Thursday, February 10, 2011

El universo tejido


Desde Inglaterra, consigo un libro sobre tejidos aymaras. Se trata del catálogo de una exhibición en Alemania, en Krefeld (donde nació Heinrich Campendonk), Deutschen Textilmuseum Krefeld.

Piezas del siglo XVII hasta el XIX, maravillosas, inexistentes para mí en cuatro décadas de bolivianismo. Algo anda mal, entonces, si ya en ¿mitad? de mi vida convengo en conocer parte de mi herencia gracias a la colección en préstamo de un norteamericano en Europa.

Sé, por fuentes leídas, de la devolución hace diez años de los tejidos ceremoniales de Coroma por parte de los Estados Unidos. Si hoy devuelven millonarios Klimt a los sucesores de quien los poseyera, por qué no pueden los pueblos reclamar un patrimonio muchas veces robado o extraído al amparo de corruptos mercaderes. Lo hace Camboya y hasta la presumida Italia logra que el Museo de Finas Artes de Boston le devuelva vasijas helénicas.

Pero eso en mucho es política y deseo hablar de arte. Dejo a antropólogos y sociólogos la explicación del papel del tejido en la comunidad andina. Hay excelentes obras al respecto; una recomendable es "Arte textil y mundo andino" de Gisbert, Arze y Cajías, recientemente reimpresa en preciosa edición (Plural).

Entre los diversos tipos de textiles andinos, de los cuales me interesan sobre todo los de Bolivia, se cuentan taris (incunas), ponchos, ponchitos, aksus, urkus, nañakas, etc. pero es el awayo, prenda femenina, que llama mi atención, debido quizá a su tamaño, su cuadrada imagen geométrica, y la versatilidad de sus diseños y colores. Aunque, ya que hablamos de colores, hay tejidos negros, con escasa ornamentación, llamados de luto, que en su oscura sobriedad son un canto a la creación artística. El mejor ejemplo de ellos: los awayos de luto de Calcha, población al sur de Vitichi, en la región potosina sureña tan rica en textiles como su contraparte del norte: San Pedro, Caripuyo, Sacaca, nombres que sumados al de Calcha conforman un mapa de riqueza espectacular.

 Bolivia, nación multiétnica e india, se hace inmensa en el arte textil. En muy pocas regiones del planeta se puede hallar diversidad semejante. Enmarcar en los términos genéricos "aymara" o "quechua" suele crear una laguna cognitiva. Los aymaras -por ejemplo- forman un grupo de comunidades agrarias bien diferenciadas entre sí, diferencias que son por demás notorias y explícitas en diseños singulares.

A la ostensible seriedad de los awayos de Calcha se opone la multifacética explosión colorida de los de Caripuyo, donde las pampas –lugares vacíos- se estrechan para dar lugar a franjas trenzadas con plantas y animales de un entorno al menos idealmente paradisíaco, mientras que los que vienen de los lugares más altos, Río Mulatos, utilizan en un mar púrpura un angosto espacio con dibujo y color: vicuñas en serie, cóndores de pie y a veces volcados.

 Hace años encontré a un estudioso europeo, venía de Liechtenstein, recolectando plantas y persiguiendo la elusiva cochinilla de los tunares del sur de Potosí, en los linderos con Tarija. Peter Brunkhardt, ese era su nombre, ligado creo a las jerarquías de su país, se estableció finalmente en el villorrio de Sajama, próximo a la frontera con Chile, y publicó un libro acerca del teñido natural: el molle tiñe de amarillo, el índigo de azul... Peter hizo una extraordinaria labor y presumo se hizo rico exportando lana así teñida. Aprendí de él, fuera de lo que hiciese o no respecto al capital, su amor por un arte vivo y único, por una representación cultural vejada y "avergonzante" para las élites cholas de una racista Bolivia. Aún hoy encuentro "gente" que me pregunta el por qué me gustan esas "cosas de indios", a pesar de que con sorpresa veo, dadas las circunstancias nacionales, que los mismos detractores de la indianidad calzan hoy abarcas debajo de sus pies de pronto democráticos.

Como toda afición, o todo vicio, tengo mis preferencias en el universo tejido boliviano. Los seres sobrenaturales de Potolo, Chuquisaca, demonios que ni la imaginación lovecraftiana sabría crear, vuelan en los tejidos de esta región, por lo general en tonos oscuros, acordes con lo oculto de la mítica nativa. Figuras mayormente zoomorfas con seres dentro de otros, en un espacio donde también alterna la realidad representada en camélidos o aves, llenan los awayos y aksus creados en lana de oveja o llama, alpaca en alguna excepción. Se dicen de Potolo aunque Gisbert afirma que el denominativo alcanza más lejos, a la entera zona de los llamados jalq'as, que vendrían a ser pueblos con ascendencia yampara y caracara, próximos a Potolo y a Ravelo.

 Es difícil catalogar con veraz cronología los awayos que se consiguen en la calle, en los pueblos, en negocios. Hay, aparte de ignorancia, inseguridad y los nombres o edades que se manipulan son opcionales, asunciones primarias. Pero, mientras uno más se adentra en el misterio fabuloso de su personalidad, aprende a reconocer los tejidos, y por consiguiente las etnias, de acuerdo al detalle. A pesar de que se comparten diseños y el mundo andino se ha también, internamente, globalizado, aún hay rasgos fundamentales que denuncian la hechura y el origen de las piezas: entrecruzamiento de águilas con alas levantadas indica casi con seguridad la población de Challa, frígida altura que significó una suerte de frontera aymara-quechua en tiempos del incario; dibujos romboides sucesivos puede bien ser Tapacarí, y extraños animales alargados en fajas señala a Leque.

 Los viejos tejidos aymaras expuestos en Krefeld muestran que mientras más antiguos más formales, sin mucho diseño. Ya en el siglo XVIII y más en el XIX o XX se enriquece con labores intrincadas de telar. No es un fenómeno moderno si se considera la extravagancia de los tejidos peruanos de Paracas, de los restos textiles de elegante exuberancia de San Pedro de Atacama.

Cada vez más se ven awayos interesantísimos por las calles de Bolivia, algunos con chirriantes amarillos o naranjas de teñido químico. Me pregunto si este éxodo se debe a la posible apertura del indio -por fin- a la vida nacional o a la mayor pobreza que impulsa a los comunarios al éxodo. Exito o fracaso que terminará -no cabe duda- con la extraordinaria contribución textil andina al arte de la humanidad.
30/9/2006

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Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Sucre), octubre 2006


Imagen 1: Poncho aymara, circa 1900
Imagen 2: Poncho aymara

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