Wednesday, December 12, 2012

Los nombres de Cochabamba



Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La infancia fue feliz. En el viejo Volkswagen íbamos cada fin de semana al campo. Mamá y papá fueron grandes caminadores, y así salimos todos. Recuerdo el ejemplo que siempre mencionaba Joaquín, mi padre, acerca de cuántos kilómetros al día caminaba un soldado del ejército japonés, algo como los campeones del mundo, por decirlo. Lo emulamos, en la medida de las posibilidades y, en tal entrenamiento samurai, conocimos de memoria el valle cochabambino; exhaustivamente el valle bajo, y en menor grado el alto. Hoy, la invocación de cualquiera de esos nombres de pueblo o región asocia tantas imágenes, olores, sabores, que trae la sonrisa de mi madre en medio del aroma de retamas, y el vozarrón de mi padre con el rumor del cascajo de los ríos en avenida.


Tiquipaya, Pairumani, Suticollo… la explicación del origen aymara de esta tierra a donde llegaron los quechuas en explosión de dominio. Aunque nebuloso es el pasado, y peor la historia cuando no ha sido escrita, buscamos con afán de exploradores el camino más antiguo del lugar, por donde habían invadido los incas: el Tupuyán. Para ello tuvimos que subir a la falda de la montaña, buscar en las inmediaciones de Liriuni, imaginando la bajada por las empinadas quebradas que suben hacia Morochata. Luego, hacia el oeste, inclinándonos por Anocaraire y la ancha apertura del río de La Llave. Esa quebrada es con mucho más suave. Años después, con amigos, reeditamos el anciano viaje; lo había hecho mi padre en la década del cuarenta, a pie, por herraduras, desde Cochabamba hasta Independencia o Palca. Nosotros fuimos escasos, con la ruta trepando por la vertiente izquierda del río, atravesando tres apachetas, hasta vislumbrar desde la cumbre, a lo lejos, la ansiada Morochata. La idea era seguir: Yayani, Chinchiri, Independencia, Sanipaya, a la tierra de los orígenes de mi abuela paterna. La chicha lo impidió. Nos pusimos a jugar rayuela con los hombres del pueblo y terminamos vomitando el gentil alojamiento que las monjitas nos cedieron. Al día siguiente nos expulsaron; justifico el por qué.


Buscamos el mítico camino, alegres como niños que éramos. Y, según noticias que los progenitores reunieran, decidimos que una polvosa senda, que la lógica indicaba como mejor para quien viniera del Ande, era el Tupuyán. Lo habíamos hallado y nada que yo recuerde, me impresionó más: con él venían hordas de guerreros con pectorales de oro, plumas ofrendadas en el Cuzco desde las vírgenes selvas del oriente. Venía de leer a Homero; tenía nueve años, y en el instante, sumadas a la memoria de Héctor, Aquiles, Menelao, Paris, Ayax Telamonio, Diómedes, acariciaba figuras más cercanas, hombres de tez cetrina, altos porque yo era pequeño, en disciplinada fila, hacia la lujuria del maíz. No existían muros como los de Ilión, pero sí maraña de molles, un valle extendido sin fin, arbolado, oloroso, soleado y bucólico. El Tupuyán llevaba a los guerreros a domeñar su ira. Estos eran terrenos para recostarse y soñar.


El Tupuyán, nada antes que él de la herencia quechua, habrá sido ya destruido. Escucho camiones de coca que no veo, precursores, ácidos, lavadoras para la nueva sofisticación casera de la droga. He sabido que el verde, más verde que el de Llewellyn, se esfuma. Los eucaliptos que trajo España hierven en hornos para siempre. A nadie le interesa saber por dónde arribaron las huestes de Túpac Yupanqui. La paradoja actual se debate entre el rescate del ancestro y la globalización brutal que conlleva el narcotráfico. Si pregunto hoy ¿Tupuyán?, pensarán que me burlo. Pero nosotros lo hemos visto, borroso, casi invisible, y hemos seguido su huella por donde nos llevara, por la Paucarpata que subyugó al cronista Polo de Ondegardo, por El Paso, y en cada rincón de lo se ha hecho pretérito.


Tal vez mi generación fue el último nexo colonial. Perdimos los idiomas originales que todavía hablaban los padres, resultado de la crianza en manos de niñeras indígenas. Pérdida que carga en sí no necesariamente el olvido del lugar del que venimos, pero alejamiento. La abuela Neptalí, crecida en los tremendos paraísos de Ayopaya e Inquisivi hablaba, aparte del castellano, aymara y quechua. Mi padre heredó el quechua en las casas solariegas que habitó, con criados y sirvientes. Nosotros, urbanos, nacidos después del 52, solemos comunicarnos en español, hemos cortado el vínculo con los que todavía están, desde siempre, allí. Sentirme proficiente en inglés y francés no quita la pena de no haber aprovechado unas lecciones de mi padre en la nativa lengua.


Arqueología familiar, y arqueología aficionada en familia. Muchísimo antes de que los silos de Cotapachi se hicieran famosos, detrás de la colina de Cota, sitio de la aparición de una virgen, la de Urkupiña, extrañamente en un lugar que sin duda fue sagrado por su potencial agrícola, ya buscamos en la infancia las ruinas. La referencia venía de un tío, Antonio Iriarte, erudito en asuntos precolombinos y rescatista de tesoros. Entonces había, en las márgenes de un río putrefacto, un cuartel militar. Horas de dictadura. Preguntamos si sabían algo al respecto y ni soldados ni oficiales tenían idea. Caminamos al borde de la laguna y buscamos entre los cerros, plenos de espinosos arbustos y áridos. Al fin, en un descanso, aparecieron las bases redondas de lo que había sido un granero incaico en tiempos de Huayna Cápac. Estaban ocultos, y había muchos, ninguno que se elevara más que la base de piedra que alguna vez los sustentara. Movíamos las plantas con cuidado porque el lugar estaba infestado de víboras con dos tonalidades de café, de cabeza triangular, venenosas. Hacían reminiscencia a las temidas copperhead de Norteamérica; quizá fuesen una variedad. Mi hermano Armando aplastó una, para llanto mío. Pero, el hecho de descubrir aquellos monumentos derruidos, ignorados, fue suficiente para olvidarlo.


Nombres, vocablos aymaras, luego quechuas, después hispánicos, cada uno guarda secretos que ya nadie puede dilucidar. Y a medida que avanza la cronología, el rodillo de la desesperanza, la corrupción, la cocaína, irán hundiendo los vestigios hasta donde ya no se los pueda encontrar.


Esto hablando de un pequeño sector del valle inmenso, a distancias no mayores a veinte kilómetros alrededor. Porque en cruz, disparándonos hacia los cuatro puntos cardinales, encontramos lo mismo, nombres que son invocación, ritual, melancolía y demencia.


En Lequepalca, donde fungí por meses breves como administrador del proyecto carretero Oruro-Confital, luego de la cena en grupo, y antes de acostarme en la sala comunal donde dormíamos todos mientras no se construyera campamento, salía a la noche oscura impresionante. Rodeaba los muros de su sombría iglesia, de los nichos sobre tierra en el patio religioso; me sentaba en la explanada que hacía de mercado en día de feria y sentía, no pensaba, el bullir de las sangres escondidas. Alguna vez me escapé a cenar a Caracollo, o más lejos hasta Patacamaya, a tomar ese profundo café concentrado que sirven en vasos de aluminio, y comer un rebalsante asado con arroz y mixtura de tomate con cebolla.


Contemplar a los achinados aymaras conversando en idioma asiático, ajeno a sus vivencias. Beberme el café, y a medianoche, porque nunca cierran, “agarrar” un camión de regreso a Lequepalca, escuchando las tontas o a veces atractivas historias del chofer. Llegando, bajar por el lado derecho y quedarme solo, sin ver a dos pasos, presintiendo la torre espectral a mis espaldas, los agujeros del cerro -minas caseras de azufre- y la tierra roja del lugar que se extiende hasta casi Oruro, hasta Paria, que en aymara quiere decir bermellón.


Combinar las palabras, las letras hasta pronunciar un nombre, parece, en la penumbra invernal de Aurora, casi un hechizo primitivo, y yo en calzoncillos de chamán iluminado, juego con ellos buscando el de dios, tal vez el mío.
2012

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Publicado en La ciudad de Cochabamba vista a través de viajeros y cronistas. Siglos XVI al XXI (Selección y prólogo de Mariano Baptista Gumucio), 11/2012

Texto incluido en el libro Crónicas de perro andante (2013), coescrito con Roberto Navia Gabriel, La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra.

Foto: Portada del libro


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