Claudio Ferrufino-Coqueugniot
No se necesita una entrada de lujo para comenzar una novela. Hay casos en la literatura en que el principio de ellas son obras de arte. Unos pocos. El resto va fundamentando su riqueza en lo que queda del argumento. En mi caso bastan tres a cuatro páginas para saber si la continuaré leyendo, si una obra vale la pena de leerse hasta el final. Pues bien, digo esto porque ya di ese paso decisivo de sentarme frente al ordenador y avanzar en un nuevo objeto novelístico, después de más de una década. Parte de un proyecto de dos novelas más, estando una, inédita, ya lista y esperando qué haré con ella. Para nada una trilogía sino tres novelas independientes. Conforman, eso sí, posiblemente, una nueva etapa literaria, robándole espacio y tiempo a lo que hago con más gusto y tal vez mejor: los textos breves.
A modo de
información, incluido yo mismo, para dar por sentado que nace un proyecto
ambicioso para lo que queda de este año y el próximo. Historias que caminan
paralelas sin entremezclarse. Es solo mantener sobria la idea y se puede
trabajar dos obras al mismo tiempo y en espacios distintos con soltura. Vamos a
ver cómo se desarrolla hasta evaluar el producto terminado. Antes debo
solucionar un asunto de importancia y luego de lleno a la escritura. En una me
interesan los personajes y en la otra el entorno físico, indicando que ambos
aspectos pesan en el contexto general, por supuesto. Tal vez me refiero al
énfasis.
Me escribo
con varios países en este momento. Nutriéndome de ideas, historias, recuerdos,
libros, chismes y demás. Pasando de Brasil a Argentina, de España a Cuba.
Mientras tanto veo en televisión los siete días de viaje del Transiberiano.
Podría resultar una pesadilla, cierto, pero la belleza se impone al terror,
siempre. Ed y Stephanie lo tomaron en Tashkent, si no me equivoco. A la
proverbial hermosura de las mujeres rusas se oponían sus deplorables pasteles
de carne. Comí uno similar en Kharkiv, en un restaurante mínimo y asiático
donde las dos dependientas de alguna de las naciones del Asia Central no
paraban de reír. Mucho sabor no tenía a no ser con una extraña salsa añadida
con los secretos de la gran estepa. La guerra no había comenzado y el camino a
Belgorod estaba siempre expedito. Tiempos que no han de volver, más que seguro.
Mejores
páginas de Olga Nawoja Tokarczuk, vaya placer. La Polonia que retrató muy bien
James Michener y que he seguido desde muy joven en su historia y letras. No por
ser reiterativo pero en la cima de la gloria continúa la trilogía histórica de Henryk
Sienkiewicz que nutrió a un niño de once años en los misterios del este. Nunca
logré, y no quiero conseguirlo, evadirme del embrujo de la Europa oriental y
central. Aún la sigo, la he visitado, he caminado las calles y visto las
tierras negras entre bosquecillos mientras me adentraba en la infinita llanura.
¿Por qué hablo de ello cuando hablaba de mis novelas en ciernes? Porque vivo en
el asombro, me nutre, y aunque mis obras en trabajo ahora no tengan nada que
ver con aquella geografía la belleza flota en el ambiente y alimenta. No que
todo vaya a ser bello, lo dudo porque no reflejaría la realidad que vivimos,
pero se debiera comprender lo que afirmo.
Se arrima
un período de productividad, lo presiento, ajeno a lo que pudiese ocurrir
alrededor. El departamento está solitario, hay mucha paz. Analizo los pasos
erróneos de mi vida y poco a poco voy enmendándome a mí mismo en una labor que
debe destruir el mito de Sísifo. El drama de Ayax Telamonio, contado por
Sófocles, de arrojarse sobre su propia espada en horrible decepción no lleva a
nada, a lo sumo a quedar retratado en tonos rojos y negros en ánforas
enterradas en el centro de la tierra. A veces aparecen una y otra y quedan
detrás de lujosas vitrinas para que se pueda observar la tristeza desde afuera.
¡Pobre Ayax, el más preclaro de los aqueos junto a Aquiles y Diomedes Tidida!
Nunca ya volvería a ver su tierra; hay una profunda enseñanza en eso.
La montaña
está tapada, no se la ve, ni los bosques del parque Tunari. Los yaguarundís,
llamados antes onzas, vagarán entre arbustos creyendo que todavía vive la
noche. Ya muy arriba, cerca de la cima, a pie de la pirámide mítica de la
infancia. Nevada de la Asunta que estaba programada, anualmente, para el quince
de mes. Viene extendida por casi una semana ya, dando alivio al desierto que
persiste en el aire. Se extinguen los gritos de los bailarines y la lluvia ha
anulado sus extravagantes ritmos polvosos. Asoma, como siempre, el silencio
luego de cualquier debacle, trágica o festiva. Las enamoradas lloran el
abandono de sus amantes viejos y estos se protegen detrás de muros para que no
los arrebate consigo el asesino viento de agosto.
Tokarczuk,
Sienkiewicz, los tártaros que vienen de la estepa y gritan igual a aves de
rapiña. El placer de la literatura. Dice Mercè Rodoreda: “Y con el corazón
lleno de cosas que temblaban como las estrellas en la noche me quedé mirando al
mar y a la oscuridad que lo iba cubriendo”. Así estoy yo, contemplando el gris
de la tormenta que ha escondido todo. En vano frotarse los ojos, es lo que es,
no hay engaño.
Suena el
freír de huevos, rodajas de tomate caen sobre el hirviente aceite. Sensación de
hogar, de protección ante la feroz intemperie. Preparo el día con sus labores
necesarias. La tarde asomará con siesta recién descubierta luego de tanto
trabajo Después a escribir. Escribiente escribiendo. Ojalá no cambie el rictus
de la llovizna y preste a la casa la sensación de abrigo.
Una suerte
de propio Transiberiano, el tren que no tiene fin, el viaje que más que una
anécdota deviene destino. He recordado a César Vallejo, lo hago a menudo. Se
dice melancolía cuando debiera decirse empeño.
Comienza el
día, “aún alucinado” añadiría Silvio Rodríguez. Todavía no alucinado pero
siempre alucinante, digo. Debajo de las cuentas
de luz se puede ver la portada de Don
Segundo Sombra. Ahora sí, nostalgia plena…
18/08/2026
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Imagen: Jan Matejko

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