Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Irregulares del Ejército Rojo, venidos de las pandillas de Odessa bajo el mando de Mishka Yaponchik, el Japonés, se aprestan a combatir a los blancos. Marchan a la guerra, a la muerte, cantando Sholem Aleichem. Épico. En la serie rusa Érase una vez en Odessa. Lea Kalisch la canta de nuevo este sábado ventoso y nostalgioso, como era la ciudad perla del mar Negro en los crepúsculos de la Moldavanka, a solo unas cuadras de mi hotel. Se agitan las bellas putas en la esquina; cansinos buses amarillos cruzan, tranvías naranjas chirrían y avanzan apenas mientras el chofer corre delante de ellos para cambiar a mano la palanca que desvía los rieles. Lo observo desde el café tártaro sobre la Preobrazhenskaya, o cuando ceno con cerveza local en el restaurante Kazan cordero al estilo turco.
Río Volga
que corres por las paredes, que anegas las calzadas muy limpias que cada
treinta metros tienen un pequeño basurero. Esta ciudad se está cayendo como La
Habana y, sin embargo, se mantiene impoluta. Sus antiguas calles brillan de
historia y de limpieza. Princesas eslavas de tacones altos y uñas de pies
pintadas corren a colgarse de los vehículos públicos con desfachatez de
albañil. Extraño mundo de contradicciones. Contemplo mientras los dos pequeños
tártaros que regentan el lugar sonríen sin motivo. El Volga de Kazan, digo,
porque no hay uno aquí, el que adorna las paredes y llama con embrujo
tenebroso.
El viento
silba. Atraviesa los ventanales abiertos del edificio vecino en construcción,
entra por mi cocina, remueve el comino en polvo de la comida de ayer, los
remanentes de orégano y perejil, cáscaras de ajo; hace girar la pepa del
aguacate que se pierde debajo del horno. Si crecerá una planta de palta allí no
lo sé. No lo creo, pero no estaría mal, algo como un cuento de hadas o las fantásticas
imágenes lituanas que desperdigaba el genio de Lubicz Milosz. Del lado izquierdo, la gasa de la cortina vuela semejante
a novia balcánica en estruendo de trombones y prestidigitación de acordeones.
Tranvías de Belgrado, largos y viejos; rojos tranvías de Belgrado.
Tumbalalaika en voz e
instrumentos de los klezmorim de Austin, Texas. Música judía del oeste
norteamericano. Pausada, triste el clarinete. Percusión de fondo como
sentencia, el juicio del fin del mundo. Barcos olvidados en la historia. Breves
y pobres narraciones de la diáspora. De pronto, según suele ocurrir en aquellas
regiones, con gitanos y rusos también, estalla la alegría con Fraylakh Sherele. Lo que fuera
pesadumbre se transforma en baile. Los mafiosos irregulares del puerto más
hermoso del mundo no se rigen ni por comisarios ni entorchados. Cerveza que
precede a la muerte, revólveres de caño largo, el recuerdo del beso postrero. A
la vida, a lo opuesto; del camino de las flores al callejón de espinas.
Marchan, marchan, marchan, Sholem
Aleichem.
Silba el viento, silba.
Tambores y cornetas. Me pregunto de dónde viene mi pasión por la Europa oriental.
En un estudio de ADN que me hicieron aparecía un dos por ciento de ascendencia
ashkenazi. ¿De ahí? ¿De aquel ignoto viajero en las naves de la conquista? Tendría
que tener un origen, aparte de la enfermedad quijotesca de leer y hacerse
miembro no deseado de las órdenes de caballería que vagan por el universo
sideral buscando Camelot. Elegir Zhitomir y no Roma; Braila y no Barcelona. ¿Es
que te busco, quizá, antepasado, intento comprenderme? ¿Qué hace un moreno
hombre andino que baila por horas en círculo en Italaque, rebuscando en los
basurales de Poltava?
Bailo solo enfrente del nuevo espejo de pie. Veo un hombre barbado
moviéndose con poco ritmo. Único rabino de Cochabamba pero sin sinagoga e
ignorante de la lectura inversa, que de la Torá poco sé, y del Kaddish apenas
lo que relata Borges. Mientras que mi amigo, el poeta Igor Quiroga, canta en
hebreo, es probable que hasta en arameo, misteriosas plegarias.
Ríen los que van a morir; danzan los que van a morir; besan los que van a
morir. Si hasta parece lamento andaluz. Blancos caballos de la Camargue
salpican la tierra de pantano. Debajo de Nimes, del Avignon de Picasso.
Gitanos suben las colinas con jamelgos maltratados. Cargan trozos de
metal. Un par de amigos míos lo hacía en Cochabamba, pepenadores del amanecer,
igual a los mexicanos con torres de lavadoras, bicicletas, sillas de patio
encima de sus camionetas Ford por los callejones de las ciudades de Colorado,
luchando por espacio con los adictos de la metanfetamina que se zambullen
desesperados en la basura buscando comida. Me incluyo en ellos a pesar de no
cargar nada, ni auto tengo ahora, pero rastreo respuestas, a ratos brillan como
diamantes y otros parecen opacas como greda sucia.
Sigo con el klezmer tejano. Una soberbia mujer turca suena el bouzouki. Todavía
no he bajado hasta Grecia. Tengo una cita con el pasado en Salónica. Ya asomé
por los bordes, atisbé las colinas de Macedonia. A ver si el tiempo es dadivoso,
que quiero ponerle una flor marchita a la piedra en donde descansa Theodorakis,
el Minotauro, hombre toro, en Creta, la de colores muy marcados,
inconfundibles. Iré contigo si se me concede la gracia de algún dios. Contigo
en el bajel de Heródoto, tú moviendo las aspas de las velas, enrollando el
cordaje porque mujer de batalla eres, nuestro Linceo, nuestra argonauta.
Pues así ha avanzado la tarde, retrasando un poco mi cita con otras
páginas que apremian. Esta canción de ahora suena a despedida. No la entiendo
ni en lo mínimo. Algo de alemán estudié pero no alcanza para entender una línea
del yiddish.
En el aeropuerto de Roma aguarda un grupo de hasidim que va a Kiev. Yo
seguiré hasta Estambul. Hoy iba a visitar el cementerio judío, al pie de la
colina histórica, pero el taxista me dijo que había fiesta en Jaihuayco en
honor a San Joaquín, y que grupos de diablos ya bloqueaban desde la avenida
Ayacucho, cerca de la terminal de buses. Ni para meterme entre matas de
algarrobos y eludir el festejo para ver las piedras depositadas encima de las
lápidas. Será otra vez; este sábado, con Jaihuayco tan cerca, y la música,
bailarán hasta los rabinos fallecidos; no existe el tiempo fúnebre.
Y sin embargo se reparten armas: ametralladora aquí, cananas con balas
doradas puntiagudas allá, instrumentos musicales al resto. Marchemos, marchons,
rumbo a lo desconocido con la alegría de Sholem
Aleichem. No sé si el hecho tiene asidero histórico pero es un afortunado
golpe escénico.
30/08/2025
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Imagen: El Benia Krik de Isaac Bábel en la serie rusa
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