Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Un cortometraje islandés revive a Snorri Sturluson. Y a Borges. Hielo y soledad. Piedras talladas en medio de nada. Cadavéricas mujeres de mantos níveos. Misterios junto a silencios. Sagas que con el tiempo leí en versión original pero que antes Rudyard Kipling me contó de ellas.
Horrísonos
mugidos de bueyes nórdicos en selvas de Terranova o Nueva Escocia. Cuando era
niño, en mi pasión filatelista, conseguí un sello postal norteamericano con la
figura de Leif Erikson. Bastó para iniciarme en una búsqueda interminable en
medio de los hielos de Groenlandia y más lejos, hasta la Última Thule. Ya en
las habitaciones por las que vagaba el ciego del sur, inventando en medio de su
sombra eterna magnificencias de mundos idos. Así como minucias y desastres.
En revistas
mexicanas de la editorial Novaro leí sobre mitología escandinava, de cuando el
lobo Fenrir (también conocido como Fenris, Fenrisúlfr, Hróðvitnir o Vánagandr,
dice la enciclopedia virtual) mata al dios de dioses, Odín. Durante el
crepúsculo que implica el fin del mundo, el Ragnarök de los helados pueblos del norte. Hijo del malévolo Loki y de la
giganta Angrboða en el interminable mundo de la fatalidad.
En el reverso de la lápida de Borges en Ginebra se lee: "Hann
tekr sverthit Gram..." (Völsunga saga), saga esta que narra la
historia de los volsungos y los nibelungos. En el cortometraje que vi ayer Hamrammr (Dániel Puskás/ISLANDIA,
2026) un guerrero monta en caballo ensillado por esclavos y se pierde en el
paisaje, escudo de madera a la espalda, lanza y hacha corta. A resolver un
feudo en un lugar tan frío y tan solo que ni Dios habita allí. El mar y su
oleaje semejando reloj del destino. Medioevo con aire de infierno congelado, en
brutal paradoja.
Eso mientras retorno al pedestre quehacer de lavar y limpiar. Ajusto un
libro de Anne Carson a la mochila que me acompañará a Panamá y Denver en unos
días. Qué diferencia con el Claudio de 1986 con mochila sobrecargada casi de mi
tamaño aguardando en la estación madrileña de Atocha el tren nocturno a París.
Solo mis botas pesaban entonces más que cualquier divinidad. Todavía en Ginebra
(no pude visitarte, Borges) calzaba una gran maleta cuyo destino era el
Danubio. Lo vi lado a lado con el Sava, en Belgrado, pero tornaron las negras
naves hacia occidente en inesperado maremoto y se evaporó. Todavía lo miro y me
confundo con el otro, camino a una suerte de parrillada familiar eslava plena
de chorizos, encurtidos, ensalada rusa y panes que no se pueden narrar.
Me pregunto qué libro llevaba a París. Era Raymond Radiguet, según creo,
o la guía urbana de París para planificar caminatas. Pronto estaría en los jardines
del Luxemburgo de Hugo, en el botánico de Buffon. Ahíto de cultura y muerto de
hambre. Leyendo al magnífico hambriento Petrus Borel, observando fantásticas
mujeres, simplemente pesadillas.
La botella verde de Kronenbourg no está fría como quisiera. Pero los
dueños argelinos no parecen ser gente que soporte quejas. Gare du Nord con la
solitud de Vallejo.
Doblo las sábanas carmesíes. Enfundo almohadas y escucho el sonido del
mundo exterior. Me cuentan que el fuego baja por los cerros de Mizque hacia los
árboles. Mudo, apenas con un siseo atroz. Blancas chirimoyas se hacen primero agua
primero y después ceniza. Esta vez el río Infiernillo corre en medio de un
infierno real. Llamo y solo pregunto a un aparato callado. Pueblo de quitasoles
y de hembras con fuertes muslos. Nada puede ante el fuego, ni la turbia mirada
de los perros con ojos claros.
Un largo mechón de cabello ha quedado en medio de la habitación a
oscuras. Luna de luces de neón de intenso morado. Pequeños vasos estilizados de
tequila, alcohol de amor.
Cargo conmigo un solo libro porque tengo dos mil esperando. Muchedumbre
perdida aquella ya, lo sé. Nunca sus múltiples autores se subirán al avión y
despertarán en la aromática Cochabamba del aeropuerto. Detrás estaba Itocta,
hoy apenas mancha urbana de la multiplicada ciudad. Y los locales bebían ambrosía
al pie de la vaca. Aires de historia y visiones de polvo. Frágil el recuerdo y
tenue la esperanza. Bajo sombra de algarrobos y hormigas asesinas.
Tu cuerpo pasea atemperado con la noche. Diosa Freyja amante de muertos.
Alguien usa una sierra en la construcción. He perdido experiencia para
saber si corta fierro o madera. Era fácil de distinguir otrora y no es la vejez
ni mucho menos sino vientos distintos al ritmo de las circunstancias. El reloj
está marcado para las diez y media. Entonces se verterá un vaso de ron y los
pasos serán descalzos.
Leo, variado, ecléctico. Tengo cincuenta y cinco horas a partir del
jueves para llegar a destino. Podría leer muchos libros pero me dedicaré a
contemplar gente, artesanías bellísimas talladas en semillas, Me gusta la bahía
de Panamá, esa mácula azul intenso. En este momento dejo los libros que tengo
alrededor, ya terminé los quehaceres domésticos. Prepararé un triste café
instantáneo y saldré a caminar por el barrio. Tan lejano está el de las casas
chatas y vecinos parlanchines. Han crecido torres habitadas por hologramas. De
cuando en cuando atraviesa la calle un ser de carne y hueso y hay un perro
desconocido que se lamenta cada noche. Es raro que no le hayan pegado un tiro
ya que es voz de oscuras premoniciones. Ni luna hay, escondida entre los
edificios, para decir que recuerda sus ancestros lobos. Solo llora, con
intermitencias llora, diapasón macabro.
Ajusto los cierres y cierro las puertas. La noche se presume aislada, no
sentida pero sola. Tanto que vivo así, años y décadas. Y seguiré sin conflicto,
viendo arder a Kiev.
06/10/2026
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Imagen: Gösta Adrian-Nilsson

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