Sunday, March 24, 2024

Tinieblas de Rusia


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Del klezmer a la música gitana de la estepa. Chejov y tanto más. Aguardo a cencistas que desconozco y ni sé qué han de preguntar. Que se vayan pronto, eso sí, que a la una quiero desnudarme y dormir la siesta con el sol de la tarde sobre mí.

 

Desde ayer que sigo noticieros acerca del atentado en Moscú. Sin pesadumbre. Esa élite acribillada sostiene al enano. Me desperté a las once, a las tres y a las cinco, solo para apilar muertos en la estadística. Irina me dice que no basta, que deben sufrir más y en la lógica del castigo estoy de acuerdo. Yo que amé a Rusia ahora deseo su destrucción, que los Peskov y Solovievs del mundo sean arrastrados por camiones hasta desgajarles la feble coraza. Lo que quede de todo, llegado el fin, posiblemente podrá ser amado de nuevo. Dostoievski lo decía: soy un enfermo, un hombre malo, y Tolstoi al tirarse a las vías del tren lo aseguraba. Boney M canta y salta Rasputín. Hermosa música de los años 80. Mi padre a los doce años me da la biografía del monje. Príncipe Yusupov, lo recuerdo. Pederasta de hermosa esposa. Tal vez, cuando lo vea, el río Amur no será más Rusia; hablarán chino y se comerán los pocos esturiones kaluga que quedan. Seis metros de gloria naturaleza. ¿A quién importan? A Putin no. Los demonios de la montaña, llamados daimajin en Japón, saldrán de su empaquetadura de roca para aplastar los triviales huesos de una raza sierva y vil. El Transiberiano será el tren a Manchuria y Vladivostok ya lleva nombre han en mapa chino. El enano lo sabe, como sabe que se aproxima la muerte, y ha de llevarse a toda Rusia con él porque siempre fue cobarde.

 

Los del Khorasán disparan y caen votantes putinescos, muñecos sin vida ni historia, trapos desechables, inmundos trapeadores con veleidades de armiño. Corren las bellas rusas con falsas pieles de leopardo, qué poca había sido la gloria del imperio que les regalaron en la elección. Que mueran, nada mejor pueden ni suelen hacer. No habrá tristes canciones gitanas para despedirlos ni ágiles bailes klezmer que aprendieron a ser alegres en medio del holocausto. Disparen, disparen ametralladoras como canciones.

 

Hago un intervalo necesario para cargar el celular mientras espero. Hojeo libros nuevos y nuevos libros que antiguos eran pero estaban enterrados. Poca poesía, dónde habrán terminado mis libros de Visor. Calma alrededor, cadencias de larga música haitiana que con Ligia solíamos oír. Hoy Cochabamba; ayer Aurora. Asamos lento un puerco ahogado en jerez. Las verduras en escabeche brillan soberbias. Roja cebolla, verde chile y naranja chile. Deposito ají panka, colorado, en un sartén profundo. No me animo a comer aún, no sea que vengan los burócratas y se me atragante el arroz. Continúa el periodismo independiente narrando el fin del universo en un elegante salón de concierto en donde tocaría un grupo rock de pasado soviético. Mal rayo los parta, bienvenidas baterías desventradas y cuerdas de guitarra volando como bumerans malditos. Si se me quitará el hambre observando la tragedia, por supuesto que no. Slavoj Žižek tiene razón: es imprescindible que Ucrania sobreviva ante el embate de las fuerzas demoníacas de la iglesia fanática manifestadas en la invasión; de la izquierda pro Rusia no quiere hablar y menos llamarla izquierda. O combatimos o la peste nos devora, Himmler se ha puesto traje de lujo para la masacre, Trump y Putin lo elevan en pedestal de dios. Botas relucientes; según el filósofo esloveno, al nazi le gustaba leer el Bhagavad Gita.

 

Converso un poco más con Irina. La alegro transformando la fotografía de un río chuquisaqueño en casi bandera ucraniana. Azul y gualda, cielo y río. ¡Slava Ukraini, gloria! Pregunto a Kate si en Lviv hay serenidad. Mil quinientos kilómetros entre ella y Estrasburgo. Se habla mucho de Francia hoy. Cada día se sirve barbacoa de ruso, aunque la mayoría de los cuerpos asados pertenezcan a minorías. El doble juego del retaco perverso es conquistar territorio afuera y cometer genocidio oculto contra sus propias etnias no deseadas. Lo saben los bashkires, los mismos que salvaron a Trotsky cuando todo parecía perdido. Pero no responden ¿cuándo? Y daguestanos y chechenos ¿cuándo? Que Rusia necesita morir, ha vivido demasiado y quizá viva más si los pervertidos evangelistas norteamericanos colocan un gobierno de pedófilos, asesinos, violadores en la Casa Blanca. Pasaje libre al vicio. A estos hay que romperles la Biblia en el cráneo. Tampoco merecen sobrevivir. Pero dudo que se destape el fuego sobre Sodoma todavía, ni extensos caminos con crucificados. ¿Emular desean al mesías? Vale, madera y clavo. No ha terminado la Edad Media, hubo un intento de engaño ya destapado. Viene, seguro, así lo atrasemos un poco.

 

Desconecto el celular, hay carga suficiente. Me parece que no abriré la puerta al censo, uno más uno menos no cuenta. Mis obligaciones cívicas terminaron con la secundaria. Comienzo a bostezar. Pero, para amodorrarme mejor, escucharé la dulzura de los números fatídicos en la vieja Rusia que amé. Ya no es la de Sacha Yegulev, ni la del trío fantástico de Herzen, Bakunin, Ogarev. Leía con placer La hija del capitán, de Pushkin, escuchaba con igual gusto a los Leningrad Cowboys junto al coro del Ejército Rojo. Fue brisa, leve tormenta de polvo corriendo por encima de las turbias aguas del Potolo.

 

Imagine me and you, I do
I think about you day and night, it's only right
To think about the girl you love and hold her tight
So happy together

 

Happy Together. La cantaban los Turtles y los Beatles y los Leningrad Cowboys. Existirá un día en el que estemos con los demás (recuerdo a César Vallejo) o se acabó. Pregunta sin signos de interrogación porque suena a real concreto. Nada queda para ficción.

 

En la pared resalta el rojo intenso de un cartel de propaganda de Siouxsie and The Banshees; debajo, el Macbeth de Antagónica Furry. El drama del poder en el rey escocés. Persiste la tragedia. Grita la banshee y la tierra se llena de túmulos. Los gánsters de Moscú detestan las referencias mitológicas, literarias, históricas, diablos ávidos de dólar. No esperaré que el censo toque a mi puerta, me he cansado, no abriré, he fallecido, perecido, fenecido, desaparecido. Van ciento quince muertos en la tómbola. Quizá tenga hoy suerte en el bingo.

23/03/2024

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Imagen: Jan Van Eyck, El Juicio Final, ca. 1440–1441

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