Tuesday, October 19, 2021

Nostalgias


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
 

 

Reímos con Pablo Cerezal en Messenger, hablando mal de la gente. Chismosas viejas, en eso nos convertimos, pero divierte. Comentario machista, el mío, porque podría decir viejos. Miento, Pablo es un Hell Angel y no cuchichearía nada indispuesto.

 

Nostalgia a raíz de unas fotos que provee el IPhone porque es más inteligente que nosotros, incluso prepara un video con las diapositivas de un octubre 19 del año de 2018, cuando todavía la peste dormía entre chinos, canibalescos instintos y malaria. Fever, la fiebre, fièvre. ¿Quién creería entonces, mientras comenzábamos con Miguel y vermouths en Lhardy? Con tentempiés de anchoas y atún. La bonhomía del gran Sánchez-Ostiz, de quien decía Ramón Rocha Monroy que debía tratarlo de “usted”, su risa inolvidable y la palabra siempre precisa y dañina de ser necesario, transformadora de la realidad como espejos del Callejón del Gato.

 

Escucho Hervé Vilard, Capri c'est fini. “Nous n'irons plus jamais”. No iremos nunca más a tantos lados, no solo por los caminos del amor sino por variadas sendas de olvido y floripondio, de olores de romero e hinojo creciendo al lado de la pila del patio de una casa cochabambina. Al tiempo cuando las vinchucas paseaban en formación militar y los compadres traían arrope dulce para beber. En la nostalgia a veces se desvanecen distancias entre el bien y el mal, entre el desfallecimiento debido a la picadura de insectos mortales o el brillante amarillo de retamas creciendo por sobre cascajo de ríos muertos. No, nous n'irons plus jamais, y ya no te recitaré Apollinaire en francés, así te llames Madeleine, o Francine Gloria Pilar Elisabeth Daniela. No saltaré a tu cuello con ánimo de estrangularte a puertas del Wunder Bar, ni lloraré arrepentido de tocar tu blanca garganta que semeja un cáliz. La banda ataca un bolero de caballería; por las calles de Punata, relataba el subprefecto, trashuma la banda ebria rumbo al cementerio. Los brigadistas internacionales bajan de la sierra Pandols, cantando, rumbo a la muerte… Misterio, estamos ante el misterio, dentro de él.

 

Todos los peruanos de Madrid son unos hijos de puta, dice Miguel. En el Café Gijón lo muestran. Me desairan como boliviano. Los indios dirán que no le sirvas al indio de mierda. Lo he visto tanto, en todo lado. El primer día de la emigración me aconsejaron: no trabajes para griegos, ni coreanos y menos trabajes para los tuyos. Llovía en Virginia porque había derrumbádose el frío en los tejados. Sorbía una cerveza helada en la barra mientras sonaba en el disco Pretty Woman.

 

Octubre, Madrid. Antes de ir a Roma fuimos al Reina Sofía, a una exhibición del avant garde ruso. Mis amigos Osip Brik y Mayakovski. El Lissitzky. La cámara de Rodchenko. Dominique y Miguel, en cuya casa he estado mis días madrileños, rodeado del calor humano de esta gente preciosa, y de monstruosas figuras del fondo del África negra, que de palomas de Picasso no está hecho el mundo sino del drama de las máscaras, de vida escondida detrás de fachadas de madera, pintadas con rojo de sangre. Bebemos un Herederos del Marqués de Riscal, del mejor Rioja. A Francisco Canaro le gustaba el original Marqués de Riscal. Lo inspiraría para los gloriosos, y llorosos, tangos de antes del año 34, para los ojos de Ada Falcón, no sé qué me han hecho tus ojos, qué me hicieron los tuyos Francine, si eran todo cielo y no existía mácula que presagiara desastre. Bebemos Old Parr. Miguel duerme y lo cubrimos, Pablo y yo, con una frazada. Dominique, sentada con su vaso de scotch, observa. Conversamos, de qué ya ni me acuerdo. Traíamos humos de muchas horas y litros de intoxicados brebajes. Un día preparé un fricasé; mentí que era paceño porque venía del valle, pero tenía el aceitoso púrpura del ají que lo hace bueno, y papa blanca como icebergs en el averno.

 

19 de octubre. Tres años han pasado, tres inviernos, una pierna rota, una hermana muerta, amigos fallecidos, poco nacido, miedo. “Mi vida, lucerito sin vela, mi sangre de la herida, no me hagas sufrir más. Mi vida, bala perdida…”, canta Manu Chao. Nadie quiere que te vayas, tantas eres idas que no puedo discernir cuál era cuál. Las manzanas del Edén todas masticadas por mí. Merezco castigo eterno; quise beber de las fuentes, quiero todavía. Me arrodillo, no buscando un arroyo helado de montaña sino tu cálido veneno color azafrán.

 

Pues, Pablo Cerezal, Miguel Sánchez-Ostiz, Dominique, Sabah, aquellos días resuenan como platillos de diablada en mis oídos. Agradecerles, claro, pero más pensarlos. La vida no escapa, y no iremos nunca más por donde fuimos, nous n'irons plus jamais, por supuesto que no. Lo que trillamos trillado está y hay nuevo trigo por segar. Total, el desorejado holandés lo estará siempre pintando, por la eternidad.

19/10/2021

 

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Imagen: En algún lugar de aquel Madrid

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