Friday, September 7, 2012

Saqueo cultural/MONÓCULO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Lo malo de nosotros es que nos pasamos el tiempo perorando acerca de cuán patriotas somos; mientras tanto, otros, más callados y diestros, van saqueando lo poco que queda del legado cultural de este país en todas sus vertientes: indígena, mestiza, criolla, colonial, republicana.

Lo digo porque por veinte años he ido coleccionando para mis hijas tejidos andinos. A la larga lo único que quedará de recuerdo de lo que fuimos han de ser estos exponentes del arte popular, arte decimos ahora, pero que en realidad han sido objetos de uso cotidiano de los habitantes de la región.

Todavía hay mucho, pero aquellos ejemplares sofisticados, los usados solamente en rituales, por ejemplo, han desaparecido. Pueblan las colecciones europeas y norteamericanas, cuya gente, a diferencia de los locales, ha sabido apreciar el valor extraordinario de estas representaciones culturales. El Museo de Arte de Denver, Colorado, guarda una inmensa variedad de objetos precolombinos como nunca los viéramos en Bolivia. Vale, sin duda, acusar de robo, saqueo, y lo que se quiera, pero también hay que aclarar que todo se hizo en connivencia con ciudadanos de los países que los poseían, y que tal vez ha sido la única forma de conservarlos para el futuro, porque de protegerlos no nos ocupamos; nunca lo hemos hecho.

Camino por los locales donde he conocido comerciantes que tenían objetos preciosos antes. Ya no existen. Los lugares están atestados de cosas insignificantes, baratijas, muchas de ellas provenientes de Ecuador y del Perú, ofrecidas al turismo masivo como autóctonas. Me place, porque tendría que haber rígido control acerca de lo que se vende como artesanía, y que no cualquiera ofrezca lo que debiera estar en los museos.  Pero también me muestra que de la otrora riquísima oferta quedan saldos despreciables. Todo se ha ido, gran parte hacia la Argentina, donde bajo la supuesta amistad con los pueblos originarios del norte se han llevado todo, para venderlo a precio de oro donde saben estimarlo.

Converso con la gente. Hablamos de cosas que sabemos: marcos coloniales de plata, pinturas sagradas, daguerrotipos, hilados, fotografías del XIX, awayos, urkus, aksus, chuspas, monedas, bronces, objetos que van desde los chullpares de orillas del Desaguadero hasta los salones elegantes de La Paz, expresiones de una región diversa, injusta, multirracial y multiétnica, que sumadas en conjunto representan lo que somos, un mestizaje escalonado por circunstancias especiales, un mínimo grupo blancoide y grupos nativos. Ninguno de los cuales, ni blancos, mestizos, indios, hay que decirlo, se preocupa ni se preocupó de salvaguardar lo nuestro, o lo suyo si se desea ser excluyentes.

La dinámica de una nueva etapa de la vida nacional no ha cambiado el panorama. Cuando veo reuniones de gobierno, que intentan dar una imagen indigenista, con awayos fabricados en los sweatshops coreanos o chinos sobre las mesas, que nada tienen que ver con la fantástica tradición quechua-aymara, me pregunto si no hay alguien que haga notar desliz semejante, y que tire a la basura esos burdos ejemplos de la globalización para reemplazarlos por tejidos de Charazani, Calcha, Caiza, Ancoraimes, Calamarca, Bolívar, Caripuyo, Sacaca, Candelaria, Potolo, Japo, Leque, por dar pocos nombres. A este paso se viene el desierto, y ninguna retórica por más incendiada y revanchista que sea ha de devolver las cosas concretas que nos representan. Quien olvida su pasado no tiene futuro. Y el pasado no está hecho de palabras sino de cosas materiales. Hay que apostar por los avances, la tecnología, los cohetes y los satélites, pero si somos negligentes con lo que crearon los nuestros atrás, de nada han de servir.
16/08/12

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Publicado en Puntos de vista (Los Tiempos/Cochabamba), 17/08/2012

Foto: Tejido de Huari (Colección privada, New York)

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