Monday, November 21, 2011

Extraña paz/MIRANDO DE ARRIBA


Larga e inmunda fue la guerra de Bosnia. Vi a los refugiados que llegaron en los noventa a los Estados Unidos. Trabajé con ellos y me enteré de detalles íntimos que la prensa obvió. No llegaron croatas y menos serbios, sólo bosnios musulmanes. Rubios y de ojos claros, imposibles de diferenciar de sus supuestos enemigos. Otros, sí, con la rebelde y martirizada impronta de los gitanos. Mujeres olorosas, poco adictas al jabón, y sin embargo bellas, de renegridos cabellos y sonrisa. Cada uno con su historia: los muros de Sarajevo, los frutales primaverales de las orillas del Drina, destruidos por la absurdidad humana, por los dogmas ridículos y ancestrales que evidentemente el comunismo no esfumó.

Mostar era tal vez la ciudad, la villa perfecta, en donde se suponía estaba la síntesis de una dinámica nación diversa; la antigüedad sumada al progreso pero sobre todo representación de la concordia entre las razas. Un viejísimo puente unía los barrios de la ciudad, divididos por una barranca sobre las esmirriadas aunque clamorosas aguas del Neretva. Cristianos y ortodoxos por un lado e islamistas por el otro, atravesando el puente turco, conviviendo y comerciando en paz. El puente de Mostar fue una de las primeras víctimas de la fobia homicida que se desató en la región, que daría espeluznantes ejemplos como la destrucción de Vukovar, en Croacia y las fosas comunes de Srebrenica, hitos macabros de aquella triste guerra.

Eso no terminó. La geopolítica y el poder mundial decidieron la suerte de las regiones. Aunque amargamente, se tuvo que soportar el fallo porque en apariencia salida no había. Sólo se cubrió el odio. Los asesinos siguen sueltos y en los ocultos bosques de la Herzegovina serbia mantienen feudos misteriosos que son de conocimiento general pero intocables.

La tensión racial y religiosa en Mostar continúa. A un lado de la barranca viven los croatas mientras los musulmanes continúan en el otro, igual a sus ancestros. No sé si ya habrán reconstruido el puente según los planos originales. Lo que sí leo es que hay un punto de convergencia entre los enemigos de Mostar y en su gusto por las películas de Bruce Lee. Algún ávido y moderno alcalde vio en el detalle la posibilidad de distensión e inauguró un monumento tamaño natural del peleador de artes marciales. Estatua que recientemente inaugurada recibe el beneplácito de los ciudadanos, sin diferencias. Que un nativo de Hong Kong (según creo) haya podido amistar a las partes es grandioso a la vez que surreal.
3/9/05

Publicado en Opinión (Cochabamba), septiembre, 2005

Imagen: El puente de Mostar

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