Monday, October 15, 2012

El boxeador de Kazajstán


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pero Yefim no es kazajo.

No, es judío. ¿A qué viene eso, ya qué importa?

Sólo decirlo, porque su título era campeón ruso de peso mosca de Pavlodar.

Cierto. Perdona. Es que la tristeza se me ha arrumbado como esas tardes de Breslau ¿Te acuerdas?

Y dale con llamar Breslau a Wroclaw. Es ciudad polaca, y bien lo sabes.

Germana, germánica, como Posen y tantas otras en esa franja de infame historia.

Hallo un dejo pronazi en tus palabras, lo sabes.

¿Nazi, yo?, que lloro el destino de nuestro amigo hebreo, que tengo en la mesa de noche la campaña plena de Isaak Babel en el frente con los cosacos. Pero diferencio esas líneas, sutiles, está de más decirlo, que separan las culturas, o que las acercan si es el caso. Lodz, reconozco, es polaca, pero no Breslau. Hablamos de ello cuando estudiábamos allí, becados como si fuésemos de las juventudes comunistas. Suerte la nuestra que nos agarró la poli con clavos para sabotear los caminos, en tiempos de García Meza. De allí ya seguimos la corriente, jugamos a ser subversivos, pero tú te ligaste una manguera en el culo.

Mierda, ni lo menciones. Por dos semanas no pude caminar.

Yefim llegó a Michigan en esos años del 92. Perestroikas, la caída del muro, la guerra en Bosnia. Oleadas de eslavos y otros al distrito donde vivíamos, diría plácidamente, algunos bolivianos, muchísimos mexicanos y la aristocracia latina, que eran los porteños argentinos, siempre bien vestidos, por lo general mejor pagados y con buenos trabajos. Luego de argucias no ortodoxas para conocer a los vecinos, nos llevamos bien con los bosnios y los rusos. Chupaban con denuedo, como k’epiris de Cliza o Anzaldo. En el alcohol trazamos hermandades impensadas o impensables. Entre ellos Yefim, bajo y fornido, canoso ya, pero mirando las fotos de su pasado, ojos negros como armenio, de piel bien blanca, con traje de comisario en la fábrica tal, en Alma Ata, Pavlodar, y alguna que otra intervención en los remanentes campos de presos políticos que quedaban en Karaganda.

No lo dijo, prefirió, ebrio, mostrar las fintas con las que había derrotado al campeón ucraniano por, según él, el título soviético. Lo vetaron para los olímpicos. Su condición de judío no era la mejor en el país, a pesar de la retórica de igualdades. De allí se cayó. Incluso desdeñó por el trago su condición comisarial. Se fue dando cuenta del gran fraude que arreara a su gente desde el Vitebsk de Chagall hasta la estepa, en 1942, apenas iniciada la invasión alemana. Desconfiaron de ellos. A otros simplemente los mataron. Pero la familia Schleyfer hablaba yiddish, no pertenecía a los renuentes y opulentos germanos que todavía pululaban desde Rumania hasta el Prypiat. No. La tradición suya era de zapateros remendones. No proletarios, pero tampoco burgueses, de esa clase a desconfiar que significaban los artesanos y los míseros pequeños propietarios.

Lo dejó, prefirió vivir tirado en los basurales de lo que fue Ekaterinodar. Su matrimonio era sexo; sexo y traición hasta que no pudo más. Se le hizo costumbre que lo abandonaran las mujeres. Jarkov y la tierra zaporoga hacían parte del derrumbre. Volvió a Kazajstán. Se compuso, creyó en el futuro, pero bien pronto los furiosos camaradas del pretérito se hicieron nacionalistas de hoy, y nada cambió. Su mácula de haber decepcionado al régimen no se borraba. Decidió emigrar. A su madre, vender la isba con un hermoso huerto de manzanas verdes para el pasaje, y la promesa de que en América instalaría un gimnasio para sacar campeones, donde hallaría otro Tyson, la furia de Sonny Liston…

En lugar de ello consiguió un vetusto apartamento en una calleja de lo que hoy se llama Pequeña Rusia, aunque nunca fue rusa, sino judía, y donde los zacatecanos y sinaloenses ya arrearon con todo, hasta con la bandera norteamericana. Quedan pocos de los del noventa y dos: un polaco en el tercer piso, un búlgaro en el primero, y Yefim, el kazajo, a pesar de no tener rostro achinado ni cetrino.

El lobby hebreo –poderoso- de los Estados Unidos no abandonó a su gente, a los miles que llegaron desde la ex Unión Soviética. Vendieron éstos lo poco que tenían en sus tierras de origen, que por su número representó una buena cantidad, un influjo de capital inesperado para la economía del país, y se cambiaron a un lugar que de antaño fue la Meca majestuosa de sus sueños. Nunca creyeron el cuento del tío, de la igualdad y la revolución. Demasiado los habían perseguido en la historia y sabían que sobrevivir radica en atesorar, no importa que sea poco. Los colaboraron para llegar, no fueron jamás ilegales. En las altas esferas los judíos se movieron para que el estatus de los que llegaban fuera si no de refugiados de inmigrantes. Facilidad que nunca consiguen los pobladores del sur.

Te desvías. Ya estás otra vez haciendo política, desabrochando tus exabruptos hacia todo lo revolucionario.

Qué sabes tú. A mí me contaron las cosas de primera mano, que la Pax Socialista nunca existió, que el desmadre estaba generalizado y bien escondido para que no lo vieran de afuera.

Yefim conoció a Nikolai, ruso de Penza, que había hecho servicio en Cuba. Allí dejó un hijo, mulato, que las autoridades le impidieron llevar a la patria: ni hijo ni mujer. El tiempo los olvidó. Y el vodka, que ayuda. Con Nikolai -Kostia, cariñosamente- intercambiaban guantes, se golpeaban con ardor profesional, para mantener la forma, y tal vez preservar la memoria. Luego se encerraban en el cuartito del segundo piso, al que se llegaba por medio de escaleras maltrechas. Con un televisor que no funcionaba, diarios en ruso de la inmigración local a modo de mantel, albóndigas de la estepa, mitad cerdo (no era ortodoxo Yefim), mitad res, y Stolichnaya sabor a limón, o sabor a mango según habían ideado los exportadores para desbancar al ron y al tequila en el trópico americano.

Contaste que en América se casó.

Consiguió, por carta y alcahuetas de intermedio, que una ingeniero rusa viajase a Michigan con visa de novia. La recibió con canastas llenas de vestidos y zapatos de segunda mano, del Goodwill, como regalo de bodas. Esos cachivaches representaban para alguien venido del Asia soviética una fortuna inconcebible. Pero la mujer no era tonta, y percibió que en los Estados Unidos se podía hacer dinero en serio. Se lo impedía Yefim, alegando que si ella trabajaba, le quitarían la miserable pensión de 600 dólares y el alquiler del departamento; se había acostumbrado a la vida pobre de acá, sin duda mejor que la suya en Pavlodar. Y no quiso dar su brazo a torcer. La mujer se cansó; con una venal mentira de querer visitar la madre tomó un avión de regreso. Le siguió una carta: no he de volver. Y Yefim se quedó con los zapatos de tacón alto y los vestidos chinos de falso terciopelo.

Ahora cállate, ya llegamos.

Subimos las gradas metálicas hacia el piso dos. Traemos un televisor que recogimos de la basura. A ver si sirve. Es que Yefim ya ni boxea. Comer la grasienta comida de lata le ha apaciguado a la fuerza el ánimo deportivo. De seguro nos invitará unas presas de pollo nadando en aceite, no con mal sabor. A cambio, por amistad y no por trueque, nos dará conservas que provee la comunidad judía para estos ya antiguos ciudadanos. Pasaron casi veinte años.

Entramos. Nos recibe con un beso, a la manera rusa. Mientras calienta el agua en la caldera, para un olvidable café, deposita sobre los periódicos cucharas con gruesa cáscara negra de mugre. Ni modo. Así comeremos. Los guantes están colgados del vano de la puerta. Se colige el polvo sobre ellos. A su lado, en otro clavo, hay una figura de peluche del dinosaurio Barney, figura obsoleta de la televisión infantil. 
2012

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Publicado en Boletín Literario #23, Centro Patiño, Cochabamba, 10/2012

Imagen: Sello soviético de los juegos olímpicos de 1960

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