Claudio Ferrufino-Coqueugniot
He pensado en tantos comienzos para este texto. Incluso hoy decidí hablar de sombras pero lo he desechado. Al amanecer miraba alrededor, un resquicio de luz por entre las mal cerradas persianas, algún perfume, historias de limpias, de macumbas, de “entidades” que nos acompañan. Tanto imaginé que horas después, mientras calentaba una sopa de fideos estilo cochabambino, algo se paró a mi lado. Nada, cuando miré. Sería mi “entidad” asignada, quién sabe. No me burlo de ello y siempre he tenido temor y respeto por los burdos tallados de madera del Camerún, no aquellas fantásticas máscaras sino extraños seres que no buscan belleza pero sin embargo protegen los entornos de las casas y sus interiores desde unas tallas malamente realizadas pero poderosos. Evité comprarlos, que los vendían los traficantes de objetos tribales en Denver. Preferí incluso las máscaras mortuorias punu, incluso sabiendo que habían sido arrebatadas de mujeres cuya ánima había ya volado, posiblemente a los inventados sueños de Blaise Cendrars.
Miro fotos.
Épocas tristes, alegres, solas y otra vez solas. En la calle Clarkson tomaba un
hirviente baño con esencias mientras sorbía un aromático vaso de Zacapa. Mejor
si era invierno, mejor si la tormenta hacía temblar la vetusta casa, viento
ululando por los pasillos, hasta los departamentos individuales del tercer
piso, apenas abajo del tejado. Nunca me pesó la soledad. Llegué y viví solo en
Estados Unidos, con eventuales amores y trabajo a destajo, a modo de Stajanov.
Varias temporadas en que nadie más que yo caminaba mi espacio, las hijas se habían
trasladado a Vermont con su madre. Los largos desvaríos del matrimonio y
plácidos diez años postreros. Allí quiso sentar poder la señora del olvido pero
no lo permití. Luego de un extenso periplo mi avión descendió en Odesa y desde
allí hablé de una existencia reanimada. Al día siguiente Anastasia me buscó muy
temprano en el hotel. Cabellos rojos del otoño. Fuimos al aeropuerto a buscar
mis maletas que no salieron a tiempo de Estambul. Frescas manos del otoño.
Claros ojos y, junto a mí, tomábamos retratos de los atamanes y del gran Bábel.
Desde arriba de la escalinata de El
acorazado Potemkin se miraba el mar, costas lejanas que supuse Crimea sin
serlo. Cerca de la tumba de Aquiles, sangre fresca de la bella y sacrificada Políxena.
Rojos mechones del ocaso.
Pues la
vida se teje de inesperados momentos y las cosas aparecen sin llamarlas. Un
velo se extendió sobre mi pena y la palabra abandono murió de obsoleta. Límites
destruidos o ampliados. El taxi nos devolvía al hotel. La noche había vencido
las horas. Ida ella, a sus labores de artista, deambulé por la Moldavanka con
el chirrido de los viejos tranvías gualda de la ciudad. Las putas no me daban
bola porque andaba a pie. Se acercaban a las ventanillas abiertas de los
automóviles. Algunas partían, otras no. Conversaciones de negocios, transacciones,
el amor a precio de mirra. Pero eran tan hermosas las prostitutas de Odesa que
Carole Lombard quedaría opacada y solitaria en un rincón. Se olía, además, su
perfume en la vacía avenida, en la intersección de dos calles que de día
rebalsaban de gente. Dos cuadras arriba estaba el mercado. Podría ser el
Calatayud local. Similares características, radios a todo volumen,
electrodomésticos, flores y fallecidos rodaballos colgados de alambres
invitando a las mesas del oscuro mar. Misterio. Sombras, claro, pero
luminosidad sin límites también, a pesar de que todavía se cernía el espectro
de la guerra del 14 y se hablaba de la que vendría en algún momento futuro.
Hoy Ucrania
destruyó con drones la refinería de Omsk en la Siberia. Allí viajaba mi amigo
Yefim cuando volviendo de Denver se detenía en esa urbe para seguir camino a
Pavlodar, al lado de la estepa maldita de Karaganda, en Kazajistán. Fuegos de
fanfarria, para mí, el extendido brazo de la justicia cosaca arrastra de los
pelos las veleidades del zar. Lo hizo Japón en 1904. Me acordé de Anna Karenina…
“He left no time to regret
Kept his dick wet
With his same old safe bet
Me and my head high
And my tears dry
Get on without my guy”
Poderosa
Amy Winehouse… Back to Black entre
las canciones que yo mismo tocaré durante mi cremación. Debajo de la colina de
San Sebastián, al arbitrio de los alaridos de las mujeres degolladas por Goyeneche.
Luego esa calma de muerte que parece de terciopelo. Igual seguirán danzando
kusillos y pepinos, descendiendo los diablos de las colinas de Jujuy. He visto.
Embriaguez
empedernida la de la baja presión. Nuevas experiencias o etapas que manifiestan
presencia como otras asomarán. Un dulce recuerdo y un feraz olvido, supongo.
Quedarme en la intemperie de la pena no sirve. Hay tonos de verde que se agitan
en el cerebro como caballos de Franz Marc. Viene un viaje al norte pero luego
el del sureste y aguardo por él. Largas piernas blancas suaves debajo de un
calzón púrpura, imaginando los días futuros. Escribiendo libros que muy pocos
leerán pero consciente al menos que no serán expresiones de vanidosa
mediocridad. Porque no me interesa vender, ni fama ni muchachas que elogien la
maestría de mi arte para acercarnos. Lo hago para sentirme fraterno de Schwob,
para retomar aventureros pasadizos de Dumas padre que han quedado tiesos. Domeñar
el deseo de París y elegir páginas de Madame
Putifar. Pareciera que en este instante pesa Francia. Sin motivo. No hay
música sonando y el departamento nicho silencioso.
Camino por
Lyon. Llueve entre los dos ríos y me protejo bajo leones metálicos de algún
puente. Renata ha crecido. No corre ya entre las mesas del café donde su padre
y yo compartimos un expreso. Aquel teléfono que utilizaba ha muerto de mudez.
Pero no voy a escribir de sombras porque ni siquiera ellas sombras son. Por el
contrario, teas encendidas que marcan los subterfugios de la oscuridad.
Intensas alegrías, así efímeras hayan sido. Nada de sombras. Las contemplaré en
Goya y en Piranesi y eso basta, si ganas tengo de claroscuros. Por ahora no.
Brilla el sol de julio con cierto dejo de frío. Me obliga a usar chaleco que es
la prenda de vestir que más aprecio. Tenían lástima de mí los anarquistas de la
Internacional en el París de 1986 cuando me saltaba los controles del metro
porque no tenía para pagar. Ellos, quizá algunos santos, recolectaban y me
regalaban un paquetito de monedas de diez francos. Me servirían para comer,
para el baguette diario, el litro de leche y el cuarto kilo de gruyere que
consumiría sentado en un banco del bulevar Brune, en la puerta de Vanves. ¿Por
qué tendría entonces que escribir acerca de cosas penosas? Tenía hambre pero
leía historias de Cipriano Mera. Si me asalta la duda te recuerdo y me pongo
bien.
07/07/2026
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Imagen:
Dora Maar
