Sunday, October 6, 2013

Contratapa de MUERTA CIUDAD VIVA, por Guillermo Ruiz Plaza


GUILLERMO RUIZ PLAZA

«Esta vida mía la he dedicado a beber y culear», confiesa el narrador-protagonista de Muerta ciudad viva, novela de Claudio Ferrufino-Coqueugniot. El tono ya está dado: entre la confesión autobiográfica y el delirio, sexo y alcohol, vida y muerte, Eros y Thanatos se alternan y acaban entrelazándose como en un torbellino en la Cochabamba de principios de los años ochenta. Al azar del recuerdo, con honestidad estremecedora y acertadísimo humor negro, este estudiante universitario, escritor maldito o «maldito a secas», nos lleva de la mano por las calles y recovecos de una juventud vertiginosa, que se debate entre la aventura y la desgracia, pero también entre vivencias íntimas y crónicas casi documentales de la urbe, especialmente la periférica y marginal.

La ambigüedad presente ya en el título sostiene la novela, constituye su núcleo central, de tal forma que bien podría llamarse Libro del mal amor –léase del buen sexo–, Libro del mal vivir –es decir, de la buena vida– o incluso La noche de los muertos vivos, si entendemos este último adjetivo en su acepción criolla, picaresca. Tensión fundamental, entonces, y nunca desmentida a lo largo de sus páginas; como afirma el narrador: «No se trataba de una vida paradójica, doble; todo vivía en mescolanza como en un potaje híbrido». Un brebaje explosivo de esos que el antihéroe y sus amigos se meten a diario en el cuerpo, no se sabe si para invocar la vida o la muerte u otra luz capaz de traer el sosiego.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot, que domina en sus novelas el arte de la heterodoxia, nos ofrece en esta nueva entrega una larga risa fúnebre y un intenso ensayo moral –despojado de tesis y además rico en experiencias– acerca de ese «monstruo mañudo y engañoso» que es la ciudad y también, sin duda, el escritor de ficciones.

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Contratapa de la novela


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