Monday, September 20, 2010

Un par de verdades necesarias/NADA QUE DECIR


Parece que hubiese renacido Voltaire, que los originarios son buenos por naturaleza, incapaces de mal; que no son humanos se conjeturaría. Ojalá que los pregoneros de esta buena nueva se convirtieran en iluministas y no sólo cultivaran el optimismo sino la ciencia.

Uno ahora es traidor porque no eleva loas a la novel genealogía principesca.  Como si dioses, pachamamas, vírgenes y achachilas importaran.  En esta fiesta hay que danzar como bufones, pero resulta que uno no es bufón y menos creyente, que en el saco de basura se acumulan escapularios, detentes, hechizos, yatiris, cocas, alcoholes y demás vainas, y que los huacas de la montaña son oquedades naturales que no amilanan.  Los únicos karisiris que pueblan la noche son mujeres; estrujan no sólo el jugo del aceite y de la grasa, también el del corazón.  Y mujeres, a decir cierto, son más temibles que Wiracocha rayo o amadito Jesús, por más aguas benditas en que remojen su testaruda cabeza.

Huyendo un instante de ellas (pero que vuelvan), pienso en España.  Como los demás poderes coloniales: Holanda, Francia, Inglaterra, Portugal..., a cual peor, España carga peso de sangre sobre la espalda.  El del genocidio americano, logrado por la confabulación de la cruz y la espada, de frailes y capitanes, de hediondos curas y mugrientos porqueros.

En un temprano crimen, toda la nación arawak del Caribe desapareció: por enfermedades, cansancio, explotación o suicidio colectivo.  Sin embargo, al leer historia de Jamaica, y seguramente extensiva al resto del islaje, durante el siglo XV los arawak sufrieron masivas invasiones de indios caribes provenientes del Yucatán.

Cuando Colón llega en 1494, los arawak ya estaban diezmados por la guerra caribe.  Poco tardaron los sobrevivientes en esfumarse ante el poderío tecnológico y la maldad peninsulares.  Genocidio logrado por blancos y originarios.

Hace veinte años escribí un texto sobre la validez del reclamo sioux de las Colinas Negras, tierra sagrada. ¿Quién era dueño realmente de ellas?  No el blanco, por supuesto, pero los sioux la obtuvieron con violencia de los crow.  Y los aricaras —hoy extintos— colaboraron ferozmente con los colonos y las tropas norteamericanas contra los lakota.  En Fenimore Cooper (El último mohicano) hallamos el triste pero literariamente bello recuento de la desaparición de la gran tribu delaware, por las luchas indias intestinas, más que por los casacas rojas.

Y México es tal vez más explícito, donde el odio de los tlaxcalas a los mexicas fue determinante para el triunfo castellano.  Y los de Texcoco se comían a los otomíes, mientras los otomíes se comían a los de Texcoco.

Existen en Tucumán admirables ruinas de adobe y piedra pintados.  Son los vestigios de los quilmes que resistieron a los quechuas durante 30 años, cuando la "bajada inca", obligada por los conquistadores españoles, buscaba refugio en su huída al sur.

Sólo ejemplos que no tratan de desmerecer el amplio aporte indígena en nuestros países, pero que no desean tampoco oscurecer las verdades, porque aymaras, quechuas, guaraníes etc. guardan memorias de dominación y guerra, como cualquier otro pueblo. 
No hay hombre bueno, se diría.  Hay circunstancias y ninguna característica peculiar es tan grandemente válida como para enaltecer a un pueblo sobre otro. La chusma de Tijuana repetiría "dejémonos de pendejadas".  Pongámonos a trabajar en conjunto, que no hay mejores ni peores (exceptuando las mujeres...).

Publicado en Puntos de vista (Los Tiempos/Cochabamba), 8/2/2009

Imagen: Cerro de Chapultepec. Tres ejércitos convergen sobre los Mexica para aniquilarlos, Los Tepaneca de Azcapotzalco, los Chalco y los Xochimilca. Antes de la conquista española.

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