Sunday, January 6, 2019

Kiev...


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Lóbregos escalones del edificio soviético. 22 de la calle Lva Tolstoho (Lev Tolstoi). Quinto piso, apartamento 156. El vecino al lado pasa el día escuchando rock y country; la del frente es una anciana con pañoleta en la cabeza. La otra puerta nunca se abre. Se espera la primera nieve en Kiev. Bajo las gradas; en el piso tres, el tubo inmenso y grueso que va desde el sótano hasta la azotea tiene una abertura. Por allí tiro la basura que cae en algún lado. La escucho. Vaho de mugre sale por la boca aquella.

De Roma tomo el avión para Odessa. Pero primero se detiene en Kiev, luego Istambul y al fin Odessa. Sé que por esto mi maleta no llegará a tiempo a destino. Supongo que hubiese sido más lógico que de Kiev fuera al sur, a la ciudad del Mar Negro sin necesidad de pasar por Turquía, pero la vista del famoso puente sobre el Bósforo, iluminado de rojo, valió la pena. Istambul debe de ser de las ciudades más bellas vista de noche desde un avión. Grande, extensa, avenidas y rascacielos. Además de una deliciosa comida turca en pan pita y con yogurt. Luego veré que estas comidas populares turcas han invadido Ucrania. Están en las calles, baratas, y también en lujosos restaurantes con incómodos sillones.

Vi entonces Kiev desde el cielo, la primera vez, y el aeropuerto. La vería de nuevo en otro viaje ilógico, cuando iba de Odessa hacia Kharkiv y tuvimos que detenernos en Kiev a pesar de que, otra vez, la geografía aconsejaba diferente línea entre las otras dos ciudades.

Me hice habitué de un bar de piratas. Le hubiese gustado a John Silver. Iba por las noches y pedía si no cerveza ucrania un par de Guinness. Y arenques fríos con papa al horno y pepinillos en vinagre. En un sótano de una fría capital eslava imitaba a marinos nórdicos. Pero, siguiendo la historia, nórdicos fundaron esta tierra. El eterno retorno. La sombra de Rurik por encima de las calvas con trenza de los fieros cosacos.

Tanta historia. Arte. Y literatura. Edificios con placas conmemorativas que hablan de poetas y pintores. Hubo uno, por ahí, subiendo una de las colinas de la ciudad, que tendría al menos cincuenta de ellas. No pude descifrar quiénes eran; poetas, lo supe, porque en ucraniano esa palabra también tiene cuatro letras y casi la misma forma. Busqué a Anna Ajmátova, la busqué como mi amante sin verla. A Viktor Shklovski, sin verlo. Cuántos de ellos habría yo leído en la infancia que era “rusa”. Apenas vi un busto de Gogol en Kharkiv; ninguno en Kiev. La calle de Simón Petliura, el nacionalista que luego de los nazis se considera el mayor matador de judíos. Nada de Majnó, Néstor Majnó, ni de su ejército negro. Se admira a Petliura y se detesta a los hombres libres. Nada extraño.

Taras Shevchenko por todo lado, de joven, maduro, calvo, con tremendos bigotes. A una cuadra y media de casa está el Parque Shevchenko, el Jardín Botánico. Me siento allí, camino por sobre las hojas mustias, como en un fino café georgiano un puerco con papas soberbio, y de yapa traen un vasito con un licor que es simplemente fuego. El trago de la asfixia. Nunca probé nada igual.

Mujeres. No se puede hablar de Ucrania sin hablar de sus mujeres. Mustafá, un peluquero marroquí en Denver, con veinte años nuyorquinos a cuestas dice que no hay mejores que las ucranianas y las rusas. Y tiene razón. Si en Portugal eran bellas y antipáticas, acá son hermosas y cálidas. Devoro con lentitud el puerco asado mientras observo las piernas largas de una parroquiana que parece Nastassia Kinski. Salgo; hay viento helado. Cruzo la avenida y me siento en un banco del parque, hasta que anochece. Bajando la colina tomo un expresso, en la calle, de esos que venden un par de viejos con unas cajas vacías y una caldera. Café en vaso desechable de plástico. Sin embargo no veo el muladar que negocio así daría como resultado en Bolivia. Disciplina soviética, quizá.

Persigo a una muchacha como no he de ver otra. Ella se asomaba al Dnieper desde el barandal donde está un arco conmemorativo y varias esculturas. La sigo como a treinta metros hasta que se mete en una de las bocas del metro y desaparece. Me pone triste. Era mi mujer, digo, y vuelvo a mirar el río gigantesco, impresionante, a imaginar el siglo diecisiete, las guerras nacionales, los empaladores, Moscovia, Varsovia. Como a las tres de la tarde comienza a oscurecer. Penumbra que exige café, otra vez. Cuento las cuadras para no perderme, y marco edificios con mi teléfono. Cruzo la ciudad de lado a lado. Hermosa, variada. Este viaje me ha de costar más que una amante rusa pero me dará mayor satisfacción. Incluso lo lóbrego de mi edificio va perdiendo su aire de panteón. Comienzo a quererlo. Compro en el mercadillo besarabo embutidos y cerveza. Y preparo revueltos de huevo y chorizo mientras observo a los vecinos.

Dice el manual turístico que hay que seguir al pie de la letra las instrucciones para conocer una ciudad. Visito algunos notables edificios, claro, pero yo soy un viajero al que le gusta observar lo cotidiano, los juegos de los niños, las hermosas madres, y comer lo popular, comenzando con el borsch con hinojo y crema agria.

Amo las carnes frías. Son un veneno, afirman, pero aquí en el oriente europeo y misterioso, saben preparar embutidos. Y me da placer contemplarlos y comprarlos solo por su apariencia, señalando con el dedo y haciendo las delicias de las dependientes que ríen del cristiano tonto. Valga, que se diviertan, que la risa es remedio, a pesar que si pienso en mi madre recitando el poema de Garrick, recuerdo que el que hacía reír, lloraba. No todo lo que se ve lo refleja igual.

Fue prematuro venir, casi osado. Debí haber llegado liviano, espabilado, y traje penas hondas que no impidieron las cosas pero les echaron sombra. Sin embargo disfruté esa soledad de quinto piso, en un país donde nadie habla inglés y lleno de mitos, como la disponibilidad de las mujeres, inventados por los artífices del fracaso. Siempre lo mismo. Los que no actúan, inventan.

En el centro de Kiev la catedral de Santa Sofía. Impresionante. Y el centauro ucraniano, Bogdán Mielnitski, con su bastón de mando, subido en una roca y amenazando todavía hoy la Polonia feudal. Tan solo, él que arrasó Galitzia con trescientos mil cosacos, que tuvo que ceder ante el tártaro y luego venderse a Moscú. Camino, ando, miro iglesias y entro en ellas, a la oscuridad ortodoxa, a los cantos y señoras que como las musulmanas no pueden mostrar el cabello en el lugar sagrado. Tiene algo de excitante, a decir verdad. Huele a incienso, pero hay otro olor más profundo y amargo: el de la historia. Negro el dolor y gris la penumbra. Iconos y ojos, ojos de icono.

Parece interminable, la ciudad. Una gigantesca estatua con espada se levanta sobre el museo de la guerra. Estamos en el seno de un pueblo que sufrió. A veces creo que las incomprensibles acciones que veo a diario allí son resultado de ello. El dolor transforma. Hiere. Mata y hiede.

Paso una noche entera en la calle. En la esquina de mi casa permanezco estoico aguantando el viento de las cinco de la mañana. Aspiro el aire helado; necesito aprehender algo de lo leído. Estoy en Kiev y no me doy cuenta. Cuando me vaya, aparecerá.
02/01/19


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Publicado en SÉPTIMO DÍA (EL DEBER/Santa Cruz de la Sierra), 06/01/2019

Imagen: Monumento a Bogdán Mielnitski y torre de Santa Sofía, Kiev/Foto: CFC

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