Monday, November 10, 2014

Socorro/CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hace mucho que mi casa se ha perdido. La zamba dice “la casa ya no es la casa”, o “la casa es otra casa”, y claro que me entristece.

Ligia me cuenta sobre las colinas de Socorro, estado de San Pablo, Sao Paulo, Brasil. Como todos los pueblos o ciudades de interior tiene ese aire de que allí se cuece el país. Por eso los gringos hablan del profundo sur, o de la médula que se agita en los villorrios de Wyoming y Colorado. Manejar por ellos, con Roadhouse Blues a todo volumen, y una risueña imagen de Kerouac que saqué de un stencil en pared, es penetrar al meollo de la cuestión, de la historia, de la belleza, del racismo, de las reuniones abiertas del Klan en las roads de Arvada, según me cuenta Koronado Apuzen, filipino que tiene en su interior una alegría boliviana que le contagia su novia Isabella, mitad cochabambina, mitad socorrense… hija de Ligia.

Socorro hoy es una pequeña ciudad llena de lugares elegantes y de excitantes empresas de turismo aventura state of the art, el último grito. Por sus rápidos descienden kayaks, y en las nubes se cuelgan visitantes entusiasmados con un bagaje de ensueño. Pero Ligia ya no reconoce su lugar natal. Éste se hundió con el recuerdo, con la muerte de sus padres, en los recodos de la Serra da Mantiqueira que atravesándola llevaba al mítico mundo de Minas Gerais, cuando uno todavía cree en diamantes, en príncipes azules y en orcos antediluvianos que viven allí desde antes que Tolkien.

Es que Brasil ha entrado en la carrera de la modernidad. Y este éxito notable, que traerá alegría e intensidad a la existencia de sus habitantes, también será el mayor creador de nostalgia. No al principio, y el inicio con facilidad será de 50 años, o país mais grande do mundo mirará hacia atrás, hacia lo perdido y querrá recuperarlo. Tarea no imposible, pero difícil, porque en cincuenta muchos ya se habrán ido, las retretas en el kiosco de la plaza, donde el sonido de Pedrinho Jazz Orchesta, la banda de Pedro Ferragutti, padre de mi esposa, no toca más. Aires de choro y chorinho se esfumarán por el aire, mientras que las retroexcavadoras atruenan el espacio del cielo que antes perteneció a la música.

Qué viva el progreso, claro que sí, pero con la delicadeza de no atormentar el silencio plácido donde se refugian las horas pasadas, las mal llamadas horas muertas.

Socorro fue un oasis de italianidad en este enclave semi-tropical del Brasil. Los calabreses huidos de la miseria y la Camorra hallaron allí el ideal de vivir en paz, asegurados al trabajo, a la exploración y explotación de la tierra, a poseer un universo donde ya no existían indios y había escasos negros. Antes no había tanto prurito de igualitarismo y a nombre de ello se desdeñó a gente que era eso, nada más que gente, como todos los otros.

Cada domingo la población se reunía en la plaza y, al ritmo de la banda, las mujeres daban giros y más giros alrededor, mientras los hombres permanecían parados. Pedro y sus dos hijos mayores tocaban allí, sin falta, cada semana. Trombón, batería, clarinete y/o saxofón deleitaban al público con marchas y pasodobles. Lo mejor del año sucedía entre el 13 y el 15 de agosto, donde se veneraba, o festejaba, a Nossa Señora do Socorro, que en procesión despertaba la lujuria de las rústicas congadas y el golpeteo cadencioso de tambores y pandeiros. Mientras lo cuenta, se le caen a Ligia los párpados italianos en esa incurable enfermedad que se llama melancolía.

Durante el carnaval, comparsas que no eran las todavía inexistentes escolas de samba, danzaban en medio de disfraces que valientemente arriesgaban un divertido travestismo. Gigantes de zancos aterrorizaban a los niños, como aquellos que en Yellow Submarine combatían contra las fuerzas del Bien. Casi una premonición, en la que ganaron los buenos ya que los hombres zancudos jamás retornaron a la fiesta.

Dos clubes se disputaban lo mejor de la sociedad, o lo peor tal vez. La clase media se reunía en el Club Quince de Agosto, mientras el nombre del otro establecimiento se le olvidó, porque entonces uno iba a donde le correspondía y no a cualquier lado.

Las marchinhas de Momo, que de a poco fueron convirtiéndose en las sambas de enredo actuales, se confundían con la noche. El samba de Sao Paulo, que es samba itálico, blanco, y no negro a diferencia del de Rio, aún no había incursionado por los bordes del poblado. El erotismo que llegó con el dinero no atravesaba los muros íntimos de los hogares. Hoy que se vende el carnaval brasileño como la magnificación del sexo, no significa que siempre fuese así, aunque Vadinho y su verga de goma lo desmientan en los embaldosados de Bahía.

La urbe tenía la imagen de un sueño. Pedro Ferragutti vivió de joven allí, pero para los hijos un viaje semejante olía a aventura hereje. Cierta vez, cuando dormía yo en una casita montañera de Lodève, Francia, conversando en la noche con los hijos y nietos de un viejo anarquista español que se refugió en el Larzac, cuando les comentaba de París, de las discusiones en la Internacional Anarquista de dónde veníamos con varios militantes de la FAI, miraban boquiabiertos; preguntaban el alto de la Eiffel, y el ancho del Campo de Marte. Igual para los socorrenses de entonces, el ronroneo del monstruo de Sao Paulo semejaba un sueño lejano, provocativo.

Economía de café. Altos cafetos cubrían las colinas. Hojas muy verdes, de verde oscuro; delgados troncos y los rojos frutos que parecen grosellas desde lejos. Y tabaco que enrollaban los viejos italianos mientras contemplaban a sus coterráneos jugando bochas, y recordando, nunca nos lo dirán, Nápoles y Génova.

No hay italiano que se precie que no sea hincha del Palmeiras. Aún hoy, los hermanos de Ligia: Danilo, Gilberto, y quizá en el fondo Toninho, el acordeonista famoso, putean como los de su raza, a voz en cuello, cuando los negrinhos del Corinthians les marcan un gol.

¿Podrá el Brasil del futuro no olvidar la cotidianeidad de estos que lo construyeron desde abajo? Los pueblos que olvidan sus orígenes por lo general se condenan. Ya Brasilia representó un reto hacia el pretérito, levantándose a impulso de una idea sobre yermo inmemorial. Pero en los cimientos de Brasilia no solo habita el concreto, sino también los gnochis y macarrones de los peninsulares, sumados a los frijoles y cuero de cerdo que devoran los africanos. Solo combinación tal, la de antiguo, hoy y mañana podrán solidificar un hartazgo de riqueza y poder como el que se le viene al país.

Socorro duerme la siesta. Sobre la voluptuosidad del silencio se elevan las voces de Caruso y Tito Schipa, que se yerguen como cortinas de hierro ante los nuevos sonidos que vienen con la Música Popular Brasilera y que las jóvenes como Ligia ocultan de sus padres que si las ven con un disco de Caetano explotarán de ira.

A las seis de la tarde Socorro detenía su andar. El gran altoparlante del orfanato de San Agustín tocaba todos los días, sin falta, el Ave María de Gounod. Una sensación de paz invadía entonces el ambiente, y hasta los huérfanos creían que afuera del recinto que los cobijaba estaba alguien, algún día, esperándolos.

La casa ya no es la casa. Ligia mira por la ventana el azul cielo de Colorado. Como si alguien pudiera adoptar un cielo, como si aquel por el que corrió la infancia no fuese el único por el que vale el recuerdo.

Un vino para olvidar. Quizá para recordar. Y un chorinho que disimula su tristeza jugando a ser alegre.

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Publicado en CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE (con Roberto Navia), La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2013

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