Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Tropiezo en las redes con la imagen de un libro de Ivo Andrić: Crónica de Travnik. Debo leerlo. Andrić es un autor de mi juventud. Leer Un Puente sobre el Drina me animó a escribir, cuando hacía columnas en Opinión, un texto que se llamó El arte de empalar. Tristeza de pueblos aquellos.
Pasé por
Travnik en la primavera del 2025, a la hora del crepúsculo. Ello acentuó aún
más lo gris de la ciudad, aparte de los sitios con recordatorios de masacres
durante la guerra bosnia y que proliferaban por doquier. Buscaré fotos de
entonces. Algún café con un puñado de parroquianos y focos de escasa luz
amarillenta. Solo de pensar en bajar del bus y sentarme allí me dio escalofríos.
Había algo maligno en el aire, en una Bosnia que era geográficamente soberbia
pero con un halo, en partes, fúnebre. Cierto que en Sarajevo, a pesar de todo,
aquello se disipó. La capital, hermosa, daba suficiente para no recordar el
horror. A pesar de las paredes acribilladas por balas.
No hacía
mucho en que aguardaba en Lyon para mi viaje a Ljubljana y en ese largo pasillo
de espera entendí que partía hacia un mundo que todavía no se había acomodado
de lleno en la modernidad, por falsa que ella fuera. Caminaba entre la gente,
de fuerte presencia rural, y parecía estar en una novela del siglo XIX, o en el
Yampol de Bashevis Singer. Por supuesto no faltaban bellas muchachas eslavas que
hablaban en alta voz, pero eso no impedía la sensación de pretérito, de canastas
llenas de pan y encargos familiares, de coles y repollos. No los vi, no miento,
solo anoto mis impresiones. Al fin trepé al colectivo y enfilamos hacia la
magnificencia de las montañas suizas, despidiéndome de cosas tan íntimas como
la ilusión, sabiendo que quizá ya no habría retorno.
Pienso en
anoche y sus presencias. La botella de Altosama rosé helada. El aire todavía
húmedo por la llovizna, ruido de tacones altos en el pasillo, la boca de lobo
de la construcción contigua. Sorbo la copa mientras agoto un documental sobre
Rumania. Después el silencio, imaginados perfúmenes escurridos hacia los pisos
inferiores en donde, siendo un edificio nuevo, no cabe el leve sonido de un
roedor ni el reptar de los insectos. Luces
apagadas, oscuridad sin misterio, simples sombras sumadas al rumor de
gente que duerme. No es Travnik, gracias a Dios.
Veníamos
bajando de Banja Luka, otra villa de pesado ambiente. Como si ya el cuerpo
estuviera dispuesto a replegarse por las cosas leídas acerca de lo que pasó en
Bosnia & Herzegovina. Comenzó saliendo de Zagreb y en los carteles al borde
del camino encontraba marcas sangrientas de la historia que nunca se me
borrarían. Todo parecía tranquilo. Tanto policías croatas como bosnios sonreían
en el puerto fronterizo. Con pasaporte norteamericano me dieron prioridad y
tuve tiempo de observar alrededor. Quioscos cerrados por la hora que daban
sosiego. Vida apacible entre vecinos que al menos se respetan. Se creyó así en
el pasado y nada estaba más equivocado. Me comentaban los trabajadores bosnios
en Denver acerca de batallas, escaramuzas, matanzas. Las mujeres callaban.
Décadas antes de mi viaje, cuando en el Denver Post contratamos refugiados para
que embolsaran periódicos. Más de una familia comenzó allí, con el pequeño sueldo
que el inmenso diario de Colorado les proveía. Luego fueron disgregándose hacia
mejores trabajos. Un par de ellos se hizo rico; de la mayoría no supe más, solo
que en el exilio aprendieron a rescatar la idea de Yugoslavia con la que habían
crecido. La guerra no logró destruir eso. Físicamente no se diferenciaban de
sus “enemigos” serbios o croatas. Eran tan altos y tan rubios como aquellos.
Vuelvo a Andrić, que en una voluminosa novela explicó cómo se separaron
los señores bosnios, favorecidos por los turcos, de sus pares eslavos. En
tiempos del emperador Napoleón Bonaparte.
En lo que
vendría a ser la plaza central de Sarajevo, con un colorido puesto donde vendían
granadas, fruta y jugos, entre varios bustos estaba el de Ivo Andrić. Le tomé
un par de fotos y luego entré a una iglesia católica justo en la esquina, al
parecer bastante antigua, y caminé por la parte que supongo era norte de los barrios,
derivando una y otra vez hacia la zona de los cafés y bares que dan a Sarajevo
una imagen preciosa y cosmopolita.
Me llené de
deliciosos chocolates allí. Buscaba algún regalo para llevar a Belgrado.
Simplemente el paraíso, todo tipo de frutas cubierto por chocolate, a cual más
rico. Me apoyé en un anciano muro de piedra, cerca de las leyendas en inglés
que explicaban qué eran, y comí. Añadí un par de recuerdos para mis hijas.
Quise comprar ropas exóticas para enviarlas a España. En las tardes de
Sarajevo, a veces con garúa, emprendía el regreso a mi hotel, sito en las
colinas desde donde los francotiradores eliminaban civiles que caminaban las
calles cerca del río. En la orilla de uno de los puentes las paredes de los
edificios mostraban huellas del feroz tiroteo. Impasibles, los muros,
desgajándose al lado de un curso de agua color naranja, el mismo que subiendo
hacia el centro tocaba la esquina del asesinato más famoso del siglo XX, el que
inició la Gran Guerra. Pura historia; dolor por cierto. La mente clara a la vez
que confundida. Un amplio dormitorio moderno y cómodo, breve intercambio con
turistas de Europa occidental que hallaban los precios más que buenos. No
estaban mal para mí tampoco. He conservado algunos billetes atractivos de
marcos bosnios. Están dentro de algún libro que traía desde el principio del
viaje, el que se iniciaba en un Finisterre.
Luego
cruzar la colina y entrar en el Sarajevo de mayoría serbia, muy distinto al
otro, sin mezquitas ni muecines. East Sarajevo rezaba el gran cartel. Usted
está entrando a la república serbia de Bosnia Herzegovina. Devoré uno de los
últimos chocolates y me acomodé en una silla de parada de bus a esperar el
vehículo que me llevaría a Belgrado. Tenía un cuarto reservado en un hotelucho
en la subida de la calle de Gavrilo Princip. La historia, la sangre me seguían.
Ineludibles, palpables, presentes. Un gigantesco Cristo protegía la hoy
abandonada estación de trenes, ya en la capital serbia. Edificios carcomidos,
destruidos en partes por los bombardeos de la OTAN prestaban una imagen
fantasmagórica del atardecer. En el hotel pululaban los hindúes; quizá eran
pakistaníes, y se oía solo su lengua en la recepción. Mi dormitorio tenía dos
camas y utilicé ambas. Al lado de mi ventana, dormitorio 6, había un banquito
en que me sentaba a leer. Segundo piso. La recepcionista quería practicar su
inglés conmigo y le contaba de las montañas de Colorado. Error común,
preguntaba acerca del Gran Cañón que está en Arizona, pero de todos modos era
agradable conversar con alguien.
He pensado
en Travnik muchísimas veces. Y fue una sensación especial ver el Drina, ya casi
dejando Bosnia, no tan intensa como cuando hallé el Dnieper en Kiev pero
también agradable. Vaya con mis memorias literarias. Sirven de mucho, a veces
colaboran con el contexto. Caía la noche y las blancas tumbas de los
asesinados, en pequeños grupos, recordaban cómo prima el odio por encima de la
belleza. Grande el contraste de la blancura de los nichos con la oscuridad.
Tenues luces de neón apagado anunciaban restaurantes. Supuse que incluso la
comida en ellos tendría sabor de tristeza.
20/03/2026

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