Tuesday, July 7, 2026

Y seguimos conversando


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

He pensado en tantos comienzos para este texto. Incluso hoy decidí hablar de sombras pero lo he desechado. Al amanecer miraba alrededor, un resquicio de luz por entre las mal cerradas persianas, algún perfume, historias de limpias, de macumbas, de “entidades” que nos acompañan. Tanto imaginé que horas después, mientras calentaba una sopa de fideos estilo cochabambino, algo se paró a mi lado. Nada, cuando miré. Sería mi “entidad” asignada, quién sabe. No me burlo de ello y siempre he tenido temor y respeto por los burdos tallados de madera del Camerún, no aquellas fantásticas máscaras sino extraños seres que no buscan belleza pero sin embargo protegen los entornos de las casas y sus interiores desde unas tallas malamente realizadas pero poderosos. Evité comprarlos, que los vendían los traficantes de objetos tribales en Denver. Preferí incluso las máscaras mortuorias punu, incluso sabiendo que habían sido arrebatadas de mujeres cuya ánima había ya volado, posiblemente a los inventados sueños de Blaise Cendrars.

 

Miro fotos. Épocas tristes, alegres, solas y otra vez solas. En la calle Clarkson tomaba un hirviente baño con esencias mientras sorbía un aromático vaso de Zacapa. Mejor si era invierno, mejor si la tormenta hacía temblar la vetusta casa, viento ululando por los pasillos, hasta los departamentos individuales del tercer piso, apenas abajo del tejado. Nunca me pesó la soledad. Llegué y viví solo en Estados Unidos, con eventuales amores y trabajo a destajo, a modo de Stajanov. Varias temporadas en que nadie más que yo caminaba mi espacio, las hijas se habían trasladado a Vermont con su madre. Los largos desvaríos del matrimonio y plácidos diez años postreros. Allí quiso sentar poder la señora del olvido pero no lo permití. Luego de un extenso periplo mi avión descendió en Odesa y desde allí hablé de una existencia reanimada. Al día siguiente Anastasia me buscó muy temprano en el hotel. Cabellos rojos del otoño. Fuimos al aeropuerto a buscar mis maletas que no salieron a tiempo de Estambul. Frescas manos del otoño. Claros ojos y, junto a mí, tomábamos retratos de los atamanes y del gran Bábel. Desde arriba de la escalinata de El acorazado Potemkin se miraba el mar, costas lejanas que supuse Crimea sin serlo. Cerca de la tumba de Aquiles, sangre fresca de la bella y sacrificada Políxena. Rojos mechones del ocaso.

 

Pues la vida se teje de inesperados momentos y las cosas aparecen sin llamarlas. Un velo se extendió sobre mi pena y la palabra abandono murió de obsoleta. Límites destruidos o ampliados. El taxi nos devolvía al hotel. La noche había vencido las horas. Ida ella, a sus labores de artista, deambulé por la Moldavanka con el chirrido de los viejos tranvías gualda de la ciudad. Las putas no me daban bola porque andaba a pie. Se acercaban a las ventanillas abiertas de los automóviles. Algunas partían, otras no. Conversaciones de negocios, transacciones, el amor a precio de mirra. Pero eran tan hermosas las prostitutas de Odesa que Carole Lombard quedaría opacada y solitaria en un rincón. Se olía, además, su perfume en la vacía avenida, en la intersección de dos calles que de día rebalsaban de gente. Dos cuadras arriba estaba el mercado. Podría ser el Calatayud local. Similares características, radios a todo volumen, electrodomésticos, flores y fallecidos rodaballos colgados de alambres invitando a las mesas del oscuro mar. Misterio. Sombras, claro, pero luminosidad sin límites también, a pesar de que todavía se cernía el espectro de la guerra del 14 y se hablaba de la que vendría en algún momento futuro.

 

Hoy Ucrania destruyó con drones la refinería de Omsk en la Siberia. Allí viajaba mi amigo Yefim cuando volviendo de Denver se detenía en esa urbe para seguir camino a Pavlodar, al lado de la estepa maldita de Karaganda, en Kazajistán. Fuegos de fanfarria, para mí, el extendido brazo de la justicia cosaca arrastra de los pelos las veleidades del zar. Lo hizo Japón en 1904. Me acordé de Anna Karenina

 

“He left no time to regret
Kept his dick wet
With his same old safe bet
Me and my head high
And my tears dry
Get on without my guy”

Poderosa Amy Winehouse… Back to Black entre las canciones que yo mismo tocaré durante mi cremación. Debajo de la colina de San Sebastián, al arbitrio de los alaridos de las mujeres degolladas por Goyeneche. Luego esa calma de muerte que parece de terciopelo. Igual seguirán danzando kusillos y pepinos, descendiendo los diablos de las colinas de Jujuy. He visto.

 

Embriaguez empedernida la de la baja presión. Nuevas experiencias o etapas que manifiestan presencia como otras asomarán. Un dulce recuerdo y un feraz olvido, supongo. Quedarme en la intemperie de la pena no sirve. Hay tonos de verde que se agitan en el cerebro como caballos de Franz Marc. Viene un viaje al norte pero luego el del sureste y aguardo por él. Largas piernas blancas suaves debajo de un calzón púrpura, imaginando los días futuros. Escribiendo libros que muy pocos leerán pero consciente al menos que no serán expresiones de vanidosa mediocridad. Porque no me interesa vender, ni fama ni muchachas que elogien la maestría de mi arte para acercarnos. Lo hago para sentirme fraterno de Schwob, para retomar aventureros pasadizos de Dumas padre que han quedado tiesos. Domeñar el deseo de París y elegir páginas de Madame Putifar. Pareciera que en este instante pesa Francia. Sin motivo. No hay música sonando y el departamento nicho silencioso.

 

Camino por Lyon. Llueve entre los dos ríos y me protejo bajo leones metálicos de algún puente. Renata ha crecido. No corre ya entre las mesas del café donde su padre y yo compartimos un expreso. Aquel teléfono que utilizaba ha muerto de mudez. Pero no voy a escribir de sombras porque ni siquiera ellas sombras son. Por el contrario, teas encendidas que marcan los subterfugios de la oscuridad. Intensas alegrías, así efímeras hayan sido. Nada de sombras. Las contemplaré en Goya y en Piranesi y eso basta, si ganas tengo de claroscuros. Por ahora no. Brilla el sol de julio con cierto dejo de frío. Me obliga a usar chaleco que es la prenda de vestir que más aprecio. Tenían lástima de mí los anarquistas de la Internacional en el París de 1986 cuando me saltaba los controles del metro porque no tenía para pagar. Ellos, quizá algunos santos, recolectaban y me regalaban un paquetito de monedas de diez francos. Me servirían para comer, para el baguette diario, el litro de leche y el cuarto kilo de gruyere que consumiría sentado en un banco del bulevar Brune, en la puerta de Vanves. ¿Por qué tendría entonces que escribir acerca de cosas penosas? Tenía hambre pero leía historias de Cipriano Mera. Si me asalta la duda te recuerdo y me pongo bien.

07/07/2026

 

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Imagen: Dora Maar