Wednesday, May 7, 2025

Blue Moon of Kentucky


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

En un camino rural de Manassas, Virginia, bajo luna de luciérnagas y azufres de maríajuana, ebrios de medianoche, entramos a un bar, única luz de aquella oscuridad, para escuchar a un conjunto bluegrass de cowboys que interpretaban Blue Moon of Kentucky, vieja canción del sur que cantaran Elvis y Satchmo.

 

Fernando y yo, Miller etiqueta negra, Milwaukee Best, Miller rubia, Michelob, Pabst Blue Ribbon, baratas y tradicionales cervezas del pueblo. Colt 45 para matizar un condado propenso a balaceras. En la barra, hermosa como se veía Debra Winger en Urban Cowboy, ella, nombre inconcluso, desmitificado y evadido en las penurias del alcohol. Fernando toma su gran Cadillac clásico destapado y me deja en un albergue de carretera y marcha hacia DC. Las dos lucecitas de stop se mezclan con ulular de búhos y quedamos en la noche Debra Winger y yo. Camisa a cuadros, lencería rosa.

 

Me parece aún escuchar el ritmo del bluegrass, o banjo o grillos este silencio. He retornado a Norteamérica. Huí del camino de Sofía hacia el mar Egeo, me huyeron espectros de muerte que cabalgaban sobre las sendas de los Balcanes. Pañuelo en cabello llevaba la muerte, de colores imposibles de predecir, de vuelos sugestivos que solían marear más que la rakia, stronger than the slivovitz. Pensé en los escalones de la catedral de Betanzos. Ni sé por qué los pensé. Vasitos tras más vienen en fila de boy scouts y solo se frenan en la garganta dolida, inflamada de tanto beber.

 

Despierto y el sombrero de Debra Winger enseña presencia de la mañana. Campos cultivados de Manassas. Una camioneta campestre nos acerca a la ciudad y un beso sella el adiós. Blue Moon of Kentucky. Ni azul era la luna ni esto Kentucky. Ella, él, el estado, de colinas boscosas y rocas de filo cruel. Virginia muy diferente, planicie con cereales y hortalizas. Grandes aves que supongo gaviotas suben y bajan del suelo monótonas, tardías, piando en letanía vaya uno a saber qué. Pasa la muerte montada en una Silverado blanca. El conductor no sospecha siquiera que esta ida carece de vuelta. Sonríe la señora, lo hace con ánimo de kusillo. Manassas ya está despierta, olor a huevos revueltos con jamón, tocino y choricitos dulces. Me equivoqué, la luna está celeste al menos sino índigo.

 

Puerta rectangular de dos metros de alto. Da al jardín. De este al sol. Verde crecido de treinta centímetros, necesita de hoz o de guadaña pero de esos ya no hay, habría que robarlos de los museos de instrumentos musicales.

 

El pequeño Mazda 3 me lleva de lugar a otro. En Belgrado, a cuadra y media del hotel, compré un compacto de Goran Bregović, el álbum P.S. Estoy casi seguro que la mayoría del disco es en inglés con música serbia, de la región entera, de fondo. Tiempo de los gitanos, Emir Kusturica. Coros se alzan por encima de las aguas iluminadas de velas con flores. Monedas en los ojos de los fallecidos, acordeón de múltiples voces fúnebres, de movidas funambulescas. Los niños se esconden en cajas vacías de productos de mercado y avanzan, agujeros para ver, por caminos de tierra chillan como gallinas asustadas. Así corrían los malandras de la calle Uruguay con canastas sobre las cabezas. Un loro africano de pelaje gris gritaba en la puerta del mingitorio público: “Kusturica, Kusturica”. Se apaciguaba la sombra de Caracota y los mareados cuerpos se derramaban en raras posiciones de teatro pervertido. Con el filoso cuchillo limpio la mugre de las uñas, llenas de pan molido de robadas milanesas. Blue Moon of Kentucky. La gemela de la Winger baila botitas color piel con ribetes indigenales. Soy en parte cherokee, alega, pero esa piel de nube desmiente cualquier mácula. Sí, sí, claro, y los cuerpos recapacitan y ejercen lo aprendido antes de que asomen las luciérnagas y Manassas apague los caros focos citadinos. Neil Young, guitarra, sentidas letras del country y bourbon. Bourbon y Neil Young, bourbon y tú, cuando recién llegamos, Fernando y yo, a la puerta de la cantina gringa mientras la violinista de altas botas floreadas zapateaba el pie izquierdo y jaleaba el resto del cuerpo en énfasis sensual.

 

No estoy allí pero observo el brillo negro del Ponto Euxino. Leería el cartelón de Varna y sabría que casi estoy en tierra de Ovidio. Aquello se ha evaporado igual al rocío. De nuevo en Norteamérica, shrimps carmesíes en el mercado de productos de mar de Nueva Inglaterra. El avión sobrevuela Duluth, Minnesota, borde de lago, si es este en dónde se hundieron barcos no puedo asegurar. El nombre que parece nativo viene de un explorador francés y está relacionado con el laúd. Cuando los escandinavos de Thorfinn Karlsefni Thórdarson desembarcaron bueyes en la tierra nueva su grito aterró tanto a los nativos que crearon demonios de palo para contrarrestarlos. En este otro lado pareciera que la dulzura del laúd matizó las florestas del norte, los grandes lagos que se hielan de a poco y dejan correr el viento en carrera sin obstáculos. Nunca sabremos.

 

Montera tarabuqueña al lado del alebrije azul. La biblioteca que guarda mis libros regalados a la hija junto a manuales de lengua española. El texto se arrastra por tres días, la hermana y yo desde Denver a Miami. Apalachia, tierra de montes. La dejo allí, a orillas del mar cálido y monto de regreso camino de Kansas City. El llano, nombres propios de míticos poblados del Far West. Amarillo, Texas. Abilene. Ese villorrio donde ahorcaron a Tom Horn. Arbustos corredores se adelantan al bus y se pierden en horizonte, fuerzas vivas del desierto. Un lince trepado en la punta de una cactácea gigante. Extraño la Cruz del Sur, faro de nosotros, virgen de los desamparados, de los sicarios, ¡Salud!

 

El conjunto de cowboys del field work se cae de ebrio. Alternaron de todo, hasta Stand By Me. Música de la guerra civil, The Yellow Rose of Texas, el vocalista intentando imitar el bajo de Waylon Jennings. La cabeza de Debra Winger se halla cubierta por halo, luz en el reflejo de la delgada cortina del motel. Trajimos una botella de Jack Daniels y bebemos del gollete y de nuestras bocas bebemos bourbon sabor de labios, ungüento de pechos, crema de muslos para dolores de amor.

 

Azul luna de Belgrado.

07/05/2025

 

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Imagen creada por Rachel Minton 

Bitácora


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

En la ciudad en que me sentí mejor fue en Sarajevo, descartando Betanzos y La Coruña que era como estar en casa. Ya a partir de Lyon, a pesar de que en esta estaban Renata, Zara y Pedro, el viaje en sí comenzó. Todavía un poco de frío. Largas caminatas de kilómetros por el Ródano y el Saona. Puente Masaryk, librerías con joyas literarias que compraría todas pero no es posible cargando maleta y mochila. No diría que disfruté del café y otras supuestas delicias. Me parece que las décadas en Norteamérica me hicieron práctico y dinámico, acostumbrado a otro tipo de existencia ajeno a la hermosa vetustez europea. Lo que hace la costumbre.

 

El Este ha sido diferente, a ratos hasta distinto. Eslovenia, casi una transición gradual de occidente a oriente, más tirando hacia el primero. He aprendido muchas cosas acerca de viajar solo. Este viaje difiere del de 2018 por muchas circunstancias, además de la ausencia de mis bellísimas amigas ucranianas. Aventura pospuesta hasta el momento de una mejor opción que puede ser pronta. Entonces retornará Odesa en su gloria, ya sin la estatua de Ekaterina la Grande en el proceso de desrusificación que sobrevendrá al fin de la guerra. Ansío verlo, por encima de todo Odesa, ir a mi hotel en la esquina de las putas, por llamar así a ciertas magníficas princesas que trepaban a los autos. Camino de la Moldavanka, solo unas cuadras en línea recta y ya el barrio mítico, mafioso, con tiendas de electrodomésticos y música a todo volumen. Penumbral de noche, muy poca iluminación municipal. Solitarios tranvías amarillos doblan, el chofer desciende, corre al centro de la calle, manipula unas palancas para cambiar la dirección del vehículo y vamos. Me gustaría saber fumar en este momento, entregarle un poco de bohemia al asunto, encuadre ideal. Entonces era muy feliz, acercándose el tiempo de la jubilación en unos años.

 

Hoy cambió, ya jubilado, pleno de vida y salud de hierro. Mucho de lo necesario para vivir bien ya está logrado. Falta el sujeto aromático y misterioso de la mujer al lado. Independiente, inteligente, no temerosa del cielo. Alguien con garra para adentrarse en el río de la Gambia o la ciudad medieval de Tambov. Aguas de Yerevan, Armenia, pasadizos montañosos que hacen referencia a Sergo Ordzhonikidze entre caudal de otros temas.

 

Aguantar la tormenta de arena a orillas del Takamaklan, acariciar ladrillos de las milenarias ciudades turcomanas que hoy pertenecen a China. Quién sabe si con los aires bélicos despertados en Cachemira ayer no se revuelva todo. Siempre ha sido zona de conflicto. Largas caravanas en la Ruta de la Seda, ruinas cubiertas de polvo que presumiblemente viera Heródoto.  El veneciano nota una nube de polvo, son los soldados del Gran Khan. Comienza la nueva historia europea y yo trashumo por sus remanentes en cualquier lado.

 

Estoy en la calle Meade y afuera se arrastra una borrasca invernal. En Denver muchas veces nieva hasta fin de mayo. Se podría considerar como zona de riesgo de invierno desde octubre hasta mayo. Mucho tiempo. Antes era también el país de las pieles, similar a la Bahía de Hudson, hoy ropaje chino adecuado reemplaza a martas y castores, enhorabuena. Recuerdo Sarajevo y me pregunto qué tuvo de especial para hacerla favorita. No se puede, ni debe, negar el peso de la memoria torturada, la guerra de vecinos que ensangrentó esta tierra. Sarajevo, ciudad sitiada, a fines del siglo XX una odisea obsoleta y cruel. Recuerdo la gran lectura de Ciudad tomada, de Víctor Serge, en la Petrogrado revolucionaria con caballería bashkir sobre los adoquines antiguos. He leído crónica y literatura de este medioevo moderno pero nada se iguala a la soltura y prosa de Victor Lvovich Kibalchich, poeta e historiador. Ya no se escriben libros similares. Soberbia opinión cuando no se ha leído, ni es posible leer, lo que se produce incesante.

 

Reflexiono acerca de cuánto pesó el Islam para que esta villa fuera tan acogedora y preciosa. Me sentí muy a gusto entre mezquitas. Muchachas con el cabello cubierto con un pañuelo, sin la obligatoriedad macabra de los radicales. Granadas cubiertas de chocolate turco ayudaron, no lo dudo, y platos sofisticados de comida bosnia. Yo que he visto Ucrania y sus beldades quedé impactado por la profusión de hermosas mujeres en Bosnia Herzegovina, también en Serbia con la salvedad de que estas carecen de esa gota que viene desde oriente para ensombrecer ojos y tez. Altas, altísimas, de metro setenta y cinco a metro ochenta y creciendo. Mis amigos bosnios de Denver eran muy altos, los hombres, pero acá ambos géneros semejan torres de carne única esplendorosa.

 

Bajaba de una de las colinas en donde se situaba mi hotel y caminaba mañana y tarde hacia el centro por kilómetro y medio. Disfruté. Vi sitios históricos sin ánimo turístico pero dediqué mi tiempo a sentir la ciudad, los efluvios que de Joseph Roth venían y de autores de la época, Zweig, von Hofmannsthal. Balcanes, sí, pero Centroeuropa. Vetustos edificios con más vetustos parques alrededor. Podían ser Kiev o Kharkiv, podían ser los alrededores del teatro griego de Poltava, con Irina mirando hacia la estepa por donde llegarían los rusos. Lo mismo en Belgrado y en Ljubljana, espectros del pasado soviético. Dormitorios que espeluznan por lo breves, herrumbrados sistemas de aire acondicionado, niños mugrientos, arena de sospechoso color, resbalines de tinte ido.

 

Por Belgrado, barrio de Zemun, gitanos con carromatos tirados por caballo recogen desechos metálicos, pepenadores del nuevo siglo con todavía costumbres ancestrales y cabello renegrido. Extrañaré no haber ido a las pequeñas ciudades moldavas, con dinastías de reyes rom y muchachas danzantes de rojo vestido cantando Selen Selen. No pude seguir la huella de Leonard Cohen y retratarme con una amiga rumana de gloriosas tetas mientras escribe. Bueno, cada uno tuvo ya lo suyo en vida y ni siquiera el fabuloso Apolo puede obtener lo que ansía en su totalidad. Tetas van y vienen en elocuentes o desgraciados movimientos del reloj.

 

Sarajevo, aquí sí he de retornar. Café otomano y sofisticada repostería de sabores milenarios. Ese polvo que se acerca son los guerreros del khan Kublai. El desierto de Gobi como manta marrón inamovible y plácida. Giro de izquierda a derecha la cucharilla para derretir el azúcar morena. Observo, largas piernas cruzan enfrente y me digo de la ineptitud de Dios de hacer las cosas sin tanta complicación.

07/05/2025

 

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Imagen: Sarajevo/Claudio Ferrufino-Coqueugniot, 2025

Sunday, May 4, 2025

Próxima parada: Sofía


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

No estaba en los cálculos, Bulgaria. Pero cuestiones prácticas de distancia y tiempo hacen que la ruta enfile hacia allí y luego a Varna, la vieja ciudad de mar. Recuerdo de la biblioteca de casa solo unas líneas de La hora veinticinco, de Constantin Virgil Gheorghiu, esas que decían, en boca de algún protagonista, que esa estrella roja que brillaba alta en un poste de la noche balcánica señalaba “el suelo esclavizado de Bulgaria”. No se borró de mi memoria, como tampoco cuando en 1989, en Washington DC, conocí a las folkloristas que sacaron un disco icónico entonces: El misterio de las voces búlgaras. Se hicieron mundialmente famosas. Espero tener el disco compacto por algún lado en Cochabamba o Denver por lo valioso.

 

Mi esposa Jenny, madre de mis hijas, hablaba cinco idiomas y cantaba en búlgaro, húngaro, serbocroata, ruso. Incluso llegó a participar al menos en un disco con música de los Balcanes. Cada año asistía a un evento especial en Bulgaria que reunía músicos y aficionados a este género de todo el mundo. Inmensa riqueza cultural. De ahí que en casa siempre había trombones, gaitas, acordeones, música eslava y gitana, judía. Con ella crecieron mis hijas e incluso asistieron a una de las reuniones musicales arriba mencionadas. Emir Kusturica era fílmica exigida para nosotros. Ayer, caminando por Belgrado, compré un disco de Goran Bregović, de quien escuchamos el día antes, veinte kilómetros en las afueras de la capital serbia, bebiendo rakia, sus tradicionales éxitos y otros fantásticos con cantantes rom. De Bosnia Herzegovina llevo un disco doble de música tradicional y de aquí a este maestro. Ya me haré de otros en Bulgaria, Rumania y Moldavia si el plan no se ve alterado. El mes correrá como infiernillo. En un cerrar de ojos estaré conduciendo automóvil en mi amada Denver y pronto en la no menos amada Cochabamba. Lleno de ideas y templado en la fuerza de las caídas brutales e inesperadas. Lo bueno de tocar fondo es que la única salida posible aparte de la muerte es el ascenso, epifanía casi de mirar el cielo arriba. Por el momento perece el tiempo de lujuria y da paso a la sensatez. De la explosión de las bandas balcánicas a la paz de los violines clásicos. La alternancia entre ambos produce riqueza pero necesito un alto de refresco, breve y sustancioso.

 

Ríos de Babilonia. Tenía, entre mis joyas de colección, un pedazo de arcilla de sus muros, con sello de autenticidad. Hay un edificio en Chicago con las paredes cubiertas, en la construcción misma, con piezas arqueológicas, cada una con la explicación detallada de su origen. En pleno centro de esa urbe cuyo río corre entre los rascacielos y Batman salta de un lado a otro debajo de los armazones metálicos del metropolitano. Magnífica. ¿Por qué Babilonia? Explicando la debacle parcial de mi vida tal vez. La solidez y belleza que no aguantan el embate de una tormenta de arena. Toca ahora lavarse de encima el polvo de la historia. El Arca no se hundió sino en tierra firme, indicando que no existe lugar seguro, que lo único que cuenta y prima es la fortaleza personal. Siempre las manos podrán levantar nuevas Babilonias, noveles Chicagos. Que se hinchen las venas y la sangre fluya guinda hacia el crepúsculo.

 

No quiero ver lo que un turista quisiera ver en Sofía. Pasearé sus calles, nada más, me sentaré en cafés y comeré comida de calle, si la hay. He visto que en las ciudades va desapareciendo. No así en Estados Unidos donde crece en auge. La comida popular debiera ser insustituible, además de ser la base de la sofisticación posterior que suele asomar bajo manos creativas. Son Bach y Bartók nutriéndose de las fuentes. Arvo Pärt.

 

Siete horas aguardan. Siete más preveo para Varna y unas tres o cuatro a Constanza. Imagino que será más agreste que la hermosa campiña eslovena y la monumental belleza bosnia que cedió a la modestia en Serbia. Vamos al sur, hacia el monte Olimpo, pero no cada vez más cerca de los dioses sino más lejos. Elías Canetti habla de “la nostalgia que Dios tiene”. Esa, hacia ellos, la perdí hace mucho. Respeto la mitología pero no oro a la divinidad. Leo a Séneca y a Plinio el Viejo, miro los cuadros de Soutine y Ensor. Amo a mujeres sensuales de cabellos revueltos y ojos pintados de púrpura. Muero por ellas y renazco como capullo sombrío.

 

Mañana a esta hora dejaré Belgrado para siempre. Literaturas y recuerdos. Me persigue por todo lado la sombra de una imagen todavía fresca, puntillista como en Signac, de innúmeras facetas y colores, variable y controversial. De la luna hablo, brillosa y febril, ora completa ora parcial. Julia Roig postea una canción de Leonard Cohen en sus redes sociales. Trae a Francine entre morena y pelirroja, baila para mí. Baila Dalia en la tarde del dormitorio rojo, voz de The Doors esta vez. El tiempo parece confundirse y los rostros de igual manera. Los muslos y las caderas, las medias con portaligas y los calzones a rayas. Especie de narcóticos fumados dentro de manzanas verdes. O anteojos de sol oscuro en la noche sin sol.

 

Sofía. No pensé pero es. El viaje semeja interminable, ya van cientos o miles de kilómetros. Gigantes las moles heladas de Lausanne, lucecitas que anuncian villorrios sin pausa ni descanso. Parto de Lyon, una hermosa bosnia sube en Ginebra, conversamos de Borges, Danilo Kiš e Ivo Andrić. Vive en Belgrado pero no habrá tiempo para otro café. Escribió hace dos días. Alta, fumando en las paradas nocturnas de aquel viaje de diecisiete horas. Todos fuman, las mujeres muchísimo, impresionante. Y los vaporizadores con olor a frutas, o no sé cómo se llamen.

 

Pues, el domingo se arrastra como se arrastran los domingos. Día de descanso, lo llaman. A veces es como una cárcel de Piranesi y desearía que termine pronto. Debo continuar, hay ruta trazada, a pesar del deseo de volver a casa y olvidar por un momento algunas cosas, la inutilidad de ser hombre y no comportarse como tal, la inhabilidad de la memoria. Flores negras de la canción colombiana. La cantó Gardel, antes de arder Medellín. La gloria es efímera; la soberbia peor. Los hombres pasan, y las mujeres. Sofía permanece, piedra sobre piedra, luz con sombra, claroscuro y agudas voces femeninas que cantan a los cultivos.

04/05/2025

 

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Imagen: Boyan Dimitrov

Friday, May 2, 2025

Mayo del 24


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

El catorce, mayo, se esfumó. Poltava. Irina. Nunca más supe de ella. Un detective amigo de Kiev colaboró y envió fotos de algunas muchachas similares, una que hasta vivía en la misma calle y edificio, con igual nombre. Nada resultó. El hombre de cuando en cuando me escribe para preguntarme si supe más. Nada. Poltava sola, el viento corre como galgo desmadrado, tiene extraño color húmedo, enharinado de carnaval sangriento. Se pierden las volutas de aire en los meandros del Vorskla, en donde mojabas los largos dedos del pie. Un año atrás. El calendario muestra fotos de los perros, del 17 hasta ahora. Putin, Kaganovich, Beria… galería de muertos, hasta que llegue ella, la de traje oscuro, a tomar en brazos al enano y quizá algo termine, o comience de nuevo.

 

Quiero creer que tomaste las armas. Te negabas a vivir como animal, me decías. En tu frágil hermosura tenías el temple de tu raza. Indómitas mujeres que resistieron violadores mongoles por trescientos años. Si es así, deseo que tu lista de enemigos sacrificados crezca como serpentina de colores. Jóvenes, viejos, qué importa, enemigo es enemigo y los que causan dolor pagarlo tendrán que, sean buriatos o yakuzes, que pocos rusos envían al frente. La limpieza étnica aprovecha en grande los conflictos. Carne de cañón asesina y bajas de las minorías según lo planean. Te mando balas virtuales, grandes, puntiagudas, con cruces fabricadas a cuchillo para que se hagan dumdum. Mortíferos obuses que recitan poemas de Guillaume Apollinaire, obras maestras de escultura metálica si logramos no pensar en su destino.

 

Llega el tiempo, la hora de entonces, la noche estrellada y ladran los perros. Este mayo, el año ha, estaré seguramente en los Balcanes, no lejos, aunque lejos, de ti. Olor a leña quemada.

 

Unas líneas de carta, luego cientos de días de silencio. No quiero creer que Irina se fue a los cielos y menos que esté a la diestra de quien dicen Creador. Hay humo desde el Luhansk hasta el norte de Sumy; trincheras y fuego, bombas constantes. Ekaterina me cuenta, ayer, el incesante bombardeo de Jarkov. Pero, no olvidemos, ellos resistieron a mongoles, turcos, tártaros, lituanos, polacos, alemanes y rusos. Mil años de guerra forman guerreros. Y a ellas también. Igual a las kurdas y a las irlandesas, fusil en mano, cazan invasores como pollos de feria.

 

Primeras horas de la mañana en Belgrado. Trazo el mapa futuro del viaje: Sofía, Varna, Constanza y Braila. Cuando navegue las enroscadas aguas del delta del Danubio estaré tentado de penetrar a Ucrania por Izmail, haciendo de lado, a mano, minas flotantes de brutal color negro y púas. Pero no. O salgo a combatir decidido o me siento en una fonda con muebles de mimbre del agua cercana a escribir. ¿A esperar el tiempo? No, a conquistarlo. No creo en el destino ni lo acepto. Por algún motivo Irina ya no está, con sus largos metro setenta y ocho de belleza pura, cabellos negros y sonrisa fiel de quien se sabe única.

 

Varios meses te busqué, más que varios e infructuosos. Alguna que otra pista. Tengo unas botas hermosas que te compré en Denver y que esperabas. Ya ni las traje, sabía que lo de Ucrania era por hoy un sueño no a cumplir. No he fallado, para nada, faltaría sí, tal vez, irme en campaña. El riesgo de morir es cosa común, ya morían los compadritos de Borges como si mascaran tabaco. Ya el general Pancho Murguía, durante México revolucionario, elogiaba a los valientes prisioneros, hablaba de su hombría y los ahorcaba. Costumbres de morir y matar. La muerte sería la menos interesante de las cosas si fuera otra vez por el oblast de Poltava, saltando de claro en claro, de bosque en enramada, buscando un diamante en medio de tierra yerma, de explosiones que cubren de polvo insalubre hasta el más bello brillo. Irina.

 

Entre Lubny y Kharkiv se halla tu ciudad. Paré allí en noviembre del dieciocho aunque posible era octubre. No vale pensar ni redactar lo onírico. Lo concreto es que el señor de la guerra se ha hecho con todo, incluida tú. Pero Ucrania ha sobrevivido en cuevas de lobo, comunicándose bajo el ronco grito del urogallo, con el cuello alargado, la cresta inclinada y la certeza de que morir enteros todos peca de ridículo más que de mentiroso. A nosotros nadie nos puede matar. Y no te matan, mujer querida, a lo sumo te esconden de la historia, pero entre la hojarasca siguen caminando los escarabajos, nada consigue la metralla ante la fortaleza de su perfecta armadura. Nada contra ti porque la belleza no se mata y tú no puedes morir así te pongan en su gólgota creado a fuego.

 

Una semana ya; escribe el detective. ¿Priviat, Claudio, sin noticias? Priviat, ninguna. La casa que visitaste en donde ella vivió y vive otra muchacha del mismo nombre permanece ajena a las balas. Su verde opaco, color de bosque en crepúsculo, la aisló de la guerra. Eso me hace pensar que de allí saliste armada, granadas en los bolsillos, sin llanto ni mortificaciones mayores a las de saber defenderse. Las mujeres de Ucrania que quedaron se han privado de llorar, colgaron este nombre por el momento prohibido colgando detrás de la puerta, cerca de donde se seca el pan.

 

“Miré hacia atrás porque me dio tristeza la escudilla de plata”, escribe Wisława Szymborska. Continúa con el poema a la mujer de Lot:

Miré hacia atrás mientras ponía mi hatillo en el suelo.

Miré hacia atrás preocupada por el siguiente paso.

En mi camino aparecieron serpientes,

arañas, ratones de campo y polluelos de buitre.

Ni buenos, ni malos; simplemente lo vivo, todo,

brincaba y se arrastraba en un temor colectivo.

Miré hacia atrás por soledad.

Por la vergüenza de huir a escondidas.

Por las ganas de gritar, de regresar.

O porque justo entonces se soltó el viento,

desató mi pelo y me levantó el vestido.

Sentí que me veían desde los muros de Sodoma

y se morían de risa, una y otra vez.

Miré hacia atrás llena de rabia.

Para gozar plenamente su ruina.

Miré hacia atrás por todas las razones mencionadas.

Miré hacia atrás sin querer.

 

Si miras atrás, te mueres. En sal convertida estarías y no va contigo. La sal rebota contra tu acero, jamás he visto que semejante sonrisa pudiera arredrarse ante la muerte, no lo creería. No mires por sobre tu hombro, ni siquiera por mi sombra, ni siquiera por mi sombra.

02/05/2025

 

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Imagen: David Burliuk 

VAGAR POR LOS LÍMITES


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

He leído a Velimir Jlébnikov cuando tenía veinte y lo busco ahora. No estaba equivocado. No significa que Emilio Losada me recuerde al poeta ruso en su magnífico poemario Cómo no superar el presente que leo ahora pero hay tantas asociaciones.

Me he sentado por décadas en las calles de Denver que trastabillara Kerouac. Viejos travestis todavía toman martinis en su memoria en la barra del Charlie Brown's, regentado por cabrones patrones griegos. Observo cómo destruyen la lavandería popular en una esquina de East Colfax, a sabiendas de que esa era parada del intenso caminar de Jack. Construirán alguna elegante vivienda de apartamentos para yuppies con ínfulas de sabios. Los negros siguen allí, pobres e inmundos, cantando, insultando a la gente que pasa, mostrando vacías tetas llenas de cansancio. Los negros siguen allí, Kerouac, y yo leo a Emilio Losada y no sé qué escribir. Me gustaría hacerlo en imágenes, una ciudad del medio oeste donde amenaza el invierno, en donde sobre las tumbas de Cheesman Park se regodean los amantes del mismo sexo apoyándose en huesos antiguos insepultos. Sigue Losada un periplo similar a Kerouac, las líneas de sus poemas van marcando un camino de punzantes vértices y de desdén por el destino, pasos por un campo no muy santo, humedales de sexos donde el amor carece de peso, por no decir de ocasión. Entre una melancolía no proustiana que atraviesa el texto como trama imperceptible.

Allí me gustaría ver al poeta, al punki cantando la bellísima «La chica de nadie», canción incluida en el libro. Que te amo, cabrón, y me gustas un chingo y me encanta darle a la reata contigo pero no soy de nadie. Invoca Losada, no literal, la lluvia de San Cristóbal de las Casas, que sálvanos, madre, que de aquí no salgo vivo. Que no te pido eternidad sino morir de amor. ¿Rastros de Nicanor Parra? Muchos. No del tiempo de La cueca larga sino del Parra posterior. Contradictorio como él, ambiguo al ser directo, mordaz, violento.

Viene el ciego Borges tocando las paredes con su bastón, macabra reminiscencia de un reloj que marca las horas, así implore el bolero que no las marque. Pero no las cronológicas, no lo son; el tiempo no es oro sino sangre. Emilio abre el volumen con una cita de Jorge Luis Borges. Dice mucho. Nombra por ahí a Evtushenko y camina como él por una ciudad en la cual los límites entre el Sí y el No más que discretos son sutiles.

He leído sus novelas, obras de arte, y otros poemas también. Pero ahora, recuperándome de esbozos de la muerte, tengo este puñado de páginas enfrente y me siento desvalido. Preferiría estar en mi callejón de la calle Clarkson conversando con el fantasma hembra que vivía en el balcón y dejar que Lou Reed suene libre y oscuro, canciones de Berlín, basurales color azul, ánimo y meco de pecado, estar ajeno al razonamiento, ser febril, ser emoción, que el sol rojo caiga sobre los edificios e incendie el elegante salón de la mansión Cass. Preferiría no escribir sino apurar el vino. El ron penetra según fuego al interior de las tripas, no se escribe con el dedo sino con el sexo. Y persiste la lluvia de San Cris mientras los tzotziles nos dan posh para alegrar la debacle.

Escribía Gregory Corso que «anoche había manejado un coche», que con él volteó a gran velocidad gente que amaba. Luego durmió plácido en el asiento de atrás, feliz con su nueva vida. Entorno que bien retrata este conjunto de poemas de Emilio Losada sin aliento ni misericordia. Quizá diré que en las canciones concede un resquicio ¿a qué? ¿La luz, amor y espíritu? Sin concesiones de todos modos, el hombre desnudo y armado.

Todo, las páginas de esta breve obra maestra, Borges, Ginsberg, Dickinson, para decirte que la amas, que tú tampoco eres de nadie y sin embargo te encantaría encadenarte a su catre y esperar que salga del jale y abra la puerta bajo el agua diluvio de esta región de verdes cruces y de espantajos de henequén. Órale, vamos, que de esta no nos salva ni Dios. Bajo el sol jaguar... (Italo Calvino).

 

 

 Cochabamba, octubre del 2024 

Thursday, May 1, 2025

Primero de Mayo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Winston Churchill me mira desde la pared del Londoner en Belgrado. Café con leche de mediodía. Marchábamos los Primero de Mayo, ufano gritaba mostrándole a mi amor, en la esquina del mercado, que era hombre de guerra. Pregunto dónde están los muertos, no los veo aquí a mi lado asoleándose en un balcón de Serbia. Dónde los caídos cuya suerte los decidió por la mala. Podría haber sido yo, o Julio, o tú, pero fueron ellos y no gozan de esta delicada sensación, no tanta como la de los adobes recalentados sin embargo.

 

Mi amor envejeció, el rostro se le tornó mustio, las gradas de la oficina que subía de a dos se le alargaron. Hubo muertes alrededor, ya separados, por ambos lados. La vida siguió. Ahora me abraza y llora. O llueve. O llueve y llora. Un botoncito verde de las redes sociales me dice que otro amor está activo. ¿Es paradoja? Y también Primero de Mayo hoy, puño en alto protestan los trabajadores de Hungría en 1919, puño en alto los de la república de trabajadores de Ilia Ehrenburg en España. Vuelvo a preguntar y por qué aquí, ahora, primero, mayo, primavera, no han asistido los muertos. La bala del capitán Galindo hace caer la cabeza de un amigo. Se terminaron las pichangas de fútbol, la kajcha de pelotas de cuero y liga durísimas. Sorbo el mediodía, el árbol de café con leche la luna. Hombre de guerra, ja, ni de guerrilla. Poco ha quedado, alguien que escribe bonito, que mira con casi desolación a las muchachas serbias, y bosnias, que pasean sus piernas de metro ochenta y avasallan con una vida que no se ha ido todavía pero que no se supo emplear. A qué quejarse, dime, Claudio, de qué sirve aquello. Cierra el último botón de la camisa azul oscuro, agarra un libro y decídete que es bueno el calor sobre las piernas, que tienes una espalda de fierro y que veinte horas de viaje en autobús son para ti como otra pichanga de barrio, con vecinos, con el que fue alcalde, con el que fue ministro. Nada ha cambiado, fumando espero, el tango entona, y yo que no fumo, espero con la venia de la sombra y el regocijo de la luz. Espero a la que tanto quiero y eso huele dulce, casi un ankuku infantil o no sé cómo escribir esta palabra, pero conozco las sensaciones, el olor de la chancaca. Bienvenida, vida, siempre, y me pongo a marchar solo por calles extrañas por un mayo uno en compañía de mis fantasmas.

 

Con Rosa Luxemburgo, no con Béla Kun.

 

Adiós Lugano bella, París 1986. La Varsoviana, Washington DC, 1989.

 

Nueva Órleans, parque Audubon. Corres con pantalón corto y el cabello amarrado atrás hacia el gran río. Se mueve tu trenza, péndulo de pasión. Ya he dejado de ser artillero de obús, me he hecho novelista y el bar penumbroso te trae en carne, en piel de mi recuerdo ¡Salud!

 

Las horas, el libro de horas, no puedo librarme del espectro de Rilke. La vejez, mi amada que agitaba banderas para festejarme y la revolución de paso. Te beso después de cien años, bajo la lluvia y con tus párpados caídos color de terciopelo.

 

Así pasen cien años me acostaré contigo. Sabrás el por qué a los árboles les crecen hojas.

 

En un rincón de Alemania, donde Goethe tiene colgante una pierna calavera, vives tú. Me lo has contado sin comprobarlo yo. Mis sendas no pasan en esta época por Germania pero sin embargo no guardes debajo de la chompa tus soberbias tetas, haz que se concentren en el punto memorioso. Marrones y puntiagudas, cuchillos de gitana.

 

Hoy, a veinticinco kilómetros de Belgrado cantaba Goran Bregović acompañado por vocalistas rom. Hacía poco que había visto la fotografía de una gitana y un niño hacia un fondo amarillo tirando a... Foto que se sumó a lo que estaba viviendo entonces, bebiendo rakia de ciruela muy fuerte. En Betanzos la toma, supongo, pero el cielo detrás era sin límites, llegaba hasta las estribaciones montañosas y navegaba por el Danubio como ornitorrinco perdido. Platypus de los rápidos, agua sonora incolora, mi amor tal vez duerme dormida, quizá despierta con el lápiz trazando un sueño. Si confundo los años y las personas, no, claros los tengo pero pretérito es ayer y hoy crea el mañana. Separaré lo que habita la intemperie de este día, de banderas y manifestaciones en contra de Aleksandar Vučić. La vieja gloria se desvaneció, los mártires de Chicago y demás patraña sentimental. Otra es la lucha, aseguran, y a mí no me queda más que asimilar la rakia y prepararme para salir a donde me han dicho hay baile de gitanos. Veré si Ligia razón tenía al decir que yo debí haber nacido allí, enterrando botellas de whisky en los enterramientos fraternos.

 

Tus labios de hojas decadentes saben a bourbon.

 

Luego de un rato contemplando pequeños grupos que iban a sumarse a la multitud enfilé para el campo. Dichoso yo, afortunado, en estar viéndolo.

 

Lou Reed. Dirty Boulevard. Amanecía en los muelles de Gallaudet. Karen día me sube a su automóvil y dejamos los campos de ajos, de verdes manzanas de Kazajistán. Viajamos rumbo a Karen noche, elegante saco rojo, perfume caro. Me digo, fortuna esta para un pobre cargador de naranjas. Y conversamos de ellas y de mandarinas mientras desnudas el soutien de cien dólares. La cima de tus pechos, mis botas obreras. Has puesto a los Stones de fondo y abierto la ventana. La brisa de la capital de los Estados Unidos tiene sutil aroma de frambuesa. En el entreacto de tus hombros te poseo y no sabemos qué ha ocurrido después. Ojos entrecerrados, ojos chinos, aroma superior al de frambuesa, aroma de paraíso.

 

Ojos chinos. Ojos chinos.

 

Viva la revolución mundial.

01/05/2025

Acercándome a Troya


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

 

Estoy en Dacia. Asociados a los tracios, dicen de la población local; otros a los frigios pero parece no ser cierto. De todos modos, motes que relacionan con Troya, la de Homero, de la cólera de Aquiles. Pero quedó trunca la narración y leemos acerca de mucho más: de la muerte de Paris, el secuestro de las troyanas, Pentesilea y las amazonas, los etíopes de Memnón, Eneas en otros. Las últimas páginas del poeta ciego son del cuerpo de Héctor arrastrado por los corceles del Pélida; la humillación de Príamo; la hidalguía del vencedor. Juegos mortuorios, bueyes asados, brillantes lorigas y el silencio de las naves en el ponto.

 

Abro el mapa, sitúo Belgrado en él.

 

No iré a Pérgamo ni visitaré ciudades turcas ahora, pero me he puesto a pensar cómo cuánto, y cada vez más, me voy acercando al centro de mi imaginación literaria: Troya, la Ilión de Heinrich Schliemann, que también estuvo en Micenas, tierra de los Atridas Agamenón y Menelao. Rondo alrededor, hasta el Bósforo he llegado. Hasta, del otro lado, observar la costa de Edirne y mirar hacia el norte, a la tierra por conquistar con la espalda dada a la Sagrada Puerta. Una Adrinópolis que Miguel El Bravo soñó, y desde la cual amenazaba cruzar en sentido contrario.

 

Mapa de dos metros de ancho. De Portugal a las estepas cercanas a Sumy y Poltava. De Belgrado a la ciudad del poeta Ovidio, Tomis, la actual Constanza. A ella quiero ir pero calculo que desde esta ciudad será un viaje de casi veinte horas. Una opción que sopeso es la de Sofía, a cinco horas de aquí, permanecer un par de días, salir hacia Varna, ya en el mar, por otros dos. La distancia hacia Constanza se habría reducido considerable. No queda mucho, el mes de mayo, y falta Braila y quizá Chișinău, Moldavia. De todos modos visitaré la Dobrujda y Besarabia, cuna del famoso como nefasto Grigory Kotovsky, de quien los rusos hicieron una magnífica serie televisiva. Vi su tumba en el oblast de Odesa en donde los partidarios de Benia Krik, el Rey, se vengaron asesinándolo por su participación en su muerte.

 

Tierras de sangre. De juncos y aves zancudas gigantes.

 

Estando en Sofía estaría a un paso de Troya. Todavía dejo un misterio muy íntimo que me impide concretar esta visita hoy. Ilión es sólida en el imaginario. Sudan caballos de guerra, Patroclo infesta las naos con brillo y armadura de sol. Vulcano martilla incesante, de los metales que forja vuelan estrellas hacia la vía láctea. En el próximo viaje quizá, muy posible al acercarme a Armenia y Georgia siguiendo el paso de los argonautas. Eso si el mundo no ha estallado y humo y ruinas reemplacen las olas del lago Van.

 

Lo he pensado antes. Cuando Roma caía a crepúsculo en el noveno piso. Cuando en Odesa me sentaba, cerca de la estatua de Richelieu, a contemplar las actividades del puerto y la infinitud del líquido. Gentiles rodaballos miran desde el suelo del mar al cielo. Miradas curiosas o esperanzadas, difícil decirlo. Luego colgarán secos en el mercado de arriba de la Preobrazhenskaia y curiosidad y esperanza formarán parte del mito de nadie. Solemos creer que eternos somos. Apenas rodaballos, peces, pescados.

 

Mañana del primero de mayo, Belgrado suena calma, olor de café casero, perros callejeros que no he visto hasta ahora dormirán en algún lado. Tengo comida y jugo de naranja. Entraré en la mínima ducha y me emperifollaré para fiesta sin danzantes. Insondable soledad de este viaje. Polvo, camino, maleta, lectura, miradas al vacío, al pasado del vacío, fracasos, triunfos. En un mes aproximadamente enfilaré a casa, a las dos casas. A la final, con mis cuadros de Otto Dix y Christian Schad, a reafirmar la vida y mejorarla. Hay cosas que hacer, trabajos duros corporales y asuntos de espíritu. Labores que hubo que enfrentar antes pero que se hacen hoy. Nunca es tarde para forjar el hierro, jamás. Entregado el cuerpo a Hefestos, Vulcano, sabrá él hacer de nosotros espadas de largo filo o adornos de jardín. En Cochabamba me sentaré en el sofá negro a leer, mirar la cordillera y aguardar por llamadas que solían ser magníficas meses atrás y que supongo siguen pendientes del aire, lucecitas navideñas o ninfas que han de asomarse apenas encienda las luces al entrar, las apague al dormir.

 

Troya nunca descansa, cuál de las Troyas preguntarán ya que es un túmulo de historia. No importa si la piedra tal o la estatua cual pertenecen al período del fabuloso conflicto. Es lo de menos. Alma de Troya. Las flechas del pútrido Filoctetes vuelan malditas. Guerra de dioses, no de hombres, estos, tristes, son desbarrancados hacia el abismo con líricos cantos fúnebres. Aquileo descansa, si es que un hombre de semejante temple puede descansar. Guerra de dioses. La vida no vale nada reza una canción mexicana. Si conocieran aquella geografía, esa de la vuelta de Dolores Hidalgo, verían que no la vale en serio, que no miente José Alfredo. “Pronto llegará el día de mi suerte”, cantaba Héctor Lavoe. Malhadada asomó ella, igual que para el héroe griego pero en instancias con antelación decididas. De allí me nutro, de veleidades divinas y mundanas, sueños, fastos, sangre de Deyaniras degolladas con escasa proyección al universo. La sangre se seca, tórnase polvo, tizna rostros de nuevos y feroces guerreros, levanta Macedonias y hunde Persias. En Maratón no se consolidó nada siendo que ya estaba escrito. Y si escrito estaba, era literatura. Vuelvo a decirlo, de esas fuentes bebo yo. De la imaginación febril que creo mía, única, sin darme cuenta de que ya la soñaron, como a mí mismo, que lo que mis manos redactan sobre el papel son manifiestos muy antiguos, letra sobre letra, civilización por civilización. Un general arroja sus cartas en el Indo. Truenan elefantes con trompetas de la extinción de una era. Cartas que no se pierden, que siempre estuvieron flotando. Ya entramos en el mundo existencial, de preguntas sin respuesta, de ellas sin cuestionamientos.

 

Vago por las rocas, allí debió estar el Escamandro, río hombre semidiós. Llevo un cuaderno de notas sobre cuyas páginas no he escrito; no lo haré, lo cargo como si fuera una joya, collar o diadema. Me recostaré mirando el montículo, sagrado para mí, e inventaré una historia, jamás plasmada, en la que hablo de un niño que miraba la preparación de las naves de los aqueos, el recuento de guerreros, y que, a la vez, oteaba desde las murallas hacia el mar de fondo. Desde ese choque mítico y contradictorio escribo yo. Y no vale si pronto o tarde llegue para mí un día de suerte. No guarda importancia. Cierro los ojos, no quiero volverlos a abrir.

01/05/2025