Friday, March 24, 2017

La guerra civil

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Siberia: bosque, tundra, estepa. Guerra civil; los trenes del almirante Kolchak vuelan con carga de muerte. En ellos se acaban los prisioneros bolcheviques, lamiendo la negra nieve del piso de los vagones.

Noche. Leo el texto de un escritor kasajo acerca de aquel tiempo. Nieve blanca y profunda, como mis botas hundidas en el invierno de Denver. Antes era la historia de la guerra en el oeste y el sur: Denikin y Wrangel. Páginas de Isaak Babel y de Alexei Tolstoi. Ahora la vida se ha movido a oriente, al otro extremo del mundo ruso, un paisaje que observé en documentales, leyendas, en las imágenes de Derzu Uzala, de Kurosawa. Siberia solo era un crepúsculo cochabambino, trece años atrás, de calientes sombras. Entonces fue delirio intelectual y amor. Ha pasado mucho y no interesa más contarle a mujer alguna historia soviética.

Estábamos en Kolchak, Dios no lo tenga en su gloria, y en su guerra del fin del mundo. Su sueño de zar negro se terminó. No importa quienes lo siguieron, solo captar la agonía de la batalla en el espacio sin límites. Pelear con referencias geográficas puede aceptarse, la visión de una montaña, de un montículo siquiera, pero en Siberia no.

Tierra infinita. Vivir allí, peor morirse, debe ser castigo eterno. Imaginar las horas, días, los muertos en medio del extenso hielo… La guerra es horrible de por sí, pero esta noche he tenido la sensación de que si fuese soldado rojo, en la Rusia posterior al 17, si me diesen a escoger, preferiría morirme en Polonia, corromperme al abrigo de los monasterios, bajo la observancia de los rezantes judíos, que acabar en la estepa siberiana, preludio de nada.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 19/07/1996

Imagen: Soldados campesinos de Kolchak 

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