Tuesday, September 25, 2012

Los ausentes/MIRANDO DE ABAJO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

No, no es bolero ni tango, sino la febril boliviana realidad: que cada vez que hay un conflicto de importancia, los líderes huyen lo más lejos que pueden, a ventilar cuitas y desdenes en el otro mundo, el último lugar en que -quizá- todavía alguien les cree.

Leo con penuria el énfasis que han puesto algunos en que por primera vez en el desgobierno masista una mujer se ha puesto a la cabeza del estado. Un poco pretencioso esto, cuando lo menos que tiene la susodicha, médica y latifundista además de senadora, es cabeza. Alguna vez leí una apología que le hiciera su marido. Aparecía casi como Juana de Arco, sin espada, iluminación, cota de armas e ideario, pero, ¿para qué están los maridos?

Claro, y volvemos a adjetivos, como “triste”, “penoso”; a qué quejarnos si nos lo hemos buscado, si la larga lista de tartufos que se exhiben como representantes nuestros son, a la corta y a la larga, representantes nuestros. Así de mal estamos.

El otro, el segundo, que mal casado estará para huirle también al matrimonio a dos semanas de la boda, en lugar de encerrarse, disfrutar y hacerla disfrutar, viaja a Vietnam a ensoberbecerse con su propio discurso aprendido de memoria, con visos de analítico pero que no aguanta una andanada de sentido común. Me pregunto qué tendrá que decir, ofrecer algo a cambio de algo, mitigar el furor físico que en un varón, volvemos a los quince días del tálamo, debiese estar como fuego, o qué. Los vietnamitas sonreirán y harán genuflexiones, por él o cualquier visitante, pero de entrada han de saber que este émulo del tío Ho, no es, ni por asomo, el tío Ho. Hay dos clases de hombres en esta división: los grandes, donde se ubica la figura de Ho Chi Minh, y los comerciantes. No hay dónde perderse.

Qué decir del Supremo. Diseccionando su carrera nos encontramos ante el pensamiento infantil. Sería asunto de pediatría si la cosa no fuera tan grave que envuelve a la supervivencia de un país. Los siquiatras callan, todos callan, porque suele adentrarse en el peligro cualquier opinión que discrepe con la del niño travieso. Así se acepta que en nombre del colectivo viaje en aviones de lujo a entorpecer el lenguaje. No implicaría problema alguno si la claridad de la idea fuese indiscutible, pero no hay ideas, solo hábil manipulación de imágenes: socialismo, indigenismo, comunidad, revolución, que no significan nada. Cháchara para afuera; adentro para arribistas, pillos, saqueadores, lameculos.

Se atiza la violencia en diversos lugares de la geografía. El conflicto minero puede desembocar en un lamento de sangre. Ya comenzó con el asesinato de un sindicalizado por los cooperativistas, capitalistas salvajes ávidos de enriquecerse, explotar a sus semejantes, no pagar impuestos: un Tea Party andino. Tipos que disfrazados con un casco de gran simbolismo en las luchas sociales desean menguar a costa de la estupidez de unos y la rapiña de otros. Cooperativistas, chuteros, cocaleros, narcos no son palabras que se asocian al concepto de revolución. Que eso quede entendido.

Hacerle el quite al problema. Escapar y listo. Regresar luego de falsificar la realidad en el extranjero, para volver a falsearla aquí. En el peor de los casos vendrían a lavar la sangre, que estando ellos ausentes no les correspondería. Niños perversos para un país más que inmaduro, sufrido. Cuánto tiempo nos llevará deshacernos de un milenio de golpes. Cuánto para que cobardes que no asumen responsabilidades no tengan cabida entre nosotros.

No importa quien dirija entre comillas al estado boliviano. Mujer, hombre, o tonalidades distintas de carácter que la modernidad ha aprobado. El problema es otro. La solución también. O esperamos mil años más para resolverlo, sabiendo que como vamos no duramos cincuenta.
24/09/12

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 25/09/2012

Imagen: Roy Kortick, 2004

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