Friday, April 24, 2026

Viernes de ausencias


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Enfilé por la calle México, rumbo al centro. El único asilo de ancianos de mi niñez continúa en la esquina, gris, sombrío. Luego bajé por la diagonal, por el lugar donde aquella voluminosa y pelirroja bruja libanesa me predijo en borra de café cosas que sí pasarían en mi futuro viaje a los Estados Unidos. Después la puerta metálica del departamento de los ingleses y el recuerdo de F, conmigo, frente al espejo. Cuerpo hermoso y pálido. Ojos azules que piden irnos a vivir a Leeds en agosto, asunto que rechazo. ¿Por qué? Todavía no lo sé y ya ni me pregunto. Figuras evanescentes, fantasmas que la noche no borró pero que vuelan dispersos por el aire como volutas de nieve. Tres años y me fui al norte; viaje de doce meses que duró casi cuatro décadas, que arrasó con la vida de todos y sin embargo me dio garantías de futuro. Péndulo, balanza, romana que pesa un montón de papa runa contra cilindros de bronce. El viernes se arrastra, aprendo a vivir, renuevo las energías con las que retorné, el febril construir de mi departamento, cuadros de Ben Shahn y Alfred Kubin, hermosas chucherías de lejanos países. Victoria protegida por el general O'Leary, camas, colchones, mesas de noche, sofás, carpinteros, enmarcadores de arte. Desde notables alebrijes expuestos en el UCLA Fowler Museum of Cultural History de Los Ángeles hasta Kokoschka y Joe Hill. Pensado, medido, calculado, varios meses de armar el departamento igual a un rompecabezas para sentarme hoy rodeado de tanta belleza a ver un filme sobre Balzac.

 

Viernes de ausencias… No se debe a otra cosa que luego de Joy Division me puse a escuchar “en el tren de la ausencia me voy”. Pensando en Rulfo, en Nahui Olin, en Coatlicue, la madre azteca con su falda de serpientes. Llevan a fusilar a Benjamín Argumedo y a Felipe Ángeles. Tengo manifiestos de los hermanos Flores Magón… Presencia permanente de México. Estaba a solo doce horas en automóvil desde Denver. Comenzaríamos con mi padre y John Shanahan la búsqueda revolucionaria a partir del poblado de Ojinaga en recuerdo de Francisco Villa. El cáncer detuvo aquel periplo de sueño.  Aunque papá murió quince años más tarde nunca se animó a intentarlo de nuevo. Terminaríamos en Orizaba, en la cumbre, mirando hacia la nada.

 

“Dejé que varias estrellas se apagaran para siempre”, decía Wislawa Szymborska…

 

Me siento a descansar a los pies de san Cayetano en la iglesia de la Compañía. Me gusta entrar allí a ver mi teléfono y contestar cartas, a leer a Bakunin o ayer a Mercè Rodoreda. Me privé del café, preferí husmear entre libros en liquidación, uno no sabe lo que va a encontrar. Pues nada esta vez. En cada pasaje de la plaza principal cantan los ciegos. Tienen cada uno un aparato con la música y ellos, que no necesitan cerrar los ojos para embriagarse de pasión, entonan viejas canciones en inglés, Nino Bravo, José Luis Perales: “Ayer se fue…” Me siento a escucharlos, dejo monedas en los coloridos vasos de plástico y admiro las sonrisas que no sé si son ciertas pero necesarias para el público. Pasan muchachas jóvenes de preciosas caderas, músicos del Beni se mueven con tambor y flautín. Cohetes como siempre para recordar que existe una guerra sorda, de quinientos años y desconocimiento cabal de la historia. Bum, bum, Mambrú se fue a la guerra, no sé cuándo vendrá, jajaja, no sé cuándo vendrá, jajaja.

 

Cantando el pío-pá.

 

Finalmente me decido por un cortado chico acompañado de un vaso de agua. Hay una nueva mesera que supongo brasilera. Dice que es iraní, que vino a ver el carnaval de Brasil y la sorprendió la guerra. No sabe nada de sus padres y familia. Aguarda, como yo, ver colgados como higos negros a los ayatolas en la punta de grúas como ellos hacen. Cuervos malentretenidos puestos a secar al sol. Hace mucho que retornó el medioevo a la tierra y no se construye otra arca de Noé porque de esta no se salvará ni Dios. Mejor así y no lo digo con pesimismo. Está amargo el café. En una máquina de industria italiana tuestan diversos granos de los yungas locales. Aroma por encima de las tontas conversaciones de los viejos que intentan remediar un mundo que los abandona. Me cierro a escuchar, no deseo saber nada. Un amigo me conversa acerca de cuestiones sociológicas que ya no me interesan. Las luchas sociales han perdido su adicción. Sí, leería con gusto de nuevo a Jorge Amado y podría pensar en el tiempo en que creía. Ahora no, y sin entrar en Cioran. Espacio para la belleza aunque esté atormentada por la realidad. Imágenes, sensaciones, emociones, lo único que queda válido. Y los afectos. Aparte de eso que se caiga el cielo. Ni la virgen de La Bella ni el santo niño de Atocha. Trenes que marchan sin rumbo, ruidos de metal, sinfonías de muerte. “En el tren de la ausencia me voy, mi boleto no tiene regreso”. ¡Vaya tragedia! El sur dramático, llorando eternamente a la que se fue, mientras los pozoleros retuestan cuerpos con facundia, se podría decir para hacerlo verbo.

 

He retrasado mi bajada al primer piso. Me siento en el sofá de la derecha y calculo que es allí donde me acomodaba en las tardes de casa, escuchando pasar los autos detrás de la enredadera. No es que sea un rito sino una buena sensación. Cosechaba el chayote colgando de la reja y lo preparaba en guiso de carne o pollo, verde muy clara su piel.

 

Otro desvencijado taxi me retorna. Suena y resuena como cascabel. Vidrios rotos, puertas sin picaporte. Hablamos con el chofer acerca de la situación política, de cómo tambalea el gobierno y de cómo estamos ante la terrible disyuntiva de ser gobernados por un orate disfrazado de Napoleón, con su breve Josefina cosechada en los llanos orientales y su extraña sonrisa que augura desastres. País suicida. Ya suicidaron los locales un imperio, lo entregaron en bandeja de oro a una docena de desharrapados extremeños y a un griego. Páginas llenas más de absurdo que de sangre. A ver qué pasa, se agitan los feudos. Dos infelices ya conforman uno, entonces hay miles de señores feudales que dominan pocos metros de territorio pero ejercen el terror. ¿Cuánto les duró a los Sans-culottes su orgía? Aquí sucederá lo mismo pero nadie podría hacerles entender. Ojos vidriosos por el alcohol y la hoja sagrada. Quinientos años de destrucción permanente de neuronas. Nunca he fumado pero parecería momento ideal para encender un cigarrillo y ponerse a contemplar el desgajarse del universo.

24/04/2026

 

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Imagen: Francis Bacon

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