Monday, February 4, 2019

La pera madura/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pues cae, sin Newton y su historia de fruta en la cabeza, manzana o lo que fuera. Aquí no hay ciencia sino simple y llanamente que el árbol se pudrió y ahora no solo se extirpan las frutas, también se corta el tronco.

Hablamos del patán grandote, Nicolás Maduro, quien se creyó más que la medida que calza, como sucede por lo común con esa sarta de cabezones que terminan dictaminando, dictando, mandando, exigiendo el comportamiento colectivo de acuerdo a sus majaderías de tinte ideológico y de realidad delincuente.

Triste, pero fue un fascista del calibre de John Bolton, con espaldas protegidas por otro patán mayor: Trump, quien decidiera que ya bastó en la historia que Maduro y sus secuaces siguiesen en el poder. No es por hombría de bien, hay que aclarar, pero así y todo vale. Que Guaidó sea esto o lo otro, poco importa ahora. Que habrá reacción a la acción, seguro, como lo vimos en Brasil o Argentina, como en México en sentido inverso. Pero que el mal debe ser exterminado aun sin encontrarse la vacuna, también. No hay tregua contra el virus y le llegó la hora a este, el inescrupulosus madurensis, cría de buitres más avezados y sirviente de los eternos beneficiados de la revolución en la isla en forma de caimán.

Además de esta jugada que destruye a Maduro en un santiamén, que muestra la falacia de su castillo de naipes, ya los norteamericanos han decidido que hay que barrer el patio todo, el que fuera, y siempre siguió siendo, de atrás y suyo, a pesar del avance chino y ruso y tretas internacionales variopintas. Se le ha advertido al Somoza sandinista y es el próximo en caer. La decisión está dada y los dados jugados. Nada pueden hacer los mesías de la pobreza y detentadores del oro contra eso. Hay un poder por encima de su carnaval mesiánico y trivial. En algún momento termina la fiesta y se entierra a Momo, y este personaje carnavalesco tiene hoy nombre y tendrá otros que seguirán pronto.

El infalible Evo también ya está advertido. Lo señalaron como al niño malo, el que robó los cuadernos, y si tuviera una pizca de orgullo y otra de inteligencia debiera ponerse a correr la maratón; aprender a nadar por si tiene que cruzar el Caribe antes de que lo victimicen los tiburones de tierra que son más peligrosos que aquellos del mar. Supongamos que hace caso omiso del dedo acusador y se presenta y con fraude se entroniza de nuevo en la silla especial para su voluminoso nalguerío. Ahí estará Bolton con su cuaderno amarillo de notas y un nombre tachado en él, el del protector de los pueblos indígenas, el apu máximo que se creyó Cromwell y no tuvo atisbo de la vehemente perspicacia del Lord Protector.

Hay respiro en América Latina. Habrá que lidiar después con aberraciones tipo Bolsonaro. Hoy lo importante está en correr a látigo a los presentes. Luego nos pondremos de nuevo en el lado contrario, a combatir a los otros que a fe cierta son los mismos, desde nuestra independencia de criterio y nuestra aversión al patronazgo.

Por lo menos, a pesar de las no mejores circunstancias, los amos tendrán su lección. Siempre hay otro más poderoso; la vida no les enseña y luego terminan con un palo de escoba en el culo. Como para creerse semidioses, héroes mitológicos de una historia desconocida o al menos mal contada en el caso nuestro. Linerita discurseará con su verbo de niño y echará bobadas mayúsculas como las que acostumbra. Poca admiración le causarán a Bolton que ha destapado el gran garrote de la vieja política imperial y echará a los fariseos del templo reivindicando a un Cristo brutal y republicano.
03/02/19

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 05/02/2019

Imagen: Nicolás Maduro, por Pancho Cajas

Sunday, February 3, 2019

La bacanal de Claudio Ferrufino-Coqueugniot


GUILLERMO RUIZ PLAZA

La literatura de Claudio Ferrufino-Coqueugniot es una bacanal de los sentidos. Hace del tiempo, de la ausencia, de la muerte, una fiesta al borde del abismo.

Este libro singular puede leerse como un diario de viajes por la geografía del mundo, pero también por el espacio inquieto y deslumbrante de la memoria. 

En ellos, la música –Mozart, Pink Floyd, Leonard Cohen– es el vehículo privilegiado del pasado. “A veces”, sentencia el autor con elegancia, “una hermosa canción es un castigo”. 

La cocina –el aroma de las especias, los sabores y las texturas– y el sexo –el orgasmo, nuestra frágil y melancólica eternidad– son metáforas de la escritura. 

Porque aquí la literatura es vida y la vida, literatura. 

*

La luz de una estrella es el brillo de lo que ya no existe; lo que perciben nuestros ojos es el resplandor de un fantasma. 

El oro de las estrellas extinguidas, el magnífico verso de Georg Trakl, bautiza a la perfección este libro sobre la irrealidad y el fulgor del pasado.

En estas páginas, “uno busca en todo lado la presencia de los seres idos, desaparecidos.” La función de la literatura: preservar del olvido y la indiferencia. Poner a buen resguardo lo que alguna vez fue nuestro –una noche, una mujer, una revelación–, una isla de humanidad única e irrepetible, como quería Montaigne. Un fuego que late en medio del desierto. 

*

Nos tritura la rueda de la rutina, el ácido del tiempo nos trabaja, pero la mano errante va dejando trazos. Trazos, textos, tejidos… “El primero de este año”, escribe Claudio, “nunca el último.” Porque aquí la literatura es el motor de la vida, la única puerta de salvación. 

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En estas prosas es palpable el ritmo cabalgante, la riqueza –y a veces la crudeza– de las imágenes, el desenfado de la sintaxis, la orgía del léxico. Como sucede con pocos escritores, al leer a Claudio Ferrufino-Coqueugniot es imposible no reconocer de inmediato el estilo inconfundible, la impronta personal. Estos textos, definitivamente, no son huérfanos.

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La destrucción de un mundo. De eso habla este libro estremecedor y fragmentario, hecho de trazos y de trizas. “Si el fin del tiempo, no puedo decirlo; el principio, sí. De extensión ignota.” 

El territorio abierto delante de nosotros es el de la salvación y la ironía; la lucidez crítica y el goce dionisíaco; la amistad esencial y un erotismo atormentado en la inminencia del vacío; la frágil recuperación de quienes ya no están; el doloroso astillamiento al que nos aboca la pérdida.

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La literatura de Claudio Ferrufino-Coqueugniot es una fiesta y, como toda fiesta auténtica, es también una lucha. Contra la ausencia, contra el tiempo, contra la muerte. Contra el olvido. 

Una lucha perdida de antemano, sin duda, pero en la derrota brilla el oro de las estrellas extinguidas.

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De RAMONA (OPINIÓN/Cochabamba), 03/02/2019


PRIMER MANIFIESTO DE LITERATURA HISTÉRICA


JAVIER VAYÁ ALBERT

*La palabra como bala, la poesía como disparo urgente, un arma de francotirador al acecho, descargada de futuro. La palabra como sopapo, no como sopa. La poesía rehén liberada del ego de pollaviejas y caranalgas y niños de teta de sectas.

*Ética de almacén y fábrica, estética de dandy y punk. La revolución será elegante o no será. Guerra directa a las bermudas y las chanclas. Exabruptos de camionero, versos cincelados con éxtasis de Miguel Ángel. Baudelaire y Lou Reed guían nuestros pasos, Jean Genet y Henry Miller son nuestros faros.

*Escribir o recitar sin whisky o aguardiente queda proclamado indecente. Nuestros hermanos y hermanas habitan bares y cárceles nunca simposios y aulas.

*Reivindicar un nuevo Farenheit 451 destinado a los libros de Vargas Llosa y García Montero. Muerte al tertuliano. Orinada colectiva en las estanterías de libros de los grandes almacenes.

*Disidencia poética de todo y todos.

*Los histéricos nos proclamamos la última dentellada marchita, la próxima religión extinguida, el enésimo movimiento literario destinado a morir nada más firmar su nacimiento. Somos la anisocoria de los ojos de Bowie incrustada en la literatura. La luz fugaz sobre la que cantaba Lee Marvin en La leyenda de la ciudad sin nombre. El único pensamiento cuerdo de Panero y el letal gramo de luz en las venas de Haro Ibars. Hemos llegado para marcharnos.
Como tú.


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Imagen: Stanislaw Boryowski, 1955



Tuesday, January 29, 2019

Barrer con la revolución/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot 

Hubo un tiempo, en la juventud, que el peso de esa palabra crecía con sangre. El 79 festejamos Nicaragua a pesar de la debacle humanitaria y económica. Incluso hicimos fila en la embajada cubana de Lima para ir a pelear a la Contra. ¿Y qué tenemos ahora?  Somoza de nuevo. El viejo Castro Ruz fue el áspid astuto del proceso. El cáncer que eliminó hasta lo que él aparentemente había creado.

¿Bolivia? Hay cinismo en quienes afirman estar ante un proceso revolucionario. Esta es una feria de pajpakus, de vendedores ambulantes, de pepenadores de chatarra. Hábiles comerciantes, para quienes el Manifiesto Comunista, por mencionar algo, sirve para envolver empanadas. Por cualquier lugar que se mire, vértice, arista o perspectiva, la revolución, por aquí, no pasó. Hay un par de vivillos, torpe uno, y tonto el otro, que intentan dar careta programática, ideológica, a una feria de productos de contrabando.

¿Venezuela? Habrá que probar soga doble para colgar al payaso. Con Diosdado Cabello bastará el estilo que se aplicó a Mussolini, levantarlo patas arriba. De nada sirve, ni servirá. La violencia es un ejemplo que se olvida, pero, al menos, queda la satisfacción, en apariencia, de saldarse las deudas. Triste. Y, otra vez, por dónde pasó la revolución en este conciliábulo de ladrones. Por ningún lado, ni ahora ni en tiempos del bufón mayor, el llamado Chávez, que se quedó de momia que ni sobrevivió la década. Faraón de barro.

Viene México, con la revolución que ganaron los pelados para que gobiernen los pelones. Ahora López Obrador rebuzna en favor de la mafia narcotraficante venezolana, olvidando la tragedia propia debida a este mal. ¿O implica que la nueva “revolución” mexicana le hace guiños al narco de entrada? Sería terrible, devastador.

Ya éramos, nosotros los que vivimos toda la juventud bajo dictaduras, una generación perdida según conversábamos con un amigo por teléfono. Tuvimos, sin embargo, algo parecido a la ilusión. Los años se encargaron de desdorar la píldora, pero el golpe de gracia lo dieron los “del siglo veintiuno”, apañados por intelectuales vendidos de lengua delgada y larga, ideal para meterse entre las nalgas del amo. Se burlaron de los muertos… fue lo peor. El indígena Evo Morales va a recibir la venia del derechista brasilero Bolsonaro, enemigo de indios, para mostrar sin equívoco quién es y qué es. Poco importan las diferencias que en realidad no existen. Se gira alrededor del oro; estos son crías de los adoradores del becerro, esos que se burlaron de Moisés. La Biblia es explicativa de su laya, y las Gomorras que crearon anuncian ya su destrucción. No porque atentasen contra lo divino, sino contra el respeto a lo que costó ganar la posición de la que se aferran como los monos del Libro de la Selva, el de Walt Disney.

El vocablo este que tratamos ha sido disminuido de tal modo que debiera jubilarse, usarse solo en un contexto histórico para hechos conocidos. Alguien dentro del masismo tuvo la perspicacia de declarar lo suyo como “proceso de cambio”, aunque a ratos se desbordan con “revolución”. Claro que Nicolás Maduro con el notorio escaso cerebro que lo caracteriza, sigue martillándolo. Pronto estará encerrado en una prisión de alta seguridad donde voceará sus alaridos a las paredes blancas sin nadie que lo escuche. Eso si no se bambolea como pacay de un árbol tropical.

Pues, la última década desmembró una fantasía que duró cien años, o más, en fundarse. Sobre su cadáver danza gentuza miserable, que ni combatió ni hizo más que parodias revolucionarias. Hablarle a un hijo o nieto sobre “la revolución” sería mentirle; mejor enseñarle desde ahora las variaciones del precio del tomate.
27/01/19


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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 29/01/2019

Friday, January 25, 2019

Pablo Cerezal: un fulgor en las ascuas del desastre


DANIEL J. RODRÍGUEZ

Pablo Cerezal ama cada vértebra del mundo, aunque soporta sobre la cicatriz de su espalda el peso de algo oscuro que se obstina en definir a vagos trazos en todo lo que escribe. Lo aguanta sobre él, pese a saber que su costado heredó la maldición de Sísifo y, por tanto, el esfuerzo de cada uno de sus pasos le conduce a un no lugar situado entre su origen y la inalcanzable meta. No hay solución, no rozará este poeta el espacio del reposo: su vida es una afrenta, un inicio constante de Revolución.

Fruncido el ceño, las horquillas de su pelo —el azabache exhibe la bandera blanca ante las pulcras canas que han comenzado la conquista— se entremezclan con las volutas sinuosas del humo del enésimo cigarro. La perilla, perfecta en su descuido, esconde el indicio de una sonrisa. Mira, cabeza gacha, con los ojos de avanzadilla por encima del límite de sus gafas de mínima montura. Es tan verdad como la sangre. Tal vez por eso escribe, porque cada palabra esconde la anatomía de un latido. Y es poeta, si bien sus libros esconden el misterio de los versos en el armazón equilibrado de la prosa.

Los títulos que ha firmado hasta el momento —Los cuadernos del Hafa (Carena, 2012), Madrid-Cochabamba (Lupercalia, 2015) y Breve historia del circo (Chamán Ediciones, 2017)—, así como una buena nómina de colaboraciones de distintas naturalezas, confirman en este narrador telúrico el perfil de un constructor de versos. Cerezal es un ebanista del lenguaje, modela cada texto para contar un “más allá” de lo que cuenta. Y ahí está la poesía, en ese modo de ver apasionado, brumoso, electivo, franco, que despeja cada obstáculo para centrarse en la raíz exacta, en la partitura mística de la existencia propia.

El madrileño, alquímico autor, destila la vida en cada línea de palabras que mecanografía, su propia vida, porque la literatura se conforma como extensión misma de su carne: “Escribo como poniendo grapas urgentes al silencio de la noche. (…) Por eso imagino que escribo: por continuar oxigenando la atmósfera de pensión barata de mi escritura”.

Hay, en su último libro, una confesión íntima sobre su relación con el teclado del ordenador; un idilio infiel en el que cuatro se reparten el tálamo: el hombre poeta; el vino o alguno de sus allegados; tabaco, siempre tabaco, y la palabra. Y en esa orgía de placeres y condenas se define, porque Pablo reside en la literatura: “Escribo despedazando la página en blanco, como una tormenta de verano que redibujase la geografía arisca del asfalto y el tierno diseño de los campos, perdiéndome en circunloquios como lo hacen las aguas en los rediles del barro, tras su suicidio vertical que a nadie importa”.


Cerezal es una firma híbrida. En él se dan la confesión de entrañas, el mirar contemplativo de la catástrofe, la ironía discreta del que ha comprendido la gravedad de la existencia, la solemne intensidad de lo clásico y la febril secuencia interminable del ahora. De Miguel Sánchez Ostiz a Kerouac; de un emborronado Bukowski al Thoreau que reflexiona sobre la bondad; del menos cuerdo de los Panero al maestro boliviano Claudio Ferrufino-Coqueugniot, y Goytisolo, y Umbral, y David González, y Vicente Muñoz Álvarez… ¡Ah!, y los músicos: Reed, Cohen, Bunbury, Nick Cave… Pablo parece haberse puesto en manos de un atinado anatomista que le hubiera susurrado qué parte de cada cuál coger, las partes mejores, para conformar un estilo propio e inconfundible, magistral en sus extremos de vertiginosa carrera ácida, un fulgor en las ascuas del desastre.

Esqueleto de geografías
Pablo Cerezal: Madrid castizo de acento de chulapo; también Madrid de espacios suburbiales, sustancias prohibidas y alcoholes. Lleva la ciudad marcada en el eco de su acento, porque su madre lo alumbró en esa capital de identidades en 1972. Pero en su sangre también corre —porque conforma la carne de su hijo, porque es patria de la mujer que ama— el místico olor a hierbabuena hervida en Marruecos y el tropel de colores, de ruido plural de la metrópoli boliviana de Cochabamba.

A estas tres geografías ha dedicado el escritor sus mejores —por ahora— páginas. Su primer libro, Los cuadernos del Hafaretrata la cara oculta de la concepción de turista que en Occidente se guarda sobre el país musulmán. En Cochabamba, exiliado para “olvidar esa foto huérfana de color en que otros aún creen contemplar (su) mi rostro”, como escribirá en un posterior libro, firmó a cuatro manos, junto con Claudio Ferrufino, Madrid-Cochabambaun retrato ecuménico sobre la urbe en la que le perdió el miedo a la edad, donde venció los apuros de la pubertad. Son 306 páginas de ambrosía, breves textos sobre ambas capitales, pero también a propósito del tiempo, las filias y las fobias, la maltratada estampa de lo familiar, la prostitución, la música, las mujeres y lo etílico; una melodía lejana de Chet Baker con retrogusto a suicidio y a esperanza.

Colección de libros de Pablo Cerezal, por Daniel J. Rodríguez.

Llegó después, entre otros retazos de su prosa allá o acá, su Breve historia del circo. Ultima este libro de vuelta en Madrid, pero sus dedos repiquetean sobre un teclado que existió en Bolivia. Son su vida en esa ciudad y el nacimiento de su hijo, Munay, el de los ojos de almendra licuada, el “principio andino que comprende la voluntad del amor”, el origen y el destino de esta obra, pues entre el circo de la solidaridad y el cambalache de niños de futuro suicida, Pablo le escribe al vientre abultado que será ese pequeño que hoy juega entre los libros de su padre.

En ese título se certifica una vez más que las cicatrices de Pablo, que son yesca para sus palabras, conforman una orografía literaria, un mapa con un único punto cardinal: la honestidad. Cerezal es un cronista estético con pinta de ermitaño descreído, un asceta del negro, rock destilado en el alambique del sincericidio; un poeta con rostro de prosista, un narrador cuyo pulso son los versos:

“Puedo escuchar la letanía sufriente de sus lamentos, la voz muda en que se queja el niño que, en el claustro vivaz de su vientre, va desanudando los días para mejor anudarnos las noches.
Temo despertarla.
Temo siquiera respirar cerca de su respiración
El latido del niño que ha de nacer reverbera en la habitación. Aunque yo, aún, no lo puedo escuchar”.

Vivo en cada muerte
La prosa —en sus manos, otra forma de poesía— del escritor madrileño es pesimismo enfurecido. Sus palabras mecen al lector con ritmo de congoja y se cierran sus libros, tras acariciar la última página, con el sabor de una pesadilla plácida. No quieres despertar, deseas dormir más en un sueño que duele. Su obra supone un trago adolescente a un vaso de whisky maduro —y sin hielo, por favor—: tortura en la boca, pero arrebata la garganta y abre la puerta de un mundo adulto, que abraza la muerte y el dolor, que conoce la soledad de la estepa, el salvaje instinto del animal fiero condenado a vivir en una jaula.

Así es Pablo Cerezal, el amigo, el escritor, el maestro: una pantera menuda, de acecho elegante, el hombre que mira por encima de sus gafas, que lía cigarros en la esquina del sofá, una pierna sobre la otra, y se ríe, y habla, y aguarda, y bebe mientras se recuerda en decenas de geografías del planeta, allí donde ha sido feliz desentrañando la vida que se esconde bajo lo sombrío. Pablo Cerezal es un misterio cercano, una brasa del fuego sagrado de la Literatura.

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De ZENDA LIBROS, 25/01/2019

Fotografías: Pablo Mon



Tuesday, January 22, 2019

30 años/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

20 de enero de 1989. Por la mañana llegaba a Miami. Mi padre me había susurrado en el aeropuerto: “vuelve pronto”. “Un año”, le dije, y pasaron treinta. Ya no está, me esperaba, me esperó, y todavía me espera. Mi madre, con mayor valor, lloró y no fue a despedirme. Lo hizo en la puerta de su pequeña acogedora casa su obra. La planta gomera era entonces pequeña. Ahora es un árbol. Las casas grande y chica se esconden entre edificios. El aire huele a pollo frito. La niñez se fue; le siguió la juventud.

Miami. Había pasado un huracán, el Andrew, creo. Las palmeras se inclinaban en reverencia. El mar estaba turbio. Georgia, las Carolinas: piratas, Defoe, Stevenson, Schwob. Virginia.

Deambulé buscando trabajo, bebiendo cerveza y lamentando haber venido. Estaban mis primos; me salvaron. El tiempo nos separó, los matrimonios, traslados. Un amigo me consiguió trabajo nocturno en los mercados, cargando y descargando camiones en el peor invierno. 500 variedades de frutas y vegetales que vendían a los mejores hoteles de la capital. Ni sabía el nombre ni conocía muchísimos de ellos. El capataz, el negro Joe Day, amenazaba con cuchillos y genitales con voz de bajo profundo. Fue el mejor maestro que tuve en jerga de pobres, en la palabra soez, en burla y diversión. Todo parecía tan serio y terrorífico siendo el único latino entre afroamericanos, con un carrito de mano, los guantes destrozados y poniendo las manos directamente en el fuego de un lanzallamas cilíndrico e inmenso. El frío en el rostro representaba mil agujas que se clavaban una y otra vez. Canicas de hielo colgaban de los bigotes. Y fuck you aquí, fuck you allá, así pasaba la noche. Al amanecer me subían a un camión e iba de ayudante de un chofer negro a descargar los productos en el Willard, el Sheraton…

Tenía hambre. Descubrí un tubérculo grande, jícama, de carne dulce, y jícama comía en los refrigeradores. La cultivaron los antiguos mexicanos. Me faltó un axolotl para ponerle proteína, pero había aguacates, sandías, chiles varios, naranjas y manzanas. Y hasta flores, pensamientos, comí, crudos que no había ensalada. Un par de meses después comencé a ganar más que los $129 iniciales por semana. Dejé de dormir en el sofá de un amigo, de comer fideos chinos de a cincuenta centavos.

En tres meses era otra cosa. Ese primer año ahorré once mil dólares, y la seguridad del dinero me atrapó y hasta hoy no puedo escapar. Hubo vino y mujeres. Amigos, unos vivos y otros muertos. Theodorakis y Leonard Cohen. Sexo en la calle catorce, de a dos, con una encima mientras la otra revisaba tus bolsillos. Clinton, Bush padre. Creo que viví cuatro guerras al menos, una victoriosa que ensoberbeció a la plebe.

La piel blanca me atraía, era el souvenir para mi raza marrón. Blanca y blonda como cerveza lager.

Varias ciudades alrededor de la capital, luego el fracaso del retorno boliviano y de nuevo a la cárcel con ganancia. Dos esposas, dos hijas. Los hijos quedan, las ilusiones no. La tristeza produjo la cumbia o porro de La piragua. Los remeros, allí, enfrentaban el vendaval. Luego la piragua queda en la arena y los viejos ya no pueden remar, ni el terrible negro aquel que comandaba. Nadie se libra al paso del tiempo. No hay soberbia que aguante su soplo de lobo feroz.

Treinta años han pasado y pareciera que no, que seguimos cometiendo los mismos errores, comportándonos como caprichosos niños que desean eternos juguetes. El país cambió, para mal, y no solo Trump es el ejemplo. Se va reemplazando a los trabajadores con máquinas, se destruyó los sindicatos. Si fue país de futuro, ya no lo es. De país manufacturero a país de servicios, siendo los sirvientes nosotros y los ricos los otros. La piel blanca ha perdido su encanto, y el óleo se transformó en acuarela.
20/01/19

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 22/01/2019

Sunday, January 20, 2019

Muchacha ojos de papel


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La Triple A buscaba a “Ferrufino” aquella noche. Mi hermano Armando se había trasladado hacía poco. Los encapuchados aterrorizaron a las jóvenes que ocupaban el departamento. El tío Carlos Coqueugniot vivía al frente y se lo contaron en la mañana. Mi madre estaba de visita en Córdoba entonces y se desesperó. Fueron a la Policía Federal en la plaza San Martín y el jefe de policía, en deferencia al tío que era importante industrial, le dijo a mi madre que si él fuera ella sacaría al “muchacho” de inmediato.

Salieron por la tarde en avión. La vida de Armando cambió. Estuvo taciturno, se encerraba.

Los automóviles por la noche tenían que ir con las luces interiores encendidas porque si no disparaban. Poco valía el humano en esos días, poco el civil. Autos corrían a tontas y a locas, papeles con consignas se disparaban al cielo desde bombas incendiarias. ERP, JP, Montoneros, siglas en las paredes. Terror.

Una pareja camina por la plaza principal de Córdoba. Empujan un carrito de bebé. De pronto levantan la sábana y sacan dos ametralladoras y rocían de muerte a los federales. Por la noche dejan niños llorando a sus padres. Hay vuelos de muerte. Violación. Escuadrones de la muerte, comandos, un perro que respondía al nombre de Savonarola. La noche dejó de ser de aparecidos. Desaparecidos.

Muchacha ojos de papel. Almendra. Spinetta. El dúo Vivencia canta en una secundaria Natalia y Juan Simón. Esto venía acunándose desde 1930, cuando Gardel embelesaba al tirano Uriburu. No, es más antiguo, desde el tiempo fusilado al sur.

Ha muerto Osvaldo Bayer. Ha muerto la historia. Nadie lee. La Triple A patrulla las calles. Desde los Ford Falcon observan a los transeúntes. Un hombre baja a comprar cigarrillos. Lo detienen por no tener identificación. Lo liberan; el hombre quema esa ropa en el balcón y calla. Se queda mudo.

Camino a los 15 años por cerca del Abasto. Las dos tías, Lucha y Chocha, buscan al sobrino desesperadas. 15 es ya edad subversiva. Camino por el Once y las tías desesperadas. Olvidé el pasaporte. Me habría olvidado de vivir, mejor, si me agarraban. En Boogie el Aceitoso, de Fontanarrosa, dos soldados norteamericanos en Vietnam caminan por encima de una masacre. Uno dice al otro: pero, son niños. No hay niños en Vietnam, boy, responde el otro. Son francotiradores enanos. 15 es buena edad para morir sufriendo, supongo. Pero día mío no era aquel. Felizmente.

Armando se fue. Extrañó alguna chica cordobesa. Se fue sin despedir. Un beso costaría una muerte, seguro, y besos sobran, afirman quienes no sienten. Joven taciturno, encerrado, escuchando Ticket to Ride, de los Beatles, mientras yo, tirado sobre la cama, leo a Verne: Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral.

Grabadora vieja, de cinta. Muchacha ojos de papel.

Ellas, las muchachas ojos de papeles eran también buenas para morir. Para el sexo abusivo, la tortura y la muerte. No importaban sus ojos. Los cerraban, y gritaban, mientras los tangos atronaban los centros de dolor para que no se escucharan los lamentos. Porque el tango, esa música bastarda y ecléctica, tendría que insuflar el espíritu nacional a los terroristas camino del cadalso.

Muchacha ojos de papel. Mañana campestre.

Villa Allende, Amboy. En el lago Carlos Paz existía un embudo gigantesco para aliviar inundaciones. En el fondo del lago, hundidos, estaban cuerpos desventrados. El estómago se infla y los muertos flotan, por eso hay que eviscerar.

La ruleta gira en casa de los tíos en la sierra cordobesa. Por allí vivió el Che Guevara. La tía Lucha que trabajó en el Comando en Jefe los conocía a todos: a Lanusse, a Galtieri… Ella sacó a los primos de la más negra prisión en Buenos Aires. De allí emigraron a Israel, a Francia donde se hicieron millonarios. Médicos. De una foto de prensa, de la huelga médica, no quedó nadie más que el primo Horacio. La suerte no se la compra. Aparece. Caso contrario, lo opuesto.

Muchacha ojos de papel. De papel.
14/01/19

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Publicado en EL DEBER (Santa Cruz de la Sierra), 20/01/2019

Imagen: Afiche del documental de Dionisio Cardozo y Ernesto Gut sobre la formación de la Triple A (2015)