

 

A las dos de la tarde el sol no perdona. Pero debajo de los algarrobos la sombra cobija cactos. Algunos parecen muy antiguos. Creo que al menos esto se preserva en el país. La plaza cuenta con una espantosa iglesia de ínfulas modernas.

 

Caminamos por los ceibos que bordean la vertiente de Juturi. En la plaza de Anzaldo, de sombrero y anteojos negros como jamás uso, digo a mis hermanos que es quizá en mi novela El señor don Rómulo, casi al principio, que menciono a un pariente que vivía aquí, en una de las casas alrededor, y que tenía tres calaveras en su velador de hombres que había matado. Necesitaría compañía el señor, callada presencia, allá él.

 

Este viaje al pasado semeja casi un paseo por la muerte. No podía ser de otra manera en tierra belicosa, donde amedallados y no amedallados se mataban con fruición. Igual sus descendientes. Papá con un Winchester y el tío Jaime con pistola ametralladora haciendo guardia en la casa del abuelo en Cliza porque un par de veces los Jordán les habían arrojado dinamita al techo. Yo que no tengo armas de fuego bien sé que a pesar de eso el asesino anda agazapado. Si saldrá o no saldrá es el acertijo. Por ahora escucho calmado música provenzal y me acaricio las piernas.

 

Cuento las ulupicas, verdes y rojas, que compré en Anzaldo igual a un rosario. Una tras otra en su menudez letal. Desconozco su preparación pero he de aprender, vicios del capsicum.

 

Domingo que fue algo que nunca cedió, que permanece como argamasa de hierro aunque alrededor hayan caído en ruinas los artefactos de la memoria. Recolecto piedrecillas de color, tomo fotografías. La próxima avanzaremos al todavía fabuloso río Caine. Plantaciones de papaya como flores anaranjadas. Negros buitres antes de comenzar la subida al Potosí.

 

Apenas he comenzado a caminar. Multitud de sombras me sigue como a diputado nacional. Exigen que escriba sus nombres que si impresos están los justifican. Caso contrario se hundirán en la tristeza, aciago lodo del adiós.

05/03/2024

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Fotografía: Claudio Ferrufino-Coqueugniot, 2024. Algarrobos en Tiataco