Tuesday, August 18, 2026

Escribiendo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

No se necesita una entrada de lujo para comenzar una novela. Hay casos en la literatura en que el principio de ellas son obras de arte. Unos pocos. El resto va fundamentando su riqueza en lo que queda del argumento. En mi caso bastan tres a cuatro páginas para saber si la continuaré leyendo, si una obra vale la pena de leerse hasta el final. Pues bien, digo esto porque ya di ese paso decisivo de sentarme frente al ordenador y avanzar en un nuevo objeto novelístico, después de más de una década. Parte de un proyecto de dos novelas más, estando una, inédita, ya lista y esperando qué haré con ella. Para nada una trilogía sino tres novelas independientes. Conforman, eso sí, posiblemente, una nueva etapa literaria, robándole espacio y tiempo a lo que hago con más gusto y tal vez mejor: los textos breves.

 

A modo de información, incluido yo mismo, para dar por sentado que nace un proyecto ambicioso para lo que queda de este año y el próximo. Historias que caminan paralelas sin entremezclarse. Es solo mantener sobria la idea y se puede trabajar dos obras al mismo tiempo y en espacios distintos con soltura. Vamos a ver cómo se desarrolla hasta evaluar el producto terminado. Antes debo solucionar un asunto de importancia y luego de lleno a la escritura. En una me interesan los personajes y en la otra el entorno físico, indicando que ambos aspectos pesan en el contexto general, por supuesto. Tal vez me refiero al énfasis.

 

Me escribo con varios países en este momento. Nutriéndome de ideas, historias, recuerdos, libros, chismes y demás. Pasando de Brasil a Argentina, de España a Cuba. Mientras tanto veo en televisión los siete días de viaje del Transiberiano. Podría resultar una pesadilla, cierto, pero la belleza se impone al terror, siempre. Ed y Stephanie lo tomaron en Tashkent, si no me equivoco. A la proverbial hermosura de las mujeres rusas se oponían sus deplorables pasteles de carne. Comí uno similar en Kharkiv, en un restaurante mínimo y asiático donde las dos dependientas de alguna de las naciones del Asia Central no paraban de reír. Mucho sabor no tenía a no ser con una extraña salsa añadida con los secretos de la gran estepa. La guerra no había comenzado y el camino a Belgorod estaba siempre expedito. Tiempos que no han de volver, más que seguro.

 

Mejores páginas de Olga Nawoja Tokarczuk, vaya placer. La Polonia que retrató muy bien James Michener y que he seguido desde muy joven en su historia y letras. No por ser reiterativo pero en la cima de la gloria continúa la trilogía histórica de Henryk Sienkiewicz que nutrió a un niño de once años en los misterios del este. Nunca logré, y no quiero conseguirlo, evadirme del embrujo de la Europa oriental y central. Aún la sigo, la he visitado, he caminado las calles y visto las tierras negras entre bosquecillos mientras me adentraba en la infinita llanura. ¿Por qué hablo de ello cuando hablaba de mis novelas en ciernes? Porque vivo en el asombro, me nutre, y aunque mis obras en trabajo ahora no tengan nada que ver con aquella geografía la belleza flota en el ambiente y alimenta. No que todo vaya a ser bello, lo dudo porque no reflejaría la realidad que vivimos, pero se debiera comprender lo que afirmo.

 

Se arrima un período de productividad, lo presiento, ajeno a lo que pudiese ocurrir alrededor. El departamento está solitario, hay mucha paz. Analizo los pasos erróneos de mi vida y poco a poco voy enmendándome a mí mismo en una labor que debe destruir el mito de Sísifo. El drama de Ayax Telamonio, contado por Sófocles, de arrojarse sobre su propia espada en horrible decepción no lleva a nada, a lo sumo a quedar retratado en tonos rojos y negros en ánforas enterradas en el centro de la tierra. A veces aparecen una y otra y quedan detrás de lujosas vitrinas para que se pueda observar la tristeza desde afuera. ¡Pobre Ayax, el más preclaro de los aqueos junto a Aquiles y Diomedes Tidida! Nunca ya volvería a ver su tierra; hay una profunda enseñanza en eso.

 

La montaña está tapada, no se la ve, ni los bosques del parque Tunari. Los yaguarundís, llamados antes onzas, vagarán entre arbustos creyendo que todavía vive la noche. Ya muy arriba, cerca de la cima, a pie de la pirámide mítica de la infancia. Nevada de la Asunta que estaba programada, anualmente, para el quince de mes. Viene extendida por casi una semana ya, dando alivio al desierto que persiste en el aire. Se extinguen los gritos de los bailarines y la lluvia ha anulado sus extravagantes ritmos polvosos. Asoma, como siempre, el silencio luego de cualquier debacle, trágica o festiva. Las enamoradas lloran el abandono de sus amantes viejos y estos se protegen detrás de muros para que no los arrebate consigo el asesino viento de agosto.

 

Tokarczuk, Sienkiewicz, los tártaros que vienen de la estepa y gritan igual a aves de rapiña. El placer de la literatura. Dice Mercè Rodoreda: “Y con el corazón lleno de cosas que temblaban como las estrellas en la noche me quedé mirando al mar y a la oscuridad que lo iba cubriendo”. Así estoy yo, contemplando el gris de la tormenta que ha escondido todo. En vano frotarse los ojos, es lo que es, no hay engaño.

 

 

Suena el freír de huevos, rodajas de tomate caen sobre el hirviente aceite. Sensación de hogar, de protección ante la feroz intemperie. Preparo el día con sus labores necesarias. La tarde asomará con siesta recién descubierta luego de tanto trabajo Después a escribir. Escribiente escribiendo. Ojalá no cambie el rictus de la llovizna y preste a la casa la sensación de abrigo.

 

Una suerte de propio Transiberiano, el tren que no tiene fin, el viaje que más que una anécdota deviene destino. He recordado a César Vallejo, lo hago a menudo. Se dice melancolía cuando debiera decirse empeño.

 

Comienza el día, “aún alucinado” añadiría Silvio Rodríguez. Todavía no alucinado pero siempre alucinante, digo. Debajo de las cuentas  de luz se puede ver la portada de Don Segundo Sombra. Ahora sí, nostalgia plena…

18/08/2026

 

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Imagen: Jan Matejko 

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