Wednesday, October 12, 2011

Los rusos/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Difícil dar una característica genérica de una multitud de pueblos. Convivo con georgianos, armenios, rusos blancos, ucranianos, hebreos, rusos rusos y algunos asiáticos cuya diversidad étnica excede a aquellos de origen europeo. Lo cierto es que todos ellos, después de la euforia de los primeros años en Estados Unidos, reseñan con nostalgia el tiempo en que juntos formaban la Unión Soviética. A pesar de los errores, del pésimo manejo del estado comunista, la vida no ha mejorado sustancialmente aquí.

Hablo de la gente de más de cuarenta años. Algunos recuerdan la guerra todavía: eran muchachos; otros nacieron durante el conflicto. Atesoran, quizá impensadamente, el orgullo del triunfo. El tiempo tiende a borrar los defectos y su recuerdo de Rusia (Unión Soviética) es aquel de importancia y poder. Luego de una calurosa acogida norteamericana a los que preferían dejar su patria para trasladarse al sueño americano, la mayoría de ellos pasaron a engrosar las legiones de culturas y naciones que habitan modestamente en medio de la ostentación del nuevo mundo. Los rusos tratan de reunirse y de vivir en complejos habitacionales específicos. En Denver, Colorado, un barrio entero se convirtió en la Pequeña Rusia. La municipalidad incluso les construyó un parque como señal de aprecio. Hoy, cinco años después, el parque Mir cobija los domingos a un multitudinario México. Los pocos rusos que quedan en los vetustos edificios, canosos y malvestidos, observan la acelerada destrucción de su mundo. Rara avis que añora la época en que fueron algo. Con los pies sobre alfombras kazajas de segunda calidad, con un periódico que todavía pregona las ventajas del nuevo país en la lengua madre, y un reducido canal televisivo, el ruso se ha vuelto más enigmático, apenas aparece en el umbral. Las atronadoras bandas norteñas, acordeón y pistolón, se afianzan ya con descaro en este proceso de conquista imposible de parar.

Me gusta sentarme y escucharlos. Doy gracias a la posibilidad de aprender, con todas las desviaciones que el relato personal puede cargar, historia soviética de primera mano. Hay mayor riqueza en estas voces que en el adusto, aunque no menos hermoso, texto escrito. Y aprendo verbo también, lo malo primero -como se debe-. De pronto leo un artículo en el New Yorker y me doy cuenta que la lengua que me enseñan no viene a ser académica sino jerga, subidioma que se basa en cuatro palabras fundamentales, todas de connotación sexual. La maldición más expresiva, la única que utilizo por sus infinitas implicaciones es "bliad" que tanto llega a ser "puta madre", "coño" y "muérete".

Los amigos "rusos" cargan un cúmulo de defectos, pero la cercanía de su forma de vida a la nuestra los hace comprensibles. Indisciplina, falta de respeto a la ley, constante actitud de revuelta y etcéteras nos hermanan. Taras tercermundistas señalan. Quizá, pero en el mutuo contacto de dos extranjeros similares en tierra ajena se hace difícil esconder un sentimiento de solidaridad.

Con ellos conozco Sochi, el balneario del Mar Negro, el vino blanco de Georgia, el borsch y las albóndigas de carnes de res y puerco mezcladas. La fortaleza de Suram, Jarkov... Para adentrarme, pasada la medianoche, en aquel rincón de ensueño, retomo a Sholojov y me hundo en la labor primaveral de la estepa de combatir el lodo.
2/6/04

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Publicado en Opinión (Cochabamba), junio, 2004

Imagen: Afiche anticapitalista ruso en los EUA

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