Thursday, April 28, 2016

Rupturas y continuidades: La nación narrada desde la voz del niño patriota al joven marginal/ Disruptions and continuities. The building of the Nation through the voices of the young patriot and the marginal young man

Ornar Salinas1

Resumen
Dos novelas tan distantes en el tiempo y en el estilo como Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la independencia de Nataniel Aguirre (1885) y Muerta ciudad viva de Claudio Ferrufino Coqueugniot (2013) tendrían a primera vista muy poco en común como para compartir líneas de análisis. Pero una lectura un poco más atenta a los detalles revela el diálogo que se establece entre ambas obras. Más allá de los lugares comunes y de las referencias directas e indirectas que la obra de Ferrufino Coqueugniot hace a la de Aguirre, ambas novelas se construyen como narraciones en torno a conflictos de identidad de sus jóvenes protagonistas como formas de pensar lo nacional. El análisis que proponemos se centra en las formas de representación discursiva de lo joven y la estructura temporal a ellas relacionada para poner en diálogo algunos rasgos del sentido de nación propuesto en ambas novelas.

Palabras clave: Juventud // Nación // Literatura // Mestizaje.


Abstract
Disruptions and continuities. The building of the Nation through the voices of the young patriot and the marginal young man. Two novels so distant in time and style as Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la independencia by Nataniel Aguirre (1885) and Muerta ciudad viva by Claudio Ferrufino Coqueugniot (2013) would have not too much in common at first glance, but a close reading reveals how both novels are built around the same problems as a way to think the nation. The analysis proposed in this article focuses on youth and temporal representation as a form to discuss the meanings on which both novels think the Nation.

Key words: Youth // Nation // Literature // Miscegenation.



Introducción
El estudio de la representación de lo joven en la literatura permite estudiar una de las formas por las que la sociedad tiende a visibilizar sus ansiedades y contradicciones especialmente en momentos de crisis y transformación social. La representación discursiva de lo joven, en tanto construcción social, tiene mucho que ver con la forma en que una sociedad reflexiona y discute los problemas y trasformaciones que atraviesa. La misma emergencia de lo joven como categoría social y académica está relacionada justamente con la angustia frente a los cambios que la sociedad experimenta. Se puede decir entonces que lo joven es una manera de mirar los conflictos relacionados con lo generacional, lo económico, el género, lo étnico, la sexualidad, las relaciones interétnicas, etc. En la literatura la figura del joven ha servido para abordar muchos de estos problemas, no hablamos aquí de literatura hecha por jóvenes, sino de la literatura que construye una representación de la juventud y de los jóvenes, y que en algunos casos está explícitamente dirigida a un público joven. Analizar las formas en que se construye esta representación y desde dónde se la construye permite entender las urgencias del momento en que tiene lugar esta inscripción.

Para este trabajo proponemos abordar dos momentos en la historia nacional de Bolivia que más allá de parecer no tener ninguna relación entre sí comparten la angustia y la urgencia de repensar la identidad nacional desde dos períodos marcados por una crisis de identidad de lo nacional. Por un lado, la novela Juan de la Rosa. Memorias de un soldado de la independencia (1885), aborda justamente desde los ojos de un niño/adolescente la mirada retrospectiva de un viejo soldado de la independencia. El autor de la novela escribe en un momento en que ve como la pérdida de los valores patrióticos son la causa de que la nación terminará sufriendo su más traumática derrota militar en la Guerra del Pacífico en la segunda mitad del siglo XIX. La novela dirigida explícitamente a los jóvenes de la patria denuncia así la pérdida de los valores y del patriotismo como la responsable de la vergonzosa derrota y de los males presentes de la nación. La novela de Aguirre, construida como una narración de búsqueda de identidad del niño protagonista, propone un proyecto de nación basado en los valores patrióticos de los héroes cochabambinos. Por otro lado, en Muerta ciudad viva (2013) estamos también frente a un relato retrospectivo que nos sitúa en los ojos de su joven narrador protagonista. Al igual que la novela de Aguirre la obra de Ferrufino Coqueugniot es una narración de búsqueda de identidad, pero a diferencia de Juan de la Rosa, que busca reafirmar un sentido de nación a través de las memorias de su protagonista, lo que hace el narrador de Muerta ciudad viva es impugnar los sentidos y certidumbres de estos imaginaros nacionales. Es también una mirada que desde los márgenes sociales se sitúa en un momento en el que el nuevo discurso nacionalista que debía repensar la identidad nacional empieza a mostrar sus propias contradicciones y limitaciones.
De esta manera, ambas novelas se sitúan en dos momentos definidos por el leitmotiv de pensar lo nacional. Momentos distintos que se traducen en la novela de Aguirre en términos de la urgencia de construir un sentido de lo nacional que permita articular un discurso nacionalista orientado hacia el futuro, y en la novela de Ferrufino Coqueugniot como la experiencia que desde los márgenes subvierten el discurso articulador de lo nacional y la estructura temporal de la narración.

Del joven como modelo ciudadano al Bildungsroman del joven marginal
Nataniel Aguirre y Claudio Ferrufino Coqueugniot optan por abordar sus historias desde la perspectiva de un niño/adolescente y de un joven respectivamente2. Tomando en cuenta lo anterior proponemos que en estas dos novelas las diferencias al nivel de la representación discursiva de lo joven y al nivel de estructura temporal son expresiones de sus diferentes maneras de vincularse con el imaginario nacional y a su vez de sus posibles lecturas. Por un lado, la novela de Aguirre, escrita a manera de bildungsroman, nos permite estudiar como la representación de lo joven en la literatura ha servido como un espacio construido para abordar el problema de lo nacional desde una voz que recuerda y por ende que se sitúa por fuera de los hechos narrados. Para ello Aguirre sitúa al viejo soldado en otro espacio desde el cual el narrador mira los hechos, los juzga y los relata. La distancia que separa al niño Juan y al viejo coronel de la Rosa nunca desaparece, ambos operan en dos espacios distintos, en dos diégesis diferentes: la historia de la guerra de la independencia por un lado, y la historia de la nación en otro.

Por otro lado, en la novela de Ferrufino Coqueugniot, si bien pueden rastrearse similitudes con las novelas de formación no propone un modelo de juventud ni de ciudadanía a seguir, su propuesta se articula desde la voz que recuerda pero que no es una voz que se sitúa por fuera de los hechos ni desde el espacio de autoridad de la adultez. A diferencia de la novela de Aguirre, la disociación entre el sujeto que recuerda y el que narra se resuelve en el momento en que el narrador empieza a relatar los hechos en tiempo presente. De esta forma la novela termina construyéndose enteramente desde la perspectiva del joven que recuerda y que narra un presente diegético. Por este motivo se puede afirmar que la novela de Ferrufino Coqueugniot construye una subjetividad que da a lo joven la posibilidad de hablar y de mirar por cuenta propia.

De esta manera, planteamos que las narrativas de búsqueda y crecimiento, así como la formas de representar lo joven condensan no sólo las formas en que se imagina la nación, como es el caso de la novela decimonónica; sino que al mismo tiempo pueden hacer evidentes las tensiones, contradicciones y límites del proyecto nacional desde una mirada articulada desde la subjetividad del joven marginal como es el caso de la novela de Ferrufino Coqueugniot.

De la juventud como estadio del proyecto modernizador a la juventud como marginación temporal
Como ya se dijo, ambas novelas se construyen desde una mirada retrospectiva. En el caso de Juan de la Rosa, la novela es la representación de lo que el anciano héroe de la independencia recuerda, el niño protagonista es un vehículo de la mirada y de la voz del viejo coronel de la Rosa. En Muerta ciudad viva hay igualmente una construcción narrativa retrospectiva pero esta distancia con el pasado se rompe cuando presente y pasado se encuentran y el narrador deja de situarse por fuera de los hechos narrados y empieza a hablar desde un presente narrativo. Así tenemos que la voz que habla es la voz del joven. En relación con la inscripción de la voz del adulto y del joven, y de su relación con la voz narradora se pueden analizar otros aspectos del discurso en ambas novelas. Se puede estudiar por ejemplo, la relación que hay entre la voz narradora adulta - nacionalista y la figura discursiva del niño patriota como una forma de entender cómo el viejo soldado de la independencia inscribe su relato dentro del discurso moral y pedagógico, construyendo así un locus desde donde se dirige directamente a los jóvenes: "... puedo ya pedir a la juventud de mi querido país que recoja alguna enseñanza provechosa de la historia de mi vida" (Aguirre: 65).

Se ve entonces como la función moralizadora y pedagógica se define en torno a una noción de lo joven en cuanto futuro. La novela de Aguirre, de esta forma, se puede decir que se construye en torno a una temporalidad lineal3 que determina no sólo la estructura misma de la novela sino el devenir de las acciones del protagonista. Así, se puede leer el desarrollo de la vida de Juan como una alegoría del desarrollo nacional. La vida de la nación esta simbolizada en el desarrollo del niño Juan, de esta manera, la resolución propuesta por la novela en torno a la identidad del niño es la propuesta ideológica que el autor defiende como símbolo para la solución del problema de lo nacional. Como dice Lesko, la adolescencia fue definida en términos psicológicos y sociológicos como la promesa de la regeneración individual o colectiva (Lesko: 110). Dentro de los marcos temporales del liberalismo dominante de la época en que Nataniel Aguirre escribe su novela es difícil hablar de un uso científico de lo joven pero si de una visión del progreso asociada a esta imagen. Así, mientras Lesko plantea que el moderno y científico concepto de la adolescencia se vuelve un lugar multifacético para hablar del uso productivo del tiempo, del futuro y en algunas ocasiones del pasado menos glorioso (Lesko: 111). En este sentido, planteamos que si bien la novela no puede leerse desde una construcción discursiva de la adolescencia en los términos planteados por Lesko, sí, lo es, en los parámetros temporales asociados a ella. Si bien la novela es una mirada al pasado a partir de la figura de un niño/adolescente lo hace como una necesaria proyección hacia el futuro.

Nataniel Aguirre hace una doble referencia a la infancia, por un lado, escribe la novela desde la mirada del niño Juan y al mismo tiempo se sitúa en el pasado, desde un punto desde donde es posible reconstruir el espejo roto de la identidad nacional. Así la novela de Aguirre se remonta a la guerra de la independencia, ese estadio anterior a la República, esa otra infancia. Como dice Paz Soldán "la lucha por la independencia se constituye [así] en el mito básico de la entidad nacional" (:14). Recapitulando, podemos decir que la infancia en tanto figura discursiva le es útil a Aguirre en un doble sentido, por un lado, le sirve como figura discursiva para referirse alegóricamente al momento previo al nacimiento de la República (la guerra de independencia) como momento que conserva la esencia de lo nacional y al que hay que volver si se quiere proyectar la nación hacia el futuro; y al mismo tiempo usa la figura del protagonista, el niño Juan, para dirigirse a los jóvenes de la República y así desplegar un discurso moral y pedagógico en torno a la constitución del ciudadano.

La referencia a la infancia en Juan de la Rosa hay que entenderla desde los parámetros de la época. La juventud no es todavía un actor social, ni despliega una identidad social diferenciada de lo adulto. En la novela, la figura de Juan en tanto niño-adolescente no representa ninguna ruptura cultural ni generacional. Lo joven y la infancia no conviven en la novela con el mundo adulto, no son mundos culturalmente separados en términos generacionales. Así que no hay una lectura de lo nacional por parte de lo joven que dialogue con la mirada adulta. Lo que define a Juan niño en la novela son sus convicciones ideológicas, su origen de clase, su origen étnico y el grupo etario al que pertenece en términos biológicos. En cuanto a lo ideológico, Juan desde el comienzo, es parte, y comparte las discusiones y los conflictos de los mayores. Su patriotismo es inoculado por sus mentores mayores. Además, desde el punto de vista de clase y de raza su representación en la novela no está enriquecida o mediada por su condición de niño-adolescente. El único criterio que se tiene para definir a Juan como niño en este caso es la edad pero, como dice Margulis, es justamente el criterio más ambiguo para definir hoy en día a la juventud o a la infancia en tanto categorías sociales (Margulis: 13). Si bien hoy en día, según Margulis, se reconoce que la juventud es una condición constituida desde sus prácticas culturales (Ibid.: 18), lo que vemos en la novela de Aguirre es que la infancia y la adolescencia son una figura discursiva que se construye en base al vínculo con la edad pero que está culturalmente vacía. No vemos en el niño Juan ni en sus pares esa dimensión generacional que los separe culturalmente del mundo de los adultos. Los códigos que manejan son los mismos, sus juegos son juegos que emulan las acciones de los grandes, las batallas de los niños en las calles son una alegoría de las batallas de los adultos en el campo de la guerra.

No hay aquí en la juventud ningún excedente temporal, ni referencia a la idea de lo joven en términos de moratoria social, los niños son así unos pequeños adultos. Entonces este vacío simbólico y cultural de lo joven le sirve al autor para llenar la imagen de Juan con toda la ideología nacionalista del autor4. En el devenir de la narración vemos como la historia de Juan confluye con la historia nacional en una suerte de narrativa de realización donde, tal como lo planteó Lesko, lo que importa es el punto final de esta narrativa. La novela se construye así, en torno al misterio de la identidad del padre de Juan. Los conflictos étnicos, ideológicos y familiares del niño Juan reconfiguran las relaciones que Aguirre propone dentro de su proyecto nacional. Como indica Paz Soldán, la identidad de Juanito es la que conlleva intrínsecamente hacia el final de la novela y gracias a la resolución del misterio del padre a la solución propuesta por el autor como modelo de nación basado en la alianza criolla y mestiza (:49). Alianza que, a su vez, como sostiene García Pabón, está bajo la influencia del modelo liberal que se presenta en la época en que Aguirre escribe como la mejor vía para el futuro de la nación.

A lo largo de la novela no escuchamos la voz del niño Juan, es el viejo comandante quien recuerda y nos habla. Las memorias del viejo soldado terminan silenciando la voz del joven Juan de la Rosa. El narrador omnisciente se sitúa por fuera de los hechos y como una suerte de ventrílocuo que hace hablar al protagonista. Esta posición que adopta el narrador es similar a la mirada que desde el panóptico vigila todo y lo sabe todo. Se habla desde una posición privilegiada. De esta manera el narrador, el viejo héroe de la Patria, mira el pasado y construye su relato y se sitúa por encima del universo ficcional.

Paralela a esta mirada panóptica se puede leer una temporalidad panóptica en los términos expuestos por Lesko, esta temporalidad es entendida como una concepción del desarrollo a través del tiempo (: 111). En base a este paradigma visual, como plantea Lesko, es que se mide y evalúa el desarrollo y progreso no sólo cultural sino individual. En suma, para Aguirre la imagen del niño sirve para alegorizar el estadio de formación de la nación como momento constitutivo de la identidad nacional, al igual que lo es el período de la infancia y juventud en la vida del ciudadano. De esta forma, en el despliegue lineal de la historia de la nación y del individuo este estadio formativo está determinado a priori por el final deseado: el progreso en términos de civilización occidental y a nivel individual, el ciudadano en los términos liberales de la época.

En Muerta ciudad viva encontramos, por otro lado, una representación de lo joven desde los márgenes, desde la marginalidad de la ciudad y de la sociedad. Como dice Elena Ferrufino, "... Muerta ciudad viva puede leerse como la representación de lo irregular; de lo que está en los bordes, fuera de los márgenes; de lo que quebranta toda noción de normalidad" (Ferrufino: 2013). El uso discursivo de lo joven en este caso puede explicarse según Martin Barbero, como una preocupación por la juventud que se da a través de la asociación de lo joven-violento, de esta forma es "...por el cuestionamiento que explosivamente hace la juventud de las mentiras que esta sociedad se mete a sí misma para seguir creyendo en una normalidad social que el desconcierto político, la desmoralización y la agresividad expresiva de los jóvenes están desenmascarando" (Barbero, 2002:23). Se establece así, de inicio una serie de diferencias con la novela de Aguirre. Del proto ciudadano propuesto por la novela decimonónica a la imagen del joven como marginal al orden social de esa misma ciudad y a cualquier modelo de ciudadanía. Al igual que Aguirre la novela de Ferrufino Coqueugniot hace un uso discursivo de lo joven que puede ser leído como el reflejo de la preocupación de "... la sociedad el desajuste de los jóvenes con las instituciones escolar y familiar, compendiado en la obsesión de que los jóvenes se están perdiendo valores, que estamos ante una juventud 'sin valores', preocupación moralista" (Barbero: 23). Como dice Elena Ferrufino,
la novela -como toda la obra de Claudio- constituye también un poderoso recurso crítico a la sociedad boliviana. A las taras de un país que es tan hermoso como truculento. Saboreamos geografías idílicas, así como paisajes del averno. Exploramos las enormes contradicciones de una sociedad que bebe, fornica y come sin tregua. Sin piedad (2013).

Así, la construcción discursiva de lo joven es lo que permite visibilizar lo que está ocurriendo en la familia, en la escuela, en la política, en la sociedad, sirve así también para develar una realidad que sólo es aprehensible desde los márgenes de la ciudad. Mientras Aguirre recurre a la representación de lo joven para construir la nación Ferrufino Coqueugniot lo hace para deconstruirla. De esta forma el autor:

...nos ofrece el espectáculo de una ciudad nauseabunda, donde mujeres y mendigos; borrachos y ladrones desfilan ante el lector provocando repulsión mezclada con una suerte de fascinación ante este escenario de transgresión sistemática, donde el vértigo familiar y elemental ante lo prohibido se convierte en goce perverso, permitiendo que lector y protagonista se revuelquen -juntos- en las calles de lodo mezclado con mierda. En los pasadizos secretos de una Cochabamba que repta ante la seducción del pecado (Ferrufino, 2013).

La novela de Ferrufino Coqueugniot es marginal a su vez porque rompe con la linealidad de la temporalidad histórica y de la temporalidad de la narración tradicional. En Muerta ciudad viva, hay una ruptura de la temporalidad panóptica que puede leerse como una ruptura con la confianza en el progreso y el futuro que caracteriza a la inspiración liberal de la novela de Aguirre. De esta forma la estructura de la novela llama la atención por la singular manera en que se construye, por el ordenamiento singular de sus capítulos que se ordenan sin una lógica progresiva así, en este decurso, cada segmento narrativo va y viene en una suerte de remolino que transita del uno al dos; del cero al tres; del uno al cuatro, al siete… como en desenfrenado arranque de un punto al que retornamos obsesivamente y del cual partimos una y otra vez al ritmo que nos impone el relato en este universo ilimitado, a la vez que esquivo y manoseado (Ferrufino, 2013).

Como indica Elena Ferrufino esta sensación de que la novela no avanza y que nos trae de vuelta de manera reiterativa al punto de partida mina toda posibilidad de avance, de progreso, de certeza de que se va algún lado, en definitiva de resolución del enigma. De esta forma, la imposibilidad de resolver el laberinto de la identidad hace imposible que la novela se despliegue progresivamente hacia un punto prefijado con anterioridad, así la linealidad mecánica propia de la ideología moderna de progreso es subvertida estructuralmente por la novela. En este sentido, la estructura narrativa buscaría reproducir justamente el desencanto por la posibilidad de cambio social en términos de progreso. Así, la madre del protagonista se refiere a la Revolución Nacional de 1952:

Llegué muy poco tiempo después de la revolución. Que no fue tal, sino un replanteo de jerarquías. No estaba la libertad en juego; era el cambio de amo. Lo sentí de esa manera. Los mestizos letrados, igual que antes los otros, con un discurso semi-progresista se encarnaron y construyeron una dinastía de cimiento endeble. Si en el pasado era el miedo del hacendado y del cacique, ahora era al Partido y sus burócratas (Ferrufino Coqueugniot: 40).

Las constantes referencias al desencanto con las ideas revolucionarias y de la izquierda de la segunda mitad del siglo XX no pueden dejar de ponerse en el contexto desde el cual habla el autor porque al final toda mirada hacia el pasado es una rendición de cuentas con el presente. Así, la novela de Ferrufino Coqueugniot al igual que la de Aguirre se remite al pasado para hablar del presente.
De esta forma, la novela representa a través del deambular del narrador la imposibilidad de crecimiento y realización del personaje, y en su estructura en forma de espiral que gira sobre un mismo centro se ve la misma pérdida de fe en el futuro, en una historia que no va hacia ninguna parte. Por otro lado, la fe en lo letrado que en Juan de la Rosa es representado como el vehículo de la construcción del ciudadano y del patriota en Muerta ciudad viva termina siendo parte de un juego verbal sin conexión con la historia. Por ejemplo, es el caso del círculo literario al que pertenece el protagonista y las referencias a su formación universitaria como forma infructuosa de afrontar el martirio de sus fantasmas. Desde otro punto de vista, la crítica a lo letrado se construye también por la manera en que en la novela se construye la imagen del joven universitario. En la novela los "… universitarios se consideraban una casta apreciable" (:62), pero que terminan siendo parte de "... la mentirosa transformación del mundo" (: 174). Además, el cinismo con que el personaje se relaciona con las ideas de los estudiantes de izquierda muestra justamente esa pérdida de fe en el cambio de la historia a manos de estos grupos letrados. "Así se crecía, como en la prisión, y el rodillo llevaba ya quinientos años. O más años" (Ferrufino Coqueugniot : 12); "La universidad como colchón de aire que amaina el golpe de encontrarse con un país sin opciones. Venga, a por alcohol, que otra cosa no hay que hacer" (:57). Tenemos así a la juventud como un espacio, un refugio temporal que se busca prolongar frente a la incertidumbre de la vida "real" ahí donde se sucede la historia. La novela se hace eco así de la desesperanza de las revoluciones que en el presente del narrador hace referencia al socialismo de los 70 's y en el presente del autor al socialismo del siglo XXI. La pérdida de fe en el progreso no supone un quiebre únicamente con las formulas neoliberales sino también con las revoluciones de izquierda en la medida en que ambas se construyen en una misma estructura temporal.

Si bien en Juan de la Rosa tenemos una representación de la juventud como una etapa de transición hacia la adultez que parece estar a cada momento a la vuelta de la esquina pese a que el protagonista es un niño, en Muerta ciudad viva la juventud es un aletargamiento que se busca prolongar. Las letras en el caso de la novela decimonónica son las que permiten la formación ideológica y el crecimiento del personaje hasta convertirse en un modelo de ciudadano y de patriota. En la novela contemporánea lo letrado deja de ser un referente en donde encontrar el sentido de lo nacional y de proveer respuestas frente a la construcción del yo. Por este motivo no deja de ser significativo contrastar la imagen centrada del yo que representa el personaje de la obra de Aguirre frente a la subjetividad fragmentada de la novela de Ferrufino Coqueugniot. Así el personaje de Muerta ciudad viva, escritor-poeta y universitario, termina usando el mismo poder de las letras para vender y negociar niños haciéndose pasar por abogado. Frente al dócil adoctrinamiento del niño Juan en la novela patriótica se contrapone la amarga ironía con la que el personaje se enfrenta a las ideologías de izquierda de los años 70's y 80's.

Pensar la nación a través de los modelos narrativos de la juventud
Las dos novelas tienen un nudo narrativo en común y es que se construyen en torno a historias de amor de jóvenes. En el caso de la novela nacional escrita por Aguirre, García Pabón ya remarcó su singularidad al respecto, "el amor como en todo romance histórico tiene una importancia ideológica, pero a diferencia de otras novelas aquí [Juan de la Rosa] presenta varias facetas, irreductibles al simple amor juvenil capaz de resolver las contradicciones nacionales (García Pabón: 69). La novela, según García Pabón, sustenta que hay un origen natural en las tres clases de amor. El amor natural del niño por la madre que se transforma en el amor por la patria el cual debe ser natural y esencial como el amor de la madre. De esta manera, teniendo el amor a la madre como a priori, en tanto natural y esencial, "... el libro proyecta esta esencialidad como la base sobre la cual se debe formar tanto el amor a la patria como el amor el amor a la mujer" (García Pabón: 70). Es así que para este autor, Juan de la Rosa es a un nivel una forma de novela de educación sentimental así como a la vez un romance histórico.

Esta educación sentimental es la que permite la transformación o canalización del amor de la madre por el amor a la patria, pero en esta transformación hay un proceso letrado de mediación. Esta mediación se da gracias a la intervención de un sacerdote letrado, así como dice Sanjinés, "… Fray Justo, el narrador subordinado de la novela, quien enseña a leer y escribir al niño Juan de la Rosa, revela todo el proyecto de identidad nacional " (Sanjinés: 42). Es la manera en que el autor resuelve estas historias de amor que se construye el ideal de nación. Por eso el recurso de apelar a la imagen del niño es necesario porque solo así se puede dar "naturalmente" la conexión entre la imagen de la madre, la patria y la mujer. Este modelo de amor, como apunta García Pabón, cubre el desarrollo emocional del niño y el desarrollo social del pueblo cochabambino, que se propone a su vez como ejemplo para toda la nación. Modelo de amor que se nutre de la inocencia y confianza del niño y de la generosidad y capacidad de sacrificio de la madre.

Los otros dos amores no gozan del hecho de ser circunstancias dadas a priori, entonces deben ser construidos y luego interiorizados. Es decir, deben ser narrados como modelos a ser imitados. "Con esto se crea un mecanismo de educación del protagonista y, consecuentemente, del lector" (García Pabón: 70). En definitiva el niño y el joven no se constituyen en actores políticos por sí mismos sino en la medida en que condensan y representan los proyectos nacionales, es decir en la medida en que funcionan como figuras discursivas y no como agentes con una identidad social y cultural propia. De esta forma, estas narrativas de niñez, juventud y de paso a la adultez/ciudadanía se convierten en un medio clave en la construcción ideológica que se refiere a lo nacional en varios niveles: desde la alegoría de la resolución del amor que representaría la alianza que se privilegia como proyecto nacional y a su vez en el modelo de desarrollo que permite el paso de la juventud a la adultez como modelo de desarrollo del ciudadano y de la nación.

Del lado de Muerta ciudad viva la educación sentimental del protagonista es una historia marcada por la imposibilidad de un encuentro real con el otro. Si en la novela decimonónica es la muerte del ser amado, de la madre y de los amigos, el horror de la guerra lo que marca el paso de la juventud a la adultez, en la novela de Ferrufino Coqueugniot es el alcohol y el sexo. De esta forma, Aguirre puede construir una idealización de los valores patrios a partir del amor y la muerte, pero Ferrufino Coqueugniot por el contrario, narra el pasaje a la adultez como una narrativa del fracaso, lo que sirve para representar la imposibilidad de inserción del joven protagonista en la vida adulta o en otros términos de encontrar un sentido que le permita insertarse en la sociedad. De la alegoría del progreso que alimentaba el proyecto decimonónico a la imposibilidad de dar respuestas claras que permitan proyectar una idea de comunidad nacional hacia un futuro. Si el proyecto ideológico del mestizaje en Juan de la Rosa es concomitante con la fe en la modernización y el progreso, en Muerta ciudad viva el mestizaje es el lugar laberíntico de lo popular vivido como el espacio en donde es imposible el encuentro con el otro.

El mestizaje
En el caso de Juan de la Rosa el proyecto de identidad nacional estaba íntimamente ligado a la resolución del misterio de la identidad del niño. El descubrimiento de la identidad del padre (criollo) y de la familia de la madre (mestiza) que permite consecuentemente proponer a través de la identidad del niño Juan la alianza criollo y mestiza (Paz Soldán :49). Como dice Paz Soldán, la novela muestra claramente cómo al proyecto independentista y nacional le costaba incorporar plenamente la tradición indígena con sus valores e historia. Lo indígena asociado al mito e imagen del Inca es cerrado como opción para pensar lo nacional y sólo incorporado a través de la mediación mestiza. De esta forma se revela "... el meollo ideológico de la novela: se trata de apartar al indígena, de negarle posibilidad alguna en la construcción nacional" (Sanjinés: 42). El líder mestizo Calatayud y las mujeres de la Colina de San Sebastián encarnarían así, los valores patrióticos a emular. De esta forma el discurso de la novela busca legitimar una forma de pensar lo nacional que supere la fragmentación social y cultural bajo la imagen articuladora de lo mestizo. De esta forma, en el proyecto nacional liberal de Aguirre, lo mestizo en tanto comunidad imaginada, como dice Sanjinés (2005), sirvió al propósito de encubrir la reproducción de las contradicciones tanto las heredadas de la colonia y como las que produce la modernidad.

La novela Muerta ciudad viva no puede leerse en términos de un proyecto nacional sino más bien como un síntoma del fracaso de estos proyectos. Si bien en términos generales la novela como género tiene hoy otras funciones y la relación de la literatura con la política no es la misma que en el siglo XIX, es posible leer la novela desde la relación que se construye entre juventud, Estado, sociedad y política. Si bien Juan de la Rosa se construye en base a la mitificación de la figura del rebelde mestizo Alejo Calatayud y trabaja privilegiando el lugar de lo mestizo letrado frente a lo cholo y lo indígena; tenemos al contrario que Muerta ciudad viva está llena de referencias a lo popular mestizo, aquello que justamente Aguirre trataba de controlar y de civilizar. En este sentido, la novela de Ferrufino Coqueugniot es una mirada de la ciudad desde la cara popular de lo mestizo aquella que relegaba la novela de Aguirre en favor de lo mestizo letrado.

La novela de Ferrufino Coqueugniot empieza con una ubicación social y espacial precisa: "se acomodó en el vano de una puerta, al frente del Mercado Calatayud, en la esquina de Uruguay y Lanza" (Ferrufino, 7). De esta forma se introduce no sólo la imagen mítica del líder mestizo sino a su vez, de lo popular mestizo, imagen reforzada por la inserción de las calles que como marcas espaciales sitúan la novela en la otra orilla de donde habita lo criollo y lo mestizo letrado en Juan de la Rosa. Pero lo que hace Ferrufino Coqueugniot en su novela es reinterpretar la imagen del líder mestizo. De esta forma no encontramos una glorificación de lo mestizo letrado sino una entrada al "fango" donde se encuentra lo popular, que al final de cuentas es lo que hace andar a la ciudad:
El mercado despertaba. Esos vientres de vaca y demás partes, revolcados en el piso con orín y mierda que la noche dejaba en las rutas de la ciudad, hervían en cacerolas, sopas, se convertían en chorizos para alimentar la pantagruélica hambre de un pueblo mestizo, acostumbrado a comer y cagar, y a nada más, como decía su padre (Ferrufino Coqueugniot: 10).

Esta masa caótica de cuerpos se ubica espacialmente casi en el centro de la ciudad: "Mestizos descalzos, de musculosos brazos, abrían las compuertas y comenzaban a arrojar al piso entrañas de animal, cientos de estómago, tripas, hígados, riñones para regocijo de los canes que se abalanzaban a atrapar algo" (Ferrufino Coqueugniot: 8). El narrador pese a recorrer esa "otra ciudad", la ciudad periférica, marginal y de la noche (la ciudad nocturna es la ciudad vivida por los jóvenes), no deja de marcar la diferencia que la separa de ella: "En barrios que no eran suyos, entre gente que jamás contempló durante la infancia, a no ser que formaran parte de la servidumbre de casa" (7-8). El mercado es el universo de lo popular donde también lo indígena es representado y subalternizado: 

"Luego, con un peso gigantesco -se evidenciaba en las pantorrillas desnudas e infladas de los indios- las carretillas se adentraban en el mercado. Ni caso hacían de los perros. El precio que el matadero cobraba por deshacerse de esto sería mínimo" (Ferrufino Coqueugniot: 9). El personaje nos habla no desde los espacios de la ciudad letrada o de la ciudad "blanca" sino desde los espacios de los "otros" y sitúa su búsqueda justamente en el lugar "... donde el pavimento [brilla] de mugre, por humedad natural y por orines que las orquestas de ebrios conjuraban por las calles, sobre todo en las esquinas" (Ferrufino Coqueugniot, 8).

De esta forma, la novela nos habla no sólo de las formas de rearticulación de las diferencias sociales y étnico-culturales sino también de sus formas de reproducción en el espacio urbano. Vemos así un desplazamiento del discurso liberal y nacionalista sobre el mestizaje hacia una experiencia vivida que en vez de operar para subsumir la diferencia lo hace para revelarla y problematizarla. Esta homogeneidad añorada en los proyectos nacionales del siglo XX, producto de las interpretaciones que se hicieron de la obra de Aguirre, no hace más que develar la violencia con que la modernidad impuso sus condiciones en la formación de las naciones. Como dice el narrador,

.. .Bolivia se construyó a palo, todos golpeados, una generación a otra, blancos a mestizos, mestizos a indios, indios a mujeres, mujeres a niños, niños a perros, perros a gatos, en una escala que descendía hasta el fondo de la violencia y que incapacitaba a la población y al país avanzar (Ferrufino Coqueugniot: 11).

El narrador de Muerta ciudad viva termina por mostrar su incapacidad para encontrar esa identidad que el niño Juan descubre al final de la novela de Aguirre. Para el joven patriota cochabambino es la comunidad imaginada del mestizaje el punto de llegada de su búsqueda, en tanto para el joven narrador cochabambino de Muerta ciudad viva es el punto de partida de una búsqueda que se torna incierta: ". Y me he puesto a bailar con ojos entrecerrados, buscando a un hombre, buscándome en el laberinto del mestizaje. Una banda de loros verdes cruza la puna. Tal vez un oasis más allá. Quizá un espejismo" (Ferrufino Coqueugniot, 34).

Retomando lo discutido hasta ahora se ve que en Juan de la Rosa la niñez/ adolescencia es un periodo demarcado a lo largo del proceso de constitución del ciudadano. Proceso en el que lo joven no tiene un estatuto cultural propio sino es el espacio de la reproducción ideológica de la nación que se cristaliza en el ciudadano que encarna los valores de amor a la patria. Por otro lado, el narrador de Muerta ciudad viva es un joven con una densidad cultural que lo diferencia del mundo adulto. La universidad como referencia al espacio de reproducción del mundo juvenil, las referencias a la música que van desde los yaravíes quechuas, las melodías militares del diecinueve, la cueca del periodo nacionalista, el rock, la cumbia y la música popular contemporánea que trazan un mapa temporal de la historia de la nación y de la emergencia de lo joven. La resolución de la identidad que cierra la formación del niño Juan se ve proyectada en una especie de "flash forward" de la novela que nos muestra la imagen del joven soldado en los ejércitos porteños. De esta forma la asimilación del protagonista al proyecto patriótico en el presente de la novela (1812) sirve de modelo de formación para la construcción de una nación moderna en el presente del autor (1885).

Al contrario, la novela de Ferrufino-Coqueugniot plantea que justamente este dilema en torno a la identidad no tiene resolución. La novela Muerta ciudad viva se construye en diálogo constante con los proyectos de nación y de esta forma la obra de Ferrufino Coqueugniot está llena de referencias a la obra de Aguirre. Por ejemplo: "Juan de la Cosa coscorosa..." (Ferrufino Coqueugniot : 114), alusión directa a la novela Juan de la Rosa pero también hay referencias al momento que elige Aguirre como articulador de lo nacional, así tenemos la banda militar, que el personaje ve en todas partes como una imagen fantasmagórica, tocando la marcha militar "Talacocha" (compuesta en el siglo XIX por un veterano de la Guerra del Pacífico). Además, la novela establece también claras referencias a los proyectos de nación que se construyó como alternativa al modelo liberal decimonónico de Aguirre en el siglo XX; así, la novela no deja de hacer una crítica a los proyectos nacionalistas revolucionarios como el del 52, pero también a las ideas revolucionarias de izquierda de los 70's y 80's que forman parte del mundo de la ficción. A un otro nivel, la novela establece también un diálogo con el presente del autor y es así que retomar el referente del mestizaje para hablar de lo nacional termina estableciendo una mirada escéptica al proyecto de nación que desde lo indígena y desde la nueva izquierda se trata de imponer en el siglo XXI.

En conclusión, la novela de Aguirre y la de Ferrufino pueden ser leídas desde el diálogo que tejen en torno a la crisis de sentido de lo nacional, diálogo que las sitúa en dos posiciones contrapuestas; posiciones determinadas por su época y sus urgencias. La construcción de una narración de realización que gira en torno a la resolución del enigma de la identidad del niño Juan de la Rosa que sirvió al autor para verter en esta imagen toda la ideología de su proyecto liberal, pero al mismo tiempo vació de toda subjetividad a su personaje principal. Por tanto, no es de extrañar que la voz que escuchamos no sea la del niño sino la del viejo coronel de la Rosa. El discurso liberal modernizador termina dando forma no sólo a la nación sino al modelo acorde de ciudadano y de juventud. Por otro lado, la novela de Ferrufino Coqueugniot mira lo social desde la otra orilla, desde una doble marginalidad, por fuera de la ciudad en tanto espacio civilizador y de construcción de modernidad y progreso, pero a su vez, por fuera del discurso oficial de la nación. La imposibilidad de una asimilación por los discursos nacionales hace de su personaje central, un joven universitario, un personaje marginal que encarna la mirada del joven que testimonia el fracaso de los proyectos modernos de la nación.

De esta forma, la imagen ideológicamente constituida del niño Juan contrasta con la subjetividad fragmentada del joven marginal que se debate entre el alcohólico, el naturalista amante de los espacios rurales y el escritor/poeta figura que se resiste a ser contenida en un único discurso disciplinador. Mientras la voz del discurso nacional silencia al niño Juan integrándolo al orden social y étnico liberal, la voz propia del joven marginal le devuelve su subjetividad pero al hacerlo no puede integrarlo al orden social urbano ni nacional. En Muerta ciudad viva el fracaso de la resolución del enigma que se plantea como leitmotiv contrasta así con Juan de la Rosa, fracaso que puede leerse como la pérdida de fe en imaginar lo nacional de una forma que resuelva el laberinto del mestizaje. Mestizaje que es entendido en términos distintos a los planteados por Aguirre, no es el mestizaje que se construye en torno a la imagen mítica del líder mestizo Alejo Calatayud sino el mestizaje popular que se representa en la imagen del mercado Calatayud de Cochabamba. En ese lugar el espacio de lo popular es el escenario donde el abigarrado mundo social urbano subvierte todo discurso sobre orden social, pero a la vez es testimonio de la posibilidad de aprehender sino un sentido que resuelva el caos de la heterogeneidad, por lo menos una imagen de una comunidad que en su lucha por subsistir está condenada convivir. Frente al niño-adolescente Juan de la Rosa, símbolo de la fe en el progreso y la modernización tenemos al protagonista de Ferrufino Coqueugniot que es, por su parte, un síntoma de la pérdida de fe en los proyectos y discursos ordenadores de lo nacional.

NOTAS
1 Estudiante de doctorado en Literatura latinoamericana en The Ohio State University (USA). Sus áreas de investigación se centran en la cultura popular del período colonial tardío y el siglo XIX, así como el cine latinoamericano contemporáneo. Ha trabajado como profesor en varias universidades de Bolivia en las áreas de las Ciencias de la Comunicación y Estudios Culturales. Entre sus trabajos se encuentra el artículo: "Una lectura de lo nacional desde lo popular en Juan de la Rosa" (2015). E-mail: salinas.31@buckeyemail.osu.edu

2 La aplicación de estas categorías al protagonista de la novela de Aguirre no deja de ser problemática por ser estas construcciones teóricas posteriores al momento en que la novela fue escrita.

3 Si bien Gustavo García en su estudio introductorio a la novela de Aguirre señaló acertadamente los matices en los que debe tomarse esta afirmación, no cabe duda de que la novela en tanto proyecto narrativo e ideológico se despliega siguiendo y ajustándose a fin determinado.

4 Lo importante en la formación intelectual y patriótica de Juan es repetir textualmente las palabras de los mayores. Como ejemplo, la escena en que Fray Justo le pide a Juan que repita las palabras pronunciadas por Oquendo (:126).

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©  2016  Universidad Mayor de San Andrés, Facultad de Humanidades, Instituto de Estudios Bolivianos

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De ESTUDIOS BOLIVIANOS No. 22, La Paz, 06/2015

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