Monday, January 25, 2016

Entre monjes y bandidos con Jacques Soubrier

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Suicidas islámicos se hacen volar con explosivos. En Yakarta, París, Istambul. Quiero creer que se trata de algo nuevo, del siglo, del anterior a más, pero viene de antiguo. Lo encuentro en Monjes y bandidos, desde el Adriático hasta las fronteras iranianas (Espasa-Calpe Argentina, 1949). El método ha cambiado; la violencia no. Occidente no ha sido ajeno a ella tampoco, pero a partir del fin de la Segunda Guerra las cosas parecieron diferenciarse. Vino Bosnia para recordarlo.

Sin embargo este no es un libro sobre la violencia. Está plagado de ella pero sus páginas viajan no solo por la geografía comprendida entre la otrora Yugoslavia y Persia, en el siglo XX, sino por la historia. Tiene un tinte herodosiano, por Heródoto, ansía ser amplio y erudito y lo logra. Apenas hay referencias que lo sitúan en lo contemporáneo, ya que pareciera un texto anciano, una crónica de aquellas perdidas y recuperadas.

Comienza en el monte Athos, con un delicioso y decadente retrato de los monjes y su entorno. Jardines, árboles centenarios, el lunar donde se ha alojado la paz. Pero las paredes se descascaran, los tesoros desaparecen; manuscritos bizantinos que terminan en mercados mediterráneos envolviendo flores y verduras. Como digresión, así era en la Cochabamba de los 50, cuando los documentos del archivo histórico se usaban para vender tostado y q’opuru.

Breve paso mientras se adentra en las islas del Egeo, Chipre, Rodas, acercándose a Constantinopla para seguir a Damasco y Bagdad. Trashuma lo que hoy es tierra prohibida, génesis de la humanidad y su mortaja. Hoy refugiados del Asia Menor mueren en las costas; Soubrier menciona la reconquista turca de las ciudades griegas en Anatolia, de cómo en Mundanya millares de griegos perdían la vida ahogados queriendo alcanzar los barcos ingleses que los salvarían. Todo lo que pasa ya pasó, sin aprendizaje. Como contraparte está la belleza de las construcciones, albaricoques, melocotones y membrillos en medio de jardines. Mausoleos de Bayaceto y Mahomet I, el loco; la Mezquita Verde (en Bursa) y la perfección del arte seljúcida; la demoledora cita, entre otras siete coránicas, que el sultán hizo poner sobre su tumba: El mundo “es una carroña y los que se empeñan en vivir en él son unos perros.”

A su modo, el autor hace un recuento de la antigüedad cristiana en tierras ahora mahometanas. Una cruzada del recuerdo y la debacle, la muerte en oleadas invasoras. Libro escrito en 1945, justo después del Holocausto, detalla, no de la manera sistemática como hicieron los alemanes, el genocidio cristiano en Oriente, un drama que no se inicia (en ambos lados) con la llegada de Pedro el Ermitaño sino que se insume en el mito antiguo del rapto de Europa, el de Helena, Troya, y el histórico de Alejandro Magno, Jerjes y Artajerjes…

Se obsesiona con los kurdos, indoeuropeos asfixiados entre árabes, turcos e iranios y monta con ellos, de noche, siguiendo la senda del bandidaje y la rebelión. Otra vez, la crónica parece sacada del corazón de la Historia, no de un mundo cuyo último conflicto fue ostentoso presagio de tecnología de guerra. Aquí no, es el hombre a caballo, el patriarca, donde bigote y barba tienen significado, y los viejos fusiles no son mejores que el curvo cuchillo.

En Oriente, “todo lo que no sea una extensión pelada se llama jardín”. Vergeles. Llega a Halabja, en los contrafuertes de Avroman, donde dice que se come con el revólver al lado y hay terribles relatos de bandidos que freían a sus víctimas persas, que, hay que decirlo, también son duchos en el arte de la tortura. Entre los detalles de viaje inserta párrafos por lo general sangrientos del pasado. No se debe al morbo de relatar el espanto, sino que los siglos se desarrollaron así, con la furia mongola, la sangre derramada por Tamerlán y etcéteras siempre pintados de rojo.

De ejemplo Arbelés, fortaleza milenaria, cuyos muros desmoronados muestran el paso del tiempo mezclado con el horror, paredes similares a las que “vieron triunfar a los soberanos de Assour cuando Sardanápalo hacía extender las pieles de millares de cautivos desollados vivos ante los altares de Ishtar, después de la guerra contra el Elam”.

“Lo oriental no lucha contra el tiempo: se abandona a él, facilitándole la tarea, y los caravaneros que  pasan delante del Erbil, los albañiles que terminan la destrucción de las casas antes de reconstruir las nuevas, miran y palpan sin emoción estos testigos de un pasado enorme…”.

Poco espacio para un libro que destapa un universo, concentrado en un relativamente pequeño núcleo geográfico, el crisol del tiempo, en donde las más salvajes tribus del Kurdistán: Zibari, Chirbani y Mizouri, cortan a pedazos a los tibios. Alternancia de la persistencia y la creatividad con la violencia, donde al lado de arabescos de gran belleza, en Mosul, los posaderos presentan a Soubrier un caldo de pollo cubierto de plumas y entrañas, un agua hirviente donde se hubo de poner al ave viva y cocinarla.

Unas palabras, un capítulo en Soubrier, sobre los Yezidis, que adquirieron notoriedad el año pasado con el genocidio y esclavitud que sufrieron por parte del Estado Islámico. Escondidos en el monte Sindjar, en una “región prohibida, detrás de una frontera vulnerable”, los yezidis que veneran al profeta Cristo y respetan los Evangelios. Una obsolescencia que aún no ha sucumbido a siglos de depuración étnica y religiosa, igual a las tribus nómadas musulmanas que todavía, en la estepa kirguiza, firmaban en tiempos del autor con la cruz de sus antepasados. Y los uygur, que hoy confrontan a China, islámicos que un día fueron cristianos.
19/01/2016


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Publicado en PUÑO Y LETRA (Correo del Sur/Chuquisaca), 25/01/2016

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