Monday, February 9, 2015

Entre la ausencia y la muerte/ Lectura de Apuntes para dos soledades de Claudio Ferrufino-Coqueugniot


ELENA FERRUFINO COQUEUGNIOT

Claudio Ferrufino irrumpe, desde temprana edad, en el ámbito de la poesía y las letras bolivianas, con una expresión nueva y de “nervios exquisitos”, como señala Juan Quirós, “transporta la realidad a su imaginación y, allí, la macera y convierte en arcilla del alma”. Su obra es un grito que se debate entre la angustia y la esperanza. Con un estilo depurado, nos transporta a un mundo donde las pasiones profundas pujan por liberarse y donde las obsesiones delimitan un camino de dolor y de muerte. Claudio Ferrufino-Coqueugniot marca, indudablemente, una revolución poética en nuestro medio. Se trata, como lo afirma él mismo, de un “artesano de la imagen”, un poeta en busca de un lenguaje nuevo, de un acento propio que, sin llegar a ser una innovación total como la de Vallejo, va más allá de nuestras experiencias conocidas. Se trata de un lenguaje abrupto, preciso, devastador. La expresión de Ferrufino tiene la fuerza de un quejido, un grito unas veces sensual, al estilo baudeleriano, y otras profundamente amargo como el de Villon.

Apuntes para dos soledades es un diario en el que el poeta, más que describir lugares o situaciones, da rienda suelta a sus obsesiones: la mujer, la agonía entre el tiempo, la ausencia y la muerte, la orfandad y el desamparo del hombre, el hogar lejano, la madre.

El texto nos sitúa, desde el primer momento, en el marco ambivalente del recuerdo y la realidad, del pasado y el presente, de la compañía y del desamparo. “De pronto recordé algo tuyo: un abrazo”. La mujer se transforma en el hilo conductor de una existencia que, por ella, lo subyuga en el recuerdo de un pasado feliz, caluroso, y lo abruma con la realidad de un presente oscuro, solo. El ser femenino adquiere proporciones divinas, barajando a su antojo el destino del hombre, del Poeta: “Amor, ten las yemas de mis dedos un momento. Sóplales tu aliento”. Ferrufino-Coqueugniot está encerrado en el recuerdo y revive el pasado, el hogar feliz y unitario, y todo el pasado viene a abismarse en el presente como un hueco que eternamente se llena de ausencia asediante de todo lo muerto y lo no nato: “Faltas. Mis manos se cuecen de silencio”.

Esta angustia se refleja en un estilo exquisito, directo, punzante. Frases breves, sustantivos mordaces, imágenes que se convierten en símbolos de la obsesión del vacío y de la muerte: “La bruma se va apoderando del espacio. Pronto el planeta que me rodea será un lienzo blanco ¿Dónde estará el pintor que ponga la vida otra vez y dónde el carpintero que enmarque el sueño con los dones de la cordura?”

Apuntes para dos soledades es la angustia ante el universo y, más aún, la angustia del tiempo. El tiempo en su girar nos trae siempre al mismo momento del presente, el mismo peso del pasado que nos agobiará, siempre el mismo, en el futuro: “El tiempo en su largo viaje nómada, dejó acá su ropaje otoñal, tanto que no ha vuelto a buscarlo”. Porvenir y pretérito se fundan en la indiferenciación, pues lo único que hay es el vasto y desierto presente que se repite, que está ahí: “Nada es visible. El portero de la mañana se olvidó de descorrer el velo del sol. Yacemos como fusilados que esperan el tiro de gracia… sin alrededor. Con luces artificiales tratamos de aprehender los secretos de la niebla”. El espacio se resume en los laberintos de su espíritu, que lo hacen un ser extraordinario, diferente del resto, otro voyant, como Rimbaud: “No hay bahía ni vecinos. Las escaleras del segundo piso, solitarias, son una invitación a la locura. Elevarse, sin temor y lindar con las estrellas”. El Poeta es el único ser que tiene acceso a la locura, estado privilegiado que lo coloca por encima de los demás hombres y lo acerca a la divinidad.

En el mismo instante, y como en contraposición a ese estatismo, el texto nos presenta otra visión del tiempo; la simbología de aviones, trenes y barcos, es la del viaje eterno, del continuo adiós, del vagar sin fin; marcando, asimismo, la sensación de desamparo, de alejamiento de la tierra y del hogar: “El viento se distrae con las nubes. Su movimiento hipnotiza a las gaviotas. Los nimbos se enroscan cual pesadillas. Y sobre el trozo de cielo gris se recorta la figura de un barco fantasma: el Holandés errante continúa su viaje sin fin”. El mundo fantasmagórico del más allá inunda todo el ámbito del recuerdo: “Bosques, bosques de Alemania, donde besé el fantasma de mis ilusiones ¡Oh, miseria!” Se agiganta el abismo entre un espacio ideal y la realidad imperfecta y limitada, y la angustia y el sentimiento del absurdo se hacen más y más punzantes: “Es raro que lo antiguo hermoso pueda ser triste un día. Entonces nos preguntamos si no somos parte de un absurdo, meras notas de una armónica desafinada”.

Pero el tiempo, que es la trama misma de la vida, mata, y la muerte que en un momento dado nos arroja de él y nos quita la vida, está, sin embargo, en ella, la nutre y se nutre a sí misma de sustancia humana. La muerte es presencia en cada página del texto y se plasma en él como una obsesión progresiva que va desde el anhelo del suicidio, hasta la propia visión del fin del poeta. El papel de la mujer es preponderante, pues ella es la que determina este sendero abrupto, que no admite otro destino: “Amiga mía, de diez escalones que llevaban a ti, nueve se han roto; el otro es una invitación a la cuerda, utensilio propicio para la muerte…”. Mas este “lacónico suceso”, como diría Vallejo, está rodeado de un aliento dulce y de una sensación de paz infinita: “Amar a Conrad es amar la dulzura de lo efímero, el minuto en que la soga estrecha el cuello y te ahorca, hermanándote con el olvido”. El Poeta, sumido en la angustia de las horas y de la ausencia se hermana con otros tantos -Nerval, Pascin, Morrison…- que como él prefirieron el “encanto” del más allá a la sórdida realidad; relatando la manera en que los turistas que visitaban el cementerio Père Lachaise, “gozaban desgajando con flashes las tumbas de los grandes. Atropellados, restaron a la muerte su encanto…”.

Pasado este primer momento de alucinaciones suicidas, Ferrufino-Coqueugniot añora el fin, pero esta vez, acompañado. La muerte es vista como la posibilidad de unión amorosa universal: “Te hubiese llevado de la mano, amor, entre las almas y los muros grises…”. Buena parte del texto está dedicada al recuerdo de la visita al cementerio parisién, subrayando así el carácter obsesivo y necromaniaco del poeta, que se transforma, a su vez, en un recinto mortuorio: “Hoy mi espíritu es polígamo y amo sin excepción todos los nichos de mi mausoleo”. Esta transformación, sin embargo, no se detiene ahí, el autor-mausoleo pasa a ser el cadáver devorado por las “larvas de tristeza que (lo) perforan”.

Este sino trágico que marca su existencia está también presente en la sensación de destierro: “He de salir de mi encierro. Tengo ánimos de ver las hojas multicolores luego de la lluvia. Es algo que allá, en Bolivia, practicaba con asiduidad. Claro que aquella era mi tierra y ésta aún no se me ha ofrendado”. Claudio Ferrufino-Coqueugniot está huérfano, lejos de su patria, del hogar, de la madre: “… mi madre se hizo ausente hasta la desesperación”. El Poeta se identifica, así, con la voz del niño que fue, habla desde aquel niño, aboliendo la distancia entre el entonces y el ahora, cancelando el paso del reloj: “…aquí retomé el hogar, el olor a comida casera…”. La mujer cede paso a la madre, único asidero indeleble del poeta: “Ha llegado una carta de mi madre. Abriré su voz a mis oídos. Por ahora renuncio a continuar. Amor, es un poco renunciar a ti a la vez…”.

Como ayer en el hogar, con la madre y los hermanos. Como mañana, después de la revolución o del apocalipsis, en el nuevo hogar protegido por la nueva madre. Entre ayer y ese mañana son los tiempos de penuria: el tiempo…

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Revista Nispa Ninku, Universidad Mayor de San Simón, 01/05/1988

Imagen: Masahisa Fukase/La soledad de los cuervos, 1977


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