Claudio Ferrufino-Coqueugniot
“Navegando”, como se suele decir ahora, por internet, encontré Apología de los ociosos y otras ociosidades, de Robert Louis Stevenson, con prólogo de Marcel Schwob. Libro breve, 80 páginas, al que tengo que echarle mano. Mis maestros, ambos, en distintas etapas de mi vida, los samoanos. Stevenson en sillón de mimbre u otra planta tropical; Schwob con una taza de té mientras su sirviente chino al lado parece estatua de sal, mujer de Lot.
Ocio. En
mis tiempos de mal aprendiz de sociólogo, cuando pasaba horas escogiendo libros
para llevar a casa, hallé y leí El
derecho a la pereza, de Paul Lafargue, político, activista, yerno de Karl
Marx, de origen franco-cubano. Poco recuerdo, el que las máquinas debieran reemplazar
el trabajo humano para que los hombres pudieran disfrutar de su tiempo. Derecho
que nos asiste a todos, a no hacer nada, menos nada que no querramos. Pero las
décadas se burlaron del barbón de Tréveris, de su yerno y su hija suicidados de
común acuerdo, de Herzen y Bakunin. Y Ogarev. Georg Herwegh, amante de la
esposa de Herzen, escribía poemas para las sociedades socialistas de Ferdinand
Lassalle. Europa era un foco de fuego. Kolokol incitaba a Rusia, con antelación
de medio siglo ya veía arder la revolución. Carretones atravesaban la estepa
cargados de textos de los notables exiliados londinenses. En inmundas isbas,
los populistas que habían “ido al pueblo” enseñaban gramática y el poder intrínseco
y bendito de las bombas.
The Smashing Pumpkins cantan en Siamese Dreams. Casi
recién llegado yo a la capital norteamericana, entre rock alternativo,
canciones de protesta, Leonard Cohen y Theodorakis. Brisa helada entra por la
ventana de Aurora. Imagino el mar de Carballo del que me han hablado. Quisiera
ir a Soria, pequeña y olvidada, a tanto quisiera adentrarme que se agotaron los
pasajes. Mientras tanto conduzco por la antigua Denver, avenida Colfax Este,
que parece zona de guerra. Tiran abajo los viejos edificios. Las casas y
negocios ya están tapiados con venesta, se ha determinado el exterminio de los
poetas beats que pululaban por ahí, de putas y alcohólicos desterrados del
oeste. De serios tecatos con camisas de manga larga para esconder las manchas
de las agujas de heroína. Gentrificación. Huele aún a hamburguesa barata, los
griegos continúan vendiendo gyros con yogurt agrio. Microcervecerías
clausuradas; un famoso sex shop a pocas cuadras del Capitolio; el magnífico
lugar en donde se podía comprar cerveza y jugar pinball en decenas de bellísimas
máquinas de color y sonido.
Johnny Cash
y arándanos rojos. En los bosques nórdicos, las matas de lingonberry, arándanos
colorados, decoran la solitud de Finlandia. Tierra de pálidas mujeres y
ciudades de piedra amarilla. Las venas de sus cuerpos imitan fuentes de lapizlazuli.
Doblo por
la Cimarrón Street, por la 39 y retorno a Sable. Casas con cinco, seis autos en
la acera del garaje, destacan las últimas camadas de los que se llamaron orgullosamente
a sí mismos “cholos”. No solo generaciones perdidas, sino fracasadas y occisas.
Manejo porque busco emociones de recuerdo. Las calles, los árboles, el heladero
mexicano con mandil y carrito de dos ruedas cubiertos de rastros de ti. Tu voz
vuela en el viento, sopla, llora y recita bossas novas de amor. Observo un
Isuzu Trooper blanco que se apresura a desaparecer. Me doy cuenta que soy yo buscándote.
Martinho da Vila en ronca voz, con brutal presagio, entona: “Pode apagar o fogo
Mané que eu não volto mais”. La caldera va consumiéndose. Terminada el agua la
llama sube por el brillante acero, lo derrite, toma la cocina y cortinas,
sábanas de esquinas bordadas. Fogata de San Juan, militares disparando a
mineros en Bolivia 1967. El fuego mata, las balas también. Nuestra casa se
masacra a sí misma sin piedad y excesivo encono. Contemplo de nuevo al Isuzu
blanco de emisiones fantasmas. El chofer me mira y saluda. Me doy cuenta que me
miro al espejo y lo destrozo. Se rompe solo, cae el marco marrón. El automóvil
lento continúa. Al fondo de la calle se desvanece. “Pode apagar o fogo Mané que
eu não volto mais”. Não, nunca mais, y sin embargo te amo. Eres para mí parque
crucificado entre dos ramas. A orillas del arroyo de los cerezos. Sin embargo
te amo. Cumbias sentadas, porros que cuentan años idos, salsas y guajiras.
Cueca, cueca. Forró.
El mar de
Cienfuegos atrapa a una anciana y la esfuma. Las pobres sandalias flotan como barquitos
de papel plástico. Delicioso plato de colas de langosta y vino fino en el
castillo frente al mar. Libros, novelas, sabias conversaciones acerca de
Lezama. Digo salud al comisario político que nos sigue de cerca. Lo emborracho
con audacia cochabambina y al fin terminamos puteando en contra de qué. Ian
Curtis: She's Lost Control.
Nada, lo que parece, todo lo mismo. Sandalias ahogadas y famosos escritores al
borde de la piscina con mallas de tonos vivos.
Ha muerto George Foreman. Kinshasa 1974. En el filme Alí (Michael Mann, 2001) el otrora gran campeón Muhammad Alí corre
por las calles de la sangrienta capital de Mobutu. Lucha de negros populares, a
su manera representando mundos que en sí no son tan dispares. Cine, en demasía.
Colección de 2500 videos que catalogué de a uno, a mano, cuidando el detalle de
la información y que mostré con cierta ufanía en los almuerzos de Puebla, con
ritmo de marimbas al fondo.
Último domingo en Denver. Mis hijas como siempre me halagarán con rico
almuerzo. Despiden y reciben a su padre con fanfarria de diputado nacional. Tal
vez pida barbeque, barbacoa, suave dulzor de comida típica del oeste
norteamericano. Con papa y cebollas fritas. Bomba de tiempo, lo que uno quiere
y saborea.
Navegamos. Por el océano verde y cerca de los campos en donde combaten
buenos contra malos. El sargento Pimienta carga armas letales. En el aeropuerto
de Miami una gran pared tiene un mural de flores frescas que rezan: “All You
Need Is Love”. Si miente o no tal afirmación no es tema hoy. La noche se ha
acercado febril y calma en su contradicción. El domingo asomará con nuevo
ambiente. Un tren calienta locomotoras en algún lado, ávido de subirme en él y
llevarme por los puentes sino del destino al menos de la belleza. Anuncian
tormentas en el horizonte. Esperemos que esas luces estruendosas a lo lejos no
sean de cañones. Vivan rayos y truenos y mueran las guerras. Nos sumergimos.
Estamos en hogar, home, en el vientre del submarino amarillo.
22/03/2025
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Imagen: Nowhere Man
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