Thursday, April 21, 2011

Recordando a Gogol


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

No sólo como ser humano era Nikolai Vasilevich Gogol (1809-1852) un hombre dividido, los críticos se han encargado de catalogarlo entre dos movimientos literarios: el romántico y el realista. Donald Fanger en "Dostoevski and Romantic Realism-A Study of Dostoevski in Relation to Balzac, Dickens and Gogol" dice que sería más justo nombrarlo romántico realista para salvar una "histórica injusticia". Fuera de las denominaciones que suelen ser interesantes y de la lectura de académicos, prefiero prestar interés a las impresiones que los autores en sí me causan. Como profilaxis cultural evado los arduos tratados de teoría literaria y me adhiero a las evocaciones personales y las reseñas -con su individualismo adogmático-. Por ello soy fervoroso devorador de memorias y prólogos. Encuentro mayor número de literatos en las íntimas páginas de Ilia Ehrenburg que en todo Barthes o Bakhtin. Sin desdén, es simple cuestión de gusto... ¿de carácter?

Considero un único Gogol, aquel cuyas obras leí entre los trece y los veinte años. La diáspora no acarrea consigo bibiliotecas y como errante he ido abandonando anaqueles en casa de quien los acogiera, algunos para desterrar los libros en rincones, otros para utilizarlos de base de macetas cuyas raíces y aguas se encargaban de destrozar tapa y contenido. Poca opción tiene el que decidió ser gitano con apenas dos brazos que desmienten el alcance de la creación divina. Tanta digresión para señalar que perdí los volúmenes de "mis" Gogol(es) de juventud y no me queda ninguno.

Mi madre cuenta "Las almas muertas" entre los libros inolvidables. Creo que concuerdo. Almas se llamaba a los siervos, y el valor de una persona, en la Ucrania rural -extensiva a Rusia toda-, se pesaba de acuerdo al número de ellos que se poseía. Un individuo, Chichikov, en orden de convertirse en respetable protagonista, comienza a adquirir "almas muertas". Se dedica a comprar los nombres de aquellos que fallecieron después del último censo. Los propietarios acceden a la extraña demanda porque ello los libera, ya que los occisos están todavía registrados, de pagar algún impuesto sobre las cabezas que poseen. Por su parte Chichikov al aumentar el listado de sus supuestos vasallos crece a vista de la bobalicona Rusia campesina que lo contempla. Llega un momento en que el personaje se confunde y presiente que el fraude se hace realidad; cree su propia mentira. Sueño que tiene un fin cuando se lo detiene (finalmente es liberado). En suma, no hay crimen en comprar fantasmas y la absurdidad de la acción desenmascara la liviandad e ignorancia de una sociedad retrasada.

Similar en su acerba crítica es "El Inspector General", otra caricatura humana que asoma en un villorrio cualquiera y se convierte en objeto de veneración y mimo de los notables. Suponen que él es el inspector del gobierno que aguardan y temen descubra sus corrompidas minucias. El visitante se da cuenta que lo han confundido y juega su papel. Aprovecha las circunstancias para vestirse, alimentarse, conseguir préstamos y amor de añadido, elementos cedidos con algarabía por los funcionarios que imaginan así liberarse de un reporte devastador. No hay mal que dure cien años, ni bien tampoco. Llega el día en que aparece el verdadero inspector y la farsa se desmorona. Se acusan entre ellos por arrastrarse en la vileza.

Gogol retrata en esta obra a perfección la Rusia campestre y hay quienes toman sus líneas como críticas del sistema de servidumbre que terminará, más en papel que en concreto, una década después de su muerte.

Hereda de Pushkin su colorida caracterización del campo ruso. Aunque se puede decir que también de él recibe su rostro urbano, el de San Petersburgo. Sus relatos de ciudad, entre los que destaca notablemente "El capote", no pierden la ironía que caracterizó su etapa ucraniana. Su gusto por lo grotesco, que podría ser su aversión, mantiene en cuentos como "La nariz" una condescendiente repulsa hacia la vanidad del mundo que habita.

El Gogol urbano puede considerarse un antecedente más del joven Dostoievski, quien, y a diferencia de lo trágico de otras novelas posteriores, recuerda en "Stepantchikovo" la jocosa novelística del Gogol rural. Su personaje central -creo que Foma Fomich (escribo de memoria)- debiera incluirse en una galería especial al lado de Chichikov y del completo reparto de "El Inspector General". Pocos autores divierten tanto como Gogol y, de entre los rusos, el más cercano quizá es Sologub. ¿Leskov?... dramatiza su sátira a otro nivel.

Fanger dice algo puntual: que Gogol comienza su literatura urbana allí donde la terminan Dickens y Balzac. Descarta la posibilidad que leyera a Dickens y presume influencia del francés quien también escribiría viñetas moscovitas y peterburguesas en sus viajes amatorios a la Europa oriental.

Como buen ucraniano, Gogol no podía evitar la epopeya de su nación, largamente sojuzgada por la Polonia señorial y casi adoptada por Rusia como niña huérfana. "Taras Bulba" es su homenaje a la lucha de Ucrania por la independencia. Nunca supe si su origen tenía validez histórica. Taras Bulba representa probablemente la conjunción de historias de los atamanes cosacos que asolaban las fronteras de la república polaca, a la vez de poner freno a la expansión tártara o turca. Tal vez Diosdado Zenobio Mielnitski como figura nacional. También Pugachev, Stenka Razin, hasta Iván Mazepa. Prefiguraría inclusive al último gran hetman del siglo XX: Néstor Majnó.

De aquellos libros -cada uno con detalle que lo hacía especial- al menos se sostiene el recuerdo. Cuando cae nieve en Aurora y los árboles se cubren, cuando la tormenta es espesa y penumbrosa me parece ver desde la ventana que nieva sobre Mirgorod.
07/04/06

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Publicado en Puño y Letra (Chuquisaca), abril, 2006

Imagen: Nikolai Gogol

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