Friday, December 30, 2011

Diario secreto: poética de lo macabro


Por: Mijail Miranda Zapata


Semanas después de conocerse el fallo del jurado del Premio Nacional de Novela, se habló mucho de las cualidades narrativas de Claudio Ferrufino-Coqueugniot (CFC). No obstante, el debate centrado en los recursos formales y estilísticos del oficio corrió en desmedro del análisis de contenido y sus diversas interpretaciones. A partir de este espacio se propone reencausar el curso de las discusiones.

No resultará extraño que la novela desate polémica. Si bien esto derivaría positivamente en la apertura de renovados espacios de diálogo, deben evitarse las lecturas apresuradas que degenerarían la complejidad de la obra en prejuicios pacatos y tendenciosos, capaces de provocar su censura.

A primera vista el libro ofrece un personaje sórdido, impregnado de fetiches y hábitos psiquiátricamente patológicos. Aun así nos resulta atractivo, siendo esta confrontación de emociones el anzuelo usado por el novelista para envolver al desprevenido lector que, con el transcurrir de las páginas, se convertirá en cómplice y autor de crímenes espantosos. Los límites de la imaginación y la decadencia son tan cercanos como imperceptibles.

Los capítulos iniciales parecen proponer un manifiesto ético y estético, denotando la ambición del autor respecto a los alcances de su obra. A su vez una serie de secuencias anecdóticas devienen en la diagramación milimétrica del universo total de Diario Secreto. Muestra clara de la fortaleza narrativa de CFC, ya demostrada en trabajos anteriores (El señor don Rómulo, Segunda Mención Premio de Novela Casa de las Américas 2002; El exilio voluntario, Premio de Novela Casa de las Américas 2009).

Llegado este punto conviene reconsiderar la lectura. Si enfilar el dedo índice hacia el prójimo más cercano y azuzar el fuego del veto son nuestros pasatiempo preferidos, no valdrá la pena desperdiciar las vísperas navideñas para adentrarnos en el sombrío territorio esbozado por CFC. Oscuridad que, por cierto, no es ajena a ninguno de nosotros. De esta última afirmación puede deducirse que la novela es una interpelación directa al lector, mediante la visibilización de sus pulsiones más básicas y ecuménicas, que estremecido en el banquillo de los acusados no podrá hacer más que admitir la culpa de su violencia y sus depravaciones.

Adentrándonos en la historia, impresiona un capítulo en especial. En éste uno de los personajes secundarios nos introduce a su relación con el principal. Quizás el minucioso relato de ese microcosmos propicie la certeza de saber que somos víctimas de un cruel prestidigitador que no hace más que proporcionarnos sufrimiento. Una extraña metáfora que nos concibe dioses y mártires a la vez, una elaborada forma de oxímoron. En todo caso nada más impresionante que esta revelación. Habiendo abordado los develamientos, quizás el más triste sea el de saber que este psicópata no es un personaje ficticio, sino la humanidad entera. No será difícil reconocer frases cotidianas que, en este caso, son presentadas como las de un demente. Triste constatación de nuestras miserias.

De igual forma los personajes exponen una racionalización exacerbada, casi a modo de justificación, de comportamientos malsanos y sin embargo inherentes al ser humano. Rotunda contradicción en la que nos sumerge CFC. Es así que asumir la humanidad desde la sangrienta experiencia de la memoria se constituye en una actitud frente al mundo. Reconstruirnos desde nuestro morbo por el sufrimiento y el dolor ajenos para prescindir luego de estos rústicos pastiches de humanidad. Ir aún más allá de la realidad expuesta, transgredirla, penetrarla, traspasarla. Asesinar el tiempo y sus evocaciones, quedar suspendidos en las insondables praderas de lo eterno, la divinidad hecha carne. Entonces entra en escena la sexualidad entendida como ritual. Resulta necesaria la revalorización del sexo como elemento esencial de transgresión, en tiempos en los que pululan manuales de felación y cunnilingus. Una enajenación de la sexualidad a las huestes del desparpajo moralizante y sublimante. Una vez más la exaltación de las pulsiones primarias. ¿Desenfreno y perversión para vaciar de maldades el mundo? Una alternativa más.

Por otra parte, Diario Secreto de alguna forma rememora el film francés Mártires, en el que una secta científico-religiosa mistifica la trashumación de la vida a la muerte. Algo debe encerrar este viaje que los genios de Pascal Laugier y CFC se ocuparon de él desde perspectivas apenas distintas. Tampoco puede obviarse la cercanía de este trabajo a La naranja mecánica, más a la de Kubrick que a la de Burgess, las obras del Marqués de Sade o las de la austriaca Elfriede Jelinek. En cualquiera de los casos la violencia y la sexualidad explícitos no son gratuitos y responden más bien a una tradición literaria y cinematográfica que sabe provocar, cuestionar, indisponer y catalizar sus contenidos a un terreno propicio para una introspección cabal y diáfana, sin los vicios de la moralina y los tabúes. El acercamiento a Sade llega incluso más lejos, siendo ambas obras artísticas un solo imaginario capaz de concentrar las vertientes de alguna forma nueva de religiosidad. Una extravagante y lúcida manera de pensar el mundo prosaico, entendiéndolo simplemente como elemento secundario de un cáliz distinto, complementario, vital y eternizante.

Diario Secreto es, también, una obra poética en todas sus proporciones. De alto contenido metafórico, con una construcción de imágenes indelebles, tan violentas como surreales, en algunos casos, y un ritmo trepidante, envolvente, incisivo. El conjunto de la novela reúne cualidades dignas de un gran poema. Poética de lo macabro podría decirse. Un frente a frente, creador y espectador. Una sucesión de imágenes, sonidos, olores, texturas y un sinfín de sensaciones en extremo viscerales. Un devenir certero de reproches, culpas y verdades. Así, esta poética de lo macabro concluye siendo un severo cuestionamiento a la cultura de la violencia y la guerra que envuelven el desarrollo de nuestra civilización. Así, también, concluye la novela. Desafiándonos a encarar el mundo de nuevo, repensar nuestras acciones cotidianas, las nimiedades que propician nuestra autodestrucción.

Para finalizar cabe hacer una última advertencia a los posibles lectores. Inhóspitos parajes aguardan en esas páginas, terrenos lodosos, oscuros y húmedos recovecos. Nada más cercano a nuestra intimidad. Cuidado, podría ser descubierto en su goce más insano o sus secretos más grotescos.

revolucionkbx@gmail.com

Publicado en La Ramona (Opinión/Cochabamba), 25/12/2011

Imagen: Portada de la novela

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