Wednesday, August 29, 2012

Concourse D


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Aquí, ante esta marea de gente a la que observo, me pongo a pensar cuánto aguantaría escondido en el aeropuerto de Miami hasta que supieran que me he convertido en inquilino. Con dinero en el bolsillo tal vez pasara una temporada sin ser descubierto. Parece una ciudad. Aunque no, no sería posible, porque es ciudad cubana, y en oposición a la indiferencia y hasta inocencia gringa, los barrenderos, sandwicheros, guardias y demás paisanos, se pasarían la voz de que un ente extraño ha invadido sus dominios de polvo y grasa, y me entregarían a las autoridades, con revuelo mayúsculo en estos tiempos de guerra antiterrorista sin fin.

Pero miro los rincones. Alguno habrá fuera del lente de las cámaras. Hay que contar, además, con la ineficiencia y la excesiva sociabilidad de los isleños, que entre hablar de guisados y mameyes, y comadres en la tierra de allá, que acá se convierte en muy cercana, permitirían por desidia en exceso familiar que entre baños, restaurantes, cafés y escalinatas ocultase el cuerpo a miradas incómodas.

Creo que la idea vale, para desmitificar el delirio de impenetrable seguridad que Norteamérica se ha echado encima. Nada puede blindarse a todo; nada, a pesar de que la población latina que sirve al gobierno de USA en el aeropuerto de Miami haga todo por congraciarse con quien le da de comer como a perrito faldero.

Cuestión de anotar en papel un presupuesto, de, con simple aritmética, luego de un estudio de precios de comida al interior, llegar a un resultado de gastos diarios multiplicados por los días que se planea estar, antes de salir a la prensa y dar bravuconadas noticiosas de que el sistema tiene un agujero mayor que el de ozono arriba, y que tarde o temprano terminaremos asándonos al sol, o al calor de los atentados árabes en su otra inútil como espeluznantemente boba lucha entre comillas.

¿Fantasías? Lo llamaría aburrimiento, después de nueve horas de aguardar por un avión que me lleve a Bolivia, justo en 6 de agosto, casi perdiendo el desfile militar que adoraba de niño y que hoy me causa la inmensa gracia de saber que desfila un ejército que ni gana en la coscoja.

No lo aceptaría, ni aun a nombre de la batalla contra el poder y los regímenes policiales. El estar por días, digo, en este espacio que tiene de todo para sobrevivir, si lo pagas, pero que no permite un atisbo de ternura. Cierto que con un ordenador de falda, conectado, las voces amigas no faltan ni siquiera en un gigantesco aeropuerto deshumanizado. Pero el olfato es un sentido muy especial y necesitado, y los computadores no cargan consigo los aromas de los otros, y sin olor, cualquier voz cansa, suena como programa televisivo que se ha visto mucho y se suele predecir. Otra cosa es que quien diga algo mueva el cabello, y suelte con él los aires de perfume que atesora el cuello, la sutileza de la lavanda, la frescura del jazmín. Hablando con mujeres, se supone. Pero a la nariz me llega la fritura del aceite de chile, que los latinos del Manchú Wok no escatiman para dorar sus stir fry. El queso que se derrite sobre la carne desmenuzada de un sándwich estilo Filadelfia.

Creo que mejor dejo de lado mi protesta política, mis aficiones de solitario, y me alisto para un largo viaje donde quieran dios o el diablo no me toque un sujeto parlanchín de compañía. Porque yo, como Chinua Achebe, prefiero, cuando viajo, la libertad del sueño, de la observancia, la meditación o la lascivia, en un Miami pleno de jovencitas y mujeres maduras que aseguran que el trópico se les pegó a la piel y que no habrá ya de soltarlas. Lo muestran con desenfado, el color ése, de ron, para alegría de los sentados, varados, expectantes pasajeros que lo único que ansían ya es salir de aquí.
5/8/12 

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Publicado en Revista Extra (El Deber/Santa Cruz de la Sierra), 26/08/12
Foto: Aeropuerto de Miami

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