Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Es obvio que suena Roy Orbison en la mañana. Magnífico filme aquel de David Lynch, Blue Velvet. Con esta canción; Dennis Hopper alucinado… Preferida de mi hija Aly, que ha cumplido como el Cristo treinta y tres. La bailamos con mi esposa, juntos, alguna fiesta del 2018, en la calle Clarkson que quedó como un icono de tristeza primero y luego de felicidad. Soledad de la nieve. La muchacha fantasma del tercer piso y yo raspando el hielo de encima del Subaru, a veinte grados bajo cero. Ella me miraba todas las noches, con solo medio rostro visible; nunca descendía por las silenciosas gradas de la mansión victoriana. Nos acompañábamos, supongo. Asuntos fuera del miedo, parte de los misterios de la sombra. Cuando salgo, miro las gradas hacia la izquierda, me detengo a escuchar el silencio. Sé que está ahí, cuando todos duermen. Ya a la intemperie la observo contemplándome. A veces, cerca del basurero, dejan maniquíes desvencijados. Añaden pensamientos a un ambiente al menos extraño. Vuelvo a mirar y no está. Sé que no ha de descender y de pronto aparecerse enfrente. No dejaría huellas en la nieve. Cuando ya estoy calentando el carro retorna e imperceptiblemente mueve la cortina y mira. Luego me preocupo de no chocar con las paredes del callejón. Hielo traidor que me ha roto cabeza, pierna, etc, que me ha desesperado en las colinas del sur cuando no sabía si podría volver a casa luego de lidiar diez y siete horas con la tragedia del invierno.
In Dreams. La bailamos, claro, y el ron guatemalteco
giraba, volaba con traje de kusillo por la antigüedad de los muros interiores.
Mi último cumpleaños vi a mis dos sobrinos, uno boliviano, otro argentino,
enfrascados en la danza del perreo con vecinas gringas. Sorbo el ron, Zacapa
quizá o con nombre de santa, ron negro de la Guayana, panameño en artísticas
botellitas.
Leo sobre
las expediciones de cacería humana que se auspiciaba como turismo durante la
guerra de Bosnia, en el sitio de Sarajevo. La justicia italiana está en eso, ha
recibido denuncias de ciudadanos suyos yendo a cazar seres humanos, con rifles
de alta potencia, desde las colinas de la ciudad.
Mi hotel
estaba en una de esas colinas. Desde allí se veía el río con sus casonas
regadas de balas. Sitio ideal para sentarse con unas cervezas, un quitasol,
gafas oscuras, a matar transeúntes que se animaran en las calles. Pérfidos
instintos, más que comunes lastimosamente. ¿Quién sabe lo no dicho? Cuánto que
jamás se dirá… Sarajevo fue ciudad que me impactó. Quisiera regresar. No niego
que hay sensaciones de desasosiego y hasta terror. Está en el aire, algo está
en el aire. He visto ruinas de edificios bombardeados por los aliados en
Belgrado. Los dejaron así para recuerdo en el futuro. Pero Belgrado carece de
esa mácula insalvable que pesa sobre Sarajevo. Negrura que se hace muy palpable
cuando atravesando un cartel en una colina se penetra en parte de la ciudad que
los mapas describían como East Sarajevo. Otro mundo. Sin mezquitas ni
turbantes. Casi se podría decir pieles más claras pero una muy clara separación
con el otro Sarajevo. Mecha que no se ha apagado. Igual a la de Kosovo, en
Serbia; cuando los serbios ponen la mano al pecho y recitan “Kosovo en el
corazón”. Pareciera que la historia ha avanzado en vano. Aquí en Bolivia se
pinta de guerra racial un conflicto que en el fondo es comercial: el narcotráfico
contra el estado. Pero vale para los jerarcas utilizar el eterno argumento de
la raza, que ha de explotar cuando menos lo pensamos, nuestra Ruanda local.
Sarajevo y
el teléfono a Betanzos, a Denver, Cochabamba… Fechas de historia y de zozobra.
Un año ya. Este de ahora corre como desalmado mientras que el anterior andaba
cansino y discapacitado. Se soltaron las riendas del tiempo, se desbocaron los
caballos y no se quedarán congelados como en Kaputt sino que acelerarán en inevitable apocalipsis.
No miro
humos desde mi ventanal. Se diría que no hay incendios pero sí los hay. La
lacra intratable que echa lodo sobre el porvenir tiene que ser extinta cuanto
antes. No significa que no haya otros males. Ya lidiaremos con ellos, hoy
existe la premura de deshacerse del mal mayor. Demasiado hemos condescendido
con ello. Tanto que hasta me cuestiono mi apreciación de la historia,
recapacito para hallar si no me equivoqué, si no eran ficciones lo que la
ignorante juventud proveyó. El presente invalida muchísimas lecturas de ayer.
Las opciones deben ser drásticas. Dejemos la lírica para los poetas; tiempo de
realidades.
En sueños…
Y sí, hay que vivir con sueños y entre sueños al mismo tiempo. Sin olvidar,
esta vez, lo que se cierne sobre nosotros en aura de falsas santidades. Quedan
atrás, en el 2018, los bailes de la Clarkson Street. Maravillosos, por cierto,
pero ya distantes. No solo hay que mirar adelante sino de frente.
Los
piamonteses se reúnen alrededor de la bagna cauda. Alrededor de ella, hasta
1983, juntamos la amplia familia cordobesa por las mismas razones. Luego se
extinguió. En un frustrado viaje hacia Marsella llamé a alguna de mis primas
para saludar. Cierta estación de Alta Córdoba, aires de estancadas décadas
flotando. Terminaba de leer algo acerca de Piglia. El tren siguió su curso, al
norte esta vez. Otra historia comenzó. Y terminó como se acaba esta. Ni
Marsella ni Córdoba, quién sabe el nuevo derrotero.
Los rusos han bombardeado otra vez Poltava.
Hermosa ciudad que se ha ido desvaneciendo en mi memoria, escondiéndose, mejor
dicho. Tanto ha ocurrido desde entonces. Hablamos de Poltava cuando yo estaba
en Denver el año pasado. Alguien te preguntaba sobre Ucrania. Yo estaba frente
a la municipalidad, recuerdo, en pleno centro. Ahora, con la mente calma,
vislumbro los detalles de esa conversación y mucho más. Durante la celebración
de San Juan, ya sin fogatas en Cochabamba, los fuegos de Moscú sirvieron para
recalentar la leche de tigre y dorar los hot dogs. Al menos eso. Que si no
tengo piedad por aquella ciudad y utilizo su tragedia para distraerme y
recordar, diré que no, piedad ninguna. Tanto he amado Rusia…
Texto que
sale a cuentagotas. Asuntos muy terrestres me obligan a participar de esta
debacle de tipo africano que se cierne sobre nosotros, impide dedicar minutos a
la escritura. Pero, ya está, mosaico, amalgama de imágenes. Contextos que
parecieran no ligarse entre sí y sin embargo se ligan. Presencias
imperecederas; sensaciones lo mismo.
El agua
carga sabor de metal. Mejor la tiro en el lavabo. Quién sabe lo que esconde.
Una manzana verde puede bien ser púrpura en la realidad paralela. Chillidos
inhumanos, sin distinción de sexos, pléyade de analfabetos presidenciables,
incomprensibles balbuceos cubiertos de esputo esmeralda dice que sagrado. Mejor
callar.
Sueños… Por
cierto no es Shakespeare… Canta, Roy Orbison…
26/06/2026
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Imagen: Marianne von Werefkin

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