Monday, September 20, 2010

Los partisanos de Vilna


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

De muy joven me impresionó el libro de Jean François Steiner sobre Treblinka. Hablaba entonces con mis padres de la incomprensión mía de la pasividad con que los judíos iban al matadero.


Asunto controversial que puede ser visto y analizado desde muy distintos puntos de vista. A pesar de que los judíos, sobre todo en la Europa oriental, habían siempre sido perseguidos, habitaban la región por cientos de años, y era, también, su hogar, aunque no lo considerase así, como lo demostró la historia, la población local en la mayoría de los casos. El tema de la complicidad de los lituanos, ucranianos, rusos blancos, letones, etc. es tema aparte para un largo desahogo.


Vilna se consideró desde el siglo XVII como un centro importante del judaísmo, donde descolló la figura de Eliyohu Ben Shlomó Zalman "Kremer", comúnmente llamado el Gaón (erudito) de Vilna. Y la ciudad misma fue conocida, hasta la destrucción de la población hebrea durante el espanto nazi, como la "Jerusalén de Lituania", con su famosa sinagoga y su notable biblioteca.


Gozó, a tiempo del inicio del Holocausto, de la efímera categoría de "ciudad libre", lo que impulsó a los refugiados de varios países a reunirse allí, y, de ser posible, emigrar a Palestina. Pronto todo cambió. Al igual que en el resto de la región los alemanes se dedicaron a exterminar judíos, apoyados casi siempre por la comunidad, que vio en ello no sólo la oportunidad de cobrarse con las víctimas su racismo atávico, sino a la vez con objeto de apoderarse de sus pertenencias. Los que en principio sobrevivieron a las ejecuciones fueron hacinados en ghetto en barriadas de la ciudad vieja, donde intentaron una vida en apariencia normal (en la que conservaban una biblioteca de cien mil ejemplares) y donde, con cierta similaridad con el ghetto de Lodz, se convirtieron en un aparato productivo gratuito para el invasor. Para ello los nazis nombraron autoridades judías cuya actuación aún despierta las más terribles sospechas -como defensas- no faltas de razonamiento. Tanto Jakob Gens, en el ghetto de Vilna, como Chaim Rumkowski en el de Lodz, encargados judíos puestos por los alemanes, creyeron falsamente hacerse indispensables a través del trabajo y la producción. Se les pagó como a todos, con la muerte.


A Vilna llegó la noticia de la insurrección de Varsovia y se preparó defensa similar que jamás llegó a consolidarse. Fue permanente la disyuntiva de morir peleando o proseguir, incluso entre las atroces muestras de realidad, con la esperanza. Un grupo de jóvenes, del sionismo de izquierda, y de derecha muchos, huyeron por las alcantarillas de Vilna hacia los bosques, donde contactaron a los partisanos soviéticos y polacos para juntarse en la lucha, que no disminuyó por tal el antisemitismo de sus compañeros de batalla. Entre ellos estaba Abba Kovner, poeta nacido en Sebastopol, que luego de diversas circunstancias llegó a convertirse en cabeza de la nominalmente autónoma fracción judía de la resistencia en Lituania.


Su odisea no es única, aunque, como las otras, extraordinaria. Se rescató su historia en un apasionante libro de Rich Cohen, The Avengers, Los Vengadores, para desmaterializar aquel mito de que los judíos no se defendieron. Lo hicieron en los alrededores de Vilna, lo hicieron los supervivientes de las poblaciones mártires de Kurenits y otras en Bielorrusia. Ilia Ehrenburg los visitó el 44, y escribió sentidas crónicas de los guerreros, además de fotografiarlos. El gran autor desató su fobia en notas periodísticas que clamaban por sangre germana, en un preámbulo del "sin piedad" de Zhukov.

Abba Kovner emigró a Palestina, combatió para consolidar el estado nuevo en contra de los ejércitos árabes que invadieron el día después de que se decretara el nacimiento de Israel. Triunfaron.

14/09/10

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Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 26/09/2010

Imagen 1: Partisanos de Vilna

Imagen 2: Ilia Ehrenburg con guerrilleros judíos judíos

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