Wednesday, November 2, 2016

Variación sobre una misa de difuntos de 1987/MADRID-COCHABAMBA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Villa México es una inmensa barriada al sur de Cochabamba. Solo viento y polvo que inunda los sentidos. Polvo que amenaza, hiende y conquista las chicherías amargas, por el nombre amargo que les ponen: Rincón desesperado, Nada soy sin ti… Polvo amarillo y marrón, de arena o de excremento, en medio de acequias donde niños dejan correr ramitas de molle como si fuesen barcos, flotando sus sueños. En general, la pobreza se ha enseñoreado de las casas, así alguna sobresalga con estructura de hormigón y ladrillo, elevándose sobre el resto igual a hongo de glande abierto.

Tierra esta de blancos pendones, aqhallantus de burda tela mal cortada, posadas en las cuales, tras las vides grisáceas, se esconden los demonios. La chicha habita los rincones como orín del infierno. Su don apacible es un beso de cuchillos. Los pendones eran por lo común blancos, rojos a veces. Cuando la muerte visitaba la familia de la chichera colgaban un rombo negro en señal de pesar.

Renán trabajaba mientras el resto de nosotros contemplaba veredas. Un día apareció con sugerente invitación: una misa de difuntos en Villa México. Prometió bebida, mucha; quizá, con suerte, algún culo de entre las dolientes. Cuando la tragedia ronda, es cuando más cerca se está de culminar un coito, decía. Además una misa de difuntos, misa de año, es para sacarse de encima el dolor. Todo vale entonces porque las reglas se han roto, incluso las divinas para las cuales se ha cumplido un período de doce meses de abstinencia y lamentación.

La cita quedó para un sábado, a las ocho de la mañana, en la iglesia. El viernes me secuestró el alcohol, me tuvo incomunicado, maniatado y amanecí a mediodía, bien pasada ya la ceremonia. Se habían marchado. El sol de arriba no dejaba rastros, menos que en la tierra abajo, y cegato me bamboleaba entre el efecto del metanol y el brillo.

Llamé a Chino, que hoy forma parte de las huestes de los muertos, a quien se extraña y envidia. Con su mutismo casi absoluto habrá en cielo o infierno seducido a las once mil vírgenes que los musulmanes guardan mentirosamente para sí y que vagan sin guardia por los bosques en los que se esconden las once mil vergas de Apollinaire. Lugar de promisión, si se lo ve de esta manera, comparado con este vendaval de inmisericorde polvo.

Arribamos en micro a Villa México. Nos abandonó a la entrada de la en apariencia más notoria chichería de la barriada, el Rincón de la amargura, preámbulo de la siguiente Rincón desesperado y del tercer rincón ya en las estribaciones del cerro, con vista al desértico río Tamborada y que apodaban el Rincón de la nada.

Anoté, en 1987: “La Villa semejaba una inmensa y cansada madre por cuyas venas se agitaba el polvo”. Luego de extrañas dificultades, sombríos personajes y falsas direcciones, nos guiamos por la música de banda hasta el lugar donde se festejaba la muerte. El lecho del Tamborada hacía de frontera hacia el lado sur. En medio de basuras crecían matas verde pálido. Cuando aparecimos, los amigos orinaban afuera con ojos llenos de vidrio. Nos abrazaron con pegajosas manos y penetramos la región de los difuntos, donde en macabro coro, en sonsonete de llantos y rezos, mujercitas de tez morena y mantas negras expresaban dolor, cantando loas al muertito, marido de una de ellas, quien llevaba ya un año apretujado en un nicho y tanto como su otrora esposa quería liberarse de su condición oprimida y disolverse en el aire.

Los invitados se levantaban al unísono, como en las famosas “olas” del fútbol y procedían a orar. No quedaba otra, a persignarse, y a balbucear jaculatorias deshiladas e incomprensibles. Mentir y mentirnos que estábamos allí para otra cosa y no para relacionarnos de manera alguna con el muerto y sus virtudes, mirando de reojo a donde refulgía el verde de las Taquiñas y se enfriaba la chicha en cántaros rodeados de barras de hielo.

Murmullos en quechua, algo que quizá no estaba al alcance de nuestra comprensión. Ligazones con una memoria colectiva antigua y dolorosa, con dioses nuevos encaramados sobre los otros y estos, a su vez, devorando los talones de santos, cristos y vírgenes en palios florecidos de azahar. Lucha de principio, lucha interna. Caín y Abel dentro de cada uno, celándose, odiando, queriendo matar el uno al otro así ello significase el matarse a sí mismo. Llanto de los mestizos, que es más funesto que el grito del urubú.

Chicha lechosa se encaramaba hasta el cerebro. Las oraciones habían disminuido. A ratos alguien se arrodillaba, persignaba mil veces y volvía a su asiento. La mente era un mar de leche alcoholizada. Pedimos baile y lo prohibieron por el luto. No es hora todavía. Quedaba sentarse y beber sistemáticamente en la penumbra de un piso de tierra.

(Larga tarde que tenías forma de vaso)

A medianoche, como ante un irrenunciable llamado, los ebrios se levantaron. La viuda completa de negro puso una sábana blanca sobre los hombros del compadre de su finado esposo. Bajo las estrellas que no brillaban nada salimos en procesión rumbo al río. Viuda y ensabanado iban tomados del brazo. El compadre, representando al muerto, gemía. Su voz de tristeza aterradora. Creí que estábamos en los linderos de otra vida; los bordes de la realidad se evaporaban. No caí aún en cuenta que estábamos a punto de desterrar a un alma hacia lo desconocido, para que dejara de joder a los vivos. Pragmatismo puro: o penas o continúas.

No quería perder detalle. La borrachera se me hizo a un lado. No me abandones, le pedí; espera. Ahora el muerto aullaba. En esta tierra no hay lobos ni coyotes; aullaba como un perro famélico, poseído.

La viuda se detuvo en un borde, un risco de dos metros junto al hilillo de agua tumefacta. Inició una recogida de piedras que fue amontonando a sus pies. Pronto las comenzó a arrojar al fantasma de la sábana, horadándole el cráneo y magullando los músculos. Atacaba la imagen de su hombre, de su pasado. Gritaba que la dejase en paz, que lo había llorado bastante. Entre sombras y perfiles de arbustos el espectro blanco huía, tratando de evitar los piedrazos, hasta desaparecer, cubierto de rocas su cuerpo. Luz blanca que se escurría lastimera por las orillas del arroyo. No lo puedo olvidar.

Ya se había ido el fantasma y la viuda reapareció un poco pasada la medianoche. Procedió a quitarse los lutos mientras las comadres la vestían de colores alegres. Ayudé a avivar el fuego donde pusieron las prendas quitadas y pensé que toda vida es susceptible de perecer, incluido el recuerdo y el afecto. Como por magia aparecieron guitarras y se agitaron pañuelos. La cueca comenzaba en Villa México. Los hombres pudieron fornicar con libertad sobre las mesas y contemplar los pechos de la ex viuda; mis amigos andaban de cuatro patas como canes arrechos. Me fui durmiendo con la voz cantora de Renán que se posesionaba de lo obscuro…
22/07/14


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Publicado en MADRID-COCHABAMBA (Cartografía del desastre), con Pablo Cerezal. 3600 Editores, La Paz, 2015; Lupercalia, Madrid, 2016

Imagen: Tejido de Paracas

2 comments:

  1. Bien escrito, descriptivo, ameno y cierto

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    1. El texto original, mío, es de 1987. Lo retoqué un poco, pero es básicamente el mismo.Saludos, Fernando.

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