Thursday, February 18, 2010

Extracto de El exilio voluntario (Judith)




Claudio Ferrufino-Coqueugniot (Cochabamba, 1960)

La conocí en las páginas de City Paper, el mismo semanario donde encontré mi casa. Aparte de leer los artículos diversos y eclécticos que presentaban, miraba la sección de persona­les. “Mujeres en busca de hombre”. Bajo ese genérico título al menos cien mujeres de toda edad, buena condición porque era una publicación de élite, daban sus característi­cas y lo que buscaban en un hombre que fuese compañero, amigo, amante, esposo... Una vez llamé a una y casi tuvimos cita, pero una borrachera con Ronald, tirados en el piso del apartamento en North Monroe, la canceló.
Decía Judith que ella era artista “tipo B” (jamás supe cuáles eran A y cuáles B). Quería salir con alguien. Le escribí.
Nos citamos en una conocida librería de Dupont Circle, casi al lado de Common Concerns, tienda de todo, donde robaba postales de The Clash y fotografías de Jan Saudek. Cierta vez sustraje varias, era fin de semana. Una de ellas mostraba un tendal de condones puestos a secar. De pronto, por mi hombro derecho, un hombre viejo, algo pequeño, me pregunta si soy peruano o boliviano.
Soy Jack White, te invito a mirar una exhibición de arte.
No, gracias, me doy cuenta de que Jack es homosexual, pero si quieres nos tomamos una cerveza al frente —pizzería griega—. Vamos a casa, tengo cerveza de sobra, y está cerca. Me digo qué puede hacerme este viejo.
Llegamos a uno de los vetustos edificios de aquella parte de Washington. Bella casa, plena de arte, de dinero sin duda. Esculturas originales. Señala un cuadro, Jack lo señala. No sé a quién regalarlo. Es muy caro. Tiene que ser alguien especial. Estamos en el vestíbulo. Ya en la sala, veo un preservativo usado en medio de la alfombra. Jack White se apresura a patearlo debajo de un sofá. Me siento.
Tiemblan sus manos cuando llena mi vaso de cerveza.
Lleva gafas, una camisa blanca a rayas.
Conecta el televisor y pone un video con Marilyn Chambers, Behind the Green Doors. Si no recuerdo mal actuaba un negro de sexo espeluznante, con un nombre como el Longhorn de Texas. Y Marilyn era flaquita, de tetas bien formadas. Jack suda.
A la segunda cerveza le pido el teléfono. Hago una llamada a Virginia: ¿Fernando? Sí, ven hermano, estas son las coordenadas. Del metro de Gallery Place una cuadra... etc. Fernando llega pronto, en su amplio Cadillac, con su habitual música de Born to be Wild.
Este es Fernando Vargas, Jack, artista del puño y del hambre, ¿leíste a Franz Kafka?
Jack White nos sirve cerveza sin parar, y bocadillos. Y cuando Marilyn Chambers fenece con el coito, nos levanta­mos y nos despedimos cortésmente. Pobre hombre, esperaba que el término de la fiesta fuese orgía en manos de los aborígenes sudamericanos. Y no fue así. Comimos y bebimos. Alguna vez Jack llamó por teléfono. Para no herirlo le conté que me había casado —era cierto— y fue el final de esta historia de los bolivianos y el maricón.
Escribí a la artista tipo B. Le sugerí que era escritor... y maldito. Que era un proletario de veras y un proletario de la pluma a la vez, que me gustaban las mujeres, la cópula, las tortas de chocolate y los Doors. Que Lautrec me entusiasma­ba más que Modigliani y que Janis me producía ternura ligada con deseo.
Te pregunto qué pintas o escribes. Si usas calzón o no lo usas.

Te encuentro en Dupont Circle. Aquella fue mi primera experiencia en librería-cafetería. Me pareció maravillosa. Si bien venía del arte, de la lectura, mis días de Washington DC eran de manos congeladas y de dolor físico, de hombros tornasolados y músculos desgarrados, de crack y negros, y vicio y el paraíso original fruto-vegetal con la selva rodeándome, la agricultura toda.
Te busco. Te encuentro. Sentada en el desnivel inferior, de abrigo negro y sombrero negro. Para reconocerme, me aclaras cuando hablamos, llevaré un sombrero negro de ala ancha. Es el atardecer. Acabas tu café. No, no quiero, mejor te invito a cenar. Dónde. Adams Morgan. Es allí donde vivo. Me encanta Adams, su multicultura, compro libros en Hispania Books, bebo cerveza jamaiquina en Montego Bay, descargo camiones a lo largo de la avenida principal.
De las letras a los camiones, de Rimbaud a la verdura. No son incompatibles, le digo, los colores de Gauguin con el trópico frutal de Kerry Co. Y no me seduce la idea de la academia. Prefiero descargar camiones con el pecho desnu­do, y aprender el slang de los negros. Y tú. Antropóloga de profesión, con tesis doctoral en Teresinha, Brasil, de padre, madre, hermano doctores, peachedés, judíos ricos, sin convencionalismos pero tampoco con necesidades. Somos distintos, creo, Judith, no sé si te interesa compartir un espacio tan ajeno. Hoy no trabajo y me ves decente, mañana seré otro paria con la ropa destrozada, los guantes mugrien­tos, sudada la entrepierna. Ya veremos, Carlos, you are funny, you know? And I like you.
Entramos al restaurante español. Primero el vino. Miro la lista. Herederos del Marqués de Riscal (a $20 la botella). ¿Es bueno?, preguntas. Huele como mantequilla, Judith, has de adorarlo.
Robó Gloria de la bodega de su padre un Marqués de Riscal, hablo de 1983. Nos encerramos en su cuarto. Nadie había, no había nadie. Desempañó la camisa, abrió sus senos a la intemperie de la habitación, tiró el pantalón, las liguillas blancas que cubrían el vello. Quedó desnuda Gloria en su cuarto que tenía una piel de oso como cubrecama, suave, sugerente. Quedó desnuda, ella con el perecido marqués. El vino era fantástico. Desde entonces lo ligo a su recuerdo, a sus besos, a sus pezones puntiagudos que trataban de empalar mi lengua y convertirme en mudo, al movimiento de sus largas piernas que hoy serán viejas y artríticas. Nos amamos mientras terminamos la botella de Riscal. Me pa­saba vino en la boca. Su piel era un manojo de rocío. De sus muslos y rodillas caían gotas de jugo resplandeciente, me había bañado el vientre de sí. Esa era Gloria y en la botella que el garzón nos ponía en aquel bar de Adams Morgan, seis o siete años después, revivía la calidez de las que entonces eran las caderas más bellas, y más anchas, de mi ciudad.
Vuelve Judith. La acompaño. Entro a su casa. Esculturas brasileñas de caimanes y serpientes, en barro y coloridas. Etnias del mundo en sus representaciones artísticas. Me regala su libro. Le regalo un poema tonto que habla de sombreros negros y de cuánto me gustaría acariciar sus tetas, grandes tetas a decir verdad, para su estatura, de un metro sesenta aproximadamen­te, eran tetas grandes, de judía regular en cuerpo, tetas que tendrían los pezones negros siendo hebrea del este, de los que Franz Kafka miraba como extranjeros en las calles de Praga, que sutilmente admiraba y envidiaba. Un poema, Judith, para que lo leas en la noche (¡!).
Vienes de Nueva York.
Pienso al día siguiente. Hago un plan de ataque. Simulo frente al espejo la afectación del poeta obrero. Ilumino los detalles de la seducción. Hoy será mía, si ayer no fue.
Daniel Kerry me llevó un paquete que ordené bajo su nombre de L.L. Bean, compañía de ropa. Era una chamarra de cuero tipo piloto, que aún conservo pero que regalé a mi hija ahora que el tiempo se adueñó de mi cuerpo. Termina­da la jornada de trabajo, casi mediodía, me peiné en el baño y con la campera puesta tomé un taxi en la esquina del mercado hasta Adams Morgan. Me recibiste alegre, con un beso en labios cerrados. Vamos que tengo que ir de compras, ¿quieres? En el supermercado mientras hace los mandados de la semana, escojo dos filetes de asado, corte rib eye, buenísimos, y le digo que los prepararé a la vuelta, en su cocina.
Acaricia mi chamarra de cuero marrón oscuro. Subimos las gradas del hall, luego el ascensor hasta el tercer piso. Abre la puerta, se descalza, a esta hora qué estarán haciendo en casa, en Cochabamba, se pone cómoda, con un blusón beige, mientras humean los asados en la sartén. Los acompaño con una ensalada simple de lechuga romana, con pedacitos de radicchio para darle un gusto privado. Comemos sin alhara­ca, en la cocina, con un par de botellas verdes de Grolsch, cerveza danesa.
El living es amplio. El sillón es amplio. Cuando la beso noto que debajo de la blusa no lleva corpiño. Introduzco mi mano y toco, con escalofrío, los pezones en que he soñado el día anterior. Levanto tu blusa. Los beso. Nos abrazamos hacia la cama y mientras te beso te abro el cierre y bajo tu pantalón. Cuando la unión se logra me preguntas si no tengo sida. No, ¿y tú? Poco me interesa su respuesta. Ya está hecho, responde, sin embargo tengo que cuidarme y se levanta para sacar un objeto de goma flexible de una cajita húmeda especial. Lo introduce en su cuerpo. Tengo vergüenza de preguntar qué es, pero jamás vi cosa semejante. Recuerdo, sí, las veces que iba a farmacias a comprar preservativos, en los preámbulos de las locas expediciones al campo, que eran sexo y árboles, eucaliptos y sexo, con Francine o Gloria, que el dueño preguntaba si preservativo de hombre o de mujer. Y ahora, en este momento de Adams Morgan me desayuno con su significación. Se apoya en mí, Judith, ya desnuda y su pubis que era un laberinto de greña negra maravillosa, dobla una de las rodillas y acomoda su impedimento de niños. Nos acostamos. Anochecía ya, y no quiso cerrar las ventanas. En la luz del cuarto nos expusimos a las miradas de los vecinos porque el edificio tenía forma de espuela. No me importó. Extranjero en una ciudad ilimitada, en una cita que de entrada no quise que prosperara... Judith pidió ir abajo, porque era la única manera en que podía alcanzar orgasmo. Sus piernas eran una máquina de viento, sus rodillas chocaban mis costados a una velocidad inaudita. Su gemido oí como de fiera herida. Mi sensualidad se había perdido.
No me asustaba, pero sentí hallarme ante un teatro desco­nocido, quizá la gran ciudad me tragaba, quizá era el desdén de la vida por mi ser boliviano. Tal vez crecía. Hasta hoy el amor de carne un ritual magnético de placer, pero aquel era imperio animal. Y en animal me convertí, me hice remolino y grité con ella mientras al fondo los Beatles cantaban, en cassette, Hey Jude. Transida y mojada tiró los brazos atrás. Había estado con una mujer rusa, no importaba hebrea, y la había deshidratado de gozo. El ventanal inmenso semejaba una pantalla de televisión y la noche se adueñó y brillaban de luciérnagas los apartamentos contiguos. 




*Fragmento de El exilio voluntario. Premio Casa de las Américas 2009. Novela. Fondo Editorial Casa de las Américas, 2009. Pp. 195-200.

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Claudio Ferrufino-Coqueugniot (Cochabamba, 1960) fue columnista de Opinión de Cochabamba y ha colaborado en revistas y diarios de Bolivia, EE.UU, Argentina, Canadá, España y Alemania. Sus primeras publicaciones datan de 1984 en el suplemento Presencia Literaria. Ha publicado Virginianos, colección de textos y cuentos breves (1991). Su novela El señor Don Rómulo fue finalista del Premio Casa de las Américas (2002). En 1989 emigró a los EE.UU. donde fue traductor freelance, escritor de cuentos infantiles, estibador, repartidor de periódicos, especialista en frutas y verduras frescas lo que le aportó vivencias de primera mano para adentrarse en la lucha y desesperanza de los inmigrantes ante un mundo no solo ajeno, sino cruel.

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Publicado en La Jiribilla (revista de cultura cubana), edición del 30/01/2010 al 05/02/2010, Cuba.

Imagen: Portada de la edición cubana de El exilio voluntario (Premio Casa de las Américas (Novela) 2009), La Habana, enero 2010

2 comments:

  1. Excelente párrafo, lleno de vida y compulsiones, de pasiones y extravíos- Me gustó mucho

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    1. Gracias, Fernando. Fue extraño leerlo después de tantos años, con críticas de estilo, con una visión de lejos del argumento. Pero vale.

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